La Marca del Maligno (III)

18 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

El Museo del Diablo (Kaunas, Lituania)

Si uno quiere sentirse más cerca del diablo, pero sin correr el peligro que supone invocarlo o firmar un pacto con su sangre, puede visitar el Museo del Diablo –Devil’s Museum– de Kaunas, en Lituania, una verdadera rareza expositiva sobre la que se ciernen multitud de leyendas.

Incluido en la lista de los museos más curiosos del mundo, consta de tres pisos y alrededor de mil criaturas a cuál más peculiar venidas de todos los rincones del planeta, una colección que se va incrementando año tras año con las aportaciones de numerosos visitantes foráneos. En el primer piso nos encontramos con los demonios locales, la mayor parte auténticas obras de arte: pinturas sobre seda o lienzo, tallas en madera, algunas centenarias, cerámicas o tallas en piedra, con originales interpretaciones de estas malvadas –y también cómicas– criaturas. Uno de los demonios más curiosos es un pequeño diablo dorado sólo visible a través de una lente de aumento, así como un demonio bíblico protector de esta planta museística.

En el segundo piso se halla un gigantesco demonio hecho en madera que fue donado por varios ciudadanos que habían sufrido numerosos desastres y que culpaban a la talla de los mismos. En esta planta hay rarezas de todo tipo; armas, piedras esculpidas con la imagen del maligno, y un tronco con apariencia de demonio, así como un recorrido por la historia de las acólitas de Satán, las brujas. En la tercera planta, el curioso se encontrará con diferentes demonios forasteros, una amplia variedad diabólica.

El diablo…

…es el ángel rebelde, el enemigo de los planes de Dios, el que tienta a los hombres. Los hebreos lo llamaron Satán –Satanás–, cuyo significado es «el obstructor», «el adversario» o «el acusador». El Nuevo Testamento le dio el nombre griego de diabolos –Diablo–, que significa «el Calumniador». Por otra parte, la palabra demonio proviene del griego daimon, con el que los griegos se referían al destino de las personas y que se aplicaba a distintas divinidades o a los poderes desconocidos e invisibles que actúan sobre el hombre. Los cristianos tomarían el término para designar a los ángeles caídos. Además de Satán, la demonología fue elaborando una intrincada jerarquía que incluía nombres como Luzbel, Belcebú, Mammón, Leviatán, Belial, Astaroth, Asmodeo o Belfegor… todos ellos son Legión

Arqueología demoníaca

En 2010, un grupo de arqueólogos británico descubrió, en el barrio londinense de Greenwich, enterrada a cinco metros de profundidad, una botella de 23 cm de alto, colocada al revés, esmaltada y con el dibujo del rostro de un hombre barbudo grabado. Tras un minucioso estudio, se concluyó que se trataba de una botella de bruja, llamada también «jarra Belarmino», en honor, o quizá como burla, a San Roberto Belarmino, un jesuita italiano del siglo XVI, azote de protestantes y “martillo de herejes”.

El interior de la «botella de brujas» encontrada en Greenwich contenía orina humana con un alto contenido en nicotina, azufre –elemento imprescindible en todo rito contra las fuerzas del averno–, 12 clavos de hierro, 8 alfileres, un trozo de tela en forma de corazón y uñas recortadas. Fue sellada y enterrada boca abajo con un buen puñado de clavos para «infligir dolor a la bruja».

DANZAD, DANZAD, MALDITOS

Para expulsar al maligno, se celebran procesiones y bailes en numerosos rincones.

La Diablada de Píllaro (Ecuador): En Píllaro, entre el 1 y el 6 de enero de cada año, miles de personas disfrazadas toman las calles para bailar en la Diablada: suelen ataviarse como diablo, guaricha o capariche, los tres personajes principales. El origen de esta festividad está en la época colonial y evoca la rebeldía de los indígenas y mestizos contra la religión católica: se disfrazaban de diablos en repudio a los sermones de los sacerdotes españoles y al maltrato que recibían de los colonos. La tradición exige que aquellos que se vistan de diablo en Píllaro deben hacerlo durante siete años consecutivos. En caso contrario, pueden pasarles “cosas imprevistas”…

Los diablos danzantes de Yare (Venezuela)

Desde hace 269 años, los “diablos” danzan en esta localidad nueve jueves después del Jueves Santo. Comenzó en 1749, cuando una gran sequía afectó al Valle de Yare. Los fieles hicieron promesas al Santo Sacramento para que llegara la lluvia; y llegó. Durante el ritual de los “diablos danzantes”, los llamados “promeseros” visten de rojo, con capas y máscaras de apariencia grotesca, y portan cruces, escapularios y rosarios. Bailan por las calles al ritmo de tambores e instrumentos de cuerda que causan un gran estruendo para espantar al maligno. Escenifican una larga procesión que finaliza en la iglesia, cuando todos en señal de respeto, se postran ante el Santo Sacramento, y son bendecidos por un sacerdote.

El Colacho (Castrillo de Murcia, Burgos)

Esta festividad se celebra el domingo después de Corpus Christi y se remonta a 1620, aunque sus orígenes no están claros. Ciudadanos vestidos de demonios corren por todo el pueblo luciendo máscaras rojas y amarillas y profiriendo insultos contra los lugareños, dándoles latigazos con una cola de caballo atada a una vara. Cuando los redobles anuncian la llegada del atabalero, vestido de negro, y los hombres devotos para «expulsar el mal», da comienzo una exhibición singular y no exenta de controversia: el salto del Colacho. Los bebés que han nacido ese año son colocados sobre un colchón, mientras los «diablos» les saltan por encima en una suerte de bautismo: así el demonio absorbe los pecados de los recién nacidos y les proporciona protección frente a las enfermedades y desgracias.

Lugares que acogen el mal

Davolja Varos (Serbia)    

Davolja Varos, que en serbio cirílico significa «Ciudad del Diablo», es una formación rocosa al sur de Serbia. Compuesta por 202 exóticas formaciones conocidas como «pirámides de tierra» o «torres», fueron creadas por la erosión y una fuerte actividad volcánica. Bajo ellas corre un manantial con alta concentración de minerales y dos fuentes: Davolja voda –«agua del Diablo»– y Crveno Vrelo –Pozo Rojo–. La particularidad del terreno: suelo rojo, aguas extremadamente ácidas y el particular sonido que causa el viento al atravesarlas, ha dado origen a diversas leyendas, entre ellas, que aquel es un lugar consagrado al maligno.

Las Flechas del Diablo (Devil’s Arrows, Boroughbridge, Inglaterra)

Los llamados «Menhires de Boroughbridge» son tres grandes piedras megalíticas ubicadas en North Yorkshire, que se levantan cerca de la carretera A1 que en la actualidad cruza el río Ure. Erigidas en tiempos prehistóricos, parece que en un principio fueron cinco piedras, que finalmente se dispersaron. Las tres restantes están alineadas de forma casi perfecta, por lo que se cree que fueron así colocadas para coincidir con los movimientos lunares. La historia sobrenatural empezó a escucharse en 1721, cuando se dijo que fue el mismísimo Satanás quien tiró las piedras, que empezarían a ser conocidas como «Las Flechas del Diablo» (Devil’s Arrows). Una leyenda señala que al dar doce vueltas en contra de las agujas del reloj a una de ellas, se aparecerá el mismo Astuto en persona.

Los pantanos de los condenados

Cuentan que algo oscuro se cierne sobre Yeun Elez, en Bretaña, donde, según Olivier Le Carrer, los sortilegios de otros tiempos «se divierten confundiéndose con los de la actualidad». Ese río de los ángeles es el Elez, cuyo curso «seguían las criaturas aladas para ir a liberar las almas cautivas de los difuntos y abrirles las puertas del purgatorio». Se dice que antes de que el embalse sirviera para refrigerar, en los 60, la hoy desaparecida central de Brennilis, allí convergía una marisma sin fondo.

Los campesinos del Arrée vivían siempre con el alma en vilo esperando los chirridos de la carreta del Ankou, según Le Carrer, «el devoto servidor de la muerte que recorría los campos con su mell bennigt –mazo bendecido– para marcar a los siguientes ‘elegidos’». No era baladí que se encontraran inquietos: no sabían qué les aguardaba en el insondable youdig, considerado la puerta del mismo Infierno; otra de tantas…

Marcas y huellas del Diablo

Dispersas por el mundo, existen huellas y señales que se atribuyen a la acción del Astuto. Aquí os dejamos algunas de las más sugerentes:

–La huella del Diablo en la catedral de Múnich. Cuenta la leyenda que cuando en el siglo XV le encargaron al arquitecto Jörg Von Halsbach construir la catedral de Múnich, éste hizo un pacto con el diablo. Al parecer, le propuso al Astuto que si no interfería en la construcción, él levantaría una catedral sin ventanas, y si no lo conseguía, como es de recibo, el maligno se quedaría con su alma. Veinte años después, cuando el templo estuvo terminado, el diablo, que no podía pisar suelo sagrado, se asomó a la puerta y no pudo ver ventana alguna –el ventanal del fondo estaba tapado por un gran retablo–. El rey de los infiernos, encolerizado, logró cruzar el umbral y plantó su huella en mitad del suelo de la catedral, una huella que hoy puede verse.

La huella del diablo en Santa Eulària (Ibiza). Cuenta el folclore local que un leñador huraño de nombre Pep cortaba troncos en el Puig d’en Ribes y un hombre extraño le preguntó si necesitaba ayuda; luego se puso a cortar árboles a una velocidad de vértigo. Pep recelaba de él, recelo que fue en aumento cuando a la hora del almuerzo el desaliñado visitante sacó un cuenco «lleno de lombrices, uñas, lagartijas, insectos y demás inmundicias que se llevaba a la boca»; y sus sospechas se vieron confirmadas cuando al volver al trabajo, Pep pudo ver de refilón cómo bajo las ropas del extraño sobresalía «una cola larga y afilada».

Era el mismo diablo. Como el leñador llevaba consigo un rosario, ahuyentó con él al maligno, que salió en estampida hacia la cima. Se levantó una capilla –Sa Creu d’en Ribes– en el mismo lugar en el que –aseguran– el huidizo diablo dejó su última huella.    

La Puerta del Infierno

Si quieres emprender el camino hacia el averno, obviando los riesgos que implica, puedes hacerlo, por ejemplo, en la República Checa, en la región de Okna, al norte de Bohemia. Allí se erige el misterioso Castillo de Houska, que, según la tradición local, habría sido erigido precisamente como «tapón»de una entrada al mismísimo infierno. La historia, que se remonta al siglo IX, contaba que en la roca sobre la que se yergue había una grieta por la que salían criaturas infernales «con aspecto mitad humano y mitad animal, que causaban daños a personas, animales y perjudicaban la cosecha». Con el paso de los años se logró taponar la grieta y sobre ella se erigió una capilla de estilo gótico. Fue en el siglo XIII, lo que convierte a Houska en una de las fortalezas más antiguas de Chequia.

El hecho de que las paredes estén siempre húmedas y cubiertas de líquenes, mientras las demás construcciones no sufren dichos problemas, despierta aún más dudas entre los lugareños. Desde hace siglos, las gentes de la zona están convencidas de que la misteriosa puerta que se abriría debajo del castillo conduce a otros mundos… e incluso a otros tiempos. Aunque las fortalezas se construían con una finalidad protectora, la mole pétrea de Houska se sitúa en un lugar desierto y sin acceso al agua. Una leyenda apunta que en el siglo XVI se concedió a un reo condenado a muerte la posibilidad de trocar su trágico destino por la libertad si se aventuraba en su interior y contaba lo que había visto. Una vez que le hicieron descender, comenzó a gritar, aterrado, que lo subieran, asegurando que prefería morir en el cadalso: aseguró que en el interior de la sima había escuchado unos gritos espeluznante, y que el ambiente estaba impregnado de un hedor insoportable. En el siglo XIX se extendió aún más la leyenda cuando el poeta romántico Karel Hynek Mácha decidió pernoctar en la sima.

Existen otras supuestas puertas al infierno diseminadas por todo el orbe: El Escorial (España); el Necromanteión (Éfira, Grecia, el cráter de Darvaza (Turkmenistán), Hierápolis (Pamukkale, Turquía). El Monte Osore (Japón) Suma y sigue… No sabemos cuál es el mejor atajo para llegar hasta allí. En otro post nos atreveremos a abrirlas.





La Marca del Maligno (2)

16 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Los objetos del maligno

Podríamos hablar de un «bestiario maldito» –los múltiples animales que se relacionaron de una u otra manera con el Innombrable– e incluso de Iglesias del Diablo como las que existen en Rumanía, conocida como Iglesias de madera de Maramures, concretamente en la Transilvania septentrional, tierra de no muertos y chupasangres, donde el maligno está representado de numerosas formas y muy presente, tanto, que parece más una antesala al infierno que la casa de Dios –eso sí, muy hermosa–.

También de carreteras malditas –la Ruta 666 en los EEUU; la «curva del Diablo» en Bolivia; la vía maldita que une Bremen y Bremerhaven en Alemania…–; de puentes del diablo –como el de Rakotzbrücke en Gablenz, Sajonia, aunque existen más de 50 repartidos por todo el mundo–, de ríos, cuevas… e incluso catedrales.

De todo, vamos, pero el espacio es, como siempre, limitado, incluso en un post. Existen además numerosos y variados objetos que se vinculan con el demonio, y uno de los más célebres se encuentra precisamente en España, se conoce como el «Sillón del Diablo», y hoy es una de las piezas más visitadas del Museo de Valladolid –en la sala 14–, pero en su día ocupó un espacio destacado en la Facultad de Medicina de la Universidad. Su leyenda se remonta a 1550, cuando se funda la primera cátedra española de anatomía y acude a la facultad un joven portugués de origen sefardí y de nombre Andrés de Proaza, de 22 años, y que mostraba un gran interés por la disección.

El sillón en cuestión no parece muy cómodo…

Pocos meses después se denunció la desaparición de un niño de nueve años y la alarma saltó cuando los vecinos de la calle Esgueva declararon que desde el sótano de la casa del estudiante salían gemidos, y extraños ruidos; además, a través del desagüe veían salir agua sanguinolenta. Cuando las autoridades acudieron al lugar, se hallaron con un escenario macabro: sobre una mesa de madera encontraron el cuerpo despedazado del pequeño, así como cadáveres de perros y gatos también diseccionados.

Durante su interrogatorio, que no debió ser lo que se dice suave, el estudiante confesó que tenía un pacto con el mismo diablo a través de una silla que estaba en su escritorio… Afirmó que aquella silla/sillón se la había dado un nigromante de Navarra al que salvó de la persecución llevada a cabo en 1527. Dijo que sentándose en él recibía “luces sobrenaturales para la curación de enfermedades”, pero añadió que quien se sentase sobre él tres veces y no fuera médico moriría. Condenado a morir en la hoguera, los muebles de Andrés fueron subastados, pero nadie los adquirió, debido a la fama nigromántica de su dueño.

Fachada del Palacio de Fabio Nelli (Valladolid)

Cuenta Saturnino Rivera Manescau en Tradiciones universitarias (Historias y fantasías), de 1948, que entonces fue colgado boca abajo en un rincón de la sacristía de la Capilla universitaria, fijado a la pared a considerable altura, para que nadie cometiera la imprudencia de sentarse de nuevo en él. ¿Y por qué? Pues porque la maldición acompañaba al objeto: tras la muerte de Andrés, un bedel encontró el sillón en un trastero y se sentó en él, muriendo tres días después. Lo mismo le sucedió al que lo sustituyó en su puesto.

Permanecería boca abajo hasta que fue derribado el antiguo edificio y el objeto pasó a formar parte de las colecciones del Museo Provincial en 1890. Según el antropólogo vallisoletano del CSIC Luis Díaz Viana, el sillón tiene mucho que ver con la leyenda de la Cueva de Salamanca donde, cuentan, el mismo Diablo impartió clases, también sentado en una silla…

En el siglo XIX era habitual colocar en los camposantos estadounidenses sillas talladas en piedra como decoración. Se las conocía como «sillas de luto». Con el tiempo, comenzaron a entrar en el imaginario colectivo como sillas del diablo o embrujadas, como la «silla del Diablo del Cementerio de Greenwood», en Decatur, (Georgia, Illinois); o la »Silla del Diablo del Cementerio de Kirksville» (Missouri), entre tantas otras.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales, 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la Iglesia católica–. Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

Pactar con el Diablo

También se conoce como pacto fáustico, desde que el maestro de las letras alemán Goethe escribiera su obra cumbre, Fausto, ambientándola en la Noche de Walpurgis en la cima del monte Brocken. Otros hablan de «contrato con el demonio», que en estos tiempos mercantilistas quizá sea más acertado. Referencia cultural extendida por todo Occidente –y en otros rincones, aunque bajo diferentes formas y nombres–, hoy está más de moda que nunca, gracias, en gran parte, al cine de terror.

Según el cristianismo, el pacto se establece entre una persona y Satanás o cualquier otro demonio a cambio de favores que acaban costando muy caros, desde la omnisciencia hasta la eterna juventud, riquezas, amores, poder… Aunque siempre hay algún espabilado que logra burlar al Astuto…

Aunque Fausto y su pacto con Mefistófeles son sin duda el referente cultural occidental moderno, lo cierto es que su principal antecesor en la mitología cristiana es el clérigo Teófilo, que, infeliz y desesperado al no poder promocionarse debido a su enemistad con un obispo, decidió vender su alma al maligno; no obstante, acabará siendo redimido por la Virgen María. Lo narra un tal Eutychianus en una versión griega del siglo VI.

Pacto con el Diablo de Christoph Haitzmann (1669)

En el siglo IX, y en pleno fervor persecutorio, un texto cristiano introduce a un judío como intermediador del pacto diabólico, citando por primera vez el «libelo de sangre» o «calumnias de sangre» contra el pueblo hebreo. En los años en que se redactaron los inefables «Martillos de Brujas», los pactos ocuparon un importante papel en la literatura demoníaca, así como las «marcas del diablo» hechas por éste sobre la piel de las acólitas de Satán.

El imaginario del aquelarre –con descripciones muy detalladas– contribuyó a extender una imagen del diablo como un ser despreciable, caníbal e infanticida, que practicaba el incesto, obseso de las orgías desenfrenadas y con un aspecto grotesco.

Según la creencia más extendida, el pacto podía ser oral o escrito. El primero se realizaba mediante invocaciones y conjuros. La intención era que no quedasen pruebas –al menos evidentes– de aquel soterrado y vil trato. El pacto escrito atraía al Astuto de la misma forma, mediante invocaciones y conjuros, pero incluía, según la literatura demonológica, un contrato firmado con la sangre del nigromante o de la víctima sacrificial. Los inquisidores afirmaban que aquellos que habían pactado con el diablo habían escrito su nombre el llamado Libro Rojo de Satán. Dichos «contratos» solían incluir las firmas de los demonios en forma de signos extraños y símbolos ocultistas; cada uno con su propio sello.

Algunos casos célebres de pactos con el diablo, o al menos de personas a las que se les colgó la etiqueta de negociar con Satanás para obtener provechos varios, una rúbrica en pro de conocimiento, amor, eterna juventud o inusitado poder, fueron el padre del blues-rock Robert Johnson; la leyenda sureña cuenta que una noche, en los años 20, Johnson esperó al diablo en la encrucijada de las autopistas 61 y 69, en Mississippi. Era medianoche y le vendió su alma a cambio de tocar como un dios, escena que inspiró a los hermanos Coen uno de los personajes de Oh, Brother!

Pero el instrumento favorito del maligno no es la guitarra eléctrica. Su instrumento por antonomasia –eso sí, también de cuerda– es el violín. De hecho, ya aparece en algunos tratados medievales con un grotesco aspecto, tocándolo y cautivando a sus acólitos. En los textos se afirmaba que aunque sabía tocar todos los instrumentos, tenía predilección por el violín, y que con él podía empujar a ciudades enteras a bailar su melodía.

De hecho, dos de los más famosos «pactos con el diablo» en el imaginario colectivo afectan a dos violinistas: el primer caso es el del compositor y violinista italiano del Barroco Giuseppe Tartini. Virtuoso músico, se haría mundialmente famoso por La Sonata para violín en Sol menor, que pasaría a la historia como El Trino del Diablo. La historia de esta pieza se inicia con un sueño; al parecer Tartini le contó al astrónomo francés Joseph Jérôme Lalande que cuando tenía 21 años soñó que el diablo se le apareció pidiéndole ser su sirviente; el músico desafió al maligno a tocar una melodía romántica con su violín para probar sus habilidades, y así humillarlo: el diablo tocó con tanto virtuosismo que Tartini –decía– se quedó casi sin respiración y despertó. Según la versión en primera persona del italiano que recogió Lalande en su Voyage d’un François en Italie… (1765-1766), tras despertar, «Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el Trino del Diablo, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece».

El segundo caso es aún más singular, y fue precisamente el del único música capaz de igualar e incluso superar a Tartini tocando dicho instrumento: el también italiano Niccolò Paganini. Llamado «el violinista diabólico», de aspecto pálido y cadavérico y sus contorsiones casi imposibles durante el repertorio, llevaron a decir que había firmado un contrato en el averno. Él mismo contribuiría a extender dicha leyenda, al acudir a todos los sitios dentro de un carruaje oscuro tirado por caballos negros al más puro estilo de Drácula; fama que se potenció cuando, a punto de morir, se negó a recibir la extremaunción y su hijo tuvo que guardar su cadáver en un sótano durante cinco años… Hoy se cree que lo que en realidad le sucedía al músico y compositor italiano es que padecía Síndrome de Marfan, lo que explicaría sus movimientos «sobrenaturales».

Personajes históricos reales a los que se acusó durante su juicio de realizar un pacto con el demonio –algo recogido en las actas procesales–, fueron, además de millares de «brujas», el que fuera lugarteniente de Juana de Arco y mariscal de Francia Gilles de Rais (1405-1440), más conocido como Barbazul, con una espeluznante carrera criminal a su espalda. Y el sacerdote, también francés, Urbain Grandier (1590-1634), al que se acusó del polémico caso de las endemoniadas de Loudun. Su «pacto», de hecho, aún se conserva: escrito en latín, aunque probablemente falsificado para acelerar su condena, se considera la primera prueba histórica de este tipo y sirvió para ordenar su ejecución en la hoguera.

El «pacto» que supuestamente firmó el señor Grandier

Hoy, por los mentideros de Internet, época de creepypastas, memes y multifakes, circulan historias de supuestos «pactos» que protagonizan personajes populares como Charles Baudelaire, Charles Manson, Madonna o el que fuera líder del mítico grupo pionero del heavy metal Black Sabbath, Ozzy Osbourne; y en tiempos más recientes, rostros famosos de la música juvenil como Justin Bieber, Katy Perry, Rihanna, Beyoncé, Lady Gaga, Jay Z y un largo etc. Cosas de la globalización: incluso el contrato diabólico se ha convertido en viral.

Han quedado ya muy lejos los tiempos en que a uno le acusaban de satanista o brujo y sufría todo tipo de calvarios hasta su muerte, pero la figura del diablo es tanto o más venerada –y temida– que en el pasado. Hoy, la Iglesia de Satán es religión oficial en varios estados, y grupos luciferinos tienen templos consagrados al Astuto en lugares como Colombia o Detroit, fuente continua de polémicos titulares. En Asia y África está muy extendida la creencia en distintos tipos de mal y la Iglesia católica realiza –afirman algunos teólogos– más exorcismos que nunca. Para más inri, el infinito universo de las RRSS, las webs y derivados está lleno de historias difíciles de verificar sobre el maligno. El diablo y derivados, aunque sea de cartón piedra o hecho a base de píxeles, sigue dejando su MARCA allá por donde pasa. Si se presenta ante vosotros, obligadle a caminar hacia atrás. La creencia popular afirma que no puede…





La Marca del Maligno (I)

13 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

Este post continuará… al capricho del Innombrable.