Berserker: los guerreros de Odín

Con este nombre tan extraño se conocía a la élite de las huestes vikingas. Estos guerreros actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus congéneres. ¿La razón? Su cruenta forma de matar en el campo de batalla…

Óscar Herradón ©

Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados ni unas hermanitas de la caridad. Un grupo de élite, no muy numeroso –en ocasiones las crónicas hablan de sólo una pareja, probablemente hermanos, aunque a veces de una docena– pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose –a lo que no han ayudado los fuertes componentes fantásticos de las sagas–, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII (el más antiguo conocido) y que muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos, prestos a no dejar a ningún enemigo con la cabeza sobre los hombros.

Siguiendo el trabajo del investigador Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr, cuyo significado es «desnudo», y serkr, «camisola o prenda de pecho», aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado sería «oso», lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura, las cotas de malla o los yelmos para su protección –que consideraban una afrenta a su valentía– y vestían semidesnudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar –cuya traducción literal es «piel de lobo»–. De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos durante el Medievo aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobo, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Este punto, unido a que eran considerados prácticamente unos locos por los demás vikingos, una suerte de parias ­–está registrado que en el año 1015 el conde (jarl) Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley y más tarde la ley escrita de Islandia, el gagrás, hizo lo propio–, no tardaron en ser acorralados para desaparecer por completo en el siglo XII.  

Rumbo al Valhalla

Al igual que piensan los yihadistas actuales, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla –y si entregaban su vida en el fragor de la misma, por eso era tan importante obtener la victoria– tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá. Un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes celebrarían un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final a la que estaban predestinados.

Valhalla, de Max Brückner (1896)

En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. No es de extrañar que sus enemigos pensaban que luchaban contra seres del otro mundo, pero, ¿qué les otorgaba esa fuerza y ferocidad descomunales?

Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momentos previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos –y no eran precisamente armas delicadas–, autolesionarse en los brazos y en el pecho con afilados cuchillos y aullar como lobos, lo que sin duda extendió la creencia de la licantropía entre las supersticiosas gentes del Medievo. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.

Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos –en una línea muy similar a la forma totémica de ver el mundo de los indígenas norteamericanos–, podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos «cambiapieles» –hoy tan célebres gracias a la catódica serie Juego de Tronos, muy inspiradas dichos mitos–, son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson, la de Hrólfr Kraki –donde el temible guerrero Bödvar Bjarki tiene la capacidad de transformarse en un gigantesco oso negro en plena batalla–, la Völsunga o el poema épico Hrafnsmál. También se recoge en la cultura anglosajona del siglo XI, concretamente en las narraciones de la Batalla de Stamford Bridge, donde se habla de un imponente Berserker de más de dos metros que servía al rey vikingo Harald III Hardrada, apodado nada menos que «el Despiadado».

Hipótesis diversas

Hoy son las teorías científicas las que explican esta fuerza «sobrehumana» y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal y adoptando sus atributos para así llegar a la batalla con la fuerza y la ferocidad de dichos animales a los que rendían culto: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria –también conocido como «matamoscas» o «falsa oronja»–, muy comunes en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoactiva que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros, práctica que también se haría en las guerras modernas, algo de lo que no tardaremos en ocuparnos en este blog. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre «aguamiel» o hidromiel.

Amanita muscaria

En los años 50 un estudio determinó que sería muy difícil que tras ingerir dichos hongos pudieran mantenerse en pie para luchar, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios –como náuseas, vómitos e incluso desmayos– pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso la potencia del químico.

Se baraja también la teoría de que podían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado también a sugerir el uso de Belladona, la misma planta que parece utilizaban las «brujas» en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de que podían volar; de hecho, se utilizaba ya en el Antiguo Egipto como narcótico y en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco.

El Síndrome Homicida

Una hipótesis que se añade a la lista, quizá la más sugurente, apunta que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como «Síndrome de Amok», descubierto por el psiquiatra estadounidense Joseph Westermeyer en 1972, también llamado «síndrome homicida», consistente en una súbita explosión de rabia salvaje que hace que la persona afectada corra alocadamente y ataque indiscriminadamente con armas a los seres vivos que se encuentra a su paso, acabando brutalmente con sus vidas. El término Amok sería popularizado por los relatos coloniales del escritor inglés Rudyard Kipling.

Sea cual fuese la verdad, que continúa rodeada de sombras, como en tantas otras cosas que atañen al pasado, el caso es que en medio de dicho éxtasis guerrero, cuyo mejor símil actual podía ser la danza guerrera maorí haka, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo, los Berserker rara vez eran capaces de distinguir al enemigo de los otros guerreros de su propio clan y no era extraño que causasen bajas en sus propias filas. Tal era el estado de irrealidad y furia que les cegaba. A sus enemigos, por lo general campesinos o pescadores de las costas que asolaban, aquellos hombres les parecían bestias sobrehumanas y las leyendas sobre lo que eran capaces de hacer –con poderes sobrenaturales que no eran tal– no tardaron en circular y en convertirse en historias que las gentes no ponían en duda. Así se forjan las leyendas. Aunque algo de miedito sí debían causar…

BREAKING NEWS!

La Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (III)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y venganzas.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels Free License, Erik Mclean)

En las sagas escandinavas se habla de distintos tipos de seres espirituales o «fantasmas». Los más célebres son los llamados Draugr, también llamados aptrgangr –cuyo significado literal es «el que camina después de la muerte»–, aunque el significado original de la palabra en nórdico equivale a fantasma: una criatura que podríamos considerar el equivalente al vampiro –strigoi– en otras culturas como la eslava, aunque con notables diferencias.

Los escandinavos de la Era Vikinga pensaban que vivían en las tumbas de los guerreros, utilizando los cuerpos de los difuntos, que eran enterrados en sepulcros de grandes riquezas, guardando celosamente sus tesoros. Según las sagas, poseían una fuerza sobrehumana, podían crecer de tamaño según su voluntad y les acompañaba la característica pestilencia de la putrefacción. También podían adquirir la apariencia de humo para salir de las tumbas con la intención de matar a sus víctimas de distintas formas: aplastándolas o devorándolas; también podían beber su sangre o volverlas locas. Solían desollar el ganado e incluso matar a los pastores. Como es habitual en esta cultura, a los Draugr también se les atribuían facultades mágicas –un arte conocido como trollskap– similar a la de los hechiceros y las brujas, que les permitían cambiar de forma –normalmente asumiendo la de distintos animales, como las focas–, controlar el clima y predecir el futuro, según la anticuaria y académica inglesa experta en paganismo H. R. Ellis Davidson. Solo un héroe podía acabar con su vida según los mitos, y el método preferido era decapitar a la criatura, quemar el cuerpo y lanzar las cenizas al mar.

Para prevenir que un fallecido se convirtiera en Draugr, se solían colocar un par de tijeras de hierro abiertas sobre su pecho, ataban los dedos gordos de los pies o clavaban agujas en su calzado para que no pudiera caminar o se enterraba el cadáver bocabajo. Además, el sarcófago debía ser izado y bajado tres veces en tres direcciones diferentes para confundir el sentido de orientación del Draugr.

Y es que se debía garantizar que el finado lo estaba en todos los sentidos, ya sea física, jurídica y legalmente, sin dejar ningún cabo suelto que pudiera forzar su regreso a esta vida: un muerto no estaba realmente muerto hasta que sus descendientes o herederos no ponían fin al funeral sino «bebiendo su herencia», el conocido como drekka erfi, como señala el que fuera profesor de literatura escandinava de la Universidad de la Sorbona, en París, Régis Boyer. Otra costumbre era la de escribir palíndromos en las tumbas para que el “retornado” perdiese el tiempo en descifrar una palabra sin comienzo ni final o enterrarlo con recipientes llenos de guijarros para que pasase la noche contándolos.

Cuando alguien fallecía, practicaban un agujero en la pared de la casa del difunto, a través de la cual se extraía su cadáver. Tras ello, se tapiaba el orificio según la creencia de que su «fantasma» –o Draugr– solo podría regresar a su hogar por el mismo lugar a través del cual había salido, la conocida como «puerta maldita». Si aún así no se podía evitar que penetrase en la vivienda, desenterraban su cuerpo y le cortaban la cabeza con una de sus armas, o bien le clavaban una estaca de madera en el corazón. Tras ello, lo quemaban y arrojaban las cenizas al agua.

Otra variedad de «fantasma» era el haugbui noruego –del nórdico antiguo haugr, que significa «túmulo»–, y cuyo nombre alude a que por lo general solo habitaba dentro de su recinto mortuorio, atacando solamente a aquellos que, según el autor Bob Curran, «ofenden su intimidad», pudiendo ser igualmente violentos, pudiendo también convertirse en piedras o algas.

Bestiario fantasmagórico

El listado de criaturas espectrales es enorme: los Genganger, espectros mensajeros que regresan para exigir que se repare una falta, convirtiéndose en criaturas terribles que drenan noche a noche la sangre de sus víctimas y finalmente descuartizarlas como bestias. Los Skotta, fantasmas femeninos que pueden ser bienintencionados o implacables y crueles, arrancando la cabeza de sus enemigos y bebiendo su sangre. Los Rati, por su parte, son los espectros de los que han fallecido tras presenciar la llamada Caza Salvaje de Odín, convirtiéndose en una suerte de No Muertos o «zombies» que se unen a su jauría, mientras que los Nithgengar daneses son a veces espectros que se aparecen a quienes los han asesinado y otras se convierten en zombies que no descansan hasta darles muerte.

La rica cosmogonía escandinava también cuenta con numerosos seres fantásticos, desde los gigantes –Jotun– que desafiaron a los dioses –AEsir y Vanir– al comienzo de los tiempos, hasta elfos –los álfar de la luz y los álfar oscuros–, enanos, valquirias, Nornas –que fijan el destino con sus decisiones– y toda una serie de bestias, como el lobo gigante Fenrir, la serpiente marina que rodea el mundo, Jörmungandr –ambos hijos de Loki con la gigante Angrboda– o Ratatösk, la ardilla que escala las raíces del árbol Yggdrasil y que sirve como eje del Universo.

Jörmungandr

Águila de Sangre

Era un brutal método sacrificial humano mencionado en algunas sagas y por tanto probablemente legendario. Consistía en la matanza de un guerrero derrotado arrancando los pulmones y las costillas por su espalda, de forma que éstas parecían alas manchadas de sangre. La herida abierta era posteriormente cubierta con sal.

Algunos personajes que se presupone ejecutados de esta terrible manera fueron el rey AElla de Northumbria y Edmundo Mártir, rey de Anglia Oriental. No obstante, a día de hoy no existe evidencia arqueológica alguna que corrobore la realidad de tan terrible práctica. Se puso de nuevo de moda gracias a la exitosa serie catódica Vikingos.

Ritos de paso y magia en el hogar

Las mujeres nórdicas tenían rituales y conjuros para casi todas las actividades de la vida cotidiana. Durante el séptimo mes de embarazo, se pinchaban un dedo con una aguja y dibujaban con la sangre ciertos símbolos protectores sobre un trozo de lino, que guardaban hasta el nacimiento de su vástago. Asimismo, para favorecer el alumbramiento, parece que evocaban runas en forma de cantos mágicos llamados galdr. Y una vez venía al mundo, parece que el recién nacido era asperjado con agua con una rama, una práctica o rito de paso conocida como ausa barn vatni que pudo ser deudora del rito del bautismo cristiano; aunque también pudo tratarse de un antiguo rito de lustración (lustratio). Luego, el padre lo elevaba hacia el cielo como una suerte de ofrenda. Era habitual que el progenitor le hiciera el signo de Thor –una «T» invertida– con el puño, invocando la protección del dios del trueno, entrando así «su espíritu» en el pequeño cuerpo.

Parece que hubo una época, no especificada, en que existió la práctica del utburd o infanticidio: el padre tenía derecho a rechazar a su vástago al nacer y dejarlo abandonado para que lo devorasen los animales salvajes. Luego, podía convertirse en otra suerte de «fantasma».

La Cacería Salvaje

Odín era representado también cabalgando por el aire sobre su corcel de ocho patas a gran velocidad en medio de la tormenta, acompañado de un séquito de espíritus incorpóreos sobre corceles jadeantes con perros ladrando, y era conocido como el Cazador Salvaje. Cuando las gentes oían el estruendo del viento, temerosos, rugían ruidosamente, para evitar ser arrastrados por este suerte de «Santa Compaña» vikinga. Quienes se burlaban de la comitiva, eran arrastrados por la turba espectral.

Incluso tras la implantación del cristianismo, las gentes del norte seguían temiendo las tormentas. ¿Y qué cazaban? Dependiendo de la saga, el trofeo podía ser un caballo salvaje, un jabalí visionario o las Doncellas del Musgo –ninfas de la madera–, simbolizadas por las hojas caídas en otoño.

El post tendrá una parte final protagonizada por los Berserker. En breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS, CONSULTAD:

BOYER, RÉGIS: La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. De Olañeta Editor, 2000.

CURRAN, BOB: Vampires: a field guide to the creaturas that stalk the night. Career Press, 2005.

ELLIS DAVIDSON H.R.: The Lost Beliefs of Northern Europe. Routledge, 1993.

BREAKING NEWS!

Una de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII.

Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblo (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (I)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License. Meik Schmidt)

Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos considerados los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a su figura continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus sorprendentes expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales. 

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma «fara í víking» en el sentido de «ir de expedición», aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimos de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga –aproximadamente entre los años 789 y 1100–; aunque las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa «bahía pequeña, cala o entrada», que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken –un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia–. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.

Ataque vikingo de Guérande, en Francia

Fuentes documentales 

Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni tenían un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas posteriormente que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings que ofrecen valiosa información religiosa y mitológica.

Casa de Snorri Sturluson en Reykholt (Islandia)

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grammaticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.

Ritos y culto ancestrales

En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era «sidr», que tenía el significado literal de «práctica» o «costumbre». Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar –cuyo significado era «Aquellos que hablan la lengua de los dioses»–, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad «sacerdotal» de Ásatrú, y podían ser un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa). Parece un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo.

Pexels Free License (Erik Mclean)

Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones –los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo– y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta «religión» era el llamado sacrificio –el Blót–, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses –brindándoles un tributo de sangre– a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad.

El primer paso del Blót era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados –que podían ser unos pocos o cientos– consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones –normalmente de hidromiel o cerveza– destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas presentes más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos –para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado, en honor al anillo Draupnir– y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.

Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamientos con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres –la völva o seidkona, “mujer que ve”–, pero también lo podían llevar a cabo hombres –aunque no era muy bien visto–, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.

Este «maleficio» se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba, según recogen algunas sagas, una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.

Parece que también las hechiceras utilizaban un bastón o cayado llamado seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.

Cánticos para invocar el otro mundo

A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva –o sus ayudantes– interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr –ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún percance–, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel –el inframundo nórdico– para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente pues que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos.

Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando por ejemplo grandes tormentas –en una suerte de «hacedoras de lluvias» que existen en otras culturas–, un rito para el que la oferente incluso se preparaba ingiriendo una serie de alimentos especiales.

Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas «Hijas del Cuervo» y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.

Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo… ¿cometieron sacrificios humanos? Lo veremos en el siguiente post, que está a punto de caramelo, o tan dulce como el Hidromiel…

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva sobre este pueblo guerrero.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII. Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial: