Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (I)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón

Fuente: Pexels. Free License. Author: Cottonbro

«Estamos conduciendo nuestra biología hacia la inmortalidad. O al menos hacia la fuente de la juventud». (David M. Gardiner, Departamento de Desarrollo y Biología Celular. Universidad de California Irvine)

En 1962, en el periodo más virulento de la Guerra Fría, se estrenaba la película El mensajero del miedoThe Manchurian Candidate–, basada en una novela homónima de Richard Condon. Con los años se sabría que aquella historia que parecía salida de una revista pulp tenía ciertos conatos de realidad en los experimentos que la CIA, de manera soterrada y vil, había realizado con miles de ciudadanos estadounidenses en el marco del Programa MK-Ultra, durante mucho tiempo considerado meras habladurías de los conspiracionistas y que los documentos oficiales demostraron una realidad estremecedora sobre la manipulación y la usurpación de identidad. Los ciudadanos eran los conejillos de indias del poder y del Ejército, y en gran parte lo seguimos siendo.

Lejos quedaron aquellos pioneros experimentos para conseguir soldados más letales mediante drogas de diseño y sesiones de hipnosis. Ahora, en plena revolución tecnológica, verdaderamente inquietante, se abren un sinfín de posibilidades nuevas a través la experimentación científico–militar, sin el conocimiento del gran público en la mayor parte de los casos, por supuesto; en eso poco ha cambiado.

Y con avances como los que enseguida veremos, que dan escalofríos, muchos teóricos ya imaginan la «guerra del futuro» –o del presente– sin salir del país, de un edificio, o del salón de casa. Algo que empieza a tomar forma a través de drones no tripulados, un elemento cada vez más inserto en nuestras vidas, vehículos autónomos o robots capaces de utilizar la IA para tomar decisiones in situ, sin control humano. Tiempo al tiempo. Solo queda esperar que no se cumplan los «vaticinios» que planteó hace unas décadas Isaac Asimov en su Yo Robot, base de otros superordenadores que escapan a nuestro control y nos han brindado imágenes inolvidables en el cine. Por ahora, los robots se limitan a actividades menores, pero su campo de acción se amplia a velocidad de vértigo.

El objetivo de las países pioneros en I+D+I, como EEUU o Rusia, parece enfocado a llevar a cabo la batalla desde sus respectivos centros de Defensa, causando daño a miles de kilómetros sin que sus tropas se expongan o reciban daño alguno. Y aunque ahora todo parezca endiabladamente nuevo y extraño, la investigación tecnológica con este fin lleva más de tres décadas activa. Desde 1983. Los primeros diseños de lo que se conocía como «armas autónomas» fueron financiados por la agencia DARPA, como parte de su programa de armas inteligentes. Bautizaron el proyecto con una nominación nada eufemística: «Robots Asesinos», acompañado de un eslogan que está más cerca de cumplirse: «El campo de batalla no es lugar para el ser humano». Pero como la máquina, por muy «lista» que sea, y autónoma, no deja de ser una máquina, lo mejor era retomar el antiguo anhelo de la CIA: crear supersoldados, o soldados mejorados –que suena menos radical–, eso sí, aprovechando los avances tecnológicos, aunque sin renunciar a la experimentación con drogas sintéticas como ya hicieran aquellos en los años 50 y 60 del siglo pasado.

DARPA, una agencia opaca

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, DARPA por sus siglas en inglés –Defense Advanced Research Projects Agency–, es el brazo de investigación avanzada del Pentágono. Fue creada en 1958, en el marco de la carrera tecnológica de la Guerra Fría –en concreto en respuesta al lanzamiento soviético del satélite Sputnik–, y de la que surgirían también los fundamentos de ARPANET, red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DOD) para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Sí, el origen de nuestra Red de Redes, Internet, sin la que ya no sabemos movernos, y mucho menos tras el confinamiento.

En un principio, la agencia fue conocida como ARPA, adquiriendo su nueva nomenclatura en 1972, siendo la responsable de desarrollar tecnología de gran impacto en nuestras vidas (robots, satélites, redes…), muy relacionada, también, con el espionaje, causando controversia cuando en 2002 la propia DARPA fundó la Oficina de Información y Conocimientos –IAO, Information Awareness Office–, que permitía el acceso y la búsqueda de información personal de ciudadanos sin orden judicial previa, creando así enormes bases de datos de norteamericanos.

Además, como veremos en las próximas líneas, DARPA ha desarrollado y transferido programas de tecnología avanzada que abarcan una gran variedad de disciplinas científicas dirigidas a cubrir las necesidades de la Seguridad Nacional. El premio Pulitzer Robert Stone afirmó que en los años 70 el Pentágono financió un proyecto para relacionar ciertos gráficos de ondas cerebrales con ciertos pensamientos con el fin de que fuera posible a través de un equipo leer los pensamientos de una persona a distancia con fines de Defensa. No hay pruebas que lo corroboren –o al menos no han visto la luz– aunque recuerdan mucho a los ambiciosos proyectos actuales. Veamos…

Financiación gubernamental

La mayoría de los planes para crear un «supersoldado» provienen de EEUU, y una vez más de la Agencia para Investigaciones y Proyectos Avanzados de Defensa –DARPA–. En 2002, la corporación proclamó que «el ser humano se estaba convirtiendo en el eslabón más débil en la cadena de los sistemas de Defensa», en respuesta al nuevo escenario sobre el que teorizaban, a principios del siglo XXI, los estrategas militares USA, quienes creían que, con respecto a las amenazas transfronterizas, la mejor solución era desplegar pequeños grupos de soldados que se infiltraran entre el enemigo en lugar de una gran cantidad de equipo pesado y un ejército más fácil de ponerse a tiro. Las derrotas del poderosísimo ejército de las barras y estrellas en Afganistán y otros rincones, que hicieron perder miles de vidas y que recordaban en muchos sentidos a la sangría y fracaso de Vietnam –donde se realizaron los primeros proyectos para crear soldados mejorados, les vinieron a dar la razón.

En medio de este escenario, los dirigentes de DARPA solicitaron al Congreso una cantidad nada desdeñable para llegar a cabo sus pioneras investigaciones: nada menos que 160 millones de dólares anuales, con la intención de blindar los sistemas de Defensa: «Reforzarla no solo pasa por desarrollar materiales que mejoren su desempeño, sino posibilitar nuevas capacidades humanas». A pesar de las voces críticas, la mayor parte de la financiación fue aprobada. Críticas a las que la multinacional está acostumbrada, y que realmente le importan bien poco a la hora de continuar con sus planes. En plena era Trump, en 2019, el proyecto estrella de la corporación ha sido KAIROS, que busca una inteligencia artificial más avanzada, «que sepa comprender y razonar, a través de los datos, y predecir así eventos mundiales complejos». Parece que no fue capaz de anticipar la pandemia… o no supieron ver sus «advertencias».

Ya a principios de los 2000 los proyectos de DARPA fueron puestos en duda por un amplio sector de la opinión pública y movimientos antisistema. Ante el rumor de que en sus instalaciones parecía que se estaban creando nuevos Frankenstein, el director de la agencia entre 2002 y 2009, Anthony «Tony» J. Tether, salió al paso y afirmó a la revista WIRED que: «Es más habladuría que otra cosa; el ejército estadounidense tiene el mejor entrenamiento del mundo. Nuestra misión es idear la forma de mantener el nivel cuando los soldados están en situaciones difíciles».

Anthony J. Tether

Aquella «defensa» de sus proyectos no convenció a muchos, y no es para menos teniendo en cuenta lo que ha trascendido sobre experimentos para crear soldados mejorados. Veamos…

Supersoldados probeta

DARPA patrocina docenas de proyectos de mejora humana en laboratorios de todos los EEUU y de instituciones en el extranjero. Ahora que la tasa de reclutamiento del Ejército ha descendido notablemente, según varias fuentes de hace un par de años alrededor de un 12%, uno de los objetivos principales es crear un «supersoldado». ¿Cómo? Bueno, todos sabemos que una de las cosas que más vulnerable hace al ser humano es que necesita dormir. Durante la Guerra de Vietnam, campo abonado para la experimentación con drogas por parte de la CIA y otras agencias más opacas, se intentó mantener a los soldados despiertos, y se hizo a través de la ingesta masiva de anfetaminas, algo que también se probó décadas antes en la Alemania nazi. Pues bien, en la actualidad, y por lo que ha trascendido a los medios de comunicación, que como siempre no es mucho, parece que los científicos de DARPA están trabando en un programa conocido como «Prevención de Falta de Sueño» y que permitiría, grosso modo, que un piloto pueda volar ¡hasta 30 horas seguidas! o, incluso, que un boina verde sobrelleve 74 horas de actividad sostenida sin sufrir incapacidades psicomotoras. Ahí es nada… Ni Arnold Schwarzenegger en sus buenos tiempos años ha.

Son varios los experimentos estadounidenses en esta línea: investigadores de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte) están analizando los efectos de una serie de fármacos bajo la denominación de ampakinas que al parecer podrían evitar el déficit cognitivo relacionados con largos periodos de vigilia. En la Universidad de Columbia han ido más allá y un grupo de científicos está utilizando estimulación magnética transcraneal como forma de contrarrestar la fatiga, además de técnicas de representación por imágenes para analizar los efectos neuroprotectores y neuroregeneradores de un antioxidante presente en la planta del cacao.

Por su parte, en el año 2003, la División de Sistemas Humanos de la Fuerza Aérea norteamericana –USAF–, dio luz verde a la utilización de una droga llamada Modafinilo –comercializado bajo el nombre de Provigil contra la narcolepsia y otros trastornos del sueño–, una sustancia neuroestimulante cada vez más célebre entre los estudiantes que podría mantener a una persona en pie durante más de 80 horas. Una sustancia bastante peligrosa, pues según la Agencia Europea del Medicamento sus efectos secundarios van desde fiebres, mareos, erupciones y problemas para respirar hasta aumento de la agresividad e incluso desarrollo de ideas suicidas, lo que nos recuerda de nuevo a los pobres soldados de laboratorio de The Manchurian Candidate.

Luego está el problema de que un soldado, además de dormir, necesita víveres, de hecho, debido al esfuerzo requerido en un escenario de guerra, las calorías que requiere pueden llegar a las 8.000, frente a las 1.500-2.000 que debe ingerir un adulto medio. Ya que esto, una vez más, ralentiza la función del «supersoldado», lo que pretende DARPA es «lograr el total dominio metabólico». ¿Y cómo? Pues controlando la sensación de hambre usando nutracéuticos –complementos alimenticios naturales de origen marino y vegetal– y otros suplementos nutritivos. Este objetivo incluye también convertir en comestibles cosas que hasta ahora eran impensables, y que el militar pueda hallar fácilmente en su entorno. Un ejemplo: la celulosa de las plantas.

DARPA está desarrollando tan ambicioso plan en el Centro de Sistemas para Soldados en Natick, Massachusetts. Uno de sus laboratorios desarrolló hace tiempo el prototipo de un paquete alimenticio denominado First Strike Ration, que está formado por tres emparedados, un puré de manzana reforzado con carbohidratos y chicles de cafeína; según sus responsables, dichas raciones estarían pensadas «para consumirse en movimiento y el las primeras 72 horas de conflicto».

Pero dicho laboratorio fue más allá, entrando en terreno algo escatológico, e ideando un alimento deshidratado que las tropas podrían rehidratar sin peligro con su propia orina. Sin comentarios. Precisamente en relación con los líquidos, otro equipo a las órdenes de DARPA también ideó un programa de recolección de agua que permitía extraerla del propio aire, evitando así tener que cargar con ella.

Este post continuará, si los señores que controlan DARPA lo permiten…

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Ahora que la tecnología ha llegado a un límite en que el hombre puede fusionarse con ella, y que incluso se ha creado un movimiento filosófico-intelectual en torno a este delicado asunto –¿seremos cíborgs? ¿Qué código moral deberemos adoptar? ¿Alcanzaremos a ser inmortales a través de un microchip?–, no está de más sumergirse en las páginas del entretenidísimo libro Cómo ser una máquina. Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte, publicado por una de mis editoriales de referencia en relación a temas controvertidos y de rabiosa actualidad, Capitán Swing. Obra del visionario periodista Mark O’Connell, explora en estas páginas las asombrosas –y aterradoras– posibilidades que se presentan cuando se piensa que nuestro cuerpo es un dispositivo anticuado, como postulan los seguidores del transhumanismo –cuyo objetivo es utilizar la tecnología para cambiar la condición huamna, mejorando nuestros cuerpo y mentes–, y de la que son o han sido partidarios en un momento determinado personajes de lo más granado de Silicon Valley como Peter Thiel, Elon Musk o Ray Kurzweil.

En este revelador ensayo O’Connell visita la instalación de criopreservación más importantes del globo, descubre un colectivo de biohackers que refuerza sus sentidos mediante la implantación de dispositivos electrónicos bajo la piel –sí, no es una cinta de Spielberg– y se reúne con miembros de un equipo que investiga cómo proteger a la humanidad de la superinteligencia artificial al estilo Hal 9000 o Skynet. El resultado de tamaña investigación es una sorprendente meditación sobre lo que significa ser humano, y hacia dónde nos encaminamos como «nueva» especie. He aquí la forma de adquirirlo:

NEOEXISTENCIALISMO (EDICIONES PASADO & PRESENTE)

Y en medio de este avance vertiginoso, inexorable –e inquietante– de la tecnología, ahora más que nunca es obligada una lectura filosófica sobre quiénes somos y hacia dónde nos encaminamos. Para ello, nada mejor que sumergirse en las magnéticas páginas del ensayo Neoexistencialismo. Concebir la mente humana tras el fracaso del naturalismo, publicado recientemente por Ediciones Pasado & Presente.

El neologismo que da título a la obra es un marco de pensamiento bautizado así por su autor, Markus Gabriel, niño prodigio de la filosofía occidental, para identificar cómo debemos pensar sobre la condición humana y cómo las posturas ultracientifistas del naturalismo radical, según él, no pueden responder satisfactoriamente a la siguiente pregunta: ¿Qué es el ser humano? Una hipótesis sumamente atractiva que el autor expone de una manera cuanto menos original: tres autores le rebaten las teorías y él a su vez responde a dichos autores, por supuesto expertos en el campo filosófico. Este formato ayuda sin duda a matizar y comprobar lo robusto de los argumentos de Gabriel, haciendo a su vez más amenas la lectura del libro e involucrándonos directamente en el juego filosófico. He aquí la web de la editorial para adquirirlo:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2020-01-29-12-28-10

LAS CRÓNICAS DE ESTHER: LAS CÚPULAS DE CRISTAL (DOLMEN EDITORIAL)

Y como en ocasiones lo que más apetece es salir de la realidad… evadirse de lo que nos rodea en un ambiente de pura ficción (aunque en este caso completamente posible en un futuro no muy lejano), recomendamos en «Dentro del Pandemónium» un vertiginoso thriller que nos ofrece una visión inquietante (entre distópica y esperanzadora) de lo que podría esperarnos en un futuro no muy lejano gracias al avance de la tecnología (o más bien a pesar del mismo).

En la novela Las Crónicas de Esther: Las Cúpulas de Cristal, publicada por Dolmen Editorial, su autor, Vicente García, nos traslada a finales de nuestro siglo XXI. Entonces los seres humanos, diezmados e incapaces de dirigir su propio destino, han cedido su gobierno a la inteligencia artificial, una IA conocida como IRIS. Instalados bajo cómodas cúpulas de cristal, comenzó una era dorada sin precedentes (pero que en realidad no es sino un gigantesco espejismo) contra la que se alzará un particular grupo de jóvenes inconformistas, el germen de una revuelta de adolescentes contra el establishment creado por sus resignados padres en busca de un futuro en el que esté permitido soñar. La forma de adquirir la novela en el siguiente enlace:

Oráculos. Vaticinando el futuro desde la Antigüedad (III): Dodona

Junto a Delfos, el oráculo de Dodona, fue el más célebre de la antigüedad. Su nombre se debe a un lugar que se halla a 80 km al este de la isla de Corfú, en la región de Epiro, cerca de la frontera de Grecia y Albania. Centro de peregrinaje de tiempos pretéritos al que también se acercaron reyes y emperadores, fue un imponente santuario dedicado al dios Zeus y a la Diosa Madre naturaleza. Viajamos a sus entrañas…

Óscar Herradón

(Dodona en la actualidad. Fuente: Wikipedia)

Una de las más valiosas descripciones que poseen los arqueólogos del milenario oráculo fue la dejada por Heródoto: «Las sacerdotisas de los dodonienses cuentan que de Tebas, en Egipto, partieron dos palomas negras; una viajó hasta Libia, y la otra hasta ellas; una vez allí, la paloma se posó sobre un roble, y con voz humana articuló que el destino quería que se estableciera en aquel lugar un oráculo de Júpiter; los dodonienses, mirándola como una mensajera de los dioses, obedecieron de inmediato. Cuentan también que la paloma que voló hasta Libia ordenó a los libios construir el oráculo de Amón, que es también un oráculo de Júpiter. Esto es lo que me dijeron las sacerdotisas de los dodonienses, de las cuales la más vieja se llamaba Preumenia, la siguiente, Timarete, y la más joven, Nicandra. Su relato fue confirmado por el resto de dodoneos, ministros del templo».

Fue así como surgió el culto al «Gran Roble», un árbol sagrado en el que se adoraba al dios Zeus Naios –Zeus residente– y Dione Naia, su contrapartida femenina. En el siglo V a.C. las sacerdotisas serían tomadas por adivinas y conocidas como las Sellas. El propio Homero hablaría del oráculo de Dodona en la Ilíada hasta en dos ocasiones, otra de las fuentes de la que han bebido con profusión los historiadores. Al parecer, las Sellas vaticinaban el futuro de diversas formas: interpretando la caída de las hojas del roble sagrado, el ruido causado por uno o varios recipientes de bronce y puede que también el vuelo de las aves –lo que se conoce como ornitomancia–, en este caso de las palomas. En el siglo IV a.C. el ateniense Demón ofreció una tradición paralela sobre el oráculo: afirmaba que el santuario estaba delimitado por un cerco de calderos de bronce que estaban dispuestos en trípodes y que, cuando el viento los golpeaba, el sonido que emitían por medio de una cadena era el que debía ser interpretado por las sacerdotisas.

Por su parte, Homero apuntaba que, en relación con el simbolismo de los árboles y el roble sagrado del santuario, los sacerdotes y sacerdotisas de Dodona no podían lavarse los pies y debían dormir en el suelo. Algunos cronistas señalan que en los primeros tiempos, el oráculo ordenaba a los consultantes sacrificar una víctima al río Aqueloo cada vez que debía contestar una pregunta, aunque no existen vestigios arqueológicos de ello.

Rascando vestigios arqueológicos

La historia del santuario guarda numerosos enigmas, y la arqueología no ha podido datar con exactitud su origen. En fecha reciente se han encontrado restos de la época micénica, de alrededor del siglo XV a.C. El culto al Zeus Dodoniano llegaría a Epiro con los tesprotios en el conocido como periodo Heládico reciente, en torno al 1200 a.C., aunque parece ser que existía un culto anterior dedicado a la diosa ctónica prehelénica de la fertilidad y la abundancia relacionada con las raíces sagradas del «Gran Roble».

Ruinas de Dodona (Licencia Libre: Wikipedia)

Hasta el siglo VI a.C., el santuario gozaba de gran renombre y consultado regularmente por los atenienses, que enviaban a su consulta una embajada anual. Incluso Creso, rey de Lidia, consultaba a los célebres oráculos si debía declarar o no la guerra a los persas, como harían otros mandatarios de manera habitual. Plutarco cuenta cómo Agesilao II (444-360 a.C.) rey de Esparta, preguntó al oráculo sobre si sería oportuno lanzar una gran ofensiva contra los persas, mientras que los espartanos viajaron también a Dodona para que les realizaran un vaticinio antes de la batalla de Leuctra contra Tebas, en el 371. Las consultas parece que se hacían en laminillas de plomo de las que se han hallado bastantes ejemplares en las excavaciones.

Pirro

Después, Delfos suplantaría progresivamente a este como sede principal de los oráculos del mundo heleno y en torno al siglo IV a.C. el santuario parecía haberse reducido a un simple templo en torno al Roble Sagrado, hasta que recuperaría su máximo esplendor gracias al mandato de Pirro –célebre por las guerras que emprendió– en Epiro, entre el 297 y el 272 a.C., quien reconstruiría casi todos los edificios de Dodona, convirtiéndolo en una especie de santuario nacional de Epiro: reconstruyó el templo de Zeus, el de Heracles y el de Temis, que ganaron en espacio y también los edificios cívico: el Bouleuterión y el Pritaneo, además de ordenar construir el teatro para acoger espectáculos dramáticos y musicales que servían como acompañamiento de la fiesta de los Naia en honor de la tríada constituida por Zeus, Dione y Temis y que en época romana sería reconvertido en circo.

Tras la repentina muerte de Pirro en Argos en el 272 a.C., se produciría el rápido declive del enclave sacro, que sería saqueado en diferentes épocas y de nuevo reconstruido. Se sabe que el emperador romano Adriano visitó el oráculo hacia el año 132 de nuestra era, al igual que el geógrafo e historiador griego Pausanias poco tiempo después. El santuario sería destruido en el año 218 a.C. durante la guerra con los etolios, aunque los arqueólogos creen que volvió a ser restaurada. Un misterio que sigue sin aclararse.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Y si lo que queremos es una visión pormenorizada –a la vez que detallada y apasionante– sobre la civilización griega, en este caso centrada en el aspecto bélico de uno de sus mayores enemigos en la antigüedad, nada mejor que sumergirse en las páginas de Viaje a la Grecia clásica. Del monte Athos a Termópilas (Almuzara, 2020), del periodista y escritor Antonio Penadés, autor del también recomendable ensayo Tras las huellas de Heródoto. Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor, publicado igualmente por Almuzara en 2015.

El autor, con un pulso narrativo electrizante, nos sitúa en el año 480 a. C., para seguir el itinerario del ejército del rey persa Jerjes, el mayor despliegue militar terrestre visto hasta entonces. Una vez que tamaña fuerza atraviesa el Helesponto y, ya en el Viejo Continente, se dispone a recorrer las regiones de Tracia y Macedonia, apoyado por una colosal flota, para vengar las afrentas que los atenienses hicieron a su padre, el rey Darío, incorporando así –o esa era la idea– tan estratégicos territorios helenos al inmenso imperio asiático, aquel ejército legendario se topará en el paso de las Termópilas, la puerta natural de entrada a la Grecia central, con las fuerzas mucho menores pero implacables del rey de Esparta Leónidas.

La misma historia que narra 300 y que Frank Miller llevaría con gran éxito a la novela gráfica y más tarde Zack Snyder a la pantalla grande, aunque con una fidelidad historiográfica que el espectáculo de ficción ni ofrecía ni requería. En estas páginas, Penadés seguirá a aquellos ejércitos y su paso por Alexandrópolis, Dorisco, Abdera, Kavala, la isla de Tasos, Filipos, Drama, Tesalónica o el monte Olimpo, entre muchos otros enclaves fundamentales de tan épico avance, para culminar en Termópilas, donde tendrá lugar uno de los encuentros más emblemáticos de la historia antigua de Occidente en su choque con Oriente. He aquí la web de la editorial donde podrás adquirir el libro:

https://www.marcialpons.es/libros/viaje-a-la-grecia-clasica/9788418089855/

El oscuro secreto de Okunoshima (Japón)

En breve hablaremos en «Dentro del Pandemónium» de la temible Unidad 757 del ejército japonés, que cometió algunas de las mayores atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial en territorio asiático. Pero la brutalidad del ejército nipón también actuó en otros lugares, como Okushima, en ocasiones llamada Usagi Shima –«Isla Conejo»–, una pequeña isla situada en el Mar Interior de Seto, en Takehara, Prefectura de Hiroshima.

Óscar Herradón ©

Este enclave jugó un papel relevante durante la contienda, donde se desarrolló el gas venenoso que los japoneses usaron como arma química en China. Hay que remontarse tiempo atrás, hasta 1925, cuando el Instituto de Ciencia y Tecnología del Ejército Imperial Japonés, dio inicio a un programa secreto para desarrollar armas químicas, a pesar de que el Protocolo de Ginebra de ese mismo año prohibía su uso. Okunoshima fue elegida para este plan por estar aislada y lo suficientemente alejada de Tokio y otras grandes ciudades en caso de un accidente. Así, bajo la jurisdicción de la milicia nipona, el procesador para la preservación de los peces locales –hasta entonces vivían allí únicamente tres familias de pescadores–, fue reconvertido en un reactor de gas tóxico, aunque manteniéndolo en el más absoluto secreto, que produjo hasta 6.000 toneladas de gas venenoso.

Terribles secretos por fin al descubierto

Con el fin de la guerra, los documentos relativos a la producción de armas químicas fueron quemados y las Fuerzas de Ocupación aliadas se deshicieron del gas de distintas formas, obligando a que la población se mantuviera callada a ese respecto. ¿Acaso pretendían utilizar la planta para algún fin desconocido como lo hicieron con instalaciones nazis tras la liberación? Otro secreto más sin desvelar de aquel tiempo.

Aunque parezca increíble, tanto las ruinas de la planta de fabricación del gas como su planta generadora de energía continúan hoy en pie. Lo que más choca al viajero es el fuerte contraste entre los tétricos edificios semiderruidos de la Segunda Guerra Mundial, realmente tétricos, y los miles de conejos que se pasean por la isla. Ahora, la rebautizada como «Isla de los Conejos» es un lugar de gran atractivo turístico –al menos antes del azote del Covid– a donde llega un ferri de forma habitual repleto de curiosos. En 1988, las autoridades abrieron el llamado Museo del Gas Venenoso, un recordatorio para el curioso de los terribles y sórdidos experimentos que se llevaron a cabo en aquellas plantas abandonadas que hoy configuran el paisaje del islote.

La muestra es pequeña, formada por tan solo dos salas, pero un buen ejemplo de lo que allí sucedió en tiempos demoníacos: máscaras antigás, el traje de goma que vestían los trabajadores, al parecer no muy seguro, pues hubo varios accidentes y muchos problemas oculares, y quedan fotografían espeluznantes de los daños provocaba en las personas –incluidos niños– la exposición al gas mostaza, el que se produjo en mayor proporción, y derivados. Se calcula que llegaron a trabajar allí hasta 5.000 personas durante la guerra, entre ellas Reiko Okada, una de las pocas testigos vivas de aquellos hechos que, cuando era una estudiante de 13 años, en 1944, fue movilizada a Okunoshima para trabajar en la fábrica, aunque sus jefes nunca le dijeron qué era lo que manipulaba.

Un años después, Okada fue una de las personas que socorrió a los heridos de Hiroshima –lo que le provocó graves problemas de salud debido a la exposición a la radiación dejada por la bomba atómica–, aunque ella, como tantos, también había contribuido a la guerra química, por lo que hace unos años pidió perdón públicamente.

Siniestros barracones destartalados

Lo que queda de la factoría es solo un reflejo tenebroso de lo que fue: cientos de ventanas rotas y paredes de hormigón erosionadas por el tiempo y cubiertas de musgo, cual si se tratara de un lugar embrujado, a lo que se suman los siniestros barracones de soldados, testigos mudos –o no tanto– de lo que allí sucedió durante la contienda. Aunque parece que circulan historias de aparecidos entre los turistas, lo que no es de extrañar viendo las ruinas, si el edificio estuviera en Estados Unidos no cabe duda de que ya tendría una larga trayectoria de «fantasmas» a sus espaldas, como pasa con Alcatraz o la Penitenciaría Estatal del Este, en Pensilvania.

Aunque parezca increíble, tanto las ruinas de la planta de fabricación del gas como su planta generadora continúan en pie. Lo que más choca al viajero es el fuerte contraste entre los edificios semiderruidos de guerra, realmente inquietantes, y los miles de conejos que se pasen por la isla dando una imagen bucólica, de ternura e inocencia, al conjunto del paisaje. Lo que no saben muchos de los incautos que disfrutan dándoles de comer, acariciándolos o tumbándose entre cientos de ellos, es que en un principio los cándidos mamíferos –los primeros, no los que ahora campan a sus anchas– fueron criados precisamente para que los científicos japoneses probasen en ellos sus terribles armas químicas. Entrañable, ¿verdad?