Símbolos del poder regio

19 11 2020

Ahora que la monarquía parlamentaria no goza en España precisamente de su mejor momento, por las veleidades financieras –por ser suave– del Rey Emérito y parte de su entorno más cercano –será la Justicia, ciega, o no tanto, quien finalmente decida la implicación de cada uno en el mayor escándalo que azota la Zarzuela en cuarenta años–, recordamos en este post algunos de los símbolos del poder real –Iura regalia– y su significado ritual a lo largo de los siglos.

Óscar Herradón ©

Coronación de Felipe II de Francia (1179)

Durante la ceremonia de consagración, cuyo fin último era legitimar el poder real sobre la voluntad divina, el rey era investido con una serie de símbolos con los que ha sido representado –principalmente en Occidente- en la mayoría de retratos y otras obras de arte de índole propagandística y que indicaban su carácter supraterreno y su condición de máximo mandatario de la comunidad. Las insignias reales eran consideradas por sus portadores como auténticas armas iniciáticas, y su sola posesión confería el llamado poder regio.

La Corona

Además de servir como adorno para la cabeza que realzaba la figura de su portador, tenía –y sigue teniendo hoy en día– forma de círculo, símbolo de la perfección. El uso de la misma como distinción e incluso como importante símbolo funerario data de épocas remotas.  En la antigüedad se adornó la corona, generalmente de oro y piedras preciosas, con diferentes hojas de plantas como el rosal, la hiedra, el mirto, el roble o el olivo, cada una de ellas con un significado simbólico concreto.

Desde tiempos pretéritos estuvo asociada también al culto solar, y no olvidemos que muchos de los reyes que gobernaban Occidente durante la Edad Media y Moderna hicieron del astro rey, el Sol, su símbolo personal. Eran los conocidos como monarcas de estirpe solar, caso por ejemplo de Luis XIV de Francia, cuyo sobrenombre, Rey Sol, no deja lugar a dudas, o de otros personajes como Rodolfo II o Federico II de Hohenstaufen, reyes muy vinculados al universo oculto y hermético.

En la Antigua Grecia, los vencedores de los juegos olímpicos eran obsequiados con una corona de laurel, que estaba también relacionado con el citado culto solar y que fue recuperado como símbolo de la victoria por los emperadores romanos –la conocida como «corona cívica», triunfal de oro y con hojas de laurel, era la máxima expresión, el símbolo más elevado del poder humano–.

Sin embargo, siguiendo el trabajo de Paola Rapelli Grandes dinastías y símbolos de poder (Electa, 2005), la corona como signo de la realeza no proviene de la cultura grecorromana, sino de Oriente. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, algunos faraones ostentaban el título de rey del Alto y del Bajo Egipto, y  tal dignidad era representada por la corona de ambos reinos: la Blanca o  Hedjet, símbolo del Alto Egipto, y la Roja o Desheret, símbolo del Bajo, fusionadas en una, conocida como Sejemty o Corona Doble. Asimismo, existían otro tipo de coronas utilizadas con diversa finalidad y en distintas ocasiones, como Atef o corona osiriaca, que estaba presente en algunos rituales de carácter funerario, y la Jemjem, compuesta por tres coronas Atef y otros complementos, y que parece que tenía una función solar, entre otras.

Osiris

Según Francisco Javier Arriés, la corona, a semejanza del gorro del mago o del hechicero, se apoyaba sobre el último chakra, simbolizando el poder conferido desde lo alto que irradiaba sobre su portador. La palabra chakra viene del sánscrito cakra y tiene el significado de «rueda» o «círculo». Según el hinduismo y algunas culturas asiáticas, los chakras son vórtices energéticos situados en los cuerpos sutiles del ser humano, llamados Kama rupa –«forma del deseo»– o linga sharira –«cuerpo simbólico»–. Su tarea es la recepción, acumulación, transformación y distribución de la energía llamada prana. Los chakras básicos son siete.

De entre todas las que hoy se conservan, destaca por su belleza y simbolismo la corona imperial de Carlomagno, personaje crucial en la forja de la dignidad real de corte divino. Esta consta de ocho placas articuladas y su forma no es casual, pues el octógono es una forma intermedia entre el círculo y el cuadrado, y simboliza la regeneración, algo que sabían muy bien algunos soberanos como Federico II de Hohenstaufen, que utilizó dicha geometría en Castel del Monte.

La corona imperial de Carlomagno, que fue fabricada en los talleres de la abadía de Reichenau, muestra además una serie de placas esmaltadas que representan a Cristo –Rey de Reyes– y a varios soberanos del Antiguo Testamento, lo que indicaba que el Imperio era una institución divina, eje de la convivencia humana que se erigía como protectora del catolicismo. La riqueza y ostentación de la corona imperial es otra de sus peculiaridades. No debemos olvidar que en la mayoría de los casos estos símbolos estaban ornamentados por gemas y piedras preciosas, cuyas virtudes y poderes talismánicos –tendremos ocasión de descubrir también la importancia que algunos reyes otorgaban a las propiedades curativas de ciertos elementos de la naturaleza– actuaban, según se creía, sobre el monarca.

Trono de Carlomagno en la iglesia de Aachen (Aquisgrán)

La Espada

El segundo símbolo que otorgaba el poder regio era la espada, la principal de las armas iniciáticas, que simbolizaba el poder y la justicia, pero también el conocimiento y la razón, virtudes que debía poseer siempre el soberano, aunque por desgracia dicha premisa no se cumplía en muchas ocasiones, «el eje que une los mundos, y una imagen del rayo solar que disipa las tinieblas».

Este importante simbolismo estaba muy vinculado a la caballería iniciática, mientras que la espada era también uno de los principales símbolos de identificación del caballero. Podemos hablar por tanto del caballero-rey o del rey-caballero, honor que algunos soberanos alcanzaron por méritos propios y que otros obtuvieron de forma despótica, obligando a los verdaderos iniciados a que les concediesen el privilegio de nombrarles como tal.

Otro de los símbolos representativos del poder real es el cetro, símbolo de fuerza y fecundidad e imagen de la columna que sostiene el Universo. En la Antigua Grecia, siguiendo el trabajo de Rapelli, el cetro era el bastón largo que usaban las personas mayores como apoyo para caminar y los pastores para guiar los rebaños, por lo que acabó convirtiéndose en el símbolo del Buen Pastor –Cristo– según lo define el Evangelio de Juan (10,1) y por tanto en un poderoso símbolo del rey divino, por lo que representa la función específica de protección de la grey de los fieles y, fuera del marco religioso, de todos sus súbditos.

Es habitual en la iconografía cristiana que muchos santos y personajes relacionados con la religiosidad porten también un cetro, elemento que en la mitología grecorromana, por su parte, representaba el símbolo fálico, como por ejemplo el tirso de Dioniso.

Fuera de Europa era la vara que indicaba el rango social y que se exhibía en las ceremonias rituales. Por su forma rígida y vertical se le relacionaba, como ya he señalado, con el eje del mundo, de gran similitud con la espada. Generalmente, al menos en Europa, el cetro solía rematarse en forma de pomo redondo, símbolo también del mundo y del control absoluto sobre él; también solía ser engalanado con otros ornamentos, como la flor de lis –símbolo de los reyes franceses–, que significa luz y purificación.

Otros elementos simbólicos

El globo también era un elemento crucial dentro del simbolismo regio, y los reyes y emperadores lo llevaban en la mano durante las diferentes ceremonias oficiales, y en la más importante probablemente de sus vidas: la de coronación, simbolizando, en palabras de la citada Rapelli «la metáfora del poder sobre un área terrenal, pero por extensión sobre el mundo entero», encarnando además el ordenamiento divino del cosmos y remarcando también el papel mesiánico del rey como salvador de su pueblo, si tenemos en cuenta que en la iconografía religiosa Cristo se presenta sosteniendo un globo en una de sus manos como salvador del mundo –Salvator Mundi–.

Junto a todos estos símbolos, el trono fue uno de los que mayor distinción otorgaba al soberano; éste era el «ombligo del mundo» y representaba el Universo sobre el que gobernaba el rey. Además, simbolizaba la unidad estable y la síntesis entre el Cielo y la Tierra y era un símbolo también de la majestad divina, pues la divinidad se representa sentada precisamente sobre un trono.

En el Antiguo Egipto, el faraón aparecía representado generalmente sobre un trono, y en los jeroglíficos de las pirámides éste tenía el significado de equilibrio y seguridad. Por su parte, en la Grecia antigua los doce dioses del Olimpo también se sentaban en tronos adornados con ricas joyas. El de Zeus se hallaba situado en la Gran Sala del Consejo, y era de mármol negro pulido con incrustaciones de oro puro, símbolo del astro rey. Para llegar al mismo había siete escalones, cada uno de ellos representando uno de los colores del Arco Iris. Sobre uno de los brazos del gran asiento se posaba un águila de oro que mostraba un rubí en cada ojo; con una de sus garras apresaba los rayos del Dios-Rey, regalo de sus aliados los cíclopes en la lucha contra Cronos y sus secuaces durante la guerra por el Olimpo.

La reina Hera, por su parte, se sentaba sobre un trono de marfil, símbolo de pureza. En Grecia también los reyes y los nobles se sentaban sobre tronos. Rapelli escribe que era un símbolo tan poderoso en aquella civilización que se esculpían tronos vacíos para los dioses, de manera que éstos pudieran estar presentes en todo momento.

En el arte cristiano la Virgen y Cristo están sentados también sobre ellos durante el acto de coronación. Asimismo, Jesús promete a los apóstoles que cuando juzguen a las doce tribus de Israel se sentarán sobre tronos. Estos suelen estar elevados sobre uno o varios escalones, a veces con un dosel o pabellón encima, como en la capilla del palacio real de Aquisgrán, en la que Carlomagno tenía reservado un lugar especial para el trono durante el transcurso de las celebraciones religiosas, elevado sobre una plataforma que hacía que el emperador se situara, física y simbólicamente, por encima de todos sus feligreses.

Para saber más:     

HANI, Jean: La realeza sagrada. Del faraón al cristianísimo rey. José J. de Olañeta Editores 1998.

HERRADÓN, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta, 2007.

RAPELLI, Paula: Grandes dinastías y símbolos del poder, Electa, Barcelona, 2005.





La Marca del Maligno (III)

18 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

El Museo del Diablo (Kaunas, Lituania)

Si uno quiere sentirse más cerca del diablo, pero sin correr el peligro que supone invocarlo o firmar un pacto con su sangre, puede visitar el Museo del Diablo –Devil’s Museum– de Kaunas, en Lituania, una verdadera rareza expositiva sobre la que se ciernen multitud de leyendas.

Incluido en la lista de los museos más curiosos del mundo, consta de tres pisos y alrededor de mil criaturas a cuál más peculiar venidas de todos los rincones del planeta, una colección que se va incrementando año tras año con las aportaciones de numerosos visitantes foráneos. En el primer piso nos encontramos con los demonios locales, la mayor parte auténticas obras de arte: pinturas sobre seda o lienzo, tallas en madera, algunas centenarias, cerámicas o tallas en piedra, con originales interpretaciones de estas malvadas –y también cómicas– criaturas. Uno de los demonios más curiosos es un pequeño diablo dorado sólo visible a través de una lente de aumento, así como un demonio bíblico protector de esta planta museística.

En el segundo piso se halla un gigantesco demonio hecho en madera que fue donado por varios ciudadanos que habían sufrido numerosos desastres y que culpaban a la talla de los mismos. En esta planta hay rarezas de todo tipo; armas, piedras esculpidas con la imagen del maligno, y un tronco con apariencia de demonio, así como un recorrido por la historia de las acólitas de Satán, las brujas. En la tercera planta, el curioso se encontrará con diferentes demonios forasteros, una amplia variedad diabólica.

El diablo…

…es el ángel rebelde, el enemigo de los planes de Dios, el que tienta a los hombres. Los hebreos lo llamaron Satán –Satanás–, cuyo significado es «el obstructor», «el adversario» o «el acusador». El Nuevo Testamento le dio el nombre griego de diabolos –Diablo–, que significa «el Calumniador». Por otra parte, la palabra demonio proviene del griego daimon, con el que los griegos se referían al destino de las personas y que se aplicaba a distintas divinidades o a los poderes desconocidos e invisibles que actúan sobre el hombre. Los cristianos tomarían el término para designar a los ángeles caídos. Además de Satán, la demonología fue elaborando una intrincada jerarquía que incluía nombres como Luzbel, Belcebú, Mammón, Leviatán, Belial, Astaroth, Asmodeo o Belfegor… todos ellos son Legión

Arqueología demoníaca

En 2010, un grupo de arqueólogos británico descubrió, en el barrio londinense de Greenwich, enterrada a cinco metros de profundidad, una botella de 23 cm de alto, colocada al revés, esmaltada y con el dibujo del rostro de un hombre barbudo grabado. Tras un minucioso estudio, se concluyó que se trataba de una botella de bruja, llamada también «jarra Belarmino», en honor, o quizá como burla, a San Roberto Belarmino, un jesuita italiano del siglo XVI, azote de protestantes y “martillo de herejes”.

El interior de la «botella de brujas» encontrada en Greenwich contenía orina humana con un alto contenido en nicotina, azufre –elemento imprescindible en todo rito contra las fuerzas del averno–, 12 clavos de hierro, 8 alfileres, un trozo de tela en forma de corazón y uñas recortadas. Fue sellada y enterrada boca abajo con un buen puñado de clavos para «infligir dolor a la bruja».

DANZAD, DANZAD, MALDITOS

Para expulsar al maligno, se celebran procesiones y bailes en numerosos rincones.

La Diablada de Píllaro (Ecuador): En Píllaro, entre el 1 y el 6 de enero de cada año, miles de personas disfrazadas toman las calles para bailar en la Diablada: suelen ataviarse como diablo, guaricha o capariche, los tres personajes principales. El origen de esta festividad está en la época colonial y evoca la rebeldía de los indígenas y mestizos contra la religión católica: se disfrazaban de diablos en repudio a los sermones de los sacerdotes españoles y al maltrato que recibían de los colonos. La tradición exige que aquellos que se vistan de diablo en Píllaro deben hacerlo durante siete años consecutivos. En caso contrario, pueden pasarles “cosas imprevistas”…

Los diablos danzantes de Yare (Venezuela)

Desde hace 269 años, los “diablos” danzan en esta localidad nueve jueves después del Jueves Santo. Comenzó en 1749, cuando una gran sequía afectó al Valle de Yare. Los fieles hicieron promesas al Santo Sacramento para que llegara la lluvia; y llegó. Durante el ritual de los “diablos danzantes”, los llamados “promeseros” visten de rojo, con capas y máscaras de apariencia grotesca, y portan cruces, escapularios y rosarios. Bailan por las calles al ritmo de tambores e instrumentos de cuerda que causan un gran estruendo para espantar al maligno. Escenifican una larga procesión que finaliza en la iglesia, cuando todos en señal de respeto, se postran ante el Santo Sacramento, y son bendecidos por un sacerdote.

El Colacho (Castrillo de Murcia, Burgos)

Esta festividad se celebra el domingo después de Corpus Christi y se remonta a 1620, aunque sus orígenes no están claros. Ciudadanos vestidos de demonios corren por todo el pueblo luciendo máscaras rojas y amarillas y profiriendo insultos contra los lugareños, dándoles latigazos con una cola de caballo atada a una vara. Cuando los redobles anuncian la llegada del atabalero, vestido de negro, y los hombres devotos para «expulsar el mal», da comienzo una exhibición singular y no exenta de controversia: el salto del Colacho. Los bebés que han nacido ese año son colocados sobre un colchón, mientras los «diablos» les saltan por encima en una suerte de bautismo: así el demonio absorbe los pecados de los recién nacidos y les proporciona protección frente a las enfermedades y desgracias.

Lugares que acogen el mal

Davolja Varos (Serbia)    

Davolja Varos, que en serbio cirílico significa «Ciudad del Diablo», es una formación rocosa al sur de Serbia. Compuesta por 202 exóticas formaciones conocidas como «pirámides de tierra» o «torres», fueron creadas por la erosión y una fuerte actividad volcánica. Bajo ellas corre un manantial con alta concentración de minerales y dos fuentes: Davolja voda –«agua del Diablo»– y Crveno Vrelo –Pozo Rojo–. La particularidad del terreno: suelo rojo, aguas extremadamente ácidas y el particular sonido que causa el viento al atravesarlas, ha dado origen a diversas leyendas, entre ellas, que aquel es un lugar consagrado al maligno.

Las Flechas del Diablo (Devil’s Arrows, Boroughbridge, Inglaterra)

Los llamados «Menhires de Boroughbridge» son tres grandes piedras megalíticas ubicadas en North Yorkshire, que se levantan cerca de la carretera A1 que en la actualidad cruza el río Ure. Erigidas en tiempos prehistóricos, parece que en un principio fueron cinco piedras, que finalmente se dispersaron. Las tres restantes están alineadas de forma casi perfecta, por lo que se cree que fueron así colocadas para coincidir con los movimientos lunares. La historia sobrenatural empezó a escucharse en 1721, cuando se dijo que fue el mismísimo Satanás quien tiró las piedras, que empezarían a ser conocidas como «Las Flechas del Diablo» (Devil’s Arrows). Una leyenda señala que al dar doce vueltas en contra de las agujas del reloj a una de ellas, se aparecerá el mismo Astuto en persona.

Los pantanos de los condenados

Cuentan que algo oscuro se cierne sobre Yeun Elez, en Bretaña, donde, según Olivier Le Carrer, los sortilegios de otros tiempos «se divierten confundiéndose con los de la actualidad». Ese río de los ángeles es el Elez, cuyo curso «seguían las criaturas aladas para ir a liberar las almas cautivas de los difuntos y abrirles las puertas del purgatorio». Se dice que antes de que el embalse sirviera para refrigerar, en los 60, la hoy desaparecida central de Brennilis, allí convergía una marisma sin fondo.

Los campesinos del Arrée vivían siempre con el alma en vilo esperando los chirridos de la carreta del Ankou, según Le Carrer, «el devoto servidor de la muerte que recorría los campos con su mell bennigt –mazo bendecido– para marcar a los siguientes ‘elegidos’». No era baladí que se encontraran inquietos: no sabían qué les aguardaba en el insondable youdig, considerado la puerta del mismo Infierno; otra de tantas…

Marcas y huellas del Diablo

Dispersas por el mundo, existen huellas y señales que se atribuyen a la acción del Astuto. Aquí os dejamos algunas de las más sugerentes:

–La huella del Diablo en la catedral de Múnich. Cuenta la leyenda que cuando en el siglo XV le encargaron al arquitecto Jörg Von Halsbach construir la catedral de Múnich, éste hizo un pacto con el diablo. Al parecer, le propuso al Astuto que si no interfería en la construcción, él levantaría una catedral sin ventanas, y si no lo conseguía, como es de recibo, el maligno se quedaría con su alma. Veinte años después, cuando el templo estuvo terminado, el diablo, que no podía pisar suelo sagrado, se asomó a la puerta y no pudo ver ventana alguna –el ventanal del fondo estaba tapado por un gran retablo–. El rey de los infiernos, encolerizado, logró cruzar el umbral y plantó su huella en mitad del suelo de la catedral, una huella que hoy puede verse.

La huella del diablo en Santa Eulària (Ibiza). Cuenta el folclore local que un leñador huraño de nombre Pep cortaba troncos en el Puig d’en Ribes y un hombre extraño le preguntó si necesitaba ayuda; luego se puso a cortar árboles a una velocidad de vértigo. Pep recelaba de él, recelo que fue en aumento cuando a la hora del almuerzo el desaliñado visitante sacó un cuenco «lleno de lombrices, uñas, lagartijas, insectos y demás inmundicias que se llevaba a la boca»; y sus sospechas se vieron confirmadas cuando al volver al trabajo, Pep pudo ver de refilón cómo bajo las ropas del extraño sobresalía «una cola larga y afilada».

Era el mismo diablo. Como el leñador llevaba consigo un rosario, ahuyentó con él al maligno, que salió en estampida hacia la cima. Se levantó una capilla –Sa Creu d’en Ribes– en el mismo lugar en el que –aseguran– el huidizo diablo dejó su última huella.    

La Puerta del Infierno

Si quieres emprender el camino hacia el averno, obviando los riesgos que implica, puedes hacerlo, por ejemplo, en la República Checa, en la región de Okna, al norte de Bohemia. Allí se erige el misterioso Castillo de Houska, que, según la tradición local, habría sido erigido precisamente como «tapón»de una entrada al mismísimo infierno. La historia, que se remonta al siglo IX, contaba que en la roca sobre la que se yergue había una grieta por la que salían criaturas infernales «con aspecto mitad humano y mitad animal, que causaban daños a personas, animales y perjudicaban la cosecha». Con el paso de los años se logró taponar la grieta y sobre ella se erigió una capilla de estilo gótico. Fue en el siglo XIII, lo que convierte a Houska en una de las fortalezas más antiguas de Chequia.

El hecho de que las paredes estén siempre húmedas y cubiertas de líquenes, mientras las demás construcciones no sufren dichos problemas, despierta aún más dudas entre los lugareños. Desde hace siglos, las gentes de la zona están convencidas de que la misteriosa puerta que se abriría debajo del castillo conduce a otros mundos… e incluso a otros tiempos. Aunque las fortalezas se construían con una finalidad protectora, la mole pétrea de Houska se sitúa en un lugar desierto y sin acceso al agua. Una leyenda apunta que en el siglo XVI se concedió a un reo condenado a muerte la posibilidad de trocar su trágico destino por la libertad si se aventuraba en su interior y contaba lo que había visto. Una vez que le hicieron descender, comenzó a gritar, aterrado, que lo subieran, asegurando que prefería morir en el cadalso: aseguró que en el interior de la sima había escuchado unos gritos espeluznante, y que el ambiente estaba impregnado de un hedor insoportable. En el siglo XIX se extendió aún más la leyenda cuando el poeta romántico Karel Hynek Mácha decidió pernoctar en la sima.

Existen otras supuestas puertas al infierno diseminadas por todo el orbe: El Escorial (España); el Necromanteión (Éfira, Grecia, el cráter de Darvaza (Turkmenistán), Hierápolis (Pamukkale, Turquía). El Monte Osore (Japón) Suma y sigue… No sabemos cuál es el mejor atajo para llegar hasta allí. En otro post nos atreveremos a abrirlas.