10 cosas que quizá no sabías de Tutankamón

El pasado 4 de noviembre de 2022 se cumplieron 100 años del descubrimiento de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, en El Cairo, probablemente el hallazgo arqueológico más célebre de la historia. He aquí algunas de las curiosidades sobre el faraón y los responsables de sacar a la luz su momia tras miles de años bajo la arena del desierto.

Óscar Herradón ©

No ha lugar aquí para narrar una historia tantas veces contada, pero que se reinventa una y otra vez al salir a la luz nuevas revelaciones que año tras año descubren algo nuevo de aquel faraón-niño que vivió hace milenios. Pero teniendo en cuenta tal efeméride, fueron numerosas las novedades centradas en el personaje de las que ahora, cinco meses después, nos hacemos eco en el Pandemónium (algunas, claro, y solo en castellano) tras destacar 10 curiosidades sobre el insigne egipcio y su tumba para abrir boca.

Howard Carter

–Tras siete años realizando excavaciones en el Valle de los Reyes, Lord Carnarvon, el mecenas del arqueólogo más famoso de todos los tiempos (con permiso de Indiana Jones), Howard Carter, estaba a punto de perder la paciencia –y retirarle los fondos– por lo que consideraba ya una empresa fallida cuando, el 4 de noviembre de 1922, el británico descubrió la tumba primeramente llamada KV62, donde se hallaban los restos sin profanar (casi) de Tutankamón, el mausoleo faraónico mejor conservado jamás encontrado en el país del Nilo.

–La tumba albergaba un ajuar funerario formado por nada menos que 5.398 objetos (catalogarlos sin sufrir algún que otro «extravío» fue una auténtica odisea), entre ellos los utensilios más personales del faraón-niño, incluidos ¡sus calzoncillos! Se trataba de la primera prenda interior documentada de la historia (lo que no quiere decir que fuera la primera usada, claro). Un lejano antepasado de los «slips», una suerte de pañal de lino en forma de triángulo invertido.

–También se encontraron más de 40 pares de sandalias –ni la mejor influencer tiene tantas en su vestidor–, algunas fabricadas en papiro y decoradas con imágenes de sus enemigos tradicionales de Nubia y Asia Central, y calzado adaptado para una malformación congénita que afectaba al faraón… ¡los primeros zaparos ortopédicos de la humanidad!

–El trono real, esde una factura técnica muy compleja y hecho de madera decorada con pan de oro, plata, pasta de vidrio y piedras semipreciosas como el lapislázuli, la cornalina y la turquesa, de una complejidad extraordinaria en su elaboración. Mide 100 centímetros de altura por 54 centímetros de ancho y 60 de longitud. Está construido en oro laminado con imágenes en sobrerrelieve que encierran un fascinante universo alegórico: en la escena se observa a la pareja real, Tutankamón y su Gran Esposa Real, la «Dadora de Herederos», la reina Anjesenamón, una de las numerosas hijas (tuvieron 90) del rey hereje Akenatón y de Nefertiti.

–Los egiptólogos e historiadores suelen dividir el célebre Libro de los Muertos en cuatro grandes secciones. La primera abarca de los capítulos 1 al 16, y señala los pasos por los que el difunto entra en su tumba y accede al inframundo egipcio (la Duat) para después recuperar el habla y el entendimiento tras el trance de la muerte. La segunda sección abarca de los capítulos 17 al 63 y recoge el origen mítico de varios dioses, señalando la necesitad de que el muerto vuelva a la vida y pueda renacer como «el Sol matinal». Los capítulos 64 al 129 abarcan la tercera parte, donde se narra el viaje del fallecido a través del más allá a bordo de la Barca Solar y su descenso a la Duat para encontrarse con Osiris (la deidad principal del panteón egipcio) al caer la noche. El cuarto y último bloque recoge los capítulos 130 a 189, donde se cuenta cómo el espíritu del difunto asume el poder del Cosmos después de que su figura sea reclamada por los dioses y supere el juicio de Osiris tras el peso de su alma en la balanza manejada por Anubis, el dios chacal.

–De las 62 tumbas ocultas en el Valle de los Reyes, tan solo 24 pertenecen a faraones.  Curiosamente, la tumba de Tutankamón era de las más pequeñas de su dinastía, lo que para los expertos confirma el hecho de que el faraón-niño fue enterrado de forma improvisada a causa de su repentino fallecimiento, por causas naturales o… ¿asesinato?

Hatshepsut

–En sus comienzos, trabajando bajo la dirección de arqueólogos de renombre como Édouard Naville, William Matthew Flinders Petrie y el financiero estadounidense Theodore M. Davis, Howard Carter realizó varios descubrimientos arqueológicos importantes, como las tumbas de Tutmosis IV y la de Hatshepsut en 1903, esta última dentro de la cámara KV60 del Vale de los Reyes. El inglés era un explorador metódico que plasmaba en sus diarios una documentación extraordinaria, de enorme utilidad para generaciones posteriores de arqueólogos (incluso a día de hoy). Aunque cambió la historia de Egipto, según reveló Nora Shawki a National Geographic en el país del Nilo no se le considera un héroe sino más bien «un colonialista que descubrió una tumba y desató la egiptomanía en el extranjero».

Lord Carnarvon

–Entre las miles de páginas que se escribirían tras el hallazgo se filtró también el rumor sobre una terrible maldición que caería sobre aquel que se atreviera a profanar la tumba. Dos meses después del descubrimiento, Lord Carnarvon, presente en su apertura, fallecía en El Cairo de forma inesperada a los 56 años, oficialmente por «una neumonía sobrevenida de erisipelas», pero pronto comenzó a forjarse la leyenda de una «venganza sobrenatural» a la que contribuyeron otras muertes extrañas: la de Arthur Mace, quien descubrió la tumba junto a Carter y fallecía antes de finalizar la titánica tarea de clasificar y sacar todos los objetos; la del hermano de Lord Carnarvon, Aubrey, el mismo año que este; la de sir Archibald Douglas Reid, artífice de radiografiar la momia del «faraón-niño»; la del magnate estadounidense de los ferrocarriles Georges Ray Gould, que murió de neumonía tras visitar la tumba, y la de Richard Bethell, secretario de Howard Carter, que murió de forma extraña, eso sí, bastantes años después, en 1929. Muchas muertes que despertaron la imaginación de las gentes gracias a los artículos de la prensa (y no solo la sensacionalista).

–La historia de la maldición de la momia fue impulsada por los rotativos contemporáneos, también por la prensa «respetable», probablemente por el Times londinense, que se hizo con la exclusiva del hallazgo arqueológico. También por las opiniones de personajes de calado, como el escritor Arthur Conan Doyle, creador del inolvidable detective Sherlock Holmes y ferviente seguidor del espiritismo,  quien según publicó la prensa de entonces achacó la muerte de Lord Carnarvon a un «mal elemental» que cobijaba la tumba desde hacía milenios y que se vengó de sus profanadores. También echó leña al fuego de la maldición la popular novelista también británica Marie Corelli, que escribió una carta al periódico estadounidense New York World donde afirmaba conocer textos antiguos árabes que mencionaban una maldición que rezaba: «La muerte extenderá sus alas sobre todo aquel que se atreva a entrar en la tumba sellada de un faraón», y que hablaba de venenos letales depositados en las tumbas egipcias para ahuyentar a profanadores y ladrones. ¿Una estrategia de marketing?

–Por parte de médicos y egiptólogos cobró fuerza la hipótesis de gérmenes que habrían causado una infección fatal al abrir  la tumba y que permanecían en estado latente durante muchos siglos. Tampoco Howard Carter creía en la maldición, y decía: «Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas». De hecho, siendo el principal responsable del gran hallazgo arqueológico (y, por tanto, el profanador con más papeletas para sufrir la ira del desierto) murió 17 años después, con 64 años (una edad avanzada entonces), por la enfermedad de Hodgkin.

PARA SABER ALGO (MUCHÍSIMO) MÁS:

Tal efeméride, por supuesto, ha traído consigo todo tipo de actividades museísticas y numerosas novedades editoriales, algunas de las más interesantes recogidas en las siguientes líneas:

Tutankamón. Farón. Icono. Enigma (Ático de los Libros)

Recientemente, una de las editoriales que más miman la divulgación histórica en nuestro país, Ático de los Libros, publicaba el documentado ensayo Tutankamón. Farón. Icono. Enigma. Perdido durante tres mil años, incomprendido durante un siglo.

El hallazgo de la tumba de Tutankamón por Howard Carter hace cien años desató una tormenta en los medios de comunicación de todo el mundo, así como la fiebre por la egiptología, también en la España de aquel entonces (de hecho, dos años después del descubrimiento Carter visitaría nuestro país invitado por el duque de Alba, reconocido aficionado a la egiptología). Junto a aquellos ríos de tinta sobre el pasado del Valle de los Reyes, se filtraron innumerables leyendas que hicieron que la verdadera historia tanto del rey como de su tumba su sumieran en el olvido, salvo entre los estudiosos.

Tyldesley

La eminente egiptóloga y académica británica Joyce Tyldesley, reúne por primera vez diez semblanzas únicas a través de las cuales conoceremos al faraón adolescente y a su familia, a los antiguos embalsamadores y a los ladrones de tumbas, a los famosos exploradores y a los arqueólogos egipcios injustamente olvidados. En este fabuloso libro, el lector emprenderá un viaje que abarca desde la antigua Tebas en 1136 a.C., cuando un joven rey con la misión de restaurar su tierra encontró un final inesperado y violento, hasta la moderna Luxor en 1922 d.C., cuando el descubrimiento de su tumba dio lugar a una lugar a una lucha por su propiedad que continúa hasta la actualidad.

Es, por encima de todo, la historia de Tutankamón, probablemente tal y como él habría querido ser recordado. Dicho ensayo, que reúne tres mil años de pruebas y desvela la leyenda que rodea al faraón más famoso de Egipto, ofrece una nueva y reveladora historia de su vida, su muerte y su legado, del que el rotativo británico The Mail on Sunday ha dicho: «Muy ameno. […] La importancia de descubrir la verdad –en lugar de los mitos, rumores y escándalos del siglo pasado– pasa a primer plano», y The New York Times: «Una narración fresca y muy bien documentada de la vida y tiempos del joven rey».

Año 1325 a. C. El Año que murió Tutankhamón (Laberinto)

En su catálogo, Ediciones del Laberinto cuenta con este sugerente título que reeditaron con motivo del 100 aniversario del descubrimiento y que recrea los sucesos que acontecieron en los momentos finales del «farón-niño» de la mano de la profesora de Historia y escritora Ana María Vázquez Hoys.

Nefertiti

Un día, quizá de primavera, del año 1325 a. C., la joven reina Ankhesenamón deposita unas flores en la tumba de su esposo recién fallecido, el joven Tutankhamón. Una muerte inesperada, o puede que no tanto, una pieza más dentro del enorme tablero de juego político y religioso en el que se ha convertido Egipto desde el reinado de Akhenatón, el faraón hereje. Una lucha despiadada en la que se entremezclan las concepciones religiosas con las ambiciones políticas y la más primaria ansia de poder.

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El Libro de los Muertos y otros grandes misterios de Egipto (Pinolia)

Y si lo que queremos es una visión general, amena y preñada de curiosidades sobre el país de los faraones, recomiendo las páginas de El Libro de los Muertos y otros grandes misterios de Egipto, que publicó recientemente Pinolia, editorial del Grupo Almuzara con la que tengo el placer de haber publicado algunos capítulos en varios libros centrados en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española –de los que nos ocuparemos en breve en el Pandemónium–. La obra, escrita por prestigiosos arqueólogos y egiptólogos, está coordinada por Vicente Barba Colmenero, doctor en Patrimonio y Arqueología por la Universidad de Jaén y el Instituto Francés de Arqueología Oriental en El Cairo, por lo que ese acercamiento a los enigmas de la civilización del Nilo no es ni superficial ni fantasioso, sino que está repleto de erudición y datos comprobables.

El Libro de los Muertos, gran conocido para aquellos que como un servidor pasó tantos años en la redacción de la revista Enigmas, era una suerte de manual funerario que se inscribía en los muros de las tumbas y los féretros, el modo de asegurar, mediante invocaciones mágicas, que el difunto alcanzara el «más allá» sin contrariedades. Un texto que ha sido reeditado numerosas veces y al que podemos acercarnos en las ediciones publicadas por la Editorial Edaf.

A través de aquellas paredes repletas de sortilegios y enigmas que permanecieron enterrados bajo la arena del desierto durante siglos, los autores se adentran con los ojos del hombre actual, libre (o no tanto) de supercherías, en los rituales y misterios que rodean su vasta cultura. Y será un viaje excitante y revelador, no en vano, muchos de ellos trabajan in situ en localizaciones tan emblemáticas como el Valle de los Reyes, así como necrópolis, poblados y templos de todo Egipto.

En sus páginas seremos guiados por asuntos tan seductores como el de los amuletos y la magia en el antiguo Egipto, los pecados y castigos que se practicaban entonces, las misteriosas lámparas de Dendera, el poder del ojo de Horus, el ¿asesinato? del protagonista de este post, el malogrado Tutankamón, los textos de las pirámides y los ataúdes o la construcción de Karnak, el mayor centro de culto del mundo antiguo, y mucho más.

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Hades y el oráculo de los muertos (II)

Fermín Bocos realiza un erudito, directo e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.

Óscar Herradón ©

Los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes, convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera; le daba una piedra y le ordenaba que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se encontraba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Hades y Perséfone

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba, según la leyenda, un laberinto que Dakaris efectivamenteencontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada, en medio de un ambiente asfixiante. Los sacerdotes habían avisado previamente al consultante de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquél que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotiris Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podían escuchar un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia.

Entidades de ultratumba

En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme caldero de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del recipiente. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del que realizaba la pregunta- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores citados hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que obtenían del mismo, sutilmente, la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada a sus inquietudes. Toda una puesta en escena ancestral.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

Imágenes: Wikimedia Commons. Free License

PARA SABER MÁS:

En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.

Ritos, magia y superstición de los nativos americanos (I)

Los nativos norteamericanos y su amalgama de tribus son todavía grandes desconocidos en Occidente. El «hombre blanco» europeo conoció su historia a través de la pantalla grande, completamente desdibujada, donde el indio era un ser salvaje, malvado y amante de la sangre. Aunque con las décadas dicha visión comenzaría a cambiar gracias al western «amable» con los pobladores originarios de aquella América que para ellos no fue la tierra de las oportunidades, los prejuicios hacia sus comunidades permanecen en muchos rincones de Estados Unidos. Hoy, en Dentro del Pandemónium, realizamos un viaje al pasado para conocer algunos de sus ritos, creencias y actos mágicos.

Por Óscar Herradón ©

Es un enigma cuándo fue poblado por primera vez el extenso territorio que abarca lo que actualmente es América del Norte. Existen vestigios arqueológicos que incluyen restos de viviendas, huesos de animales y características de piedra finamente trabajada con más de diez mil años de antigüedad, vestigios de un tiempo en el que casi con seguridad nómadas procedentes de Asia llegaron a América en el último periodo glaciar, a la caza de grandes animales como los mamuts.

Beringia

En aquel tiempo, según el profesor de Antropología Larry Zimmerman, autor de un documentado trabajo sobre los indios norteamericanos, el nivel del mar bajó tanto que los actuales territorios de Siberia y Alaska quedaron unidos por una lengua de tierra conocida como Beringia. Aunque los cazadores parece ser que se internaron paulatinamente en América, en una fecha tan lejana como el 8.000 a.C. los seres humanos se habían asentado prácticamente en todo el continente. La conexión histórica entre el este asiático y Norteamérica es patente por varios aspectos, pero se hace aún más evidente respecto al pasado en relación a la figura del chamán y los muchos ritos que parecen tener su origen en Asia.

América del Norte, un continente que con el avance de los siglos se convertiría en una amalgama de culturas y tribus, más tarde conocidas como nativos norteamericanos (Estados Unidos y Canadá), con una cultura y creencias propias, una forma de entender la vida y el entorno casi incomprensible para el hombre moderno y un vínculo con la naturaleza tan íntimo y estrecho que hoy algunos evocan a aquellos hombres como los primeros «ecologistas», tiene un pasado que aún continúa siendo un gran desconocido.

La esencia del indígena norteamericano suele estar desdibujada en Occidente; apenas comprendemos su forma de ver el mundo, su cosmogonía y su relación con el entorno, compleja de asir por la mentalidad del hombre actual. A ello contribuiría el estigma que el americano blanco que conquistó a base de sangre el Oeste dejó en la memoria de estos pueblos, a los que se acusaría de sanguinarios, salvajes y violentos, imagen que durante décadas perpetuaría Hollywood a través de los westerns en los que indios sin escrúpulos cortaban cabelleras a diestro y siniestro, violaban a las mujeres blancas o masacraban a poblaciones indefensas llenas de niños y ancianos, fortaleciendo estereotipos entre la comunidad estadounidense. Por suerte, hoy esa imagen ha cambiado considerablemente, y tenemos una idea –quizá, por otro lado, algo idealizada, pues no eran pacíficos, ni mucho menos–, del indio como un hombre sabio, conocedor y amante de la naturaleza, de gran sensibilidad para contactar con ese mundo invisible en el que al hombre blanco le es difícil creer.

Sea como fuere, nos es imposible en espacio tan reducido abordar todas y cada una de las naciones indias que poblaron Norteamérica durante siglos, hasta que sus miembros fueron prácticamente exterminados en los que se dio en llamar la conquista del Oeste y que acabaría por convertirse prácticamente en un exterminio, un holocausto racial. Tampoco es posible recordar los numerosos rituales, creencias y supersticiones que configuraron a aquellos pueblos, así que nos centraremos en aquellos quizá menos conocidos y más sugerentes por su particularidad y relación con el universo de lo etéreo.

El mundo de los espíritus

Prácticamente todas las tradiciones de los nativos norteamericanos hablan de que todo lo creado por el Ser Superior, tiene espíritu, por ello, todas las cosas son sagradas y mantienen una especial relación entre ellas. La Madre Naturaleza cumple un papel rector dentro de la cosmogonía de las diferentes tribus y la tierra, por tanto, debe ser respetada por su condición tanto sacra como por ser la que provee al hombre y al resto de seres sagrados un hogar y los frutos necesarios para la supervivencia.

Incluso, la concepción del tiempo es para ellos muy diferente. El hombre occidental, nosotros mismos, concebimos éste como un línea larga y recta que retrocede del aquí y ahora hasta un punto lejano e invisible del horizonte. Por el contrario, los nativos americanos, sea cual sea su cultura, consideran que el paso del tiempo no es lineal sino circular y que se caracteriza por el nacimiento, el desarrollo, la madurez, la muerte y la regeneración de todo lo que la tierra comparte: las plantas, los animales y los seres humanos.

Un patrón que va tan ligado a la salida y la puesta de Sol como a la estaciones y a los ciclos lunares. De hecho, es seguro que muchos pueblos midieron el tiempo mediante la observación de los cuerpos celestes, hasta el punto de que, y esto es solo una hipótesis, las enigmáticas «ruedas medicinales» de las llanuras septentrionales se utilizaran para registrar desplazamientos astronómicos.

Para los indios, el tiempo no es lineal: el pasado es el lugar donde residen todas las cosas que han cumplido el ciclo. Ahora esas cosas están «allá afuera» y no son distantes, sino inmanentes. Muchos indios consideran que sus antepasados y otros seres antiguos no están lejos de los vivos. Según su creencia ancestral, al morir, cada individuo se unía a los antepasados en otro estado del ser, incluido, también, el presente. Los clanes ancestrales estaban representados en toda la iconografía indígena, en las imágenes de los tótems, en las viviendas, las canoas, las máscaras… incluso en los recipientes de uso cotidiano.

Por otro lado, no podemos hablar de una religión en sí en relación a los cultos de los aborígenes norteamericanos a semejanza de las que profesan la mayoría de pueblos, sean monoteístas o politeístas, ya que en estas sociedades autóctonas las conexiones de la vida cotidiana y la espiritualidad están tan entrelazadas que no es posible separar casi en ningún caso lo sagrado de lo secular. Para muchos indios, no solo las festividades y ceremonias comunitarias –aquellas que marcan los ritmos anuales– y los rituales que forman parte de las fases de transición –como la pubertad–, tienen un significado espiritual; cualquier acto del día a día, por nimio que sea, posee esa entidad.

Tampoco podemos hablar de una misma «religión» o culto de las diferentes tribus que poblaban aquel inmenso territorio, puesto que cada nación india posee una vida sagrada singular –con sus evidentes diferencias, pero con elementos en común–, basada en el sentido de la comunidad que cada pueblo desarrolla en relación con el entorno y con los seres y espíritus que cada tribu percibe que moran a su alrededor.

Tres indios navajos recreando sus mitos de la creación en 1904

Los indios creían que el poder espiritual, lo que ellos llaman «medicina», reside en las cosas. Todo animal y vegetal, presenta un alma que depende de otras almas; todos los ciclos naturales, como las estaciones o los movimientos solares y lunares, son para ellos pruebas visibles del «círculo eterno de la existencia y de la intemporalidad de la creación», en palabras del citado Zimmermann. Cada día, todos deben prestar el debido respeto a los espíritus como parte de la obligación que han contraído con ellos por el hecho de estar vivos. Por tanto, la idea del bien y del mal es muy diferente a la concepción que tenemos en Occidente, y se fundamente en razón de si se satisfacen o no las obligaciones para con dichos espíritus. El incumplimiento de estas obligaciones puede causar enfermedad o tragedia, ya que según su particular concepción trastoca el equilibrio y la armonía del universo.

(Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El libro de Larry Zimmerman Indios norteamericanos. Creencias y ritos visionarios, santos y embusteros, espíritus terrestres y celestes,  que fue publicado en 1995 por Evergreen y que ha servido, en parte, de base documental para este post.

Pieles Rojas. Encuentros e intercambios con el hombre blanco

Para conocer cómo fueron los primeros encuentros entre los nativos norteamericanos con los europeos (o sus descendientes) podemos sumergirnos en las reveladoras y detalladas páginas del libro de Victoria Oliver Pieles Rojas, que hace unos años publicó la editorial Edaf. El libro nos traslada una visión de conjunto sobre los primeros acercamientos entre los europeos (y sus descendientes) con los nativos americanos, desde Ponce de León, Narváez, Soto y Coronado hasta Vancouver, Malaspina, Lewis y Clark, y nos revela que el primer contacto entre exploradores blancos con los indígenas cambió notablemente con las expediciones que tuvieron lugar en el siglo XVIII y principios del XIX.

Ya no se trataba de violentas partidas de soldados conquistadores (en unos primeros contactos cargados de animadversión y violencia) que van a apoderarse de cuanto puede ser valioso en los países de los que llamaban injustamente «salvajes» (pues poseían una estructura social, una cosmogonía y un vínculo con su entorno que ya quisiera para sí el guerrero blanco), sino de grupos de hombres ilustrados y aparentemente pacíficos exploradores (tampoco fue siempre el caso, claro) que pretendían llevar a cabo su misión científica sin entrar en conflicto con los naturales, y que solo hicieron uso de la fuerza cuando vieron peligrar sus vidas, pues no todos los «pieles rojas» toleraban esa intrusión en sus tierras, y sus experiencias del pasado con el hombre blanco –que en muchos casos, y a diferencia de lo que sucedió en los países bajo la órbita de la Corona hispánica, mal que le pese a la leyenda negra, exterminaron a tribus enteras– les tenían en permanente alerta.

Sin embargo, como afirma la autora, fuese ese primer contacto violento o pacífico, el resultado fue siempre el mismo: tras aquella visita del hombre blanco, en un periodo de tiempo mayor o menor y según las diversas circunstancias, los indios, los grandes perdedores, o tuvieron que emigrar, o fueron desposeídos de grandes partes de sus territorios o vivieron subordinados a los extranjeros, y, en el peor de los casos, fueron exterminados.

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