Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa –para muchos, por desgracia, así sería–. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada (por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada Operación Overlord en el curso de una fiesta en el Claridge londinense).

Rommel con Hitler en 1942.

Entonces existía, según refiere Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por el general alemán Erwin Rommel, encargado de la defensa de Normandía, como «el Día más Largo», el temor de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál sería la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como Operación Bodyguard, que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Teherán: el pistoletazo de salida

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se juntarían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Churchill con Roosevelt en Yalta.

Parece ser que durante la conferencia, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de Bodyguard (Guardaespaldas), si es que no se trata de otro más de esos abundantes episodios apócrifos que salpican los libros de historia y se dan por verdaderos.

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D». La llamada «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el objetivo.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios, como señala el citado Macintyre, estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

Sir Alan Brooke.

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra». Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Materman en The Double Cross System in War, «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Calais… un trampantojo

Calais destruida por los Stukas en junio de 1940.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente, todos los indicios, la mayoría facilitados por agentes dobles, eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como Puertos Mulberry.

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión, y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos, en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Virginia Hall: una mujer «sin» importancia» (II)

Fue calificada por los nazis como «la espía más peligrosa de Francia». Ahí es nada, si tenemos en cuenta que la Segunda Guerra Mundial fue la edad dorada del espionaje internacional, al menos hasta la Guerra Fría. Entre los superespías que engañaron a Hitler no se la suele incluir, y sin embargo, fue una de las piezas clave para el triunfo del desembarco aliado en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, entre otras muchas hazañas que ahora reivindica el ensayo Una mujer sin importancia, editado por Crítica.

Óscar Herradón ©

Tras su liberación de las autoridades españolas por la intervención de EEUU, Virginia dejaría de trabajar para el SOE y pasó a formar parte de la OSS, embrión de la futura CIA. Su viaje hacia la frontera con la Península había sido toda una odisea, pero logró huir a pesar de la pierna de madera –a la que ella misma se refería con el mote cariñoso de Cuthbert– y del dolor que le causaba caminar en exceso. Antes de la llegada a la frontera, escribió a sus superiores en Londres: «Cuthbert está dando problemas». El agente que leyó el mensaje desconocía su minusvalía, así que le aconsejó que si Cuthbert daba problemas «debía eliminarlo». El SOE no se andaba con tonterías.

Tras regresar a Reino Unido, y tras pasar un buen espacio de tiempo trabajando para el SOE en Madrid, en julio de 1943 la nombraron en secreto Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus logros. Querían haberle brindado mayores honores pero sus superiores tenían miedo de comprometer su identidad, ya que seguía en activo. Lo mejor era pasar a engrosar las filas de otra organización clandestina, en este caso la OSS yankee, trabajando para sus compatriotas. Su misión: regresar de nuevo a la boca del lobo, la Francia ocupada, donde asumiría la identidad de una vieja campesina del pequeño pueblo de Crozant, en el centro del país.

Como buena espía, para evitar ser reconocida después de que la Gestapo empapelase las calles de las ciudades francesas con su imagen, tiñó su pelo de gris cenizo y se pintó arrugas en el contorno de sus ojos. Además, acudió a un dentista londinense para que estropeara su dentadura (hasta ese momento impoluta) para que se asemejara a la de una persona mayor. La noche del 21 de marzo de 1944, un bote hinchable lanzado al agua por una torpedera de la Marina Real británica recaló en la playa de Beg-an-Fry, en la Bretaña francesa. A bordo iba Virginia, de entonces 38 años, y otro espía estadounidense de 62. Aquella «mujer sin importancia» iba envuelta en ropas desgastadas y portaba una raída maleta en cuyo interior escondía un radiotransmisor.

Playa de Beg an Fry

De nuevo en la Francia ocupada

Los dos agentes infiltrados atravesaron una zona rodeada de arbustos y maleza hasta que desembocaron en una sinuosa carretera que les llevó hasta la estación de tres más próxima. Si eran interceptados por la Gestapo su destino habría estado escrito con sangre.

Virginia encontró refugio en la discreta finca de un granjero situada junto a los escarpados desfiladeros de granito del río Creuse, en el pequeño pueblo de Crozant, en el centro de Francia. Su nombre era Marcelle Montagne y allí cuidaba vacas, hacía queso y ayudaba al propietario. Era habitual verla por los caminos pastoreando ovejas. Su trabajo clandestino lo realizaba en el granero, donde colocó el radiotransmisor: se había convertido en operadora de radio y enviaba mensajes con el nombre en código de «Diana», aunque tenía otros alias, como «Marie Monin», «Germaine» y «Carmille», mientras que los alemanes, que desconocían su identidad, la apodaban «Artemisa»; formaba asimismo parte de la Red Saint.

Hall bajo la identidad de Marcelle Montagne

Las órdenes que había recibido de la OSS era entrenar a grupos de combatientes franceses para ejecutar operaciones de sabotaje contra infraestructuras alemanas, para lo que Churchill había contribuido al ordenar a la RAF que lanzara en paracaídas más de 3.000 toneladas de armas y provisiones para la Resistencia. Durante ese tiempo, mientras establecía contacto con los resistentes, enviaba a sus jefes al otro lado del Canal de la Mancha información vital sobre los movimientos de las tropas alemanas. Y aunque su tapadera era solvente, fue interrogada y varios agricultores locales asesinados. Ante el riesgo de ser finalmente descubierta, transmitió por radio a Londres el siguiente comunicado in extremis antes de huir: «Los lobos están en la puerta».

Preparando el Día D

Pero ese no fue el último acto de espionaje de Hall, pues tendría un papel clave nada menos que en Día D que allanaría el camino hacia la victoria aliada contra Hitler. Las semanas previas al Desembarco de Normandía estableció su red clandestina de Resistencia en la ciudad de Cosne, dividiendo la organización en cuatro grupos de resistencia de 25 hombres cada uno a los que encargaron diversos actos de sabotaje contra las unidades alemanas, retrasando así su avance hacia Normandía: dinamitar puentes y carreteras, descarrilar trenes de mercancías, derribar líneas telefónicas y capturar a varios prisioneros alemanes.

En aquella misión contó con la ayuda de otros valientes espías, algunos con nombre de mujer como las agentes del SOE Diana Hope Rowden, Violette Szabo y Lilian Rolfe, que corrieron peor suerte que ella (fueron detenidas por la Gestapo y ejecutadas en el campo de concentración de Rävensbruck), así como el grupo de superespías que engañaron a Hitler sobre el verdadero punto de Desembarco, entre ellos el español Juan Pujol «Garbo».

Violette Szabo

A pesar de los numerosos intentos y la inquina que le tenía Klaus Barbie, que convirtió el asunto en personal, la Gestapo nunca la capturó. Al acabar la Segunda Guerra Mundial fue condecorada por el gobierno de Francia, siguiendo los pasos de lo que hizo el británico en 1943, y le concedió la Croix de Guerre avec Palme, mientras que el gobierno de Estados Unidos le hizo entrega de la Cruz por Servicio Distinguido, la única mujer que recibió dicha distinción en tiempos de 007 con pelos en el pecho y mucha testosterona y continuó trabajando para la OSS y posteriormente en su reconversión en la CIA, siendo una de las primeras mujeres empleadas por la agencia, donde ejerció como analista de inteligencia sobre asuntos franceses hasta su jubilación en 1966, cuando se retiró a una granja de Maryland. A pesar de que su epopeya es apenas recordada en Europa, la sede de la CIA tiene una instalación que lleva su nombre en reconocimiento a sus importantes servicios.

Virginia Hall, la espía coja que mandaba mensajes a Londres con el nombre en clave de «Diana», como la diosa romana de la caza (una auténtica «cazanazis») y que trajo de cabeza a los servicios secretos alemanes, moría en su país natal, en Rockville (Maryland), el 8 de julio de 1982 a los 76 años.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

De mano de la editorial Crítica (Grupo Planeta) nos llega este soberbio ensayo firmado por la autora y periodista británica Sonia Purnell, una monografía que devuelve a la espía norteamericana al lugar que le corresponde en la Historia, una Historia que la ha mantenido en el olvido demasiado tiempo como a otras combatientes por la libertad que, al ser mujeres, fueron, por desgracia, mucho menos reconocidas por sus hazañas.

En Una mujer sin importancia. La historia de Virginia Hall asistimos al nacimiento de una heroína que desafiará las normas imperantes de su época y que realizará, como vimos en el post, una amplia formación académica que completará dando el salto al Viejo Continente desde su Norteamérica natal. Una auténtica aventurera que se colocará en el servicio diplomático hasta que viaja a Turquía, donde tendrá lugar el accidente que marcará su vida y que la convertirá en la «dama coja» para los Boches.

En las vibrantes páginas de este ensayo que se lee como el mejor thriller histórico comprobaremos también el nacimiento de una espía: cómo es reclutada, su entrenamiento y su primer lanzamiento sobre territorio de la Francia ocupada, desafiando al peligro y consiguiendo valiosa información primero para el SOE y más tarde para la OSS. La persecución implacable de la Gestapo, la evasión (tras rechazar en varias ocasiones la huida ordenada por sus superiores), su retención en la frontera española, su vuelta a Inglaterra y su casi temerario regreso a territorio francés para facilitar, entre otras, el Desembarco aliado en las costas de Normandía y la liberación de varias zonas francesas de mano de los nazis tras el Día D. La epopeya justamente reivindicada de una mujer «con mucha» importancia. Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-una-mujer-sin-importancia/320334