Armas «Milagrosas» del Tercer Reich (III)

23 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

¿Qué sucedió cuando los bombarderos aliados de la RAF destruyeron las instalaciones de Peenemünde? Los proyectos de «Armas Milagrosas» no se detuvieron, ni mucho menos, y los nazis continuaron innovando en este campo, esta vez en laboratorios construidos en búnkeres bajo tierra que no podían localizar los rastreadores enemigos.

Aunque no todas las instalaciones fueron destruidas –el llamado «túnel del viento», la planta de medición y los terrenos de prueba, quedaron intactos–, la Operación Hidra retrasó notablemente el proyecto y obligó a trasladar las investigaciones y a algunos de sus más brillantes científicos a otro lugar secreto para continuar la lucha a la desesperada.

Laboratorios bajo tierra

Los bombardeos aliados contra Hamburgo, o las fábricas de cojinetes de Schweinfurt y las de Peenemünde citadas, obligaron a trasladar los equipos de investigación hasta Nordhausen, en Turingia, en el interior de las montañas Hartz, donde la empresas Mittelwerk GmbH se dedicaría a fabricar y montar las bombas voladoras V-1 y los cohetes V-2, así como motores de propulsión para los aviones Messerschmitt 262 –el primer avión de combate a reacción del mundo en estar en servicio– y otros modelos vanguardistas.

Me-262 (USAF, Wikipedia)

Las nuevas instalaciones fueron situadas una caverna de 23 metros de altitud, construida ex profeso para aquella tarea. Los presos del campo de concentración cercano de Mittelbau-Dora, que hoy permanece en pie como museo del horror, fueron trasladados hasta su interior y utilizados como mano de obra esclava. Llegaron a trabajar allí hasta 20.000 hombres en régimen de esclavitud. En la impresionante instalación secreta de Nordhausen se fabricaron más de 30.000 proyectiles V-1, de los cuales al menos una quinta parte cayó sobre Londres.

Hasta finales del verano de 1944, la fábrica consiguió permanecer oculta a los aliados gracias a que todas las entradas y conductos de ventilación estaban eficazmente camuflados y los misiles, una vez fabricados, eran cargados en grandes camiones o en vagones de tren dentro de los mismos túneles, de donde partían las vías hacia la red ferroviaria alemana hasta llegar a las bases de lanzamiento, situadas cerca del Canal de la Mancha. En diciembre de 1944, la fábrica subterránea había producido un total de 1.500 V-1 y 850 V-2, por lo que comenzaron a ampliar su superficie excavando nuevos túneles, uno de ellos destinado a una fábrica de oxígeno –necesario porque era uno de los combustibles empleados por los V-2–, una nueva fábrica de motores de avión y una refinería para producir petróleo sintético.

Cuando la derrota era inevitable, se habían lanzado sobre Londres unos 1.403 misiles que acabaron con la vida de 2.754 personas y causaron 6.532 heridos y también sobre otros objetivos, como Amberes, donde cayeron 1.214 misiles. De haber contado con más tiempo, el V-2, unido a otros diseños y armas «milagrosas» nazis, habrían sin duda influido de forma decisiva en el desenlace de la guerra. El 11 de abril de 1945, las tropas norteamericanas llegaron a los túneles, liberaron a los prisioneros –que habrían muerto si se hubiera dado vía libre al plan de bombardear las cuevas con napalm, que se barajó– e inspeccionaron minuciosamente el lugar antes de dejarlo en manos de los soviéticos, haciéndose, casi con seguridad, con importantes y secretos diseños de última generación.

Campo de concentración de Mittelbau-Dora

Nordhausen no sería el único refugio subterráneo donde los nazis llevarían adelante sus proyectos técnicos y sus «armas milagrosas». En diciembre de 2014 saltaba a los medios una sorprendente noticia: «Desentierran el laboratorio nuclear de Hitler», titulaba el rotativo español El Mundo, que se hacía eco de las investigaciones del historiador alemán Reiner Karlsh, quien decía probar la existencia de varios lugares de ensayos y laboratorios nucleares, pruebas que se habrían realizado el 3 de marzo de 1945 a las 21.20 horas y en octubre de 1944. La CIA parece que también poseía información de un espía que señaló que existían varios campos de tiro e identificó la entrada a una compleja red de túneles.

Túneles que cuya existencia fue corroborada por excavaciones en una zona bastante inaccesible de la población de St. Georgen an der Gusen, que formaba parte de Alemania durante el Tercer Reich y hoy es territorio austriaco, según hacía público en el semanario Der Standard el periodista Markus Rohrhofer. Una zona que despertó la curiosidad al detectarse niveles de radiactividad excesiva y aparentemente inexplicable.

Entonces, el documentalista Andreas Sulzer, al frente de la investigación, señalaba que en base a exploraciones geoeléctricas parece que las instalaciones fueron edificadas aprovechando una cavidad de la montaña rocosa: una extensión total de más de 75 hectáreas cuyos accesos estaban sellados y rodeados de muros de granito de gran espesor; las investigaciones sobre el terreno han dividido a los expertos: algunos creen que allí ser realizaron pruebas nucleares, laboratorios que estaban conectados con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen y la fábrica subterránea B8 Bergkristall –donde se fabricaba el Messerschmitt Me 262, mientras que otras corriente mantiene que los nazis nunca llegaron a ser capaces de construir un reactor nuclear, ni tampoco sabían cómo calcular la masa crítica de una bomba, según se determinó en las denominadas «conversaciones de Farm Hall» en 1945 tras los interrogatorios a varios científicos atómicos alemanes.

B8 Bergkristall

Y poco antes de dar forma a este reportaje, se hacía pública en Alemania la investigación del historiador Rainer Karlsch sobre unas galerías inexploradas de un búnker en Brandemburgo que pudo haber sido utilizado con fines bélicos. Aunque el polémico estudioso ya había «patinado» al sostener que los físicos nucleares habían logrado construir tres bombas nucleares, lo cierto es que las mediciones geomagnéticas parecen ahora darle la razón.

La historia cuenta que en el pequeño pueblo de Genshagen, junto a Ludwigsfelde, existían unas instalaciones de Daimler-Benz, concretamente una planta de fabricación de motores de avión. A comienzos de los años 40, en medio de la contienda, cuadrillas de trabajadores construyeron cerca de allí un complejo subterráneo que serviría de refugio antiaéreo durante los bombardeos. Pero parece que había algo más… En abril, con el avance del Ejército Rojo, un comando de las SS decidió volar los cinco accesos al búnker, «un despliegue excesivo» en palabras de Karlsch, que baraja que allí se ocultaran documentos secretos y también que al mismo fueron trasladados los materiales y proyectos que hasta entonces habían estado escondido en el espectacular castillo de Hakeburg, a unos 15 kilómetros de distancia.

El propietario de aquella antigua mansión señorial era Wilhelm Ohnesorge, ministro de Correos del Reich desde 1937 y que convirtió en su residencia después de que Hitler, en 1938, le otorgara 250.000 marcos como regalo de bodas. Ohnesorge, uno de los más entusiastas defensores de la producción de una bomba atómica, hizo construir en la finca de Hakeburg unas instalaciones de investigación y un centro de pruebas, donde un número indeterminado de científicos parece que trabajó en la construcción de material militar, precisamente en el momento de mayor auge de las denominadas «Armas Milagrosas», en los últimos meses de la guerra.

Frank Thadeusz, siguiendo la tesis de Rainer Karlsch, apunta que en dichas instalaciones se llegaron a producir verdaderos ingenios: desde aparatos de infrarrojos para visión nocturna hasta cohetes teledirigidos. A pesar de que el ministro enseñaba personalmente al Führer los maravillosos diseños que salían de sus laboratorios secretos, a éste parece que no le entusiasmaban demasiado, llegando a comentar en su círculo íntimo: «Hasta ahí íbamos a llegar, que ahora la guerra me la tenga que ganar el ministro de Correos…».

Wilhelm Ohnesorge

Sin embargo, los aliados serían poco después testigos de los avances que se habían llevado a cabo en los laboratorios armamentísticos tutelados por Ohnesorge: llegaron a fabricarse misiles antiaéreos guiados a distancia a través de monitores de televisión, algo increíble en su tiempo. Además, sus científicos desarrollaron diminutas cámaras que podían instalarse en los cohetes y convertirlos así en bombas dotadas de visión.

En las entrañas de la tierra los nazis cobijarían sus arsenales secretos que tantas décadas después del final de la guerra aún salen, de vez en cuando, a la luz, gracias al tesón de investigadores que a día de hoy continúan desempolvando los expedientes secretos del Tercer Reich, trazando un puzle cada vez más completo de aquel tiempo de verdugos y héroes, científicos y esclavos, cuya última línea aún está por escribir.  

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.





Armas «milagrosas» del Tercer Reich (I)

21 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de “armas milagrosas” que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich, el mismo régimen que había puesto en jaque a las democracias occidentales y derramado ríos de sangre a su paso desde que los ejércitos de la Wehrmacht invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939 con su Guerra Relámpago, comenzaba a claudicar frente al avance aliado. Ya cerca del final de la contienda, llegaron al Alto Mando aliado informes muy inquietantes sobre el armamento enemigo, que era cada vez más extraño y sofisticado, por lo que comenzó a tomar forma el rumor de que existían toda una serie de Armas Maravillosas o Milagrosas (Wunderwaffe) que estaban causando grandes estragos.

Los reportes eran enviados por pilotos de bombarderos que sobrevolaban Europa y destruían las ciudades alemanas sin piedad, y también por simples soldados de infantería que contemplaban con sorpresa, en el frente, artilugios que parecían venidos del futuro. Aunque, en parte, aquello de «Armas Maravillosas» fue un mito creado y potenciado por el eficaz Ministerio de Propaganda nazi –el Promi–, comandado por el viperino Dr. Goebbels, quien ya había creado el término de «Armas de Represalia», lo cierto es que no estaba tan alejado de la realidad.

Los pilotos que hablaban de artilugios imposibles no mentían. Existieron algunos proyectos que hoy creeríamos fruto de la mente de algún conspiracionista alucinado, elementos de una novela sci-fi con toques pulp, si no fuera porque tantas décadas después por fin se han hecho públicos diversos archivos de aquel tiempo de sangre y fuego, cobijados con celo por distintos organismos aliados que se hicieron con los mejores científicos e inventos nazis en 1945.

El súper laboratorio del Báltico

En una pequeña y remota isla alemana, de nombre Usedom, en la desembocadura del río Peene, a orillas del mar Báltico, se levantaba un complejo secreto de laboratorios y campos de aviación donde los científicos nazis realizarían asombrosos avances técnicos, entre ellos, el primer misil de crucero de la historia. Se trataba de instalaciones militares fuertemente protegidas en el apacible pueblo costero de Peenemünde, donde comenzará, en medio de fuertes medidas de seguridad, la era de la aviación a reacción y los primeros pasos de la era espacial. Era una zona muy remota del país donde los alemanes podían hacer lanzamientos de misiles al mar Báltico asegurándose de que ningún espía pudiera informar a los aliados acerca de aquellas armas milagrosas. Su existencia era un secreto de Estado cuya revelación se pagaba con la muerte.

Base hoy no tan secreta de Peenemünde

Según el experto en armas Scott Marchand, los programas americanos de desarrollo de misiles durante la guerra eran muy primitivos en relación con los que los alemanes ya habían desarrollado antes de 1944. Realizaron un desarrollo aeroespacial tan avanzado que situaban a Alemania muy por delante de las demás naciones: miles de brillantes ingenieros, físicos, químicos y otros técnicos contaban con la tecnología más sorprendente en varias instalaciones del que sería conocido como el súper laboratorio del Báltico, el más moderno de Europa a pesar de la escasez a que obligaba la contienda, siendo generosamente financiado por el Tercer Reich. Su misión: desarrollar un armamento letal, armas de destrucción masiva que nadie había visto hasta ese momento, adelantándose en varias décadas a la tecnología que utilizarían más adelante, con éxito, otras potencias.

Von Braun y sus hombres del Reich

Al frente de aquel complejo se hallaba el coronel de la Wehrmacht y SS Wernher von Braun, director técnico del centro investigación, que más tarde, aunque parezca increíble, se convertiría en el padre de la aeronáutica y en un héroe en los EEUU tras su paso por la NASA. Von Braun y el mayor Dr. Walter Dornberger, experto en misiles, descubrieron la idoneidad del lugar –allí cazaba patos el abuelo de Von Braun– y se lo comunicaron a los Ministerios del Ejército y del Aire para habilitar una zona reservada para sus experimentos secretos. Bajo la pantalla de la organización propagandística nazi «Fuerza a través de la Alegría» –Kraft durch Freude–, fueron trasladados a dicha península centenares de obreros y técnicos con la misión de construir una «colonia de descanso veraniega» para los trabajadores alemanes, pero en realidad edificaron, a partir de 1937, talleres, barracones, alojamientos para los científicos y sus familias, laboratorios y zonas de prueba.

En 1939, tras haber gastado el Tercer Reich unos 300 millones de marcos, Peenemünde ya era una realizad y los científicos (ingenieros, físicos…) fueron llevados en secreto desde el polígono de pruebas Kummersdorf, en Berlín –cuyas instalaciones eran demasiado limitadas para realizar vuelos y ensayos con motores avanzados, una zona más expuesta a los espías enemigos–, en vagones de tren, hasta las nuevas instalaciones –construidas de forma muy similar al tipo de casas de otros pueblos de la zona para evitar rumores– donde comenzaría la carrera armamentística más feroz del Tercer Reich.

Cartel de «Fuerza a Través de la Alegría»

Era una metrópoli autónoma cuyo diseño había corrido a cargo de Albert Speer –con una capacidad para 30.000 científicos y  con la intención de que, una vez ganada la guerra, se convirtiese en centro espacial mundial– que contaba con instalaciones metalúrgicas, centrales eléctricas y zonas de pruebas de armamento, siendo el equivalente alemán a la base norteamericana de Los Álamos y a la soviética de Akademgorodok, el epicentro de la tecnología rusa en plena Siberia. Peenemünde sería una de las cinco instalaciones militares de pruebas que dependían de la Oficina de Armas del Ejército y sin duda en la que se desarrollaron los proyectos más innovadores.

El aspecto más siniestro del que sería conocido como Centro de Investigación Armamentística de Peenemünde fue la utilización de mano de obra esclava en la fabricación de prototipos y artefactos. Cuando los prisioneros estaban demasiado débiles para continuar, eran asesinados para que ninguno pudiese revelar los secretos de la base. Aunque los científicos no tenían la condición de prisioneros, lo cierto es que muchos fueron presionados también por los nazis con colaborar a cambio de su seguridad y la de sus familias. La Gestapo acechaba en cada esquina.

Mientras en las instalaciones que pertenecían a la Fuerza Aérea –Luftwaffe– se centraron en el desarrollo de aviones cohete y otros artefactos sorprendentes, el Ejército –la Werhmacht– puso su empeño en producir grandes cohetes de combustible líquido. Finalmente, consiguieron hacer realidad un extraño avión sin piloto propulsado por un pulsorreactor que llevaba una tonelada de explosivos y que fue bautizado como V-1, al que seguiría tiempo después el V-2 (bautizados como pomposidad por Goebbels simultáneamente como «Represalia 1» y «Represalia 2»).

Fritz Kolbe

Sin embargo, en 1943, gracias a un audaz plan orquestado por la inteligencia aliada en Londres, se consiguió identificar la zona de Peenemünde. Y se hizo, curiosamente, también utilizando una tecnología muy adelantada a su tiempo: un estereoscopio, según la BBC, a través de unas gafas especializadas –muy similares a las utilizadas en la actualidad en el 3D–, que permitieron visualizar con gran precisión desde el aire la remota ubicación de los misiles nazis; una información que los aliados conocían gracias a las escuchas a prisioneros de alto rango de la Wehrmacht retenidos en Inglaterra y a los informes enviados por uno de los mejores agentes dobles de la guerra, injustamente mancillado: el berlinés antinazi Fritz Kolbe, alias «George Wood», asistente especial del embajador Karl Ritter con acceso a información vital sobre operaciones militares.

Entre los miles de documentos que entregó, Allen Dulles, futuro primer director de la CIA –entonces operaba en una estación espía en Berna al servicio de la OSS–, señaló que había descrito los trenes blindados en los que se refugiaban algunos peces gordos del NSDAP, como Heinrich Himmler y que estaban dotados de defensa antiaérea, e informó sobre los tipos de aviones entonces desconocidos que estaban operando en el frente del Este, tanto alemanes como soviéticos.

Los pilotos aliados tomaron las fotografías en el marco de la Operación Crossbow –Ballesta–, que no fue ni mucho menos fácil: debían sobrevolar a bordo de un Spitfire –el caza monoplaza británico diseñado por R. J. Mitchell que dio una gran ventaja a la RAF– la zona alemana totalmente desarmados, pues no podían cargar con más peso que las cinco cámaras que llevaban y que lograron decenas de millones de fotos y 36 millones de impresiones.

Más tarde, con el material sobre la mesa, el mariscal sir Arthur T. Harris –también conocido como «Carnicero Harris»– planificó la «Operación Hidra» (Hydra), que durante la noche del 17 al 18 de agosto de 1943, lanzó un multitudinario bombardeo aéreo sobre Peenemünde: 598 bombarderos de la RAF dejaron caer en tres oleadas 2.000 toneladas de bombas sobre la zona, principalmente en los barracones de los científicos y los edificios de proyectos.

Wasserfall

A pesar del éxito de la operación, unos 300 pilotos ingleses fueron asesinados o detenidos al saltar de sus aparatos en llamas. Durante la operación Hidra se acabó con la vida de cientos de científicos de Hitler, entre ellos el director de la base, el general Wolfgang von Chamier-Gliczinski y el Dr. Thiel, decisivo en el desarrollo del motor A-4, y que a punto estuvo de hacer realidad un arma supersónica basada en la figura aerodinámica del misil balístico V-2, el Wasserfall –«Caída de Agua»–, contra la que probablemente los aliados no hubiesen tenido defensa alguna. Otro artilugio cuasi futurista.

El martillo eléctrico del Reichsführer

Obsesionado por el martillo de Thor –Mjolnir– del que hablaban los mitos nórdicos que le habían fascinado desde niño, distorsionando, junto a las teorías raciales, su visión de la realidad, se sabe que Heinrich Himmler ordenó a miembros de su Orden Negra –las SS– que lo buscaran, asunto corroborado en una carta que aún se conserva y que está rubricada por el propio Reichsführer-SS; debían hacerlo a través de la Deutsches Ahnenerbe o «Sociedad Herencia Ancestral Alemana», cuyo fin era rastrear cualquier vestigio del pasado ario en el mundo conocido. Junto al Mjolnir, distintas expediciones más sonadas de SS irían tras la pista del Santo Grial, la Mesa de Salomón, la escritura de los antiguos arios o la Lanza del Destino, llegando incluso hasta el lejano Tíbet o hasta tierras islandesas.

Pero cuando era evidente que el frente del Este acabaría finalmente con el poderío nazi en Europa, Himmler se autoconvenció –lo que puede darnos una idea de hasta qué punto llegó a desvirtuar el mundo que le rodeaba– de que el arma mágica del Dios del trueno nórdico, el martillo letal que fulminaba a sus enemigos del que hablaban los Eddas, era en realidad un complejo artilugio basado en la electricidad que habrían desarrollado los antiguos arios. Sin duda, se había dejado influir poderosamente por los escritos de Rudolf John Gorsleben y otros ariosofistas.

Ahora, destinaría todos sus esfuerzos a desarrollar una máquina que utilizara ingeniería eléctrica, una versión moderna del «Martillo de Thor» que sirviera para asestar un último golpe mortal, cual héroe nórdico en gesta final por su pueblo elegido, a la amenaza del «bolchevismo judío».

Eddas

Como una de sus últimas extravagancias, a las que tan acostumbrados tenía a sus subordinados, transmitió a la Oficina Técnica de las SS la descabellada propuesta para la construcción del arma eléctrica «milagrosa» que salvara a la gran Alemania de las garras de sus adversarios «subhumanos», utilizando si era necesario los últimos avances en fisión nuclear que en 1942 debatían los miembros del Consejo de Investigación del Reich como una posible vía para la construcción de la bomba atómica nazi, un proyecto que nunca fructificó debido a su alto coste y a la dificultad para llevarlo a la práctica, a pesar de la insistencia del entonces Ministro de Armamento del Reich, Albert Speer, por convencer a Hitler de destinar importantes fondos al asunto. Pero Hitler quería resultados casi instantáneos, y el avance aliado no permitía dedicar un tiempo que no tenían a la experimentación que, por otra parte, se estaba llevando a cabo también en la base blindada de Los Álamos, el denominado Proyecto Manhattan, precisamente comandado por un norteamericano de origen judío y ascendencia alemana, Robert Oppenheimer. Paradójicamente, cuando los nazis ya habían paralizado casi por completo las investigaciones en este sentido, los aliados pensaban que Hitler estaba a punto de tener lista una bomba atómica, lo que aceleró los trabajos de los yankees.

Volviendo al «conductor eléctrico del dios del trueno», Himmler recurriría a varias empresas para que realizaran un diseño del artefacto, y sería la oscura empresa Elemag, según la periodista Heather Pringle, quien le presentó un proyecto para su construcción en noviembre de 1944. Según sus expertos, se podía emplear tecnología actual para construir un arma capaz nada menos que de transformar «el material aislante de la atmósfera en un conductor eléctrico»; a través de un complejo proceso, los ingenieros de Elemag pretendían lograr esto con la intención de bloquear la señal de todos los aparatos eléctricos de los aliados, desde frecuencias de radio a controles remoto.

El Reichsführer se mostraba eufórico con el proyecto de su arma definitiva, su nuevo “Martillo de Thor que se abatiría implacable sobre las fuerzas enemigas; llegó a transmitirle a su masajista, Felix Kersten, su confidente entonces, que «Muy pronto empezaremos a usar nuestra última arma secreta. Y eso cambiará completamente la situación de la guerra». Kersten dejaría por escrito la estupefacción que le causaron las palabras de su superior años más tarde: «El país estaba en ruinas, el bombardeo era cada vez más intenso, Alemania estaba casi derrotada, ¡y Himmler hablaba de victoria! Apenas podía creer lo que oía».

Cuando los técnicos de las SS, tras analizar minuciosamente los bocetos del conductor eléctrico presentados por Elemag, comunicaron a Himmler que aquello era inviable, apenas una fantasía para la que Alemania no tenía medios, y mucho menos en el estado de avanzado desgaste y escasez en los que la guerra había sumido al país, éste no quiso aceptarlo, y recurrió también al jefe de la oficina de planificación del Consejo de Investigación del Reich, el mismo que había realizado las investigaciones con uranio enriquecido, en busca de una segunda opinión, quien le corroboró la imposibilidad de llevar a cabo tan gigantesco y fantástico proyecto.

Con Berlín bombardeado por las fuerzas aliadas y el ejército soviético apostado a apenas 100 kilómetros de la capital alemana, a Himmler ya sOlo le quedaba intentar sellar una alianza con el enemigo como única forma de mantener en pie «Reich de los Mil Años» que ya era incapaz de sostenerse. Ningún arma milagrosa, ni los dioses atávicos de la mitología nórdica, ni siquiera el ardor guerrero que creía le transmitía el emperador Enrique I, su avatar en la imaginería fantástica que se había forjado a lo largo de los años, podían ya salvarle a él ni a su Orden Negra, trasunto siniestro de la Alemania «purificada y superior», de la derrota a manos del adversario.

Si en torno a Himmler todo había sonado extravagante desde sus primeros tiempos en el poder, cerca del desastre final adquiría ya tintes estrafalarios que dejaban entrever la incompetencia en el campo militar del que había sido, por otra parte, un excelente burócrata y organizador del aparato de terror nacionalsocialista.

Este post continuará.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.





Los secretos de la Operación Carne Picada

6 10 2020

Una de las operaciones secretas más extrañas y decisivas de la Segunda Guerra Mundial, orquestada por el MI5, tuvo a la «neutral» España como eje para su consecución. El protagonista involuntario de esta singular historia fue el cadáver de un mendigo inglés al que se haría pasar por un alto oficial de la marina británica, y cuyo cuerpo, vestido con uniforme y portando valiosos documentos, fue arrojado frente a las costas de Huelva. Esta es la historia de la conocida como «Operación Carne Picada».

Por Óscar Herradón ©

Conferencia de Casablanca. 1943

La Segunda Guerra Mundial no sólo se libró en los frentes de batalla. Para su desenlace también fue decisivo el papel de los servicios de Inteligencia de cada contendiente y las operaciones orquestadas entre bambalinas por los mejores espías de aquel tiempo. Ya lo hemos señalado en varias ocasiones. Sus actos fueron tanto o más valiosos que los llevados a cabo por las unidades militares en batallas que han pasado a la historia por ser una verdadera masacre que regó los campos de Europa de rojo sangre.

Precisamente, las operaciones de engaño y desinformación fueron vitales en el éxito de futuras invasiones. La que nos ocupa fue una operación de alto secreto cuyo éxito permitiría un avance importantísimo para la victoria aliada en el Viejo Continente. Pero vayamos al comienzo de esta historia llena de interrogantes.

El origen de uno de los más brillantes señuelos del espionaje británico lo encontramos en la Conferencia de Casablanca –celebrada entre el 14 y el 24 de enero de 1943–, cuando se decide que la invasión de Europa a través de las islas del Mediterráneo (la que sería conocida con el nombre en clave de Operación Husky), tendría lugar en el mes de julio de ese mismo año. Así lo decidieron los mandatarios reunidos en el marroquí Hotel Anfa: Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill, Charles de Gaulle y el general galo Henri Giraud. Un movimiento minuciosamente estudiado para asestar un golpe mortal a los ejércitos de Hitler.

El canciller alemán, y su Alto Estado Mayor –el OKW–, eran conscientes de la inminencia de un desembarco en el Viejo Continente, sin embargo, la topografía del terreno favorecería a los defensores, por lo que ingleses, franceses y norteamericanos debían mantener en secreto el lugar exacto del mismo, dando forma a un elaborado plan de engaño que desde el principio se topó con no pocas dificultades y sí mucho escepticismo.

Tras la derrota de los ejércitos de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, y finalizada con éxito la campaña del norte de África, la llamada Operación Torch (Antorcha), Sicilia se había convertido en un lugar estratégico fundamental, pues era el punto más indicado para iniciar una invasión del Sur de Italia y de allí del continente, hacia el centro de la Europa ocupada por los nazis. Esto también lo sabían los ejércitos del Eje, por lo que dotaciones alemanas e italianas permanecían en constante alerta. En la isla, la Luftwaffe de Göering tenía allí una de sus principales bases, desde las que hostigaban las posiciones enemigas en Malta.

Existía también la posibilidad, aunque menor, de que el desembarco aliado se realizara en otro lugar y precisamente esa sería el objetivo de los servicios secretos ingleses: desviar la atención de los alemanes de Sicilia a otros supuestos puntos de acceso. La idea era hacer creer a Hitler y al Abwehr, el servicio de espionaje alemán comandado por el almirante Canaris, que las primeras incursiones que darían paso a la invasión se producirían simultáneamente por Grecia y Cerdeña, en ningún caso por Sicilia, que, tratándose del lugar exacto, serviría para fingir una maniobra de distracción. Ello, a pesar de que a comienzos de febrero un informe de los servicios de Inteligencia alemanes redactado para el Oberkommando der Wehrmacht (OKW), el Alto Estado Mayor del Ejército, indicaba en relación a las intenciones aliadas que «Sicilia se presenta automáticamente como el primer objetivo».

Era necesario, pues, que la operación de engaño hiciera cambiar a Hitler de opinión en dos direcciones diferentes: reducir sus temores acerca de Sicilia y aumentar su preocupación por Cerdeña, Grecia y los Balcanes.

Gestando un plan perfecto

Serían dos oficiales ingleses los encargados de dar forma a la que acabaría siendo conocida con el nombre en clave algo escatológico de Operación Carne Picada o Picadillo (Mincemeat Operation). Se trataba del capitán de la RAF (Fuerza Aérea Británica) Sir Charles Cholmondeley, que trabajaba en la sección B1A del MI5, y del capitán de corbeta Ewen Montagu, que pertenecía entonces a la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo, y para el ultrasecreto Comité XX (también conocido como “Doble Cruz” –Double Cross–).

Ewen Montagu

Este último daría a conocer dicha operación a la opinión pública en 1953 en un libro que tituló El hombre que nunca existió –que se convertiría en película homónima en 1956–, pero en virtud del Acta de Secretos Oficiales y el hecho de que los servicios secretos de su país se hallaran en plena Guerra Fría, Montagu hubo de omitir no pocos detalles, cambiando a su vez fechas y nombres de los personajes involucrados en una trama digna de la mejor novela negra, y es que, como enseguida podrá comprobar el lector, precisamente en algo similar podemos rastrear su origen. De hecho, había sido el propio Comité Conjunto de Inteligencia británico quien encargó al oficial escribir el libro, ante el riesgo de que apareciesen en la prensa informaciones fuera de control.

En 2010 sería el periodista británico del diario The Times, Ben Macintyre, autor de reveladores libros sobre operaciones secretas en tiempos bélicos, quien arrojaría luz definitiva sobre uno de los episodios más singulares de la Segunda Guerra Mundial. Es el propio autor quien señala que la idea original surgió de la imaginativa mente del escritor Ian Fleming, creador de James Bond y quien mucho sabía de espionaje, pues trabajaba entonces, como Montagu, para la Oficina de Inteligencia Naval británica. Al parecer, se inspiro en la trama de una novela de detectives publicada en la década de los 30, escrita por Basil Thomson, a su vez también oficial de Inteligencia y policía que en sus ratos libres se dedicaba a escribir y que falleció tiempo antes de dar luz verde al proyecto, en 1939.

La idea, retomada por Cholmondeley, consistía en enviar información falsa a los alemanes a través de un oficial muerto en combate, o como finalmente se decidiría, fallecido durante un accidente aéreo mientras transportaba información vital a los altos mandos aliados en el norte de África.

Cholmondeley, cerebro de la operación con Montagu.

Una operación similar había sido llevada a cabo en 1942, en la batalla de Alam Halfa, según cuenta Milagros Soler siguiendo el trabajo del británico: un cadáver se había abandonado en un coche que explotó –o eso se hizo creer– cuando atravesaba un campo de minas. Dicho cuerpo llevaba consigo un mapa falsificado de otros supuestos campos minados. El plano se le entregó de forma inmediata a Rommel, que parecer ser mordió el anzuelo y sus temibles panzers, los camuflados y letales carros de combate alemanes, quedaros atrapados en las abrasadoras arenas del desierto.

«Carne Picada» era mucho más ambiciosa y comportaba mayores riesgos. Los aliados sabían que de ser hallado el cadáver, éste sería sometido a una minuciosa autopsia y los documentos que portaba, bajo el marchamo de “Alto Secreto”, sometidos a un meticuloso análisis para detectar cualquier fraude, por pequeño que fuera. De fracasar la operación, los alemanes sabrían que se hallaban ante un engaño y no les sería difícil prever el verdadero punto de la invasión. Algo muy parecido sucedería un año después, en el marco del Día-D, el espectacular desembarco de Normandía que ahora no nos ocupa.

El plan orquestado por Ewen Montagu consistía en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un alto oficial de la Marina que había muerto ahogado al estrellarse su avión. Y es aquí donde entra en liza nuestro país. El MI5 decidió escoger las costas onubenses por varias razones: entre otras, las corrientes de la zona, que podían trasladar el cuerpo sin demasiadas dificultades hacia la costa. Además, Huelva quedaba de paso en la ruta aérea entre Londres y el cuartel general aliado en Argel, dando consistencia a la hipótesis de un supuesto accidente. Otra de las razones esgrimidas era que, a pesar de ser oficialmente neutral, como ya hemos visto en artículos anteriores, nuestro país era campo abonado para las maniobras de los nazis, pues todo el mundo sabía que el general Franco daba cobertura a los servicios secretos de Hitler.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

Era vital que una vez se descubriera el cadáver, los documentos que éste portaba no fueran directamente enviados a la embajada británica, como requería el procedimiento oficial en un país neutral, sino inspeccionados primero por los hombres del Abwehr antes de ser devueltos a sus dueños. Existía la posibilidad de que el cadáver fuese enviado de forma casi inmediata a Gibraltar, colonia británica, para rendirle honores y darle sepultura, pero entonces la misión fracasaría, así que se puso en alerta a varios altos cargos ingleses tanto de Huelva como del Peñón.

Un cadáver sin identidad

Líneas más adelante recogeré cómo se las ingeniaron los agentes ingleses para lograrlo, pero veamos antes quién era «el hombre que nunca existió».

Cuenta Montagu en su libro citado de 1953 que se puso en contacto con el prestigioso patólogo forense sir Bernard Spilsbury, quien aconsejó el cuerpo de una víctima de neumonía, «que presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados por líquido pleural», siendo así muy difícil de detectar por otro patólogo forense al servicio de los alemanes que se trataba de alguien fallecido previamente.

sir Bernard Spilsbury

Montagu apunta que lograron localizar a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital londinense, tras obtener el permiso oficial de su familia, a la que dijeron que daría un gran servicio a su país, aunque sin especificar los pormenores de la misión. Lo único que sus parientes pidieron a cambio, según el oficial de Inteligencia, fue que se le diera cristiana sepultura. La realidad era algo distinta, y hoy por fin conocemos la verdadera identidad de aquel héroe de guerra sin vida.

El mismo Winston Churchill, muy interesado en las operaciones de Inteligencia, dio luz verde a la operación el 15 de abril de 1943 y los hombres al servicio de Montagu se dedicaron a la minuciosa tarea de construir una identidad al cadáver. El premier lo hizo no sin antes obtener la colaboración y el apoyo del general Eisenhower, comandante supremo del ejército aliado en África, que obtuvo instantáneamente. Los encargados del rebuscado ardid sabían que cualquier pequeño error de cálculo o incongruencia sería detectado por los alemanes. Nacía así el capitán de los Royal Marines con función de Mayor William Martin, nacido en Cardiff, Gales, en 1907 y con 36 años en el momento de su supuesta muerte, que estaba destinado en el Cuartel General de Operaciones Combinadas. Era un capital eventual habilitado como “comandante” para aquella misión, puesto que nadie con una graduación inferior hubiese podido llevar documentos de alto secreto como los que portaba si querían que los alemanes se tragaran el engaño.

Se le construyó una personalidad hecha a medida, una historia con algún que otro claroscuro e incluso una relación ficticia, mientras los departamentos especializados en falsificaciones preparaban a conciencia los documentos que lo identificaban y aquellos que había de portar en su ficticio viaje hasta Argel, destino al que nunca llegaría.

La identidad del personaje creado por Montagu, aprobada por el Departamento de Inteligencia Naval fue el siguiente: un oficial de enlace destinado en la Marina Real que prestaba entonces un gran servicio realizando correos de conexión entre las tropas de África y la dirección en Londres, y que encontraría la “muerte” en un accidente aéreo durante el viaje Gibraltar-Londres mientras transportaba información vital para el desarrollo de la guerra en el Mediterráneo.

Pam

Para dotar de credibilidad a la misión de contrainteligencia, se le inventó una relación formal con una joven bautizada como Pam –que en realidad era la agente del MI5 Jean Leslie, muerta en 2012, que posó para un par de fotografías que se guardaron en la cartera de Martin como si formaran parte de su vida privada–, a las que acompañaban también cartas de amor que estaban desgastadas para dar la apariencia de que habían sido releídas muchas veces. Entre sus pertenecías se incluyeron un juego de llaves, entradas de teatro recientes de una función londinense, una factura por el alojamiento de su club en Londres e incluso un descubierto del Lloyds Bank en el que se le apremiaba a reingresar el dinero debido. Montagu y su equipo querían hacer creer que se trataba de un oficial responsable pero a la vez algo descuidado, para lo que facturas sin pagar y una tarjeta de identidad duplicada que servía para reemplazar la que había perdido, así como un pase caducado del Cuartel General de Operaciones Combinadas.

Era la forma para poder explicar que la maleta que portaba estuviese atada mediante una cadena a su gabardina, dando la impresión de que quería estar cerca del material a lo largo del trayecto pero también de su tendencia al descuido –lo que podía jugar en su contra, porque la Inteligencia alemana podía haber dudado de que se eligiese para una tarea de alto secreto a un hombre de estas características, cosa que por suerte no sucedió–.

Lo más importante de todo, una vez definida su identidad, fue preparar toda una serie de documentos que convenciesen a los alemanes de que el desembarco aliado se iba a efectuar en algún otro punto que no fuese Sicilia. Se optó para ello no por documentos oficiales, sino por cartas entre altos cargos del ejército donde destacaban opiniones y sugerencias sobre el desembarco.

Los falsos planes se sugerían por medio de una carta personal del teniente general sir Archibald Nye, segundo jefe del Estado Mayor General Imperial, dirigida al general sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África, donde el primero le decía al segundo por cauces no oficiales –off the record–, que se llevarían a cabo dos operaciones conjuntas: mientras Harold Alexander atacaba con sus tropas Córcega y Cerdeña, el general Henry Wilson desplegaría las suyas en Grecia. Maestros en el arte de la desinformación, los agentes del MI5 indicaban en la carta que se estaban elaborando planes «para engañar a los alemanes» y convencerlos de que el desembarco se haría en Sicilia. Así, obligaban a la Wehrmacht a dispersar sus fuerzas.

Pasaporte de William Martin

Pero aquella no era la única misiva que incluía el maletín del Mayor Martin: en otra, dirigida por Lord Louis Mountbatten, Jefe de Operaciones Combinadas, al almirante Sir Andrew Cunningham. Comandante en Jefe del Mediterráneo, se ensalzaba la habilidad de Martin en operaciones de tipo anfibio, y el ficticio Mountbatten señalaba que era una información tan delicada que no podía seguir el curso oficial, de ahí el motivo del vuelo del hombre que nunca existió. En una hábil maniobra se apuntaba como centro de la invasión la isla de Cerdeña.

Un ahogado en Huelva

El cadáver de William Martin fue vestido con el uniforme de los Royal Marines –algo que no fue sencillo debido a su rigidez–, e introducido en un contenedor estanco conservado en hielo seco. El tubo metálico fue introducido en el submarino HMS Seraph, al mando del teniente comandante N. A. Jewell, que partió a las 18 horas del 19 de abril de 1943 de la base de Holy Loch con rumbo a la isla de Malta.

HMS Seraph

El día 30 de abril, a una milla marina de la costa onubense, el submarino subió a la superficie. Sobre las 4.30 horas, subieron el contenedor a cubierta y Jewell procedió a abrirlo en presencia de los oficiales de a bordo. Puesto que Jewell era el único que conocía la verdad hasta ese momento, tomó en aquel instante juramento de silencio a sus subordinados. Ante el peculiar catafalco, se celebró un responso fúnebre. El comandante pronunció el Salmo 39, «Caducidad de la vida»; luego, le colocaron al cadáver, ya muy deteriorado, un salvavidas de la RAF para que pareciera la víctima de un accidente aéreo y arrojaron sus restos al agua, con la esperanza de que las corrientes del Estrecho arrastraran el cuerpo a tierra. Una vez que el submarino se hubo alejado lo suficiente, Jewell informó a sus superiores en Londres con el mensaje «Carne Picada completada».

Aún en la capital inglesa, en el cuello de Martin habían colocado una cadena con una cruz de plata y placas de identificación en la que podía leerse: «Mayor Martin, R.M., R/C», cuyo significado era el siguiente: «Mayor Martin. Royal Marine. Roman Catholic». Esto último se incluyó para que, si todo salía según lo previsto en el plan secreto, el cuerpo fuera enterrado en el cementerio católico de Huelva y no en la colonia inglesa de Gibraltar, lo que daría al traste con la operación. Además. Los espías alemanes controlados por Crauss se movían con gran facilidad en el camposanto onubense y tendrían un acceso casi directo a la información del maletín.

El cuerpo de Mayor Martin fue encontrado cerca de la playa de Mata Negra. El descubrimiento fue puesto en conocimiento de las autoridades pertinentes y la autopsia corrió a cargo del forense Eduardo Fernández del Torno, quien, contrariamente a la opinión del británico Spilsbury, realizó un análisis preciso y muy profesional del cuerpo, determinando que llevaba fallecido entre cinco y diez días. Si los alemanes le hubiesen prestado más atención a su informe, se habrían percatado de que Martin no podía haber estado en el teatro la noche del 22 de abril, como indicaban los resguardos de las entradas que portaba en su uniforme, pues en dicha fecha debía llevar varios días muerto. Del Torno dejó constancia de su extrañeza ante el hecho de que el Mayor no mostrase las habituales mordeduras de peces. Aun así, determinó que había muerto de «asfixia por inmersión».

Hillgarth

La operación estuvo a punto de irse al traste cuando el maletín que portaba el cadáver iba a serle entregado por el juez instructor de la Marina de Huelva, Mariano Pascual de Pobil, al vicecónsul británico, Francis Haselden, evitándose así el molesto papeleo. Haselden, sin embargo, estaba al corriente de la Operación Micemeat gracias a Alan Hug Hillgarth, agregado naval de la embajada británica en Madrid, y le indicó a Pobil que debía seguir los cauces oficiales. Por ello, el maletín estuvo trece días en manos de las autoridades franquistas, tiempo más que suficiente para que los «zorros» del Abwehr accedieran a la información clasificada.

Para dar más cobertura al engaño, el nombre del Mayor Martin apareció incluido en una lista de bajas publicada por el diario británico The Times en 4 de junio, junto al de otros oficiales que, efectivamente, habían muerto en un accidente aéreo sobre el mar. Para que el engaño se viera reforzado, se enviaron una serie de mensajes de máxima urgencia del propio Almirantazgo al agregado naval británico en Madrid, pidiéndole la devolución «a cualquier precio» de los documentos que portaba el cadáver. Así –sabedores de que la inteligencia española seguía de cerca las comunicaciones británicas– alertarían a las autoridades franquista sobre la importancia capital de los papeles.

Cuando el maletín regresó a Londres tras pasar por manos de Hillgarth, trece días después, el examen microscópico reveló que los alemanes habían abierto y vuelto a cerrar las cartas. En otro alarde de genialidad, que planeó sobre toda la operación, Montagu había dejado unas minúsculas pestañas dentro de los sobre que, aunque parecían intactos, podía comprobarse que se habían manipulado al caerse estas. La misión parecía haber salido bien, y la confirmación llegó con las escuchas descifradas en Bletchley Park, las emisiones Ultra descifradas a la máquina Enigma alemana: indicaban que los nazis estaban desviando fuerzas para defender Córcega, Cerdeña y la costa griega. A raíz de esta noticia, se envió un breve despacho telegráfico a Churchill sobre el éxito de la operación: «Carne Picada tragada entera» (Mincemeat Swallowed Whole).

Montagu y Cholmondeley trasladando el cuerpo.

Morder el anzuelo                     

Tan solo quedaba esperar los resultados. La noche del 9 al 10 de julio de 1943, alrededor de 160 mil soldados aliados desembarcaron en Sicilia. El alto mando alemán –OKW– había determinado el traslado desde territorio siciliano a Kalamata y Cabo Aroxos, en Grecia, de varias divisiones acorazadas. Una división de panzers se desplazó desde Francia al frente del Egeo y otras fueron dirigidas a los Balcanes cuando se estaba librando en el Este una de las batallas decisivas de toda la guerra, la de Kursk. Córcega y Cerdeña fueron fortificadas, dejando Sicilia prácticamente desguarnecida.

Tras las guerra, se realizó una investigación en los archivos del Tercer Reich –los que no habían sido destruidos, que fueron muchos–, y en los de la Kriegsmarine se encontró el diario del almirante Karl Dönitz, más tarde sucesor del Führer antes de la derrota final como Reichspräsident, quien, en una entrada del 15 de mayo, señalaba: «El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que la punta más probable de invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones encontrados en España confirman que el desembarco se producirá en la isla de Cerdeña y el Peloponeso». En aquel caso, Mussolini llevaba toda la razón.

Aquel fue uno de los golpes más efectivos de los aliados y sin duda acortó la duración de la guerra, contribuyendo a la agonía del Tercer Reich que, por suerte, jamás duraría Mil Años como rezaba la propaganda del régimen. Hoy, una lápida en el cementerio onubense de Nuestra Señora de la Soledad sigue recordando a aquel héroe post-mortem de la contienda. En ella puede leerse sobre el mármol los nombres de William Martin y el de Glyndwr Michael –que se añadió hace pocos años–, con la inscripción horaciana: Dulce et decorum est pro patri mori («Dulce y honroso es morir por la patria»).

El verdadero «hombre que nunca existió»

Desde que se dio a conocer a la opinión pública la existencia de la Operación Carne Picada a través del libro de Ewen Montagu de 1953 El hombre que nunca existió, la verdadera identidad del teniente William Martin ha sido objeto de numerosas controversias. El agente de la Inteligencia Naval señaló que era el cuerpo un hombre sin identificar de 34 años, muerto de neumonía, a cuya familia se le pidió el correspondiente permiso, señalando que realizaría una verdadera gesta por su patria. En 1996, el ejército británico desclasificó varios documentos en relación a este hecho, documentos que analizó el historiador aficionado Roger Morgan, quien llegó a la conclusión de que Martin fue en realidad un vagabundo galés, alcohólico y con problemas mentales, que al parecer se suicidó –o ingirió por error– raticida en un almacén de la capital londinense. Se trataba del galés Glyndwr Martin, de entre 30 y 34 años de edad cuyo cuerpo se encontraba en la morgue del hospital Saint Pancrass, a cargo de W. Bantley Purchase, Jefe del Servicio Forense de Londres y que estaba al tanto de la operación secreta. Los síntomas de muerte por envenenamiento podrían, en opinión de los forenses, confundirse con un ahogamiento, haciendo que los pulmones presentaran una semejanza con patologías de fallecimientos producidos por inmersión.

Sin embargo, hay autores que no están conformes con dicha hipótesis. Esgrimen el hecho de que parece poco probable que el fallecido por ingesta tóxica fuera el elegido, ya que esa circunstancia podría detectarse en la autopsia –de todas maneras, no debemos olvidar que Martin no fue sometido a una autopsia exhaustiva precisamente porque era “católico”, y es que a Montagu no se le escapó ningún detalle–.

En su libro Los secretos del HMS Dasher, escrito por John y Noreen Steele, dedicado al portaaviones británico que fue hundido en un error bélico fatal por los propios aliados el 27 de marzo de 1943, que se cobró 379 muertos, trágico suceso que se ocultó a la opinión pública para no minar la moral de los ingleses, los autores señalan que el cuerpo que se dejó flotando frente a Punta Umbría no era el del vagabundo galés Glyndwr Michael, sino el de una de las víctimas de dicho accidente. La razón: que el cuerpo de vagabundo fue obtenido en enero de 1943 y que, pese a estar conservado en hielo, debía estar en un avanzado estado de descomposición para cuando “Carne Picada” se llevó a cabo. Afirman que lo lógico habría sido que Montagu y Cholmondeley trasladaran el cuerpo directamente al puerto de Blyth, donde estaba amarrado el Seraph, sin embargo, el submarino recibió órdenes de acudir a la costa este de Escocia, hacia el norte, para luego dirigirse hacia el sur, al Flirth of Clyde, lugar del accidente del Dasher. ¿Extraño, verdad? La hipótesis de los autores citados es que se necesitaba un nuevo cuerpo para el éxito de la operación y que el contenedor que Montagu llevó a Holy Loch estaba vacío. El misterio «hombre que nunca existió» sigue vivo.

Otros libros relacionados:

Clauss. Un agente alemán en la Huelva de la II Guerra Mundial, de Enrique Nielsen y Jesús Copeiro, editado por Niebla.