Alexandra Kolontái: la feminista revolucionaria

La editorial Crítica publica la crónica de una mujer excepcional, única y controvertida que luchó por la visibilidad de las mujeres y sus derechos en un tiempo y en un país –la vieja Rusia zarista que se asomaba al abismo de la revolución– en el que estos no eran precisamente una de las principales preocupaciones de una belicosa sociedad abierta a profundos cambios sociales e ideológicos. Una luchadora no exenta de sombras. Su título es Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa.

Óscar Herradón ©

De hecho, en relación con la población femenina, sucedía precisamente todo lo contrario, algo que por desgracia aún se mantiene en diversas sociedades bien entrado el siglo XXI: su opinión apenas era considerada, en la mayoría de países no podían votar, por supuesto no podían engrosar las filas de los ejércitos (algo que cambiaría con la Revolución Rusa, precisamente el movimiento en el que se haría un nombre nuestra protagonista), ni desafiar las normas de unas sociedades profundamente patriarcales y machistas.

Nacida en San Petersburgo en 1872, dos años antes de la citada Revolución Rusa Alexandra Kolontái estuvo en primera línea de los cruciales acontecimientos políticos de aquel convulso periodo que cambiaría el siglo XX: fue la primera mujer de la historia en estar al frente de un ministerio en el gobierno de una nación (el Sovnarkom, primer gobierno de Lenin). Y aunque se dejó cautivar en cuerpo y alma por el comunismo, en el que haría carrera, no era una hija del movimiento obrero, sino que pertenecía a una familia aristocrática.

Fue una abanderada de la libertad y la desobediencia desde muy joven. Desafiando a sus progenitores, se casó con el hombre al que ella había elegido, el ingeniero Vladímir Lúdgovich Kolóntai, del que conservaría toda su vida el apellido que la haría célebre a pesar de que se separaron pronto, cansada, según afirmó, del matrimonio, una vida que no era para ella (aunque se casaría nuevamente con el militar soviético Pável Dybenko). De aquella relación con Kolontái nacería su hijo Misha, este sí, el gran amor de su agitada vida.

Alexandra Kolontái en 1908.

Una profunda vocación revolucionaria

Alexandra experimentó una verdadera «redención» (no mística, sino política) cuando en 1896, en pleno zarismo, al visitar una enorme fábrica textil en Narva (hoy al noreste de Estonia, pero entonces perteneciente a la Gran Madre Rusia), donde su marido debía instalar un sistema de ventilación para los miles de obreros que se hacinaban en aquel maloliente espacio donde se mezclaba la pobreza con la servidumbre: supo que debía ponerse al servicio del proletariado, en defensa de los más débiles. Tenía 26 años cuando se separó de Vladímir y dejó a Misha al cuidado de sus abuelos para marcharse a Zúrich a estudiar en profundidad el pensamiento marxista.

Tras los eventos que tuvieron lugar el Domingo Sangriento o Domingo Rojo de 1905 –una despiadada matanza de manifestantes pacíficos perpetrada por la Guardia Imperial rusa–, Kolontái tomó partido por los mencheviques y su exultante oratoria dejaría atónitos a los obreros en las fábricas que visitaba con frecuencia. Entonces sería testigo de primera mano de la brutal represión del Ejército zarista y fue tempranamente perseguida por las autoridades rusas debido a sus artículos y a su actividad como agitadora. Por ello decidió huir a Europa, donde se fraguaría su leyenda a base de mítines y congresos y donde definió la posición ideológica que la caracterizaría de por vida: dar respuesta a los problemas de las mujeres obreras ante la indiferencia de sus compañeros de Partido, muy volcados con el derrocamiento del zarismo y la imposición de la dictadura del proletariado, pero a los que el feminismo y la igualdad entre sexos les traía sin cuidado –en muchos casos, incluso, estaban abiertamente en contra–.

Lenin

Alexandra defendía la causa de las mujeres junto a otras pioneras contemporáneas de izquierdas como las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin o la francesa Inessa Armard en un mundo accidentado que se resistía todavía al cambio pero que no podía frenarlo. Eso sí, en ocasiones a base de mucha sangre derramada. Tras el estallido de la Gran Guerra (como se conocería el conflicto europeo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1914, Kolontái participaría activamente junto a Lenin en la defensa del pacifismo realizando incontables giras. Como políglota, Alexandra se desenvolvía con fluidez en varios idiomas (inglés, francés, alemán, finlandés y por supuesto ruso) ante auditorios encandilados con sus arengas.

Después del estallido de la revolución en 1917, fue elegida miembro del Comité Ejecutivo de los Sóviets, convertida en portavoz del propio Lenin, por lo que la prensa la bautizaría como «Valkiria de la Revolución», aprovechando su posición para luchar a favor de las mujeres de los soldados y su precaria situación. Nombrada Comisaria de Asuntos Sociales en el Consejo de Comisarios del Pueblo, el citado Sovnarkom, su defensa de las mujeres y los niños la llevaría a tener numerosos encontronazos con otros miembros del partido (varones, claro) y finalmente a dimitir de su cargo, aunque durante la guerra civil rusa que enfrentaría a los bolcheviques y al Ejército blanco se pondría nuevamente a las órdenes de Lenin.

Jenotdel

Mientras tanto, se las apañó para organizar el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, semilla de lo que sería el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique de la Rusia Soviética (el Jenotdel), poniéndose al frente de su consejo editorial para promover la participación de las mujeres en la vida pública y mejorar su educación en pro de su empoderamiento, haciéndolas partícipes también de diversos proyectos sociales. Más tarde Kolontái dirigiría el Jenotdel y defendería con fervor el divorcio y el aborto, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo (algo inédito entonces) su plena libertad sexual, ganándose nuevamente enemistades en el Partido.

Una camarada incómoda

Desde el principio tuvo importantes encontronazos con Lenin. En 1922 Kolontái participó en la llamada Oposición Obrera, un grupo que acusó al mismo líder de la revolución de alejarse de la clase obrera y que se mostraba en contra de la llamada Nueva Política Económica impulsada por el gobierno, criticando que su gigantesca y enrevesada burocracia era ajena al movimiento obrero. Alexandra fue marginada y  atacada duramente durante los congresos del Partido, y en 1923 logró escapar in extremis de una oleada de detenciones gracias a la intermediación de Stalin, por el que conseguiría desempeñar una función en la misión diplomática soviética en Noruega.

Durante ese tiempo, sin embargo, no abandonó su credo político y mostró su fidelidad al Partido (que la había maltratado) y a la causa bolchevique en diversos países: Noruega, México y Suecia, siendo nombrada en 1924 embajadora de la URSS en Noruega y convirtiéndose, otro hito, en la primera mujer embajadora de la historia, sobreviviendo a las grandes purgas desatadas por Stalin y que condujeron al gulag o al paredón a sus antiguos compañeros de la Oposición Obrera, lo que sería motivo de controversia hasta el día de hoy: ¿cuál fue su verdadera relación con el «zar Rojo»?

Tumba de Alexandra Kolontái en el cementerio Novodévichy en Moscú.

Alexandra Kolontái moría el 9 de mayo de 1952 en Moscú, al día siguiente del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y a pesar de su papel fundamental en los momentos previos a la revolución, en el gobierno posterior, la guerra civil y los años duros del estalinismo, la cúpula soviética intentó borrarla de la historia del Partido: no se publicó ninguna necrológica oficial ni fue enterrada con honores, como merecía alguien de su categoría política, en el Kremlin. Stalin pasaba a mejor vida menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.

El impacto de Kolontái por estas latitudes

Con su fulgurante ascenso en el movimiento revolucionario internacional, no tardó en difundirse su obra por la España previa a la Segunda República y la Guerra Civil en un ambiente revolucionario que se extendía por toda Europa empujado por las victorias de los bolcheviques frente al Antiguo Régimen ruso. En 1928 se publicaba La bolchevique enamorada y en 1930 La juventud y la moral sexual, que gozaría de un notable éxito tras el establecimiento de la Segunda República y el auge de las organizaciones de corte revolucionario y feminista que clamaba por la emancipación de la mujer en una sociedad fuertemente «chapada a la antigua» (y no precisamente en beneficio del género femenino).

En 1931 se publicó La mujer nueva y la moral sexual y ya en plena Guerra Civil, en 1937, la Editorial Marxista publicaba en Barcelona El comunismo y la familia y el Secretariado Femenino del POUM (el Partido Obrero de Unificación Marxista que en Cataluña libraría una guerra abierta contra el comunismo estalinista), también en la ciudad condal, El amor y la moral sexual. Por supuesto, con el triunfo del bando sublevado y la instauración del franquismo, que duraría cuarenta largos años, la memoria de Kolóntai fue borrada y sus libros prohibidos en nuestro país hasta el año de la muerte del dictador, 1975, cuando se publicaron, y aún con el azote de una exhaustiva censura, varias de sus obras, que gozarían de un nuevo impulso tras la Transición y la recién nacida democracia.

d’Encausse

Kolontái fue acusada de blanquear a Stalin. Ahora, nos llega la que es probablemente la biografía definitiva de esta mujer arrolladora de la mano de la importante historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, que precisamente fallecía en agosto de este 2023 dejando un profundo vacío en la historiografía contemporánea. Como señala la autora, que no escatima en elogios a la revolucionaria rusa (pero también muestra sin titubeos sus sombras y las contradicciones del régimen soviético), Kolontái vivía con miedo a ser difamada y no criticó nunca al sanguinario dictador ruso, ese «hombre de hierro» que no fue precisamente fiel a la memoria de su antecesor Lenin –que había sido, paradójicamente, el político que lo había creado–, en pos del poder absoluto, ese que siempre ciega a los estadistas de todos los tiempos.

Lo demás es historia, recuperada con maestría y un pulso narrativo encomiable por la citada d’Encause, quien precisamente se hacía este año con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que fue entregado a título póstumo a esta mujer, quien fuera la primera en ocupar el cargo de «secretario perpetuo» de la Academia Francesa. Toda una pionera como la protagonista de su magnífica biografía.

He aquí el enlace para hacerse con el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-alexandra-kolontai/382869

Maurice Bavaud, entre las sombras

Se han registrado al menos hasta 42 intentos de acabar con la vida de Adolf Hitler. Ninguno de ellos logró su objetivo, pero varias de estas tentativas magnicidas estuvieron muy cerca de eliminar al líder del Tercer Reich. Uno de los hombres que se acercó peligrosamente al Führer fue el seminarista suizo Maurice Bavaud, cuya historia, que es necesario reivindicar, se recuerda en una novela gráfica de reciente aparición.

Óscar Herradón ©

Uno de los intentos que menos trascendió, a diferencia de la llamada Operación Valkiria –llevada al cine por Bryan Singer en 2008 con Tom Cruise en el papel del coronel alemán Claus Von Stauffenberg– fue un plan para atentar contra el líder nazi ideado por el Grupo de Operaciones Especiales británico, el SOE, creado a instancias de Winston Churchill y encargado de sabotajes y atentados tras las líneas enemigas.

Hitler en el Berghof en 1936.

En una carta fechada el 20 de junio de 1944, el general Colin Gubbins escribió a sir Hastings Ismay, subsecretario del Gabinete de Guerra inglés, informándole sobre dicho complot cuyo origen se remontaba a 1941 y que fue aprobado por todos los departamentos. Sin embargo, la operación fue abandonada debido a un cambio repentino en los acontecimientos, cuando se produjo el fallido intento de atentado citado en la llamada Guarida del Lobo. El Plan, bautizado como “Foxley”, pretendía utilizar a un francotirador en el Berghof, la residencia de Hitler en Berchtesgaden, el conocido como “Nido del Águila”, en los Alpes bávaros. Aunque la operación se canceló, la inteligencia británica llegó a redactar un grueso informe de 120 páginas, firmado por un agente identificado con el nombre en clave de LB/X.

Bavaud, una «misión divina»

Elser

Uno de los «lobos solitarios» que intentó acabar con la vida del Führer fue el campesino y carpintero suabo Georg Elser, responsable del atentado en la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich el 8 de noviembre de 1939 que a punto estuvo de liquidar al dictador, pero hubo más.  Precisamente un año antes de atentado de Elser –el número 21 de los registrados–, en 1938, en el mismo lugar y en la misma fecha (Múnich, 8 de noviembre), como si el destino los hubiera puesto de acuerdo, el seminarista suizo –estudiaba teología católica con la intención de convertirse en misionero– de 22 años Maurice Bavaud, que consideraba al líder nazi la misma reencarnación del anticristo, hizo lo propio.

Gerbohay

Bavaud pertenecía a un grupo anticomunista de estudiantes en Francia –estudiaba en el seminario de Santa Ilan, en una comuna francesa en Bretaña–, llamado Compagnie du Mystère. Su líder, Marcel Gerbohay, una suerte de iluminado que afirmaba descender de la dinastía Romanov –pretendía que cuando el comunismo fuese aniquilado estos volvieran al poder en Rusia con él en el poder–, influyó considerablemente en Bavaud al convencerle de que la muerte de Hitler ayudaría a materializar dichos planes.

Bavaud

Maurice realizaría su tentativa de magnicidio durante el desfile conmemorativo que realizaba el mismo recorrido que antaño hicieran los “Mártires del Movimiento” del NSDAP para hacerse con el gobierno bávaro. Bavaud había comprado una entrada para el festejo fingiendo ser un periodista suizo. En un tramo previamente escogido del recorrido, donde se erigía la iglesia del Espírito Santo, intentó disparar sobre Hitler con una pistola semiautomática Schmeisser de 6,35 milímetros –que había comprado en Basilea–, pero tuvo que abandonar su idea al ver que el Führer se dirigía al otro lado de la calle en lugar de pasar por el centro, como tenía previsto, para saludar a un grupo de acólitos. Ironías de la vida.

Monumento honorífico.

Tras abandonar su plan, el día 9 intentó regresar a París en tren, con la idea de realizar un segundo intento, sin embargo, tuvo la mala suerte de ser descubierto en el convoy sin un billete válido y con la pistola escondida. El revisor avisó a las autoridades y la Gestapo lo detuvo y después lo sometió a un brutal interrogatorio, usando la tortura, como acostumbraban. Acabó confesando su plan magnicida y a pesar de las presiones de su familia, la no intervención del Gobierno suizo hizo que fuese guillotinado en la cárcel de Berlin-Plötzensee el 14 de mayo de 1941, a los 25 años.

Hoy, aquel joven estudiante de teología es considerado un héroe nacional en su país natal. Ello fue posible gracias a la perseverancia de su padre, que no cejó en su empeño de rehabilitar su buen nombre. En 1956, consiguió que Alemania revocara la sentencia de muerte de Maurice y que el Estado germano pagara 40.000 francos suizos en concepto de reparación.

PARA SABER MÁS:

Hace unos meses, HarperCollins Ibérica publicaba una cautivadora novela gráfica protagonizada por este fascinante e injustamente olvidado personaje para darle nuevamente voz y que fuera conocido por las nuevas generaciones.

Es obra del periodista y guionista parisiense Pat Perna con ilustraciones de François Ruizgé. Con un dibujo realista y una ambientación soberbia (a pesar de que combina historia real con personajes ficticios, lo que en este caso es un acierto), la historia comienza en plena Guerra Fría, en medio de un Berlín dividido, cuando el periodista Guntram Muller se interesa por el juicio de Maurice Bavaud, ejecutado como hemos visto en el post en 1941 acusado de conspiración por los nazis. El periodista se pregunta: ¿Era un loco, un asesino solitario? ¿Un espía de una organización secreta? ¿Recibía órdenes de los aliados o por el contrario de algún allegado del mismo Hitler? ¿Cómo pudo acercarse tanto al líder del NSDAP en plena efervescencia de su poder?

Las apariencias rara vez se hacen realidad y los héroes están hechos para suscitar vocaciones. Una de las obras más reveladoras de la bande-déssinee de los últimos años, un relato intimista que hay que leer de forma pausada, apto para amantes tanto de la novela gráfica como de la historia e incluso del noir. He aquí el enlace para adquirir esta joya en la web de la editorial:

Operación Urano. Hacia el desenlace en Stalingrado

La invasión de la URSS fue anunciada a bombo y platillo por la propaganda del Tercer Reich como la gran conquista del Este en pro del gran imperio que duraría mil años. Sin embargo, múltiples errores militares y el frío invierno ruso dieron al traste con los planes de conquista de Hitler. Cuando Stalingrado, el gran símbolo del poderío soviético, estaba prácticamente reducido a cenizas y su población aniquilada, el alto mando del Ejército Rojo orquestó una operación que cercaría al 6º Ejército alemán y supondría el principio del fin del poderío nazi en el frente oriental.

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La Operación Barbarroja fue el más ambicioso despliegue militar de Adolf Hitler que, al no conseguir conquistar las islas británicas, lanzó sus ejércitos sobre el extenso y gélido territorio soviético en esa lucha atávica contra el enemigo bolchevique por la que clamaba en su Mein Kampf y neutralizar así a su antagonista Iósif Stalin, el mismo con el que apenas tres años antes había pactado el vergonzante reparto de Polonia en el marco del acuerdo Ribbentropp-Molotov, que fue considerado una traición imperdonable de Moscú por el comunismo internacional.

Y aunque la invasión nazi pilló desprevenido a Stalin, que en un primer momento, según sus allegados, se quedó paralizado y estupefacto (a pesar de los informes que distintos espías como el genial Richard Sorge enviaron al Kremlin sobre lo que se gestaba en Berlín), nada salió como se esperaba en la Cancillería alemana, y eso que antes de desplegar sus ejércitos ya hubo voces discordantes con tan ambicioso plan de la Wehrmacht y su más que posible fracaso, que serían silenciadas –y tildadas de derrotistas– por el todopoderoso aparato propagandístico nacionalsocialista.

Fiedrich Paulus

Y lo que en un comienzo se concibió en el marco de la Guerra Relámpago –Blitzkrieg– que hizo caer a una velocidad de vértigo Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, se convirtió en una salvaje lucha de desgaste y emboscada. El grueso del 6º Ejército alemán, comandado por el general Friedrich Paulus (que acabaría cayendo en desgracia ante el Führer), se vio cercado por el plan soviético de contraofensiva que se configuró a mediados de septiembre de 1942, durante la fase crítica de la defensa de Stalingrado (hoy Volgogrado), una operación basada precisamente en el método de la Blitzkrieg germana y que combinaba de forma brillante fuerza, velocidad y sorpresa para rodear al invasor alemán.

Cerco al 6º Ejército

A la vez que algunos comandantes germanos en posiciones inferiores pensaron que era necesario evacuar Stalingrado, mientras aún fuese posible retroceder hacia el oeste, el alto mando alemán –OKW–, siguiendo las indicaciones de un Hitler reconvertido en jefe militar que no escuchaba los consejos de sus expertos, insistió en permanecer allí y seguir la lucha, así que Paulus insistió en la necesidad de defender la retaguardia de su ejército, un requisito imprescindible para emprender cualquier futura acción contra el Ejército soviético.

Aquella operación de cerco que condujo al embolsamiento del 6º Ejército germano sería bautizada con el nombre en clave de Operación Urano, y ese es precisamente el título del tercer volumen de la monumental Tetralogía de Stalingrado compuesta por los prestigiosos historiadores militares estadounidenses David M. Glantz y Jonathan M. House que publica con su habitual buen hacer Desperta Ferro Ediciones. Glantz continúa con su ambiciosa obra sobre el épico choque que marcó el fracaso de Alemania en el frente oriental. Tras A las puertas de Stalingrado, que abrió la tetralogía y terminaba con el 6º Ejército de Von Paulus ya desviado de su objetivo original, que eran los campos petrolíferos del Cáucaso, y su continuación, Armagedón en Stalingrado, en el que el grueso militar nazi se vio arrastrado a una infinita guerra de desgaste dentro de una ciudad devastada (donde las gentes se morían de hambre y los invasores, desamparados, eran objetivo de los francotiradores(as) soviéticos.), en este Desenlace en Stalingrado (I) Glantz y House nos muestran cuáles fueron las consecuencias de tensar al límite sus fuerzas.

Tras tantear y errar sucesivas veces para encontrar las debilidades en las defensas del Eje, la Stavka, el alto mando del Ejército Rojo, contra toda previsión alemana, cada vez más sofisticado, pudo aprovechar sus intentes recursos humanos para lanzar la devastadora y audaz contraofensiva a mediados de noviembre de 1942. Así, los sitiadores de Stalingrado se convirtieron en sitiados y las tropas alemanas, rumanas y croatas sufrirían en carne propia la extraordinaria presión sufrida por el 62º Ejército soviético pero en un grado mucho mayor, pues el frío era más intenso (y los germanos lo soportaban peor que sus enemigos), circunstancia por la que no tardarían en sumarse el hambre y la desesperación.

Hacia el desenlace en el frente oriental

Glantz hace un detallado y vívido relato (con infinidad de fuentes de primera mano y también secundarias) sobre cómo los tres frentes del Ejército Rojo derrotaron y destruyeron a dos ejércitos rumanos y rodearon al 6º Ejército alemán y a la mitad del 4º Ejército Panzer en la bolsa de Stalingrado en una titánica operación que dinamitaría la estrategia de guerra alemana (sacando de sus casillas a Adolf Hitler, cuyo declive físico y psicológico se evidenció a partir de entonces) y supondría un punto de inflexión fundamental en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental.

Como en los dos completos volúmenes anteriores, en Desenlace en Stalingrado (I) Operación Urano, el autor (con la inestimable ayuda de House y tras una titánica labor de investigación y documentación) utiliza fuentes antes vetadas o que se presumían perdidas, por ejemplo informes del diario de combate del 6º Ejército germano y registros soviéticos recientemente publicados tras permanecer clasificados durante más de siete décadas. Reveladores materiales que ayudan a argumentar una interpretación sorprendentemente nueva de la planificación y ejecución de esta crucial campaña por ambos contendientes, en el que muy probablemente sea el relato definitivo de Stalingrado, al menos para esta generación.

A la espera del lanzamiento del cuarto y último volumen de esta vibrante tetralogía, podéis adquirir la tercera parte en el siguiente enlace:

Stalingrado, de V. Grossman (Galaxia Gutenberg)

Para un relato clásico pero capital en la comprensión de lo que sucedió tras las líneas en Stalingrado, Galaxia Gutenberg publicó en 2020 un majestuoso volumen que recuperaba las vivencias a pie de calle del periodista soviético Vasili Grossman en la ciudad cercada por el Tercer Reich. En la Segunda Guerra Mundial (que en la URSS se dio en llamar Gran Guerra Patriótica) Grossman perdió a su madre y a su hijastro y ejerció como corresponsal de guerra en algunos de los sitios más inhóspitos de la contienda, en el ámbito de esa Operación Barbarroja que para los mandamases de Berlín pretendía arrasar por completo los enormes y gélidos territorios del Este que finalmente serían la tumba del nazismo.

Grossman abordó así un ambicioso proyecto novelístico en dos partes, basado en sus vivencias y en numerosos hechos reales, algunos estremecedores. La primera la inició en 1943, todavía en plena contienda, y publicada en 1952 bajo el título de Una causa justa. La segunda, escrita a partir de 1949, con los mismos protagonistas, daría como fruto una de las grandes novelas (y casi ensayo historiográfico) del siglo XX, Vida y destino, que en castellano también se encargó de publicar Galaxia Gutenberg en una cuidadísima edición.

La primera parte fue considerada como una novela de menor rango, pero en realidad se trataba de un documento de gran valor que ahora se recupera con el título original que para ella quiso su autor y que prohibió la rígida censura del régimen soviético, Stalingrado. Una novela que en principio parece casi antagónica a Vida y Destino que, en palabras de Efim Etkind y Simon Markish, dos de las personas que más hicieron por salvar el manuscrito de Vida y Destino (que vería la luz por primera vez en Occidente en 1980), «pudo haber ganado un merecido Premio Stalin, porque rebosaba amor por el régimen estalinista…». ¿Por qué Grossman hizo dos novelas tan desiguales, con un mensaje aparentemente tan contradictorio, cuando las concibió como un todo y las redactó seguidas una tras otra?

La presente dedición responde a esta pregunta y reconstruye por vez primera el texto original con los más de cien fragmentos que la censura soviética, implacable, obligó a suprimir. El resultado es una obra llena de matices que en conjunto es muy diferente a la que hasta el momento se había podido leer, y por tanto resuelve tantas dudas surgidas durante décadas. En palabras de The Economist, «igual que Vida y destino, la nueva Stalingrado es una obra maestra», y arroja a su vez información capital sobre lo sucedido durante el cerco que cambió el curso de la más sanguinaria guerra de la historia contemporánea.

Y para un acercamiento puramente historiográfico y periodístico, alejado de las posibilidades –y a veces elucubraciones– de la ficción narrativa, Galaxia Gutenberg también compiló las crónicas realizadas por Grossman durante el tiempo que permaneció en Stalingrado. Veterano corresponsal de guerra, ninguna pluma supo mejor que la suya captar lo que sucedió en aquellos 163 días en los que el infierno parecía haberse hecho carne en el corazón de la Unión Soviética. Los textos que componen Stalingrado. Crónicas desde el frente de batalla, están extraídos del libro Años de Guerra y narran lo que vivió el autor en primera persona desde la llegada del grueso de las tropas soviéticas a la ciudad en los primeros días de septiembre de 1942, hasta diciembre de ese año, cuando la batalla comenzó a decantarse claramente del lado soviético, que finalmente vencería, allanando el camino hacia la victoria contra el hasta entonces implacable Tercer Reich.

Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich

Tiempo antes, en 2018, la misma editorial publicaba otro ensayo que clarificaba muchas de las incógnitas sobre aquella batalla eterna: Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich, del prestigioso historiador alemán Jochen Hellbeck. La batalla de Stalingrado fue la más letal y feroz de la historia de la humanidad. Ahí es nada. Con una cifra de muertos estimada en más de un millón de personas en seis meses, algo inaudito, gracias a la labor realizada por historiadores moscovitas enviados por el Kremlin para registrar las voces de los defensores de Stalingrado, hoy tenemos testimonios que no solo conmueven sino que muestran la perseverancia de un pueblo que no estaba dispuesto a claudicar.

Debido a la férrea cerrazón del régimen soviético, cuya censura era inexpugnable, digna de la de su antagonista el Tercer Reich, ningún extranjero obtuvo permiso para viajar a Stalingrado (hoy Volgogrado). Aquello, junto a la imposibilidad de acceder hasta fechas muy recientes a los archivos rusos que hoy, a causa de la infame guerra de Ucrania (¡qué pronto se olvida el pasado y se cometen los mismos errores!) vuelven a estar cerrados a cal y canto para los occidentales, provocó que numerosos estudios sobre la batalla la presentaran a través únicamente de los ojos de los alemanes que se quedaron atrapados en la ciudad.

Cuando la apertura de archivos fue mayor, Hellbeck penetró en ellos realizando una increíble labor de investigación y documentación y dio forma a esta verdadera joya historiográfica de más de 600 páginas donde los testimonios de los soviéticos acercan al lector a la batalla desde un punto de vista muy diferente, con una información no comparable a la de ninguna otra fuente conocida y ayudan también a responder a no pocas cuestiones sobre cómo fueron capaces los soviéticos de dar la vuelta a la situación y acorralar a los hasta entonces imbatibles ejércitos de la Wehrmacht. Con la publicación por primera vez de las entrevistas recogidas en Stalingrado, que habían estado sepultadas hasta ahora, este revelador ensayo supone una gran aportación a la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial.

Esta joya bibliográfica se complementa con fragmentos de cartas y declaraciones de los soldados alemanes hechos prisioneros por los soviéticos, inéditas hasta ahora.