La Naranja Mecánica: 50 años de un clásico instantáneo

En julio de este año la controvertida y genial película dirigida por Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, cumplió 50 años, momento en que se editaron varios libros conmemorativos. En «Dentro del Pandemónium» recordamos algunas de las anécdotas de su rodaje y la intrahistoria del original literario.

Óscar Herradón ©

Stanley Kubrick entró en contacto por primera vez con la novela La Naranja Mecánica a través de Terry Southern, co-guionista de Teléfono Rojo, ¿volamos hacia Moscú? (incomprensible título en castellano para Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Southern le envió una copia de A Clockwork Orange tiempo después del rodaje de la magistral parodia de la Guerra Fría. El texto distópico de Anthony Burgess, publicado en 1962, su irreverencia y su humor mordaz, sin embargo, no llamarán la atención del cineasta neoyorquino en un primer momento, precisamente porque su lenguaje plagado de jerga adolescente y suburbial rusa no le convenció.  Sin embargo, cuando fracasó su mastodóntico proyecto de adaptar la vida de Napoleón a la gran pantalla, volvió a fijarse en el contenido de la novela y, según  confesó, cambió de opinión al considerar al protagonista, Alex DeLarge (interpretado por un Malcolm McDowell en estado de gracia que admitiría sufrir mucho durante el rodaje) «un personaje tipo Ricardo III».

Los problemas de tan vanguardista e insurgente cinta, preñada de violaciones, sexo, pornografía, violencia, todo ello sin un ápice de conmiseración con el espectador y una frialdad ajena a las emociones que hace las escenas si cabe más insoportables, comenzarían desde el momento de su estreno en cines. Sobre este punto, Pauline Kael puntualiza en El Cine de Stanley Kubrick, recientemente editado por Cult Books: «El truco de hacer que los atacados tengan rasgos menos humanos que los atacantes, para que el espectador no sienta empatía por ellos, es, creo, sintomático de una nueva actitud en el cine. Esta actitud niega la distinción moral».

Kubrick tuvo que retirarla de las salas de Inglaterra al sufrir amenazas de muerte y tras leer en la prensa acerca del apaleamiento de un mendigo en un suceso muy similar al realizado por los drugos en una de las secuencias más recordadas de la cinta. No permitiría su pase en salas de Reino Unido hasta su muerte, que tuvo lugar el 7 de marzo de 1999, a las puertas del nuevo milenio, violento y desbocado, que parecía vaticinar décadas atrás su legendaria película.

Túnel usado en el rodaje de La Naranja Mecánica.

Pero en su estreno, también se prohibió su pase en Estados Unidos: en el país de las barras y estrellas recibió la calificación X; luego Kubrick cortó 30 segundos y en 1973 fue reestrenada con una calificación R, que alude a «Restricted», en películas que no son aptas para menores de 17 años. También sufrió la censura en otros países, como Francia, Australia y la España del tardofranquismo que, aunque más aperturista que en décadas pasadas, no iba a transigir con una película tan «desafiante» al orden establecido.

Precisamente, en unos días está programado el estreno de un documental en el Festival de Cine de Valladolid (del 23 al 30 de octubre) que recuerda el tardío estreno en nuestro país de la visionaria cinta. Su título es La Naranja Prohibida y evoca su simple título original. Bueno, tan simple y tan inquietante: Burguess comentó en una ocasión que provenía de una expresión cockney (slang del sur de Londres): «as queer as a clockwork orange», cuyo significado es «tan raro como una naranja mecánica». El documental ha sido producido por TCM y dirigido por Pedro González Bermúdez, que lo presentará junto a un invitado de excepción, el propio Malcolm McDowell. Precisamente la película se estrenó en 1975 en la misma Seminci (concretamente en su 20ª gala), durante los días previos al fallecimiento de Franco.

Una novela rara… y visionaria

La historia de la novela es tanto o más impactante que el de la película. No fue precisamente un éxito de ventas: se lanzaron 6.000 copias en 1962 y a mediados de aquella década no había llegado ni a los 4.000 ejemplares vendidos. Aquel vocabulario creado ex profeso por el escritor, el «nadsat», no le hizo especial gracia a la crítica, como tampoco en un primer momento a Kubrick. Y lo más alucinante de todo: aquella novela distópica que muchos calificarían de «profética» nació de una tragedia personal. A Burgess le diagnosticaron un tumor cerebral tras derrumbarse mientras daba clase en un aula de Brunéi, en la isla de Borneo, en el Sudeste Asiático. El diagnóstico: a lo sumo, uno de dos años de vida.

Burgess

Ello provocó en él la necesidad de escribir de forma compulsiva antes de que la enfermedad le impidiera continuar; fruto de lo cual, junto a una ingente cantidad de producción literaria por la que casi nadie le recuerda, nació una extraña novela breve en la que plasmaba esa vivencia personal junto a otras no menos traumáticas como la violación de su mujer, Lynne, en Londres, por soldados desertores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial que le provocó un aborto y que sería el germen de la violación grupal de los drugos a la mujer del escritor en una de las secuencias más impactantes de la historia del cine. A todo ello, el autor le sumó la impresión que le dio, tras su exilio como docente en las colonias británicas, una Inglaterra profundamente cambiada, invadida por los ritmos pop (que impregnarían la estética de su adaptación cinematográfica), las drogas de diseño y las bandas juveniles violentas, captando así, como pocas obras, el espíritu de su tiempo.

En relación con Kubrick, el hombre cuya decisión de adaptar su cuasi desconocida novela le cambió la vida (y esto no siempre sucede para bien), Burgess sentenció que el cineasta neoyorquino llevó a cabo una «reelaboración radical de mi propia novela, no una mera interpretación». No obstante, para el novelista Kubrick había llevado a cabo «una película tecnológicamente brillante, reflexiva, poética, reveladora». Un clásico de culto instantáneo que se rodó hace medio siglo y no ha perdido un ápice de actualidad.  

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Cult Books publicó hace unos meses un fantástico libro que recorre con magníficos textos de diversos especialistas la filmografía del director neoyorquino, y, claro, dedica un sorprendente capítulo a La Naranja Mecánica. Desde su primer largometraje, Fear and Desire, hasta el último, Eyes Wide Shut, estrenado póstumamente, Stanley Kubrick se esforzó en sondear los rincones oscuros de la conciencia humana. Al hacerlo, adaptó novelas tan populares como ‘Lolita’, ‘La naranja mecánica’ y ‘El resplandor’, y seleccionó una amplia variedad de géneros para sus películas: film noir (El beso del asesino; Atraco perfecto), cine bélico (Senderos de gloria; La chaqueta metálica), comedia negra (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú), ciencia ficción (2001: Una odisea del espacio)

A lo largo de medio siglo de carrera, Kubrick produjo algunas de las imágenes cinematográficas más evocadoras de la historia del cine. Formado como reportero fotográfico, su control personal de la técnica era apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y neurótico. Atraco perfecto deslumbró por su sabia construcción unanimista y acronológica. 2001 fue el primer filme en el que las estrellas no eran los actores, sino los efectos especiales. Barry Lyndon se rodó enteramente con luz natural, o de velas, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por Thackeray. Y El resplandor ha pasado a la historia por su utilización virtuosa del steadycam en los pasillos de un castillo y de un laberinto vegetal. Desde la primera secuencia de El beso del asesino hasta los últimos fotogramas de Eyes Wide Shut, impresiona el magistral estilo visual de sus películas, sus escenas de tomas fijas, hipnotizantes y fascinantes.

Analizados en conjunto, los textos de Michel Ciment, Roger Ebert, Pauline Kael, Stanley Kauffmann, Dave Kehr, Jonathan Rosenbaum, John Simon y Alexander Walker, entre otros autores, constituyen una lúcida mirada a la visión que tenía el gran director de un universo físico y moral en constante transformación, y aportan profundidad y complejidad a la interpretación de la notable obra de Stanley Kubrick.

He aquí el enlace para adquirir este documentado trabajo repleto de fotografías en La Casa del Libro:

https://www.casadellibro.com/libro-el-cine-de-stanley-kubrick/9788412253870/11932260?gclid=Cj0KCQjwnoqLBhD4ARIsAL5JedKjtT3rXKPmL6MHSQCpV8_g91nOTQy7PvrR3HK_e1nWBPgiMAQcWP4aAiIDEALw_wcB

Y Notorious Ediciones ha publicado recientemente nada menos que el libro del 50 aniversario de esta joya del celuloide. Un volumen editado con mimo (como todo su catálogo) que hace honor a tan insigne título. En un precioso tomo profusamente ilustrado a color y blanco y negro, tres prestigiosos autores (Jesús Antonio López, Jesús Palacios y Jaime Vicente Echagüe) abordan los diferentes aspectos del film. Imprescindible para fans y drogalépticos.

He aquí el enlace de su página web:

Ghost Money: 20 años del 11-S

Aquel día cambió la historia. Fue, para muchos, el detonante del siglo XXI, el inicio de la era contemporánea. Un inicio sangriento, trágico, brutal. Todos los que teníamos ya una edad lo llevamos grabado a fuego en nuestras mentes. Hoy, dos décadas después, continúan muchas preguntas en el aire sobre cuál fue el verdadero detonante para que se cometiera tal acto de salvajismo… y lo que vendría después, esa «Guerra contra el Terror» preñada de errores cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Siempre corrió el rumor de que los terroristas habían hecho una fortuna especulando en bolsa antes del impacto de los aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Con esta hipótesis especula una de las grandes novelas gráficas de los últimos tiempos: Ghost Money («Dinero Fantasma»).

Óscar Herradón ©

Hoy se cumplen 20 años de los atentados del 11-S. Recuerdo que aquel día ya lejano de septiembre estaba en la facultad de Ciencias de la Información, en aquellos pasillos en los que pasé las horas muertas en los asientos de hormigón fumando y soñando, para realizar un examen de recuperación de una de las piedras en el zapato del primer año de licenciatura, Economía. Alguien vino y dijo que acababa de estrellarse un avión contra las Torres Gemelas. Entonces casi nadie, o muy pocos, acudían a internet como fuente de información. No había redes sociales (sí, parece increíble, pero no las había), ni el móvil que llevábamos en el bolsillo (en mi caso desde hacía solo un par de años), salvo excepciones, se conectaba a la red. Tampoco había WhatsApp. Parecía la Edad Media –a efectos tecnológicos–, solo que fue hace veinte años. A veces se echa de menos la desconexión de aquellos tiempos.

(Source: Wikipedia)

Uno de esos días que jamás se olvidan, como tampoco lo que sucedería tres años después en nuestro propio país, en nuestros barrios, el 11 de marzo, imágenes terribles que cobran más viveza con el juicio por los atentados de París en 2015, que se celebra estos días en la ciudad de la luz que oscureció el fanatismo, y por ese veinte centenario del ataque sin piedad al corazón de Estados Unidos y, en parte, a la propia sociedad occidental y sus valores –sean éstos buenos o condenables–.

Pues bien, sobre aquel día, lo que sucedió antes y lo que vino después, se ha escrito de todo, se ha especulado mucho y se continuará hablando dentro de cien años, si el mundo azotado por el cambio climático, los extremismos y las guerras, resiste y nuestra civilización también. Al margen de los claroscuros de la Administración Bush, que fueron muchos, algunos jamás aclarados, y de las teorías de la conspiración de que se trató de un atentado «hecho en casa» (o de falsa bandera) para justificar una guerra contra los países ricos en petróleo, continúa siendo un misterio qué pasó con el dinero que Al-Qaeda amasó aquel día nefasto. Según varias teorías (también con cierto tufillo conspiranoico, pero quién sabe), miembros del grupo terrorista especularon a la baja en la bolsa justo antes de que se produjeran los atentados en el World Trade Center y en el Pentágono. Aquella era una gran cantidad de dinero… y se le perdió la pista.

De esta premisa fascinante parte una de las novelas gráficas más reveladoras de los últimos años: Ghost Money, del historietista belga Thierry Smolderen, publicada recientemente en España por Norma Editorial en una edición que corta el aliento, un volumen autoconclusivo en gran formato y a todo color. Partiendo de la hipótesis de la especulación en bolsa, lo que permitió a los terroristas hacerse con una cantidad dineraria increíble que supuestamente serviría para financiar el terrorismo internacional, se muestra un tapiz de la sociedad estadounidense de las últimas décadas y una crítica –no precisamente velada– de cómo la democracia está en peligro no solo por los radicales, sino tambén por el uso ilegal del espionaje por parte de los gobiernos, algo que confirmarían las revelaciones de Edward Snowden. A partir de ahí uno se pregunta: ¿qué sucedió realmente con el dinero del 11-S, si es que existió?

Geopolítica y espionaje cibernético

Smolderen parte de los trágicos atentados para imaginar una historia (por suerte ficticia, al menos en la mayor parte de su trama) en la que se dan la mano emires poetas, oscuros agentes de inteligencia, veteranos pederastas y corporaciones turbias de gran poder, una historia distópica ambientada en un futuro no muy lejano: Londres en 2028. En medio de una manifestación, se produce un atentado y mientras la gente sale despavorida (imágenes que vuelven a traer nefastos recuerdos), una desconocida salva in extremis a la joven Lindsey. Su nombre es Chamza, una multimillonaria excéntrica que viaja en un jet suborbital cuyo padre es nada menos que un dictador de un lejano país asiático.

Pero su fortuna tiene un origen turbio, extraño (y que no proviene del progenitor) que la propia Chamza desconoce. Además, está profundamente enamorada nada menos que del «Emir de las Luces», un rebelde con vocación de poeta y al que Occidente acusa de ser el líder del terrorismo internacional tras la muerte de su padre. ¿Y cuál es el país de nacimiento este personaje? Pues nada menos que Afganistán, el mismo enclave montañoso que tras veinte años de ocupación norteamericana ha sido objeto de una constante atención mediática por la salida del país de las tropas estadounidenses y de la OTAN y el regreso al poder de los talibanes que en su día estuvieron comandados por Bin Laden (entrenado por la CIA, por cierto); las imágenes del aeropuerto de Kabul nos sobrecogieron a todos durante días.

Una de las principales críticas a la gestión de Joe Biden… ¿qué sentido ha tenido estar 20 años en el país, con miles de muertos en tropas, asistentes y traductores, además de la población autóctona, para ahora volver a dejarlo en manos de estos individuos? Para muchos estadounidenses, ha sido la peor afrenta a la memoria de las víctimas del World Trade Center.

En el Postfacio, Smolderen cuenta que terminó la novela en 2008, justo antes de la crisis económica que desangró al país y a medio mundo y de la elección de Obama, tras la que para él fue la época liderada «por el peor presidente que los Estados Unidos habían conocido». No imaginaba entonces que acabaría ocupando el Ala Oeste de la Casa Blanca el magnate populista y provocador Donald Trump. Una América aún peor, y mucho más polarizada.

En definitiva, una novela gráfica vertiginosa (en ritmo), con un guion sólido, violento, y muy directa (por supuesto, no apta para un público menor de edad) que muestra muchas de las miserias de la modernidad: el avance tecnológico utilizado para la guerra a distancia, el Big Data para la financiación del terrorismo, una red de inteligencia artificial que controla la economía bautizada Black Cloud y que recuerda a algunas desarrolladas por la inteligencia estadounidense pero mucho más extrema (y que aventuraba los peligros del Big Data y el uso de algoritmos para el espionaje, transhumanismo y cíborgs, las contradicciones de la globalización o el individualismo feroz de los países ricos.

Una obra maestra que podéis adquirir en el siguiente enlace por 40 euros muy bien invertidos:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/ghostmoney

Capitán Harlock, un héroe renacido

Ahora que el manga y el anime viven la que probablemente sea la época más dorada –y rentable– de estos géneros seminales de Japón, revitalizar los títulos clásicos (algunos injustamente olvidados por las nuevas generaciones) es tarea obligada para editoriales y productoras. Es lo que ha hecho LetraBlanka Editorial con el capitán Harlock, un pirata del espacio muy particular.

Óscar Herradón ©

En 1970, de la prodigiosa mente de Leiji Matsumoto nacía el legendario manga Capitán Harlock, que fue serializado en la revista Play Comic y recopilado en cinco tomos. Su protagonista, un héroe rebelde de ecos románticos (que en parte bebe del Corto Maltés de Hugo Pratt) que surca el Cosmos como proscrito a bordo de su nave Arcadia, sería mundialmente célebre por su adaptación televisiva, emitida de 1978 a 1979, en una época en que brillaron con luz propia otras sagas maestras del género como Mazinger Z o Capitán Futuro.

Aunque el manga había terminado de forma abrupta, sin un final cerrado, como pasa (y odiamos) con algunas series catódicas que no consiguen el respaldo y la cuota de pantalla necesarias para seguir adelante, Matsumoto trabajó como consejero para el estudio que llevó a cabo la adaptación al anime, sugiriendo un final completo que la serie televisiva sí tendría frente a la historia en papel.

Et in Arcadia Ego

Al igual que la Odiseus de Ulises 31 o El Cometa del Capitán Futuro, la nave del capitán Harlock era uno de los elementos más característicos de la serie. El diseño de la Arcadia, a medio camino entre un buque acorazado y un barco pirata (en el frontal se apreciaba una inquietante calavera con sus tibias, el emblema clásico de los filibusteros), es uno de los elementos más logrados de la producción, pues contribuía a extender el aura misteriosa que per se ya tenía el protagonista. Un estilo (estilizado y elegante) que sería ampliamente imitado en el anime y manga contemporáneos.

En 1982, se estrenaba la película de animación El Capitán Harlock en la Arcadia, que sirvió como precuela y mostraba la razón por la que el protagonista lucía, como un bucanero del cosmos, un parche en el ojo. Al largo le seguiría una serie de 22 episodios: Endless Orbit SSX. En 2002 se lanzó una nueva serie anime de 13 capítulos y la película de animación 3D bajo el simple título de Capitán Harlock, que tuvo buena acogida general y llegaría a ser elogiada por el mismísimo James Cameron, cabeza pensante tras Terminator, Titanic o Avatar.

Sus admiradores estamos de suerte. Hace unos meses, LetraBlanka Editorial lanzaba dos alucinantes volúmenes (de tres) en tapa dura sobre el personaje: Capitán Harlock. «Memorias de la Arcadia», que ya recomendamos en la sección de novedades de la revista Año/Cero-Enigmas. La nueva adaptación al cómic es obra del francés Jérôme Alquién, eso sí, con la máxima fidelidad al original, pues lo ha hecho bajo la supervisión y aprobación de Leiji Matsumoto.

A bordo de la Arcadia, Harlock recorre el espacio y desde la nave protege a la Tierra de la amenaza de las Mazon, una raza alienígena que se vio obligada a abandonar su planeta natal y ahora pretende instalarse en el nuestro aniquilando a la raza humana.

Es una obra directa (va al grano) y colorida, en este sentido diferente al manga original, en blanco y negro y de 400 páginas, lo que permitía a Matsumoto detenerse mucho más en el complejo mundo interior de los personajes. Sin embargo, también en estos volúmenes, una adaptación al lenguaje occidental llena de acción sin pausa, hay espacio para la introspección, elemento muy importante en la obra seminal, con más de 50 años de existencia.

Un magnífico complemento del original que fusiona acertadamente el anime con la historieta franco-belga (Bande dessinée), y es que Alquié sabe lo que se hace, un fanartista (como se autodefine) mundialmente conocido por su corto de la Saga de Hades (Saint Seiya) y quien, según confesó a Anime News Network, dibujará un manga de la serie conocida en nuestro país como Los Caballeros del Zodíaco (referente de la infancia de quien esto suscribe con cierto aire nostálgico).

Un tomo dibujado por él mismo y guionizado por Arnaud Dollen que, al igual que sucede con la adaptación de Capitán Harlock, goza del permiso de los creadores originales: ha sido autorizado por Akita Shoten y supervisado por Masami Kurumada. El lanzamiento está previsto para 2022, y mientras, esperamos también con ansia la publicación del tercer volumen de Harlock de la mano de LetraBlanka. ¡No tardéis compañeros!

He aquí el enlace para adquirir los dos volúmenes publicados (y el booktrailer con el que se os hará la boca agua –avisados quedáis–):