Seres espectrales del viejo Japón

Edelvives publica el nuevo trabajo del genial artista francés Benjamin Lacombe, la adaptación gráfica de varios relatos del escritor y orientalista británico Lafcadio Hearn (1850-1904), un paseo por lo intangible a través de un amplio abanico de seres espectrales de la tradición asiática: Espíritus y criaturas de Japón.

Óscar Herradón ©

Descubrí la prosa de Lafcardio Hearn gracias a una de las editoriales españolas fundamentales de la literatura fantástica y de terror, Valdemar. Fue a través de uno de los volúmenes de su colección gótica, sin ánimo de menospreciar a nada ni a nadie, probablemente el mejor y más completo compendio de literatura oscura publicado en la lengua de Cervantes, abanico de autores y obras gloriosas que aumentan cada año (no tardaremos en bucear en algunos de sus emblemáticos títulos en Dentro del Pandemónium). El volumen en cuestión era Kwaidan. Y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, con prólogo de mi admirado Jesús Palacios, a quien tuve la oportunidad de entrevistar en su casa en 2005 con motivo del lanzamiento de su libro Hanussen. El Mago de Hitler, que publicó Oberón. Y teniendo en cuenta que las traducciones de dicha editorial son de las mejores, supe que, una vez más, serían fieles a la esencia del original. Fue leerlo, y caer rendido a los pies de Hearn, al que, como tantas veces me ocurre, descubrí tarde (pero a tiempo –espero–).

Pues bien, otra editorial que cuida sus lanzamientos con mimo, la mayoría enfocados al público infantil y juvenil, es Edelvives, y hace unas semanas volví a toparme con Hearn entre sus novedades, en este caso en una preciosa edición ilustrada por Benjamin Lacombe, al que llevaba tiempo siguiendo la pista, pues no es la primera vez que da vida con sus dibujos a la obra del británico. El resultado de la combinación del horror fantástico nipón de Hearn con el colorismo de Lacombe no podía ser más envolvente y magnético, como si hubiesen estado siempre a la espera de fusionarse, aun a pesar de compartir tiempos y lugares muy diferentes. El título en cuestión es Espíritus y criaturas de Japón, nueve relatos basados en la rica, mágica y también oscura mitología del viejo Japón a los que Lacombe pone rostro. Parar de leer es, como me sucedió con Kwaidan, tarea harto imposible. Este volumen sigue a la publicación hace unos meses de Historias de Fantasmas de Japón, también con prosa de Hearn y trazo de Lacombe.

Benjamin Lacombe, colores oníricos

El joven ilustrador y autor francés Benjamin Lacombe (1982) es uno de los máximos representantes de la nueva ilustración francesa, con un arte hipnótico que, acompañado de los textos de Hearn o Poe, pero también de Lewis Carrol o Prosper Mérimee, entre otros, se convierte en una experiencia casi metafísica para aquel que fija la retina en sus imágenes.

Lacombe

Entre las fuentes de inspiración del artista galo se encuentran desde los Prerrafaelistas y el Quattrocento italiano a los primeros pintores flamencos, pero también artistas más contemporáneos como Tod Browning y su universo de «monstruos» humanos plasmados en la visionaria La Parada de los Montruos (Freaks, 1932), el universo gótico de Tim Burton (declarado deudor también de Browning), Fritz Lang y su distópica Metrópolis, pionera en el género de la ciencia ficción en la gran pantalla, Ray Harryhausen y su stop motion, David LaChapelle o Diane Arbus.

Aunque posee un amplio catálogo de obras enfocadas al público juvenil, como las adaptaciones de las dos Alicias de Carroll, ha triunfado con obras para adultos como la citada Espíritus y criaturas de Japón o la «reversión» de los Cuentos Macabros de Edgar Allan Poe en dos volúmenes, con traducciones de Julio Cortázar, ambos publicados en castellano por Edelvives en dos ediciones de infarto, y también la adaptación de Nuestra Señora de París con texto íntegro de Víctor Hugo, que ha cosechado un gran éxito en su edición española, hasta el punto de agotarse.

Con su tono preciosista, imbuido del estilo gótico y caricaturesco de personajes burtonianos de rostros porcelanosos (que parecen a punto de romperse) y grandes ojos melancólicos (sin duda deudores de otra gran influencia del creador de Bitelchús o Eduardo Manostijeras: Margaret Keane, que sirvió de inspiración a su película de 2014 Big Eyes), sus dibujos están llenos de juegos visuales casi oníricos que invitan a la introspección, y que quedan grabados a fuego en nuestra memoria. He aquí el catálogo completo de su rompedora obra en la web de Edelvives:

https://www.edelvives.com/es/info/benjamin-lacombe

FLEA: Ácido para los niños. Unas memorias

Es uno de los músicos más carismáticos de las últimas cuatro décadas. Flea («Pulga» en inglés), bajista de la banda de funk-rock Red Hot Chili Peppers desde que se fundara, un ya lejano 1983, creció en un hogar lo más parecido al infierno. De la mano de Libros Cúpula nos llegan por fin sus memorias traducidas al castellano: Acid for the Children. No tienen desperdicio.

Óscar Herradón ©

Cuenta todo, con pelos, señales y humo, y sin sonrojarse, en su libro de memorias. Si su compañero y amigo Anthony Kiedis, vocalista de la banda, mostró en las suyas, Scar Tissue (Capitán Swing, 2016), publicadas en 2017, que la historia de los «chiles rojos picantes» había sido una montaña rusa de emociones, adicciones y escándalos, las de Flea son aún más afiladas y hasta estremecedoras.

Nacido en Melbourne, Australia, en 1962, el mismo año que vinieron al mundo grandes del rock como Axl Rose, Jon Bon Jovi, Tommy Lee, Kirk Hammett o el propio Kiedis, Flea, de nombre real poco comercial, Michael Peter Balzary, ha titulado sus recuerdos, con acierto y mala leche, como Acid for the Children («Ácido para los niños»), que ahora podemos disfrutar en castellano de manos de Libros Cúpula en una edición para los fans más exigentes. Ya la misma portada del libro es un suculento aperitivo de lo que el lector encontrará en su interior: un jovencísimo Flea, prácticamente un niño que no ha entrado aún en la adolescencia, aparece fumándose un porro. Y no, no es una fotografía trucada. Es real. De su álbum familiar, ese que tenemos todos de tiempos pretéritos y más inocentes (para algunos, claro).

Aunque la intención de Flea, nada arrogante, era –según recoge– escribir sobre la banda que lo convirtió en ídolo de masas desnudo sobre el escenario y con un calcetín por taparrabos (sí, su excentricismo y actitud provocadora nunca fueron en detrimento de su calidad musical, sino todo lo contrario, la complementaban), acabó escribiendo sobre sí mismo y su vida porque en su devenir se halla precisamente la esencia de lo que acabarían representando los Red Hot Chili Peppers.

Aunque nació en Australia, el trabajo de su padre, que era pescador, llevó a la familia tempranamente hasta Nueva York, cuando Flea tenía cinco años. Dos años después, el matrimonio se separó y el progenitor regresó a tierras australianas y su madre, de nombre Patricia, se casó con un músico de jazz que influiría en la posterior trayectoria musical del infante, pero también convertiría su existencia en un jodido cuento de terror no apto para niños.

Flea, un tierno adolescente ya con Hendrix tatuado

El nombre de su padrastro era Walter Urban Jr., un tipo bohemio y librepensador que además tenían habituales ataques de ira y era alcohólico. Walter llevó a Patricia y a los niños –Flea y su hermana Karyn– a vivir en el sótano de la casa de sus padres. Cuando el chaval tenía once primaveras se mudaron a Hollywood, a un barrio bastante conflictivo, sembrado de proxenetas, prostitutas y drogodependientes. Su estatura le valdría el sobrenombre de «pulga» y eso que el bajista mide 1,68 m (sin embargo, en EEUU la media está en 1,74 m).

Una noche, en Halloween, Walter, tras romper casi todo en la casa, se lió a tiros por la calle. Luego fue arrestado, con la cara y el torso ensangrentados. Pidió perdón, como solía hacer, pero volvió a las andadas, como sucede por lo general con esa clase de tipos. Sin embargo, los ensayos del padrastro con su banda en el salón del hogar familiar (por llamarlo de alguna manera) marcarían profundamente a Flea. Digamos que le trajo lo peor y lo mejor, despertando su temprana vocación por la música, que tantos éxitos le brindaría. Parece que el chaval también sentía un complejo de inferioridad, que, unido a crecer en un hogar desestructurado, le llevó tempranamente a acercarse al mundo de las drogas y a frecuentar compañías peligrosas. Según confesó en 2008, puesto que todos los adultos de su vida se evadían de la realidad y los problemas con sustancias prohibidas, el alcohol y las drogas estaban en todas partes: «Empecé a fumar marihuana cuando tenía 11 años y luego empecé a esnifar, pincharme, fumar y a perseguir dragones durante mi adolescencia y juventud».

Cóctel explosivo de drogas y alcohol

Siguiendo lo que el mismo bajista narra en Acid for the Children, ya adolescente empezó a consumir speed y a experimentar con el ácido lisérgico que cautivó a muchas bandas de los 60 y 70. Según contaba a The Guardian sobre este punto, el LSD tuvo sin embargo un efecto «positivo» en él: «Para alguien como yo, que corría como un loco por las calles, las drogas me ayudaron a acceder a mi subconsciente, desarrollaron un carácter más introspectivo». Y le ayudó –supuestamente– con la música, fundando una banda con sus amigos Kiedis y el guitarrista Hillel Slovak.

Hillel Slovak en 1983

Su primer nombre fue Tony Flow and the Miraculously Majestic Masters of Mayhem, formado por Kiedis, Flea, Slovak y el baterista Jack Irons, con un solo tema, Out in L.A. Debutaron en un local de nombre The Rythm and Blues y tras varias actuaciones y varias canciones propias añadidas a su setlist, finalmente decidieron cambiar su nomenclatura por la de Red Hot Chili Peppers, acertando de pleno.

El hecho de tocar desnudos (o bien tapándose el miembro con un calcetín o bien totalmente en cueros), les hizo icónicos y singulares unido a sus poderosas melodías funk, sus cuerpos musculados y sus tatuajes en un tiempo en el que no se llevaban como ahora (hasta la saciedad y sin mucho sentido). Aquella puesta en escena «nudista» les convirtió también, quizá sin pretenderlo, en ídolos de la comunidad gay. De hecho, según recuerda Flea en el libro, los bares de ambiente de Los Ángeles fueron «los primeros que se fijaron en Red Hot Chili Peppers». De mentalidad abierta, nunca tuvo reparos en admitir que mantuvo relaciones sexuales con miembros de su mismo sexo, eso sí, aquello le convenció «de que no era gay», puntualiza.

Blood, sugar, sex, magik, el álbum que los llevó a lo más alto a principios de los 90

En el extremo opuesto, el exhibicionismo y desenfado de la banda despertaron las iras de los más reaccionarios, abundantes en el país en los años ochenta (aunque hoy, bajo la resaca Trump, también son multitud) cuando se formaron, y en Virginia, por ejemplo, Kiedis llegó a ser detenido por escándalo público, como en su día le sucedió a icónicos frontman como Jim Morrison.

La tragedia y el renacimiento

Flea dejaría las drogas a los treinta años, impactado por el daño que los estupefacientes hicieron en buenos amigos suyos. Fue el caso por ejemplo del también miembro fundador y guitarrista Hillel Slovak. Era el 25 de junio de 1988, y tras varios días desaparecido, fue hallado muerto en su apartamento por una sobredosis de heroína. Tenía tan solo veintiséis años. Una adicción, la del «caballo», que también traería de cabeza al frontman de los Red Hot, a Kiedis, pero éste supo recomponerse tras numerosos intentos de rehabilitación.

Anthony Kiedis fue durante años politoxicómano

Muchos pensaban que tras la trágica muerte del virtuoso guitarrista el grupo no remontaría, y es que era probablemente la pieza fundamental de una banda que empezó como un grupo de amigos con pocas intenciones hasta que Slovak los llevó por la senda del funk-rock (de hecho, Flea era… ¡un trompetista de conservatorio!, que acabó decantándose por el bajo precisamente por consejo de su colega). Hubo numerosos intentos de reemplazarlo, la mayoría sonados fracasos, hasta que llegó otro torbellino de las seis cuerdas que con apenas 19 años encajó a la perfección: John Frusciante, que en principio aspiraba a tocar para Thelonius Monster (los RHCP se lo llevaron en plena audición).

Frusciante

Y como su antecesor, además de un fuera de serie en la música se dejó arrastrar por las drogas, tanto, que muchos pensaban que no tardaría en morir. Asediado también por fuertes episodios de enfermedad mental –casi con seguridad desencadenados por sus excesos– a mediados de los noventa parecía un muerto viviente que llegó a grabar vídeos y entrevistas que hoy pueden verse en Youtube y que encojen el corazón. Los de un auténtico yonqui en plena decadencia vital.  Su propia inmersión en los infiernos sería tema de unas memorias bastante más trágicas que las de sus compañeros, y en breve hablaremos de esa odisea en este blog. El tiempo dirá si nos brinda la oportunidad de leer con pelos y señales su historia.

Volviendo a Flea, dejar las drogas le permitió centrarse en la música, pero también hacer sus pinitos en el cine. Hizo pequeños papeles en cintas míticas como El Gran Lebowski, de los Hermanos Coen, donde interpretaba a un nihilista alemán, Miedo y asco en las vegas –la adaptación al cine del visionario Terry Gillian de la enloquecida obra sobre drogas del periodista Hunter S. Thompson, que bien podrían haber protagonizado los RHCP en lugar de Johnny Depp y Benicio del Toro–. Tiempo antes ya había salido en Mi Idaho Privado, junto a su amigo River Phoenix, víctima también de una sobredosis el 31 de octubre de 1993 (las drogas, siempre las drogas en el entorno de Flea); y en Le llaman Bodhi (1991), junto a Keanus Reeves y  Patrick Swayze (reitero, lleva mucho tiempo entre nosotros), una cinta donde también aparece en varias escenas Antony Kiedis. Años antes, uno después de la muerte de Slovak, en 1989, encarnó el papel de Needles en Regreso al Futuro II, de Robert Zemeckis, la saga de culto de los ochenta, y repitió en Regreso al Futuro III (1990).

Padre de familia, intervenciones televisivas y filantropía

En 1988, el año en que moría su gran amigo y aquel suceso le impulsó a abandonar la autodestructiva senda de las adicciones, el bajista se casó con Loesha, con la que tuvo una hija, Clara, que hoy tiene 33 años. En 2005 tuvo otra hija, Sunny Bebop, con la Top Model Frankie Ryder y en 2019 se casó por segunda vez con una diseñadora de nombre Melody, como la del Baile del Gorila. Todo un padre de familia al que se puede ver en eventos deportivos, en colaboraciones con otros colegas del mundo del rock (Slash, Thom Yorke, Patti Smith, Alanis Morissette, Michael Stipe…) e incluso en algunas intervenciones en 1992 del Saturday Night Live!, en varios episodios de Los Simpson (en versión cartoon, claro –hay que ser muy famoso para eso–) y en el show de Ben Stiller, donde ganó al célebre actor cómico de Algo pasa con Mary –que entonces no había rodado aún– en un partido de basket.

También tiene una vocación filantrópica. Puesto que Flea veía que el sistema de enseñanza pública mostraba un gran vacío a la hora de enseñar música y otras formas de arte a los niños, decidió fundar una escuela dedicada a ayudar a los jóvenes (muchos con una infancia desestructurada, como él) a progresar musicalmente: el Silverlake Convervatory of Music. Sin duda, todo un personaje de la (contra) cultura de las últimas décadas al que hay que tener muy en cuenta.

He aquí la forma de adquirir sus muy adictivas memorias:

https://www.planetadelibros.com/libro-acid-for-the-children/326891

Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (III)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Conferencia de Teherán (Fuente: Wikipedia. Free License).

Regresemos de nuevo a lo que sucedió durante la Conferencia de Teherán que a punto estuvo de convertirse en el escenario de un triple magnicidio. Parece que durante la misma, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de «Bodyguard» (Guardaespaldas).

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D».

Ya vimos en Dentro del Pandemónium cómo la «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el verdadero.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

A. Brooke

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra».  Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Masterman en The Double Cross System in War: «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Un despliegue sin precedentes

El volumen de los recursos ingleses y estadounidenses en Reino Unido era enorme: ascendía a más de tres millones de hombres, una gigantesca flota de navíos de guerra, buques mercantes y lanchas de desembarco, así como 13.000 aviones reunidos en los campos de entrenamiento y pistas de aterrizaje de la RAF para efectuar la mayor invasión de la historia. Sin embargo, la amplia campaña de desinformación haría creer a los alemanes que el operativo que se estaba preparando era mucho mayor y los agentes dobles al servicio del Comité XX debían confundir sobre el lugar de desembarco.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente, así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente todos los indicios eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Bodyguard

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como «Puertos Mulberry».

Puertos Mulberry, fundamentales en el Desembarco

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

Garbo

Desde el 17 de abril se impuso una estricta censura en las comunicaciones de los diplomáticos extranjeros y las salidas y entradas al país estaban rigurosamente controladas. Un buen espía enemigo podría dar al traste con la operación más importante de toda la contienda, que serviría para asestar un golpe mortal a Hitler y sus generales. Los agentes al servicio del Comité XX que habían sido «engañados» para transmitir información errónea a sus supervisores alemanes, y que tenían por objetivo generar mucho «ruido» y confusión, era uno de los aspectos fundamentales de la denominada Operación Fortitude (Fortaleza), la medida de distracción más ambiciosa de la guerra, mayor incluso que el proyecto (maskirovka o «decepción militar») que por aquel entonces preparaba el Ejército Rojo para ocultar el verdadero objetivo de la Operación Bagration, la ofensiva militar de Stalin para cerca y aplastar en el verano de 1944 al Grupo de Ejércitos Centro de la Wehrmacht en Bielorrusia.

La Operación Fortitude estaba dividida en dos componentes fundamentales: Fortaleza Norte y Fortaleza Sur. La primera, que tenía como misión crear formaciones falsas en Escocia y el norte de Irlanda a partir del denominado «4º Ejército Británico», fingía estar preparando un ataque contra Noruega. Su intención: que el Führer mantuviera las divisiones alemanas destacadas allí y no las trasladase hasta la costa occidental.

Patton

Fortaleza Sur era la operación de mayor envergadura. Su objetivo consistía en hacer creer al enemigo que cualquier desembarco en Normandía era una maniobra de distracción gigantesca y perfectamente urdida para alejar a las divisiones alemanas de reserva del Paso de Calais, en el norte de Francia.  La verdadera invasión se suponía que iba a tener lugar durante la segunda quincena de julio entre Boulogne y el estuario del Somme. El emblemático general norteamericano George S. Patton, el militar más temido por los alemanes, fue puesto al frente de un hipotético «I Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos», una fuerza totalmente ficticia que contaba con once divisiones al sureste de Inglaterra. Aquel ejército no existía pero había que hacer creer a la Inteligencia alemana y por tanto al OKW, el Alto Mando alemán, que sí.

En la misma línea en la que el ilusionista británico Jasper Makelyne y su «Cuadrilla Mágica» crearon en el norte de África ejércitos enteros de cartón piedra en la lucha contra el Afrika Korps de Rommel, una serie de aviones de cartón piedras y tanques hinchables ­–que simulaban a la perfección los M4 Sherman–, junto a 250 lanchas de desembarco falsas, contribuirían a fabricar esa ilusión entre las filas enemigas el Día D.

Tanques falsos de la Operación Fortitude

Para aumentar dicho espejismo, dos cuarteles militares ficticios emitían constantemente mensajes de radio y un ingenioso sistema de sonido lanzaba al éter ruidos que simulaban movimientos de tropas, camiones y excavadoras en funcionamiento e incluso tanques que tomaban posiciones –sonidos que podían confundir a los espías que se hallasen en los alrededores, en un perímetro de varios kilómetros a la redonda–. Asimismo, se crearon formaciones ficticias, como la 2ª División Aerotransportada británica. La Red Garbo sería la encargada de emitir toda una serie de informes a los altos mandos alemanes para dar forma a una gigantesca campaña de confusión. Beevor apunta que. «Esos comunicados ofrecían una serie de detalles que poco a poco iban tejiendo el entramado con el que el Comité de la Doble Equis quería persuadir a los alemanes de que el mayor ataque iba a tener lugar más adelante en el citado Paso de Calais».

Operaciones de desinformación

También se idearon otras tretas para impedir que los alemanes desplazaran a Normandía, el verdadero lugar de desembarco, tropas procedentes de otros enclaves de Francia. Así nació la Operación Ironside, cuyo objetivo era dar la sensación al enemigo de que dos semanas después de los primeros desembarcos se lanzaría una segunda invasión en la costa occidental francesa directamente desde los EEUU y las Azores.

Bronx

Para impedir que los nazis desplegaran a Normandía, como medida de precaución, la 11ª División Acorazada, que se encontraba entonces en Burdeos, una agente doble destinada en Gran Bretaña, controlada por el Comité XX, conocida como «Bronx» –y cuyo verdadero nombre era Elvira «Chaudoir», de origen peruano–, envió el siguiente mensaje cifrado a su supervisor alemán en el Banco Espirito Santo de Lisboa: «Envojez vite cinquante libres. J’ai besoin por mon dentiste», cuyo significado en clave era: «en torno al 15 de junio se llevará a cabo una operación de desembarco en el golfo de Vizcaya». Era mentira, claro, pero puesto que el supervisor de «Bronx» ignoraba completamente que ésta formaba parte del Sistema de la Doble Cruz, envió su información puntualmente a Berlín y el resultado sería que la Luftwaffe de Göering, que evidentemente temía un desembarco en la Bretaña francesa, ordenó la destrucción inmediata de cuatro aeródromos situados cerca de la costa. Aquello daba una ventaja considerable a los aliados. Una mentira dentro de otra mentira, una desinformación que confundía aún más la desinformación anteriormente enviada. Al igual que «Bronx» y Garbo, otra serie de agentes harían campaña común para la mayor operación de engaño (deception) de la historia bélica.

Dudley Clarke

A finales de mayo se puso en marcha otro plan de desengaño conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead, una pequeña parte de Bodyguard, ideada por el brillante y excéntrico oficial de la inteligencia británica Dudley Clarke. La idea, que parece sacada del guión de una película, era que un actor, concretamente el australiano Meyrick Clifton James, se hiciera pasar por el general Montgomery, con el que tenía un asombroso parecido. El teniente coronel J. V. B. Jervis- Read, director del OPS (b) –el departamento de información británico–, vio una foto suya en el News Chronicle y supo que el intérprete australiano, con 25 años de interpretación a sus espaldas cuando estalló la guerra, era su hombre. Cuando se reunieron con él le transmitieron el ingenioso plan de desinformación. James aceptó, aunque la misión no fue tan sencilla como aparentaba.

El falso Montgomery visitó Gibraltar y Argel para hacer creer al Eje que se preparaba un ataque contra la costa del Mediterráneo.

Las informaciones «Ultra» despejan la incertidumbre


Por su parte, el complejo secreto de Bletchley Park que tantos éxitos había cosechado en la sombra contra los alemanes, adoptó un nuevo sistema de observación, minucioso, para el éxito de Overlord; los expertos, a través de las interceptaciones «Ultra», estarían preparados para descifrar cualquier cosa importante en cuanto tuvieran noticia de ella. Gracias a este sistema, los oficiales de Inteligencia destinados en la campaña británica también podrían comprobar el éxito de la desinformación elaborada en el marco de Fortitude y transmitirla por Garbo y los principales agentes de la Doble Equis, como Dusko Popov, alias «Triciclo» y el polaco Roman Garby-Czerniawski, alias «Brutus», entre otros.

El actor Clifton James, clavadito a «Monty»

Era evidente que los alemanes habían mordido el anzuelo: el 22 de abril fue descifrado en el complejo de Bletchley un comunicado alemán que identificaba al «4º Ejército», con su cuartel general cerca de Edimburgo y dos de sus divisiones situadas en Stirling y Dundee. Otros mensajes secretos interceptados evidenciaban que la Wehrmacht creía que la División Lowland se estaba preparando para lanzar un ataque contra Noruega, como preveía el plan Fortaleza Norte. Ello condujo a que los alemanes –según se dedujo una vez más a través de las informaciones «Ultra»– llevaran a cabo ejercicios de maniobras antiinvasión, basándose en el supuesto de que los desembarcos tendrían lugar entre Ostende y Boulogne.

El 2 de junio, considerando que tenían los datos suficientes, los oficiales al mando de la mansión en la campiña inglesa donde trabajaban Alan Turing y otros eminente criptoanalistas y matemáticos en la lucha contra Hitler, emitieron el siguiente comunicado: «Las pruebas más recientes indican que el enemigo supone que los aliados ya han finalizado todos los preparativos. Espera que un primer desembarco tenga lugar en Normandía o en Bretaña, y que a continuación se materialice el grueso de la operación en el Paso de Calais». El camino hacía el Día D parecía estar completamente despejado… ¿o no?

Eisenhower y Monty antes de la invasión

Las cosas se complicaban con los informes meteorológicos citados. A primera hora del 2 de junio, Eisenhower se subía a su caravana, oculta en el parque de Southwick bajo redes de camuflaje, y a la que llamaba «mi carromato de circo», esperando los últimos informes. Allí, en los escasos momentos que tenía libres, intentaba mitigar sus nervios leyendo novelas del oeste –que, curiosamente, también apasionaban a Hitler–, o fumando echado en su camastro. Churchill, bajo su búnker de la City, hacía lo propio, apurando su coñac y fumando sus puros, a veces pintando, una de sus grandes pasiones, a la espera del momento definitivo, el momento en el que la Historia, con mayúscula, decidiría el porvenir del mundo libre. El orondo premier mantenía un contacto continuo con el ya muy enfermo presidente estadounidense Roosevelt, a través de su línea secreta en su «Sala del Teléfono». La espera comenzaba a hacerse cada vez más angustiosa. El Día D tomaba forma definitiva.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht. Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes –algunos recientemente desclasificados– y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material.

Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras. También incluye exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

La Batalla por los puentes

Y para conocer con qué dificultades se encontraron los aliados en su marcha hacia el corazón del Tercer Reich, nada mejor que hacerlo de la mano nuevamente de Beevor (del que hemos citado varias veces su obra capital sobre el Desembarco, el bestseller El Día D: la batalla de Normandía). Crítica recupera uno de los últimos trabajos del que es, junto a Hastings, el más notable de los historiadores militares contemporáneos. En La Batalla por los puentes. Arnhem 1944, con su habitual pulso narrativo y su profusión de detalles y valiosa información (ingente cantidad de datos que en ningún momento ralentiza el vibrante relato, he ahí parte de su maestría como narrador de la Historia), el inglés se centra en un episodio que a punto estuvo con dar al traste los planes aliados.

En septiembre de 1944, menos de tres meses después del Día D, las tropas británicas y estadounidenses comandadas desde Londres avanzaban por Holanda y se disponían a cruzar el Rin para invadir una Alemania atenazada por la cruz gamada (y sacudida, para más inri, por continuos bombardeos del enemigo), y cuando todo parecía estar hecho, tuvo lugar el desastre de Arnhem, la última victoria germana, que iba a alargar la contienda más allá de lo previsto, con el consiguiente número de bajas y pérdidas materiales por ambas partes. Gracias a esa valiosísima documentación citada, que en muchos de los casos era inédita hasta ahora, así como diarios y numerosos testimonios personales en un incansable –y habitual– trabajo de campo de muchas décadas, Beevor desvela la verdad de lo que sucedió cuando el batallón del militar británico John Frost se topó con una resistencia del enemigo que no habían previsto, un desastre que «Monty» quiso convertir en victoria y al que ahora la historiografía bélica pone en su justo lugar. Aquí podéis adquirir esta joya de la Segunda Guerra Mundial que el editor y columnista Jay Elwes ha definido con estas palabras: «Otra obra maestra del más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo». Ahí es nada.

«GUERREROS»:

Y precisamente del «más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo», una de las editoriales de nuestro país que más devoción y cuidado muestra por la historiografía, Desperta Ferro, publica uno de sus últimos y más singulares trabajos centrados en el ámbito bélico: Guerreros. Retratos desde el campo de batalla. Una narración absorbente y con un original punto de vista sobre esas historias individuales (pero que acaban trascendiendo a nivel colectivo) y que por regla general quedan difuminadas por los grandes hechos, los nombres de oficiales de alta graduación o la épica (que nunca es tal) de las batallas.

Así, Hastings, en una meditada y difícil selección, acertada sin duda (aunque podría haber sido muy diferente teniendo en cuenta el amplio espectro temporal tratado), aborda las hazañas en el campo de batalla –ya sea en tierra, mar y aire– de dieciséis «guerreros» que dan título a la obra, de distinta extracción social y nacionalidad que abarcan los tres últimos siglos. Comienza con las Guerras Napoleónicas, donde aborda la figura del singular general y escritor napoleónico Marcellin de Marbot, y también de sir Harry Smith y su esposa española (y compañera de armas) Juana María de los Dolores; también recoge la guerra anglo-zulú, que retrata a través de la figura del ingeniero reconvertido en soldado John Chard, en la batalla de Rorke’s Drift (historia retratada en la cinta Zulú, de Cy Enfield).

Vann

Y no se olvida de Vietnam, conflicto que recrea a través de los ojos del enérgico Teniente Coronel y asesor militar estadounidense John Paul Vann, un «verso suelto» dentro del ejército con una historia personal digna de una novela. Su decisión de intentar llamar la atención de la opinión pública sobre los problemas de Vietnam a través del New York Times (gracias a su contacto, el combativo periodista e David Halberstam), sacando los trapos sucios del grupo de operaciones especiales Comando de Asistencia Militar en Vietnam (catalogado como de ultra-clasificado), provocaría su expulsión como asesor en 1963 y su abandono del ejército pocos meses después, convirtiéndose en una suerte de «traidor» cuando en realidad fue todo lo contrario.

Y junto a otras contiendas (como las operaciones en los Altos del Golán), Hastings viaja al escenario que nos interesa más en este post: el de la Segunda Guerra Mundial. Los personajes de esta contienda, para mi satisfacción, son los que engloban la mayor parte del volumen. Hastings comienza con la epopeya de John Masters, oficial británico del Ejército Indio (y célebre novelista), que penetró en las líneas enemigas en Burma, luchando junto a los gurkhas en la campaña de Birmania. El historiador británico cuenta después la historia del jefe de escuadrón Guy Gibson, piloto de la RAF que protagonizó un increíble raid sobre las presas del Ruhr (en el marco de la Operación Chastise), y que inspiraría la película de 1955 Los destructores de diques. También otros personajes fascinantes como Audie Murphy, James Gavin o la australiana integrada en las filas del Grupo de Operaciones Especiales (SOE) de Churchill, Nancy Wake, alias «Ratón Blanco», que ayudó a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, llegando a ser la mujer del bando aliado con más condecoraciones por sus acciones en la guerra.

Nancy Wake, alias «Ratón Blanco»

Guerreros es un estudio sobre el coraje pero también sobre la hipocresía del concepto de «héroe» estipulada por gobiernos y administraciones (siempre de los países vencedores), que endiosan a unos personajes, condecorándolos con todos los honores, mientras sepultan en el olvido (a veces deliberadamente) a otros «guerreros» cuyas acciones fueron tanto o más decisivas que los primeros.

Podéis adquirir esta maravilla de la historiografía contemporánea, pinchar en el siguiente enlace: