Aerosmith: el Ave Fénix del Hard Rock

Fueron –son– unas de las grandes bandas de AOR (Adult Oriented Rock), o simplemente de Hard Rock, de los 70, y aunque más de una, dos y tres veces parecía que, a causa de sus excesos y egos, desaparecerían, volvieron a remontar el vuelo, reconvirtiéndose en los 90 en megaestrellas cuyas canciones (léase «Crying», «Crazy», «Eat the rich» o « I don’t want to miss a thing») tarareó toda una generación (la mía) y la siguiente.

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Y aún hoy, ya septuagenarios, continúan, como sus admirados maestros los Stones, sobre los escenarios, haciendo lo mejor que saben hacer, aunque sin ser ya esos «malos» del rock que en la línea de bandas como The Black Crowes o Mötley Crüe casi acaba con ellos, lo que les ha permitido seguir en activo y con billetes en el bolsillo.

La última controversia la vivieron justo antes de la pandemia, a comienzos de 2020, cuando comunicaron que echaban de la banda a su batería, Joey Kramer, al parecer, por no entregarse a su trabajo como debía, hecho por el que éste los demandó. Demasiados años en la carretera, juntos y revueltos. Kramer fue miembro fundador de Aerosmith y, de hecho, en sus memorias, se atribuye la idea del nombre, que se le ocurrió dos años antes de la formación de la banda,  en 1968, mientras escuchaba el álbum de Harry Nilsson Aerial Ballet. Eligieron el que los llevaría a lo más alto del Billboard descartando otros como The Bananas, Stit Jane y Spike Jones.

Y es que cuando se refiere a rock stars, contratos millonarios y mucho glamour, los problemas entre los integrantes suelen aflorar más pronto que tarde (ahí tenemos el ejemplo de Black Sabbath, Pink Floyd, Guns N’ Roses y un largo etcétera). Hubo un tiempo en que el cantante, Steven Tyler, y el guitarrista, Joey Perry, engrosaron las listas de los personajes más problemáticos de la escena. No en vano, no tardaron en ser conocidos como «los gemelos tóxicos» (The Toxic Twins), en alusión tanto a la sensación que generaba estar a su lado como por la dependencia que desarrollaron a múltiples sustancias prohibidas.

Con más éxito que ninguna otra banda americana de su tiempo, los egos y los excesos los tenían sumidos en las tinieblas. Sus muchos hábitos empezaron a ser un problema a raíz del éxito de uno de sus mejores álbumes, Toys in the Attic, publicado en 1975. En la gira del álbum Tyler comenzó a mezclar un peligroso cóctel de sustancias ilegales (cocaína, ácido, marihuana…) y también drogas legales (barbitúricos y alcohol. Mala mezcla, si no que se lo digan a Judy Garland…).

Según quienes le frecuentaban entonces, se volvió un tipo violento e intratable. Una superestrella endiosada a la par que colgada. Por su parte, Joe Perry tardó algo más que su colega en seguir sus pasos, aunque no demasiado y durante la grabación del siguiente disco de estudio, Rocks (su álbum más aclamado), se hizo adicto a la heroína, como otros grandes rockeros (Joplin, Hendrix o Keith Richards, y, ya en la década de los 90, Kurt Cobain o Laney Staley, entre otros muchos).

Los años no pasan en balde, ni siquiera para las rock-stars

Entonces tenían una legión de groupies siguiéndolos a cada paso y camellos por todas partes, todo ello en una proporción igual o mayor a los ensayos y a los conciertos. Eran los 70, y la policía no se andaba con chiquitas; al parecer, los miembros de la banda (que se ganaron el apelativo de «los chicos malos de Boston»), paranoicos por sus dependencias y asustados de ser descubiertos por las autoridades, camuflaban los estupefacientes en cualquier sitio: en los dobladillos de las camisetas, los pases de backstage e, incluso, en el agujero del culo… Sin comentarios. Así lo contaba con su habitual ironía el decano periodista musical César Martín, al frente de la legendaria revista Popular 1 desde hace décadas en su mítica sección “No me judas, satanás”, que ahora recupera en forma de libro.

Según confesaría años más tarde un rehabilitado y expresivo Steven Tyler, era quien más dependencia sentía por las sustancias prohibidas y salía al escenario con su voz rasgada, cubierto de fulares y pañuelos llenos de pastillas escondidas porque necesitaba «sentirlas y tocarlas». Y aún así seguían haciendo gloriosos directos y deleitando a su legión de fans (generalmente femeninas) a pesar de que las prensa especializada se empeñase en afirmar que eran una copia «burda y barata» de los Rolling Stones.

Aquello era algo en lo que muchos periodistas no estaban de acuerdo, pero mandaba quien mandaba, y aquellas palabras las dijo nada menos que la decana revista Rolling Stone, que a principios de los 70 no titubeó al calificarlos de «basura», una animadversión que se incrementaría con los años, incluso con las décadas, hasta firmar la pipa de la paz. Fueron sus periodistas los primeros en tildarlos de mala imitación de los Rolling, lastre que los AERO arrastrarían durante toda su carrera.

Steven Tyler y Axl Rose, complicidad rockera

Sin embargo, según apunta el divulgador musical Eduardo Izquierdo, en Boston los medios sí fueron unánimes con el grupo, en parte porque la ciudad estaba necesitada de un referente musical. Un grupo fresco, dominado por un excéntrico cantante que rebosaba personalidad y que parecía tener dentro el baile de San Vito. Que aullaba, gritaba, saltaba y sobre todo cantaba como pocos (será una de las grandes influencias del inquieto frontman de Guns N’ Roses, Axl Rose, de tiempos mejores, se entiende, cuando recorría de punta a punta el escenario como si tuviera alas…).

Made in Europe

Para ser recordado, Tyler necesitaba un elemento distintivo, algo que le diferenciase de los demás cantantes de rock, y eligió colgar un pañuelo vaporoso del pie de micrófono, imagen que sería indisoluble ya de la suya propia, con el cuello plagado de pañuelos estrambóticos. A pesar de las críticas sobre su música de gran parte de la industria, siguieron a todo tren, y tras años girando con éxito por los Estados Unidos, su salto a Europa fue un verdadero fracaso. A ello se sumaban sus excesos y su gusto por destrozar los hoteles por los que pasaban, algo que acostumbrarían a hacer años más tarde los también colgados Mötley Crüe. Tras un concierto en el Hammersmith Odeon que pasó casi desapercibido, pues a los ingleses, cuna de sus héroes los Stones, Cream o los Yardbirds, no les gustaba nada su estilo, Tyler y su por entonces compañera, la supergroupie Bebe Buell (madre de su hija Liv Tyler y quien compartió cama también con otras estrellas como el icono punk Stiv Bators), destrozaron uno de los camerinos del Hammersmith, ganándose unos cuantos enemigos e incrementando su fama de tipos malos.

En Japón la cosa fue algo mejor, al menos en lo que a público se refiere, pero Steven y Joe, Joe y Steven, los «gemelos tóxicos», tras enojarse con su productor en Asia por no cocinarles –dicen– un pato asado a su gusto, destrozaron el camerino, lo que les impidió volver al país del Sol Naciente durante unos cuantos años. Además, exigían todo tipo de sustancias prohibidas, comidas selectas, vinos de precios desorbitados, alfombras aterciopeladas en los camerinos… que después destrozaban y costaban una fortuna a la discográfica. Vamos, el grupo acabaría siendo la principal inspiración del documental de ficción paródico This is The Spinal Tap, dirigido en 1984 por Rob Reiner. Un golpe al estómago de Steven Tyler.

Este post tendrá una inminente y eléctrica continuación en “Dentro del Pandemónium”.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Red Book Ediciones, a través de Ma Non Troppo, uno de los sellos editoriales más volcados en la edición de libros de música (principalmente de mi amado rock) publicó recientemente el libro más completo hasta la fecha en castellano (y actualizado) sobre la banda comandada por Steven Tyler y Joe Perry hace la friolera de medio siglo. En Aerosmith, con una potente imagen de portada que precisamente retrata a los “Toxic Brothers” en pleno y potente directo, el periodista musical Eduardo Izquierdo, autor de importantes volúmenes sobre rock como Jim Morrison y The Doors (también editada por Ma Non Troppo), excelente crónica de los californianos, es su autor. Y sabe bien de lo que habla, no en vano lleva una larga trayectoria como colaborador de revistas como Ruta 66, Mondosonoro, Efe Eme o Rock On: realiza un exhaustivo y muy ameno recorrido por la turbulenta historia de los chicos malos de Boston. Sin obviar sus excesos y escándalos, el libro hace un minucioso recorrido por lo más importante, su música, sus inicios, influencias, sus letras y discos más memorables (sin olvidar los fallidos), y es que, como dice el autor, los fantasmas de Aerosmith no dejan de perseguirles, pero sus canciones están más vivas que nunca. Toda su historia en el siguiente enlace:

A boy walking: los inicios folk de Bob Dylan

Hace unos días Bob Dylan cumplía 80 años, y el icono contestatario de la música del siglo XX lo hacía en un mundo algo más justo que en los tiempos de su canción-protesta, aunque no demasiado. Ahora, un libro recorre la escena musical de sus primeros años en la escena folk de la década de los sesenta.

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Algo más justo, pero no, no demasiado. Los migrantes continúan siendo chivos expiatorios de las crisis y las conspiraciones, los homosexuales (que en países como el nuestro han conquistado derechos que ni el propio Dylan habría imaginado allá por los años 60) son perseguidos, intimidados, encarcelados e incluso condenados a pena de muerte en tantos otros sitios (hoy, según ILGA, la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales e intersexuales, en 12 países), y los derechos sociales y laborales de los sesenta y setenta… ¡eran si cabe mejores que los de ahora! (quitamos el «si cabe»).

No está la Guerra de Vietnam, pero sus EEUU han batallado hasta la extenuación en otros rincones, por otras causas más (o menos) justas, con enemigos de distinto nombre y diversa vestimenta. En 2021 el conflicto prende en todos los rincones: de Siria a Yemen, del Sahel a la República Centroafricana. No, no hemos cambiado demasiado, quizá lo haya hecho el tío Bob.

El señor Dylan en 2011, unas cuantas décadas después de empazar

Me dobla la edad, y aún así, siento que me hago viejo al tiempo que el señor Dylan se hace (se ha hecho) también. Y una infinidad de los temas grabados a lo largo de más de sesenta años en la carretera continúan siendo himnos generacionales. Lo fueron de nuestros abuelos, ahora lo son de nuestros hijos…

El «antisistema» es hoy Premio Nobel de Literatura (uno de los más polémicos de la historia del certamen sueco, que se lo digan a Mario Vargas Llosa), ha recibido de manos de Obama la medalla presidencial (fue en 2012) y no es millonario, sino lo siguiente: el año pasado vendía los derechos de todos sus discos a la Universal en un acuerdo «discreto» que se presume en unos 400 millones de dólares de beneficio para el cantautor. Tampoco ha escapado a la crítica (a veces visceral) ni a los escándalos personales, a pesar de mantener un halo de misterio eterno sobre su vida privada. Antes de separarse de su primera esposa, Sara Lownds, ésta le acusó de no cuidar a sus hijos y de estar siempre borracho, también de agresión, una agresión que él mismo reconoció a la prensa porque ella le había dado «un cigarrillo de marihuana a nuestro hijo Tom». Y eso que siempre se dijo que Dylan fue quien inició a los Beatles en los deleites del cannabis

Pero a pesar del acomodo y el lujo, la fama de Robert Allen Zimmerman (nombre con el que le bautizaron sus padres, que pertenecían a una reducida comunidad judía) continúa inalterable, también la de provocador y desafiante –al punto de la desesperación para aquellos objeto de sus iras–. Como en los tiempos en que el folk le llevó a lo más alto, aquella década de los derechos civiles, los eslóganes contra Vietnam y los porros de tamaño más que considerable.

BREAKING NEWS!

En relación a su música, y concretamente a sus inicios folk, la Fundación José Manuel Lara (Grupo Planeta) ha publicado recientemente un magnífico libro, para fans, pero también para neófitos, sobre los primeros pasos del autor de «Like a Rolling Stone»: A boy walking. Bob Dylan el Folk Revival de los sesenta, firmado por el periodista onubense Jesús Albarrán Ligero. Un recorrido muy documentado y amenísimo por aquella primera etapa que mezcla biografía, autobiografía, ensayo y literatura. Además de proponer un estudio de la ingente obra, vida e influencias de Dylan, el texto retrata con escrupulosidad quirúrgica el ambiente que se respiraba en una época convulsa que marcaría al genio norteamericano, y por ende a toda la sociedad occidental de la segunda parte del siglo XX. Un esquivo y preciso cuaderno de bitácora donde se unen, como en una suerte de comunión mística, la guitarra, el viaje en su más pura esencia y lo inesperado, y que mereció, no sin notables méritos, el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2020.

He aquí la forma de adquirirlo mientras continúa (esperemos) soplando el viento:

https://www.planetadelibros.com/libro-a-boy-walking-bob-dylan-y-el-folk-revival-de-los-sesenta/313716

The Black Crowes: difíciles de manejar

La historia de The Black Crowes recuerda la de una gran bola de nieve de todo grupo icónico de rock de los 70: con un ascenso imparable y un éxito arrollador, al que seguiría un olvido inmerecido y una traumática separación unida a un frustrado intento de reunión a la desesperada. Una suculenta biografía de su miembro fundador y ex batería Steve Gorman, recientemente editada en castellano por NeoSounds, recuerda el ascenso y la caída de estos irreemplazables músicos.

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Y es que no solo en la estética sino también en su poderosa música –y efectivamente, en su evolución misma–, los norteamericanos fueron en esencia una banda de los 70, aunque fuera de época (triunfaron a principios de los 90, cuando el grunge y el Nu-Metal parecían haber arrinconado al hard rock, el heavy metal y otros estilos largamente instalados).

Neo-Person Ediciones, dentro de la imprescindible colección Neo-Sounds (ambos del grupo editorial Gaia Ediciones) realiza un magistral retrato del grupo de Atlanta (Georgia) en el libro Difíciles de Manejar (Hard to Handle). Vida y muerte de The Black Crowes: la explosión y decadencia del que fuera probablemente el combo de rock más auténtico de su época, sin menospreciar, por ejemplo, a mis idolatrados Guns ‘N Roses, pero el meteórico éxito que obtuvieron los de Axl Rose (razón también de su acelerado declive y pronta desaparición) les hizo jugar en otra liga, un espacio multimasas donde se movían solo unos cuantos elegidos, léase Metallica, que han sabido gestionar su marca 25 años más que los de Hollywood.

Tras numerosos altibajos, cabreos y desastres y como si el mal fario echase de menos volver a sus brazos tatuados, cuando los cuervos negros iban a iniciar su gira mundial para celebrar el 30 aniversario del lanzamiento de su álbum debut, publicado en 1990 (Shake Your Money Maker), reuniéndose de nuevo quizá para recordar glorias pasadas o para coger unos dólares, vino el condenado COVID y obligó a cancelar aquella gira de grandes expectativas que pudo ser apoteósica a pesar de las diferencias entre sus miembros, lugar común de las grandes bandas de rock. Hoy intentan retomarla…

Semillas de rencor

El ex batería de The Black Crowes, Steve Gorman (en colaboración con el crítico musical Steven Hyden, quien realmente ha sido el encargado de dar forma de libro a las confesiones, muchas y afiladas, del percusionista), retrata la locura del rock and roll –su autenticidad salpicada incluso de toques esquizoides, envidias, malos rollos y momentos de gloria oscurecidos instantes después– en estas vibrantes páginas aptas para todo fan y también para cualquier aficionado a  la música en general. En un verdadero ejercicio de sinceridad, confiesa: «En The Black Crowes, un buen día era cualquiera que no fuera del todo malo. Esa era la sensación que yo tenía». ¿No os parecen familiares estas palabras?

Fundados en 1986 por los hermanos Chris y Rick Robinson con el nombre inicial de Mr. Crowe’s Garden, The Black Crowes lanzaron su citado álbum debut logrando un considerable éxito gracias al hit que da título a esta biografía, Hard to Handle, un tema original del cantante de soul Otis Redding, y al lanzamiento del sencillo She talks to Angels, destacando por su estilo propio, nada convencional y la capacidad de su cantante para generar polémica a su alrededor.

Todavía recuerdo cómo me impacto, siendo un chaval, esa portada de Amorica que sería censurada: el tanga de un biquini estampado con la bandera norteamericana y una mata de vello púbico saliendo de ella. Aquella portada dio que hablar, y se censuró de un rincón a otro del planeta: primero en el Metro de Londres, donde los carteles exhibidos fueron censurados por empleados de seguridad de la compañía (que por supuesto recibían órdenes de los de arriba) con bandas adhesivas que tapaban estratégicamente los vellos púbicos, y después incluso en el Metro madrileño, cuando la empresa Publi Sistemas se negó a promocionar la gira de la banda por nuestro país (corría 1995) si no se quitaba la polémica imagen. Ni siquiera una nueva campaña con el vello rasurado fue aprobada y finalmente la compañía discográfica optó por un triángulo con la bandera sobre fondo negro. Todo muy políticamente correcto. Como no hay mal que por bien no venga, la compañía discográfica quiso aprovechar el filón de la controversia y añadió al cartel un rótulo que rezaba: «Atención: portada censurada. Busca el original en tu tienda de discos».

También en Estados Unidos, la revista Rolling Stone tuvo que rechazar una suculenta campaña de promoción del álbum después de que varias empresas automovilísticas amenazaran con retirar sus anuncios si lo publicaban. Finalmente, se optó por el mismo triángulo «discreto» con los colores yankees usado en Europa.

Rebeldes sin causa

Como si se tratara de un guiño al inolvidable bailecito del personaje de Billy El Niño en el tramo final de El Silencio de los Corderos, de Jonathan Demme, hay quien dijo que en realidad la portada de Amorica se trataba del pubis de un hombre que oculta sus genitales entre las piernas. La banda desmintió este punto en un tiempo menos «aperturista» que estos nuevos «locos años 20», y señaló que la imagen fue copiada de un ejemplar de la revista erótica norteamericana Hustler de 1977 –la década que siempre quisieron emular, u homenajear, según se mire–. Esa doble moral tan «Made in USA» donde no hay problema (y menos en los noventa) en promocionar la venta de armas o la construcción de un muro con México pero se forma un escándalo al descubrir un pecho (léase teta) o un pubis, con vello o sin él. Sobre aquello, el cantante, Chris, se refería a esa hipocresía del establishment con estas palabras al preguntarle sobre si creía que la imagen sería censurada –cosa que finalmente sucedió–: «¿Qué  hay de malo en un cuerpo de mujer con un poco de pelo púbico? Habrá gente que dirá: ‘Oh, Dios mío, qué horror, una vagina’. ¡Qué pasa! Todo el mundo tiene una».

Amorica, lanzado en noviembre de 1994, supuso una nueva orientación musical del grupo: mucho más psicodélico, como si quisieran retrotraerse una década más atrás de su sonido setentero, a los 60. Fue su álbum más experimental y aquello les hizo perder numerosos fans, como confiesa con pesar Gorman, al que parece que nunca tuvieron demasiado en cuenta. Luego vinieron los problemas, los altibajos y los discos que no acababan de convencer a sus seguidores, también ser teloneros de Jimmy Page y Robert Plant en su esperada reunión en 1996. Ahí es nada. Y es que el entonces espigado y nervioso frontman (hoy se mantiene bastante bien, a pesar del inexorable paso del tiempo, y de una vida de notables excesos) no tuvo jamás problema en divulgar sus opiniones sin titubeos, y a pesar de las cifras que obtuvo la banda desde la publicación de Shake your money maker, insistía en rechazar los muchos condicionantes de la industria con declaraciones como la siguiente: «Nosotros imponemos nuestras propias reglas, que, básicamente, son precisamente las de no tener reglas».

Compartiendo escenario con Jimmy Page

¿Fue acaso esa ausencia «normativa» la causa de su decadencia? De las palabras del batería suponemos que moldeadas por su amanuense Hyden, parece desprenderse que sí. Pero solo es la opinión –su punto de vista, como él mismo señala– de uno de los ex miembros (relevante, eso sí, y fundador) de The Black Crowes. Solo –o todo– eso.

Gorman cuenta que se encumbraron gracia a A&M y al productor discográfico Georges Drakulias (para muchos, un protegido del todopoderoso Rick Rubin). Y a pesar del éxito y de su actitud «auténtica», de pura banda de rock and roll en medio de la apoteósica mercadotecnia de la industria, lo echaron todo a perder como otras bandas a las que repudiaban. Causaron escándalos, insultando en más de una ocasión a los grandes grupos de los que eran teloneros, cambiaban continuamente de productor y obligaban a la prensa, entre otras lindezas, a comprar entradas para asistir a sus conciertos. Muy pocos se han atrevido a hacer algo así. Ni los más grandes.

Drogas, egos y chantajes

También hubo, como en toda banda de rigor, numerosas drogas, al parecer hasta niveles desorbitados, en una amplia y confusa variedad que iba del alcohol a la heroína, pasando por la marihuana, como si de verdad hubiesen vuelto a los 70, tiempo en que grandes iconos de la escena como los Rolling, Grateful Dead y muchos otros se sumergieron en los delirios del «jaco», cuyos estragos se mostraban en nuestro país, en la recién inaugurada democracia, a través del llamado «cine quinqui». Por la misma época en que empezaron a tocar, comenzaban también los primeros pasos de banda muy diferentes, de esa escena llamada Glam Metal, como los Motley Crüe, que en su magnífico biopic producido por Netflix, The Dirt, narran cómo la «piedra marrón» casi acaba con sus vidas –en concreto, la de Nikki Sixx, que llegó a estar unos cinco minutos clínicamente muerto por culpa de una sobredosis–. La misma historia, distintos (¿o iguales?) actores.

Lo peor de los cuervos negros vino con la guerra de egos entre los hermanos Chris y Rick Robinson, enfrentados en una lucha sin cuartel entre ellos mismos (con algunas increíbles reconciliaciones) y con el mundo entero. Según opinión generalizada, algo que apoyan también las reflexiones del ex batería, el mayor responsable de la locura, la pérdida del 90 por ciento de su sus fans, y finalmente la disolución, fue de Chris Robinson.

En los grandes (aunque también oscuros) tiempos

En el prefacio, justo al abrir este vibrante libro que te mantiene con los ojos abiertos de par en par página tras página, y tras contar cómo fue la despedida «definitiva» del grupo tras 27 años en la carretera… ¡con un email!, Gorman se sincera con estas reveladoras palabras que salpican toda la obra: «Creo que The Black Crowes rindieron siempre más de lo que se esperaba de nosotros. No hay ni una sola razón en este mundo para que ‘esas personas’ llegáramos a tener ‘esa trayectoria’. Simplemente no estábamos hechos de la pasta que hace falta para tener éxito a largo plazo. Éramos demasiado autodestructivos, sobre todo cuando estábamos juntos».

En Hard to Handle Gorman también escribe: «Hasta donde yo sé, Chris y Rick no han vuelto a hablarse. Yo tampoco he hablado con Chris. No creo que volvamos a hacerlo nunca». El libro fue lanzado en su edición inglesa en 2019 y en noviembre de ese año saltaba una noticia que parecía imposible: que los hermanos Robinson volvían a unir a The Black Crowes para la gira que paró el COVID. ¿Tuvo el controvertido libro algo que ver? El 12 de febrero de este 2021 los cuervos negros –sin Gorman, claro–, lanzaban el vídeo «Charming Mess» que precedía al lanzamiento de la edición especial 30 aniversario de Shake Your Money Maker, repleto de material adicional, calentando motores para su gira internacional. Estarán –o al menos esa es la idea–, si virus y egos lo permiten, en el WiZink Center madrileño el 10 de noviembre de este año (la fecha ya ha tenido que ser pospuesta al menos una vez). En este caso, el viejo batería se equivocó.

The Black Crowes quisieron «salvar el rock» (acudiendo también a géneros como el soul y el blues de los setenta) pero acabaron por convertirse en una de las bandas más disfuncionales de un tiempo de profundo y vertiginoso cambio en el panorama musical. A pesar de ello, cuánto deben haber experimentado.

 ¡Larga vida al rock and roll!

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