Fugitivos nazis: Otto Skorzeny (II)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. Tras el colapso del Tercer Reich, el laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Al servicio de distintas potencias e intereses, es uno de los personajes que salpican el libro Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría, que acaba de publicar la editorial Debate.

Óscar Herradón

Tras su intervención –más bien discreta– en la neutralización de la Operación Valkiria, vendría la llamada Operación Greif, que consistía en una orden del propio Hitler de llevar a cabo el asalto al Cuartel General de Eisenhower y su asesinato, misión que se frustró y momento en el que los norteamericanos definieron a Skorzeny como «el hombre más peligroso de Europa».

Yeo Thomas.

Tras ello no tardó en legar la inevitable derrota del Tercer Reich y el momento en el que el protagonista de estas líneas, como otros miembros del Partido Nazi, fue internado en distintos campos de concentración… hasta ser juzgado en Núremberg, donde fue declarado inocente en relación con la llamada Matanza de Malmedy, en la Batalla de las Árdenas, por un apoyo in extremis: el testimonio en su favor del espía inglés F. F. E. Yeo-Thomas (alias «Tommy»). Ello no impidió que fuese internado en un campo de «desnazificación». No obstante, Skorzeny nunca renegó de su ideología y finalmente logró huir de las garras aliadas. Uno de los lugares en los que buscaría refugio sería la España franquista, un país en el que el antiguo miembro de las SS (que solía mostrar con orgullo a la gente de confianza el tatuaje de su grupo sanguíneo como llevaban todos los miembros de las Waffen-SS por si sufrían una herida en el frente) pretendía revitalizar el nazismo y dar forma a un Cuarto Reich…

Léon Degrelle.

Skorzeny pudo viajar a la península ibérica gracias a miembros de la citada red ODESSA, entonces en la clandestinidad, el 27 de julio de 1948. Según documentos desclasificados, el antigua nazi se instaló en Madrid bajo identidad falsa –durante un tiempo residió en la calle Montera, en los números 25-27– y retomó su trabajo de ingeniero, representando a prósperas compañías alemanas del acero, gozando de gran popularidad entre los franquistas y gracias a sus hazañas en la Segunda Guerra Mundial, de las que siempre se jactó y que muy posiblemente exageró notablemente. Era un héroe para esos españoles nostálgicos y uno de los últimos acólitos de Hitler que seguía con vida, al igual que el belga Léon Degrelle, que moriría en Málaga el 31 de marzo de 1994.

Nuevas revelaciones del archivo personal

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El 8 de diciembre de 2011 la casa de subastas Alexander Autographs Inc. de Stanford (Connecticut, EEUU), sacaba a subasta el impresionante archivo que Otto Skorzeny legó a su muerte a su mujer, Ilse Lüthje, con la que se casó en 1954. Ésta dilapidó pronto la fortuna familiar y solo una familia española la ayudó a costearse un asilo en Madrid, donde fallecía, sola y arruinada, el 20 de diciembre de 2002. Como agradecimiento, Ilse legó el archivo de su esposo al dueño de esos importantes documentos, cuyo hijo, Luis M. Pando, decidió sumergirse en las miles de páginas de la historia que el nazi no quiso escribir –a pesar de haber publicado unas resonadas memorias en dos volúmenes, Vive peligrosamente y Luchamos y perdimos–, antes de ponerles precio.

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Los documentos contienen de todo, desde planes de guerra y negocios, hasta secretos que revelaban parte del rol desempeñado por Skorzeny después de la contienda. Gracias a tan importante archivo, han salido a la luz numerosos puntos oscuros sobre un cuarto de siglo de actividad del guardia negro en nuestro país, del final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte, en 1975.

Skorzeny con su esposa.

El libertador de Mussolini mantenía un estrecho vínculo con el gobierno español, sus generales, algunos de los que sirvieron a Hitler, dictadores sudamericanos y negociaciones con importantes empresas alemanas como Krupp, Thyssen o la exportadora de armas Merex, según el periodista Rafael Poch, «una tapadera de los servicios secretos alemanes en la que trabajaban, o colaboraban, criminales de guerra teóricamente buscados por la justicia». En el archivo se encuentran también felicitaciones del antiguo nazi a Manuel Fraga del año 1964, cuando este era ministro de Información y Turismo, así como dos recomendaciones de visados con la rúbrica del periodista de Falange Víctor de la Serna, quien estuviera a sueldo de la embajada de Hitler en Madrid, dirigidas a diplomáticos españoles en Alemania. Sería precisamente uno de ellos, Jorge Spottorno, quien siendo cónsul en Fráncfort emitiría un visado con nombre falso para el prófugo.

Skorzeny en su celda de Núremberg.

Entre los «secretos» (ya no tanto) se encuentran las pruebas de la transformación de Skorzeny en un hombre de negocios sin escrúpulos, reconvertido en traficante de armas –a través de Merex– o vendedor de petróleo y representante de las empresas alemanas supervivientes a los juicios de posguerra, muchas manchadas con sangre del Holocausto. Tangencialmente, dichos archivos apuntan a una supuesta relación del antiguo SS con el fundador del club Bilderberg, Józef Retinger –algo extraño si tenemos en cuenta que éste era uno de los mayores representantes del sionismo europeo–, entre muchos otros personajes de gran poder que supuestamente marcaban las directrices de la política internacional por aquel entonces.

Un agente secreto tras el hombre de negocios

Otto era accionista de un ingente número de sociedades, poseía un patrimonio estimado en unos mil millones de pesetas, casas y terrenos en Madrid, Andalucía, Alemania, Austria, Irlanda… Evidentemente, todos ellos bajo identidades falsas, salvoconductos y pasaportes emitidos con el visto bueno de las más altas autoridades franquistas, como Juan Vigón, Antonio Garrigues Walker o Ramón Serrano Suñer, de abiertas simpatías filonazis en los años cuarenta. Entre otras, adoptó las identidades de Rolf Steinbauer, Hanna Eff Khoury, Frey Hans Rudolf o Hans R. Frey, y quizá incluso otras, siendo su papel el de negociar acuerdos comerciales de la España franquista con empresas alemanas y egipcias. Fue precisamente Skorzeny el responsable de las negociaciones del tratado hispano-anglo-egipcio del petróleo, a instancias del entonces presidente de Egipto, Abdel Nasser, amigo íntimo de «Caracortada».

El archivo es un sanctasanctórum de las relaciones internacionales de posguerra. Tanto los archivos desempolvados por Luis M. Pardo como los desclasificados por el BND alemán, arrojan una información más que relevante sobre las operaciones que se llevaron a cabo en distintos países occidentales en las décadas de 1950 y 1960, operaciones turbias que, evidentemente, se hacían a espaldas de la opinión pública.

Von Bohlen.

Skorzeny mantuvo una nutrida correspondencia con importantes –y oscuros– personajes como el empresario alemán Alfried Krupp von Bohlen, que fuera condenado en los Juicios de Núremberg por «suministar armas al Tercer Reich y por trato inhumano a los prisioneros de guerra que trabajaron en su compañía», según recogía el diario El Mundo. Al parecer, tras la guerra Skorzeny se convirtió en su delegado comercial y sus operaciones se extendían desde Argentina hasta Egipto.

Cuando en 1963 le fue diagnosticado el cáncer que acabaría finalmente con su vida, se recluyó en su casa mallorquina de Alcudia y fue su mujer Ilse quien tuvo que viajar a Estados Unidos, Irlanda o Alemania para continuar engrosando el patrimonio familiar a través de las relaciones comerciales.

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Curiosamente, en su archivo se encuentra el guion para una película sobre su propia vida, escrito en 1959, lo que denota su enorme vanidad, una cinta que llevaría por título Special Mission, y donde, evidentemente, se hacía un elogio del encargo personal del Führer para encontrar y liberar a Mussolini. En 1963 recibía la misiva del hijo de su mayor enemigo, Eisenhower, a quien Skorzeny tenía la misión de matar por sorpresa –recordemos la Operación Greif–, violando los códigos de guerra.

Este post tendrá una próxima y última entrega sobre el «hombre más peligroso de Europa».

¿Qué encontraremos en las páginas de Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría?

Cuando Alemania se rindió, miles de antiguos oficiales del régimen se esfumaron en la confusión de la posguerra. Algunos fueron juzgados y otros escaparon, pero muchos fueron reclutados. Reinhard Gehlen, general de inteligencia nazi, creó la organización de espionaje de Alemania Occidental con la ayuda de exagentes de las SS, mientras los servicios estadounidenses y soviéticos competían por hacerse con los servicios de los mismos hombres.

Desde restaurantes de lujo en Múnich hasta puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, pasando por casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, estos fugitivos tejieron una red secreta de tráfico de armas, espionaje y poder que sirvió indistintamente a Washington, Moscú o Tel Aviv. Basado en archivos inéditos del Mossad, la CIA y el espionaje alemán, Fugitivos revela una historia envuelta en secretos, mitos y propaganda: la de los nazis que sobrevivieron a Hitler para convertirse en piezas clave de la Guerra Fría. Con un vigoroso pulso narrativo y gran rigor, Danny Orbach reconstruye el lado más oscuro de esa época, cuando la lealtad era un lujo y la supervivencia una forma de traición.

El oscuro secreto de Okunoshima (Japón)

En breve hablaremos en «Dentro del Pandemónium» de la temible Unidad 757 del ejército japonés, que cometió algunas de las mayores atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial en territorio asiático. Pero la brutalidad del ejército nipón también actuó en otros lugares, como Okushima, en ocasiones llamada Usagi Shima –«Isla Conejo»–, una pequeña isla situada en el Mar Interior de Seto, en Takehara, Prefectura de Hiroshima.

Óscar Herradón ©

Este enclave jugó un papel relevante durante la contienda, donde se desarrolló el gas venenoso que los japoneses usaron como arma química en China. Hay que remontarse tiempo atrás, hasta 1925, cuando el Instituto de Ciencia y Tecnología del Ejército Imperial Japonés, dio inicio a un programa secreto para desarrollar armas químicas, a pesar de que el Protocolo de Ginebra de ese mismo año prohibía su uso. Okunoshima fue elegida para este plan por estar aislada y lo suficientemente alejada de Tokio y otras grandes ciudades en caso de un accidente. Así, bajo la jurisdicción de la milicia nipona, el procesador para la preservación de los peces locales –hasta entonces vivían allí únicamente tres familias de pescadores–, fue reconvertido en un reactor de gas tóxico, aunque manteniéndolo en el más absoluto secreto, que produjo hasta 6.000 toneladas de gas venenoso.

Terribles secretos por fin al descubierto

Con el fin de la guerra, los documentos relativos a la producción de armas químicas fueron quemados y las Fuerzas de Ocupación aliadas se deshicieron del gas de distintas formas, obligando a que la población se mantuviera callada a ese respecto. ¿Acaso pretendían utilizar la planta para algún fin desconocido como lo hicieron con instalaciones nazis tras la liberación? Otro secreto más sin desvelar de aquel tiempo.

Aunque parezca increíble, tanto las ruinas de la planta de fabricación del gas como su planta generadora de energía continúan hoy en pie. Lo que más choca al viajero es el fuerte contraste entre los tétricos edificios semiderruidos de la Segunda Guerra Mundial, realmente tétricos, y los miles de conejos que se pasean por la isla. Ahora, la rebautizada como «Isla de los Conejos» es un lugar de gran atractivo turístico –al menos antes del azote del Covid– a donde llega un ferri de forma habitual repleto de curiosos. En 1988, las autoridades abrieron el llamado Museo del Gas Venenoso, un recordatorio para el curioso de los terribles y sórdidos experimentos que se llevaron a cabo en aquellas plantas abandonadas que hoy configuran el paisaje del islote.

La muestra es pequeña, formada por tan solo dos salas, pero un buen ejemplo de lo que allí sucedió en tiempos demoníacos: máscaras antigás, el traje de goma que vestían los trabajadores, al parecer no muy seguro, pues hubo varios accidentes y muchos problemas oculares, y quedan fotografían espeluznantes de los daños provocaba en las personas –incluidos niños– la exposición al gas mostaza, el que se produjo en mayor proporción, y derivados. Se calcula que llegaron a trabajar allí hasta 5.000 personas durante la guerra, entre ellas Reiko Okada, una de las pocas testigos vivas de aquellos hechos que, cuando era una estudiante de 13 años, en 1944, fue movilizada a Okunoshima para trabajar en la fábrica, aunque sus jefes nunca le dijeron qué era lo que manipulaba.

Un años después, Okada fue una de las personas que socorrió a los heridos de Hiroshima –lo que le provocó graves problemas de salud debido a la exposición a la radiación dejada por la bomba atómica–, aunque ella, como tantos, también había contribuido a la guerra química, por lo que hace unos años pidió perdón públicamente.

Siniestros barracones destartalados

Lo que queda de la factoría es solo un reflejo tenebroso de lo que fue: cientos de ventanas rotas y paredes de hormigón erosionadas por el tiempo y cubiertas de musgo, cual si se tratara de un lugar embrujado, a lo que se suman los siniestros barracones de soldados, testigos mudos –o no tanto– de lo que allí sucedió durante la contienda. Aunque parece que circulan historias de aparecidos entre los turistas, lo que no es de extrañar viendo las ruinas, si el edificio estuviera en Estados Unidos no cabe duda de que ya tendría una larga trayectoria de «fantasmas» a sus espaldas, como pasa con Alcatraz o la Penitenciaría Estatal del Este, en Pensilvania.

Aunque parezca increíble, tanto las ruinas de la planta de fabricación del gas como su planta generadora continúan en pie. Lo que más choca al viajero es el fuerte contraste entre los edificios semiderruidos de guerra, realmente inquietantes, y los miles de conejos que se pasen por la isla dando una imagen bucólica, de ternura e inocencia, al conjunto del paisaje. Lo que no saben muchos de los incautos que disfrutan dándoles de comer, acariciándolos o tumbándose entre cientos de ellos, es que en un principio los cándidos mamíferos –los primeros, no los que ahora campan a sus anchas– fueron criados precisamente para que los científicos japoneses probasen en ellos sus terribles armas químicas. Entrañable, ¿verdad?