Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (II)

22 03 2021

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón ©

Pexels (Free License)

El terreno de la guerra del futuro, evidentemente, no se circunscribe a Estados Unidos, aunque sean éstos quienes hacen un mayor desembolso en los avances más vanguardistas. En octubre de 2018 un informe del Ministerio de Defensa británico analizaba cómo los imparables avances tecnológicos podían afectar –tanto positiva como negativamente– a los soldados. En ese mismo expediente se aventuraba una escalofriante posibilidad: que la reproducción de tropas modificadas genéticamente podría ser una realidad en apenas una generación. Soldados biónicos que permitirían a los países aumentar su capacidad militar y mejorar el desempeño de las fuerzas de combate. Lo que en la película Soldado Universal (1992) parecía un argumento hecho para mayor gloria del entonces archifamoso Jean Claude Van Damme, hoy podría cobrar forma.

Dicho informe, titulado Global Strategic Trends (Sixth Edition): The Future Starts Today, publicado bajo el paraguas del grupo de expertos del Centro de Desarrollo, Conceptos y Doctrina, un think tank del Ministerio de Defensa británico, apunta que dentro de 30 años los soldados «mutantes» podrían levantar grandes pesos –algo que empieza a ser posible gracias a vanguardistas exoesqueletos– y correr a gran velocidad en distancias extremas, cual si fueran clones del Capitán América. Es muy probable que dispongan de visión nocturna por infrarrojos –algo que ya es una realidad en equipamientos avanzados–, e, incluso, y esto es lo más fascinante: ¡ser capaces de transmitir sus pensamientos a través de telepatía asistida electrónicamente!

El documento británico examina las amenazas globales e identifica los problemas que deben abordar los países debido a la revolución tecnológica, como la posibilidad de protestas violentas por parte de grupos de personas cuyos trabajos peligren por la implantación robótica, advirtiendo sobre «el riesgo de agitación social y posiblemente una protesta violenta de los desfavorecidos», e incide a su vez en una mejor regulación de las ya casi incontrolables RRSS.

En cuanto al asunto que nos atañe, la explotación por los estados de tecnología emergentes en la obtención de provecho en el campo de batalla, el informe señala que la edición de genes, las extremidades biónicas, las adaptaciones que mejoran el cerebro y las drogas estimulantes o nootrópicas «ofrecerán una profunda expansión de los límites del rendimiento humano». Advierte a su vez de que se deben introducir leyes que tengan en cuenta consideraciones morales y éticas antes de crear los hipotéticos ejércitos mutantes, afirmando, entre otras cosas, pueden «polarizar las poblaciones, erosionar la confianza en las instituciones, crear incertidumbre y alimentar las quejas». Un panorama nada alentador.

¿Telepatía asistida?

Precisamente este es uno de los planes más ambiciosos de DARPA: un ingenio que permitiría al soldado tener sorprendentes capacidades extrasensoriales… ¡mediante la lengua! Ya en una fecha tan lejana como 2008, sus investigadores trabajaban en un dispositivo denominada BrainPort, consistente en un casco equipado con una cámara, un sonar y diversos aparatos de navegación y localización. Luego se introduce en la boca del usuario una delgada lámina de plástico cargada de microelectrodos conectados con el casco que recogen la información sensorial, «aprovechando así la habilidad del cerebro de convertir pulsos eléctricos en información visual», ya provenga ésta de los ojos o de otros sentidos; esto permitiría, por ejemplo, «ver 360º» en la oscuridad, tecnología que ya ha sido probada con relativo éxito por buzos a grandes profundidades.

Con los años y la revolucionaria innovación tecnológica, DARPA ha ido más allá, y en 2017 anunciaba que había invertido 65 millones de dólares en la creación de un módem que conectaría nuestro cerebro a un ordenador, un ambicioso proyecto que buscaría grabar millones de charlas entre neuronas de forma simultánea en un cerebro humano vivo. Así, se busca superar uno de los grandes obstáculos de la neurociencia: registrar la actividad desde el interior del cerebro humano para entender y corregir padecimientos. Dicha startup responde al nombre de Paradromics, y se basa –aunque de momento sólo es experimental, o eso nos dicen– en conexiones en banda ancha que ayudarían en los tratamientos de ceguera, parálisis, trastornos del habla e incluso la restauración de sentidos perdidos. Por supuesto, las posibilidades en el campo de la Defensa son potencialmente alentadoras.

El responsable del llamado “Programa de Conversación Silenciosa”, que recuerda al casco del Profesor X, es Matt Angle, quien cuenta con el apoyo de varios investigadores de la Universidad de Stanford. Afirma que se trata de un “cerebro-módem” equipado con circuitos flexibles que han bautizado como neurograins, los cuales se colocarían sobre el cerebro “para crear un enlace de datos sin fisuras y retrasos entre el cerebro humano y una computadora. Los neurograins son pequeños cables con el grosor de un grano de arena equipados con microscopios holográficos capaces, supuestamente, de observar la actividad de millones de neuronas a la vez. Su principal ventaja, afirman, es que dicho implante “funcionaría de forma inalámbrica y permitiría la conexión y envío de datos en ambos sentidos, no sólo del cerebro al ordenador”. Esta interfaz cerebro-ordenador podría permitir en unos años que los soldados recibieran información desde un mando de control a su cerebro a tiempo real, una suerte de “telepatía informática”, y es bastante más ambicioso que otros proyectos similares.

El Brain Computer Interface (BCI) convierte el campo de lo que hasta ahora formaba parte de la parapsicología en una posibilidad muy real –aunque ligeramente distinta a lo que se consideran poderes telepáticos–.El ambicioso proyecto, según recogía un artículo del Daily Mail, permitiría a los soldados comunicarse telepáticamente: “Recientemente, el Programa de Conversación Silenciosa de DARPA ha estado explorando la tecnología de lectura de la mente con dispositivos que pueden detectar las señales eléctricas dentro del cerebro de soldados y enviarlos a través de Internet. Con chips implantados, ejércitos enteros podrán hablar sin radios. Las órdenes van directamente a las cabezas de los soldados y los deseos de los comandantes se convertirán en los deseos de sus hombres”. Hombres sin capacidad de decisión propia y, como ahora veremos, sin miedo o remordimientos.

Los nuevos Terminator

Si en algo eran eficientes los Terminator que nos presentó James Cameron por primera vez en 1985, es que, además de ser prácticamente indestructibles –y de estar al servicio de una inteligencia artificial que se vuelve contra su creador, Skynet, no pecaban de aquello que atormenta a los humanos: no tenían remordimientos, ni dudas, ni miedos. De hecho, se calcula que durante la Segunda Guerra Mundial, apenas el 20% de la infantería estadounidense disparó sus armas contra el enemigo, inacción que en la guerra de Vietnam ya alcanzó, en ocasiones, el 90%. El hombre es, en terribles términos pragmáticos, imperfecto.

Bien, pues también en este campo, según desveló en su informe el novelista Simon Conway en 2018, DARPA estaría trabajando para crear una suerte de biorobot –o humano-robot– que muestre menos temor, y que al recibir órdenes mediante distintas startups, «pueda estar interconectado con su comando y actuar como una entidad única».

En las universidades de Harvard y Columbia varios equipos llevan años trabajando en métodos de inhibición del miedo y modos de anestesiar la memoria, usando pastillas de propranodol. Pero DARPA va más allá. Hace unos años, científicos a su cargo lograron controlar por ordenador un ratón al que se le habían implantado electrodos en su pequeño cerebro y en la actualidad trabajan con un «tiburón» que puede ser dirigido a distancia. En la Universidad de Nueva York las investigaciones más sorprendentes –y éticamente controvertidas– son las llevadas a cabo por el prestigioso neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás, quien, entre otras hazañas, inserta cables capilares en el cerebro de roedores para estimularlo a distancia; de esta forma, logra generar sensaciones y estados de ánimo artificiales en las cobayas. El neurocientífico asegura que la comunicación directa entre mente y máquina puede ser factible. En una entrevista para la red de televisión pública USA, Public Broadcasting Service, Llinás planteó lo siguiente: «Convenientemente desarrollada, esta tecnología permitiría que cada miembro de un grupo de soldados fuese consciente de la existencia de todos y cada uno de ellos y de lo que están haciendo en cada momento. El grupo de personas individuales desaparece para convertirse en una única entidad. Así, si uno resulta herido, todos podrían saberlo inmediatamente. En el fondo, se trataría de una especie de conciencia colectiva». Los soldados funcionarían así como una suerte de enjambre de abejas. IMPRESIONANTE.

Este post tendrá una tercera y última parte en breve… permaneced atentos!!!!





Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (I)

15 03 2021

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón

Fuente: Pexels. Free License. Author: Cottonbro

«Estamos conduciendo nuestra biología hacia la inmortalidad. O al menos hacia la fuente de la juventud». (David M. Gardiner, Departamento de Desarrollo y Biología Celular. Universidad de California Irvine)

En 1962, en el periodo más virulento de la Guerra Fría, se estrenaba la película El mensajero del miedoThe Manchurian Candidate–, basada en una novela homónima de Richard Condon. Con los años se sabría que aquella historia que parecía salida de una revista pulp tenía ciertos conatos de realidad en los experimentos que la CIA, de manera soterrada y vil, había realizado con miles de ciudadanos estadounidenses en el marco del Programa MK-Ultra, durante mucho tiempo considerado meras habladurías de los conspiracionistas y que los documentos oficiales demostraron una realidad estremecedora sobre la manipulación y la usurpación de identidad. Los ciudadanos eran los conejillos de indias del poder y del Ejército, y en gran parte lo seguimos siendo.

Lejos quedaron aquellos pioneros experimentos para conseguir soldados más letales mediante drogas de diseño y sesiones de hipnosis. Ahora, en plena revolución tecnológica, verdaderamente inquietante, se abren un sinfín de posibilidades nuevas a través la experimentación científico–militar, sin el conocimiento del gran público en la mayor parte de los casos, por supuesto; en eso poco ha cambiado.

Y con avances como los que enseguida veremos, que dan escalofríos, muchos teóricos ya imaginan la «guerra del futuro» –o del presente– sin salir del país, de un edificio, o del salón de casa. Algo que empieza a tomar forma a través de drones no tripulados, un elemento cada vez más inserto en nuestras vidas, vehículos autónomos o robots capaces de utilizar la IA para tomar decisiones in situ, sin control humano. Tiempo al tiempo. Solo queda esperar que no se cumplan los «vaticinios» que planteó hace unas décadas Isaac Asimov en su Yo Robot, base de otros superordenadores que escapan a nuestro control y nos han brindado imágenes inolvidables en el cine. Por ahora, los robots se limitan a actividades menores, pero su campo de acción se amplia a velocidad de vértigo.

El objetivo de las países pioneros en I+D+I, como EEUU o Rusia, parece enfocado a llevar a cabo la batalla desde sus respectivos centros de Defensa, causando daño a miles de kilómetros sin que sus tropas se expongan o reciban daño alguno. Y aunque ahora todo parezca endiabladamente nuevo y extraño, la investigación tecnológica con este fin lleva más de tres décadas activa. Desde 1983. Los primeros diseños de lo que se conocía como «armas autónomas» fueron financiados por la agencia DARPA, como parte de su programa de armas inteligentes. Bautizaron el proyecto con una nominación nada eufemística: «Robots Asesinos», acompañado de un eslogan que está más cerca de cumplirse: «El campo de batalla no es lugar para el ser humano». Pero como la máquina, por muy «lista» que sea, y autónoma, no deja de ser una máquina, lo mejor era retomar el antiguo anhelo de la CIA: crear supersoldados, o soldados mejorados –que suena menos radical–, eso sí, aprovechando los avances tecnológicos, aunque sin renunciar a la experimentación con drogas sintéticas como ya hicieran aquellos en los años 50 y 60 del siglo pasado.

DARPA, una agencia opaca

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, DARPA por sus siglas en inglés –Defense Advanced Research Projects Agency–, es el brazo de investigación avanzada del Pentágono. Fue creada en 1958, en el marco de la carrera tecnológica de la Guerra Fría –en concreto en respuesta al lanzamiento soviético del satélite Sputnik–, y de la que surgirían también los fundamentos de ARPANET, red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DOD) para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Sí, el origen de nuestra Red de Redes, Internet, sin la que ya no sabemos movernos, y mucho menos tras el confinamiento.

En un principio, la agencia fue conocida como ARPA, adquiriendo su nueva nomenclatura en 1972, siendo la responsable de desarrollar tecnología de gran impacto en nuestras vidas (robots, satélites, redes…), muy relacionada, también, con el espionaje, causando controversia cuando en 2002 la propia DARPA fundó la Oficina de Información y Conocimientos –IAO, Information Awareness Office–, que permitía el acceso y la búsqueda de información personal de ciudadanos sin orden judicial previa, creando así enormes bases de datos de norteamericanos.

Además, como veremos en las próximas líneas, DARPA ha desarrollado y transferido programas de tecnología avanzada que abarcan una gran variedad de disciplinas científicas dirigidas a cubrir las necesidades de la Seguridad Nacional. El premio Pulitzer Robert Stone afirmó que en los años 70 el Pentágono financió un proyecto para relacionar ciertos gráficos de ondas cerebrales con ciertos pensamientos con el fin de que fuera posible a través de un equipo leer los pensamientos de una persona a distancia con fines de Defensa. No hay pruebas que lo corroboren –o al menos no han visto la luz– aunque recuerdan mucho a los ambiciosos proyectos actuales. Veamos…

Financiación gubernamental

La mayoría de los planes para crear un «supersoldado» provienen de EEUU, y una vez más de la Agencia para Investigaciones y Proyectos Avanzados de Defensa –DARPA–. En 2002, la corporación proclamó que «el ser humano se estaba convirtiendo en el eslabón más débil en la cadena de los sistemas de Defensa», en respuesta al nuevo escenario sobre el que teorizaban, a principios del siglo XXI, los estrategas militares USA, quienes creían que, con respecto a las amenazas transfronterizas, la mejor solución era desplegar pequeños grupos de soldados que se infiltraran entre el enemigo en lugar de una gran cantidad de equipo pesado y un ejército más fácil de ponerse a tiro. Las derrotas del poderosísimo ejército de las barras y estrellas en Afganistán y otros rincones, que hicieron perder miles de vidas y que recordaban en muchos sentidos a la sangría y fracaso de Vietnam –donde se realizaron los primeros proyectos para crear soldados mejorados, les vinieron a dar la razón.

En medio de este escenario, los dirigentes de DARPA solicitaron al Congreso una cantidad nada desdeñable para llegar a cabo sus pioneras investigaciones: nada menos que 160 millones de dólares anuales, con la intención de blindar los sistemas de Defensa: «Reforzarla no solo pasa por desarrollar materiales que mejoren su desempeño, sino posibilitar nuevas capacidades humanas». A pesar de las voces críticas, la mayor parte de la financiación fue aprobada. Críticas a las que la multinacional está acostumbrada, y que realmente le importan bien poco a la hora de continuar con sus planes. En plena era Trump, en 2019, el proyecto estrella de la corporación ha sido KAIROS, que busca una inteligencia artificial más avanzada, «que sepa comprender y razonar, a través de los datos, y predecir así eventos mundiales complejos». Parece que no fue capaz de anticipar la pandemia… o no supieron ver sus «advertencias».

Ya a principios de los 2000 los proyectos de DARPA fueron puestos en duda por un amplio sector de la opinión pública y movimientos antisistema. Ante el rumor de que en sus instalaciones parecía que se estaban creando nuevos Frankenstein, el director de la agencia entre 2002 y 2009, Anthony «Tony» J. Tether, salió al paso y afirmó a la revista WIRED que: «Es más habladuría que otra cosa; el ejército estadounidense tiene el mejor entrenamiento del mundo. Nuestra misión es idear la forma de mantener el nivel cuando los soldados están en situaciones difíciles».

Anthony J. Tether

Aquella «defensa» de sus proyectos no convenció a muchos, y no es para menos teniendo en cuenta lo que ha trascendido sobre experimentos para crear soldados mejorados. Veamos…

Supersoldados probeta

DARPA patrocina docenas de proyectos de mejora humana en laboratorios de todos los EEUU y de instituciones en el extranjero. Ahora que la tasa de reclutamiento del Ejército ha descendido notablemente, según varias fuentes de hace un par de años alrededor de un 12%, uno de los objetivos principales es crear un «supersoldado». ¿Cómo? Bueno, todos sabemos que una de las cosas que más vulnerable hace al ser humano es que necesita dormir. Durante la Guerra de Vietnam, campo abonado para la experimentación con drogas por parte de la CIA y otras agencias más opacas, se intentó mantener a los soldados despiertos, y se hizo a través de la ingesta masiva de anfetaminas, algo que también se probó décadas antes en la Alemania nazi. Pues bien, en la actualidad, y por lo que ha trascendido a los medios de comunicación, que como siempre no es mucho, parece que los científicos de DARPA están trabando en un programa conocido como «Prevención de Falta de Sueño» y que permitiría, grosso modo, que un piloto pueda volar ¡hasta 30 horas seguidas! o, incluso, que un boina verde sobrelleve 74 horas de actividad sostenida sin sufrir incapacidades psicomotoras. Ahí es nada… Ni Arnold Schwarzenegger en sus buenos tiempos años ha.

Son varios los experimentos estadounidenses en esta línea: investigadores de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte) están analizando los efectos de una serie de fármacos bajo la denominación de ampakinas que al parecer podrían evitar el déficit cognitivo relacionados con largos periodos de vigilia. En la Universidad de Columbia han ido más allá y un grupo de científicos está utilizando estimulación magnética transcraneal como forma de contrarrestar la fatiga, además de técnicas de representación por imágenes para analizar los efectos neuroprotectores y neuroregeneradores de un antioxidante presente en la planta del cacao.

Por su parte, en el año 2003, la División de Sistemas Humanos de la Fuerza Aérea norteamericana –USAF–, dio luz verde a la utilización de una droga llamada Modafinilo –comercializado bajo el nombre de Provigil contra la narcolepsia y otros trastornos del sueño–, una sustancia neuroestimulante cada vez más célebre entre los estudiantes que podría mantener a una persona en pie durante más de 80 horas. Una sustancia bastante peligrosa, pues según la Agencia Europea del Medicamento sus efectos secundarios van desde fiebres, mareos, erupciones y problemas para respirar hasta aumento de la agresividad e incluso desarrollo de ideas suicidas, lo que nos recuerda de nuevo a los pobres soldados de laboratorio de The Manchurian Candidate.

Luego está el problema de que un soldado, además de dormir, necesita víveres, de hecho, debido al esfuerzo requerido en un escenario de guerra, las calorías que requiere pueden llegar a las 8.000, frente a las 1.500-2.000 que debe ingerir un adulto medio. Ya que esto, una vez más, ralentiza la función del «supersoldado», lo que pretende DARPA es «lograr el total dominio metabólico». ¿Y cómo? Pues controlando la sensación de hambre usando nutracéuticos –complementos alimenticios naturales de origen marino y vegetal– y otros suplementos nutritivos. Este objetivo incluye también convertir en comestibles cosas que hasta ahora eran impensables, y que el militar pueda hallar fácilmente en su entorno. Un ejemplo: la celulosa de las plantas.

DARPA está desarrollando tan ambicioso plan en el Centro de Sistemas para Soldados en Natick, Massachusetts. Uno de sus laboratorios desarrolló hace tiempo el prototipo de un paquete alimenticio denominado First Strike Ration, que está formado por tres emparedados, un puré de manzana reforzado con carbohidratos y chicles de cafeína; según sus responsables, dichas raciones estarían pensadas «para consumirse en movimiento y el las primeras 72 horas de conflicto».

Pero dicho laboratorio fue más allá, entrando en terreno algo escatológico, e ideando un alimento deshidratado que las tropas podrían rehidratar sin peligro con su propia orina. Sin comentarios. Precisamente en relación con los líquidos, otro equipo a las órdenes de DARPA también ideó un programa de recolección de agua que permitía extraerla del propio aire, evitando así tener que cargar con ella.

Este post continuará, si los señores que controlan DARPA lo permiten…

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Ahora que la tecnología ha llegado a un límite en que el hombre puede fusionarse con ella, y que incluso se ha creado un movimiento filosófico-intelectual en torno a este delicado asunto –¿seremos cíborgs? ¿Qué código moral deberemos adoptar? ¿Alcanzaremos a ser inmortales a través de un microchip?–, no está de más sumergirse en las páginas del entretenidísimo libro Cómo ser una máquina. Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte, publicado por una de mis editoriales de referencia en relación a temas controvertidos y de rabiosa actualidad, Capitán Swing. Obra del visionario periodista Mark O’Connell, explora en estas páginas las asombrosas –y aterradoras– posibilidades que se presentan cuando se piensa que nuestro cuerpo es un dispositivo anticuado, como postulan los seguidores del transhumanismo –cuyo objetivo es utilizar la tecnología para cambiar la condición huamna, mejorando nuestros cuerpo y mentes–, y de la que son o han sido partidarios en un momento determinado personajes de lo más granado de Silicon Valley como Peter Thiel, Elon Musk o Ray Kurzweil.

En este revelador ensayo O’Connell visita la instalación de criopreservación más importantes del globo, descubre un colectivo de biohackers que refuerza sus sentidos mediante la implantación de dispositivos electrónicos bajo la piel –sí, no es una cinta de Spielberg– y se reúne con miembros de un equipo que investiga cómo proteger a la humanidad de la superinteligencia artificial al estilo Hal 9000 o Skynet. El resultado de tamaña investigación es una sorprendente meditación sobre lo que significa ser humano, y hacia dónde nos encaminamos como «nueva» especie. He aquí la forma de adquirirlo:





Supertecnología nazi en la Segunda Guerra Mundial

25 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos «OVNI», una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

Siguiendo la estela dejada en los anteriores post sobre los increíbles artilugios tecnológicos desarrollados por el Tercer Reich durante la contienda, algunas de las «Armas Milagrosas» más sorprendentes fueron las llamadas «armas limpias», que utilizaban en parte la energía medioambiental para funcionar.

El llamado «Cañón Sónico», diseñado por el doctor Richard Wallauschek, estaba formado por dos reflectores parabólicos conectados por varios tubos que formaban una cámara de disparo, donde una mezcla de oxígeno y metano, detonada de forma cíclica, producía unas ondas sónicas muy potentes, de gran amplitud. A unos 50 m y con un solo minuto de exposición, se calcula que habría matado a cualquiera que se hallara cerca y a unos 250 m produciría un dolor auditivo insoportable para el ser humano, aunque nunca fue usado sobre el terreno.

Wallauschek

En el Instituto Experimental de Lofer, en el Tirol austríaco, el Dr. Zippermeyer diseñó el llamado «Cañón de Vórtice» o «Rayo Torbellino», un mortero de gran calibre que disparaba proyectiles rellenos de carbón pulverizado y un explosivo de acción lenta que, combinados, al explotar creaban una suerte de tifón artificial que, debidamente orientado, podría derribar aviones enemigos que se encontraran cerca. También era sorprendente el «Cañón de Viento», aunque tampoco se utilizó jamás en combate.

El «Cañón de Vórtice» del Dr. Zippermeyer

Submarinos eléctricos, espoletas de infrarrojos para explosivos, bombas teledirigidas, tanques súper-pesados que no tenían rival, helicópteros experimentales, incluso un cañón curvo que se instalaba en los fusiles de asalto y podía disparar desde las esquinas…

Quizá la más sorprendente y peregrina de todas estas «Armas Milagrosas» (Wunderwaffen) fuera –si es que existió más allá de los cenáculos conspiracionistas–, la llamada «bomba endotérmica», que consistía en una serie de explosiones especiales que, al ser lanzadas desde aviones, tras detonar, generaría una zona de intenso frío, de un radio de acción de al menos un kilómetro, que congelaría cualquier forma de vida, aunque no dañaría las estructuras, ya que no generaba radiación. Un artefacto que finalmente nunca entró en acción, aunque los teóricos de la conspiración afirman que los americanos se hicieron con ella y eso explicaría algunos de los prototipos actuales de «armas meteorológicas». De momento, solo especulaciones, aunque fascinantes.

Curiosamente, la última unidad alemana, formada por once militares, que se rindió a los aliados, lo hizo varios meses después del suicidio de Hitler, en septiembre de 1945, en la estación de investigación meteorológica en la isla noruega ártica Spitzbergen. Los experimentos que allí se realizaron continúan siendo uno de los mayores misterios sin resolver de la Segunda Guerra Mundial.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.