Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.

Halloween: cuando los muertos están entre nosotros (I)

En plena celebración del Samhain celta, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Ir de puerta en puerta, vociferando y haciéndose con regalos, era la práctica druida previa a las grandes fogatas, aunque esta práctica tan común hoy en los EEUU y otros países anglosajones, y cada vez más implantada en todo el mundo, también parece estar relacionada con el concepto católico del purgatorio y la costumbre de mendigar un «ponqué» o pastel de alma –soul cake– (aunque me quedo con los «huesitos de santo» que en España, junto a los buñuelos, nos acompañan desde nuestra más tierna infancia).

La costumbre de la burla –Trick– en Halloween, está relacionada de nuevo con la creencia de que los espíritus y las brujas hacían un daño esa noche especial desde tiempos pretéritos. Por ello, se creía que si el vivo no proveía comida o dulces –treats– a los espíritus, entonces éstos se burlaban de él. Las gentes creían que si no se honraba a los espíritus, podrían sucederles terribles desgracias; asimismo, los druidas estaban convencidos de que al fracasar adorando al Señor de la Muerte sufrirían desastrosas consecuencias.

De hecho, los sacerdotes celtas iban de casa en casa demandando todo tipo de comidas extrañas para su propio consumo y como ofrenda tras el Festival de la Muerte. Si las gentes se negaban a sus demandas, les hablaban sobre una maldición demoníaca que caería sobre su hogar: en el transcurso del año, alguno de los miembros de la familia moriría…

Así, en la actualidad los niños, cuando llaman a tu puerta y reclaman ese «Truco o trato» sugieren que si no les dan un dulce, te jugarán una mala pasada, una suerte de amenaza velada como en el antiguo Samhain.

La linterna de Jack

Los inmigrantes irlandeses que desembarcaron en la isla de Ellis, en Nueva York, EEUU, llevaron consigo algunas de sus tradiciones y las extendieron por aquellas tierras tomando la forma de leyendas y cuentos populares. Uno de los más singulares de Halloween es la historia de Jack O’Lantern. Cuentan que éste era un hombre ruin y malvado, aficionado a la bebida –y no precisamente la Casera– y bastante retorcido, que siempre lograba salirse con la suya. En una ocasión, el diablo se le apareció para reclamar su alma, pero el mezquino Jack engañó al maligno: le pidió que se convirtiera en unas monedas para pagar su último trago. Cuando el diablo se introdujo en su bolsillo, Jack metió una cruz de madera y lo atrapó, obligándole a darle diez años más de vida.

Pasada una década, el diablo volvió para cobrar su deuda, pero, como debía cumplir siempre la última voluntad de una persona para sesgar su alma, Jack le pidió que trepara a un manzano y le trajera el fruto que se hallaba más alto de todos. Cuando el maligno estaba en lo más alto, O’Lantern grabó una cruz en el árbol y lo rodeó con pequeñas cruces de madera, atrapando de nuevo a su anfitrión. La exigencia del retorcido Jack fue que esta vez dejase su alama para siempre.

Sin embargo, al final el destino le devolvió el golpe: al morir, el espíritu de Jack fue expulsado de los cielos por sus múltiples pecados. Entonces, buscando refugió bajó a los infiernos para convencer al diablo de que lo acogiese. Pero éste no había olvidado su afrenta: le recordó que no podía poseer su alma y lo expulsó de allí. Cuando abandonaba el infierno, comiéndose un nabo, el diablo le arrojó unas brasas que no dejarían de arder. Jack las introdujo en el nabo y desde entonces vagó por la tierra con su «linterna de Jack», buscando reposo. Con el tiempo, los nabos que usaban también los druidas serían sustituidos por calabazas, debido al excedente de esta hortaliza en el Nuevo Mundo, hasta el día de hoy.

Otra versión de la historia apunta que Jack se negó a ayudar a obtener los ingredientes para preparar una sopa de Halloween a una bruja y ésta, como castigo, le impuso una maldición: una calabaza gigante lo engulló y desapareció para siempre, mientras la hortaliza adoptaba rasgos similares al rostro humano. Es posible también que la calabaza hueca se hubiera originado por la costumbre de las «brujas» de llevar una calavera con una vela encima para iluminar el camino hacia el aquelarre.

El Jardín del Edén (Las Pozas, Xilitla, México)

En la región de Xilitla, en San Juan de Potosí, México, se esconde entre la vegetación un impresionante complejo arquitectónico y escultórico que fue fruto de la pasión de un artista complejo y solitario. Amigo de Salvador Dalí y Luis Buñuel y uno de los máximos representantes del surrealismo, el inglés Edward James fue un excéntrico y un soñador que, cual duque de Bomarzo, construyó un jardín mágico en medio de la selva.

Las Pozas (Xilitla)

Parece sacado de una película de fantasía épica. Pero es real, y se encuentra en medio de la selva mexicana. Su artífice fue Edward F. W. James, quien gracias a una gran fortuna y a una imaginación desbordante, pudo dar rienda suelta a sus sueños megalómanos, creando uno de los parajes más fascinantes y misteriosos del mundo, un pequeño reino que evoca al cartón-piedra de los decorados del Hollywood clásico, pero absolutamente real.

Nacido en 1907 en Greywalls (Escocia), era hijo del magnate estadounidense de los ferrocarriles William James, aunque durante años se especuló que realmente se trataba de un hijo bastardo del rey inglés Eduardo VII, que solía frecuentar la propiedad familiar: la West Dean Park, en Sussex. De gran inteligencia y tempranas inquietudes artísticas, con tan solo 22 años comenzó a escribir poesía, ganando el importante premio en esta categoría que otorgaba la escuela pública Eton, la más prestigiosa entonces de toda Inglaterra. En 1926 ingresó en Oxford y a principios de los años 30 sintió una poderosa atracción hacia el movimiento surrealista, adscribiéndose a él con devoción y manteniendo estrechas relaciones con Salvador Dalí y Luis Buñuel. En 1937, en el marco de la Guerra Civil Española, James y Dalí propusieron al director de Un perro andaluz, que tenía gran influencia en el bando republicano, comprar con sus recursos un bombardero checoslovaco para emplearlo en la contienda a cambio del préstamo de una serie de obras maestras del Museo del Prado que serían exhibidas por todo el mundo con el objeto de recaudar fondos para la causa republicana. Una audaz propuesta que finalmente rechazaría Buñuel.

Fotograma de Un perro andaluz

Además, no tardarían en surgir las desavenencias entre James y Dalí, rompiéndose su relación durante la Feria Mundial de 1939 en Nueva York. En 1944, James llegó a México para visitar a su amigo Geoffrey Gilmore con una idea grabada a fuego en su cabeza: la creación de «un jardín del Edén en ese país», según le escribió previamente en una misiva enviada desde Texas. Una larga búsqueda que le llevaría cinco años: aunque en principio pensó en Los Ángeles, no tardó en elegir México por ser, según sus propias palabras, «mucho más romántico (…) y con más espacio que California». Sin duda la legislación sería también más flexible que en Estados Unidos.

Esoterismo, magia y símbolos secretos

Su primo Bridget Bate Tichenor, pintor encuadrado en el realismo mágico, afirmó que James tenía un profundo conocimiento del esoterismo, que tendría un papel relevante en su obra artística, y parece ser que fue quien le convenció de viajar al otro lado de la frontera para dar forma material allí a su particular visión del surrealismo. En Cuernavaca, Edward James conoció a Plutarco Gastélum, un telegrafista diez años más joven que él que no tardó en convertirse en su guía por el país y con quien descubrió el fascinante paraje de Xilitla, alejado de miradas molestas y del mundanal ruido.

De 1947 a 1957, diez largos y laboriosos años, el artista reconvirtió la finca en plantación de orquídeas, hasta que en 1962 una fuerte helada la destruyó. Fue un duro golpe, pero sirvió para que James se decidiera finalmente a iniciar la construcción del complejo que lo haría inmortal, y que todavía descansa, impertérrito al paso del tiempo, en medio de la exuberante vegetación que en aquella zona no ha sido arrasada por el avance de la modernidad ni por la ignominiosa crisis climática. Un paraíso en la Tierra, de los que cada vez, por desgracia, van quedando menos.

Edward James

En su particular Edén de piedra, el excéntrico artista levantó columnas que nada sostienen, escaleras que no conducen a ningún sitio, una biblioteca, claro, sin libros, puertas que se cierran o abren al aire y numerosas formas caprichosas que mezclan los trazos surrealistas con el arte precolombino y cierto toque oriental; una verdadera quimera pétrea de 36 conjuntos formados por más de 180 esculturas y detalles diversos, muy trabajados, que se confunde con las palmeras y las cataratas y que se asemejan –de hecho, esa era su intención– a las ruinas de una civilización desaparecida.

Con el paso del tiempo, las inclemencias meteorológicas y el abandono, cualquiera pensaría que se halla ante una ciudad antediluviana, un mundo de tiempos pretéritos. Formas caprichosas con nombres poéticos como «La Casa de los Peristilos» o «La recámara con techo en forma de ballena», destacando sobre todas ellas la estructura conocida como «El Cinematógrafo», un delirante edificio compuesto de torres y escaleras que se alzan al cielo y que alcanzan los 20,74 metros de altura.

En su cima, donde se encuentra la bautizada como la «Escalera al cielo», fue ideado por James como espacio para proyectar películas a los habitantes de Xilitla. Precisamente, esto sería aprovechado por el escritor mexicano Augusto Cruz para situar la acción de su vibrante novela Londres después de Medianoche, un canto al séptimo arte con forma de thriller –la búsqueda de una cinta de 1927 del director Tod Browning, autor de joyas como Drácula (1931) o La Parada de los Monstruos (1932) de la que solo se conservan varios fotogramas, en este caso un episodio real y uno de los mayores misterios de la historia del cine– que publicó en España Seix Barral en 2014.

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Genio loco o simple excéntrico, Edward James solía pasearse desnudo por sus posesiones, acompañado de una cohorte de vigías: animales domésticos que incluían 200 aves y 40 perros; asimismo, un gran número de boas campaban a sus anchas por tan bucólico lugar. Aquel anciano de pelo revuelto, barba blanca y camisas estampadas, que había sido mecenas nada menos que de Picasso, Man Ray, Magritte o Leonora Carrington, y sobre el que Salvador Dalí llegó a decir que estaba «más loco que todos los surrealistas juntos» –que eso lo dijera el artista catalán tiene narices y nos da una idea de cómo era nuestro protagonista–, moría el 2 de diciembre de 1984 en San Remo, Italia, siendo enterrado en la propiedad familiar de sus años de infancia, West Dean Park,  en la gris Inglaterra, a muchos miles de kilómetros de su refugio mágico.

Texto: Óscar Herradón ©