Una historia del mundo en 500 rutas

Todo el que lea habitualmente las entradas que configuran «Dentro del Pandemónium» sabe que en su contenido prima la Historia con mayúscula (en sentido principalmente divulgativo), esa Historia omnipresente sin la que nada tiene sentido y sin la que no tendríamos un modelo a seguir –y muchos a desterrar–.

Óscar Herradón ©

Un libro maravilloso para descubrir la historia global nada menos que a pie, pues es cuando más viva se muestra ante nosotros, es una de las últimas novedades de BLUME: Una historia del mundo en 500 rutas, un tesoro escondido para cualquiera que muestre interés en el paisaje terrestre y su legado, un monumental libro ilustrado de 400 vibrantes páginas escrito por la periodista y viajera inglesa Sarah Baxter, redactora de la revista de viajes Wanderlust y colaboradora de grandes medios centrados en este apasionante tema, como las guías Lonely Planet o la revista Runner’s World, pero también en decanos del periodismo británico como The Guardian, The Telegraph o The Independent.

En las páginas de este volumen, nada sesuso, ligero de contenido pero intenso (en el buen sentido), podremos disfrutar de nada menos que 500 rutas con huella histórica y sendas naturales –o producto del ser humano cuando no guerrea y destruye– que podrían darnos para media vida si las realizamos, pero una opción es disfrutar con la imaginación desde el sofá de casa. También nos brindará muchísimas horas de entretenimiento. Algo ideal para un abril semiconfinado aún por el maldito Covid y con el tiempo bastante revuelto. Todo ello a través de sugerentes comentarios plagados de anécdotas, mapas ilustrados y fotografías que te dejan sin aliento, de auténticos paraísos perdidos en este planeta también bastante perdido. Un viaje en el tiempo y en el espacio para olvidar estos meses funestos. Aquí el enlace para adquirirlo en papel y también en cómodo (aunque menos magnético) ebook:

https://blume.net/catalogo/1733-una-historia-del-mundo-en-500-rutas-9788417492076.html

Y a través de las vías del tren      

Para complementar la lectura, este Día del Libro de 2021 uno puede sumergirse también en las páginas de otro voluminoso tomo de la misma colección y firmado por Baxter –igualmente desde el sofá, porque la pandemia no invita demasiado a recorrer el mundo en ningún medio de transporte, a no ser que pertenezcas a la OMS–. En Una historia del mundo en 500 viajes en tren, tenemos una completa y entretenida guía con una amplia variedad de rutas ferroviarias, desde las largas y épicas transcontinentales hasta las locales más cortas, donde se explora la evolución del mundo natural y se recorre el progreso de las antiguas civilizaciones.

El enigma de los rollos del Mar Muerto (III)

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses –algunos todavía permanecen cerrados–, la arqueología está de enhorabuena: hallan nuevos fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium» la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Óscar Herradón ©

La fecha en que fueron escritos los rollos es también motivo de agria polémica entre los especialistas. En un primer momento se fechó su redacción entre los siglos I y II a. C. Por los numerosos escritos bíblicos del Antiguo Testamento encontrados, se pensó que podía tratarse de escritos anteriores a la era cristiana. Sin embargo, ciertos investigadores eran reacios a creer que unos pergaminos podían haber sobrevivido más de dos mil años en unas condiciones tan inhóspitas como las que presentaba la zona del Mar Muerto. Se equivocaron, pues la paleografía y la datación del carbono 14, y más tarde la espectrometría con el acelerador de masas, demostraron lo que ya se sospechaba: que los textos fueron escritos durante el período del Segundo Templo, más o menos entre el año 200 a. C. y el 68 d. C.

Admitiendo estos datos como verdaderos, aunque aún hoy existen muchas reticencias, las fechas en que fueron redactados los textos corresponde a una época de grandes tensiones en la zona de Palestina, abarcando además los años de peregrinación de Jesús y unas décadas después hasta que Tito, el último hijo del emperador Vespasiano, destruyó Jerusalén e incendió el templo, acabando con la revolución de los zelotes; corría el año 70 después de Cristo.

Eisenman

Al conocer las fechas aproximadas de los rollos, la teoría de la conspiración vaticana se reavivó. ¿Ofrecían los textos información vital sobre la figura de Jesús? Algunos expertos, como el controvertido arqueólogo estadounidense Robert Eisenman, están absolutamente convencidos de que la Comunidad a la que se alude constantemente en los textos no sería sino un grupo de cristianos primitivos liderados nada más y nada menos que por Jesús. Hay, sin embargo, muchas contradicciones y cientos de preguntas, todavía hoy, en el aire. Para la Iglesia católica, por supuesto, no existe nada de realidad en todo esto. La comunidad correspondería a un grupo de judíos denominados esenios que, alojados en el desierto de Judea, nada tendrían que ver con la figura del Mesías, pero ¿pudo haber sido el mismo Jesús un esenio? Así lo afirman algunas personas, aunque la respuesta es verdaderamente complicada, y parece difícil aventurarse a afirmar algo así. No deja de ser, sin embargo, muy sugerente pensarlo.

Cuando De Vaux afirmó que la Comunidad que escribió los textos de Qumrán no era otra que la secta de los esenios, éste se basó en lo que el historiador romano Plinio, que visitó Palestina alrededor del año 75 d. C., dejó escrito sobre ellos:

«Al oeste (del Mar Muerto), los esenios se mantienen apartados de la orilla insalubre. Son un pueblo único y el más admirable del mundo, sin mujeres y que han renunciado al amor totalmente, sin dinero y sin más compañía que las palmeras. Gracias a la multitud de hombres nuevos que llegan, este grupo conserva un número constante de miembros; son muchos los hombres que, cansados de las fluctuaciones de la fortuna, son llevados por la vida a adoptar ese modo de vida. Así, aunque parezca increíble, durante millares de siglos, ha existido un pueblo que es eterno aunque no se haya concebido a nadie, tan prolífico es para ellos el arrepentimiento de los demás de su pasado. Al sur de los esenios estaba la ciudad de Engadda, a la que solo supera Jerusalén en fertilidad y palmerales, pero que hoy se ha convertido en un montón de cenizas».

Los esenios y los rollos de Qumrán

Sin embargo, como afirma Stephen Hodge, existen demasiadas incongruencias que nos llevan a pensar que el pueblo al que se refiere Plinio en su escrito no coincide con el enclave de Qumrán. Además, en las descripciones de otros historiadores de la antigüedad como Filón de Alejandría o Flavio Josefo se afirma que los esenios eran un grupo célibe que rechazaba el contacto con las mujeres pero, entonces, ¿cómo es que en los cementerios de Qumrán se encontraron cadáveres femeninos y de niños? Probablemente porque la famosa «Comunidad» no correspondiera a los citados esenios. ¿Podía tratarse de los seguidores de algún Mesías que se ocultaban de las autoridades romanas? Un tema tan fascinante como complicado que probablemente nunca lleguemos a descifrar por completo. No obstante, Josefo se refiere a ellos como el grupo más numeroso después de los fariseos. Lo extraño es que, siendo tan importantes, no aparecen nunca mencionados ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Extraño, ¿verdad? Por no haber, como señala el historiador Mariano Fernández Urresti en La vida secreta de Jesús de Nazaret (Edaf, 2005), no hay consenso ni siquiera sobre el origen de la palabra esenio. Puede proceder del sirio hase, que significa piadoso, pero también del arameo assaya, que designa a los «sanadores», e incluso se pueden encontrar más derivaciones. Ante un panorama tan desolador no nos queda sino resignarnos y esperar a que la historia nos brinde más pistas sobre su enigmático origen. Quizá ahora, con los hallazgos de los israelíes, se hagan públicas nuevas informaciones…

Veamos ahora, ya fuesen esenios u otra clase de secta los que allí se encontraban, las costumbres de esta misteriosa Comunidad que ha llevado a expertos como el citado Eisenman a afirmar que Jesús perteneció a la misma, o al menos convivió con el grupo un cierto tiempo ¿pudo ser durante 40 días y 40 noches en su famosa meditación en el desierto? Poco probable, pero posible.

Extrañas coincidencias

En La Regla de la Comunidad, uno de los escritos más reveladores de Qumrán, se describen las costumbres de este misterioso grupo, al que a partir de ahora designaré como esenios, a pesar de las reticencias citadas, para facilitar la lectura. El grupo estaba dirigido por «el Guardián de la Comunidad», líder que debía ser obedecido por todos y en todo momento. Aquél que desease ingresar en la Comunidad debía superar un año de prueba; una vez superado este tiempo, se iniciaba su verdadera integración en el grupo por un periodo de dos años, tras los cuales el neófito, si todo discurría correctamente, debía prestar un juramento de obediencia. Hasta aquí no encontramos nada extraño pero, conforme avanzan en la descripción de sus costumbres, encontrados sospechosas similitudes entre estos esenios y las actividades desarrolladas por Jesús y sus primeros seguidores: realizaban inmersiones en agua como forma de purificar el cuerpo, rito iniciático que recuerda mucho a la tradición bautismal cristiana promovida por Juan el Bautista, personaje que aún tiene más puntos en común con la comunidad esenia que el propio Mesías.

Regla de la Comunidad en hebreo y con notas en inglés (Parque Nacional de Kirbet Qumrán)

En La Regla de la Comunidad se recoge también la tradición de estos hombres como sanadores y estupendos exorcistas. En la Biblia se alude a las habilidades de Jesús en este campo. ¿Pudo aprender el Mesías a realizar dichos rituales en el seno de la comunidad esenia? Quién sabe. Pero sea casual o no, las coincidencias no terminan ahí: el grupo se caracterizaba por su tendencia a profetizar acontecimientos, al igual que el autoproclamado «Hijo de Dios», anunciando el fin de los días (tras la lucha entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas, según relata otro rollo, el de La Norma de la Guerra) y la destrucción del Templo de Jerusalén.

No es posible afirmar con rotundidad, no obstante, como no titubean en hacer Robert Eisenman y Barbara Thiering, entre otros, que la comunidad de Qumrán y los primeros cristianos son las mismas personas, no hay pruebas suficientes ni definitivas para ello; lo que sí debemos es incidir en todas estas coincidencias que, si bien no demuestran nada definitivamente, despiertan el interés de los investigadores y estudiosos de los primeros tiempos del cristianismo. 

(«Juan el Bautista predicando en el desierto». A. B. Mengs. Fuente: Wikipedia)

La duda sobre esta relación parece diluirse aún más cuando abordamos la figura de Juan el Bautista, otro personaje clave del primer cristianismo profundamente mitologizado –su legendaria forma de morir, tras la que su cabeza fue entregada a Salomé en una bandeja de plata, encuentra claras similitudes en mitos de religiones mucho más antiguas que el cristianismo–. A diferencia de Jesús, Juan es descrito en los Evangelios Canónicos como un asceta que seguía una sencilla dieta y vestía con ropajes humildes. En Mateo (3,1) podemos leer: «En aquellos días se presentó Juan Bautista predicando en el desierto de Judea […]»; al igual que los esenios, Juan parece 7ser un predicador que realiza su trabajo en el desierto de Judea, muy cerca de Qumrán. ¿Era acaso un esenio? Es mucho más probable que lo fuera que Jesús, por la manera de actuar de ambos, no obstante, el Mesías adoptó muchas de las enseñanzas del Bautista por lo que, si éste pertenecía a la Comunidad, cosa otra vez poco probable pero posible, es factible que los primeros cristianos participaran de las mismas costumbres. Asimismo, sabemos por los Rollos del Mar Muerto que la comunidad esenia mostraba una gran hostilidad hacia los sacerdotes del templo, de quienes afirmaban que se habían alejado de la Ley –la Torah–. En Mateo (3,12) Juan califica de «raza de víboras» a los sacerdotes fariseos y saduceos.

Profetizando el porvenir

Los textos de Qumrán muestran, como ya señalé, una línea claramente profética. Para ellos el fin los días estaba cerca. El mismo Juan Bautista afirma: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca» (Mateo 3,2.). Por lo que se desprende del contenido de los rollos los esenios veían próxima la llegada de un Mesías, y con él el Apocalipsis y la venida del Reino de Dios.

He aludido al rito iniciático del bautismo, ceremonia que también parece realizaban los esenios. La diferencia radica en que, mientras Juan lo consideraba como una transformación individual, única –realizada una sola vez–, la secta judía practicaba la inmersión diariamente, antes de la comida sagrada y probablemente en grupo, lo que se desprende de los baños encontrados en las ruinas de Masada. En La Regla de la Comunidad podemos leer: «…y cuando su carne sea rociada con agua purificadora y santificada con agua limpiadora, quedará limpia por la humilde sumisión de su alma a todos los preceptos de Dios». Aún a pesar de las diferencias, para ambos el bautismo consistía en un ritual de purificación que pretendía erradicar el mal de la persona que era sumergida, el arrepentimiento para perdonar los pecados, como afirmaban los cristianos. Además, al comenzar su misión divina, Juan predicaba y bautizaba a las orillas del Río Jordán, cerca de Qumrán, hacia el norte. Lucas (1,80) afirma que sus años de formación los pasó en el desierto, hábitat de la comunidad esenia. Supuestamente el Bautista había nacido en el seno de una familia de sacerdotes, e incluso su padre parece que predijo que su primogénito pasaría su vida preparando a los fieles para la llegada del fin de los días.

Juan profetizaba la llegada del Mesías, un hombre que liberaría a los elegidos, al pueblo de Dios, cerca del fin de los tiempos. Una visión muy similar la encontramos en La Norma de la Guerra, texto que ya he citado. Además, en el manuscrito conocido como La Regla de la Comunidad aparece citada un par de veces una expresión recogida por el evangelista Lucas en referencia a Juan: «La voz que clama en el desierto», por lo que es posible que alguno de los literalistas cristianos, como Lucas, dispusiera de alguno de estos textos o conociera la existencia de la Comunidad, e incluso, quién sabe, pues elucubrar no cuesta nada, la relación de Jesús y Juan con los esenios. Lo que está claro es que son demasiadas coincidencias para no ser tenidas en cuenta a la hora de estudiar los primeros tiempos del cristianismo, los años de predicación de Jesús.   

Curso alto al río Jordán (Fuente: Wikipedia. Licencia Libre)

Hay que reconocer, sin embargo, que existen también importantes diferencias en las que se apoya la ortodoxia para negar esta posible relación. El principal rasgo distintivo entre el Bautista y la Comunidad radicaba en sus principios dogmáticos. Mientras los esenios, tremendamente elitistas, formaban un círculo cerrado, sectario, Juan bautizaba e impartía sus enseñanzas a gentes de todo tipo y condición, incluso a aquellos que los esenios habrían considerado sus enemigos, como los soldados y los recaudadores de impuestos.

Este post tendrá una próxima y última entrega, donde continuaremos revelando los misterios del pueblo esenio.

Carlos V contra el Papa (El Saco de Roma)

En 1527 tuvo lugar el saqueo de Roma, centro de la cristiandad, por las tropas imperiales al servicio de Carlos V. Aquel fatídico episodio cargado de violencia y crueldad, aún rodeado de múltiples sombras, durante el cual la vida del mismo Papa estuvo en peligro, marcaría el principio del fin del Renacimiento romano y significaría un antes y un después en el complejo juego de alianzas y fuerzas de su tiempo.

Óscar Herradón ©

En la segunda década del siglo XVI, España y Francia, las dos grandes potencias del momento, se hallaban enfrentadas por la hegemonía europea. Tras la aplastante derrota en Pavía el 24 de febrero de 1525 de los ejércitos del rey francés Francisco I, y su posterior encierro en España, tanto Italia como Inglaterra veían con temor la supremacía de Carlos V, vencedor en la batalla, y la expansión imparable de su imperio.

Una vez liberado de su prisión tras firmar el Tratado de Madrid –cuyos compromisos nunca se avendría a cumplir–, era cuestión de tiempo que el monarca galo sellara un pacto con otras potencias para acorralar a su principal enemigo en el complejo escenario de su tiempo. La Europa de principios del siglo XVI era un polvorín a punto de estallar. A los problemas políticos, económicos y militares que asolaban el Viejo Continente se sumaba la profunda confrontación religiosa surgida con la Reforma de Lutero, que proclamaba desde Alemania la corrupción de Roma y la desobediencia al poder papal utilizando como poderosa arma de propaganda la imprenta y el nacimiento de la primera prensa de masas.

Con esta compleja amalgama de poderes, abatiéndose implacables, como una sombra, sobre la Santa Sede, el pontífice, Clemente VII –de verdadero nombre Julio de Médicis–, dejó claras sus pretensiones de seguir manteniendo el poder espiritual y temporal de la Cristiandad (de nuevo se convertía en tema de debate el delicado asunto de las Dos Espadas) en un breve publicado el 23 de junio de 1526, donde, en un claro desafío al poder de Carlos de Austria, recordaba los derechos indiscutibles e inviolables del Papado.

La respuesta llegaría el 17 de septiembre, bajo el título de Memorial de Granada, donde el emperador, a través de su secretario Alfonso de Valdés, hábil propagandista de la política imperial, insistía en que el lenguaje del pontífice «no era cristiano» y que debía ser corregido por el emperador y reformado en un concilio que, de celebrarse, supondría la destitución del Papa, con el consecuente vendaval en todo el orbe católico. El terreno estaba abonado para que se produjera el tristemente célebre saqueo o «Sacco» de Roma, y aún echaba más leña al fuego el hecho de que muchos oficiales al servicio del emperador eran luteranos y creían ver en el Papa al anticristo, como proclamaban Lutero y los reformistas, y equiparaban la Ciudad Eterna con la antigua Babilonia, cuna de depravación, pecado y prostitución.

La Liga de Cognac

Tras la liberación de Francisco I, no tardarían en llegar a la corte francesa delegados pontificios y venecianos que, si bien oficialmente acudían a felicitar al monarca por su regreso sano y salvo, pretendían negociar una alianza que sirviese como contrapeso a la excesiva fuerza que Carlos de España había adquirido en Italia, lo que preocupaba sobremanera a la Curia.

El resultado fue la formación de la llamada liga de Cognac o clementina el 22 de mayo de 1526, que pretendía la expulsión de los ejércitos imperiales del norte de Italia y la devolución del ducado de Milán a Francisco Sforza. Francia por su parte obtenía, como pago por su colaboración, la soberanía sobre Génova y Asti y le exigía a Carlos V el cumplimiento de estas decisiones y la liberación de los hijos de Francisco I, retenidos en Madrid, mediante su correspondiente rescate monetario. De no aceptar el acuerdo, se le declararía la guerra y se le despojaba del reino de Nápoles.

Guerra de la Liga de Cognac

El pontífice había hecho oídos sordos a los llamamientos pacíficos del emperador que desde España le trasladaba el nuncio Baltasar de Castiglione (el célebre autor de El Cortesano), lo que a la larga sería nefasto para su política. El acuerdo entre el Papa y los franceses resultó escandaloso para el Carlos V y sus ministros, que no estaban dispuestos a tolerar aquel desafío del príncipe de la Iglesia, quien precisamente debía clamar por la paz entre las potencias cristianas.

Carlos V ordenó a Hugo de Moncada, enviado especial a Roma, presentarse ante Clemente VII para que se aviniese a tomar el camino de la paz y el sentido común; en caso contrario, tenía órdenes expresas de apoyar al cardenal Colonna, enemigo acérrimo del pontífice, que llegó a proponer al emperador una alianza para expulsarlo de la silla de Pedro. Pero un rey de la piedad de Carlos de Austria no estaba dispuesto a tomar una decisión tan drástica. Pesaroso, se quejaba a sus íntimos de que aquella situación beneficiaba a los enemigos de la cristiandad, los turcos, que avanzaban imparables por el Mediterráneo y ya penetraban en Hungría por el continente.

Hugo de Moncada

Los coaligados no se echaron atrás y la consecuencia fue el estallido de una guerra que tuvo como escenario principal Italia. Tras varias luchas en el norte que favorecieron a los ejércitos imperiales frente a las tropas aliadas, Hugo de Moncada realizó su labor diplomática de acercamiento a los Colonna (ambas partes, la española y la pontificia, recurrieron a todo tipo de argucias, estratagemas y engaños para inclinar la balanza a su favor). Clemente VII, dejando a un lado la excesiva prudencia que le caracterizaba, creyó las palabras del diplomático español, firmó con los Colonna una tregua y licenció, debido a la falta de dinero, a la mayoría de los mercenarios a su servicio. Pero el pontífice, como buen príncipe maquiavélico del Renacimiento, volvió a dar la espalda a las negociaciones y ofreció a Francisco I el Molanesado a cambio de su intervención en Italia.

Así se produjo el que ha sido llamado el «primer Saco de Roma» de aquel tiempo, cuando los imperiales lograron apoderarse de varias puertas de la Ciudad Eterna, poniendo al Pontífice en una delicada situación y llegando incluso a saquear la basílica de San Pedro. Refugiado en el castillo de Sant’ Angelo, Clemente VII hubo de negociar con Moncada una tregua de cuatro meses. Lo peor, sin embargo, para el centro de la cristiandad, estaba por llegar.

El Sacco di Roma

Faltando de nuevo a su palabra, el pontífice, creyéndose a salvo, recurrió de nuevo a Francisco I y encargó a Juan de Médicis que reuniera el mayor número de tropas posibles. Fortificada Roma, quiso castigar a los Colonna y los soldados del Papa protagonizaron escenas de pillaje y muerte que serían el siniestro preludio de las que sufrirían poco después los ciudadanos romanos a manos de los imperiales.

Fernando I

A pesar de los intentos de acercamiento entre Carlos V y el Papa, que los hubo, la traición de este último y los sucesos posteriores terminaron por dinamitar un posible entendimiento. A principios de noviembre de 1526, a pesar de avanzado el invierno, se reunieron al Sur del Tirol más de 10.000 lansquenetes alemanes, todos ellos protestantes –con sus vestidos abombados y de colores similares a los de la guardia suiza- que, dirigidos por Jorge Frundsberg a instancias de Fernando de Austria, hermano del césar Carlos, tomaron el camino hacia Lombardía.

Pero había dos grupos más que formaban el heteróclito ejército imperial y que se hallaban en constante pugna: el segundo grupo estaba formado por entre cinco y seis mil hombres que conformaban los tercios españoles, quienes habían llegado vía Génova, y un tercer grupo de irregulares italianos, muchos de ellos mercenarios y aventureros que se unieron a las tropas anhelando un suculento botín y que serían los más importantes instigadores del saqueo final. El grueso de este ejército servía bajo las órdenes del intrépido Carlos III de Borbón y Montpensier, más conocido como condestable de Borbón, comandante en jefe de los ejércitos de Francisco I que había cambiado de bando tras enemistarse con su señor por un delicado problema de confiscación de tierras.

Carlos de Montpensier

El único general capaz de dirigir con eficacia las tropas pontificias era Giovanni delle Bande Nere, un joven oficial de 28 años, sobrino de Clemente VII, que había sido herido de muerte en noviembre de 1526 en los primeros enfrentamientos en el norte de Italia; en un principio los coaligados, comandados por el duque de Urbino, lograron varias victorias sobre los imperiales, inferiores en número, pero finalmente lograrían imponerse, cruzar los pasos de los Alpes y franquear el Po. En medio de las escaramuzas perdería la vida Juan de Médicis, capitán de las célebres “Bandas Negras”.

Ya en el norte de Italia, según el genial historiador Manuel Fernández Álvarez, se pueden calcular en unos 25.000 el número de soldados que se pusieron en marcha aquel invierno para invadir los Estados Pontificios. El príncipe de Orange iba al frente de la caballería ligera y Fernando Gonzaga lideraba a los contingentes italianos; todos obedecían al condestable de Borbón.

Viendo acercarse el peligro, Clemente VII negoció con el antiguo virrey de Nápoles, Lannoy, que acaudillaba a parte del ejército imperial, quien llegó a Roma el 25 de marzo de 1527 en medio de una lluvia torrencial que muchos consideraron de mal augurio. Debido a esa tregua, el pontífice, confiado –lo que muchos historiadores consideran uno de sus mayores errores–, licenció a sus mercenarios, que apenas unas semanas antes habían defendido con éxito varias plazas fuertes y mantuvo alejado al ejército imperial a cambio de una fuerte indemnización.

Sin embargo, el condestable de Borbón no tenía forma de pagar las soldadas a los miles de oficiales que se concentraban al norte de la península itálica. El desánimo comenzaba a hacerse notar entre las tropas, acampadas desde principios de marzo en las cercanías de Bolonia, casi sin víveres, expuestas a las inclemencias del invierno alpino. Ludwig Pastor señala que «Hacía cuatro meses que venían sufriendo con paciencia la pobreza, el hambre (…). Las nieves y lluvias en gran cantidad habían convertido la región casi en un pantano, y los soldados acampaban allí, más cubiertos por vestidos calados por el agua, en parte sin calzado y todos sin salario ni mantenimientos suficientes».

Carlos de Borbón prometió un suculento botín una vez penetrasen en Roma, única forma de mantener a sus soldados controlados. Cuando llegó el rumor de que a sus espaldas los diplomáticos negociaban una tregua, la soldadesca se sintió engañada y se produjo un verdadero motín. La propia tienda del duque de Borbón fue saqueada y los lansquenetes amenazaron a Frundsberg, que les había exigido disciplina. Aquella situación descontrolada produjo tal impresión al capitán alemán que a los pocos días murió.

Castel Sant’Angelo

El condestable, viéndose entre las cuerdas, rechazó la tregua de Lannoy con el Papa y exigió al pontífice primero 240.000 ducados y más tarde 300.000 a cambio de la retirada de sus tropas. Finalmente, y sin llegar a un acuerdo, cruzó los Apeninos y se presentó a las puertas de la Ciudad Eterna. El domingo 5 de mayo los soldados tomaron posiciones alrededor del Borgo. A la vista del ejército enemigo, Clemente VII se había mostrado exultante, convencido de una victoria segura. No sabía lo que le esperaba.

Días atrás, ante las noticias del avance, el Papa había mandado alistar al mayor número de tropas posibles, ordenó reparar las defensas y organizar milicias ciudadanas. Sin embargo, las tropas pontificias no pasarían los 5.000 milicianos al mando de Renzo da Ceri y Guido Rangoni, uno de los capitanes de la Liga de Cognac que había sido enviado en auxilio del Vaticano, y la guardia suiza al servicio de Clemente VII. Las defensas principales se situaron en el interior del citado Sant’ Angelo, que se erigía orgulloso sobre el Borgo.

Pero la población romana no estaba preparada para reaccionar con presteza; además, un gran número de romanos deseaba la llegada del ejército imperial, unos debido a su hostilidad hacia el pontífice, que había subido recientemente los impuestos, otros porque eran aliados de los Colonna, quienes habían convertido en su cuartel general las termas de Diocleciano y el palacio de los Santos Apóstoles. A pesar de que la ciudad contaba con buenas murallas y defensas de siglos anteriores, la estrategia de defensa italiana fracasó.

La mañana del lunes día 6 supuso otro golpe de suerte para los imperiales, pues el Tíber amaneció cubierto por una espesa niebla, lo que dificultaba la visibilidad a las defensas papales. Los escopeteros estaban situados sobre los muros del castillo de Sant’ Angelo al mando de Benvenuto Cellini, el célebre escultor, que sería uno de los protagonistas indiscutibles del histórico episodio.

Carlos I de España y V de Alemania

Mientras corría de boca en boca la noticia del asedio, el pánico se apoderó de las gentes, que ponían a buen recaudo sus riquezas y alhajas; otros habían desobedecido las órdenes de Clemente VII y en lugar de alistarse a las milicias huían como podían de la ciudad, aterrorizados. Falto como estaba de artillería, el duque de Borbón decidió lanzar el ataque desde varios frentes: los españoles se dirigieron a la puerta Torrione y los lansquenetes lanzaban su ataque por la del Santo Spirito.

Fatídicamente, el condestable fue herido de muerte al lado de la puerta Torrione en una segunda embestida, tras haber fracasado la primera. El mismo escultor Benvenuto Cellini se atribuiría más tarde la autoría del disparo de arcabuz que acabó con la vida del comandante de los ejércitos imperiales, cosa poco probable. Así caía el verdadero artífice del Saco –saqueo– de Roma, voz española de «Sacco di Roma»; todavía en el siglo XIX se asustaba a los niños romanos con el «coco Barbone», el malvado duque de Borbón. Juan de Urbina le sustituiría al frente de las tropas, cada vez más descontroladas, mostrando gran animosidad en la batalla –más tarde sería uno de los más implacables durante el saqueo-.

Pillaje, crimen, sacrilegio

En poco tiempo, las tropas comandadas por Urbina, que al contrario de lo que podría creerse, se habían envalentonado con la muerte de su líder, se hicieron con el Borgo y apenas Clemente VII tuvo tiempo de refugiarse en Sant’Angelo, junto a algunos de sus cardenales y lo más granado de sus tropas, encargadas de proteger los angostos muros de la fortaleza –cuando cayeron los rastrillos, cuenta André Chastel que había cerca de 3.000 personas en su interior–.

Asedio al castillo de Sant’Angelo en 1527

Cuando los imperiales tomaron los puentes del Tíber comenzó verdaderamente el Sacco. Durante ocho días se sucedieron los incendios, los pillajes, las matanzas y las violaciones –sin duda exageradas después por los cronistas–, a manos de una tropa enfervorecida y ávida de botín.  Roma se enfrentaba a sus horas más terribles, ni siquiera lejanamente comparables a los destrozos causados en otras invasiones, como la de los godos de Alarico siglos atrás o la promovida poco antes por los Colonna.

Los españoles ocuparon la plaza Navona, los lansquenetes Campo dei Fiori y el destacamento italiano se posicionó a los pies de Sant’ Angelo. Al no haber un líder claro entre las tropas por la muerte de Borbón, el pillaje fue sin duda mucho mayor, llegando a saquear hasta en dos ocasiones a la misma víctima. Los secuestros y rescates fueron tan habituales que el trasiego de oro, riqueza y obras de arte era apabullante. La primera consecuencia fuera de Roma de la noticia del saqueo fue la revolución de Florencia, donde se despertó un violento movimiento que rechazaba la autoridad de los Médicis –familia a la que, no lo olvidemos, pertenecía el pontífice–.

Una cantidad inconmensurable de obras de arte, monumentos, reliquias y documentos de la Curia fue destruida. Casas quemadas, conventos, iglesias…Los armarios de marquetería que cubrían los muros de la Segnatura, obra de Giovanni da Verona y de Gian Basili, desaparecieron; se quemaron puertas y ventanas, plintos de madera que, junto a obras de arte, servirían para alimentar el fuego que calentaría a las tropas. Las vidrieras del Vaticano, obra del francés Guillaume de Marcillat, fueron destruidas y las ventanas hechas añicos para fabricar con el plomo balas de arcabuz.

Es imposible cuantificar los daños. Muchos lansquenetes dieron rienda suelta a su pasión iconoclasta mancillando y destruyendo las imágenes sacras y también muchos de los monumentos de la Roma clásica, que para ellos simbolizaban nada menos que el «paganismo» de la Curia. Babilonia-Roma, cual señal del Cielo, estaba siendo, a sus ojos, destruida.

Existe una gran controversia entre los historiadores sobre el verdadero papel que desempeñó Carlos V en el incidente. Algunos autores, principalmente de la esfera francesa e italiana, le hicieron culpable del saqueo; otros, benévolos en exceso, le eximen de cualquier responsabilidad en el mismo, y ponen como excusa el hecho de que el emperador, cuando tuvo noticia de los hechos, vistiera luto durante bastantes tiempo en recuerdo de las víctimas.

Lo cierto es que la respuesta de Carlos fue ambigua; tardíamente impresionado por el desastre, en un primer momento pareció denunciarlo pero poco después acabó por ver en la victoria contra Clemente VII la mano de Dios, lo que no era de extraer teniendo en cuenta su visión providencialista de la historia. Lo cierto es que todo apunta a que la verdadera razón del asalto descansaba en el descontrol de un ejército mercenario al que se debían meses de soldada, pero aquella «victoria», que tendría nefastas consecuencias para todo el orbe cristiano, se vio después como una gran victoria del Sacro Imperio sobre la autoridad del Papado, lo que indica cierta permisibilidad o quizá un plan preconcebido del césar Carlos. No obstante, el saqueo conmocionó a la opinión pública de toda Europa, que veía aquellos hechos como una especie de Apocalipsis.

Aunque los lansquenetes luteranos pedían la destitución del pontífice acorralado, Carlos V no se atrevió a dar ese delicado paso. Era peligroso, en el momento en el que Lutero «el hereje» atraía toda la atención en Alemania y los turcos amenazaban por el Mediterráneo, declarar que el Papa de Roma alteraba el orden de la cristiandad. Situación harto compleja y de difícil resolución que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces.

Mientras tanto, el 5 de junio se lograba un acuerdo entre Clemente VII y los capitanes imperiales: el pontífice y trece de sus cardenales permanecerían en el castillo de Sant’Angelo, donde penetraría una guarnición imperial hasta que las plazas fuertes del Estado pontificio se rindieran y se pagaran las oportunas indemnizaciones (la increíble cantidad de 70.000 ducados de oro). El resto se convertían en rehenes de los imperiales. El 6 de junio el Papa se rindió y se comprometió a pagar un rescate de 400.000 ducados a cambio de su vida y de la cesión al Sacro Imperio Romano Germánico de Parma, Piacenza, Civitavecchia y Módena.

El final de una catástrofe para Occidente

El verano fue terrible, la ciudad no tenía prácticamente víveres, sus habitantes, retenidos por la fuerza, eran utilizados como criados. Todo el mundo debía pagar tributos a cada contingente. Se utilizaban los llamados tributos –taglie– para obtener importantes sumas y riquezas acordes al rango de cada ciudadano, por medio de amenazas y el uso de la violencia.

En la Ciudad Eterna, donde causaba estragos la endémica malaria, poco después se desató una epidemia de peste, a causa al parecer de la destrucción de las fuentes, que causó numerosas bajas entre los soldados imperiales, cargados de oro pero sin nada que llevarse a la boca. Uno de los capitanes imperiales dejó escrito el siguiente testimonio, un documento de gran valor que muestra como pocos la brutalidad del asalto:

«El 6 de mayo tomamos Roma por asalto, matamos a 6.000 hombres, saqueamos las casas, nos llevamos lo que encontramos en las iglesias y demás lugares, y finalmente prendimos fuego a buena parte de la ciudad (…)». Según el mismo testigo, dos meses después del asalto murieron 5.000 imperiales debido a la citada peste, “pues no se enterraban los cadáveres”. En julio evacuaron la ciudad debido a la epidemia, dejando atrás un paisaje desolador, pero en septiembre los imperiales regresaron de nuevo y tuvo lugar por segunda vez un saqueo de la ciudad, en medio de un clima de tremenda anarquía, según el historiador del arte francés André Chastel, «con el ir y venir de grupos rivales, deserciones, desórdenes y tráfico de personas».

Las tropas no abandonarían por completo Roma hasta febrero de 1528, tras varios meses sembrando el terror entre las gentes, en el que fuera el mayor ataque contra el centro espiritual de la cristiandad, luego de que el Papa hubiese logrado huir a la ciudad fortificada de Orvieto y adquirido allí cierta apariencia de autoridad. Nunca la tiara y la espada de la misma confesión religiosa habían librado una lucha de esas características.

Para saber más: la joya bibliográfica Memorias del Saco de Roma, de Antonio Rodríguez Villa, recuperada por la Editorial Almuzara en 2011.