La odisea británica de Rudolf Hess

El 10 de mayo de 1941 uno de los hombres más poderosos del régimen nazi, Rudolf Hess, emprendió un misterioso vuelo de Alemania a Gran Bretaña. Durante más de sesenta años la verdad oficial sobre lo sucedido apunta a que el vice-führer simplemente estaba loco, pero detrás de aquel extraño periplo existía todo un entramado de conversaciones secretas, operaciones de espionaje y reuniones al más alto nivel con un objetivo bien definido y muy distinto al creído hasta ahora.

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El protagonista de nuestra historia acaba ría convirtiéndose, por capricho del destino, en la mano derecha de uno de los hombres más terribles y poderosos del período de Entreguerras y por ende del siglo XX, Adolf Hitler. Rudolf Hess conoció al Führer en los tiempos en los que éste comenzó a dar sus primeros y exaltados discursos antisemitas para el DAP –el partido nazi– en la cervecería Hofbräukeller, allá por el año 1922. Compartía con éste el odio al comunismo, a los judíos y a los demócratas de Weimar, a los que consideraba responsables de la rendición de Alemania, la otrora gran Alemania, en la Gran Guerra. En aquel terrible conflicto fue herido de gravedad, obteniendo, al igual que su futuro camarada, la Cruz de Hierro por su valentía en combate, convirtiéndose en un excelente piloto. Pero, ¿quién era aquel hombre de pobladas cejas, ancha frente, mirada ausente y discreta inteligencia que acabaría contaminando su mente con una ideología destructiva y cargada de odio, base de uno de los mayores genocidios que ha conocido la humanidad?

Apuntes biográficos

Hess había nacido en Alejandría, Egipto, el 26 de abril de 1894, hijo del estricto Fritz Hess, típico alemán disciplinado a la vieja usanza. Para facilitar a Rudolf una sólida educación en 1908 la familia Hess salió de la colonia británica rumbo a Alemania, donde el primogénito ingresó en el Internado Juvenil –Jugendinternat– de Bad Godesberg. Más tarde rechazó el plan que tenía su progenitor para él de que se convirtiera en comerciante y en 1914, cuando estalló la Gran Guerra, se escapó para alistars como voluntario al ejército alemán, sirviendo en el XVI Regimiento de Infantería, que sufrió terribles pérdidas y en el que coincidió con Adolf Hitler, aunque entonces no se conocieron. Hess fue ascendido a subteniente y, tras ser herido dos veces, se convirtió en piloto de las fuerzas aéreas alemanas en 1918, lo que le permitiría mucho después realizar sus planes. Rudolf era un joven fanático en busca de un ideal, una causa por la que luchar. Tras la decepcionante derrota de su país en la guerra, se matriculó como estudiante de economía en la Universidad de Munich, donde asistió a clases y conferencias del antropólogo Karl Haushofer.

Rudolf Hess en 1930
Rudolf Hess en 1930

Los primeros años y la familia Haushofer

Karl Haushofer, un imperialista de la vieja guardia, se había convertido en un experto en el Asia meridional y oriental y estaba convencido de que la lucha de una nación para sobrevivir consistía en una competencia por la posesión de mayor espacio vital –Lebensraum-. Doctorado en filosofía, se había graduado con honores en geografía, geología e historia, y creó en 1919 la nueva ciencia de la “geopolítica”, el estudio de la geografía política vista por el Estado alemán, convirtiéndose en 1921 en profesor de esta disciplina. Sus teorías raciales causarían una gran impresión en Hess y después en Hitler, quien las aplicaría en parte a su política.

Un joven Hess con su mentor, Karl Haushofer
Un joven Hess con su mentor, Karl Haushofer

En 1920 Rudolf Hess oyó hablar por primera vez de Adolf Hitler y lo consideró como el posible “salvador” de la desolada Alemania, ahogada por las reparaciones de guerra del Tratado de Versalles, y se afilió al partido nazi. El 8 de noviembre de 1923, estuvo implicado en el fracasado golpe de Estado conocido como “putsch de la cervecería”. Rudolf se encontraba en Baviera con varios rehenes –miembros del gabinete bávaro- cuando le llegó la noticia del fracaso del putsch y se refugió en la residencia que el doctor Karl poseía en Munich durante varias semanas y éste le ayudó después a huir a Austria, algo que el joven nazi jamás olvidaría, protegiendo a la familia Haushofer en los años duros de la política racial nazi, ya que la esposa de Karl, Martha Mayer-Doss, era medio judía.

Tras el fracasado golpe Hitler fue sentenciado a cinco años de cárcel en la prisión de Landsberg, de los que sólo cumpliría nueve meses. Hess regresó de Austria y también fue arrestado y condenado a una sentencia leve en la misma prisión en la que el futuro dictador había comenzado a dictar a Evil Maurice Mein Kampf; Rudolf suplantaría a Maurice como secretario personal de Hitler y mecanografió su obra. Karl Haushofer, que consideraba a Hess “mi alumno favorito”, realizó varias visitas a Landsberg, donde pudo conversar con el mismo Adolf, transmitiéndole parte de sus ideas sobre el “espacio vital”: Alemania debía extenderse por el Este a través de las estepas y llanuras rusas; teorías que el futuro dictador no tardaría en apropiarse y añadir en Mein Kampf.

Un ascenso vertiginoso

Rudolf Hess pronto se convirtió en la mano derecha del líder nazi y durante la década de los 20 y principios de los 30 recaudó fondos para el Partido y el 15 de diciembre de 1932 Hitler le ordenó hacerse cargo de la comisión nacional del Partido y cuatro meses más tarde le nombró “mi delegado, con poderes para tomar decisiones en mi nombre en todas las cuestiones relacionadas con la dirección del Partido”.

Hitler en la prisión de Landsberg
Hitler en la prisión de Landsberg

En 1934 Hess estableció la Volksdeutsche Rat, un Consejo para alemanes que residían fuera del Reich, colaborando estrechamente con su antiguo profesor, Karl, que fue nombrado presidente. No obstante, a pesar de su enorme influencia y de su colaboración en episodios cruciales del nazismo, Hess fue el más retraído de los dirigentes nazis –algunos afirman que ello se debía a su afición al misticismo y al ocultismo-, por ello, la imagen que presentaba a la opinión pública era menos sanguinaria que la de otras figuras como Himmler, Göering o Goebbels. Durante mucho tiempo permaneció en estrecho contacto con Karl Haushofer, y así es como conoció a Albrecht, su hijo mayor, un estudioso del campo de la política exterior.

Albrecht, una de las personalidades más fascinantes y misteriosas del Reich, en palabras de J. Douglas-Hamilton, ejerció una enorme influencia sobre el lugarteniente de Hitler y en los futuros y extraños planes que acabaría trazando en el futuro. Albrecht, desencantado también con el Tratado de Versalles y la penosa situación de Alemania, consideraba a Francia la enemiga declarada de su país y sentía una gran atracción hacia Inglaterra, con la que deseaba una estrecha cooperación, el país al que acabaría mirando Hess para su gesta, sin duda por influencia directa del Haushofer.

Según Albrecht, la cooperación con Reino Unido era esencial y cualquier tipo de guerra en Europa inadmisible, pues en una contienda a gran escala no podía haber, a su juicio, ningún vencedor. Alemania, por tanto, debía lograr sus objetivos por medios pacíficos. Aquella idea calaría hondo en la mente del segundo en importancia de la élite nazi.

Agente doble

Albrecht Haushofer deseaba convertirse en una especie de conspirador en la sombra, que mostrase una forma de pensar abiertamente acorde con Hess y los nazis para obtener de ellos información que podría ser muy valiosa en el futuro. Aunque Albrecht no era bien visto por personajes como Goebbels o Heydrich, sin duda por su ascendencia judía, contaba con la ayuda incondicional de Hess, y bajo su influencia pudo realizar importantes viajes al extranjero que le servirían como toma de contacto para sus “planes” de paz que finalmente adoptaría el viceführer: viajaría a Japón, los Estados Unidos y varias veces a su amada Inglaterra. En 1933 recibió la oferta de un puesto oficial en Alemania como conferenciante de geopolítica en la Escuela Superior de Política de Berlín a través de su amigo nazi y su influencia era cada vez mayor en el estrecho círculo de la élite del Partido. Acabó convirtiéndose en el consejero personal de Rudolf Hess y en 1934 fue introducido por éste en el Dienststelle Ribbentrop, una oficina de asuntos exteriores nazi, trabajando a las órdenes de Von Ribbentrop y de Hess, aceptando misiones diplomáticas secretas, por lo que muchos le consideraban la “eminencia gris” de Hess y Hitler; sin embargo, comenzó un peligroso doble juego al entablar contacto con la resistencia alemana que pretendía derrocar al Führer, entre otras con la organización en la sombra conocida como “Sociedad de los Miércoles”.

Albrecht Haushofer
Albrecht Haushofer

Su misión más importante estaría relacionada con Inglaterra y las negociaciones de paz. A finales de los años 30 tuvieron lugar varios intentos entre Alemania e Inglaterra, conversaciones que durante décadas han permanecido archivadas como “Alto Secreto” y que no dieron resultado debido a varios altercados, como el llamado “incidente de Venlo” –ver recuadro–. Ahora era Albrecht quien más involucrado estaría en esas negociaciones al más alto nivel, debido a las amistades que poseía entre los círculos más selectos de Londres.

Los primeros contactos tendrían lugar en agosto de 1936 cuando un grupo de miembros del Parlamento británico viajó a Berlín con motivo de las Olimpiadas celebradas por el Tercer Reich, entre ellos un tal lord Clydesdale, más tarde duque de Hamilton, curiosamente el personaje con el que pretendía entrevistarse Hess tras volar a Inglaterra en 1941, como veremos. Durante los Juegos, el viceführer se entrevistó con uno de los parlamentarios ingleses, Kenneth Lindsay, que quería saber lo que el nazi había querido decir al alfirmar que “el rey Eduardo VIII era el único capaz de mantener la paz en Europa”. Sin duda esta importante figura inglesa –ver recuadro– estaría involucrada en las negociaciones secretas de paz, pero su influencia no sería ni mucho menos la que le atribuían Hess y Haushofer.

Los duques de Windsor con Adolf Hitler
Los duques de Windsor con Adolf Hitler

El 23 de enero de 1937, Clydesdale se encontró con Albrecht en Munich y éste le condujo a casa de su padre, Karl, que impresionó al lord inglés. Poco tiempo después de su regreso a Londres, Clydesdale escribió a Albrecht Haushofer señalando que había dado su nombre al Real Instituto de Asuntos Internacionales para que le invitaran a discutir sobre la posición económica de Alemania. Su acercamiento a las instituciones y dirigentes británicos era cada vez más efectiva. El destino, no obstante, no le depararía nada bueno.

Espionaje británico

Mucho se ha especulado sobre las verdaderas intenciones de Rudolf Hess a la hora de realizar una hazaña que permanece entre los grandes “sinsentidos” de la Segunda Guerra Mundial. Todavía hoy existen posturas enfrentadas entre los historiadores sobre su papel en las negociaciones de paz y el papel de Hitler en todo este entramado. Aunque el Führer se apresuraría a afirmar oficialmente que su lugarteniente estaba loco, lo cierto es que investigaciones recientes apuntan a que el viceführer sabía lo que hacía y que si se metió en la boca del lobo fue por el engaño de los Servicios de Espionaje ingleses, que le hicieron creer que el Foreign Office pretendía la paz cuando sus intenciones parece ser que eran precisamente todo lo contrario.

Hess era un excelente piloto
Hess era un excelente piloto

Sea como fuere, Hess estaba convencido de que su jefe jamás abriría una guerra en dos frentes –Rusia e Inglaterra– y en este sentido se equivocó de lleno, lo que le llevó a su propia ruina y descrédito y muy probablemente al comienzo del fin del nazismo. La noche del sábado 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess, a bordo de un avión modelo Me-110 –ver recuadro– pertrechado con depósitos de combustible adicionales, puso rumbo a las islas británicas.

En su día, Albrecht había propuesto como intermediarios entre ambos gobiernos al “”más íntimo de mis amigos ingleses: el duque de Hamilton, que tiene acceso en todo momento a todas las personas importantes de Londres, incluso a Churchill y el rey”. Esa era la persona con la que pretendía reunirse Hess en Reino Unido, quien no conocía al viceführer, contrariamente a lo que durante décadas se ha mantenido como verdad oficial.

La operación fue llevada a cabo por el SO1 británico –Special Operations 1–, un departamento del Servicio de Inteligencia cuya existencia era tan secreta que muy poca gente llegó a conocer su existencia y que se dedicaba al arte de la guerra psicológica. Ésta fue conocida como la “Operación Señores HHHH” –Hitler, Hess, Karl y Albrecht Haushofer– fue planeada y realizada por un grupo de hombres muy selectos y conocida por muy pocos, incluso en el Foreign Office y tenía como objetivo parece ser que forzar a Hitler a atacar Rusia, haciéndole creer que en Inglaterra y los Estados Unidos existían importantes sectores que preferían una paz con Alemania, una alianza para destruir al enemigo común: el comunismo. La idea del Gobierno británico y por tanto la de Churchill era, por el contrario, buscar aliados, cuanto más poderosos mejor, para derrotar al nazismo. La opción de la paz había sido descartada y eso era algo que ni Albrecht ni Hess sabían cuando éste emprendió su vuelo. Era una forma de ganar tiempo y el SO1 utilizó a los Haushofer para llegar hasta la cúpula del nazismo. Tenían acceso al viceführer, y a través de él a Hitler.

Sir Winston Churchill en Downing Street
Sir Winston Churchill en Downing Street

En octubre de 1940 Rudolf Hess le explicó a Ernst Bohle, director de la Auslandorganisation, que quería discutir una “misión de alto secreto” de la que nadie, ni siquiera su familia, podía saber nada. Entre 1940 y la primavera de 1941 realizó varios vuelos que a día de hoy nadie sabe a ciencia cierta a dónde le llevaron –investigadores como Martin Allen creen que voló a Suiza para reunirse de forma secreta con Samuel Hoare, embajador británico en España y uno de los hombres fuertes de la conspiración de los servicios secretos–.. Por otra parte, la influencia de Hess sobre Hitler había sufrido un importante declive en los últimos años y quizá aquel vuelo fue también un último intento del viceführer de mostrar su lealtad incondicional y su espíritu de sacrificio al dictador alemán.

El sábado 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess se puso el uniforme de oberleutnant de la Luftwaffe –la fuerza aérea alemana–, se dirigió a Augsburgo, donde se hizo con el Me-110–, dejó una carta para Hitler a su ayudante y emprendió su hazaña.

Voló sobre el norte de Alemania, en línea recta hacia el Mar del Norte y las islas Farne, en dirección a Dungavel House, la residencia del duque de Hamilton en Lanarkshire. Mientras volaba hacia el Oeste fue interceptado por dos Hurricanes, pero consiguió esquivarlos. Después identificó lo que creyó que era la mansión citada, y aunque un Defiant de la R.A.F. fue enviado en su busca desde Prestwick, Hess pilotaba uno de los aviones más rápidos del mundo. Se preparó para lanzarse en paracaídas aunque no le fue fácil salir del Me-110; sólo pudo hacerlo situando el aparato boca abajo. Cayó en una granja en Engleshan, Escocia, torciéndose un tobillo. Fue encontrado por el granjero David McLean, quien le llevó a su casa. Pronto llegaron las autoridades y, considerándolo prisionero de guerra y conducido a los cuarteles de Maryhill, en Glasgow.

Restos del Messerschmidtt BF-110E pilotado por Hess
Restos del Messerschmidtt BF-110E pilotado por Hess

Se había identificado como “oberleutnant Alfred Horn” y pidió ver al duque de Hamilton. El 11 de mayo de 1941, Clydesdale, ahora lord administrador, llegó junto con un oficial interrogador de la R.A.F. a los cuarteles de Maryhill. Primero examinaron los efectos personales del prisionero: una cámara Leica, un mapa, medicamentos, fotos de familia y las tarjetas de visita de Karl y Albrecht Haushofer. Ante Hamilton Hess desveló su verdadera identidad, afirmando que había aterrizado en “misión de humanidad y que el Führer no deseaba derrotar a Inglaterra, sino suspender el combate”. Al contrario de lo que Hess creyó, ni Hamilton le esperaba en Inglaterra ni Churchill estaba dispuesto a sellar la paz. Sin embargo, tenían en su poder al viceführer nazi, algo verdaderamente positivo para los Servicios de Inteligencia y Propaganda. Pero se optó por guardar absoluto silencio.

Cuando Hitler abrió la carta de Hess contándole sus planes montó en cólera. Rudolf había escrito: “Mi Führer, cuando reciba usted esta carta, yo ya estaré en Inglaterra. Ya puede usted imaginarse que la decisión de dar este paso no ha sido fácil para mí […]”. Continuaba afirmando que estaba convencido de que Hitler deseaba todavía un arreglo anglo-germano. Y continuaba diciendo al Führer que si algo salía mal “diga usted que estoy loco”. Fue precisamente lo que hizo el líder ante el pueblo alemán para justificar aquel plan del que quizá él tenía pleno conocimiento…

No obstante, aquel arriesgado vuelo no podía ser beneficioso ni para Alemania ni para Reino Unido: Hitler temía que la moral de sus tropas se viniera abajo si mientras arengaba a las mismas a continuar la lucha creían que negociaba con los ingleses; por su parte, Churchill creía que los norteamericanos podrían considerar que negociaban a sus espaldas con los nazis y les ocultaban información, perdiendo un aliado vital para ganar el conflicto.

Sea cual fuera la verdad de un episodio tan increíble como cierto llevado a cabo inexplicablemente por un hombre con un inconmesurable poder cuando Alemania obtenía victorias en todos los frentes, el Gobierno inglés decidió guardar silencio. Hitler por su parte temía que Hess revelara al enemigo los planes nazis de un ataque a Rusia, pero aún así el Führer decidió llevar a cabo su gran ofensiva hacia el Este. La “Operación Barbarroja” abría un segundo frente alemán, algo que Hess jamás creyó que sucedería. Las operaciones de espionaje ingleses habían sido todo un éxito: al hacer creer a los nazis que Reino Unido quería la paz, éstos decidieron emprender la lucha hacia el Este, un lugar de continuar la conquista hacia Oriente, hacia Turquía, pudiéndose hacer con los yacimientos de petróleo de los que dependía Inglaterra, desabasteciendo al ejército de Churchill.

Orquestando la "Operación Barbarroja"
Orquestando la "Operación Barbarroja"

Ahora Inglaterra podía continuar la ofensiva contra Alemania. La “operación Señores HHHH”, que ha permanecido como Alto Secreto durante décadas, tuvo un papel muy importante en la victoria final aliada.

El «enajenado» Hess y el desdichado Hauschofer

Cuando Adolf Hitler supo a través de las emisoras británicas que su lugarteniente estaba en manos aliadas por su decisión propia, las SS y la Gestapo emprendieron la detención de todos aquellos que habían mantenido una estrecha relación con Hess. Reinhard Heydrich encargó unos informes que revelaron que el viceführer había estado consultando a astrólogos, médicos naturistas y antroposofistas y un gran número de ellos fue encarcelado, mientras Karl Haushofer era colocado bajo custodia y Albrecht llamado por el Führer para que le diera una explicación.

Reinhard Heydrich
Reinhard Heydrich

Oficialmente, el Partido nazi declaró que una carta que Rudolf dejó tras de sí indicaba una afección mental que justificaba el temor de que había sido víctima de alucinaciones y que emprendió el vuelo sin el conocimiento de nadie. Hess, eterno idealista y enfermo, había sufrido una “visión” mesiánica y tratado de salvar al Imperio Británico de la inevitable destrucción que le aguardaba. Sin embargo, en sus interrogatorios al oficial nazi, el duque de Hamilton no observó signo alguno de locura, a pesar de que por sus argumentaciones le parecía un hombre “fanático y estúpido”.

Los nazis continuaban afirmando que Hess estaba enajenado e insistían en sus relaciones con organizaciones de tipo espiritual y sus vínculos con el ocultismo. Goebbels, ministro de propaganda alemán, declaró que el viceführer había visitado astrólogos y místicos y que había ingerido extrañas pociones antes del nacimiento de su hijo. Después de su nacimiento, danzó de forma similar a como se hacía en las celebraciones de natalicios de los indios norteamericanos, y todo gauleiter –líder de Zona– tuvo que enviar un receptáculo que contuviese tierra alemana a Hess, tierra que fue colocada debajo de la cuna, de modo que su hijo empezara su vida, en sentido simbólico, sobre tierra germana.

Es cierto que Rudolf Hess había pertenecido a la organización secreta conocida como Orden de Thule y que era un apasionado de las teorías teosóficas de Madame Blavatsky, pero otros nazis como Himmler e incluso Hitler tenían también fuertes vínculos con el ocultismo, lo que echa por tierra las explicaciones de la élite nazi. Hess viajó a Inglaterra por una causa mucho más mundana pero no por ello menos noble que había sido orquestado por los Servicios Secretos ingleses a través de Albrecht Haushofer, que sería finalmente el cabeza de turco de esta compleja trama.

Emblema de la Sociedad Secreta Thule
Emblema de la Sociedad Secreta Thule

El experto en asuntos exteriores no tardaría en caer en desgracia, considerado el artífice del vuelo de Hess, semijudío y traidor tras conocerse sus vínculos con grupos de la resistencia. Fue encerrado en la prisión de la Gestapo de Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín, para ser interrogado por el gruppenführer de las SS Müller, mano derecha de Himmler. Heydrich también estaba convencido de que Albrecht era un traidor potencial y Ribbentrop le odiaba todavía más. Es extraño que no fuera ejecutado al instante, pero lo cierto es que la madeja de la conspiración estaba todavía más enredada de lo que parecía…

Himmler, el intento de paz y la caída

Si algo evitó que Albrecht Haushofer fuera ejecutado de inmediato por las SS fue el interés que Heinrich Himmler, según recoge J. Douglas-Hamilton en la obra Rudolf Hess. Misión sin retorno, en mantenerlo vivo para lograr sus pretensiones de sellar la paz con Inglaterra a espaldas del Führer e incluso, al parecer, desbancar a éste del poder. Fuera cual fuese la verdad, que quizá nunca sabremos, lo cierto es que tras varias operaciones encubiertas este “plan” secreto tampoco pudo llevarse a cabo. Cuando Albrecht dejó de serle útil al reichsführer, en septiembre de 1944, intentó escapar, refugiándose en los Alpes bávaros, en casa de una tal señora Zahler. El 7 de diciembre, tres agentes de la Gestapo le localizaron y fue conducido a la prisión de Moabit, en Berlín y más tarde trasladado a la prisión de la Gestapo, en Prinz-Albrecht-Strasse. A mediados de abril de 1945, cuando los rusos habían cercado Berlín y estaba clara la derrota alemana, agentes de la Gestapo y la R.S.H.A. –Oficina Central de Seguridad del Reich– destruyeron todos los archivos que comprometían a Müller, entre ellos las notas tomadas durante los interrogatorios a Albrecht Haushofer.

Prinz-Albrecht-Strasse
Prinz-Albrecht-Strasse

La noche del 21 de abril, Albrecht, junto a otros quince prisioneros, fue sacado de la prisión y fusilado. Meses después, el 11 de marzo de 1946, con una Alemania en ruinas mucho más decadente que aquella que debía aceptar las presiones del Tratado de Versalles, el profesor Karl Haushofer y su mujer Martha se internaron en el bosque, a un kilómetro de su cabaña, tomaron veneno y la mujer se ahorcó. El profesor, incapaz de seguirla, soportó los dolores del veneno hasta la muerte. Sus cuerpos fueron hallados al día siguiente por Heinz, el hijo menor. La tragedia se había consumado.

Nuremberg, la prisión y la muerte

Tras la guerra, Rudolf Hess fue conducido a Nuremberg para ser juzgado como criminal de guerra nazi. Durante un tiempo fingió no recordar nada e incluso no conocer a sus antiguos camaradas –entre ellos Göering y Ribbentrop–. Engañó a los psiquiatras, que adujeron un trastorno mental, pero finalmente admitió estar completamente cuerdo e insistió en su voluntad de proseguir el proceso. No se arrepentía de ninguna de las atrocidades que los nazis habían cometido, por lo que considerarle un “héroe” por su hazaña, como reivindican algunos sectores ultraderechistas, es sin duda una falacia, como se desprende de sus propias palabras en el juicio: “Durante muchos años de mi vida, me fue dado trabajar a las órdenes del hombre más grande que mi país ha producido en su milenaria historia. […] No me arrepiento de nada”.

Hess bromea con Göring en Nuremberg
Hess bromea con Göring en Nuremberg

El tribunal de Nuremberg declaró al antiguo lugarteniente de Hitler culpable de haber hecho preparativos para la guerra y de haber conspirado contra la paz. Fue conducido al presidio de Spandau, en Berlín y condenado a cadena perpetua. Desde 1966 hasta su muerte fue el único prisionero de Spandau, vigilado por hasta 200 hombres, y murió el 17 de agosto de 1987, a los 93 años de edad, en extrañas circunstancias. El informe oficial de la autopsia indica que se suicidó mediante estrangulamiento, aunque se acusó a los servicios secretos británicos de haberle asesinado para evitar su puesta en libertad. Quizá de esta forma se llevaba un secreto incómodo con él a la tumba.

Lejos quedaban los intentos de Albrecht Haushofer de negociar la paz, aunque todavía hoy existen documentos clasificados como secretos en relación al extraño viaje de Hess y a las operaciones de Inteligencia vinculadas al mismo.

Albrecht, que fue una de las víctimas de la locura de aquella guerra que trató de evitar por todos los medios y que fue asesinado sin ningún tipo de escrúpulo por sus verdugos, nos dejó un desgarrador testimonio de la barbarie del nazismo y la guerra, los Sonetos de Moabit, el mejor y más conmovedor punto y final a este gran secreto de la Segunda Guerra Mundial que tanto tiempo permaneció silenciado: “Hay épocas en las que la locura domina la tierra, y es entonces, cuando los mejores son ahorcados”.

Óscar Herradón

Texto publicado originalmente en la revista ENIGMAS

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Hollywood: Operación «Caza de Brujas»

A finales de los años 40 tuvo lugar en Hollywood (EEUU) una persecución implacable contra todo aquel personaje del mundo del celuloide sospechoso de estar vinculado con el comunismo. Aquel triste episodio de la crónica estadounidense pasó a llamarse la caza de brujas, y supuso el fin de muchas y prometedoras carreras cinematográficas, además de un ataque directo contra los derechos civiles y la libertad de expresión…

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En los años 30 del pasado siglo Hollywood resplandecía como pocos lugares del planeta y toda la vorágine humana que lo habitaba –guionistas, actores, directores, buscadores de gloria, cazatalentos, magnates, vividores…– campaba a sus anchas por una ciudad, la“otra Babilonia”, en la que aparentemente todo estaba permitido. Nadie pensaba que en pleno período de Entreguerras, con el gobierno liberal relativamente “de izquierdas” de Roosevelt y su New Deal,un ataque de tal magnitud a la libertad de expresión y de asociación iba a sucederse en esa ciudad que reflejaba como ninguna el ansiado sueño americano.

La gran caza de brujas hollywoodiense tuvo lugar entre los años 1947 y 1956, pero empezó a atisbarse mucho antes y se dejó sentir, aunque de forma más sutil, mucho tiempo después. El auge de los movimientos fascistas en Europa, unido al crack del 29 que arruinó a la mayoría de los americanos, fueron el caldo de cultivo idóneo para un acercamiento de amplios sectores de la sociedad estadounidense a las ideologías de izquierda y el comunismo.

El Comité de la Primera Enmienda en plena protesta
El Comité de la Primera Enmienda en plena protesta

En 1932 un presidente demócrata, Franklin Delano Roosevelt, alcanzaba el sillón presidencial de los EEUU, el mismo año en el que Hollywood sufría un importante varapalo económico que provocó que la patronal de los grandes estudios redujera los salarios de los guionistas nada menos que un 50%.

Debido a estas medidas, fue fundado el sindicato Screenwriters Guild –SGW–, controlado por cineastas de tendencias ideológicas de izquierda, entre otras organizaciones progresistas. En los años siguientes, varias iniciativas de la Administración Roosevelt, como la creación de puestos eventuales de escritores y artistas en paro o la fundación del Federal Theatre, que dio trabajo a unas 17.000 personas –centro de reunión de guionistas, actores y realizadores–, unido al desorbitado auge del sindicalismo,comenzaron a ser vistas como una amenaza entre la derecha. No obstante, el compromiso político de amplios sectores llevó a que se crearan organizaciones que luchaban contra la amenaza fascista europea, como el American Committee for Spanish Freedom, que se creó para ayudar ala República Española, inmersa en la Guerra Civil o la Hollywood Anti-Nazi League, que agrupaba a miembros de distintas ideologías, desde izquierdistas a reaccionarios de derechas –como Clark Gable o John Ford–. Estas y otras tantas instituciones serían años más tarde denunciadas por ser “controladas por los rojos” y servir de tapadera para las actividades llevadas a cabo por el Partido Comunista americano. Una tercera victoria consecutiva de Roosevelt en 1940 tendría como consecuencia un giro radical a la derecha no sólo de los enemigos declarados del New Deal,sino también de miembros del Partido Demócrata, el mismo año que se creaba en Hollywood la Motion Picture Alliance forthe Preservation of American Idealls, una organización de corte ultraderechista que aglutinaba en sus filas a personajes como Gary Cooper, John Ford o Robert Taylor.

Gary Cooper ante la HUAC
Gary Cooper ante la HUAC

Comienza la caza

La verdadera amenaza para los derechos civiles se produjo en 1938, con la creación formal de la Comisión de Actividades Antiamericanas –House Un-American Activities Committee, más conocida por sus siglas HUAC–, por la Cámara de Representantes estadounidense y que entonces era conocida como Comisión Dies, pues su presidente era el congresista texano Martin Dies. Ya entonces la Comisión comenzó a presionar al Consejo de Estado para que investigara si algunas organizaciones violaban las leyes federales, como el Partido Comunista de EEUU o el Bund Germanoamericano. Dichas organizaciones fueron investigadas por el FBI que dirigía entonces J. Edgar Hoover, declarado enemigo del comunismo desde 1919, año en el que sentenció que “el fascismo ha crecido siempre en las ciénagas del comunismo”.

Sería la industria cinematográfica la que sufriría un mayor acoso por parte de la Comisión Dies, hasta el punto de que el antisemita y fascista Edward F. Sullivan llegaría a denunciar a mediados de los años 30 que “todas las fases de actividades radicales y comunistas florecen en los estudios de Hollywood”. En 1940, mientras era aprobada la ley Smitch Act, que prohibía la enseñanza de las doctrinas de Marx y Lenin en toda la nación, la Comisión enviaba 22 convocatorias a varios personajes del celuloide, obligados a comparecer, entre los que se encontraban Humphrey Bogart y el mejor gángster que ha dado la pantalla grande: James Cagney.

Joseph McCarthy, el gran inquisidor
Joseph McCarthy, el gran inquisidor

Sin embargo, el acoso al comunismo sufrió un paréntesis con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y muchos de los grandes realizadores americanos, como John Ford, Frank Capra o William Wyler trabajaron para el Ejército en la lucha contra el nazismo, mientras actores, guionistas y otros profesionales de la industria repartían panfletos,organizaban mítines y convocaban manifestaciones en repulsa de la amenaza totalitaria proveniente de Europa. Sin embargo, a partir de 1945 y una vez acabado el conflicto, los viejos fantasmas de la derecha más reaccionaria, nunca dormidos, se despertaron y la Comisión volvió a organizarse mientras la persecución a los “amigos” del comunismo comenzaba a convertirse en una asunto de auténtica histeria en todo el territorio norteamericano. Aunque hacía tiempo que estaban siendo violados los derechos civiles de los americanos. En 1940, el Congreso de EEUU había aprobado la llamada Ley Voorhis, que obligaba a las organizaciones con fiscalización extranjera a inscribirse en un registro federal, mientras que la Ley Hatch prohibía a los funcionarios federales ser miembros de alguna organización o partido que “persiguiera la destrucción de la forma constitucional de gobierno”, mientras el FBI continuaba confeccionando listas negras de sospechosos. El fanatismo comenzaba a apoderarse de amplios sectores sociales, fanatismo que alcanzaría su cénit con el estallido de la Guerra Fría entre la Unión Soviética.

J. Edgar Hoover en "acción". Sobran las palabras...
J. Edgar Hoover en "acción". Sobran las palabras...

A pesar de que el sillón presidencial era por aquel entonces ocupado por un presidente demócrata, Harry S. Truman, en 1946 las legislativas dieron la mayoría republicana a la Cámara de Representantes y al Senado, lo que forzó a que el presidente, en 1948, proclamara la llamada “doctrina Truman”, una auténtica declaración de guerra al movimiento comunista internacional consistente en aportar ayudas económicas a los países europeos “amenazados” por esta ideología. Truman mostraría sus verdaderas intenciones al promover el Programa de Lealtad de Empleados Federales, que investigaría la lealtad de miles de funcionarios a las instituciones nacionales, lo que convirtió en sospechosas a nada menos que 2.500.000 personas. Fue entonces cuando la organización sindical United Public Workers of America denunció este programa como una auténtica “caza de brujas”, caza que se extendió a los empleados de los contratistas que trabajaban para Defensa y que llevaría al fiscal general de EEUU, del partido republicano, H. Brownell Jr. a acusar al mismísimo presidente de “deslealtad”, aunque finalmente éste no compareció ante el Congreso.

La obsesión por el espionaje “comunista” llevó a que se abrieran diversos procesos contra sospechosos de simpatizar o ayudar a la potencia roja, como el que se llevó a cabo contra el respetable diplomático Alger Hiss; aunque el episodio más triste tuvo lugar en 1953, con la condena a muerte del matrimonio formado por Julius y Ethel Rosenberg, que fueron electrocutados en la silla eléctrica acusados de entregar secretos atómicos al vicecónsul soviético en Nueva York.

El matrimonio Rosenberg, chivos expiatorios.
El matrimonio Rosenberg, chivos expiatorios.

Dicha cruzada anticomunista era llevada a cabo de forma visceral y cuasi-paranoica por el senador –originario de Wisconsin– Joseph McCarthy, que se convertiría más tarde en presidente y organizador del temible Comité de Actividades Antiamericanas del Senado. Las leyes antidemocráticas comenzaron a ser algo habitual, y en 1947 fue aprobada la llamada Ley Taft-Hartley contra el derecho a huelga y la McCarran Internal Security Act, que obligaba al registro de todas aquellas personas consideradas subversivas, leyes a las que se opuso el mismo presidente Truman. No tardarían en trasladarse las sospechas de filocomunismo hacia el mundo del celuloide…

Hollywood en el punto de mira

Para investigar las supuestas actividades comunistas y subversivas en la Meca del cine, la HUAC contó en un principio, antes de la guerra, con los servicios del periodista católico Joseph B. Matthews, quet rabajaba para algunos periódicos de la cadena del magnate W. R. Hearst. Matthews, quien dejaría una huella imborrable en Joseph McCarthy –quien llegaría a considerarle su maestro– era un hombre violento, obsesionado con lo que para él no era sino una cruzada comunista contra América.

En 1945 la Comisión Dies, a punto de expirar su mandato, fue resucitada por John E. Rankin, que consiguió convertirla en permanente dentro de la Cámara de Representantes, pasando a presidirla él mismo y J. Parnell Thomas, un siniestro personaje obsesionado con su unilateral idea de patriotismo y “americanismo”. En marzo de 1947 la Comisión se dedicaría a investigar específicamente a los profesionales del cine. Entre sus miembros más representativos se encontraban, además del citado Parnell Thomas, el futuro y polémico presidente Richard Nixon y el diputado anticomunista, racista y antisemita John Rankin.

J. Parnell Thomas con el actor Robert Taylor
J. Parnell Thomas con el actor Robert Taylor

Dos meses después, en mayo, varios miembros de la Comisión se trasladarían a Hollywood y celebrarían una serie de reuniones, entonces secretas, en el Hotel Biltmore, con algunos de los grandes representantes de la industria, como Jack L. Warner, uno de los fundadores de los gigantescos estudios Warner Bros. Aunque nunca salieron a la luz aquellas conversaciones, lo cierto es que a partir de ese momento los miembros de la Comisión ya poseían listas de sospechosos y se abrieron los primeros expedientes.

El 23 de septiembre de 1947 fueron entregadas 41 citaciones a miembros de la industria cinematográfica. De entre todos, 19 tomaron la firme determinación de negarse a declarar ante una Comisión que consideraban antidemocrática y que vulneraba los derechos recogidos en la Constitución, formando a su vez un frente común para luchar contra su actuación, determinación a la que al parecer llegaron en una reunión celebrada en la casa del actor Edward G. Robinson. Fueron conocidos como los “19 testigos inamistosos” y entre ellos se encontraban Edward Dmytryck, Bertold Brecht, Lewis Milestone y Dalton Trumbo.

A su vez, los profesionales progresistas de Hollywood elevaron la voz contra el ataque ideológico y moral que suponían las investigaciones de la HUAC. Algunos realizadores, como John Huston, William Wyler o Philip Dunne ,se reunieron en septiembre de ese mismo año en el restaurante Lucey´s de Hollywood para promover la creación del llamado Comité de la Primera Enmienda, que utilizaba la prensa y la radio para condenar la política de caza de brujas e incluía a cuatro senadores y a casi quinientos intelectuales y profesionales del cine, entre los que destacaban Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Gregory Peck, Katherine Hepburn, Kirk Douglas, Henry Fonda, Vincent Price, Gene Kelly y David O´Selznik.

Los 19 testigos “inamistosos” viajaron a Washington acompañados de los miembros del Comité de la Primera Enmienda para declarar ante la Comisión inquisitorial. Los profesionales del cine parecían una auténtica piña, unida frente a tamaño ultraje contra la libertad de expresión, sin embargo, pasada la fiebre inicial, algunos de los miembros“demócratas” del grupo comenzaron a echarse atrás. Fue el caso del productor David O. Selznik, quien, quizá presionado por los altos cargos de la industria, comunicó al abogado Bartley Crum su renuncia a permanecer dentro del Comité de la Primera Enmienda. Poco después sería Humphrey Bogart quien diría que formar parte del Comité fue algo “realmente estúpido”… Tristes precedentes de lo que acabaría pasando poco después, con las delaciones de muchos de los imputados a sus compañeros.

Manifestación del Comité de la Primera Enmienda en Washington
Manifestación del Comité de la Primera Enmienda en Washington

Un circo mediático

El 20 de octubre de 1947 la Comisión de Actividades Antiamericanas inició sus sesiones en una sala en la que se hallaban presentes más de cien periodistas, cámaras y profesionales del cine. El espectáculo estaba servido… El primero en declarar fue el productor Jack L.Warner, quien acabó denunciando a una serie de guionistas a los que consideraba sospechosos de tratar de introducir en Hollywood la ideología comunista, borrando así las sospechas que se cernían sobre él e insistiendo varias veces en su probada con el sistema americano. Sus palabras sin embargo, no están exentas de cierto patetismo: “Algunos de estos guiones contienen réplicas, insinuaciones o dobles sentidos y cosas por el estilo, que habría que seguir ocho o diez cursos de jurisprudencia en Harvard para comprender qué cosa significan”. La acusación que vertió contra los hermanos Epstein, célebres por ganar un Oscar por el guión de Casablanca, en referencia a su guión de la película Animal Kingdom no tiene desperdicio: “está dirigido contra el sistema capitalista. Bueno, no exactamente, aunque el rico hace siempre el papel de malo”. Fue el primero de los “testigos amistosos” que declararon ante el Comité. Finalmente, dio los nombres de varios profesionales de los que sospechaba sus vinculaciones comunistas, entre ellos Albert Maltz, Dalton Trumbo y Guy Endore.

A Warner le siguió en el espectáculo circense otro magnate del cine: Louis B. Mayer, de la Metro-Goldwyn-Mayer, quien declaró su repulsa al comunismo y citó también algunos nombres, como los de Lester Cole o Donald O. Stewart, y de nuevo el de Dalton Trumbo. Otro “testigo amistoso” fue el actor Adolphe Menjou (Adiós a las armas), quien pronunció un alegato militarista y anunció su deseo de que los comunistas americanos fuesen “deportados a los desiertos de Texas para que los matasen los tejanos”.

El actor Adolphe Menjou apoyó la "Caza"
El actor Adolphe Menjou apoyó la "Caza"

El actor Adolphe Mejou aplaudio la "Caza"

Ronald Reagan, futuro presidente de la nación y entonces actor, denunció a su vez las “manipulaciones progresistas” que había sufrido el sindicato que presidía, el Screen Actors Guild, y felicitó a la HUAC, a sus ojos necesaria “para convertir América en algo tan puro como fuese posible”. Gary Cooper, por su parte, insistió en su patriotismo y en que había descubierto claras señales de “comunismo” en varios guiones, aunque no pudo aportar ningún ejemplo al no recordarlos, porque “leo la mayor parte de los guiones por la noche y si no me gustan no los acabo”.

Mientras las declaraciones de los “testigos amistosos” se realizaron en un clima de evidente distensión, rozando en ocasiones una patética comicidad, los testimonios de los “inamistosos” fueron acompañados de una dramatismo que sentaría las bases de una persecución implacable que duraría décadas. Entre el 27 y el 30 de octubre tenían que declarar los 19 testigos antes citados, aunque finalmente sólo lo harían diez, debido a la decisión de Parnell Thomas de aplazar indefinidamente la vista a causa probablemente de las múltiples presiones que recibió de los sectores progresistas y de los magnates del cine. Estos cabezas de turco acabarían pasando a la historia como “los diez de Hollywood” (The Hollywood Ten).

Los tristemente célebres "Diez de Hollywood"
Los tristemente célebres "Diez de Hollywood"

Entre ellos se encontraban el realizador Herbert J. Biberman, el guionista John Howard Lawson, el novelista Albert Matz, el guionista Ring Lardner Jr. y el ya citado Daltron Trumbo. La Comisión no permitió en la mayor parte de los casos que los sospechosos leyeran sus comunicados, y muchas carreras se vieron truncadas por aquel proceso que se erigió en un auténtico diálogo de sordos entre acusadores y acusados: Biberman tuvo que trabajar durante siete años para una empresa inmobiliaria con sede en California, y no volvió a dirigir una película hasta 1969. Lawson jamás volvió a escribir guiones y hubo de dedicarse a la enseñanza de teoría cinematográfica. Albert Matz, quien realizó una valiente declaración que arrancó numerosos aplausos en la sala: “me niego a ser investigado o intimidado por hombres para quienes el Ku Klux Klan es una institución americana aceptable”, tuvo que trabajar muchos años bajo pseudónimo, al igual que le sucedería a Trumbo, uno de los mejores guionistas que tenía Hollywood.

Muchos otros profesionales, en su mayoría inmigrantes, optarían por el camino del exilio, en unos casos voluntario y en otros obligado, como Bertold Brecht, Fritz Lang, Charles Chaplin o John Huston, quien renegaría incluso de su nacionalidad americana, adoptando la irlandesa.

Chaplin en 1940 en Nueva York
Chaplin en 1940 en Nueva York

Debido a que “los diez de Hollywood” optaron por acogerse a la Primera Enmienda, que protegía el secreto de la confesión religiosa y política, la libertad de palabra y de asociación, lo que finalmente provocó que en 1948 los testigos fueran acusados de desacato al «rehusar a declarar ante una Comisión debidamente constituida por el Congreso”, obligados a pagar una multa de 1.000 dólares –entonces mucho dinero- y a ingresar un año en la cárcel. Curiosamente, cuando Lester Cole y Ring Lardner Jr. ingresaron en la prisión de Danbury, en Connecticut, se encontraron entre los reclusos con el mismísimo J. Parnell Thomas, presidente de la HUAC, detenido por malversación de fondos tras ser acusado por el columnista Drew Pearson. Una curiosa ironía del destino que debió provocar que una inevitable sonrisa se dibujara en los rostros de los “blacklisted” –aquellos incluidos en las temibles listas negras de los grandes estudios-.

La “caza” se revitaliza

Sería durante los años más duros de la Guerra Fría cuando la gran caza de brujas se convirtiera en un episodio realmente dramático. A pesar del proceso llevado a cabo contra “los diez de Hollywood”, los capítulos más tristes estaban aún por escribirse, y la década de los 50 supondría un auténtica persecución contra la libertad y la integridad de los profesionales del cine, una progresiva radicalización anticomunista de la sociedad americana a la que contribuiría poderosamente la guerra de Corea (1950-1953), que provocó más de 33.000 bajas entre los soldados yankees.

Uno de los personajes que más avivó ese clima de exaltación, sospecha y delación fue el senador oriundo de Wisconsin Joseph McCarthy –no en vano la caza de brujas pasaría a la posteridad bajo la designación de “macarthismo”- que acabaría convirtiéndose en presidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, aunque contrariamente a lo que se cree nunca presidió el temible Comité de Actividades Antiamericanas –lo que no quiere decir que no promoviera sus investigaciones-.

McCarthy luchó con saña contra todo lo que oliera a “rojo” no sólo en el mundo del cine, sino en casi todos los ámbitos de la vida estatal e institucional y contra los medios de comunicación dejando la tarea de “limpiar” Hollywood a otras comisiones, como la comisión Wood, que fue la encargada de realizar la segunda oleada persecutoria contra la industria cinematográfica, instigada por grupos como la reaccionaria asociación “Defensa de los Ideales Americanos” –MPAPAI-, presidida por el director Sam Wood, entre otros, y la American Legión, una poderosa organización de veteranos de las Fuerzas Armadas fundada en 1919, convertida en importante grupo de presión y erigida en órgano parapolicial que confeccionaba listas de sospechosos de filocomunismo que entregaba al FBI y a la HUAC.

McCarthy durante una de las sesiones de la "Caza"
McCarthy durante una de las sesiones de la "Caza"

La nueva Comisión, presidida por John S. Wood, desarrolló sus actividades entre el 8 de marzo de 1951 y el 13 de noviembre de 1952, aunque continuó en activo hasta 1955. En un primer momento citó a declarar a más de un centenar de personas relacionadas con el Partido Comunista americano y el mundo del cine, entre ellos varios citados ya en el 47. Sin embargo, esta vez muchos de los que se enfrentaron con entereza al Comité la primera vez se derrumbaron en esta ocasión, quizá debido a la presión o porque, como se excusaría más tarde Dmytryck, “tenían una familia que alimentar”.

Lo cierto es que ante la Comisión Wood las delaciones se convirtieron en moneda común y los magnates de la industria mantuvieron esta vez una posición claramente favorable a las actividades inquisitoriales de la misma, por lo que todos aquellos testigos que se acogían a la Quinta Enmienda –según la cual ningún ciudadano puede ser obligado a declarar contra sí mismo­-, pasaban automáticamente a engrosar las listas negras –que nunca existieron oficialmente- de los productores y no volvían a encontrar trabajo. Según el productor y guionista Adrian Scott, esas listas llegaron a comprender los nombres de 214 artistas y técnicos de la Meca del cine, aunque no existe ni siquiera hoy un consenso entre los estudiosos.

Para burlar a las mismas, muchos guionistas utilizaron no sólo pseudónimos, sino las llamadas “tapaderas” –como narra la película The Front-, que no eran sino personas que ofrecían su físico para suplantar el de los verdaderos guionistas señalados, cuyos trabajos eran vendidos a los estudios por la mitad del dinero que les habría correspondido en situaciones normales.

Cartel de la pelicula "The Front"
Cartel de la película "The Front"

De los nuevos testigos que fueron llamados por la Comisión Wood a testificar, la mayoría se negó a colaborar, lo que provocó que muchas brillantes carreras cinematográficas se vieran truncadas. Un mes después de que el guionista Sidney Buchman –responsable de títulos como Caballero sin espada (1939)-, compareciera ante la Comisión, fue despedido por Howard Hughes de la RKO y ni siquiera pudo recoger sus objetos personales. Lillian Hellman, que nunca había estado afiliada al Partido Comunista, pagó caro el compartir su vida sentimental con Dashiell Hammet –que ingresó en prisión por desacato al Congreso-, y habría de renunciar a su carrera como guionista hasta 1966, cuando firmó el guión de La jauría humana, un magnífico filme que se erigió como alegato contra la violencia incontrolable y en ocasiones absurda de la colectividad.

Muchos otros profesionales, actricescomo Dorothy Comingore, Karen Morley o Anne Revere, desaparecieron prácticamente de las pantallas, al menos hasta el final de la década de los sesenta, cuando la fiebre anticomunista comenzó a perder parte de su fuerza en EEUU –aunque seguía estando muy presente-.

Otros profesionales del celuloide sufrirían en carne propia la caza de brujas macarthista de forma mucho más dramática, como el actor John Garfield, que se convirtió en la víctima más paradigmática de la persecución inquisitorial. Debido a su carácter inconformista y contestatario, este gran intérprete fue llamado por la Comisión en un par de ocasiones. La mañana que debía tomar un tren hacia Washington para comparecer por segunda vez ante Wood y compañía sufrió un infarto de miocardio que acabó con su vida, cuando contaba tan sólo 39 años y para muchos, entre ellos John Berry, su muerte no fue casual, sino consecuencia del acoso al que estaba siendo sometido en aquellos días.

El gran actor John Garfield, victima del voraz acoso
El gran actor John Garfield, víctima del voraz acoso

Otros profesionales murieron en plena investigación, probablemente debido a las fuertes presiones que sufrieron, como Philip Loeb, que acabó suicidándose -al igual que Madelyn Dmytryck, esposa del citado director- o Edward Bromberg. Sobre Loeb, la periodista de The New York Times Margaret Webster escribió que “había muerto por una enfermedad comúnmente llamada la lista negra”.

De soplones y chivos expiatorios

La presión de los grandes estudios y la amenaza de prisión hizo mella en muchos de los testigos, y el realizador Edward Dmytryk, que permanecía por aquel entonces en la prisión de Virginia Occidental por haberse negado a declarar en el 47, tras haber cumplido la mitad de su condena, llamó a su abogado, Bertley Crum y, alegando motivos patrióticosy familiares, se retractó de su anterior actuación. Reconoció haber formado parte del Partido Comunista y ofreció una lista de 26 militantes, única forma de escapar de las temibles listas negras. Aquella decisión lamentable aunque comprensible por la que optarían no pocos testigos dio pronto sus frutos, y unos meses después Dmytryk dirigía para la compañía King Brothers la película El motín del Caine, con el antaño miembro del Comité de la Primera Enmienda Humphrey Bogart como protagonista.

El guionista Martín Berkeley batió el récord en lo que a delaciones se refiere, y facilitó a la Comisión Wood el nombre de nada menos que 162 “comunistas”. Por aquel entonces otro guionista, Richard Collins, se superó a sí mismo, y siguiendo los pasos de Dmytryck y otros,dio varios nombres, entre ellos el de su propia esposa. La lista de delatores es bastante amplia, y las situaciones en ocasiones rozan el esperpento, esperpento que no obstante no puede dilapidar el drama que supuso para tantos hombres y mujeres la fiebre anticomunista.

Uno de los casos más tristes, además del de Elia Kazan,  el célebre dramaturgo y exquisito cineasta al que Hollywood nunca perdonó su traición, fue el de Robert Rossen, que tras haber soportado con estoicismo otras citaciones, se derrumbó ante una nueva Comisión, conocida como Velde –una subcomisión del Congreso que actuaría en Nueva York con carácter público entre mayo y junio de 1952-, donde reconoció haber aportado 40.000 dólares al Partido Comunista y delató a 57 antiguos compañeros.

El realizador Elia Kazan, que acabó denunciando a varios compañeros
El realizador Elia Kazan, que acabó denunciando a varios compañeros

No faltaron sin embargo, como en la primera ocasión, los testigos hostiles, y el actor Lionel Stander llegó a reconocerse ante los miembros de la Comisión Velde “más izquierdista que la izquierda”. Tras ella seguirían otras Comisiones bajo distinto nombre y en 1956 la célebre HUAC actuaría bajo la designación de Comisión Investigadora sobre el uso no autorizado de pasaportes, aunque la histeria anticomunista comenzaba a declinar, lo que no evitó que otras carreras cinematográficas fueran truncadas, como la de la actriz mexicana Rosario Revueltas, que protagonizó en 1953 la película del blacklisted Herbert J. Biberman La sal de la tierra, lo que provocó que no pudiera volver a trabajar en EEUU.

Lionel Stander demostró un gran valor ante la Comisión
Lionel Stander demostró un gran valor ante la Comisión

El relativo apaciguamiento de la Guerra Fría, la pérdida de poder de los republicanos frente a los demócratas o el surgimiento de grupos de minorías que reivindicaban sus derechos, unido a la necesidad de los grandes estudios por contratar de nuevo a todo un grupo de profesionales “señalado” en una época de crisis provocada por la aparición de la televisión, hizo que progresivamente a partir de los años 60 fueran desapareciendo las temidas listas negras, a pesar de que grupos derechistas como la MPAPAI o la American Legion siguieran ejerciendo una fuerte presión sobre Hollywood.

Ni siquiera el todopoderoso McCarthy pudo escapar a los caprichos del destino, y su insistencia en investigar las actividades“sospechosas” de los miembros de la Armada estadounidense le llevaron a ser censurado por el Senado en 1954, acusado de “conducta impropia de un miembro de la Cámara Alta”, por la forma en que había dirigido la Comisión. Acabó sus díase n un hospital, donde había ingresado por graves problemas de alcoholismo, aquejado de cirrosis y hepatitis, a los 48 años, abandonado por aquellos que un día siguieron sus fanáticas directrices.

La fábrica de sueños, que durante más de una década se convirtió en “fábrica de pesadillas” para un amplio sector de profesionales, volvía a recuperar su glamouroso esplendor, pero ya nada volvería a ser lo mismo. La gran hecatombe que sacudió los cimientos de la Meca del cine se haría sentir muchos años, y los rencores y las pasiones encontradas no se borrarían jamás de toda una generación de hombres y mujeres marcados por la intolerancia. Las palabras de Gregory Peck en 1947 acerca de las actividades de la HUAC son muy clarificadoras a este respecto, y sirven de forma ejemplar como colofón a una historia que nunca tendría que haber sucedido: “Hay muchas maneras de perder la propia libertad. Puede sernos arrancada por un acto tiránico, pero también puede escapársenos día tras día, insensiblemente, mientras estamos demasiado ocupados para poner atención, o demasiado perplejos, o demasiado asustados”.

Óscar Herradón

Texto publicado originalmente en la revista ENIGMAS.