Esclavos en la Europa del siglo XX

Espasa publica una historia única y en gran parte desconocida por el gran público de cómo las grandes potencias europeas reinstauraron la esclavitud en pleno siglo XX.

Óscar Herradón ©

El siglo XX fue sin duda uno de los más violentos de la historia. Aunque a lo largo de milenios los grandes imperios conquistaron a cuchillo –por la fuerza– a aquellos que acabarían siendo sus súbditos y convirtieron en esclavos a numerosos pueblos, la devastación y delirio violento del pasado siglo no tiene parangón –a pesar de que este siglo XXI que vivimos no sea precisamente un dechado de virtudes pacifistas, tal y como está ahora el panorama geopolítico–. A ello se debió la profunda polarización política y los extremismos ideológicos, y por supuesto la tecnología, esa que nos facilita tanto la vida pero que también hace que las armas sean mucho más devastadoras que las usadas siglos atrás (y eso sin hablar del armamento atómico, desarrollado precisamente en la Segunda Guerra Mundial, en Los Álamos, en el marco del ultrasecreto Proyecto Manhattan, pero también en otros lugares, incluida la Alemania nazi y la Unión Soviética).

Pues bien, tanta muerte y destrucción como trajo el siglo XX y sus dos guerras mundiales, tuvo también su reflejo en la opresión y la esclavitud, que es de lo que trata un minucioso ensayo recientemente publicado por Espasa y firmado por Michael Seidman, profesor de Historia en la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington, EE. UU.: Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945). Seidman es autor también del libro publicado en castellano por Alianza Editorial A ras de suelo: historia social de la República durante la Guerra Civil (2003).

Esclavos de la Revolución y de la Contrarrevolución

Group of men digging with pickaxes in snow while a guard watches
Imagen generada con la IA de WordPress.

En Europa, como en África y en Asia, la guerra dio impulso a la esclavitud y la esclavitud dio impulso a la guerra. La radicalización propia del periodo bélico favoreció la brutalización de la ética del trabajo. Regímenes muy distintos entre sí –tanto revolucionarios como contrarrevolucionarios– e incluso mutuamente hostiles, construyeron sus países e imperios fomentando diversas variantes de trabajo asalariado, forzado y esclavo. Estos Estados centralizadores coaccionaron directamente a cientos de miles de trabajadores, y, en algunos casos, a millones. Una autoridad estatal desbordada y decidida a crear o mantener imperios restableció la esclavitud y el trabajo forzoso por todo el continente europeo y sus colonias. La recuperación de la esclavitud por parte de regímenes de extrema izquierda y de extrema derecha se convirtió en una norma, con todo lo que ello conllevaba, «a costa de un ingente desperdicio de recursos humanos».

Trabajos forzados en el campo de Dachau.

Por supuesto, los campos nazis tienen en este asunto un papel capital, pero como señala el autor, buena parte de la literatura especializada en lengua inglesa se centró efectivamente en los campos de concentración y exterminio nazis, que estremecieron al mundo tras la caída alemana en 1945, dejando relativamente desatendidos el genocidio armenio y las experiencias italiana, española, francesa y soviética en aquellos aspectos que no fueron directamente genocidas. «La mayoría de los sistemas esclavistas no cometen genocidios ni aspiran a ellos , pero todos los genocidios –la forma más extrema de la nueva servidumbre característica de este periodo– incorporan la esclavitud», asegura Seidman.

Michael Seidman (Planeta).

En palabras del autor, «El genocidio, entendido como un proceso de sacrificio demográfico selectivo a gran escala dirigido a exterminar una etnia o una raza, produce el efecto perverso de convertir la esclavitud laboral en un privilegio para quienes sobreviven. La esclavitud laboral supone un robo de mano de obra; el genocidio, además, implica el saqueo de la propiedad y de las vidas de un grupo considerado peligroso y prescindible». Muy singular, por su salvajismo y gigantescas proporciones es el de los judíos bajo el Tercer Reich, pero hubo otros, no tan extremos, pero injustamente olvidados o relegados a una nota a pie de página por la historiografía.

La reinvención de la sumisión

Cadáveres de decenas de armenios en 1918.

El análisis de la reinvención de la esclavitud que desarrolla este revelador trabajo, rigurosamente documentado, se inicia con la Gran Guerra (después conocida como la Primera Guerra Mundial), un conflicto total en el que se recuperó el trabajo forzoso. Durante el siglo XIX, especialmente en América del Norte y Europa Occidental, tras un pasado terrible, tanto la esclavitud como otras formas feudales de relación laboral habían sido abolidas progresivamente y sustituidas por la mano de obra asalariada. Sin embargo, el estallido de la Gran Guerra en 1914 interrumpió esa tendencia hacia el trabajo «libre« y ante las exigencias de movilización propias de una guerra total, el liberalismo y el capitalismo de mercado quedaron relegados a favor del control y la dirección estatales de la economía.

Trabajadores forzosos en un campo franquista.

Aunque las naciones beligerantes afirmaban temer la «esclavitud» y la «barbarie» de sus enemigos, todas experimentaron con el uso de mano de obra forzada de grupos seleccionados por motivos políticos, religiosos y raciales. Fue un momento de reinvención de la servidumbre, en forma de esclavitud y trabajo forzado, en el continente europeo y de restablecimiento de la tortura y el asesinato en masa característico de sociedades esclavistas anteriores, que alcanzaría su máxima expresión de horror en la siguiente contienda global, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

¿Qué encontraremos en las páginas de este ensayo?

Prisioneros forzosos en el campo nazi de Sachsenhausen.

El libro comienza con la esclavitud y genocidio en el Imperio otomano, con la esclavización genocida de los armenios, y continua con la nueva esclavitud rusa, que abarca de 1914 hasta el neoesclavismo soviético durante la Segunda Guerra Mundial; dedica, como es lógico, varios capítulos al Tercer Reich y al esclavismo nazi durante la misma contienda («Esclavos y cautivos laborales en Alemania»; «La guerra y el trabajo según el nacionalsocialismo»; «Los esclavos sacrificados por el nazismo» y «La bestialización de los seres humanos», donde Seidman aborda con detalle y una asombrosa elocuencia incluso las estremecedoras mutilaciones médicas en los Lager); también el fascismo italiano, los campos de trabajos forzosos españoles o los campos de reclutamiento durante la posguerra, y también la esclavitud en el Imperio francés, para finalizar con el nuevo abolicionismo en la era de las guerras mundiales, así como la servidumbre en la URSS de la posguerra y la Guerra Fría en ciernes.

Alexandra Kolontái: la feminista revolucionaria

La editorial Crítica publica la crónica de una mujer excepcional, única y controvertida que luchó por la visibilidad de las mujeres y sus derechos en un tiempo y en un país –la vieja Rusia zarista que se asomaba al abismo de la revolución– en el que estos no eran precisamente una de las principales preocupaciones de una belicosa sociedad abierta a profundos cambios sociales e ideológicos. Una luchadora no exenta de sombras. Su título es Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa.

Óscar Herradón ©

De hecho, en relación con la población femenina, sucedía precisamente todo lo contrario, algo que por desgracia aún se mantiene en diversas sociedades bien entrado el siglo XXI: su opinión apenas era considerada, en la mayoría de países no podían votar, por supuesto no podían engrosar las filas de los ejércitos (algo que cambiaría con la Revolución Rusa, precisamente el movimiento en el que se haría un nombre nuestra protagonista), ni desafiar las normas de unas sociedades profundamente patriarcales y machistas.

Nacida en San Petersburgo en 1872, dos años antes de la citada Revolución Rusa Alexandra Kolontái estuvo en primera línea de los cruciales acontecimientos políticos de aquel convulso periodo que cambiaría el siglo XX: fue la primera mujer de la historia en estar al frente de un ministerio en el gobierno de una nación (el Sovnarkom, primer gobierno de Lenin). Y aunque se dejó cautivar en cuerpo y alma por el comunismo, en el que haría carrera, no era una hija del movimiento obrero, sino que pertenecía a una familia aristocrática.

Fue una abanderada de la libertad y la desobediencia desde muy joven. Desafiando a sus progenitores, se casó con el hombre al que ella había elegido, el ingeniero Vladímir Lúdgovich Kolóntai, del que conservaría toda su vida el apellido que la haría célebre a pesar de que se separaron pronto, cansada, según afirmó, del matrimonio, una vida que no era para ella (aunque se casaría nuevamente con el militar soviético Pável Dybenko). De aquella relación con Kolontái nacería su hijo Misha, este sí, el gran amor de su agitada vida.

Alexandra Kolontái en 1908.

Una profunda vocación revolucionaria

Alexandra experimentó una verdadera «redención» (no mística, sino política) cuando en 1896, en pleno zarismo, al visitar una enorme fábrica textil en Narva (hoy al noreste de Estonia, pero entonces perteneciente a la Gran Madre Rusia), donde su marido debía instalar un sistema de ventilación para los miles de obreros que se hacinaban en aquel maloliente espacio donde se mezclaba la pobreza con la servidumbre: supo que debía ponerse al servicio del proletariado, en defensa de los más débiles. Tenía 26 años cuando se separó de Vladímir y dejó a Misha al cuidado de sus abuelos para marcharse a Zúrich a estudiar en profundidad el pensamiento marxista.

Tras los eventos que tuvieron lugar el Domingo Sangriento o Domingo Rojo de 1905 –una despiadada matanza de manifestantes pacíficos perpetrada por la Guardia Imperial rusa–, Kolontái tomó partido por los mencheviques y su exultante oratoria dejaría atónitos a los obreros en las fábricas que visitaba con frecuencia. Entonces sería testigo de primera mano de la brutal represión del Ejército zarista y fue tempranamente perseguida por las autoridades rusas debido a sus artículos y a su actividad como agitadora. Por ello decidió huir a Europa, donde se fraguaría su leyenda a base de mítines y congresos y donde definió la posición ideológica que la caracterizaría de por vida: dar respuesta a los problemas de las mujeres obreras ante la indiferencia de sus compañeros de Partido, muy volcados con el derrocamiento del zarismo y la imposición de la dictadura del proletariado, pero a los que el feminismo y la igualdad entre sexos les traía sin cuidado –en muchos casos, incluso, estaban abiertamente en contra–.

Lenin

Alexandra defendía la causa de las mujeres junto a otras pioneras contemporáneas de izquierdas como las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin o la francesa Inessa Armard en un mundo accidentado que se resistía todavía al cambio pero que no podía frenarlo. Eso sí, en ocasiones a base de mucha sangre derramada. Tras el estallido de la Gran Guerra (como se conocería el conflicto europeo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1914, Kolontái participaría activamente junto a Lenin en la defensa del pacifismo realizando incontables giras. Como políglota, Alexandra se desenvolvía con fluidez en varios idiomas (inglés, francés, alemán, finlandés y por supuesto ruso) ante auditorios encandilados con sus arengas.

Después del estallido de la revolución en 1917, fue elegida miembro del Comité Ejecutivo de los Sóviets, convertida en portavoz del propio Lenin, por lo que la prensa la bautizaría como «Valkiria de la Revolución», aprovechando su posición para luchar a favor de las mujeres de los soldados y su precaria situación. Nombrada Comisaria de Asuntos Sociales en el Consejo de Comisarios del Pueblo, el citado Sovnarkom, su defensa de las mujeres y los niños la llevaría a tener numerosos encontronazos con otros miembros del partido (varones, claro) y finalmente a dimitir de su cargo, aunque durante la guerra civil rusa que enfrentaría a los bolcheviques y al Ejército blanco se pondría nuevamente a las órdenes de Lenin.

Jenotdel

Mientras tanto, se las apañó para organizar el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, semilla de lo que sería el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique de la Rusia Soviética (el Jenotdel), poniéndose al frente de su consejo editorial para promover la participación de las mujeres en la vida pública y mejorar su educación en pro de su empoderamiento, haciéndolas partícipes también de diversos proyectos sociales. Más tarde Kolontái dirigiría el Jenotdel y defendería con fervor el divorcio y el aborto, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo (algo inédito entonces) su plena libertad sexual, ganándose nuevamente enemistades en el Partido.

Una camarada incómoda

Desde el principio tuvo importantes encontronazos con Lenin. En 1922 Kolontái participó en la llamada Oposición Obrera, un grupo que acusó al mismo líder de la revolución de alejarse de la clase obrera y que se mostraba en contra de la llamada Nueva Política Económica impulsada por el gobierno, criticando que su gigantesca y enrevesada burocracia era ajena al movimiento obrero. Alexandra fue marginada y  atacada duramente durante los congresos del Partido, y en 1923 logró escapar in extremis de una oleada de detenciones gracias a la intermediación de Stalin, por el que conseguiría desempeñar una función en la misión diplomática soviética en Noruega.

Durante ese tiempo, sin embargo, no abandonó su credo político y mostró su fidelidad al Partido (que la había maltratado) y a la causa bolchevique en diversos países: Noruega, México y Suecia, siendo nombrada en 1924 embajadora de la URSS en Noruega y convirtiéndose, otro hito, en la primera mujer embajadora de la historia, sobreviviendo a las grandes purgas desatadas por Stalin y que condujeron al gulag o al paredón a sus antiguos compañeros de la Oposición Obrera, lo que sería motivo de controversia hasta el día de hoy: ¿cuál fue su verdadera relación con el «zar Rojo»?

Tumba de Alexandra Kolontái en el cementerio Novodévichy en Moscú.

Alexandra Kolontái moría el 9 de mayo de 1952 en Moscú, al día siguiente del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y a pesar de su papel fundamental en los momentos previos a la revolución, en el gobierno posterior, la guerra civil y los años duros del estalinismo, la cúpula soviética intentó borrarla de la historia del Partido: no se publicó ninguna necrológica oficial ni fue enterrada con honores, como merecía alguien de su categoría política, en el Kremlin. Stalin pasaba a mejor vida menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.

El impacto de Kolontái por estas latitudes

Con su fulgurante ascenso en el movimiento revolucionario internacional, no tardó en difundirse su obra por la España previa a la Segunda República y la Guerra Civil en un ambiente revolucionario que se extendía por toda Europa empujado por las victorias de los bolcheviques frente al Antiguo Régimen ruso. En 1928 se publicaba La bolchevique enamorada y en 1930 La juventud y la moral sexual, que gozaría de un notable éxito tras el establecimiento de la Segunda República y el auge de las organizaciones de corte revolucionario y feminista que clamaba por la emancipación de la mujer en una sociedad fuertemente «chapada a la antigua» (y no precisamente en beneficio del género femenino).

En 1931 se publicó La mujer nueva y la moral sexual y ya en plena Guerra Civil, en 1937, la Editorial Marxista publicaba en Barcelona El comunismo y la familia y el Secretariado Femenino del POUM (el Partido Obrero de Unificación Marxista que en Cataluña libraría una guerra abierta contra el comunismo estalinista), también en la ciudad condal, El amor y la moral sexual. Por supuesto, con el triunfo del bando sublevado y la instauración del franquismo, que duraría cuarenta largos años, la memoria de Kolóntai fue borrada y sus libros prohibidos en nuestro país hasta el año de la muerte del dictador, 1975, cuando se publicaron, y aún con el azote de una exhaustiva censura, varias de sus obras, que gozarían de un nuevo impulso tras la Transición y la recién nacida democracia.

d’Encausse

Kolontái fue acusada de blanquear a Stalin. Ahora, nos llega la que es probablemente la biografía definitiva de esta mujer arrolladora de la mano de la importante historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, que precisamente fallecía en agosto de este 2023 dejando un profundo vacío en la historiografía contemporánea. Como señala la autora, que no escatima en elogios a la revolucionaria rusa (pero también muestra sin titubeos sus sombras y las contradicciones del régimen soviético), Kolontái vivía con miedo a ser difamada y no criticó nunca al sanguinario dictador ruso, ese «hombre de hierro» que no fue precisamente fiel a la memoria de su antecesor Lenin –que había sido, paradójicamente, el político que lo había creado–, en pos del poder absoluto, ese que siempre ciega a los estadistas de todos los tiempos.

Lo demás es historia, recuperada con maestría y un pulso narrativo encomiable por la citada d’Encause, quien precisamente se hacía este año con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que fue entregado a título póstumo a esta mujer, quien fuera la primera en ocupar el cargo de «secretario perpetuo» de la Academia Francesa. Toda una pionera como la protagonista de su magnífica biografía.

He aquí el enlace para hacerse con el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-alexandra-kolontai/382869