La Compañía de las Indias Orientales, la mayor multinacional de la historia

Hoy se habla de grandes corporaciones, de marcas reconvertidas en imperios y multinacionales con tanto o más poder que los Estados (principalmente las tecnológicas, llámense Amazon, Tesla, Apple, Microsoft o Tencent), pero podríamos decir que no son nada –reitero, nada– frente al emporio que supuso a finales del siglo XVIII la llamada Compañía de las Indias Orientales bajo mandato británico (la neerlandesa, creada dos años después, también tuvo poder, pero mucho menor). Una empresa que haría del saqueo y la esclavitud su máxima. La publicación de un soberbio ensayo de la mano de Desperta Ferro pone nuevamente el foco sobre esta Compañía cuyas vulneraciones a la integridad territorial y a los gobiernos cobran hoy una estremecedora actualidad.

Por Óscar Herradón ©

Llegó a ser tan poderosa que gobernó prácticamente todo el subcontinente indio, la zona que en el siglo XVII era conocida como las «Indias Orientales», un enclave de extraordinaria riqueza que disponía de abundantes especias, telas y bienes de lujo muy preciados en el Viejo Continente. Durante siglos, España y Portugal, con un importante poderío marítimo, habían monopolizado el comercio en el Lejano Oriente, pero a partir de la derrota de la Gran Armada española en 1588, se allanó el camino para que Inglaterra, comandada por la gran enemiga de Felipe II y a la que los españoles llamaban despectivamente como «la Jezabel del Norte», se convirtiera en una potencia naval.

Isabel I

El inicio de la Compañía que acabaría por dominar aquella gigantesca parte del orbe tuvo lugar en septiembre del año 1599, cuando un grupo de comerciantes ingleses solicitó a la Reina Virgen una cédula real que les permitiera viajar a las Indias Orientales bajo amparo de la Corona a cambio de que ésta tuviera el monopolio del comercio, eso sí, los comerciantes pusieron 70.000 libras para llevar a cabo tan ambicioso proyecto y así nacía la Compañía de las Indias Orientales. La Corona les proporcionó el permiso a finales del año 1600. A partir de ahí, se comenzaron a establecer factorías: distintos representantes, conocidos como «factores», se establecían en la zona con puestos comerciales para adquirir y negociar bienes. La primera factoría se estableció en 1613 en Surat –hoy la India occidental– tras un tratado con el emperador mogol Nuruddin Salim Jahangir, que reinó de 1605 a 1627.

Bandera de la Compañía Británica de las Indias Orientales
Robert Clive

Aquella cédula real que permitió a la Compañía comerciar primero con especias como la pimienta, con tejidos como el calicó y la seda y más tarde con el preciado té, también establecía el poder de utilizar la fuerza militar para protegerse y guerrear contra los comerciantes rivales. Tamaña empresa no tardó en expandirse al Golfo Pérsico, China y otros rincones del continente asiático, hasta que en 1757 tomó el control del estado mogol de Bengala. A partir de ese momento, la Compañía, a través del comandante de su ejército con más de 3.000 efectivos, Robert Clive, comenzó a comportarse como una potencia invasora: recaudó impuestos y aranceles que se usaban para comprar bienes y riquezas del país y que después se exportaban a Inglaterra. Para no tener rivales, expulsó a los franceses y a los holandeses del subcontinente indio.

Haciendo uso de la fuerza (en su momento más álgido, el ejército de la Compañía contaba con 260.000 efectivos, el doble que el ejército regular británico), se anexionó otras regiones del subcontinente y estableció estrechos lazos con los gobernantes de aquellos territorios que no fue capaz de conquistar. Llegó a ser la responsable de casi la mitad del total del comercio inglés. Los múltiples abusos de poder y la sombra que la compañía hacía sobre el propio imperio británico, provocó que el gobierno de Londres tomase el control y en 1858 puso fin al gobierno de la multinacional en la India, y ésta se disolvió en 1874, tras haber provocado un auténtico caos durante su mandato: cultivó opio en la India y lo traspasó ilegalmente a China (donde los adictos fueron millones) a cambio de riquezas y bienes y llegó a realizar expediciones esclavistas, usando mano de obra esclava entre los siglos XVII y XVIII.

Su nacimiento, desarrollo y tumultuoso final se narra con detalle, una prosa impecable y absorbente y un excelso apoyo documental en el libro La anarquía. La Compañía de las Indias Orientales y el expolio de la India, del prestigioso historiador y escritor escocés William Dalrymple.

Anarquía: expolio a gran escala de un subcontinente

El ensayo, una crónica del mayor expolio y explotación colonial de la historia humana, comienza con la fundación de la empresa, una compañía comercial modesta de un país que en el año 1600 era casi de segunda fila en el escenario internacional (algo que cambiaría sustancialmente con el avance de los siglos) que suponía solo el 3% del PIB mundial, mientras que el imperio mogol de la India controlaba casi el 40% del PIB mundial a comienzos del siglo XVII. Era el imperio más rico de su tiempo con unos gobernantes de una cultura y sutileza que ya quisieran para sí los súbditos de la Reina Virgen o del Rey Prudente, de una sofisticación que contrastaba sobremanera con los primeros comerciantes ingleses que arribaron a sus costas tras obtener la mentada cédula real.

El sorprendente y trágico relato de cómo el imperio mogol, que había dominado el comercio y la manufactura mundiales y poseía recursos casi ilimitados se derrumbó y fue reemplazado por una corporación multinacional enclavada a miles de kilómetros al otro lado del planeta y que respondía ante unos accionistas que jamás habían pisado tierra hindú y que no tenían ni la menor idea del país cuya riqueza les reportaba jugosos dividendos; por supuesto, tampoco ningún respeto por sus gentes y sus tradiciones en el que es sin duda uno de los mayores saqueos comerciales de todos los tiempos.

Su autor, Dalrymple, es uno de los mayores conocedores de aquel periodo histórico y del subcontinente indio. Posee tres doctorados honorarios de letras, es miembro de la Royal Society of Literature, de la Royal Geographical Society y de la Royal Asiatic Society, así como fundador y codirector del Jaipur Literature Festival. Desperta Ferro ha publicado algunos de sus más aclamados libros, como El último mogol. El ocaso de los emperadores de la India 1857 y El retorno de un rey. Desastre británico en Afganistán 1839-1842, que han alcanzado varias ediciones. Con una prosa de fuerte impregnación literaria que evoca al mejor Rudyard Kipling, el escocés narra la historia de la Compañía de las Indias Orientales como nunca se ha hecho: una historia sobre los devastadores resultados que puede tener el abuso de poder por parte de una gran corporación, y que resuena amenazadoramente familiar en nuestro siglo XXI de todopoderosas empresas transnacionales y con una guerra terrible a las puertas de Europa apoyada por ricos oligarcas y oscuros intereses creados.

Pedro el Ermitaño y la Primera Cruzada

Al grito de Deus vult («Dios lo quiere»), las masas cristianas enfervorecidas se lanzaron a reconquistar Tierra Santa tras el Concilio de Clermont, celebrado en 1095. La historia medieval no volvería a ser la misma y constituiría el comienzo del fin del imperio bizantino. Ahora, un libro editado por Crítica nos presenta la Primera Cruzada desde un punto de vista realmente innovador.

Óscar Herradón ©

Uno de los personajes más controvertidos y rodeados de sombras de la Primera Cruzada fue Pedro el Ermitaño. Objeto de airadas controversias entre académicos durante siglos, fue el historiador francés Jean Flori quien escribió la que podríamos considerar la biografía más exhaustiva del monje, no exenta, como apunta el mismo autor galo, de claroscuros bibliográficos. Su obra sería publicada en castellano por Edhasa en un monumental volumen hoy convertido en una auténtica joya bibliográfica difícil de conseguir.

El 27 de noviembre del año 1095, tras el Concilio de Clermont, el papa Urbano II lanzó un llamamiento a la cruzada con la intención de recuperar para la cristiandad los santos lugares de manos «herejes». El pontífice expuso que tras la conquista de Jerusalén por los turcos selyúcidas a los árabes abasidas en el 1073, se prohibía el acceso a los lugares de culto a los peregrinos cristianos, algo que la Santa Sede no podía tolerar. Mientras tanto, el monje Pedro, originario de Amiens, en la región francesa del Somme, predicaba con gran elocuencia y exaltada fe entre las localidades de Bourges y Colonia, consiguiendo el entregado apoyo de más de 12.000 cristianos que al grito de «Deus lo vult» («Dios lo quiere»), una frase extraída de la Vulgata, emprendieron la marcha en mayo de 1096 siguiendo el llamamiento papal y el envío de tropas conformadas entre otros por caballeros de órdenes monástico-militares.

La enfervorecida comitiva de cristianos azuzados por el discurso del monje francés llegó a Constantinopla a finales del mes de julio de aquel año, con un grupo mucho más nutrido de fieles que se fueron uniendo a lo largo de su avance hacia Tierra Santa. En su marcha posterior hacia Nicomedia sufrieron no pocos reveses ante el infiel y Pedro el Ermitaño regresó a Constantinopla para solicitar el apoyo del emperador Alejo Comneno, tiempo durante el cual su ecléctico ejército fue masacrado por los turcos selyúcidas de Rüm en las llanuras de Civetot. Hasta que no recibió el apoyo de los nobles occidentales el monje tuvo que parar su avance; cuando éstos llegaron a lomos de sus espectaculares cabalgaduras, en mayo de 1097, la lucha continuó hasta que Jerusalén fue tomada a sangre y fuego en nombre de Dios (cada uno luchaba por el suyo, como siempre) el viernes 15 de julio de 1099.

Un papel relevante

A pesar del caos generado en su peregrinación y a que algunos autores como el pastor e historiador protestante alemán Heinrich Hagenmeyer (1834-1915) minimizaron su participación en la guerra, Pedro de Amiens tuvo casi con seguridad un papel relevante en la Primera Cruzada, algo que prueba el hecho de que fuera nombrado capellán del ejército que se hizo con la victoria. Su sermón en el monte de los Olivos es un ejemplo de cómo la intolerancia religiosa, del color que sea, empaña cualquier causa noble como pudo ser en un primer momento facilitar a los fieles el acceso a los sitios que la tradición atribuía a la predicación de Cristo, en una tierra que todavía hoy, casi 1.000 años después de aquella guerra, continúa siendo un polvorín.

El Ermitaño dio un sermón en aquel lugar tan sugerente para los cristianos (el mismo en el que según la tradición Jesús predicaba habitualmente y sería apresado por los romanos tras la traición de Judas Iscariote), y exigió a las milicias cristianas saquear Jerusalén y aniquilar a sus «infieles» ciudadanos que estaban desarmados; si no se trata de propaganda del enemigo, que todo es posible para emborronar la historiografía y depende desde qué lado se divulgue (es muy recomendable consultar Las Cruzadas vistas por los árabes, del libanés Amin Maalouf –publicada en España por Alianza Editorial– para descubrir la visión de «los otros» respecto a lo que para ellos fue una invasión y una masacre de Occidente), en dicho llamamiento El Ermitaño señaló a musulmanes y judíos, e incluía a mujeres y a niños. Prometía, como hacen en la actualidad los integristas islámicos, la entrada en el Paraíso por tales atrocidades.

Pedro de Amiens regresó a Europa en 1100, concretamente a la ciudad belga de Huy, donde unos años después fundó la abadía de Neufmoustier, entre cuyas paredes murió el año 1115. En 1147 se inició la Segunda Cruzada para reconquistar Edesa, en Mesopotamia, que en 1144 había caído en manos, nuevamente, de los selyúcidas. Pero esa es otra historia.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Existe una ingente bibliografía de las Cruzadas, entre las que destacan diversos trabajos, desde la decana y monumental Historia de las Cruzadas en 12 volúmenes del historiador francés Joseph François Michaud (1767-1839), a los detallados volúmenes de Steve Runciman, Zoé Oldenbourg, Thomas Ashbridge o Christopher Tyerman, entre otros, y ahora debemos sumarle un exhaustivo y revelador ensayo publicado recientemente por la editorial Crítica, que en la línea del citado título de Maalouf, todo un éxito de ventas desde su publicación inicial en 1983, revela el desarrollo de la Primera Cruzada como nunca se ha contado: a través del prisma de Oriente.

Y es que su autor, Peter Frankopan, mantiene que el principal catalizador de la guerra santa que culminó en 1099 cuando miles de caballeros europeos (y gentes de toda condición) liberaron Jerusalén de la creciente amenaza del Islam, fue el emperador Alejo I Comneno, el mismo al que Pedro de Amiens solicitó ayuda militar cuando su ejército se vio cercado por los selyúcidas. Así, el eje vertebrador de esta célebre epopeya medieval no sería Roma, sino Constantinopla, capital del imperio bizantino.

Frankopan, que como todo autor publicado en crítica goza de las credenciales requeridas para contar el pasado, ha publicado también con la misma editorial otros libros convertidos ya en auténticos bestseller, como Las Nuevas Rutas de la Seda y El Corazón del Mundo. Una Nueva Historia Universal. No es un recién llegado y sabe bien, pues, de lo que habla. Catedrático en Global History por la Universidad de Oxford, institución para la que dirige el Centre for Byzantine Research, es un consagrado investigador y habitual conferenciante, que nos recuerda la importancia que tuvo en su día el imperio cristiano de Oriente.

Según la tesis de Frankopan, en 1095, con su reinado bajo asedio de los turcos y al borde del colapso, Comneno suplicó al Papa que le prestase ayuda militar. La victoria sobre los ejércitos islámicos consolidaría el poder del Vaticano hasta cotas impensables, sin embargo, Constantinopla nunca se recuperaría de la guerra, y la Historia la relegaría a un segunda plano, así como a Alejo Comneno.

El enlace para adquirir este volumen:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-primera-cruzada/343647

Cualquier tiempo pasado fue… anterior

Conocí la afilada escritura de la periodista Nieves Concostrina como redactora jefe (cargo que continúa ejerciendo, cosas de la vocación) de la revista Adiós, que de cuando en cuando llegaba a la redacción de Año/Cero en unos tiempos en los que quien esto suscribe era apenas veinteañero…

…qué mal llevo lo de envejecer. Daba mal rollo, por qué no decirlo, una revista sobre muertos y preparación de funerales, sobre ataúdes y urnas, coches fúnebres y mortajas. Quizá en este país, tan católico, apostólico y romano, tengamos una cuenta pendiente con la muerte, que nos aterroriza. Si hay un cielo magnífico (al menos para el que se lo ha ganado), por qué le tememos tanto al último aliento… En fin, para ser una publicación «de muertos» me encontré con escritos históricos –suscritos por Concostrina– que hicieron las delicias de quien ya por aquel entonces era un apasionado del pasado (no solo del mío) y también de la anécdota historiográfica.

No tardé en escucharla también en Radio 5 «Todo Noticias», en Radio Nacional de España, con ese desparpajo y esa ironía rayana en el sarcasmo para contar cómo el hombre no tropieza una vez en la misma piedra, sino 50… Se encargaba de un espacio centrado en cementerios, epitafios de antiguas «celebrities» y todo lo que tuviera que ver con la muerte, de título Polvo Eres (y que tuvo continuación con ilustración nada menos que del desaparecido Forges). Fruto de aquellas secciones y de sus escritos en la citada publicación, o viceversa, nacieron varios libros que han visto la luz de la mano de la Esfera de los Libros y que han cosechado una nutrida cohorte de lectores, inquietos por saber algo más sobre vicios, filias y fobias, parafilias y locuras de los personajes históricos, algo similar a lo que en su día hiciera el multiventas Carlos Fisas, pero más actualizado, tétrico y por qué no decirlo, fresco y mordaz.

Ahora, Nieves Concostrina nos brinda su nuevo peregrinaje por la Historia, y lo hace nuevamente de la mano de La Esfera de los Libros. Fruto de esta colaboración es su último y entretenidísimo ensayo divulgativo que, jugando con uno de los grandes tópicos de estos lares –probablemente falso si no fuera por el azote de la melancolía que a todos nos persigue– se titula Cualquier tiempo pasado fue anterior, y que no es sino un homenaje al exitoso Pódcast homónimo que desde 2015 la periodista madrileña, que ha cosechado numerosos premios a lo largo de su carrera –entre ellos el Micrófono de Oro o el Premio Ondas al mejor tratamiento informativo–, comanda en la Cadena SER.

Tras el impresionante éxito obtenido por su anterior libro, Pretérito Imperfecto (que vendió 50.000 ejemplares, verdadera proeza en tiempos de inmediatez digital y clics en TikTok), y publicado también por La Esfera, Concostrina nos regala ahora una aguda narración que da otra vuelta de tuerca a la Historia, y nos muestra la cara y cruz de los acontecimientos por los que han transitado emperatrices, generales, políticos, estrategas, Papas (como hemos visto varias veces en este blog, la intrahistoria vaticana tiene enjundia), mujeres y hombres de toda condición, color y pelaje. Un libro que, como señala su autora, sirve para conocer desde por qué los campechanos salen rana hasta qué pinta dios en un BOE del siglo XXI.

Entre otros asuntos, podrás conocer que el león del Congreso «no tiene huevos», el juego de trileros que significó el exilio borbónico, cómo el lumpemproletariado estuvo contra la emperatriz Sissi, la agitada muerte del presidente Manuel Azaña o el «trío amoroso» conformado por Hitler, Franco y Pétain. He aquí la forma de adquirir este diamante en bruto de la divulgación histórica:

https://www.esferalibros.com/libros/cualquier-tiempo-pasado-fue-anterior/