Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, el coronavirus sigue azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, aunque ninguno fue capaz de conocer la gran pandemia que se avecinaba –si acaso Bill Gates y sus juegos de predicción y algún que otro escritor cuasi visionario–, y eso que no faltaban AVISOS de las autoridades sanitarias y los virólogos hoy reconvertidos en «superstars» de los Media, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.

En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, como veremos, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.

Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta que abordaremos a continuación en un viaje por una época que duerme el sueño del olvido, sepultada bajo las toneladas de escombro que ha ido dejando sobre ella el paso inexorable del tiempo, pero que, una vez desenterrada, revela el esplendor de unos siglos en los que el hombre creyó a pies juntillas que era capaz de aventurar el porvenir y, por tanto, hace más llevadero –al menos si los augurios eran favorables- el siempre incierto momento presente.

Éfira, el oráculo de los muertos

Iniciamos nuestro periplo por uno de los más célebres –y tétricos- oráculos de la antigüedad: el de Éfira, conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958, el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotirios Dakaris, situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.

Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin ninguna duda- al oráculo de Éfira.

Nekromanteion

Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió de conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.

Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y donde también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.

Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo- conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.

Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con esto un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.

Volviendo al oráculo, los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Éfira, el oráculo de los muertos (Imagen crédito: Wikipedia)

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera, dándole una piedra y ordenándole que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se hallaba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba un laberinto que Dakaris encontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada en medio de un ambiente asfixiante que bien podría recordar a los relatos sobre el hades. Los sacerdotes le habían avisado de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquel que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotirios Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podía oír un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia. En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme calderón de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del caldero. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del consultante- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Ornitomancia, adivinación mediante la interpretación del canto y el vuelo de las aves

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que sutilmente obtenían de él la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada.

Si no se inquietan los moradores del inframundo clásico, este post tendrá continuación…

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS…

El pasado 2020 Guillermo Escolar Editor publicaba un volumen fascinante sobre las creencias de los antiguos helenos: Religión griega. Una visión integradora, de Alberto Bernabé, catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, y que sabe muy bien de lo que habla, pues sus más de cuatrocientas publicaciones le acreditan como uno de los más importantes helenistas de nuestro tiempo.

En este volumen, que sin duda no tardará en convertirse en obra de referencia sobre dicha materia, se realiza una visión global, de conjunto, minuciosa y amena, a los cultos griegos, centrándose en aspectos muy diversos relacionados con el hecho religioso –la literatura, las raíces, el mito y el ritual, la filosofía o el sincretismo religioso– , pero con un eje común, integrador, como bien reza su acertado título. Un trabajo magnífico para que el profano se inicie en el conocimiento, no poco complejo, de la religión de la antigua Grecia, donde los oráculos de los que hablamos en este post gozaban de un lugar preeminente. He aquí la web de la editorial y cómo adquirirlo:

https://www.guillermoescolareditor.com/libro/religion-griega_105036/

La Herencia del Antiguo Egipto (Edhasa, 2020)

Por otro lado, si más allá de oráculos y creencias supraterrenas lo que queremos es acercarnos también a la civilización del Antiguo Egipto desde una visión global y didáctica, nada mejor que hacerlo a través de una de las últimas novedades de la editorial Edhasa, que ha lanzado en una edición que corta el aliento el clásico La herencia del Antiguo Egipto, de la prestigiosa egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt (1913-2011), que además de ser autora de ésta y otras joyas bibliográficas sobre el arte y la historia del país de los faraones, realizó una elogiable labor de protección de la cultura, al contribuir a la salvación de los templos nubios causada por la construcción de la presa de Asuán en 1960, edificaciones declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979, el año en cuyos estertores vino al mundo quien suscribe estas humildes líneas.

El libro lanzado por Edhasa es sin duda la obra maestra de la investigadora gala (Edhasa publicó en su día también Hatshepsut. La reina misteriosa), un compendio de conocimientos sobre el Antiguo Egipto que además de mostrar un perfecto equilibrio entre la solidez de la documentación y el valor didáctico de lo contado, sugiere una interesante tesis sobre el origen egipcio-cristiano de nuestra cultura. Y es que la nación regada por el Nilo ha influido más de lo que podamos intuir en nuestra civilización y en la misma Europa moderna. Así, Desroches plantea aspectos estrechamente vinculados a nuestra vida cotidiana, como el juego de la oca o el calendario; que forman parte de nuestras tradiciones y folclore, como la leyenda de San Jorge o los animales de las fábulas más conocidas en Occidente, y que la autora rastrea con especial lucidez y sabiduría en la cultura egipcia del pasado. Un libro deslumbrante que todo apasionado de la historia, la antropología y la arqueología debería tener en su biblioteca. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.edhasa.es/libros/256/la-herencia-del-antiguo-egipto

Mitología Egipcia (Ediciones Nowtilus)

Y si lo que queremos es penetrar en la rica y apasionante cosmogonía del país de los faraones (aunque de forma distendida y alejada de la complejidad académica), lo mejor es acercarnos a las páginas de una de las novedades de Nowtilus: Breve Historia de la Mitología Egipcia, de Azael Varas Mazagatos, un autor que sabe de lo que habla, no en vano es historiador y Máster en en Arqueología del Mediterráneo en el mundo clásico.

En este título de una de las colecciones más renombradas de la editorial, Mazagatos nos descubre el universo mitológico egipcio y todos sus fantásticos cuentos y leyendas sobre el origen del Universo y el ser humano: el mito fundacional de Seth contra Osiris y Horus, el Viaje del Sol y el Viaje del Alma; por supuesto El Libro de los Muertos, utilizado en todo lo relacionado con el proceso de momificación y el viaje al «más allá» del difunto, pieza clave de la cosmogonía egipcia, y mucho más: lo que esconde el mágico papiro Westcar, una de las compilaciones de cuentos mágicos más fascinantes del mundo antiguo, la historia de Sinhué, de Tutmosis IV o de la Gran Esfinge y las muchas y en ocasiones contradictorias teorías sobre su origen (incluido uno supuestamente extraterreno). Además, incluye un detallado diccionario de las divinidades egipcias, con sus atributos y símbolos iconográficos principales.

He aquí el enlace para adquirirlo:

Y de la mano de editorial Taurus nos llega una delicia urdida por un genio en la materia: Fidelidad a Grecia: Lo bello es difícil, y otras cosas que nos enseñaron los griegos. Su autor, Ignacio Lledó (Sevilla, 1929) es un hombre de esos que podemos tildar sin posibilidad de equivocarnos de renacentista: Premio Nacional de Literatura –en la categoría de Ensayo–, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades y miembro de la Real Academia Española, por citar solo los logros más épicos entre un sinfín de reconocimientos y miles de trabajos. En estas páginas nos ofrece 27 artículos por los que guía al lector, en medio de este ruido de la globalización y la confusión mediática de las nuevas tecnologías, por numerosas ideas erróneas y conceptos mal entendidos por la saturación informativa de medios escritos y audiovisuales, a los que hay que sumar ahora el enrevesado e infinito universo de RRSS y medios digitales y su adecuada –o deleznable– funcionalidad.

Y aunque el campo filosófico es cuanto menos complejo, sin necesidad de sumergirnos en Kierkegaard o Heidegger, la cierto es que el autor nos explica estos conceptos con una sencillez y una capacidad divulgativa dignas de elogio. No es un libro dedicado a la adivinación y a los oráculos, como podéis imaginar, pero sí una forma original y cargada de sentimiento de acercarnos al helenismo –también su pensamiento mítico y mágico– y cómo éste definió en gran parte tanto las instituciones políticas y culturales de Occidente como nuestra misma forma de pensar hace más de 2.000 años, aunque parezca increíble.

Con elocuencia y elegante combatividad, Lledó nos habla del poder liberador del mito en los antiguos griegos –frente a ese otro tipo de mitos «impuesto por los profesionales de la mentira» de nuestro tiempo–, de la fuerza de Eros (Amor), de la invención de la armonía musical –sepultada hoy por el exceso de Ruido–, o la figura de Epicuro, uno de los personajes más atractivos y misteriosos de la historia del pensamiento, así como de numerosas enseñanzas clásicas de las que cada uno de nosotros somos deudores, por muy lejanos que nos parezcan las gestas del mundo clásico. En definitiva, de la «libertad intelectual», hoy tan infravalorada.

El resultado es un ensayo esclarecedor que arroja luz sobre los nubarrones cognoscitivos de nuestro tiempo frenético. Todos aquellos conceptos con falta de lucidez, esa amalgama de mentiras, desmemoria, sandeces y medias verdades –también fake news–, de las que, como apunta el autor, jamás saldrá un conocimiento equilibrado y racional del ser humano. Y quizá ahora lo necesitemos más que nunca, aunque sea gracias a volver la mirada a la sensatez de nuestros antepasados helenos.

La Marca del Maligno (I)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

V-Wars (Drakul)

Y si lo que queremos es acercarnos a unos de los grandes colaboradores del maligno desde tiempos pretéritos, los vampiros, nada mejor que sumergirnos en las páginas del cómic que ha inspirado una de las series de Netflix: V-Wars, editado por Drakul, cosecha de uno de los autores superventas del New York Times, Jonathan Maberry , junto con Alan Robinson y el artista visual Jay Fotos, un primer volumen que recopila los números 1 al 5 de la novela gráfica.

Con un dibujo descarnado y violento, y unos personajes muy bien perfilados, no es la típica historia post-apocalíptica, pues en ella se entreteje también una trama de intriga política y se aprecian claros elementos del género bélico. Como sucede con la exitosa e interminable The Walking Dead, según avanza el relato se evidencia cómo planea en el ambiente el miedo, los extremismos, la intolerancia e incluso el racismo; el hombre mucho más peligroso que la criatura. Sin embargo, personalmente me parece más adictiva que la saga creada por Kirkman y Moore.

La trama cobró todavía más interés con el trágico estallido de la pandemia de Covid que mostró lo vulnerables que somos los seres humanos a los virus (aunque éstos no nos conviertan, por suerte, en no muertos), al que se une el implacable azote del cambio climático. El deshielo del Ártico ha liberado un virus muy contagioso que desata una pandemia global que convierte lo que hasta entonces era un mito de algunos pueblos en una terrible realidad: el vampirismo. Para luchar contra la mayoría de personas cuyos genes han mutado en este sentido, convirtiéndose en criaturas depredadoras ansiosas de sangre fresca, el presidente de los sempiternos Estados Unidos contrata al profesor universitario Luther Swann, especialista en estas criaturas y toda la mitología –ahora realidad– que las envuelve. Sin embargo, el propio gobierno USA parece estar detrás de una compleja conspiración política en la que el investigador se verá envuelto.

Toda una guerra «sobrenatural» en la que se evidencia un discurso antibelicista (por parte no solo de humanos, sino también de algunos vampiros) y una advertencia sobre lo que puede avecinar un futuro no muy lejano. Una nueva lectura sobre la corrupción, la destrucción del planeta, las enfermedades y los miedos ancestrales compartidos por todos los pueblos.

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Este post continuará… al capricho del Innombrable.

El Jardín del Edén (Las Pozas, Xilitla, México)

En la región de Xilitla, en San Juan de Potosí, México, se esconde entre la vegetación un impresionante complejo arquitectónico y escultórico que fue fruto de la pasión de un artista complejo y solitario. Amigo de Salvador Dalí y Luis Buñuel y uno de los máximos representantes del surrealismo, el inglés Edward James fue un excéntrico y un soñador que, cual duque de Bomarzo, construyó un jardín mágico en medio de la selva.

Las Pozas (Xilitla)

Parece sacado de una película de fantasía épica. Pero es real, y se encuentra en medio de la selva mexicana. Su artífice fue Edward F. W. James, quien gracias a una gran fortuna y a una imaginación desbordante, pudo dar rienda suelta a sus sueños megalómanos, creando uno de los parajes más fascinantes y misteriosos del mundo, un pequeño reino que evoca al cartón-piedra de los decorados del Hollywood clásico, pero absolutamente real.

Nacido en 1907 en Greywalls (Escocia), era hijo del magnate estadounidense de los ferrocarriles William James, aunque durante años se especuló que realmente se trataba de un hijo bastardo del rey inglés Eduardo VII, que solía frecuentar la propiedad familiar: la West Dean Park, en Sussex. De gran inteligencia y tempranas inquietudes artísticas, con tan solo 22 años comenzó a escribir poesía, ganando el importante premio en esta categoría que otorgaba la escuela pública Eton, la más prestigiosa entonces de toda Inglaterra. En 1926 ingresó en Oxford y a principios de los años 30 sintió una poderosa atracción hacia el movimiento surrealista, adscribiéndose a él con devoción y manteniendo estrechas relaciones con Salvador Dalí y Luis Buñuel. En 1937, en el marco de la Guerra Civil Española, James y Dalí propusieron al director de Un perro andaluz, que tenía gran influencia en el bando republicano, comprar con sus recursos un bombardero checoslovaco para emplearlo en la contienda a cambio del préstamo de una serie de obras maestras del Museo del Prado que serían exhibidas por todo el mundo con el objeto de recaudar fondos para la causa republicana. Una audaz propuesta que finalmente rechazaría Buñuel.

Fotograma de Un perro andaluz

Además, no tardarían en surgir las desavenencias entre James y Dalí, rompiéndose su relación durante la Feria Mundial de 1939 en Nueva York. En 1944, James llegó a México para visitar a su amigo Geoffrey Gilmore con una idea grabada a fuego en su cabeza: la creación de «un jardín del Edén en ese país», según le escribió previamente en una misiva enviada desde Texas. Una larga búsqueda que le llevaría cinco años: aunque en principio pensó en Los Ángeles, no tardó en elegir México por ser, según sus propias palabras, «mucho más romántico (…) y con más espacio que California». Sin duda la legislación sería también más flexible que en Estados Unidos.

Esoterismo, magia y símbolos secretos

Su primo Bridget Bate Tichenor, pintor encuadrado en el realismo mágico, afirmó que James tenía un profundo conocimiento del esoterismo, que tendría un papel relevante en su obra artística, y parece ser que fue quien le convenció de viajar al otro lado de la frontera para dar forma material allí a su particular visión del surrealismo. En Cuernavaca, Edward James conoció a Plutarco Gastélum, un telegrafista diez años más joven que él que no tardó en convertirse en su guía por el país y con quien descubrió el fascinante paraje de Xilitla, alejado de miradas molestas y del mundanal ruido.

De 1947 a 1957, diez largos y laboriosos años, el artista reconvirtió la finca en plantación de orquídeas, hasta que en 1962 una fuerte helada la destruyó. Fue un duro golpe, pero sirvió para que James se decidiera finalmente a iniciar la construcción del complejo que lo haría inmortal, y que todavía descansa, impertérrito al paso del tiempo, en medio de la exuberante vegetación que en aquella zona no ha sido arrasada por el avance de la modernidad ni por la ignominiosa crisis climática. Un paraíso en la Tierra, de los que cada vez, por desgracia, van quedando menos.

Edward James

En su particular Edén de piedra, el excéntrico artista levantó columnas que nada sostienen, escaleras que no conducen a ningún sitio, una biblioteca, claro, sin libros, puertas que se cierran o abren al aire y numerosas formas caprichosas que mezclan los trazos surrealistas con el arte precolombino y cierto toque oriental; una verdadera quimera pétrea de 36 conjuntos formados por más de 180 esculturas y detalles diversos, muy trabajados, que se confunde con las palmeras y las cataratas y que se asemejan –de hecho, esa era su intención– a las ruinas de una civilización desaparecida.

Con el paso del tiempo, las inclemencias meteorológicas y el abandono, cualquiera pensaría que se halla ante una ciudad antediluviana, un mundo de tiempos pretéritos. Formas caprichosas con nombres poéticos como «La Casa de los Peristilos» o «La recámara con techo en forma de ballena», destacando sobre todas ellas la estructura conocida como «El Cinematógrafo», un delirante edificio compuesto de torres y escaleras que se alzan al cielo y que alcanzan los 20,74 metros de altura.

En su cima, donde se encuentra la bautizada como la «Escalera al cielo», fue ideado por James como espacio para proyectar películas a los habitantes de Xilitla. Precisamente, esto sería aprovechado por el escritor mexicano Augusto Cruz para situar la acción de su vibrante novela Londres después de Medianoche, un canto al séptimo arte con forma de thriller –la búsqueda de una cinta de 1927 del director Tod Browning, autor de joyas como Drácula (1931) o La Parada de los Monstruos (1932) de la que solo se conservan varios fotogramas, en este caso un episodio real y uno de los mayores misterios de la historia del cine– que publicó en España Seix Barral en 2014.

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Genio loco o simple excéntrico, Edward James solía pasearse desnudo por sus posesiones, acompañado de una cohorte de vigías: animales domésticos que incluían 200 aves y 40 perros; asimismo, un gran número de boas campaban a sus anchas por tan bucólico lugar. Aquel anciano de pelo revuelto, barba blanca y camisas estampadas, que había sido mecenas nada menos que de Picasso, Man Ray, Magritte o Leonora Carrington, y sobre el que Salvador Dalí llegó a decir que estaba «más loco que todos los surrealistas juntos» –que eso lo dijera el artista catalán tiene narices y nos da una idea de cómo era nuestro protagonista–, moría el 2 de diciembre de 1984 en San Remo, Italia, siendo enterrado en la propiedad familiar de sus años de infancia, West Dean Park,  en la gris Inglaterra, a muchos miles de kilómetros de su refugio mágico.

Texto: Óscar Herradón ©