El enigma de los rollos del Mar Muerto (III)

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses –algunos todavía permanecen cerrados–, la arqueología está de enhorabuena: hallan nuevos fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium» la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Óscar Herradón ©

La fecha en que fueron escritos los rollos es también motivo de agria polémica entre los especialistas. En un primer momento se fechó su redacción entre los siglos I y II a. C. Por los numerosos escritos bíblicos del Antiguo Testamento encontrados, se pensó que podía tratarse de escritos anteriores a la era cristiana. Sin embargo, ciertos investigadores eran reacios a creer que unos pergaminos podían haber sobrevivido más de dos mil años en unas condiciones tan inhóspitas como las que presentaba la zona del Mar Muerto. Se equivocaron, pues la paleografía y la datación del carbono 14, y más tarde la espectrometría con el acelerador de masas, demostraron lo que ya se sospechaba: que los textos fueron escritos durante el período del Segundo Templo, más o menos entre el año 200 a. C. y el 68 d. C.

Admitiendo estos datos como verdaderos, aunque aún hoy existen muchas reticencias, las fechas en que fueron redactados los textos corresponde a una época de grandes tensiones en la zona de Palestina, abarcando además los años de peregrinación de Jesús y unas décadas después hasta que Tito, el último hijo del emperador Vespasiano, destruyó Jerusalén e incendió el templo, acabando con la revolución de los zelotes; corría el año 70 después de Cristo.

Eisenman

Al conocer las fechas aproximadas de los rollos, la teoría de la conspiración vaticana se reavivó. ¿Ofrecían los textos información vital sobre la figura de Jesús? Algunos expertos, como el controvertido arqueólogo estadounidense Robert Eisenman, están absolutamente convencidos de que la Comunidad a la que se alude constantemente en los textos no sería sino un grupo de cristianos primitivos liderados nada más y nada menos que por Jesús. Hay, sin embargo, muchas contradicciones y cientos de preguntas, todavía hoy, en el aire. Para la Iglesia católica, por supuesto, no existe nada de realidad en todo esto. La comunidad correspondería a un grupo de judíos denominados esenios que, alojados en el desierto de Judea, nada tendrían que ver con la figura del Mesías, pero ¿pudo haber sido el mismo Jesús un esenio? Así lo afirman algunas personas, aunque la respuesta es verdaderamente complicada, y parece difícil aventurarse a afirmar algo así. No deja de ser, sin embargo, muy sugerente pensarlo.

Cuando De Vaux afirmó que la Comunidad que escribió los textos de Qumrán no era otra que la secta de los esenios, éste se basó en lo que el historiador romano Plinio, que visitó Palestina alrededor del año 75 d. C., dejó escrito sobre ellos:

«Al oeste (del Mar Muerto), los esenios se mantienen apartados de la orilla insalubre. Son un pueblo único y el más admirable del mundo, sin mujeres y que han renunciado al amor totalmente, sin dinero y sin más compañía que las palmeras. Gracias a la multitud de hombres nuevos que llegan, este grupo conserva un número constante de miembros; son muchos los hombres que, cansados de las fluctuaciones de la fortuna, son llevados por la vida a adoptar ese modo de vida. Así, aunque parezca increíble, durante millares de siglos, ha existido un pueblo que es eterno aunque no se haya concebido a nadie, tan prolífico es para ellos el arrepentimiento de los demás de su pasado. Al sur de los esenios estaba la ciudad de Engadda, a la que solo supera Jerusalén en fertilidad y palmerales, pero que hoy se ha convertido en un montón de cenizas».

Los esenios y los rollos de Qumrán

Sin embargo, como afirma Stephen Hodge, existen demasiadas incongruencias que nos llevan a pensar que el pueblo al que se refiere Plinio en su escrito no coincide con el enclave de Qumrán. Además, en las descripciones de otros historiadores de la antigüedad como Filón de Alejandría o Flavio Josefo se afirma que los esenios eran un grupo célibe que rechazaba el contacto con las mujeres pero, entonces, ¿cómo es que en los cementerios de Qumrán se encontraron cadáveres femeninos y de niños? Probablemente porque la famosa «Comunidad» no correspondiera a los citados esenios. ¿Podía tratarse de los seguidores de algún Mesías que se ocultaban de las autoridades romanas? Un tema tan fascinante como complicado que probablemente nunca lleguemos a descifrar por completo. No obstante, Josefo se refiere a ellos como el grupo más numeroso después de los fariseos. Lo extraño es que, siendo tan importantes, no aparecen nunca mencionados ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Extraño, ¿verdad? Por no haber, como señala el historiador Mariano Fernández Urresti en La vida secreta de Jesús de Nazaret (Edaf, 2005), no hay consenso ni siquiera sobre el origen de la palabra esenio. Puede proceder del sirio hase, que significa piadoso, pero también del arameo assaya, que designa a los «sanadores», e incluso se pueden encontrar más derivaciones. Ante un panorama tan desolador no nos queda sino resignarnos y esperar a que la historia nos brinde más pistas sobre su enigmático origen. Quizá ahora, con los hallazgos de los israelíes, se hagan públicas nuevas informaciones…

Veamos ahora, ya fuesen esenios u otra clase de secta los que allí se encontraban, las costumbres de esta misteriosa Comunidad que ha llevado a expertos como el citado Eisenman a afirmar que Jesús perteneció a la misma, o al menos convivió con el grupo un cierto tiempo ¿pudo ser durante 40 días y 40 noches en su famosa meditación en el desierto? Poco probable, pero posible.

Extrañas coincidencias

En La Regla de la Comunidad, uno de los escritos más reveladores de Qumrán, se describen las costumbres de este misterioso grupo, al que a partir de ahora designaré como esenios, a pesar de las reticencias citadas, para facilitar la lectura. El grupo estaba dirigido por «el Guardián de la Comunidad», líder que debía ser obedecido por todos y en todo momento. Aquél que desease ingresar en la Comunidad debía superar un año de prueba; una vez superado este tiempo, se iniciaba su verdadera integración en el grupo por un periodo de dos años, tras los cuales el neófito, si todo discurría correctamente, debía prestar un juramento de obediencia. Hasta aquí no encontramos nada extraño pero, conforme avanzan en la descripción de sus costumbres, encontrados sospechosas similitudes entre estos esenios y las actividades desarrolladas por Jesús y sus primeros seguidores: realizaban inmersiones en agua como forma de purificar el cuerpo, rito iniciático que recuerda mucho a la tradición bautismal cristiana promovida por Juan el Bautista, personaje que aún tiene más puntos en común con la comunidad esenia que el propio Mesías.

Regla de la Comunidad en hebreo y con notas en inglés (Parque Nacional de Kirbet Qumrán)

En La Regla de la Comunidad se recoge también la tradición de estos hombres como sanadores y estupendos exorcistas. En la Biblia se alude a las habilidades de Jesús en este campo. ¿Pudo aprender el Mesías a realizar dichos rituales en el seno de la comunidad esenia? Quién sabe. Pero sea casual o no, las coincidencias no terminan ahí: el grupo se caracterizaba por su tendencia a profetizar acontecimientos, al igual que el autoproclamado «Hijo de Dios», anunciando el fin de los días (tras la lucha entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas, según relata otro rollo, el de La Norma de la Guerra) y la destrucción del Templo de Jerusalén.

No es posible afirmar con rotundidad, no obstante, como no titubean en hacer Robert Eisenman y Barbara Thiering, entre otros, que la comunidad de Qumrán y los primeros cristianos son las mismas personas, no hay pruebas suficientes ni definitivas para ello; lo que sí debemos es incidir en todas estas coincidencias que, si bien no demuestran nada definitivamente, despiertan el interés de los investigadores y estudiosos de los primeros tiempos del cristianismo. 

(«Juan el Bautista predicando en el desierto». A. B. Mengs. Fuente: Wikipedia)

La duda sobre esta relación parece diluirse aún más cuando abordamos la figura de Juan el Bautista, otro personaje clave del primer cristianismo profundamente mitologizado –su legendaria forma de morir, tras la que su cabeza fue entregada a Salomé en una bandeja de plata, encuentra claras similitudes en mitos de religiones mucho más antiguas que el cristianismo–. A diferencia de Jesús, Juan es descrito en los Evangelios Canónicos como un asceta que seguía una sencilla dieta y vestía con ropajes humildes. En Mateo (3,1) podemos leer: «En aquellos días se presentó Juan Bautista predicando en el desierto de Judea […]»; al igual que los esenios, Juan parece 7ser un predicador que realiza su trabajo en el desierto de Judea, muy cerca de Qumrán. ¿Era acaso un esenio? Es mucho más probable que lo fuera que Jesús, por la manera de actuar de ambos, no obstante, el Mesías adoptó muchas de las enseñanzas del Bautista por lo que, si éste pertenecía a la Comunidad, cosa otra vez poco probable pero posible, es factible que los primeros cristianos participaran de las mismas costumbres. Asimismo, sabemos por los Rollos del Mar Muerto que la comunidad esenia mostraba una gran hostilidad hacia los sacerdotes del templo, de quienes afirmaban que se habían alejado de la Ley –la Torah–. En Mateo (3,12) Juan califica de «raza de víboras» a los sacerdotes fariseos y saduceos.

Profetizando el porvenir

Los textos de Qumrán muestran, como ya señalé, una línea claramente profética. Para ellos el fin los días estaba cerca. El mismo Juan Bautista afirma: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca» (Mateo 3,2.). Por lo que se desprende del contenido de los rollos los esenios veían próxima la llegada de un Mesías, y con él el Apocalipsis y la venida del Reino de Dios.

He aludido al rito iniciático del bautismo, ceremonia que también parece realizaban los esenios. La diferencia radica en que, mientras Juan lo consideraba como una transformación individual, única –realizada una sola vez–, la secta judía practicaba la inmersión diariamente, antes de la comida sagrada y probablemente en grupo, lo que se desprende de los baños encontrados en las ruinas de Masada. En La Regla de la Comunidad podemos leer: «…y cuando su carne sea rociada con agua purificadora y santificada con agua limpiadora, quedará limpia por la humilde sumisión de su alma a todos los preceptos de Dios». Aún a pesar de las diferencias, para ambos el bautismo consistía en un ritual de purificación que pretendía erradicar el mal de la persona que era sumergida, el arrepentimiento para perdonar los pecados, como afirmaban los cristianos. Además, al comenzar su misión divina, Juan predicaba y bautizaba a las orillas del Río Jordán, cerca de Qumrán, hacia el norte. Lucas (1,80) afirma que sus años de formación los pasó en el desierto, hábitat de la comunidad esenia. Supuestamente el Bautista había nacido en el seno de una familia de sacerdotes, e incluso su padre parece que predijo que su primogénito pasaría su vida preparando a los fieles para la llegada del fin de los días.

Juan profetizaba la llegada del Mesías, un hombre que liberaría a los elegidos, al pueblo de Dios, cerca del fin de los tiempos. Una visión muy similar la encontramos en La Norma de la Guerra, texto que ya he citado. Además, en el manuscrito conocido como La Regla de la Comunidad aparece citada un par de veces una expresión recogida por el evangelista Lucas en referencia a Juan: «La voz que clama en el desierto», por lo que es posible que alguno de los literalistas cristianos, como Lucas, dispusiera de alguno de estos textos o conociera la existencia de la Comunidad, e incluso, quién sabe, pues elucubrar no cuesta nada, la relación de Jesús y Juan con los esenios. Lo que está claro es que son demasiadas coincidencias para no ser tenidas en cuenta a la hora de estudiar los primeros tiempos del cristianismo, los años de predicación de Jesús.   

Curso alto al río Jordán (Fuente: Wikipedia. Licencia Libre)

Hay que reconocer, sin embargo, que existen también importantes diferencias en las que se apoya la ortodoxia para negar esta posible relación. El principal rasgo distintivo entre el Bautista y la Comunidad radicaba en sus principios dogmáticos. Mientras los esenios, tremendamente elitistas, formaban un círculo cerrado, sectario, Juan bautizaba e impartía sus enseñanzas a gentes de todo tipo y condición, incluso a aquellos que los esenios habrían considerado sus enemigos, como los soldados y los recaudadores de impuestos.

Este post tendrá una próxima y última entrega, donde continuaremos revelando los misterios del pueblo esenio.

El enigma de los rollos del Mar Muerto (II)

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses, la arqueología está de enhorabuena: han hallado nuevos fragmentos de los manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium» la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Óscar Herradón ©

En un primer momento solo investigadores católicos tuvieron acceso al inédito material. Bajo la supervisión de la Comisión Bíblica Pontificia, dirigida por el Vaticano, el padre dominico y arqueólogo Roland De Vaux se encargó de dirigir al grupo de analistas y estudiosos de los pergaminos. El carácter marcadamente antisemítico de muchos de ellos evitó que durante décadas la comunidad judía, principal interesada por su contenido –la mayoría de los escritos versaban sobre la historia antigua del judaísmo y estaban escritos en hebreo– pudiera estudiar el contenido de los mismos. Hoy, como vemos, eso ha cambiado radicalmente, y son los israelíes los que están a la cabeza de las investigaciones actuales.

Todo aquél círculo de secretismo, agudizado por problemas políticos, llevó a que algunos investigadores como Michel Baigent y Richard Leight, autores del famoso libro El Enigma Sagrado, plantearan la hipótesis de una conspiración del mismísimo Vaticano para evitar que salieran a la luz grandes secretos relacionados con la vida de Jesús y el cristianismo primitivo. El tiempo ha demostrado, una vez hechos públicos los rollos, que la Santa Sede, a pesar de su habitual tendencia al oscurantismo, no tenía mucho que esconder, a diferencia del caso de los escritos de Nag-Hammadi. Es cierto, como veremos, que muchos de los contenidos traducidos indican una posible relación de Jesús con los autores de los mismos, si bien estas coincidencias no son tan claras como para llevar a cabo una conspiración de tales dimensiones –si había razones para ella en relación con los Evangelios Apócrifos, en concreto el de Tomás, que ponía en entredicho aspectos importantes del dogma cristiano oficial–, aunque siempre quedará la duda de cuáles fueron realmente las intenciones de la Santa Sede sobre los rollos.

Aunque probablemente exagerada, la teoría del complot cobró mayor fuerza cuando el citado De Vaux, que falleció en el año 1971, concedió los derechos para el estudio de los textos en su testamento a otro dominico, el padre Pierre Benoit. ¿Qué tenían los católicos que esconder? Probablemente, como afirma el experto Stephen Hodge, no demasiado, pudiendo explicarse la actuación de De Vaux al margen del planteamiento conspiranoico por su profundo antisemitismo –no quería ni oír hablar de que historiadores judíos estudiasen los textos, que creía de su propiedad– y la tendencia general del erudito a acaparar para sí mismo y su cerrado círculo aquello que entra dentro de su campo de estudio.

De Vaux

Cuando Benoit murió en 1986, los textos pasaron a manos de otro católico, John Strutgell, quien, junto a sus colegas, no había publicado ni un solo texto encontrado en Qumrán en nada menos que 33 años. Tras una entrevista en la que desveló su faceta antisemita y antiisraelí, fue supuestamente presionado y obligado a dimitir, por lo que las autoridades hebreas pusieron el proyecto en 1991 en manos de Emanuel Tov, profesor de estudios bíblicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien, sin embargo, perpetuó la regla del secretismo iniciado por sus antagónicos predecesores, prohibiendo el acceso a los textos excepto a unos pocos personajes de su confianza.

Strutgell

Sin embargo, nadie podía evitar ya, ni siquiera el egocéntrico Tov, el acceso de eruditos de toda índole a unos textos sobre los que pesaba el marchamo de «malditos» y que parecían condenados a permanecer ocultos. Finalmente, comenzaron a publicarse fotografías y traducciones de éstos en la revista de la Biblical Archaeological Society en septiembre de 1991. Comenzaba, por fin, a desvelarse el misterio.

Los escritos hallados en Qumrán

Tras el hallazgo de nada menos que once cuevas a orillas del Mar Muerto, l7os textos comenzaron a ser clasificados. ¿Con qué se toparon arqueólogos y filólogos? La mayoría de  los manuscritos correspondían a pasajes bíblicos del Antiguo Testamento, algunos de ellos inéditos, o versiones diferentes de historias ya conocidas. Los siete manuscritos originales encontrados en la Cueva 1, descubierta por los pastores, fueron los siguientes:

  1. Una copia del Libro de Isaías.
  2. Otro fragmento de Isaías.
  3. Un comentario de los dos primeros capítulos de Habanuc.
  4. El Manual de la Disciplina o Norma de la Comunidad, una valiosa fuente de información sobre la secta religiosa de Qumrán, a la que supuestamente se debe la copia de los manuscritos y de la que hablaré en un próximo post.
  5. Una colección de salmos y alabanzas conocida como «Himnos de Acción de Gracias».
  6. El Libro del Génesis con notas en arameo.
  7. La Norma de la Guerra, un extraño y extraordinario relato apocalíptico que narra la inminente lucha de los llamados «Hijos de la Luz» con los «Hijos de las Tinieblas» en los últimos días antes del fin de los tiempos.

Abordar la colección completa del Mar Muerto sería imposible, pues nos desviaríamos de la intencionalidad divulgativa –e inmediata– de este post. El lector interesado puede adentrarse en las páginas de magníficos volúmenes íntegramente dedicados al tema, desde los clásicos estudios pioneros de la teoría conspiranoica de Baigent y Leigh o el polémico Robert Eisenman, hasta los más recientes de Stephen Hodge o el historiador español Mariano Fernández Urresti, ambos publicados por la editorial Edaf.

Emanuel Tov

Citaré, no obstante, algunos de ellos por la importancia de su contenido. Debo señalar, sin embargo, que el total de los fragmentos encontrados en Qumrán representa los restos de 850 manuscritos, pero de ellos no ha sobrevivido más del 50 por ciento, por lo que es evidente que mucha información vital de este combativo período de la historia de la antigüedad permanecerá para siempre en el más absoluto de los misterios. Quizá los nuevos hallazgos de los arqueólogos del AAI israelí revelen datos importantes para su comprensión. Habrá que esperar un tiempo.

Entre los hallados originalmente en la Cueva 1, destaca la importancia del texto de Isaías, uno de los pocos que ha llegado completo hasta nuestro días, La Regla de la Comunidad y La Norma de la Guerra. De todos los pergaminos encontrados en Qumrán, la mayor parte corresponde a manuscritos bíblicos, los más antiguos que se conocen hasta el momento; hasta el día del maravilloso descubrimiento, los textos hebreos conocidos más antiguos eran copias de los siglos IX y X d.C. realizadas por los Masoretas, un grupo de escribas judíos. Ya solo por la antigüedad de los rollos del desierto, suponen un tesoro sin precedentes.

El más sorprendente de los textos, por su naturaleza, es el conocido como «Rollo de Cobre» (catalogado como 3Q15) que, con98servado en un soporte totalmente diferente, tardó muchos años en poder ser leído. Su contenido se escribió en una plancha de cobre, a diferencia del resto. Finalmente, pudo ser abierto gracias a una moderna técnica mediante la que fue cortado en tiras. Entre sus «páginas» se halló una lista, escrita en hebreo tardío, que contenía 64 objetos, la mayoría metales preciosos y joyas, que habían sido escondidos y procedían supuestamente del Tesoro del Templo de Jerusalén, además de las indicaciones precisas para encontrarlos. Podréis suponer la expectación que despertó esta enigmática lista entre arqueólogos, aventureros y buscadores de tesoros. Por desgracia, hasta el momento, y tras interminables búsquedas, no han sido descubiertos, si es que alguna vez existieron más allá de sueños de celuloide a lo Indiana Jones. En el «Rollo de Cobre» se habla de una cantidad de nada menos que ¡60 toneladas de oro escondidas en algún lugar del desierto de Judea!

Parte del enigmático «Rollo de Cobre» (Fuente: Wikipedia. Free License)

Al margen de la expectación despertada por este misterioso texto, los escritos que más polémica desataron fueron los que se referían a «la Comunidad», una enigmática secta que habitaba en el desierto a orillas del Mar Muerto durante la época del Segundo Templo, y que algunos investigadores, como el padre De Vaux, se apresuraron a identificar con los esenios, según éste, una orden monástica ascética y célibe, aunque el tiempo demostró que el dominico se equivocaba en muchas cosas. Esta postura sigue siendo objeto de una agria polémica. Las excavaciones que tuvieron lugar años después en la zona, en la fortaleza de Masada, a algunos kilómetros de Qumrán y en los cementerios donde enterraban a sus muertos, demostraron que la secta no guardaba el celibato, pues encontraron los cadáveres de varios niños y mujeres que evidentemente vivieron con ellos. Ahora, los nuevos hallazgos del equipo liderado por Oren Abelman podrían revelar quiénes eran realmente, y si se trataba, efectivamente, de una secta judía…

Este post tendrá una continuación en breve.

Descubren nuevos fragmentos de los rollos del Mar Muerto

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses –algunos todavía permanecen cerrados–, la arqueología está de enhorabuena: hallan nuevos fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium» la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Óscar Herradón ©

El hallazgo fue realizado por arqueólogos israelíes y presentado hace dos días en público en Jerusalén. Es la primera vez que sucede algo así desde 1961, salvo los fragmentos movidos en el mercado negro, verdaderas reliquias si tenemos en cuenta que se trata de algunos de los primeros libros sobre la Biblia, cuyo análisis podría revelar muchos «huecos» de las escrituras, mucho contenido que se pudo perder en sus posteriores traducciones.

Desde 2017, en que se dio luz verde a una operación contra los saqueadores del patrimonio, se han ido recuperando los nuevos fragmentos, entre ellos las reconstrucciones en griego de versículos del Libro de los Doce Profetas Menores, en concreto los de Zacarías y Nahum, el último libro de la Nevi’im, la segunda división principal del Taraj o Biblia judía.

La Cueva de los Horrores    

Las nuevas partes de los Rollos del Mar Muerto se localizaron en la misma Cueva de los Horrores –llamada así por las decenas de cadáveres que descansaban en su interior– en la que en 1961 fueron descubiertos otros fragmentos y que, según los expertos, están sirviendo para completar pergaminos ya conservados desde los años 40 del siglo pasado –se dio con ellos por vez primera, como enseguida veremos, en 1947–.

Según el comunicado emitido por los arqueólogos que han excavado en los barrancos de Cisjordania –territorio palestino ocupado desde 1967–, y pertenecientes a la Autoridad de Antigüedades de Israel (AAI), para lograrlo tuvieron que descender desde la cresta de los acantilados de la frontera con largos rápeles –algunos de hasta 80 metros– y usar drones que permitieron inspeccionar hasta 500 cuevas y oquedades a lo largo de decenas de kilómetros.

Dichos hallazgos –afirman– servirán para revisar la historia de las traducciones al griego del Antiguo Testamento, que luego pasaron al latín y más tarde se vertieron a los idiomas actuales. Sin embargo, la legislación internacional –al menos oficialmente–, prohíbe que Israel, como potencia ocupante, saque del territorio ocupado los hallazgos arqueológicos, lo que ha generado una nueva disputa con la Autoridad Palestina, que ejerce un limitado autogobierno en parte de Cisjordania desde 1993. No parece, no obstante, que las quejas de sus «vecinos» vayan a frenar a los arqueólogos israelíes en su propósito de indagar en la presencia judía en aquella zona. Y es que estos nuevos fragmentos pueden arrojar luz sobre la misteriosa secta judía –hipótesis que no todos los expertos defienden– que se refugió en el Mar Muerto hace casi veinte siglos, legándonos los primeros textos bíblicos hoy conservados, los esenios, de los que me ocuparé en un inminente post.

Según reveló a Reuters Oren Ableman, director de la investigación de los rollos del Mar Muerto en la AAI: «Hemos encontrado unas piezas del puzle para añadir a la imagen de gran angular, pero son aún pequeñas. Con esta nueva información que no teníamos antes seguimos avanzando para descifrarlos». 

La ausencia de violencia en la Cueva de los Horrores hace pensar a los investigadores que los miembros de la secta fueron sitiados por los romanos en sus cuevas y barrancos, donde murieron por inanición. Los nuevos fragmentos se descubrieron junto con los restos momificados de un niño que vivió hace unos 6.000 años y una cesta de la era neolítica que se ha datado en más de 10.000. Un auténtico oasis de la memoria del pasado posible gracias al clima extremadamente seco de aquella zona, que permite un gran estado de conservación.

El origen de un hallazgo asombroso

Como si el destino estuviese aguardando a la década de los cuarenta del siglo XX para dar a conocer algunos de los libros perdidos más importantes de la historia del hombre, apenas dos años después de ser descubiertos los códices de Nag-Hammadi, en 1947 aparecieron los famosos Manuscritos del Mar Muerto. De nuevo fue un hombre humilde el autor del hallazgo. El pastor beduino Jum’a Muhammad buscaba una cabra perdida en los alrededores de las ruinas de Kirbet Qumrán, en pleno desierto, a orillas del lago salado conocido como Mar Muerto, cuando descubrió una oquedad en la escarpada roca. Tras arrojar con fuerza una piedra, el pastor escuchó un sonido como de barra al romperse. Cuando entró en lo que parecía ser una cueva descubrió algunas vasijas de antigua alfarería entre las que se encontraban unos polvorientos manuscritos de pergamino enmohecido envueltos en una tela.

Muhammed, junto a dos de sus primos que le acompañaban –aunque esta parte de la historia no está muy clara- trasladó los manuscritos a su campamento y allí fueron colgados de un poste, permaneciendo durante algún tiempo prácticamente olvidados. Existe el rumor de que algunos de los pergaminos fueron utilizados para hacer fuego, algo que, de ser cierto, supondría una desgracia para el mundo de la arqueología y la investigación, que ya llorara la penosa destrucción de muchos de los códices encontrados dos años antes en circunstancias similares. Al principio fueron tratados con desprecio, como sucios trapos inservibles, ignorantes sus descubridores de la importancia capital de los mismos que podría haberles hecho ricos. Analfabetos y pobres, los beduinos vendieron los pergaminos al mejor postor -o quizás al único-, un zapatero que hacía las veces de anticuario llamado Khalil Eskander Shahin, alias «Kando», que los adquirió por apenas cinco libras.

A partir de entonces el destino de los escritos fue el de auténticos «libros malditos»: pasaron de mano en mano vendiéndose entre traficantes de antigüedades y mercenarios que los trataron sin cuidado alguno, cual baratijas. Algo después, el arhimandrita Athanasius Yeshue Samuel, del convento sirio ortodoxo de San Marcos de Jerusalén, compró los manuscritos, también a un bajo precio, ante la sospecha de que pudiera tratarse de textos de gran valor. Acertó de pleno.

Athanasius Yeshue Samuel

La importancia del descubrimiento aún no había sido revelada, aunque los pastores únicamente habían hallado el cinco por ciento de la colección total de pergaminos que después saldrían a la luz tras una batalla campal entre arqueólogos y mercenarios. Los primeros descubrieron muchos más textos, o más bien partes de ellos, en diferentes cuevas, hasta llegar al número de once, en los alrededores de Qumrán, pero en numerosas ocasiones gentes del lugar que pretendían comerciar con ellos, ante la evidencia de su importancia, se les adelantaron. 

La historia de estos textos está rodeada de polémica desde el mismo día de su aparición. Fueron reivindicados por el gobierno jordano como de su propiedad, al ser encontrados en una zona que se hallaba bajo su dominio, aunque más tarde se iniciaría una larga guerra por su posesión. El establecimiento del Estado de Israel en el territorio de Palestina una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, como forma de restituir el dolor sufrido por los judíos durante el holocausto nazi, no había hecho sino empeorar las cosas. Los manuscritos fueron trasladados numerosas veces de un lugar a otro para ponerlos a salvo, pero en cada traslado se deterioraban cada vez más –llegaron a ser protegidos incluso en una caja fuerte de la embajada estadounidense establecida en la zona-. Durante la Guerra de los Seis Días que tuvo lugar en Tierra Santa, muchos investigadores temieron por la seguridad de los pergaminos. Finalmente, no fueron ni la guerra entre Israel y Palestina ni la pugna político-religiosa por conseguirlos las situaciones que más contribuyeron a poner en peligro la integridad de los textos, sino los propios estudiosos del material, que en un principio lo trataron casi tan mal como los mismos pastores beduinos que los hallaron.

Las condiciones en las que se llevó a cabo su análisis no merecen otro calificativo que el de patéticas dada la enorme importancia de los manuscritos y su incalculable valor: cuenta Stephen Hodge que para unir los fragmentos, los investigadores utilizaron materiales como cinta adhesiva e incluso papel adhesivo del que se usaba en los pliegos de los sellos postales. Los fragmentos –casi ninguno de los manuscritos fue encontrado intacto- eran dejados sobre bandejas, sin ningún tipo de protección, sometidos a la acción del sol, muy potente en una zona como Oriente Medio; en las mesas de trabajo se mezclaban los trozos de pergamino que debían ser unidos con ceniceros llenos de cigarrillos y tazas de café, y se llegaron a sacar potentes fotografías –muy útiles más tarde por la degradación que sufrieron los textos- utilizando luz infrarroja sin ningún tipo de filtro para poder revelar los trazos de escritura en partes de los manuscritos que se habían oscurecido con el tiempo.

Y eso no es todo, los «expertos» pintaron fragmentos que eran ilegibles con aceite de clavo para poder obtener una mayor legibilidad de los mismos. A todas estas auténticas barbaridades, más dignas de niños realizando manualidades que de eminentes arqueólogos e historiadores, se unió todo un cúmulo de intereses creados y secretismo que duró casi cuarenta años. Seguro que los últimos fragmentos hallados por los arqueólogos israelíes –reavivando la tensión siempre latente con los palestinos– son tratados con mayor cuidado.

Esta historia continuará en un próximo post.

BIBLIOGRAFÍA:

GREZ, David, Los Evangelios Gnósticos, las enseñanzas secretas de Jesús.

HODGE, Stephen, Los Manuscritos del Mar Muerto, Edaf, 2001.