Álvaro de Bazán. El invicto

El año en que se cumple el V centenario de su nacimiento, varios libros recuerdan la epopeya del que probablemente fue el mejor marino de la historia de España. Desperta Ferro nos trae Álvaro de Bazán. El invicto, y la editorial Edaf Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano.

Óscar Herradón ©

Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, es probablemente el almirante más completo que dio España en toda la Edad Moderna, y sin embargo su figura ha quedado históricamente eclipsada por la empresa que no llegó a mandar: la Grande y Felicísima Armada (llamada posteriormente, con ironía, la Armada Invencible) en tiempos del segundo Felipe. Nacido en Granada en 1526, hijo del también marino Álvaro de Bazán el Viejo, se formó desde joven en la guerra de galeras del Mediterráneo, el escenario que definiría la primera mitad de su carrera y en el que forjó una reputación de mando que ningún oficial español de su tiempo igualó.

Batalla de Lepanto.

Su currículo militar es tan extenso como brillante, pues participó en los sitios de Orán y Mazalquivir, en la conquista del Peñón de Vélez de la Gomera, en el bloqueo del río de Tetuán, en el socorro de Malta durante el gran asedio de 1565 y en la campaña de Túnez. Pero el episodio que consagró su nombre fue Lepanto, en 1571, donde mandó la reserva de la Liga Santa bajo don Juan de Austria, una posición que en la táctica naval de galeras del periodo resultaba decisiva: era la fuerza que se empleaba para explotar la ruptura de la línea enemiga o para tapar los huecos que se abrían en la propia. Bazán ya era, para entonces, uno de los comandantes de galeras más respetados de Europa.

Militar e innovador marino

Lo que distingue a Bazán de otros almirantes de su generación es que no se limitó a dominar la guerra de galeras mediterránea, sino que supo leer el cambio de escenario estratégico hacia el Atlántico y adaptarse a él con éxito. La prueba decisiva llegó en 1582 y 1583, durante la guerra de sucesión portuguesa. En la batalla de la Isla Terceira derrotó a una flota franco-portuguesa que apoyaba al pretendiente Antonio, prior de Crato, y al año siguiente completó la conquista de las Azores, la última resistencia armada a la anexión de Portugal por Felipe II.

Felipe II, por Juan Pantoja de la Cruz.

Fue una campaña de una escala considerable para la época –fuentes contemporáneas hablan de fuerzas hispanoportuguesas muy superiores en número de buques y hombres frente al bando del prior de Crato, pretendiente al trono portugués, que sufrió miles de bajas y capturas– y tiene un valor historiográfico particular: convirtió a Bazán en el único comandante naval de su siglo capaz de ganar batallas decisivas tanto al mando de galeras (Lepanto) como de galeones (Azores), es decir, en los dos sistemas de guerra naval que se disputaban la primacía táctica en ese momento de transición. Así lo subrayó ya en 1972 la tesis doctoral de William E. Matheny sobre Bazán, defendida en la Texas Christian University.

Antonio. Prior de Crato.

Historiadores navales españoles como Agustín Ramón Rodríguez González, que le ha dedicado estudios específicos dentro de su obra sobre la marina de los Austrias y la monografía publicada por Edaf que enseguida abordaremos, han insistido en otro aspecto menos conocido de su legado: Bazán fue también un innovador en el diseño y el empleo de los buques de guerra, y contribuyó de forma decisiva a popularizar el galeón como nave de combate en detrimento de tipos más antiguos, sentando bases que la Armada española explotaría durante generaciones. No fue solo un ejecutor de campañas, sino alguien con criterio propio sobre arquitectura naval y sobre cómo debía organizarse una fuerza oceánica permanente, algo poco habitual entre los mandos de su época, más volcados en la táctica inmediata que en la reflexión sobre medios.

Fue precisamente esa autoridad la que le llevó, en sus últimos años, a convertirse en el impulsor intelectual de la gran expedición contra Inglaterra. Bazán defendió ante Felipe II un plan ambicioso para la que sería la Armada de 1588, y estaba llamado a mandarla. Murió en Lisboa en febrero de ese mismo año, semanas antes de que la flota zarpara, y el mando recayó en el duque de Medina Sidonia, un noble sin experiencia naval comparable. La tradición historiográfica –y la leyenda popular, más que la historia estricta– ha especulado durante siglos con que su presencia al frente de la expedición habría cambiado el desenlace; es una hipótesis imposible de verificar, pero que dice mucho del prestigio que Bazán había acumulado en vida.

Murió, en definitiva, en la cúspide de su carrera y en vísperas de su mayor desafío, lo que ha dado a su figura un aire de héroe truncado que la historiografía posterior (desde el elogio coetáneo que le dedicó Gabriel Lobo Lasso de la Vega hasta los estudios modernos de Rodríguez González) se ha encargado de rescatar frente al peso abrumador que el desastre de la Armada Invencible ha ejercido sobre la memoria naval española del periodo.

Álvaro de Bazán. El Invicto.

En el V centenario de su nacimiento, el libro Álvaro de Bazán. El invicto, que ha publicado recientemente Desperta Ferro Ediciones, de la pluma del consagrado especialista en historia naval Guillermo Nicieza y acompañado por un espectacular aparato gráfico en el que destacan ilustraciones y mapas marca de la casa, rinde homenaje al genio táctico y consejero naval más clarividente de su tiempo, que, además, nunca pidió nada para sí mismo. Al contrario: puso su fortuna familiar en riesgo, repetidamente, para pagar tripulaciones y sufragar naves cuando el rey no tenía un ducado; lideró peligrosos desembarcos cuando otros no se atrevieron a hacerlo; salvó la galera Real mientras otros huían y alzó la voz cuando se quiso desmembrar la Liga Santa. En su lecho de muerte, anciano y enfermo, lo único que pidió fue más tiempo para ver su gran empresa, la Jornada de Inglaterra, terminada. La Fortuna, sin embargo, no quiso concederle este último deseo, pues dispuso que muriera como vivió: invicto.

Un libro que el mismo Arturo Pérez-Reverte, gran conocedor de la historiografía militar marítima, ha definido como: «Impresionante… El trabajo es excelente; y la edición, espléndida». Guillermo Nicieza es también autor de otro libro visualmente impresionante publicado por Desperta Ferro: Blas de Lezo. Una vida al servicio de España, publicado el pasado año 2025.

Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano

Y también con motivo de la conmemoración de los 500 años de su nacimiento, la editorial Edaf, otro clásico del Pandemónium, recupera uno de los mejores libros de su excelso catálogo historiográfico: Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano, de Agustín Rodríguez González, Doctor en Historia por la Universidad Complutense y académico correspondiente de la Real Academia de Historia, autor de más de una treintena de obra y poseedor de la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco, una de las personas que más saben sobre el personaje histórico.

Supuesto retrato de Cervantes.

Es excepcional en la Historia naval del mundo que un marino destaque al mando de buques tan distintos como galeones y galeras, en escenarios tan disímiles como el Mediterráneo y el Atlántico y contra enemigos tan variados como temibles. Es inusual que alguien brille igualmente tanto como gran táctico y estratega, como vencedor en batallas puramente navales y en operaciones anfibias, tan hábil en el mando directo de las fuerzas como aconsejando tan modesta como certeramente a sus superiores, tan eficaz como subordinado y como jefe supremo, como diseñador de nuevos modelos de buques y experto en logística, con valor personal en el combate y con la cabeza siempre fría, aparte de que fuera excelente diplomático y se preocupara del último de sus subordinados, hasta merecer el título de «padre de los soldados», que le dedicó Cervantes. 

Muchos grandes han tenido bastantes de esas capacidades y virtudes, lo que es verdaderamente excepcional es que las hayan reunido todas, como en el caso de Álvaro de Bazán. También es cierto que le tocó vivir en una época en que España y su Imperio estaban en fase ascendente, lo que podría rebajar sus méritos si no recordáramos que el ascenso se debió en no escasa medida a él personalmente: el freno a los corsarios franceses, la salvación de Malta, la decisiva victoria defensiva en Lepanto o la rápida y poco costosa anexión de Portugal, que convirtió a España en el mayor imperio oceánico que haya existido.

La galera de Cervantes en Lepanto

Miguel de Cervantes fue uno de los más ilustres de nuestras letras, y su monumental Quijote en dos partes es considerado por muchos el inicio de la novela moderna. Ahí es nada. Además, fue un valeroso soldado que luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, episodio bélico que él mismo describiría como «la más importante ocasión que vieron los tiempos». ¿Cuál fue su papel en este enfrentamiento en medio del mar que teñiría de sangre las aguas del Mediterráneo?

Óscar Herradón ©

Batalla de Lepanto (Antonio de Brugada, Wikipedia)

Como buen exponente del Siglo de Oro en que le tocó vivir, para Cervantes la profesión de soldado era probablemente aquello de lo que se sintió más orgulloso durante toda su ajetreada vida. Para el escritor, como buen caballero, las armas siempre fueron tan importantes como las letras, quizá más, como se desprende del famoso Discurso de las armas y las letras que recita don Quijote en su obra cumbre, pues sin acción, la teoría, está vacía de contenido:

«…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».

En dicho discurso, de una alta calidad literaria y reveladora elocuencia, Cervantes volverá sobre el recurrente tema de la llamada «Edad de Oro»:

«Bien haya aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención…».

No se trata sin embargo de ningún discurso pacifista, Cervantes lo que hace es reivindicar las antiguas armas de los nobles caballeros –espada, lanza– puras y sin la capacidad de exterminio de las modernas armas de artillería, que el autor aborrece, pues con ellas «no se puede demostrar la verdadera valentía de un guerrero». Hace 400 años el concepto de pacifismo actual –reivindicable y loable, por supuesto– habría sido considerado absurdo, probablemente cobarde.

No olvidemos que el ilustre don Miguel, aun con su evidente modernidad y amplitud de miras, fue un hombre de su tiempo, una época en la que los esquemas mentales de los hombres poco tenían que ver con los de hoy en día, otra de las razones por las que su obra se nos antoja más difícil de interpretar.

El caso es que en Lepanto el autor demostraría el valor de un auténtico héroe. Era el 7 de octubre de 1571 y cuando la flota en la que viajaba, en una galera conocida como La Marquesa, se enfrentó a las embarcaciones turcas, Cervantes se encontraba en el entrepuente que servía de enfermería, acechado por la malaria. La intensa fiebre y los vómitos que padecía no impidieron que ocupara una posición de gran riesgo en la celebérrima batalla, situándose en el esquife de la embarcación, donde corría el peligro de recibir fácilmente un proyectil o un arcabuzazo.

Tras largas horas de cruenta lucha cuerpo a cuerpo, reiterados abordajes y un inmenso océano teñido de sangre –el mismo autor así lo describiría–, la flota española consiguió vencer finalmente al Turco, no sin antes haber sufrido grandes pérdidas tanto uno como otro bando. Nuestro héroe sufrió también graves heridas de las que siempre se sentiría profundamente orgulloso: recibió tres arcabuzazos –sin duda por la posición de riesgo que ocupaba–, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que le valdría el sobrenombre de «el manco de Lepanto». El «manco» que escribiría la obra cumbre de las letras hispánicas.

PARA INDAGAR ALGO (MUCHO) MÁS:

Para una visión global de la gran empresa de Lepanto, recientemente, y con motivo del 450 aniversario de tal acontecimiento, la editorial Edaf ha publicado el exhaustivo y apasionante ensayo Gloria imperial. La jornada de Lepanto, firmado por dos grandes conocedores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey.

Una visión novedosa de un episodio clave del imperio español. Durante siglos, Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa –contra el Infiel–, pero este trabajo muestra también cómo dicha causa (de fe) estaba subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales, pues como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, tampoco en las grandes gestas históricas. Al comienzo de la batalla que tiñó de rojo las aguas del Mare Nostrum, el imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado prácticamente de existir, y el enemigo de España perdido toda su hegemonía y poder marítimos. El Turco no estaba acabado tras el lance contra Juan de Austria (enviado por su hermano de padre Felipe II a comandar tal empresa), pero nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de tal importancia. En sus páginas conoceremos todo tipo de detalles, desde los políticos y económicos a los puramente militares y armamentísticos.

Aquí dejo el enlace para adquirir el libro en la web de la editorial:

https://www.edaf.net/libro/gloria-imperial_119387/

Recientemente, la editorial Almuzara, con una loable dedicación a la divulgación histórica, publicaba Galeras de Guerra. Historia de los grandes combates navales (480 a.C.-1571 d.C.), del autor Víctor Aguilar-Chang. Precisamente, el libro finaliza en el último de los grandes enfrentamientos de este tipo de embarcaciones, el de la Batalla de Lepanto, comandada por don Juan de Austria, hermano por parte paterna del mismísimo Felipe II. Pero este ameno y completo ensayo se encarga de hacer un exhaustivo repaso por los barcos icónicos en las guerras del Mediterráneo durante más de dos milenios, ese Mare Nostrum que vio tanta sangre vertida en sus agitadas aguas; una monografía que llevará al lector a recorrer la evolución de las galeras de guerra, sus tácticas de combate y las estrategias seguidas por sus comandantes a través de tres grandes batallas que dejaron una huella indeleble en el océano: además de Lepanto, la de Salamina (480 a.C.) y la de Ecnomus (256 a.C.) He aquí cómo adquirirlo: