Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Vestigios del Desembarco de Sicilia 80 años después

En julio de este año se conmemoraba una de las más importantes efemérides de la Segunda Guerra Mundial: el 80 aniversario de la invasión aliada de Sicilia, nada menos que la mayor operación anfibia de la contienda que supondría el primer gran asalto a la Fortaleza Europa. Aquel fue el comienzo del retroceso del Tercer Reich en el oeste y allanó el camino para la operación de desembarco que tendría lugar menos de un año después en Normandía, el célebre Día D. Precisamente en Italia, en Montecasino, tendría lugar en 1944 una de las batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial, y ahora que Ático de los Libros publica un minucioso ensayo sobre el tema, recordamos el impacto que tuvo el desembarco aliado.

Óscar Herradón ©

En el mes de mayo de 1943 estaba bastante claro que los aliados intentarían una invasión del viejo continente. La pregunta que se hacían desde la Cancillería alemana y desde el Palazzo Venezia en Roma era: ¿por dónde se haría? La decisión ya se había tomado meses antes, durante la Conferencia de Casablanca, que se celebró entre los días 14 y 24 de enero de ese mismo año, donde Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill y los líderes de la Francia Libre, los generales Degaulle y Giraud, reunidos en el marroquí Hotel Anfa, se inclinaron por Sicilia. Un movimiento minuciosamente orquestado para asestar una herida de muerte a los ejércitos de Hitler.

Todavía hoy son visibles en la isla italiana los rastros de los duros combates librados aquel lejano verano de 1943 del que han pasado 80 años, motivo por el que publiqué un amplio reportaje sobre la Operación Husky en la revista Muy Interesante hace unos meses: restos de búnkeres y construcciones militares en los alrededores de Gela y en muchos otros rincones. En la población de Marina di Ragusa existe un búnker sobre el que hoy ondea la bandera italiana y que está iluminado para los turistas en una época de fuerte revisitación de la Segunda Guerra Mundial, como sucede en Normandía; se llama Bunker Camemi y se ha reconvertido en museo bélico. Una placa inaugurada en 2010 recuerda a un soldado que sacrificó su vida «en defensa del suelo de la patria».

No muy lejos de Agrigento, en la playa de Piana Grande, se encuentra un grupo de varios búnkeres divididos en bloques y perfectamente conservados. Y en Monte Santa Anastasia, en Catania, se puede visitar un cementerio militar alemán donde fueron enterrados los caídos del Reich durante los combates de 1943. Allí, otra placa da la bienvenida al visitante con estas palabras: «En este mausoleo descansan 4.561 caídos alemanes. 451 son desconocidos». En la propia isla se halla el llamado «Museo Storico dello Sbarco in Sicilia 1943», donde se puede encontrar todo tipo de armamento (pesado y ligero), galerías fotográficas, propaganda, cartelería de ambos bandos, etcétera. También se pueden realizar visitas guiadas en transporte público por un ruta conocida como «Catania 1943: Operación Husky» o visitar la Catania subterránea, donde se protegieron muchos de los defensores.

Mientras algunos historiadores han sido críticos con el planteamiento y la dirección de Husky, como las grietas entre los mandos británico y estadounidense o una pobre preparación de la ambiciosa operación, el historiador James Holland, una de las voces más autorizadas hoy sobre el desembarco, se muestra en su monumental ensayo Sicilia 1943 (publicado en castellano también por Ático de los Libros) contrario a esta visión. En declaraciones a El Confidencial, señalaba en 2021 que Husky «marca el principio del profesionalismo aliado, de grandes avances operacionales, no solo tácticos. Y pienso que es en el nivel operacional –cómo se organizan los países, los recursos, el armamento, las fábricas– donde se luchan y se ganan las guerras. Ese es el hilo que falta en la narrativa de la Segunda Guerra Mundial, y una vez se revisa, emerge una imagen bastante diferente, en la que las fuerzas aliadas salen mucho mejor paradas».

El primer asalto a la Fortaleza Europa, que abriría el camino a la invasión de Normandía el 6 de junio del año siguiente, duró 38 sangrientas y agotadoras jornadas, los aliados contaron en la isla con el apoyo de la mafia siciliana (que odiaba a Mussolini y a su gobierno, curiosamente no por ser fascistas, sino por la enconada persecución que llevó a cabo contra sus pistoleros) y marcó un hito en la contienda; además, movilizó a más hombres que el Día D, algo que suele olvidarse.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Menos de un año después tendría lugar la batalla de Montecasino, en la que entrarían en liza nada menos que 10 ejércitos de todo el mundo que no solo tuvieron que enfrentarse al enemigo, sino a un territorio hostil, un tiempo inclemente e incluso una erupción volcánica –la del Vesubio–. La intención de los aliados era atravesar la línea Gustav y tomar Roma. El resultado sería demoledor: 55.000 soldados aliados muertos y 20.000 alemanes. Ahora, Ático de los Libros publica Montecasino. Diez ejércitos en el infierno, el mejor libro para conocer aquel épico enfrentamiento cuando se iniciaba la fase final de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Gracias a su autor, el historiador militar británico Peter Caddick-Adams –autor también de Monty y Rommel, publicado por la misma editorial– la batalla de Montecasino tiene, al fin, la historia que se merece. Es el vívido relato de la pugna por hacerse con la monumental abadía que dominaba la ruta de acceso a Roma.

Caddick-Adams, exmilitar y profesor de Estudios Militares, nos brinda una visión nueva y panorámica del gran enfrentamiento entre los Aliados y la Alemania nazi, analiza la estrategia militar de la campaña y nos traslada en el tiempo y el espacio hasta el fragor del combate para dar voz, mediante material inédito y testimonios que ha recogido personalmente, a los héroes que, durante cuatro meses, lucharon y perecieron en el infierno italiano.

Un libro que The Wall Street Journal ha descrito con estas palabras: «Un brillante estudio de los obstáculos y las posibilidades de las coaliciones». He aquí el enlace para adquirirlo en la web de Ático de los Libros:

La pica y el arcabuz. Trazos del Imperio español

Llega la historia gráfica de las grandes batallas y gestas del Imperio español. Lo hace de la mano de Pasado & Presente; una obra visualmente poderosa que rinde homenaje a las armas hispánicas y cuyos textos han sido confeccionados por el historiador Juan Carlos Losada.

Óscar Herradón ©

Pasado & Presente, una editorial que todo amante de la historia debe seguir de cerca, lanza un nuevo título de una de sus colecciones más exitosas. Se trata de La pica y el arcabuz: las grandes batallas del Imperio español. Una historia gráfica. En su momento ya recomendamos en el «Pandemónium» el título La Segunda Guerra Mundial. Una historia gráfica, con textos del genial historiador militar británico Antony Beevor. En esta ocasión, de nuevo la artista catalana Eugènia Anglès pone su arte al servicio de las ilustraciones que jalonan las páginas de esta joya cuyos someros pero muy descriptivos textos,  cosecha del doctor en Historia Contemporánea Juan Carlos Losada –que ya publicara en la misma editorial el ensayo El ogro patriótico. Los militares contra el pueblo en la España del siglo XX–, nos acercan las grandes gestas de los soldados que engrosaron las filas de los ejércitos del Imperio español, una de las fuerzas más impresionantes de la historia moderna, injustamente tratada por la Leyenda Negra.

Precisamente, el libro conmemora el nacimiento, en el viejo continente, hace ahora 500 años, de la primera entidad multinacional de los tiempos modernos. La monarquía española, con Carlos V y su hijo Felipe II en sus tiempos más gloriosos y después con los Austrias menores y la dinastía borbónica más tarde, a pesar de la pérdida de muchos de sus territorios, continuaba siendo una de las fuerzas más importantes del orbe (su presencia en gran parte de lo que ahora es México y Estados Unidos en el siglo XVIII y los presidios que aún quedan en pie en amplios territorios de Florida o Luisiana así lo atestiguan).

Bajo el cetro español se edificó un imperio transcontinental que, según recoge su autor en la cuarta cubierta, la monarquía hispánica «tuvo que defender, a sangre y fuego, de quienes lo combatían». Una epopeya en forma de historia gráfica que marca las agitadas guerras de Italia y las de Flandes, Francia o Alemania en tiempos de la Contrarreforma, pero también la conquista de los valles mexicanos y el altiplano andino por las fuerzas virreinales; la historia de la lucha por el control del mar Mediterráneo y del océano Atlántico.

Grandes victorias… tristes derrotas

Las bellísimas imágenes de Anglès devuelven a la vida, de las páginas del pasado, a los tercios de piqueros y arcabuceros –de ahí el título del libro–, que hicieron historia en batallas como Pavía, Mühlberg, San Quintín, Lepanto o Breda, pero también a las filas de ballesteros y mosqueteros, a los monarcas que desde Carlos I hasta Felipe IV dirimieron los designios de tan gigantesco imperio (que se revelaría finalmente con pies de barro); los genios militares (el Gran Capitán, el III Duque de Alba, Ambrosio de Spínola…) y los cientos de miles de soldados anónimos que protagonizaron enfrentamientos épicos, y también, claro, afrontaron grandes derrotas (de las Dunas a Rocroi), que de todo hubo en aquel tiempo de grandes dinastías, sangre y fuego.

En el libro leemos sobre este punto, en relación a la derrota de Dunkerque en 1658, en tiempos de Felipe IV, precisamente conocido como el «Rey Planeta», apodo que se le atribuyó por asociación con el Sol, cuarto en la jerarquía de los astros: «La retirada se impone tras tres horas de lucha, pero el balance es desolador. El ejército español sufre 6.000 bajas entre muertos, heridos y prisioneros, por tan solo unas 400 del enemigo. Días después, Dunkerque se rinde, lo mismo que Gravelinas y, más tarde, Ypres».

Un volumen de obligada tenencia en nuestra biblioteca y una buena opción para los regalos navideños. He aquí el enlace para consultar un extracto del libro en la web de la editorial (no os arrepentiréis):

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2023-05-15-10-38-35