La Editorial Crítica publica un revelador ensayo que aborda los orígenes, el modo de actuar (a través de la represión y el control moral) y finalmente el ocaso de una institución que durante el franquismo tuvo las vidas de muchas mujeres bajo su larga sombra.
Si uno de primeras nunca ha oído hablar de dicha institución, y de cuál era su verdadero objetivo, podría incluso pensar que se trata de un organismo feminista de nuestros tiempos frente a las amenazas del patriarcado, creado, quizá, por el Ministerio de Igualdad, pero no, todo lo contrario: fue de todo menos eso. El Patronato de Protección a la Mujer, que se conoció originalmente como «Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas», se trató en realidad de una institución española pública activa entre 1902 y 1985 que dependía del Ministerio de Justicia.
María Cristina de Habsburgo-Lorena.
Originalmente fue un organismo bajo la protección de la Corona española, presidido por la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (segunda esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII) que como bien rezaba su nombre original tenía un cometido filantrópico, organizar la lucha contra la trata de personas, principalmente mujeres, que se distorsionaría notablemente más adelante, y principalmente bajo la dictadura franquista. Se trataba en un principio de una institución abolicionista de la prostitución (y por tanto, muy adelantada a su época), que entró en vigor con un decreto de 11 de julio de 1902. Sin embargo, a pesar de su elogiable intencionalidad inicial, pronto funcionó como una institución de control social y adiestramiento moral.
En 1931, con el triunfo de la Segunda República, se reorganizó bajo el nombre de «Patronato de Protección a la Mujer» y era de carácter laico, y en su junta, entre otras, figuraba la abogada, escritora, diputada y defensora de los derechos de la mujer Clara Campoamor. Sin embargo, la falta de medios económicos provocó su disolución en 1935, pasando sus funciones al Centro Social de Protección de Menores.
Carmen Polo y Franco.
Con la victoria franquista en la Guerra Civil y la instauración de la dictadura, el 6 de noviembre de 1941 se volvió a crear el Patronato de Protección a la Mujer por Decreto, siendo su presidenta de honor una de las mujeres claves del llamado Movimiento, Carmen Polo, esposa de Franco. A través de dicho decreto se creó también la Obra de Redención de las Mujeres Caídas, cuyo objetivo era «reformar y regenerar a las prostitutas clandestinas reincidentes». Según el artículo, la finalidad del Patronato era «la dignificación moral de las mujeres», especialmente de las jóvenes, «para impedir su explotación, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de las realidad católica», un lenguaje muy acorde al régimen nacionalcatolicista.
La autora del ensayo.
Sin embargo, dicha educación apenas era efectiva –ni visible– y las funciones del Patronato se dirigían principalmente al intervencionismo estatal en la intimidad y, en palabras de Carmen Guillén Lorente, en el artículo «El Patronato de Protección a la Mujer: adoctrinamiento moral durante el franquismo», publicado en inglés en The Conversation con fecha 14 de abril de 2024, «la persecución y reclusión de la mujer desviada». Precisamente esta especialista, Carmen Guillén Lorente, doctora en Historia Contemporánea y profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM), es la autora de un revelador –y necesario– ensayo publicado recientemente por la editorial Crítica: Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), que aborda minuciosamente, con gran rigor documental e ingentes fuentes, en gran parte inéditas, el papel represivo y de control moral de esta institución extrañamente poco conocida hoy.
¿Qué encontraremos en las páginas de Redimir y adoctrinar?
Tras décadas de silencio, Carmen Guillén arroja luz al organismo franquista encargado del adoctrinamiento moral de las mujeres caídas.
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De entre todos los fragmentos que componen la compleja historia del siglo XX español, pocos capítulos resultan tan oscuros y reveladores como los vinculados a las instituciones represivas del franquismo. La más longeva y, sin embargo, la menos conocida, es el Patronato de Protección a la Mujer. Desde 1941 hasta bien entrada la democracia, esta institución apuntaló su labor sobre cuatro pilares: trabajo y oración para redimir; disciplina y castigo para adoctrinar. En el cruce de intereses entre Iglesia y Estado, la doctrina católica sirvió para legitimar este control femenino.
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Miles de mujeres de todas las edades, procedencias y contextos socioeconómicos fueron entonces condenadas sin delito y encerradas sin juicio en nombre de esa moral. Bajo un disfraz de caridad se ocultó una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robo de bebés y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Este libro analiza el Patronato como una pieza clave en la arquitectura moral y política del franquismo y examina la huella que dejó en quienes lo padecieron y en una memoria colectiva que aún intenta asumir ese pasado.
El 4 de julio de 2026 se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de los EE.UU. de la Corona inglesa, y un revelador ensayo que acaba de publicar Edaf revela la trascendental contribución de la Corona española a la revolución y la financiación de la misma, hechos olvidados e incluso negados durante siglos por la Leyenda Negra antiespañola: Revolución, de Jorge Luis García Ruiz.
En coalición con la Francia borbónica (una «coalición» no siempre fácil y amistosa) el gobierno español, en cuyo trono se sentaba entonces el rey Carlos III, puso una ingente financiación y también envió grandes cantidades de materias primas y armas a los insurgentes americanos, algo generalmente olvidado y desconocido en el país de las barras y estrellas (que sí han agradecido la contribución francesa al proceso) en un tiempo en el que se fue forjando una suerte de «leyenda negra» antiespañola por parte de británicos, franceses y también colonos americanos.
Bernardo de Gálvez.
Entonces perdimos definitivamente Gibraltar (y a punto estuvo de hacerlo Menorca). Algunos congresistas y propagandistas de lo que más tarde serían los Estados Unidos de América (como John Jay, responsable de gran parte de esa publicidad negativa hacia España) o el venezolano Francisco de Miranda (que tras formar parte del Ejército español contribuiría precisamente a la independencia de lo que más tarde sería Venezuela de la Corona hispánica –con relativa ayuda de los congresistas estadounidenses–), intentaron dinamitar la historiografía sobre lo que realmente sucedió en relación con la Corona española y su contribución a la Revolución americana –y hay que decir que lo consiguieron–. En el libro, tiene una importancia capital el personaje, este sí, honorable, de Bernardo de Gálvez.
Navío Santísima Trinidad.
El oprobio fue doble, pues los congresistas estadounidenses volverían a contar más tarde con la protección de sus otrora «enemigos» ingleses invadiendo numerosas tierras que pertenecían a la Corona española (contribuyendo además a la independencia de las colonias) y no devolvieron una deuda que según los historiadores más fiables, no contaminados por el relato tergiversado de la realidad, probablemente habría hecho que España continuase teniendo parte de la hegemonía mundial. La historia, sin duda, sería muy distinta a la actual.
Presidio. El anterior trabajo del autor con Edaf.
El autor.
Es gran parte de lo que narra con una prosa sencilla y cercana, pero a la vez basándose en una ingente documentación (mucha de ella inédita) el autor, Jorge Luis García Ruiz, doctor en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Complutense de Madrid. Español de nacimiento y norteamericano de adopción, reside en una de las ciudades con más historia hispana de los Estados Unidos de América, San Antonio, en Texas. Arqueólogo e historiador, pero sobre todo investigador, es profesor en la Texas Lutheran University y con Edaf ha publicado, con enorme éxito de crítica y público, el ensayo Presidio. La historia documentada de 300 años en la frontera norte, que también he leído a conciencia y puedo asegurar que arroja información reveladora sobre el papel de España en la configuración de los Estados Unidos y gran parte de la civilización del Nuevo Mundo.
¿Qué encontraremos en Revolución?
Declaración de Independencia.
El 4 de julio de 1776 se firmó la declaración de Independencia de los Estados Unidos. La asistencia española a la Independencia fue de tal importancia y magnitud que lo verdaderamente difícil es comprender cómo pudo haber sido ocultada durante 250 años. La historiografía estadounidense ha logrado, de manera sistemática y con notable éxito, oscurecer el papel de España en su Guerra de Independencia, pese a haber sido la ayuda más significativa que recibió.
Tropas españolas en la Batalla de Pensacola.
Esta obra arroja luz sobre aspectos aún desconocidos y aborda cuestiones de enorme relevancia: la negociación previa entre todas las partes, la siempre compleja relación con Francia y la ambigüedad de sus políticos y mandos militares, llevándonos a preguntarnos si fueron realmente aliados de España o sus peores enemigos y el comportamiento de los enviados estadounidenses ante la corte española. Desfilan por sus páginas todos los protagonistas, no solo las figuras principales, y los acontecimientos más importantes, evitando el triunfalismo y el victimismo, pues ambos son enemigos de la verdad.
Dólar (1804).
Nos aclara qué se pagó, quién lo pagó, a quién se entregó y, sobre todo, quién tuvo que sacrificarse para que hoy los Estados Unidos puedan seguir celebrando su independencia. Y por último, se examina cómo se negoció la paz y quiénes fueron sus artífices, así como los agradecidos por tan oportuno y desinteresado gesto y qué obtuvo España a cambio de tanta generosidad. Si recuperar la deuda financiera es imposible, al menos es necesario seguir exigiendo el reconocimiento de la enorme deuda moral.
El Enemigo de mi Enemigo (Alianza Editorial)
Y con motivo de una efeméride de tal calado, son algunas más las novedades editoriales centradas en el papel de nuestro país en aquel conflicto capital para el desarrollo de la historia moderna y contemporánea. Una de los más destacadas –y recomendables– es El enemigo de mi enemigo. España en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1775-1783), publicado por Alianza Editorial, el último trabajo de Gonzalo M. Quintero Saravia, doctor en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Derecho por la UNED y miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.
Carlos III.
El título resume con precisión la tesis del libro: España entró en la guerra no por simpatía ideológica hacia unos rebeldes que cuestionaban la autoridad monárquica –de hecho, la Corona de Carlos III desconfiaba profundamente de ellos, como vimos en la reseña de Revolución–, sino porque su enemistad histórica con Gran Bretaña convertía a los insurgentes norteamericanos en aliados de circunstancia útiles para sus propios objetivos territoriales y estratégicos.
Quintero Saravia no llega a este libro como debutante en la materia. Antes escribió, directamente en inglés y para una editorial universitaria estadounidense, la primera biografía exhaustiva de Bernardo de Gálvez, Spanish Hero of the American Revolution, un trabajo que recibió reseñas elogiosas en publicaciones académicas como el William and Mary Quarterly o el Missouri Historical Review y que le valió ser fellow del Weatherhead Center for International Affairs de Harvard. Ese itinerario inverso al habitual –publicar primero para el mercado anglosajón antes de escribir para el lector español, algo que también ha hecho con algunos de sus títulos Jorge Luis García Ruiz– explica el rigor documental de El enemigo de mi enemigo, que dedica buena parte de sus más de quinientas páginas a rastrear archivos españoles, mexicanos y estadounidenses para reconstruir un relato que en España sigue siendo, sorprendentemente, poco conocido.
Bernardo de Gálvez.
La estructura, en siete capítulos, sigue un arco clásico: los antecedentes en las tensiones sobre las Floridas y Luisiana, el estallido y desarrollo del conflicto, las operaciones militares españolas en el Misisipi, el Caribe y el asedio a Gibraltar, las negociaciones diplomáticas en las cortes europeas y un cierre dedicado a los tratados de paz y sus consecuencias. Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española y después virrey de Nueva España, es el protagonista casi inevitable: sus campañas contra los asentamientos británicos del Misisipi y sus victorias en Mobila y Pensacola impidieron que Gran Bretaña concentrara todas sus fuerzas navales y terrestres contra el ejército continental de Washington, un dato que explica por qué su retrato cuelga hoy en la sala de fundadores del Congreso estadounidense y por qué ciudades como Galveston llevan su nombre, mientras en España su figura permanece casi anónima.
Una necesaria revisión historiográfica
Sitio de Gibraltar.
El ensayo se inscribe en una corriente historiográfica que en el mundo anglosajón lleva ya una década ganando terreno y que deberíamos adoptar por estos lares: la revisión de la Guerra de Independencia estadounidense como conflicto genuinamente internacional, no como gesta puramente americana. El referente obligado en esa corriente es Brothers at Arms, del historiador y arquitecto naval Larrie Ferreiro, finalista del mismísimo Premio Pulitzer, que sostuvo con cifras contundentes que Francia y España aportaron cerca del noventa por ciento de las armas usadas por los colonos y un volumen de ayuda financiera equivalente a treinta mil millones de dólares actuales, sin la cual la causa americana difícilmente habría triunfado. Quintero Saravia comparte con Ferreiro esa voluntad de sacar a España del papel de comparsa diplomática y devolverla al centro del tablero, aunque su enfoque es más monográfico: donde Ferreiro construye un fresco tríptico de Francia, España y las colonias, Quintero Saravia profundiza específicamente en la lógica interna de la política española, sus reticencias, sus cálculos y su particular manera de entender que ayudar a los rebeldes no significaba, en modo alguno, legitimar la rebelión como principio.
Mapa de la Luisiana y la Florida (1764).
Ahí reside el mayor acierto del libro: mostrar con matices la incomodidad de fondo de la diplomacia de Carlos III, atrapada entre el deseo de debilitar a Gran Bretaña, recuperar Gibraltar y Menorca (cosa que finalmente consiguió con el apoyo francés), y el temor genuino a que el ejemplo americano contagiara a sus propios territorios en Indias. Esa ambivalencia, más que la épica de las batallas, es lo que distingue este trabajo de las biografías puramente heroicas de Gálvez que han proliferado en los últimos años al calor del creciente interés hispano por recuperar su papel en la fundación de los Estados Unidos.
Conde de Aranda.
Como contrapartida, el libro exige del lector cierta paciencia con la acumulación de nombres, cargos y fechas diplomáticas –condes de Aranda, de Floridablanca, de Vergennes, embajadores, gacetas, correspondencia ministerial– propia de una obra construida sobre archivo denso más que sobre narrativa fluida; no es un libro pensado para la lectura de evasión, sino para quien quiera entender con precisión los engranajes de una política exterior compleja. Dicho esto, la recompensa es considerable: pocas obras en español logran situar con tanta claridad el asedio a Gibraltar, las campañas del Misisipi y las negociaciones de París dentro de un mismo relato coherente, y menos aún con el aparato documental que aquí se despliega, salvo quizá, recientemente, la citada obra de Edaf. El enemigo de mi enemigo cumple así una función doble: divulgar en España lo que la historiografía anglosajona ya había empezado a asumir, y hacerlo con la solidez de quien primero tuvo que convencer a los lectores y revisores más exigentes de la academia estadounidense.
Es una de las obras imprescindibles (otra más en su larga trayectoria) del dios del manga nipón Osamu Tezuka (1928-1989), y ahora Planeta Cómic la publica en castellano, en una magnífica edición integral en tapa dura.
No es la primera vez que nos hacemos eco de la abultada y soberbia obra del mangaka Osamu Tezuka (creador de Astroboy, Kimba o la fabulosa serie antibelicista Adolf, entre otras joyas) en el Pandemónium, y ahora Planeta Cómic, responsable del lanzamiento de sus novelas gráficas en castellano, publica otro de sus títulos emblemáticos: Dororo, sin duda otra obra maestra del dios del manga fallecido en 1989, hace casi cuarenta años, lo que no impide que su obra siga teniendo la misma frescura que si la hubiese concebido hoy en día.
Daigo Kagemitsu, un señor local con el anhelo de gobernar el mundo, promete entregar el cuerpo de su hijo a cuarenta y ocho demonios si se cumplen sus deseos más ambiciosos. En consecuencia, el bebé nace sin cuarenta y ocho partes y es arrojado al río para que muera. Sin embargo, el pequeño logra sobrevivir gracias a la bondad y cuidados de un sabio que lo adopta, proporcionándole además las habilidades y elementos en su cuerpo para poder protegerse.
Años después, Hyakkimaru, convertido ya en un diestro samurái, emprende un viaje de revelación y venganza para ahuyentar a los demonios e ir recuperando su cuerpo perdido. A lo largo de 19 capítulos y más de 800 páginas, el personaje recorrerá gran parte del Japón rural en busca de esos seres malignos y recuperar, con la reconstrucción de su cuerpo, su humanidad perdida, sin olvidar su venganza contra Daigo. En su viaje, Hyakkimaru rescata a Dororo, un joven ladronzuelo de pasado tormentoso y que guarda algunos secretos, al que convertirá en su inseparable amigo y compañero de armas. Juntos, continuarán un viaje lleno de peligros, demonios y fantasmas.
Juntos se enfrentarán a situaciones de las más variopintas en un mundo hostil que sistemáticamente les va a dar la espalda, no importa cuánto se esfuercen ni cuánto ayuden a las distintas comunidades con las que se van a ir encontrando, mostrando un retrato muy pesimista de la sociedad japonesa. En su soledad, y pese a sus continuas broncas y discusiones, aprenderán a confiar el uno en el otro y forjarán una bonita relación que, desgraciadamente, se verá truncada por el abrupto final de la serie, que se publicó entre agosto de 1967 y octubre de 1969 en las revistas Shônen Sunday y Bôken-Ô (la forma habitual entonces de publicación de lo que hoy son las novelas gráficas), aunque la idea inicial de Tezuka era prolongarla mucho más. Sin embargo, el hecho de que el relato se fuera haciendo cada vez más oscuro y violento llevó a los editores a pedir al mangaka su cierre anticipado.
Aquella circunstancia provocó que Dororo tuviera una conclusión precipitada. Una pena teniendo en cuenta la calidad del resto del relato. No obstante, es una obra imprescindible para cualquier amante del género y la edición de Planeta Cómic está sin duda a la altura (tapa dura y considerables dimensiones).