Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Churchill y Franco. Una guerra secreta por la neutralidad (I)

De todos es sabido el estrecho lazo que mantuvo el régimen de Franco con el nazismo. Menos conocidas son las relaciones entre el Gobierno británico de Churchill y España. La desclasificación de importantes documentos de aquel periodo arroja luz sobre un soborno encubierto que cambiaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial.

Por Óscar Herradón ©

Casi 84 años después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, devastador conflicto que perfilaría el mundo en el que vivimos, y que dio un giro de 180 grados a la historia de la humanidad (y cuyas terribles consecuencias vuelven a reverberar en los oídos de los europeos a más de un año de la guerra de Ucrania), hemos escuchado hablar hasta la saciedad de las relaciones que el gobierno franquista, con un implacable poder recientemente estrenado, mantuvo con la Alemania nazi.

De todos es sabido que Adolf Hitler contribuyó al esfuerzo de guerra del lado de los golpistas, con armamento y con episodios tan deleznables –y estratégicamente claves– como el bombardeo de Guernica, que serviría a los modernos aviones de la Luftwaffe de entrenamiento para su indiscriminada Guerra Relámpago en el Viejo Continente; también de las negociaciones entre este y Francisco Franco para que una España paupérrima con un ejército mal preparado aunque fanático a la causa nacional no se mantuviera neutral, conversaciones que tendrían su momento clave en la reunión en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Pero, ¿y las relaciones del dictador español con los aliados, concretamente con Winston Churchill y los mandamases del Foreing Office? ¿Tuvo algo que ver el combativo premier británico con la neutralidad del régimen franquista?

A bote pronto uno imagina que el “Caudillo” no pretendía mantener contacto alguno con las democracias occidentales cuando él mismo se había decantado por un régimen de Partido Único, prensa única e ideología nacionalfascista –y de religiosidad desbordante– que veía en el nazismo un arma implacable a quien pretendía imitar –creencias religiosas aparte–. Es más, en numerosas ocasiones Franco se jactó de querer entrar en la guerra del lado del Eje. ¿Qué sucedió entonces? A continuación veremos que Winston Churchill y su gobierno tuvieron mucho más que ver en el desarrollo de los acontecimientos de lo que en un principio pudiera parecer.

Una reveladora desclasificación

Enseguida nos retrotraeremos a la España de principios de los años cuarenta, con una Europa sumida en plena contienda. Pero a principios de octubre de 2016 saltaba a primera plana una noticia sobre el tema que venimos tratando. Concretamente, la prensa hablaba sobre la “traición” de Churchill a Franco, en relación a Gibraltar, cuando el entonces jefe del Estado español estaba convencido de que el dirigente británico devolvería aquella región por su neutralidad en el conflicto, a partir de unos papeles que en 2013 fueron desclasificados por la Oficina de Registro Público británica y que se sumaban a la gruesa publicación de archivos hasta entonces secretos sobre las relaciones entre los mandamases de Downing Street y el gobierno franquista. El tema de Gibraltar es sustancioso, aunque no fue definitivo en el desarrollo de los acontecimientos.  

A través de dichos expedientes y notas de las embajadas –la mayoría secretas hasta entonces– se puede trazar una historia de espías y medias verdades, y negociaciones en la sombra que mantuvieron a Franco en una delicada tesitura: apoyar a Hitler y Mussolini, a quienes consideraba aliados naturales, o mantenerse al margen para recibir promesas y ayudas de Inglaterra y Estados Unidos. Finalmente, el régimen se decantaría por esta última opción –con matices–.

España, nido de espías

Lord Halifax

Eran las 22.15 horas del 4 de junio de 1940 cuando sir Samuel Hoare, embajador británico en el Madrid franquista, enviaba un telegrama urgente a Londres. Era una comunicación secreta dirigida a Edward Frederick Lindley Wood, primer conde de Halifax, más conocido como lord Halifax a secas, que hoy, desclasificado por el MI6, sabemos que rezaba lo siguiente: «Hay indicios de que está cobrando impulso la idea de abandonar la neutralidad, y tengo la impresión de que ha llegado el momento de actuar de forma inmediata para verificarlo». Inglaterra estaba viviendo uno de sus peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, siendo sus tropas literalmente arrasadas por la «Guerra Relámpago» nazi.

Samuel Hoare. Wikipedia (Free License).

Aquel mismo día se había producido el desastre de Dunkerque y, aunque Churchill no claudicó y continuó con su diatriba luchadora, enunciando el célebre discurso en el que afirmaría que los ingleses «jamás nos rendiremos», lo cierto es que la entrada de nuestro país en la contienda, algo que entonces parecía inminente, podía ser un golpe de efecto magistral para equilibrar la balanza bélica a favor del Eje.

Si Franco se posicionaba en la contienda del lado de Alemania e Italia e invadía Gibraltar –algo que estuvo a punto de suceder mediante la denominada “Operación Félix”–, el territorio del sempiterno enfrentamiento entre nuestro país y el del premier, los aliados perderían el Mediterráneo y los buques y acorazados británicos tendrían que bordear todo el continente Africano hasta el Canal de la Mancha para librar su batalla en el Norte de África, una zona clave para la victoria. Esa era la verdadera amenaza española, pues su ejército estaba mal pertrechado y sus tropas aún acuciaban los estragos de la Guerra Civil, pero era un movimiento estratégico decisivo.

Documentos secretos del SOE en España

Aquello podía ser un verdadero desastre para los aliados. Había que hacer algo, y hacerlo rápido, y esa era la misión de Hoare, que había llegado a la capital española tan solo unos días antes de escribir a Halifax. Este personaje, uno de los más brillantes diplomáticos –y también espía, campo que conocía muy bien, pues había dirigido el servicio secreto británico en Rusia durante la Gran Guerra–, ya tenía sesenta años cuando fue nombrado embajador. En más de una ocasión había mostrado simpatía hacia la causa nacional y era el hombre más indicado para convencer a Franco y sus generales de la importancia capital de la neutralidad. Lo haría, eso sí, a golpe de talonario.   

Asunto Confidencial

Blitz

Y es que de los papeles desclasificados se deduce que Hoare tenía un plan –aunque el tiempo corría en su contra– para mantener la neutralidad española en la guerra. Paul Preston, biógrafo del embajador, señala que este había enviado telegramas a Londres explicando que Franco le había recibido en un despacho en el que lucían retratos de Hitler y Mussolini y le había llegado a decir que los británicos «deben rendirse ante la inevitable victoria alemana». Es más, el jefe del ejecutivo español había prometido a Hitler su participación en la contienda a cambio de la expansión española en África y de todos era sabido que estaba dispuesto a apoyar los totalitarismo que él mismo representaba frente a los regímenes parlamentarios, mientras en las calles de la Península falangistas y universitarios afectos a la dictadura clamaban por la victoria de Hitler con proclamas como «¡Abajo Inglaterra!», frases lapidarias que gritaban el 1 de junio de 1940 ante la embajada británica.

Todo estaba en contra de los ingleses para que España se mantuviera neutral y su entrada en la guerra era inminente, según Hoare, salvo que se detuviera con una gran cantidad de dinero, nada menos que medio millón de libras –dinero que aumentaría exponencialmente hasta los 10 millones de dólares– para sobornar a varios generales poderosos del régimen franquista. Si Gibraltar caía en manos españolas o alemanas y las potencias del Eje instalaban baterías en la costa africana, el Estrecho, como señalé líneas más arriba, quedaría blindado y los barcos, buques y navíos de guerra ingleses tendrían que circunnavegar África no solo para librar la batalla en el norte del continente sino también para acceder a la India, un territorio clave que podía llenarse de insurgentes y opositores al imperio británico.

«La Caballería de San Jorge»

En toda esta operación de chantaje la embajada británica en España se sirvió de la contrainteligencia y el espionaje, una de las armas más efectivas en aquella lucha. El principal espía, además de Hoare, en Madrid, era Alan Hillgarth, agregado naval y responsable de Inteligencia en nuestro país. Trabajando mano a mano con Hoare, será este quien escriba la célebre frase, dirigiéndose a sus superiores en Londres, de que es el momento adecuado de cargar “la caballería de San Jorge”, haciendo alusión a las guineas de oro con las que su país ayudaba a sus aliados en conflictos pasados, monedas decoradas con el patrón británico. Así acabaría conociéndose esta operación secreta que por fin ha trascendido.

Alan Hug Hillgarth

Y uno de los hombres clave para que la misma fructificara, según los informes y lo que ya recogiera en un magnífico libro en 2008 el historiador Pere Ferrer, fue el empresario español Juan March, quien ya había sido una pieza clave en la financiación del viaje que trajo a Franco a España para el levantamiento del 18 de julio que dio inicio a la Guerra Civil, a bordo del Dragon Rapide, un hombre cuya fundación hoy goza de enorme prestigio pero con un pasado lleno de claroscuros que, según Ferrer, era «un maestro de doblegar voluntades a través del soborno», quien había hecho una gran fortuna con el contrabando de tabaco durante la I Guerra Mundial y había blindado su imperio vendiendo armamento a distintos contendientes durante la Segunda, a aquel que fuera el mejor postor. Además, sería confidente del almirante Wilhelm Canaris –jefe de la Inteligencia naval de la Marina alemana, más tarde ejecutado por traición al Führer– en Madrid. Sería en 1936 precisamente cuando Alan Hillgarth conoció en Mallorca, donde se había establecido a principios de aquella década, al multimillonario hispano.

Al parecer, la decisión del MI6 de utilizar a March era que los generales españoles no supieran que era precisamente el gobierno británico, por el que no tenían demasiada simpatía, quien les compraba. Aunque en los primeros telegramas que intercambia Hoare con Londres no se mencione el nombre del empresario, autores como los historiadores Gabriel Cardona o Enrique Moradiellos, así como el citado Ferrer, apuntaban ya antes de la desclasificación de los documentos y misivas que era con March precisamente con quien el embajador británico negociaba los sobornos a los generales españoles. El banquero mallorquín estaba convencido de que los generales no le harían ascos al «complemento salarial» ofrecido por los hombres de Churchill.

Canaris

Los militares opositores a Franco, que los había, empezaron ya a mostrar su descontento durante la Guerra Civil, incluso en el propio bando golpista, y cuando el conflicto fratricida terminó, algunos quisieron restaurar la monarquía borbónica y otros sacar el mejor provecho personal de la situación. El ejército franquista no estaba precisamente bien pagado en la España de la cartilla de racionamiento y el estraperlo. Los generales españoles ganaban unas 5.000 pesetas mensuales en medio de una fuerte inflación –lo que implicaría que las cantidades iniciales subieran desorbitadamente–. Aquello no era lo que se dice mucho dinero, aunque muchos de aquellos mandamases tuvieran sus propios “negocios” gracias a su cargo en el franquismo.

Comunicaciones in extremis Madrid-Londres

Al comienzo todo parecía marchar viento en popa. El 9 de junio, Hoare telegrafiaba a Londres lo siguiente: «Las negociaciones secretas proceden satisfactoriamente». Pronto, no obstante, el dinero prometido se quedó corto, y el medio millón de libras inicial iría aumentando progresivamente para evitar que España entrase en guerra. Los intercambios telegráficos entre la embajada inglesa en Madrid y la capital británica eran cada vez más frecuentes y en ellos, hoy desvelados, podemos leer frases de Hoare tan inquietantes –y trascendentes– como las siguientes: «Dudo de si enviar ningún nombre, ni siquiera en un mensaje cifrado». Cuando Italia declara la guerra a Francia y Gran Bretaña, Franco anuncia que España pasa de la neutralidad a la “no beligerancia” y la situación es cada vez más crítica. Samuel Hoare vuelve a escribir a Londres: «Debe aceptar mi palabra de que las personas son de la mayor importancia (…) la entrada de España en la guerra depende de nuestra rápida acción». Y puntualizaba: «La situación es crítica». Lo acordado por el espionaje británico con March era depositar el dinero en el Swiss Bank Geneva de Nueva York. El día 21 de junio, el Foreign Office confirmaba a Hoare que la operación ya había sido realizada.

Este post tendrá una inminente segunda parte en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Existen diversos títulos que nos acercan a estos hechos de forma exhaustiva, como Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco, de Ángel Viñas (Crítica, 2021) o El Telegrama que Salvó a Franco. Londres, Washington y la cuestión del régimen (1942-1945), de Carlos Collado Seidel, también editado por Crítica unos años antes, en 2016. El más reciente es Bajo las zarpas del Léon, de Marta García Carrera, editado por Marcial Pons.

Un libro muy recomendable para entender la influencia ejercida por Gran Bretaña en España para decantar la balanza a favor de los aliados, no solo en la Segunda Guerra Mundial sino también en la Primera. En tan delicados periodos históricos del siglo XX España se convirtió en un protagonista destacado del escenario neutral, y fue objeto de reiteradas campañas propagandísticas extranjeras que trataban, por una parte, de explotar las filias y fobias existentes en el país, y por otra, favorecer sus respectivas causas bélicas y dificultar la actuación del enemigo en territorio español. En este sentido, la potencia aliada que movilizaría mayores esfuerzos propagandísticos en la Península sería Gran Bretaña, colocando al país, como reza el título del ensayo, bajo la zarpa de un león que, aunque luchó a contracorriente buena parte de los conflictos, extendió sus garras a través de la diplomacia y la persuasión, como hemos visto en este post.

Este documentado trabajo revela la misión de la propaganda británica en España, un instrumento de guerra que partía de instancias ministeriales y diplomáticas, pero que también se nutría de dinámicas paralelas, como las aportadas por las redes de inteligencia, la iniciativa popular o las plataformas periodísticas e intelectuales. Evolucionando desde la supervivencia a la ofensiva, los británicos emplearon todos los canales disponibles a su alcance para tratar de orientar a la opinión pública española; a veces caminando al filo de lo imposible entre el límite de la imaginación, los obstáculos impuestos por el Gobierno español y los márgenes de la clandestinidad.

He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.marcialpons.es/libros/bajo-las-zarpas-del-leon/9788418752346/

Franco Desenterrado. La Segunda Transición Española

Y otro libro polémico pero a su vez necesario lo publicó en 2022 la editorial Pasado & Presente, a cuyos títulos debe estar muy atento cualquier apasionado de la historiografía. Se trata de Franco Desenterrado. La Segunda Transición Española, del catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin College Sebastiaan Faber. En unos tiempos en que la Ley de Memoria Histórica, renombrada Ley de Memoria Democrática (que derogó la anterior), intenta dignificar a los perdedores, también se ha provocado un efecto contrario y probablemente no deseado a más de 80 años del fin del conflicto fratricida: el despertar de viejas rencillas, las consecuencias de los asuntos mal cerrados (o cerrados apresuradamente) y la debilidad de esa misma memoria a la que se quiere dar voz.

Y es que, aunque todo país democrático debe limpiar su oscuridad y hacer justicia, muchos aseguran que aquello debió hacerse recién inaugurada la democracia, y no cuando la mayoría de aquellos (tanto las víctimas como los verdugos) llevan décadas muertos. Aunque, quizá, como reza el refrán, «nunca es tarde». No todos opinan igual, claro.

Esta polarización, incrementada tras el traslado de los cuerpos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera del Valle de los Caídos, hoy renombrado también como Cuelgamuros, unido al auge de la ultraderecha en Estados Unidos, toda Europa y también en España, la parcialidad de la judicatura y de algunos medios y otros problemas que vienen a evidenciar las fisuras de la llamada Transición, como el movimiento independentista catalán o el nuevo revisionismo histórico, sirven al autor para preguntarse si realmente España necesita una Segunda Transición…

Un libro controvertido pero revelador, con un enfoque mesurado y externo, sobre la delicada situación que atraviesa nuestro país y que contiene 13 entrevistas a periodistas, historiadores y politólogos de distintos ámbitos y posiciones, como Enric Juliana, Antonio Maestre, José Antonio Zarzalejos, Cristina Fallaràs, Marina Garcés o Ignacio Echevarría, cuyas palabras pueden servirnos para comprender y analizar correctamente nuestro pasado y cómo nos enfrentamos a nuestro futuro.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2022-02-07-17-24-27

Generalísimo (Galaxia Gutenberg)

Y si lo que queremos es centrarnos en una de las figuras clave de esta historia, el dictador Francisco Franco, y sus múltiples «rostros» y contradicciones (de las que también hizo gala en ese crucial periodo que supuso la Segunda Guerra Mundial, en relación tanto con el Eje como con los Aliados), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Generalísimo. Las vidas de Francisco Franco, 1892-2020, recientemente publicado por una editorial habitual en el Pandemónium, Galaxia Gutenberg.

Obra de Javier Rodrigo, investigador en ICREA Acadèmia y catedrático acreditado en la Universitat Autònoma de Barcelona, pretende recorrer la vida del personaje a partir de sus denominaciones: de cómo lo llamaron, y de cómo se autodenominó. Paquito, Comandantín, Caudillo, Generalísimo, Su Excelencia el Jefe del Estado… estas y otras denominaciones acompañaron al dictador a lo largo de su vida. Según sus biógrafos y propagandistas (que hicieron «el agosto» durante cuarenta largos años), fue el inmortal, heroico y providencial hombre enviado por Dios para salvar a España, el defensor de la patria, santificado hasta el punto de que, a su muerte, la gente le dejaría peticiones manuscritas de milagros en el ataúd.

O, en su reverso tenebroso representado desde el antifranquismo, el ser tímido, reprimido y taimado, el cruel, traidor, déspota y despiadado Criminalísimo. El resultado es una reconstrucción a veces turbadora y siempre fascinante de los mitos adheridos a la biografía de Francisco Franco Bahamonde. Una visión renovada y original, un recorrido desde el mito del guerrero tocado por Dios, inmortal e invencible, hasta la caricatura presente, convertido en carne de meme, pasando por su proyección narrativa como salvador de la patria, pacificador nacional, buen dictador, abuelo feliz, protodemócrata u hombre excepcional e irrepetible. Generalísimo habla de las vidas, reales o inventadas, del dictador. Pero, sobre todo, habla de la historia y el presente de España con la controvertida Ley de Memoria Democrática en boca de todos.

La revolución pasiva de Franco (HarperCollins)

Y si queremos seguir ahondando en la ambigua personalidad del dictador, desde un enfoque novedoso como sucede con el texto anterior, el pasado 2022 HarperCollins Ibérica publicaba el sugerente ensayo La revolución pasiva de Franco, un libro diferente sobre el dictador y las entrañas del franquismo, que nos revela una nueva perspectiva de la historia contemporánea de España y la llamada Transición. Es obra del filósofo e historiador español José Luis Villacañas, quien, de la mano de La vida de Castruccio Castracani, la obra de Maquiavelo que vio la luz en 1520, nos descubre la figura del «Caudillo» como condotiero y explica al personaje comparándolo con el prototipo de gobernante dibujado por el diplomático y escritor italiano en su inmortal obra El Príncipe.

Teniendo en consideración además el pensamiento del teórico marxista también italiano Antonio Gramsci, Villacañas estudia el papel constituyente de Franco y el sentido de lo que llama «la revolución pasiva», sin precedentes en la historia de nuestro país, que se llevó a cabo durante su largo mandato de cuatro décadas.

Siguiendo el guion de la comedia La Mandrágora de Maquiavelo, el autor también analiza la Transición para preguntarnos cuánto duran las revoluciones pasivas, por qué son tan inestables y qué es lo que las pone en peligro. Todo ello bajo el telón de fondo de la destrucción del pueblo republicano y del sufrimiento de las clases populares en la larga noche de la guerra y la posguerra que marcaron gran parte del siglo XX en el sur de Europa. He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial tanto en papel como en edición digital:

Memoria de la Retirada (BLUME)

Y en relación al período inmediatamente anterior a las negociaciones secretas emprendidas entre el gobierno franquista y Londres, un libro que conmueve y que es de obligatoria lectura para entender el sufrimiento que causó la sublevación, la Guerra Civil y la posterior victoria del bando franquista es Memoria de la Retirada. 1939. Éxodo y Exilio, dirigido por el fotoperiodista y realizador nacido en París Miquel Dewever-Plana y publicado por la editorial Blume.

Este cautivador ensayo marca el momento en el que Barcelona cayó en manos de los sublevados. Fue el 26 de enero de 1939 y desde ese momento miles de familias republicanas hubieron de exiliarse a Francia, dejando atrás toda una vida, la patria, los enseres y propiedades y los recuerdos. Numerosos niños acomparon a sus padres camino del exilio, experimentando los terribles campos de internamiento y concentración, calamidades y muchas privaciones más.

80 años después, aquellos niños de corta edad se hallan en el ocaso de sus vidas (aunque cada vez son menos los testigos directos de aquellos turbulentos años en que también transcurrió la Segunda Guerra Mundial) y desean más que nunca transmitir como legado a los más jóvenes (que a veces apenas saben algo de nuestra guerra fratricida) la dolorosa experiencia que vivieron. Y este volumen profusamente ilustrado recoge su extraordinario testimonio.