La Marca del Diablo (Nota Diaboli I)

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral; cómo cruzó las puertas de lugar sagrado es asunto aparte… Se habla de numerosos monjes que vendieron su alma al diablo. Quién sabe.

Por Óscar Herradón ©

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer o Jaldabaoth  tiene tantos nombres como adeptos, tradiciones, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», desde Sus Majestades Satánicas –los Rolling Stone– hasta el violinista Paganini o el padre del blues-rock, Robert Johnson.

En este post no voy a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el demonio, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya se ha gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su aliento fétido y su dañina mirada y la de sus prosélitos –ese «aojamiento» o mal de follo tan presente en todos los pueblos bajo diferentes formas– y a conocer sucintamente los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo…

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano lleva años viendo cómo aumenta el número de demandas de exorcismos entre la población, incluso a través de su propia línea telefónica habilitada por la Santa Sede en 2012.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición (hoy podríamos atribuirle el mérito al coronavirus y a una realidad de pandemia casi endémica), se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Göbekli Tepe

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, por citar un ejemplo, el descubrimiento en un ya lejano 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que los antropólogos consideran el primer santuario de la historia, Göbekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Las tentaciones de San Antonio
San Hilario

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre». Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la propia Iglesia católica–.

Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan, éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si queremos adentrarnos en el turbio mundo del «Innombrable» nada mejor que sumergirnos en las páginas de una de las últimas novedades de Blackie Books: el monumental El Gran Libro de Satán, un compendio escalofriante –y seleccionado con mimo– de los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal, en una cuidada edición a cargo de Jorge de Cascante e ilustrada con irónico ingenio por Alexandre Reverdin, los mismos que nos brindaron otros dos exitosos «tochos» lanzados por Blackie: El Gran Libro de los Perros y El Gran Libro de los Gatos. Ahora en una vertiente algo más oscura…

Como bien reza la sinopsis, estamos ante «la antología de literatura diabólica más completa que existe en el mundo». Y es que, ¿qué hacen juntos autores como el estadounidense Clive Barker –responsable de títulos emblemáticos como Libros de Sangre o la saga cinematográfica Hellraiser– y nuestra Ana María Matute? Pues eso… hablar sobre, en función o acerca del maligno y sus prosélitos. Nada menos que 56 piezas largas y más de cuatrocientos pasajes breves de índole nada complaciente –más bien perniciosa– con Satán, Lucifer, Behemoth, El Innombrable… como figura central o secundario imprescindible de la trama, la composición o el verso libre.

Así, el lector que se atreva a penetrar en el oscuro reino del «pandemónium» se topará con poemas, cuentos, ensayos e incluso extractos de novelas de autores tan variopintos como Nathaniel Hawthorne, Sharon Olds, Dante Alighieri, Charles Baudelaire o Ambrose Bierce; de Iris Murdoch a Sara Mesa, pasando por Michael Chabon, Belén Gopegui, Mark Twain, Shirley Jackson o Mijaíl Bulgákov. Y muchos más.

El resultado que brinda tal antología son horas y horas de inquietud y malos pensamientos… DANGER! Avisados quedáis. Si aún así decidís sumergiros en sus páginas, he aquí el enlace para adquirirlo:

CIENCIAS OCULTAS, HECHICERÍA Y MAGIA (BLUME):

La editorial Blume, que siempre nos brinda maravillosas ediciones profusamente ilustradas de las más variadas temáticas, también de los misterios históricos (como resalté en su momento numerosas veces en las páginas de las revistas Enigmas y Año/Cero), publicó hace unos meses un volumen excepcional para aquellos que quieren saber un poco más sobre satanismo, brujería y hechos insólitos: Ciencias ocultas, hechicería y magia: Una historia ilustrada, del escritor británico Christopher Dell, licenciado en Historia del Arte por el Courtauld Institute of Art de Londres, un autor del que en su momento Lunwerg Editores publicó Monstruos. Un bestiario del mundo extraño, otro portento visual que se encuentra entre los volúmenes más preciados de mi escogida (más por rara que otra cosa) biblioteca.

El presente libro de Blume es una cautivadora e inquietante antología del pensamiento esotérico que por supuesto no se olvida del maligno y su perniciosa presencia, como tampoco de la nigromancia, la demonología, los grimorios o la Caza de Brujas. Un compendio mágico que aúna astrología, adivinación, amuletos, tradición hermética, vudú, quiromancia, Tarot, espiritismo, Wicca, teosofía, Magia del Caos, fantasmagoría, lugares mágicos o procedimientos alquímicos.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://blume.net/historia/1857-ciencias-ocultas-heciceria-y-magia-9788417757304.html

El mago personal de Heinrich Himmler

Existió un personaje, fundamental en el círculo íntimo de Heinrich Himmler (jefe de la Gestapo, las SS y el mayor obseso del régimen por el ocultismo), que ha sido llamado con acierto por algunos historiadores «el Rasputín nazi», el artífice de los rituales secretos y los símbolos esotéricos de las SS.

Óscar Herradón ©

Respondía al nombre de Karl Maria Wiligit, uno de los personajes más extravagantes, oscuros y silenciados de aquel tiempo. Sin sus delirantes teorías, herederas de los grupos secretos völk de principios de siglo que influirían poderosamente en el ideario nacionalsocialista, y que asumió sin rodeos el Reichsführer, las SS nunca habrían sido lo que acabaron siendo. Pero vayamos por pasos… ¿Quién fue ese singular individuo que suelen pasar por alto los libros «serios» de historia? ¿Cuál fue su papel en el inmenso aparato político nazi? Y es que, mal que le pese a algunos que subestiman su papel en los acontecimientos, los postulados ocultistas de Wiligut se convirtieron en ideología política, con nefastas consecuencias a nivel global.

Karl Maria había nacido en Viena en 1866, siendo hijo de un oficial del Ejército con problemas mentales. En  1906 se casó con Malwine Leus von Teuringen of Bozen, con quien tuvo dos hijas, Gertrud y Lotte. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército y cuando finalizó la conflagración, con las nefastas consecuencias de la derrota para Alemania, como tantos otros de sus compatriotas se afilió a una organización paramilitar de derechas en Austria. Entonces ya era  un hombre violento con un marcado alcoholismo que iba armado de una pistola y maltrataba continuamente a su esposa; sobre su persona planeaba también la sospecha del abuso sexual a sus dos hijas pequeñas que llevaría a la madre a cerrar con llave la habitación de las niñas.

Recluido en un psiquiátrico

Su peligroso comportamiento y sus costumbres extravagantes hicieron que finalmente fuese internado en una institución mental en Salzburgo, donde  le fue diagnosticada psicosis, esquizofrenia y megalomanía y donde permanecería recluido hasta 1927. En el hospital mental, Weisthor haría gala de su diagnóstico, jactándose entre sus compañeros y los celadores de que él mismo había sido capaz de evitar un golpe de estado comunista en Alemania y de que nada menos que miembros del Ku Klux Klan, organización racista estadounidense a la que admiraba, le sacarían pronto de su reclusión.

Totenkopfring

Más extravagante sin embargo era que recogía piedras de una granera cercana al edificio de manera obsesiva, guijarros que pulía y cuidaba como si fueran diamantes; tantos pedruscos recopiló –cerca de un millar– que ocupaban casi toda su habitación. Según uno de los psiquiatras que lo trataron, Karl Maria consideraba cada pieza un amuleto y creía hallar en sus formas diversas figuras que consideraba que representaban una serpiente, un falo, una parte de un trono antiguo germánico…

Völkish

A pesar de su evidente distorsión de la realidad, cuando salió del hospital se convirtió en una especie de místico, un visionario muy respetado en los estrechos círculos de los ultranacionalistas alemanes, las sectas Völkisch. Afirmaba que su linaje se remontaba al dios nórdico Thor y que entre sus antepasados se contaba Arminio, el caudillo germánico que había vencido a las legiones romanas en Teutoburgo. Según sus propias declaraciones, recogidas por Nicholas Goodrick Clarke, sus antepasados habían conservado «el sagrado conocimiento de las tribus germánicas» durante milenios; afirmaba ser el último descendiente de un antiguo linaje de sabios alemanes cuyas raíces se perdían en la Historia, los Uiligotis, del clan de AsaUana.

Creía además poseer poderes extraordinarios y decía ser clarividente. Gracias a sus supuestas dotes visionarias, su «memoria ancestral» le permitía recordar las experiencias vividas con su tribu hace más de 300.000 años. Afirmaba que en aquel período brillaban tres soles en el cielo y la Tierra estaba poblada por seres mitológicos, gigantes y enanos, «visiones» que recordaban a los escritos teosóficos de la ocultista rusa Madame Blavatsky que tanto influyeron en los círculos esotéricos prenazis y en la mentalidad de Himmler.

Madame Blavatsky

Wiligut hablaba de luchas entre diferentes razas y de una reconciliación promovida por sus antepasados, los Alder-Wiligoten. En el año 9600 a.C. Estalló una guerra entre Irministas y Wotanistas, quienes obligaron a los primeros a exiliarse a Asia, donde se hallarían los vestigios de los últimos arios. El abuelo de Wiligut, según él mismo decía, le había enseñado los antiguos símbolos rúnicos –que adoptarían las SS– y su padre le había narrado la historia de la familia «cuando cumplí los 24 años», algo innecesario si tenemos en cuenta que decía tener «capacidades» precognitivas.

Símbolo del ariosofismo nazi

Fuera del pabellón psiquiátrico cambió su apellido Wiligut por el de Weisthor, según él, derivado del alemán Weise –sabio– y de Thor, el célebre dios nórdico del trueno al que tanto admiraba también el Reichsführer. En ocasiones entraba en trance, en medio de convulsiones, y otras veces recitaba dichos primitivos que afirmaba haber recibido de sus ancestros. Cuesta creer para una mente racional que un personaje de estas características, notablemente enajenado, fuera tenido en cuenta por alguien, pero lo cierto es que poseía fervientes seguidores entre los grupos ultranacionalistas, que lo consideraban un maestro en las tradiciones de las tribus germánicas desde su pasado más remoto.

No era de extrañar, con dichas “habilidades”, que pronto llamara la atención de Himmler, tan obsesionado o más que él con las sagas germánicas y el pasado mítico. El líder de la Orden Negra lo conoció en el transcurso de un congreso de la Sociedad Nórdica y se sintió rápidamente fascinado por su elocuencia y su “conocimiento” del pasado. Weisthor era ya un hombre mayor –tenía 67 años– pero con un gran entusiasmo y no menos carisma.

Darré

Así que Himmler lo convirtió primero en SS-Standartenführer y más tarde en SS-Brigadeführer y le ofreció un puesto en la RuSHA de Walter Darré, elevándolo a jefe de la «Sección de Prehistoria e Historia Antigua» del organismo. Muchos, no obstante, consideraban a Wiligut un charlatán, pero no es menos cierto que una gran parte de los SS veían también en Himmler a un iluminado de creencias extravagantes y aún así debían someterse a sus órdenes sin contemplaciones, siendo, como era, uno de los hombres más poderosos e implacables de su tiempo.

PARA SABER MÁS:

GOODRICK-CLARKE, Nicholas: Las oscuras raíces del nazismo. Editorial Sudamericana, 2005.

HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf, 2011.

NARRATIVA:

Hace unos meses la editorial Alfaguara publicaba un absorbente thriller histórico ambientado en la Alemania nazi escrito por Fabiano Massimi (que acaba de publicar con la misma editorial su nueva novela, que próximamente reseñaremos en las entrañas del Pandemónium).

Hitler y Raubal

Su título es El Ángel de Múnich y en la más pura tradición del noir historiográfico (en una línea muy similar de Philip Kerr y su saga ambientada en la misma época), se centra en un episodio fundamental de la biografía íntima de Adolf Hitler: la extraña muerte de su sobrina, Angela «Geli» Raubal, a la que veneraba y con la que, según algunas fuentes, pudo incluso mantener una relación de tipo incestuoso. Raubal se descerrajó un tiro con la pistola del líder nazi (la misma que utilizaría él para suicidarse 14 años después en el bunker de la Cancillería, sentenciando su «glorioso» Tercer Reich) en el domicilio que compartían el 18 de septiembre de 1931.

Con tan apasionante –y real– punto de partida comienza el relato. Tras el mismo, hay una ardua tarea de investigación que bien podría haber dado origen a un monumental ensayo. Pero tamaña cantidad de datos Massimi los sabe conjugar con maestría y sin que entorpezcan en ningún momento el pulso narrativo, fluido y poderoso.

En un máximo de ocho horas, y en medio de un gran secretismo decretado desde las altas instancias, los comisarios Siegfried Saber y el adjunto Helmut Forster deberán cerrar el caso que ha tenido lugar en una dirección de sobre conocida por todos en Múnich: el número 16 de la Prinzregentenplatz, donde vivía el líder del NSDAP. Aunque el cadáver de Raubal se encontraba en su habitación cerrada desde dentro, los investigadores observarán algunas contradicciones en la versión oficial del suicidio con la pistola del «tío Alf».

La investigación posterior y la búsqueda de la verdad se verán ensombrecidas por las injerencias de personajes poderosos, de intereses creados y de la poderosa máquina propagandística del partido que no alcanzará el poder definitivo hasta 1933, cuando Hitler se convierte en canciller, pero que ya tenía una gran influencia en Alemania y Austria. El autor italiano enriquece la trama de esta novela ya convertida (con razón) en bestseller mundial con una serie de extraños «suicidios» que se suceden entre supuestos testigos del suceso.

He aquí el enlace para adquirirlo en papel y también en eBook y Audiolibro:

https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/7250-el-angel-de-munich-9788420454290

Rebeldes y peligrosas de cine, música y literatura

Son varias las novedades literarias que, en época de empoderamiento, rescatan la importancia de la mujer en la gran pantalla. Una mujer muy alejada de los estereotipos clásicos (incluso en cintas de época) y que no necesita a un «protector» masculino para nada.

Óscar Herradón ©

Por lo general el cine, como la propia sociedad, ha sido dominado por el patriarcado. Por ello, y por la testosterona «made in Hollywood», los vengadores y justicieros han sido, en su mayor parte, hombres. Y magníficos, todo hay que decirlo: de clásicos como Gary Cooper o el nonagenario Clint Eastwood y su Harry Callahan a los muy duros Charles Bronson o Burt Reynolds (sin menospreciar a los más limitados Chuck Norris o Steven Seagal), pasando por otros más modernos como Liam Neeson, rebautizado héroe maduro de acción, o el Denzel Washington de El fuego de la venganza o Equalizer; hasta llegar a los musculados Vengadores, en los que destaca alguna que otra fémina implacable, léase Viuda Negra o Capitana Marvel. La mujer en la pantalla, salvo excepciones (alguna notable) ha sido la principal víctima, arrinconada o vapuleada, mientras los varones se erigían en sus salvadores, o directamente eran los causantes de su pesar.

Ahora, como también la propia sociedad, eso ha cambiado –se llama progreso– y cada vez son más las mujeres de armas tomar que deciden vengar múltiples afrentas, maltrato y vejaciones incluidas, y también las protagonistas indiscutibles de sus propias historias sin que nosotros, los hombres, tengamos que salvarlas de nada ni de nadie. También hubo inolvidables papeles de mujeres que, ya desde los primeros pasos del celuloide, dejaron claro cuál era su lugar: de Cleopatra a Salomé, de Peggy Cummings a Joan Crawford. Pero fueron menos frente a sus compañeros de viaje masculinos, cosa que, reitero, ha experimentado una notable evolución, como queda claro en el trabajo que recomiendo en este post.

En el divertido y revelador ensayo Rebeldes y peligrosas de cine, editado por Lengua de Trapo, la autora María Castejón Leorza, con una prosa cuidada y un tono cargado como un arma de ironía y hasta sarcasmo, nos regala un libro adictivo y nada normativo (algo en este caso totalmente positivo) protagonizado por aquellas mujeres de cine que se alejan de las normas,  dinamitan los mandatos de género y encarnan unos referentes, dando una patada a los modelos de mujeres cansadas, imperfectas y con estrías.

En palabras de la autora, «¿De verdad que no es compatible estar jodida por limpiar la mierda ajena y disfrutar con un personaje como el de Wonder Woman? El cine va de denunciar realidades injustas, pero también de construir imaginarios, de satisfacer deseos, de disfrutar de la fantasía».

María Castejón recupera y visibiliza, en una nueva lectura, las principales protagonistas que pueblan la gran pantalla: mujeres fatales, rebeldes, pistoleras, piratas, aventureras, malas madres y esposas, lesbianas, locas, violentas… y todo sin seguir un cuadriculado guión. Lo mismo te saca a las heroínas del western y después, en un abracadabra, aparecen las víctimas vengadoras de finales de las décadas pasadas, de Lisbeth Salander en la oscura trilogía Millennium, del malogrado novelista sueco Stieg Larsson (eso es lo que se dice vengarse a lo grande) o las «Nawjas Nimris». Puede despiezar a las míticas Thelma y Louise (inolvidables Susan Sarandon y Geena Davis), cuando ya estás viajando con ellas en ese cochazo –un Ford Thunderbird descapotable– en busca de libertad y, de paso, cruzarte con un Brad Pitt con cuerpo de dios griego a punto de catapultarse al mayor de los éxitos gracias precisamente al papel de vaquero buscavidas que interpretó en aquella cinta de Ridley Scott en un ya lejano 1991.

Precisamente Scott firmó, más de una década antes, el bautismo de fuego de la teniente Ripley (incombustible Sigourney Weaver) en un papel que reivindicaba a la mujer como la protagonista absoluta, heroína de acción sin trabas que, mientras los hombres iban cayendo a su alrededor, por muy duros que fueran –y se creyesen–, era la única capaz de plantarle cara a la criatura más terrorífica del séptimo arte, cortesía del visionario H. R. Giger. De repente, y mientras sueñas con ese viaje por la América desértica a golpe de bujía o exploras los universos distópicos del espacio, la autora te da el cambiazo y te encuentras en la cocina de Carmina, la inclasificable madre de Paco y María León, otra mujer –diferente– de armas tomar. Y en otras situaciones tanto o más rocambolescas.

Una (re)lectura fresca, cargada de ingenio y algo de malicia –sobre todo hacia los machos ibéricos– de los papeles femeninos en la gran pantalla. En estas páginas encontrarás sucinta información, entre otros temas, sobre: Los Juegos del Hambre, Barbarella, Mae West y las femme fatales modernas, amas de casa hartas y mujeres sobrepasadas (más allá de la mística de la feminidad y la madre nutricia), nuevos referentes de la época del #MeToo, heroínas de la gran pantalla, yeyés, chicas sexis y venganza. ¿Quién da más?

He aquí el enlace para adquirir este manual inclasificable con prólogo de Jon Sistiaga:

Mercy, Mary, Patty (La Caja Books)

En el campo de la literatura, aunque inspirada en hechos reales, nada mejor que sumergirse en las páginas de una joya de la narrativa editada con su habitual mimo por La Caja Books: Mercy, Mary, Patty, una absorbente historia que pone sobre la mesa la controvertida y en principio contradictoria actitud de abrazar a tus secuestradores nada menos que como forma de empoderamiento.

Lafon

Eso es lo que plantea la autora, la multifacética Lola Lafon (1972), escritora, cantante y compositora francesa del grupo musical Leva. Conocida por su activismo político y social en defensa del feminismo, el antifascismo y el ideario libertario, es autora de cinco novelas, una de las cuales, La pequeña comunista que no sonreía nunca, fue publicada en castellano por Anagrama en 2015.

Patty Hearst

En febrero de 1974, una de las noticias que coparon los titulares de medio mundo fue el secuestro de Patricia Hearst, nieta del célebre magnate de la prensa William Randolph Hearst (que inspiraría a Orson Welles su monumental y Ciudadano Kane), a manos de un grupúsculo armado anticapitalista que respondía al nombre de Ejército Simbiótico de Liberación. Para estupefacción de las élites estadounidenses, Patricia no tardó en sumarse a las reivindicaciones de sus secuestradores. Hasta aquí, la realidad, y a partir de ese momento Lafon entreteje una novela polifónica que alterna un icono real de la story norteamericana con dos personajes ficticios, para indagar así en el proceso de metamorfosis identitaria.

Regresando a la trama, la profesora Gene Neveva recibe el encargo de elaborar un informe para el abogado de Patricia Hearst, cuyo juicio está a punto de empezar en San Francisco –y que sería uno de los eventos sociales más relevantes de aquel tiempo al otro lado del Atlántico–. La tesis doctoral de Neveva investiga las vidas de otras dos estadounidenses rebeldes: Mercy Short y Mary Jaemison –de ahí el título de la novela–, que abandonaron a sus familias de origen y prefirieron marcharse con los nativos amerindios en los siglos XVII y XVIII, todo un desafío al establishment (por supuesto, en aquel tiempo, machista, racista y profundamente patriarcal). En sus indagaciones, Gene contará con la ayuda de Violaine, quien sospecha que tras la conducta de «Patty» Hearst hay mucho más que un lavado de cerebro por parte de sus captores.

Lafon indaga así en dicho proceso de transformación, ese momento de elección radical de las mujeres libres que, al abandonar el ancho camino impuesto a la masa, se atreven a internarse por los vericuetos prohibidos. Y es que la decisión tomada por la nieta del magnate hace casi medio siglo continúa de una vigencia que abruma y se torna, si cabe, aún más necesaria en los aciagos y desconcertantes tiempos que atravesamos –mujeres y hombres–.

He aquí el enlace para adquirir esta deslumbrante obra:

La Madre terrible en el cine de terror

En Rebeldes y peligrosas de cine, la autora habla de figuras maternas para echar de comer aparte, y si lo que queremos es adentrarnos en este singular «character» de la pantalla grande, lo mejor es sumergirnos en las vibrantes páginas de La madre terrible en el cine de terror, firmado por Javier Parra y editado con mimo por Hermenaute, donde se analiza cómo el celuloide se ha aproximado a esta tradición que puede encontrarse en culturas europeas, asiáticas y mesoamericanas, ya sea como engendradora de monstruos o asociada a la brujería en sus múltiples variantes. La idea de la madre terrible se remonta a tiempos pretéritos en los que la mitología servía para explicar el mundo conocido y sus horrores a través de relatos y cuentos que, cargados de simbolismo y en no pocas ocasiones de mensajes crípticos, han perdurado hasta nosotros, y, tomando elementos de la modernidad, continúan aterrando al hombre, en este caso a través de las páginas de un libro o en una sala de cine.

Siguiendo al autor de este singular (por atípico) ensayo, el mito de la madre terrible adopta tres formas principales: el Tifón, la Lamia y la Esfinge. Sus vibrantes páginas, inspiradas en las teorías de Carl Gustav Jung, propone un trepidante recorrido por la figura de la madre destructora a través de diferentes películas como Psicosis, la legendaria cinta protagonizada por Norman Bates (Anthony Perkins) y su inerte pero poderosa progenitora, El caso de Lucy Harbin, Carrie, y cintas modernas (algunas de culto instantáneo) como Babadook, Hereditary, Mamá o La Llorona. He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://www.hermenaute.com/libro.php?id_libro=33

Los mandarines, de Simone de Beauvoir

Y es posible que la igualdad entre hombres y mujeres y la defensa del feminismo no hubiesen avanzado en Occidente como lo han hecho (a pesar del camino que queda por recorrer) si no fuera por la labor de pioneras y activistas como la filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Más de 70 años después de la aparición de su libro El segundo sexo, éste continúa siendo una obra brillantemente articulada a través de la que los hombres y mujeres de hoy continuamos interpretando el mundo y cuyo discurso mantiene plena vigencia. Pero más allá de sus obra de contenido filosófico-político, Beauvoir fue también una magnífica novelista.

Si queremos acercarnos a la obra narrativa de esta impulsora del feminismo y el empoderamiento de la mujer (a pesar de que su tortuosa y abierta relación con el también filósofo Jean-Paul Sartre dio mucho que hablar), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Los Mandarines, que Beauvoir escribió en 1954 y que fue merecedora del prestigioso premio Goncourt, una obra injustamente poco publicitada en nuestro país a pesar de que las crítica la considera la mejor novela de la francesa.

Los mandarines es un fresco perfecto de la Francia recién liberada de las garras del nazismo. Ambientada en París en 1944, aborda la delicada cuenta pendiente del colaboracionismo (el ajuste de cuentas pero también el perdón necesario para la reconciliación nacional), la compleja búsqueda de un nuevo mundo justo en medio de los intereses de soviéticos y norteamericanos en plena Guerra Fría y la aceptación (entre resignada y pragmática) de un escenario incierto y lleno de desencuentros no tan diferente del que vivimos hoy en día, azotado por la pandemia, las injusticias (que provocan, junto a las guerras, migraciones masivas) y el cambio climático, cada vez más evidente en las inundaciones, tornados e incendios que asolan el planeta.

El inicio nos sitúa tras la guerra y el naufragio general que ésta provocó, y se centra en la psicoanalista parisina Anne Dubreuilh, trasunto de la propia Simone, quien trata de recomponer su vida junto a su marido, un célebre escritor mucho mayor, y su amigo Henri Perron, todos ellos participantes en la Resistencia durante la ocupación nazi. Pero la verdadera trama comienza en diciembre del 44, cuando la contienda aún ruge a pesar del acelerado derrumbe del Tercer Reich. Ahora que en la ciudad de la luz, libre del yugo de la esvástica, la libertad es palpable, casi real, así como en gran parte de Occidente, y los sueños largamente aplazados parecen volver a resurgir, los protagonistas se darán cuenta de que aquello no es sino un espejismo, el umbral de un tiempo de nuevos desgarros y crisis, enmarcado en ese fuerte existencialismo de la autora. Como no podía ser de otra manera, la novela tiene un trasfondo filosófico, existencialista –remarco–, feminista y político imposible de desvincular de sus creaciones aunque sean ficción.

En el amplio catálogo de Edhasa, que lleva brindándonos literatura en su más pura esencia desde un lejano 1946, hay otros libros publicados de Beauvoir muy recomendables, como La invitada, Memorias de una joven formal, Una muerte muy dulce, La ceremonia del adiós o La mujer rota, entre otras. He aquí el enlace para adquirir Los Mandarines en su web:

https://www.edhasa.es/libros/1207/los-mandarines

LADY GAGA. BORN HER WAY (LUNWERG, 2021)

Si hay una artista que ha ido a contracorriente y se ha erigido en símbolo de auténtico empoderamiento es sin duda Lady Gaga. Su última gran gesta fue cantar en la ceremonia de investidura del último presidente de EEUU, Joe Biden, pero tiene una dilatada trayectoria desde que diera sus primeros pasos en la música allá por 2001, con el comienzo del milenio.

De nombre real Stefani Joanne Angelina, la artista neoyorquina revolucionó por completo la industria, y sigue haciéndolo disco tras disco, actuación tras actuación. Ahora, Lunwerg Editores (Planeta) nos trae la biografía ilustrada de la cantante de mano de la ilustradora Laura Floris, una edición bellísima para fans, pero apta también para neófitos.

Extravagante, humana y cercana a su público, así es esta artista neoyorquina que llegó a la fama gracias a Just Dance, Alejandro y Bad Romance. Revolucionó por completo el mundo de la música, dejando siempre a sus espectadores con la boca abierta por su particular estilo. Así es, sin duda, Lady Gaga: un talento único y una mujer excepcional, que no ha tenido miedo a desafiar las convenciones para vivir intensamente y realizar sus sueños. Una de las cantantes más galardonada e influyente de las últimas décadas y una figura inspiradora para legiones de fans. En el libro Lady Gaga. Born her way, descubrirás todo sobre esta figura capital de la cultura pop del siglo XXI. He aquí el enlace para adquirlo en papel o en libro electrónico:

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