Fugitivos nazis: Otto Skorzeny (II)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. Tras el colapso del Tercer Reich, el laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Al servicio de distintas potencias e intereses, es uno de los personajes que salpican el libro Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría, que acaba de publicar la editorial Debate.

Óscar Herradón

Tras su intervención –más bien discreta– en la neutralización de la Operación Valkiria, vendría la llamada Operación Greif, que consistía en una orden del propio Hitler de llevar a cabo el asalto al Cuartel General de Eisenhower y su asesinato, misión que se frustró y momento en el que los norteamericanos definieron a Skorzeny como «el hombre más peligroso de Europa».

Yeo Thomas.

Tras ello no tardó en legar la inevitable derrota del Tercer Reich y el momento en el que el protagonista de estas líneas, como otros miembros del Partido Nazi, fue internado en distintos campos de concentración… hasta ser juzgado en Núremberg, donde fue declarado inocente en relación con la llamada Matanza de Malmedy, en la Batalla de las Árdenas, por un apoyo in extremis: el testimonio en su favor del espía inglés F. F. E. Yeo-Thomas (alias «Tommy»). Ello no impidió que fuese internado en un campo de «desnazificación». No obstante, Skorzeny nunca renegó de su ideología y finalmente logró huir de las garras aliadas. Uno de los lugares en los que buscaría refugio sería la España franquista, un país en el que el antiguo miembro de las SS (que solía mostrar con orgullo a la gente de confianza el tatuaje de su grupo sanguíneo como llevaban todos los miembros de las Waffen-SS por si sufrían una herida en el frente) pretendía revitalizar el nazismo y dar forma a un Cuarto Reich…

Léon Degrelle.

Skorzeny pudo viajar a la península ibérica gracias a miembros de la citada red ODESSA, entonces en la clandestinidad, el 27 de julio de 1948. Según documentos desclasificados, el antigua nazi se instaló en Madrid bajo identidad falsa –durante un tiempo residió en la calle Montera, en los números 25-27– y retomó su trabajo de ingeniero, representando a prósperas compañías alemanas del acero, gozando de gran popularidad entre los franquistas y gracias a sus hazañas en la Segunda Guerra Mundial, de las que siempre se jactó y que muy posiblemente exageró notablemente. Era un héroe para esos españoles nostálgicos y uno de los últimos acólitos de Hitler que seguía con vida, al igual que el belga Léon Degrelle, que moriría en Málaga el 31 de marzo de 1994.

Nuevas revelaciones del archivo personal

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El 8 de diciembre de 2011 la casa de subastas Alexander Autographs Inc. de Stanford (Connecticut, EEUU), sacaba a subasta el impresionante archivo que Otto Skorzeny legó a su muerte a su mujer, Ilse Lüthje, con la que se casó en 1954. Ésta dilapidó pronto la fortuna familiar y solo una familia española la ayudó a costearse un asilo en Madrid, donde fallecía, sola y arruinada, el 20 de diciembre de 2002. Como agradecimiento, Ilse legó el archivo de su esposo al dueño de esos importantes documentos, cuyo hijo, Luis M. Pando, decidió sumergirse en las miles de páginas de la historia que el nazi no quiso escribir –a pesar de haber publicado unas resonadas memorias en dos volúmenes, Vive peligrosamente y Luchamos y perdimos–, antes de ponerles precio.

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Los documentos contienen de todo, desde planes de guerra y negocios, hasta secretos que revelaban parte del rol desempeñado por Skorzeny después de la contienda. Gracias a tan importante archivo, han salido a la luz numerosos puntos oscuros sobre un cuarto de siglo de actividad del guardia negro en nuestro país, del final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte, en 1975.

Skorzeny con su esposa.

El libertador de Mussolini mantenía un estrecho vínculo con el gobierno español, sus generales, algunos de los que sirvieron a Hitler, dictadores sudamericanos y negociaciones con importantes empresas alemanas como Krupp, Thyssen o la exportadora de armas Merex, según el periodista Rafael Poch, «una tapadera de los servicios secretos alemanes en la que trabajaban, o colaboraban, criminales de guerra teóricamente buscados por la justicia». En el archivo se encuentran también felicitaciones del antiguo nazi a Manuel Fraga del año 1964, cuando este era ministro de Información y Turismo, así como dos recomendaciones de visados con la rúbrica del periodista de Falange Víctor de la Serna, quien estuviera a sueldo de la embajada de Hitler en Madrid, dirigidas a diplomáticos españoles en Alemania. Sería precisamente uno de ellos, Jorge Spottorno, quien siendo cónsul en Fráncfort emitiría un visado con nombre falso para el prófugo.

Skorzeny en su celda de Núremberg.

Entre los «secretos» (ya no tanto) se encuentran las pruebas de la transformación de Skorzeny en un hombre de negocios sin escrúpulos, reconvertido en traficante de armas –a través de Merex– o vendedor de petróleo y representante de las empresas alemanas supervivientes a los juicios de posguerra, muchas manchadas con sangre del Holocausto. Tangencialmente, dichos archivos apuntan a una supuesta relación del antiguo SS con el fundador del club Bilderberg, Józef Retinger –algo extraño si tenemos en cuenta que éste era uno de los mayores representantes del sionismo europeo–, entre muchos otros personajes de gran poder que supuestamente marcaban las directrices de la política internacional por aquel entonces.

Un agente secreto tras el hombre de negocios

Otto era accionista de un ingente número de sociedades, poseía un patrimonio estimado en unos mil millones de pesetas, casas y terrenos en Madrid, Andalucía, Alemania, Austria, Irlanda… Evidentemente, todos ellos bajo identidades falsas, salvoconductos y pasaportes emitidos con el visto bueno de las más altas autoridades franquistas, como Juan Vigón, Antonio Garrigues Walker o Ramón Serrano Suñer, de abiertas simpatías filonazis en los años cuarenta. Entre otras, adoptó las identidades de Rolf Steinbauer, Hanna Eff Khoury, Frey Hans Rudolf o Hans R. Frey, y quizá incluso otras, siendo su papel el de negociar acuerdos comerciales de la España franquista con empresas alemanas y egipcias. Fue precisamente Skorzeny el responsable de las negociaciones del tratado hispano-anglo-egipcio del petróleo, a instancias del entonces presidente de Egipto, Abdel Nasser, amigo íntimo de «Caracortada».

El archivo es un sanctasanctórum de las relaciones internacionales de posguerra. Tanto los archivos desempolvados por Luis M. Pardo como los desclasificados por el BND alemán, arrojan una información más que relevante sobre las operaciones que se llevaron a cabo en distintos países occidentales en las décadas de 1950 y 1960, operaciones turbias que, evidentemente, se hacían a espaldas de la opinión pública.

Von Bohlen.

Skorzeny mantuvo una nutrida correspondencia con importantes –y oscuros– personajes como el empresario alemán Alfried Krupp von Bohlen, que fuera condenado en los Juicios de Núremberg por «suministar armas al Tercer Reich y por trato inhumano a los prisioneros de guerra que trabajaron en su compañía», según recogía el diario El Mundo. Al parecer, tras la guerra Skorzeny se convirtió en su delegado comercial y sus operaciones se extendían desde Argentina hasta Egipto.

Cuando en 1963 le fue diagnosticado el cáncer que acabaría finalmente con su vida, se recluyó en su casa mallorquina de Alcudia y fue su mujer Ilse quien tuvo que viajar a Estados Unidos, Irlanda o Alemania para continuar engrosando el patrimonio familiar a través de las relaciones comerciales.

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Curiosamente, en su archivo se encuentra el guion para una película sobre su propia vida, escrito en 1959, lo que denota su enorme vanidad, una cinta que llevaría por título Special Mission, y donde, evidentemente, se hacía un elogio del encargo personal del Führer para encontrar y liberar a Mussolini. En 1963 recibía la misiva del hijo de su mayor enemigo, Eisenhower, a quien Skorzeny tenía la misión de matar por sorpresa –recordemos la Operación Greif–, violando los códigos de guerra.

Este post tendrá una próxima y última entrega sobre el «hombre más peligroso de Europa».

¿Qué encontraremos en las páginas de Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría?

Cuando Alemania se rindió, miles de antiguos oficiales del régimen se esfumaron en la confusión de la posguerra. Algunos fueron juzgados y otros escaparon, pero muchos fueron reclutados. Reinhard Gehlen, general de inteligencia nazi, creó la organización de espionaje de Alemania Occidental con la ayuda de exagentes de las SS, mientras los servicios estadounidenses y soviéticos competían por hacerse con los servicios de los mismos hombres.

Desde restaurantes de lujo en Múnich hasta puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, pasando por casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, estos fugitivos tejieron una red secreta de tráfico de armas, espionaje y poder que sirvió indistintamente a Washington, Moscú o Tel Aviv. Basado en archivos inéditos del Mossad, la CIA y el espionaje alemán, Fugitivos revela una historia envuelta en secretos, mitos y propaganda: la de los nazis que sobrevivieron a Hitler para convertirse en piezas clave de la Guerra Fría. Con un vigoroso pulso narrativo y gran rigor, Danny Orbach reconstruye el lado más oscuro de esa época, cuando la lealtad era un lujo y la supervivencia una forma de traición.

Recuérdalo a tú y recuérdalo a otros

Crítica reedita un clásico para comprender la Guerra Civil Española desde un punto de vista muy humano y alejado de lecturas simplistas o ideológicamente sesgadas, algo muy habitual en los textos dedicados a nuestra contienda fratricida, principalmente en los últimos y polarizados años. Se trata de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española, del hispanista estadounidense Ronald Fraser, que dio forma a un ensayo profundamente revelador que no ha perdido un ápice de intensidad ahora que se cumplen nada menos que 40 años desde que fuera publicado por primera vez.

Óscar Herradón ©

No se trata, sin embargo, de una obra objetiva –¿alguna lo es?–, por lo que ha sido criticada de no ser absolutamente fiel a la verdad histórica, algo que compensa el autor con la pasión con que abordó en su momento su composición, dando voz a aquellos que vivieron el conflicto en sus propias carnes , algo prácticamente inédito hasta entonces en relación a este espinoso asunto en nuestro país, sumido prácticamente todavía en los estertores de la dictadura.

En los años 70, el historiador Ronald Fraser entrevistó a distintos testigos de la contienda para dar forma a un completo y sensacional fresco de la guerra española, una década en la que aún era tabú y donde el posfranquismo aún se refería a ella como «la Cruzada».

La obra de Fraser ofrece el «testimonio colectivo» de muchos de los que participaron en la lucha o sufrieron sus consecuencias, acercándonos la realidad del sangriento conflicto civil con una viveza estremecedora. Una fuerza y un fervor narrativos que se mantienen más de cuarenta años después de su publicación original. Más de 800 páginas para sumergirse y paralizarse.

Desgranando las contradicciones de la sociedad española

Fraser fue un hispanista que nos legó otras obras emblemáticas sobre nuestro pasado más reciente, como Las dos guerras de España o La maldita guerra de España –que Crítica también reeditó en 2013–, donde aborda otro de nuestros grandes conflictos, nada menos que la historia social de la Guerra de la Independencia, esa misma que Ridley Scott ha pasado por alto (inexplicablemente debido a su trascendencia, pues sería la primera gran derrota de Napoleón) en el biopic del Gran Corso que protagoniza el camaleónico Joaquin Phoenix y que ha sido fruto de no pocas críticas –más historiográficas que cinematográficas–.

Pero volvamos al tema que nos ocupa que tiendo a irme por las ramas. Fraser conocía bien nuestro país: de padre escocés y madre estadounidense, se formó en Reino Unido, Estados Unidos y Suiza y fue profesor visitante de historia contemporánea de España e historia oral en el Universidad de California en Los Ángeles. Era también periodista, lo que dota de una gran frescura su trabajo historiográfico repleto de investigación de campo, entrevistas y testimonios. Vino por estos lares por vez primera en 1957, concretamente recalando en Mijas, cerca de Málaga.

De aquel viaje nacería con el tiempo el libro Mijas: República, guerra, franquismo en un pueblo andaluz, cuya primera edición precisamente llevaría el título de Tajos: República, guerra, franquismo… para evitar la censura franquista, y también el amor a aquella tierra le brindaría la oportunidad de publicar Escondido. El calvario de Manuel Cortés, que describe la tortuosa historia del alcalde homónimo republicano de Mijas, que hubo de estar escondido durante la posguerra sin poder salir por miedo a ser fusilado por los franquistas. Conocido como «el topo de Mijas», su historia serviría de inspiración a la premiada película de 2019 La Trinchera Infinita, protagonizada por Antonio de la Torre.

El fresco multicolor de un país enfrentado

Más de 300 entrevistas (toda una proeza) a personas que participaron en el conflicto y que constituyen un amplio mosaico de opiniones que hacen revivir con enorme intensidad y dramatismo aquellos acontecimientos que tuvieron lugar hace más de 80 años y que, como buena historia oral, saca a relucir el punto de vista y motivaciones de los contendientes (unos voluntarios, otros obligados dependiendo del territorio en que estuvieran: estos tomados por los sublevados, aquellos fieles a la Segunda República), cómo experimentaron la guerra fratricida, también las contradicciones que se reflejaban en una sociedad profundamente desigual y distinta entre provincias, así como la forma en que vivieron la revolución y la contrarrevolución desde ambos bandos, contándonos de forma magistral el esfuerzo titánico del movimiento obrero y el socialismo por cambiar la realidad de una país profundamente anclado en el pasado (y que cometieron, igualmente, no pocos excesos) y el triunfo irremediable de los sublevados.

Durante sus últimos 25 años de vida Fraser vivió en Valencia con la historiadora Aurora Bosch, quien también ha recibido numerosos premios a su actividad investigadora, entre ellos el premio Willi Paul Adams 2013 que otorga la Organization of American Historians (OAH) al mejor libro sobre Historia de Estados Unidos en lengua no inglesa por Miedo a la democracia. Estados Unidos ante la II República y la Guerra Civil Española, que publicó precisamente la editorial Crítica en 2012.



















Alexandra Kolontái: la feminista revolucionaria

La editorial Crítica publica la crónica de una mujer excepcional, única y controvertida que luchó por la visibilidad de las mujeres y sus derechos en un tiempo y en un país –la vieja Rusia zarista que se asomaba al abismo de la revolución– en el que estos no eran precisamente una de las principales preocupaciones de una belicosa sociedad abierta a profundos cambios sociales e ideológicos. Una luchadora no exenta de sombras. Su título es Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa.

Óscar Herradón ©

De hecho, en relación con la población femenina, sucedía precisamente todo lo contrario, algo que por desgracia aún se mantiene en diversas sociedades bien entrado el siglo XXI: su opinión apenas era considerada, en la mayoría de países no podían votar, por supuesto no podían engrosar las filas de los ejércitos (algo que cambiaría con la Revolución Rusa, precisamente el movimiento en el que se haría un nombre nuestra protagonista), ni desafiar las normas de unas sociedades profundamente patriarcales y machistas.

Nacida en San Petersburgo en 1872, dos años antes de la citada Revolución Rusa Alexandra Kolontái estuvo en primera línea de los cruciales acontecimientos políticos de aquel convulso periodo que cambiaría el siglo XX: fue la primera mujer de la historia en estar al frente de un ministerio en el gobierno de una nación (el Sovnarkom, primer gobierno de Lenin). Y aunque se dejó cautivar en cuerpo y alma por el comunismo, en el que haría carrera, no era una hija del movimiento obrero, sino que pertenecía a una familia aristocrática.

Fue una abanderada de la libertad y la desobediencia desde muy joven. Desafiando a sus progenitores, se casó con el hombre al que ella había elegido, el ingeniero Vladímir Lúdgovich Kolóntai, del que conservaría toda su vida el apellido que la haría célebre a pesar de que se separaron pronto, cansada, según afirmó, del matrimonio, una vida que no era para ella (aunque se casaría nuevamente con el militar soviético Pável Dybenko). De aquella relación con Kolontái nacería su hijo Misha, este sí, el gran amor de su agitada vida.

Alexandra Kolontái en 1908.

Una profunda vocación revolucionaria

Alexandra experimentó una verdadera «redención» (no mística, sino política) cuando en 1896, en pleno zarismo, al visitar una enorme fábrica textil en Narva (hoy al noreste de Estonia, pero entonces perteneciente a la Gran Madre Rusia), donde su marido debía instalar un sistema de ventilación para los miles de obreros que se hacinaban en aquel maloliente espacio donde se mezclaba la pobreza con la servidumbre: supo que debía ponerse al servicio del proletariado, en defensa de los más débiles. Tenía 26 años cuando se separó de Vladímir y dejó a Misha al cuidado de sus abuelos para marcharse a Zúrich a estudiar en profundidad el pensamiento marxista.

Tras los eventos que tuvieron lugar el Domingo Sangriento o Domingo Rojo de 1905 –una despiadada matanza de manifestantes pacíficos perpetrada por la Guardia Imperial rusa–, Kolontái tomó partido por los mencheviques y su exultante oratoria dejaría atónitos a los obreros en las fábricas que visitaba con frecuencia. Entonces sería testigo de primera mano de la brutal represión del Ejército zarista y fue tempranamente perseguida por las autoridades rusas debido a sus artículos y a su actividad como agitadora. Por ello decidió huir a Europa, donde se fraguaría su leyenda a base de mítines y congresos y donde definió la posición ideológica que la caracterizaría de por vida: dar respuesta a los problemas de las mujeres obreras ante la indiferencia de sus compañeros de Partido, muy volcados con el derrocamiento del zarismo y la imposición de la dictadura del proletariado, pero a los que el feminismo y la igualdad entre sexos les traía sin cuidado –en muchos casos, incluso, estaban abiertamente en contra–.

Lenin

Alexandra defendía la causa de las mujeres junto a otras pioneras contemporáneas de izquierdas como las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin o la francesa Inessa Armard en un mundo accidentado que se resistía todavía al cambio pero que no podía frenarlo. Eso sí, en ocasiones a base de mucha sangre derramada. Tras el estallido de la Gran Guerra (como se conocería el conflicto europeo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1914, Kolontái participaría activamente junto a Lenin en la defensa del pacifismo realizando incontables giras. Como políglota, Alexandra se desenvolvía con fluidez en varios idiomas (inglés, francés, alemán, finlandés y por supuesto ruso) ante auditorios encandilados con sus arengas.

Después del estallido de la revolución en 1917, fue elegida miembro del Comité Ejecutivo de los Sóviets, convertida en portavoz del propio Lenin, por lo que la prensa la bautizaría como «Valkiria de la Revolución», aprovechando su posición para luchar a favor de las mujeres de los soldados y su precaria situación. Nombrada Comisaria de Asuntos Sociales en el Consejo de Comisarios del Pueblo, el citado Sovnarkom, su defensa de las mujeres y los niños la llevaría a tener numerosos encontronazos con otros miembros del partido (varones, claro) y finalmente a dimitir de su cargo, aunque durante la guerra civil rusa que enfrentaría a los bolcheviques y al Ejército blanco se pondría nuevamente a las órdenes de Lenin.

Jenotdel

Mientras tanto, se las apañó para organizar el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, semilla de lo que sería el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique de la Rusia Soviética (el Jenotdel), poniéndose al frente de su consejo editorial para promover la participación de las mujeres en la vida pública y mejorar su educación en pro de su empoderamiento, haciéndolas partícipes también de diversos proyectos sociales. Más tarde Kolontái dirigiría el Jenotdel y defendería con fervor el divorcio y el aborto, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo (algo inédito entonces) su plena libertad sexual, ganándose nuevamente enemistades en el Partido.

Una camarada incómoda

Desde el principio tuvo importantes encontronazos con Lenin. En 1922 Kolontái participó en la llamada Oposición Obrera, un grupo que acusó al mismo líder de la revolución de alejarse de la clase obrera y que se mostraba en contra de la llamada Nueva Política Económica impulsada por el gobierno, criticando que su gigantesca y enrevesada burocracia era ajena al movimiento obrero. Alexandra fue marginada y  atacada duramente durante los congresos del Partido, y en 1923 logró escapar in extremis de una oleada de detenciones gracias a la intermediación de Stalin, por el que conseguiría desempeñar una función en la misión diplomática soviética en Noruega.

Durante ese tiempo, sin embargo, no abandonó su credo político y mostró su fidelidad al Partido (que la había maltratado) y a la causa bolchevique en diversos países: Noruega, México y Suecia, siendo nombrada en 1924 embajadora de la URSS en Noruega y convirtiéndose, otro hito, en la primera mujer embajadora de la historia, sobreviviendo a las grandes purgas desatadas por Stalin y que condujeron al gulag o al paredón a sus antiguos compañeros de la Oposición Obrera, lo que sería motivo de controversia hasta el día de hoy: ¿cuál fue su verdadera relación con el «zar Rojo»?

Tumba de Alexandra Kolontái en el cementerio Novodévichy en Moscú.

Alexandra Kolontái moría el 9 de mayo de 1952 en Moscú, al día siguiente del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y a pesar de su papel fundamental en los momentos previos a la revolución, en el gobierno posterior, la guerra civil y los años duros del estalinismo, la cúpula soviética intentó borrarla de la historia del Partido: no se publicó ninguna necrológica oficial ni fue enterrada con honores, como merecía alguien de su categoría política, en el Kremlin. Stalin pasaba a mejor vida menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.

El impacto de Kolontái por estas latitudes

Con su fulgurante ascenso en el movimiento revolucionario internacional, no tardó en difundirse su obra por la España previa a la Segunda República y la Guerra Civil en un ambiente revolucionario que se extendía por toda Europa empujado por las victorias de los bolcheviques frente al Antiguo Régimen ruso. En 1928 se publicaba La bolchevique enamorada y en 1930 La juventud y la moral sexual, que gozaría de un notable éxito tras el establecimiento de la Segunda República y el auge de las organizaciones de corte revolucionario y feminista que clamaba por la emancipación de la mujer en una sociedad fuertemente «chapada a la antigua» (y no precisamente en beneficio del género femenino).

En 1931 se publicó La mujer nueva y la moral sexual y ya en plena Guerra Civil, en 1937, la Editorial Marxista publicaba en Barcelona El comunismo y la familia y el Secretariado Femenino del POUM (el Partido Obrero de Unificación Marxista que en Cataluña libraría una guerra abierta contra el comunismo estalinista), también en la ciudad condal, El amor y la moral sexual. Por supuesto, con el triunfo del bando sublevado y la instauración del franquismo, que duraría cuarenta largos años, la memoria de Kolóntai fue borrada y sus libros prohibidos en nuestro país hasta el año de la muerte del dictador, 1975, cuando se publicaron, y aún con el azote de una exhaustiva censura, varias de sus obras, que gozarían de un nuevo impulso tras la Transición y la recién nacida democracia.

d’Encausse

Kolontái fue acusada de blanquear a Stalin. Ahora, nos llega la que es probablemente la biografía definitiva de esta mujer arrolladora de la mano de la importante historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, que precisamente fallecía en agosto de este 2023 dejando un profundo vacío en la historiografía contemporánea. Como señala la autora, que no escatima en elogios a la revolucionaria rusa (pero también muestra sin titubeos sus sombras y las contradicciones del régimen soviético), Kolontái vivía con miedo a ser difamada y no criticó nunca al sanguinario dictador ruso, ese «hombre de hierro» que no fue precisamente fiel a la memoria de su antecesor Lenin –que había sido, paradójicamente, el político que lo había creado–, en pos del poder absoluto, ese que siempre ciega a los estadistas de todos los tiempos.

Lo demás es historia, recuperada con maestría y un pulso narrativo encomiable por la citada d’Encause, quien precisamente se hacía este año con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que fue entregado a título póstumo a esta mujer, quien fuera la primera en ocupar el cargo de «secretario perpetuo» de la Academia Francesa. Toda una pionera como la protagonista de su magnífica biografía.

He aquí el enlace para hacerse con el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-alexandra-kolontai/382869