Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (I)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón

Fuente: Pexels. Free License. Author: Cottonbro

«Estamos conduciendo nuestra biología hacia la inmortalidad. O al menos hacia la fuente de la juventud». (David M. Gardiner, Departamento de Desarrollo y Biología Celular. Universidad de California Irvine)

En 1962, en el periodo más virulento de la Guerra Fría, se estrenaba la película El mensajero del miedoThe Manchurian Candidate–, basada en una novela homónima de Richard Condon. Con los años se sabría que aquella historia que parecía salida de una revista pulp tenía ciertos conatos de realidad en los experimentos que la CIA, de manera soterrada y vil, había realizado con miles de ciudadanos estadounidenses en el marco del Programa MK-Ultra, durante mucho tiempo considerado meras habladurías de los conspiracionistas y que los documentos oficiales demostraron una realidad estremecedora sobre la manipulación y la usurpación de identidad. Los ciudadanos eran los conejillos de indias del poder y del Ejército, y en gran parte lo seguimos siendo.

Lejos quedaron aquellos pioneros experimentos para conseguir soldados más letales mediante drogas de diseño y sesiones de hipnosis. Ahora, en plena revolución tecnológica, verdaderamente inquietante, se abren un sinfín de posibilidades nuevas a través la experimentación científico–militar, sin el conocimiento del gran público en la mayor parte de los casos, por supuesto; en eso poco ha cambiado.

Y con avances como los que enseguida veremos, que dan escalofríos, muchos teóricos ya imaginan la «guerra del futuro» –o del presente– sin salir del país, de un edificio, o del salón de casa. Algo que empieza a tomar forma a través de drones no tripulados, un elemento cada vez más inserto en nuestras vidas, vehículos autónomos o robots capaces de utilizar la IA para tomar decisiones in situ, sin control humano. Tiempo al tiempo. Solo queda esperar que no se cumplan los «vaticinios» que planteó hace unas décadas Isaac Asimov en su Yo Robot, base de otros superordenadores que escapan a nuestro control y nos han brindado imágenes inolvidables en el cine. Por ahora, los robots se limitan a actividades menores, pero su campo de acción se amplia a velocidad de vértigo.

El objetivo de las países pioneros en I+D+I, como EEUU o Rusia, parece enfocado a llevar a cabo la batalla desde sus respectivos centros de Defensa, causando daño a miles de kilómetros sin que sus tropas se expongan o reciban daño alguno. Y aunque ahora todo parezca endiabladamente nuevo y extraño, la investigación tecnológica con este fin lleva más de tres décadas activa. Desde 1983. Los primeros diseños de lo que se conocía como «armas autónomas» fueron financiados por la agencia DARPA, como parte de su programa de armas inteligentes. Bautizaron el proyecto con una nominación nada eufemística: «Robots Asesinos», acompañado de un eslogan que está más cerca de cumplirse: «El campo de batalla no es lugar para el ser humano». Pero como la máquina, por muy «lista» que sea, y autónoma, no deja de ser una máquina, lo mejor era retomar el antiguo anhelo de la CIA: crear supersoldados, o soldados mejorados –que suena menos radical–, eso sí, aprovechando los avances tecnológicos, aunque sin renunciar a la experimentación con drogas sintéticas como ya hicieran aquellos en los años 50 y 60 del siglo pasado.

DARPA, una agencia opaca

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, DARPA por sus siglas en inglés –Defense Advanced Research Projects Agency–, es el brazo de investigación avanzada del Pentágono. Fue creada en 1958, en el marco de la carrera tecnológica de la Guerra Fría –en concreto en respuesta al lanzamiento soviético del satélite Sputnik–, y de la que surgirían también los fundamentos de ARPANET, red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DOD) para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Sí, el origen de nuestra Red de Redes, Internet, sin la que ya no sabemos movernos, y mucho menos tras el confinamiento.

En un principio, la agencia fue conocida como ARPA, adquiriendo su nueva nomenclatura en 1972, siendo la responsable de desarrollar tecnología de gran impacto en nuestras vidas (robots, satélites, redes…), muy relacionada, también, con el espionaje, causando controversia cuando en 2002 la propia DARPA fundó la Oficina de Información y Conocimientos –IAO, Information Awareness Office–, que permitía el acceso y la búsqueda de información personal de ciudadanos sin orden judicial previa, creando así enormes bases de datos de norteamericanos.

Además, como veremos en las próximas líneas, DARPA ha desarrollado y transferido programas de tecnología avanzada que abarcan una gran variedad de disciplinas científicas dirigidas a cubrir las necesidades de la Seguridad Nacional. El premio Pulitzer Robert Stone afirmó que en los años 70 el Pentágono financió un proyecto para relacionar ciertos gráficos de ondas cerebrales con ciertos pensamientos con el fin de que fuera posible a través de un equipo leer los pensamientos de una persona a distancia con fines de Defensa. No hay pruebas que lo corroboren –o al menos no han visto la luz– aunque recuerdan mucho a los ambiciosos proyectos actuales. Veamos…

Financiación gubernamental

La mayoría de los planes para crear un «supersoldado» provienen de EEUU, y una vez más de la Agencia para Investigaciones y Proyectos Avanzados de Defensa –DARPA–. En 2002, la corporación proclamó que «el ser humano se estaba convirtiendo en el eslabón más débil en la cadena de los sistemas de Defensa», en respuesta al nuevo escenario sobre el que teorizaban, a principios del siglo XXI, los estrategas militares USA, quienes creían que, con respecto a las amenazas transfronterizas, la mejor solución era desplegar pequeños grupos de soldados que se infiltraran entre el enemigo en lugar de una gran cantidad de equipo pesado y un ejército más fácil de ponerse a tiro. Las derrotas del poderosísimo ejército de las barras y estrellas en Afganistán y otros rincones, que hicieron perder miles de vidas y que recordaban en muchos sentidos a la sangría y fracaso de Vietnam –donde se realizaron los primeros proyectos para crear soldados mejorados, les vinieron a dar la razón.

En medio de este escenario, los dirigentes de DARPA solicitaron al Congreso una cantidad nada desdeñable para llegar a cabo sus pioneras investigaciones: nada menos que 160 millones de dólares anuales, con la intención de blindar los sistemas de Defensa: «Reforzarla no solo pasa por desarrollar materiales que mejoren su desempeño, sino posibilitar nuevas capacidades humanas». A pesar de las voces críticas, la mayor parte de la financiación fue aprobada. Críticas a las que la multinacional está acostumbrada, y que realmente le importan bien poco a la hora de continuar con sus planes. En plena era Trump, en 2019, el proyecto estrella de la corporación ha sido KAIROS, que busca una inteligencia artificial más avanzada, «que sepa comprender y razonar, a través de los datos, y predecir así eventos mundiales complejos». Parece que no fue capaz de anticipar la pandemia… o no supieron ver sus «advertencias».

Ya a principios de los 2000 los proyectos de DARPA fueron puestos en duda por un amplio sector de la opinión pública y movimientos antisistema. Ante el rumor de que en sus instalaciones parecía que se estaban creando nuevos Frankenstein, el director de la agencia entre 2002 y 2009, Anthony «Tony» J. Tether, salió al paso y afirmó a la revista WIRED que: «Es más habladuría que otra cosa; el ejército estadounidense tiene el mejor entrenamiento del mundo. Nuestra misión es idear la forma de mantener el nivel cuando los soldados están en situaciones difíciles».

Anthony J. Tether

Aquella «defensa» de sus proyectos no convenció a muchos, y no es para menos teniendo en cuenta lo que ha trascendido sobre experimentos para crear soldados mejorados. Veamos…

Supersoldados probeta

DARPA patrocina docenas de proyectos de mejora humana en laboratorios de todos los EEUU y de instituciones en el extranjero. Ahora que la tasa de reclutamiento del Ejército ha descendido notablemente, según varias fuentes de hace un par de años alrededor de un 12%, uno de los objetivos principales es crear un «supersoldado». ¿Cómo? Bueno, todos sabemos que una de las cosas que más vulnerable hace al ser humano es que necesita dormir. Durante la Guerra de Vietnam, campo abonado para la experimentación con drogas por parte de la CIA y otras agencias más opacas, se intentó mantener a los soldados despiertos, y se hizo a través de la ingesta masiva de anfetaminas, algo que también se probó décadas antes en la Alemania nazi. Pues bien, en la actualidad, y por lo que ha trascendido a los medios de comunicación, que como siempre no es mucho, parece que los científicos de DARPA están trabando en un programa conocido como «Prevención de Falta de Sueño» y que permitiría, grosso modo, que un piloto pueda volar ¡hasta 30 horas seguidas! o, incluso, que un boina verde sobrelleve 74 horas de actividad sostenida sin sufrir incapacidades psicomotoras. Ahí es nada… Ni Arnold Schwarzenegger en sus buenos tiempos años ha.

Son varios los experimentos estadounidenses en esta línea: investigadores de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte) están analizando los efectos de una serie de fármacos bajo la denominación de ampakinas que al parecer podrían evitar el déficit cognitivo relacionados con largos periodos de vigilia. En la Universidad de Columbia han ido más allá y un grupo de científicos está utilizando estimulación magnética transcraneal como forma de contrarrestar la fatiga, además de técnicas de representación por imágenes para analizar los efectos neuroprotectores y neuroregeneradores de un antioxidante presente en la planta del cacao.

Por su parte, en el año 2003, la División de Sistemas Humanos de la Fuerza Aérea norteamericana –USAF–, dio luz verde a la utilización de una droga llamada Modafinilo –comercializado bajo el nombre de Provigil contra la narcolepsia y otros trastornos del sueño–, una sustancia neuroestimulante cada vez más célebre entre los estudiantes que podría mantener a una persona en pie durante más de 80 horas. Una sustancia bastante peligrosa, pues según la Agencia Europea del Medicamento sus efectos secundarios van desde fiebres, mareos, erupciones y problemas para respirar hasta aumento de la agresividad e incluso desarrollo de ideas suicidas, lo que nos recuerda de nuevo a los pobres soldados de laboratorio de The Manchurian Candidate.

Luego está el problema de que un soldado, además de dormir, necesita víveres, de hecho, debido al esfuerzo requerido en un escenario de guerra, las calorías que requiere pueden llegar a las 8.000, frente a las 1.500-2.000 que debe ingerir un adulto medio. Ya que esto, una vez más, ralentiza la función del «supersoldado», lo que pretende DARPA es «lograr el total dominio metabólico». ¿Y cómo? Pues controlando la sensación de hambre usando nutracéuticos –complementos alimenticios naturales de origen marino y vegetal– y otros suplementos nutritivos. Este objetivo incluye también convertir en comestibles cosas que hasta ahora eran impensables, y que el militar pueda hallar fácilmente en su entorno. Un ejemplo: la celulosa de las plantas.

DARPA está desarrollando tan ambicioso plan en el Centro de Sistemas para Soldados en Natick, Massachusetts. Uno de sus laboratorios desarrolló hace tiempo el prototipo de un paquete alimenticio denominado First Strike Ration, que está formado por tres emparedados, un puré de manzana reforzado con carbohidratos y chicles de cafeína; según sus responsables, dichas raciones estarían pensadas «para consumirse en movimiento y el las primeras 72 horas de conflicto».

Pero dicho laboratorio fue más allá, entrando en terreno algo escatológico, e ideando un alimento deshidratado que las tropas podrían rehidratar sin peligro con su propia orina. Sin comentarios. Precisamente en relación con los líquidos, otro equipo a las órdenes de DARPA también ideó un programa de recolección de agua que permitía extraerla del propio aire, evitando así tener que cargar con ella.

Este post continuará, si los señores que controlan DARPA lo permiten…

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Ahora que la tecnología ha llegado a un límite en que el hombre puede fusionarse con ella, y que incluso se ha creado un movimiento filosófico-intelectual en torno a este delicado asunto –¿seremos cíborgs? ¿Qué código moral deberemos adoptar? ¿Alcanzaremos a ser inmortales a través de un microchip?–, no está de más sumergirse en las páginas del entretenidísimo libro Cómo ser una máquina. Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte, publicado por una de mis editoriales de referencia en relación a temas controvertidos y de rabiosa actualidad, Capitán Swing. Obra del visionario periodista Mark O’Connell, explora en estas páginas las asombrosas –y aterradoras– posibilidades que se presentan cuando se piensa que nuestro cuerpo es un dispositivo anticuado, como postulan los seguidores del transhumanismo –cuyo objetivo es utilizar la tecnología para cambiar la condición huamna, mejorando nuestros cuerpo y mentes–, y de la que son o han sido partidarios en un momento determinado personajes de lo más granado de Silicon Valley como Peter Thiel, Elon Musk o Ray Kurzweil.

En este revelador ensayo O’Connell visita la instalación de criopreservación más importantes del globo, descubre un colectivo de biohackers que refuerza sus sentidos mediante la implantación de dispositivos electrónicos bajo la piel –sí, no es una cinta de Spielberg– y se reúne con miembros de un equipo que investiga cómo proteger a la humanidad de la superinteligencia artificial al estilo Hal 9000 o Skynet. El resultado de tamaña investigación es una sorprendente meditación sobre lo que significa ser humano, y hacia dónde nos encaminamos como «nueva» especie. He aquí la forma de adquirirlo:

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (I)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Óscar Herradón ©

Una singular historia de diplomacia, contrainteligencia, medias verdades y pura conspiranoia que se mantuvo silenciada durante décadas y que estuvo a punto de cambiar el devenir del siglo XX, en los complejos y combativos tiempos de la esvástica, la hoz y el martillo y la bandera estrellada de EEUU, cuya vulneración a los derechos humanos y civiles –como el caso de los ciudadanos japoneses dentro de sus fronteras– no casaba con lo impreso en su Carta Magna y el lema de la tierra de la «libertad y las oportunidades».

1950. En EE UU se produce un verdadero pánico rojo que no dejará de incrementarse en las décadas siguientes hasta el final de la Guerra Fría. Para más inri, aquel año que pasaría a la historia como el comienzo de la Caza de Brujas del senador por Wisconsin Joseph McCarthy, con la colaboración de otros políticos de calado como Richard Nixon, el propio presidente Harry Truman –que el 30 de enero anunciaba públicamente la fabricación de una bomba de hidrógeno «mucho más poderosas que la bomba atómica», eje de la política de la Casa Blanca– o autoridades como Hoover y su FBI, tuvo lugar el mayor escándalo por espionaje en el seno del país.

A comienzos de febrero de ese año era detenido en Londres el científico alemán Klaus Fuchs, para algunos el mejor agente de inteligencia del siglo XX, ahí es nada (aunque eso se ha dicho de muchos, quizá demasiados) quien no tardaría en confesar que durante la Segunda Guerra Mundial y después había robado regularmente secretos atómicos estadounidenses y se los había filtrado a los rusos. Una declaración que parecía del todo coherente teniendo en cuenta que el propio Truman había declarado en septiembre de 1949 que los rusos habían ensayado la bomba atómica y que EE UU ya no era la única potencia nuclear –lo que provocó que dedicaran astronómicas cantidades de los ya muy abultados presupuestos de Defensa al desarrollo de la Bomba H–.

Hoover, que se había arrogado el éxito de detener en territorio norteamericano a dos comandos de espías nazis en plena guerra, comandados por George John Dasch, la mayoría de los cuales fueron ejecutados en la silla eléctrica –una historia que tendrá su espacio en breve en «Dentro del Pandemónium»–, fue incapaz de impedir que en el corazón de la maquinaria armamentística se infiltraran espías soviéticos.

Klaus Fuchs (Wikipedia)

Aquello parecía dar a Hoover la razón: él había vigilado a Einstein como sospechoso de espionaje, y continuaría haciéndolo, ahora con más motivo, y en ese momento otro científico alemán, conocido del primero –y que, según un informe interno equivocado del FBI, había sido recomendado por el Premio Nobel para participar en el Proyecto Manhattan– descubría todo el pastel. Pronto, el estado de ánimo del país se manifestaba en alarmantes titulares de prensa como los siguientes: «Los rojos consiguen nuestros planes de bomba»; «Un británico pasa secretos militares atómicos a los rusos», «Espías rondaban las plantas atómicas estadounidenses». A ello se sumaba algo completamente nuevo, y que marcaría la historia de aquel tiempo: la aparición de la televisión, con sus imágenes apocalípticas y dramatizadas hasta el paroxismo sobre la amenaza soviética.

Puede que la amenaza de la infiltración comunista nunca fuese tan real como advertían los defensores de la América reaccionaria que hoy representa el presidente saliente Donald Trump, también obsesionado durante su mandato con la investigación atómica de Irán, un día en el que Washington está blindado ante la toma de posesión de Joe Biden con las aguas más revueltas si cabe que en los años 50, pero lo cierto es que no les faltaba razón: el «enemigo rojo» había penetrado en lo más profundo del sistema y recabado la información secreta más delicada de su historia: la relacionada con el desarrollo atómico. Aquello daría rienda suelta a los conspiracionistas y a los anticomunistas hasta el punto de que se llevaría a cabo una persecución febril de todo lo que oliera a disidencia.

«Supertrump» (Wikipedia)

Los titulares se hacían eco de que Fuchs admitía haber entregado secretos atómicos a los soviéticos desde una fecha tan temprana como 1942, pero, ¿cómo pudo un agente enemigo infiltrarse en las instalaciones ultrasecretas de Oak Ridge, el lugar junto a la Casa Blanca y después el Pentágono –que fue creado precisamente entre 1941 y 1943– más protegido en tiempos de la guerra, en la que era ya la primera potencia armamentística mundial, rebosante de expertos agentes, policías, militares de alta graduación y científicos plenamente entregados al esfuerzo de guerra?

Fabricando a un espía

El doctor Klaus Fuchs nació en Rüsselsheim, Alemania, en 1911, y su historia es una de las más apasionantes del siglo pasado. Como habría de sucederle a muchos de sus colegas, entre ellos Einstein, en 1933 Fuchs tuvo una serie de encontronazos con los nazis, provocados por su filiación al Partido Comunista alemán, lo que le hizo emigrar a Francia, y posteriormente, gracias a contactos familiares, viajó a Inglaterra, a Bristol, en cuya universidad obtuvo su doctorado en física en 1937, así como un doctorado en Ciencias en la Universidad de Edimburgo.

Oak Ridge en 1945 (un área militar no tan segura)

Tras el estallido de la guerra en septiembre de 1939, los ciudadanos alemanes en territorio inglés serían internados, como lo fueron también los japoneses en Norteamérica en uno de los episodios más oscuros de la historia aliada. Fuchs fue trasladado a un campo de internamiento a la Isla de Man, y posteriormente enviado a Quebec, en Canadá, donde permanecería recluido hasta diciembre de 1940. Gracias a la intercesión del profesor Max Born, que tuteló su tesis –y según algunas fuentes, al propio Einstein–, Fuchs fue liberado y regresó a Edimburgo, donde pasó a trabajar en el proyecto de investigación de armamento nuclear británico, conocido con el nombre en código de Tube Alloys –«Aleaciones Tubulares»–, por recomendación del físico británico Rudolf Ernst Peierls.

Peierls

Revelaciones posteriores indican que ya por aquel entonces había sido contactado por los soviéticos. En uno de los papeles desclasificados del GRU –hoy conocido como GU, servicio de inteligencia militar, y de plena actualidad por sus incursiones precisamente en Reino Unido, e incluso en el Procés catalán–, fechado en Londres el 10 de agosto de 1941, se muestra que se estableció contacto con Fuchs. A pesar de las restricciones en tiempos de guerra, su origen alemán y sus contactos con el «enemigo rojo», le concedieron la ciudadanía británica en 1942, a punto ya de participar en el proyecto armamentístico más letal y relevante de todos los tiempos. Y eso que en Alemania Fuchs había sido un reconocido miembro del Partido Comunista y que mientras terminaba su formación en Física siguió manteniendo contactos con los miembros del partido.

El hecho de que un científico con un oscuro pasado de filiación comunista que había sido investigado incluso por la inteligencia británica, diera el salto para trabajar en Los Álamos parece que se debió a un imperdonable descuido del MI-5: un informe de sus agentes animaba a trasladarle al Proyecto Manhattan, al otro lado del Atlántico, porque «allí no podría contactar con espías rusos». Sorprendente (y equivocado, como se mostraría más adelante).

Si bien durante su estancia en Inglaterra Fuchs había sido supervisado por el GRU, una vez que cruzó a Nueva York pasó a ser competencia del NKGB. A finales de 1943, Fuchs fue transferido, junto con Peierls, a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde pasaron a trabajar para el Proyecto Manhattan, que por fin había tomado forma gracias a las presiones de físicos como Einstein o Leó Szilárd, que convencieron a Roosevelt de que la Alemania nazi podría conseguir pronto la bomba atómica, una amenaza demasiado seria para no actuar, teniendo en cuenta el avanzado nivel tecnológico del Tercer Reich y su visible poder de destrucción. Eso en parte, y por otra gracias a movimientos aún más oscuros de pequeños grupúsculos que en Washington estaban decidiendo cómo sería lo que quedaba del siglo XX, aun a pesar de la opinión en contra de prestigiosos científicos.

Los Álamos (¿inexpugnables?)

Desde agosto de 1944, Fuchs trabajó en la División de Física Teórica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, un lugar blindado por barrotes que a muchos científicos –principalmente europeos– les incomodaba porque les recordaba a los campos de concentración nazis. Allí, realizó su trabajo bajo las órdenes del físico nuclear Hans Bethe, uno de los padres de la bomba atómica, más tarde investigado también por los federales por «afiliación comunista», al igual que el líder del proyecto, el físico teórico Robert Oppenheimer, atormentada para los restos por su participación.

El Proyecto VENONA 

El encargado del interrogatorio de Fuchs fue el oficial del MI-5 William Skardon. Tras una gran presión, y a pesar de su negativa inicial, el físico confesó finalmente en enero de 1950, y debido a sus declaraciones desenmascaró la tapadera de varios colegas que no tardarían en ser detenidos.

Cuando Fuchs firmó su confesión, implicó a un contacto estadounidense anónimo. Al conocer Hoover dicha información, se entregó a fondo a desenmascararlo y, con los medios de comunicación ansiosos de historias de agentes secretos, movilizó equipos especiales de sus agentes por todo el país. Así, la Oficina tuvo pronto una lista de más de 500 sospechosos, y entre los científicos que también se puso bajo vigilancia se hallaban dos del Proyecto Manhattan, Hans Bethe –supervisor de Fuchs– y Edward Teller, ambos nacidos en el extranjero, judíos e intelectuales.

Harry Gold

Pero el golpe de gracia lo dio Hoover cuando sus hombres detuvieron a un químico llamado Harry Gold que resultó ser el cómplice desconocido de Fuchs. Este químico de laboratorio nacido en Berna, Suiza, en 1910, y nacionalizado estadounidense, al que el biógrafo Allen M. Hornblum define como «ese soltero tímido de ojos tristes de Filadelfia», era un recluta reacia a la causa comunista en 1930, que llegó a resistirse a la influencia de las arengas políticas de un amigo de la juventud. Sin embargo, como señala el periodista Allen M. Hornblum en The invisible Harry Gold – The man who gave the soviet the atom bomb (Universidad de Yale): «Impresionado por el hecho de que la Unión Soviética se había convertido en el primer país en hacer del antisemitismo un crimen contra el Estado», finalmente decidió llevar a cabo, a partir de 1934, acciones de espionaje contra su empresa a favor de los soviéticos, ya que a éstos les interesaban por aquel entonces los productos de la Pennsylvania Sugar Company. Según su biógrafo, «Nadie podía sospechar que el hombre rechoncho de aspecto extraño y expresión triste era un espía soviético que comerciaba con secretos industriales y militares». Para pasar desapercibido y evitar ser vigilado, «caminaba por el lado oscuro de la calle y comía en restaurantes con cabinas en lugar de mesas al aire libre». Con el fin de reforzar el poderío industrial de la URSS, a partir de los años 40 decidió pasar la información que le pasaba Fuchs y éste se la entregaba a un individuo encargado de hacerla llegar a Moscú. Aquel individuo respondía al nombre en clave de «Sonia», cuya verdadera identidad era la de Ruth Kuczynski, el contacto de Fuchs en las filas soviéticas y nada menos que la mano derecha de uno de los mejores espías soviéticos de todos los tiempos en Asia: Richard Sorge.

Ruth Kuczynski, alias «Sonia»

Los nombres que salpican el «expediente Fuchs» son numerosos: desde la espía estadounidense Elizabeth Bentley –que espió para la URSS de 1938 hasta 1945–, otra de las «víctimas» del Proyecto VENONA, al también brillante espía atómico Theodore Hall. Las consecuencias de las detenciones acabarían llevando al matrimonio formado por Ethel y Julius Rosenberg a la silla eléctrica, los primeros civiles condenados a muerte y ejecutados por espionaje en EE UU en uno de los episodios más deleznable de la «democracia» del país de las barras y estrellas.

Este post continuará desvelando «información clasificada» en una próxima entrega.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó de que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2012), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica, es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento y otra solo recientemente desclasificada, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, parece que no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

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