La noche de Halloween… cuatro décadas de sobresaltos

Fue la cinta que catapultó al éxito a su director, John Carpenter, y prácticamente creó e impulsó el slasher, un género que arrasó en los ochenta y que continúa a día de hoy en lo más alto del ranking de la serie B (e incluso de ciertas producciones multimillonarias). En plena resaca de la noche de Halloween, algunos con el maquillaje a medio quitar tras un festejo que se hizo esperar tras el obligado parón de la pandemia, un libro publicado por Applehead Team rememora y homenajea tan emblemático título (y sus múltiples secuelas).

Con el estreno de Halloween Kills, protagonizado nuevamente por Jamie Lee Curtis en el papel de Laurie Strode, la saga cumple más de cuatro décadas paralizando al espectador en la butaca. O al menos intentándolo, pues unas entregas fueron brillantes, sobre todo la primera y en menor medida su secuela, y otras para olvidar o directamente borrar de la retina.

A remolque de La noche de Halloween surgirían otras sagas inmortales como Viernes 13 (1980) o Pesadilla en Elm Street (1984), aunque bien es cierto que las fundacionales –en esa nueva forma de abordar el género, se entiende– fueron La matanza de Texas (1974) o Las colinas tienen ojos (también del visionario Wes Craven, un año antes del estreno de Halloween, en 1977), momentos estelares del grito en la gran pantalla que convirtieron el arma blanca y la herramienta de trabajo (un cuchillo, un machete, unas cuchillas insertas en un guante a modo de garras o una motosierra) en algo mucho más temible (y brutal, por la cercanía entre víctima y victimario) que cualquier arma de fuego, por mucho retroceso que tuviese.

Las colinas tienen ojos, del señor Craven. Algo más que inquietante.

Nada mejor que la resaca del 1 de noviembre para revisitar la cinta de John Carpenter protagonizada por el veterano Donald Pleasance (como el doctor Loomis) y una jovencísima Jamie Lee Curtis como la canguro Laurie Strode, rol que ha continuado interpretando (con alguna excepción) durante más de cuarenta años hasta el día de hoy, cuando recupera al personaje, algo más canosa, claro, pero igual de vitaminada –y atormentada por la larga sombra de Myers–.

En relación con la máscara del serial-killer, su origen es cuanto menos extraño, o rarito más bien. Cuando el equipo de Carpenter estaba dando forma a la película, encontraron en una tienda una máscara del rostro del capitán Kirk de la serie televisiva Star Trek (interpretado por William Shatner), que se había sacado del molde del actor para el rodaje de la cinta The Devil’s Rain, realizada por Don Post Studios y que más tarde se comercializaría. Tommy Lee Wallace (que dirigiría la tercera entrega y que en la cinta original se encargaría del montaje con la asistencia del técnico Charles Bornstein y del propio Carpenter) modificó la máscara, agrandando el hueco de los ojos y pintándola totalmente de blanco.

Kelly

Descartaron así la máscara inspirada en el artista de circo Emmett Kelly, que fue su primera opción y que habría convertido a Myers en algo muy diferente, quizá en un rotundo fracaso de taquilla. Lo cuenta el propio Lee Wallace en el documental del año 2000 Halloween Unmasked; afirma que probaron ambas opciones con Nick Castle, el actor que contrataron para dar vida a Michael Myers: «Primero probamos la de Emmett Kelly. [Castle] salió del camerino y estuvimos de acuerdo en que era inquietante, extraño, raro, te hacía sentir incómodo. Entonces volvió al camerino y salió de nuevo con la otra máscara y un escalofrío nos recorrió el cuerpo a todos. Era aterrador, demente, enfermizo. Ahí supimos que la teníamos».

Debra Hill

Otro acierto fue el fichaje de Jamie Lee Curtis, cuando la primera opción de Carpenter era la actriz Anne Lockhart, hija de la protagonista de Lassie y que entonces estaba embarcada en la serie Galáctica. En la decisión de elegir a Jamie fue fundamental la opinión de la otra mitad del propio ser de John: su compañera sentimental y piedra angular de su carrera cinematográfica, Debra Hill, quien nos dejaba tempranamente, en 2005, a los 54 años, víctima de esa terrible e implacable enfermedad que es el cáncer. 

Hija de la estrella Tony Curtis, pesó más el hecho de que la madre de Jamie era la también actriz Janet Leigh y había sido precisamente la protagonista de una de las escenas más inquietantes –y claramente fundacionales– del séptimo arte: la de la ducha en Psicosis, del maestro indiscutible Alfred Hitchcock, cinta en la que nos detendremos en breve en «Dentro del Pandemónium» a raíz de la publicación de un fantástico libro publicado recientemente por Cult Books. Era un buen reclamo para atraer al público a las salas… Y acertaron de pleno. Gracias, claro, al buen hacer de Jamie Lee, que aunque se había dejado ver en varias series televisivas, se estrenaba con Halloween en la pantalla grande. Todo ello, y mucho más, unido a una banda sonora algo más que inquietante compuesta por el propio Carpenter (que no en vano ha sido definido como «el hombre orquesta», por las múltiples facetas desempeñadas en aquel rodaje), dieron en el clavo.

Respuesta unánime de crítica y público

A la repercusión de la película ayudó también el pase en la decimocuarta edición del Festival de Cine de Chicago, en noviembre de 1978, y la crítica positiva de Roger Ebert, quien solía repudiar las películas de terror sangrientas (y que por el contrario echaría pestes de su secuela, a la que tildó de puro splatter –«cine gore»–). Publicó su opinión en la edición del Chicago Sun Times en la significativa fecha del 31 de octubre de 1979: «La noche de Halloween es una experiencia visceral. No estamos viendo la película, nos está ocurriendo. Es escalofriante. Quizás no te gusten las películas que dan miedo de verdad. Entonces no veas esta. Viéndola, me recordó a la reseña favorable que le di hace años a La última casa a la izquierda, otro thriller realmente escalofriante». Considerando además al film de Carpenter como uno de los 10 mejores de 1978. Casi nada.

La última casa a la izquierda (1972), otro logro del señor Craven

Con un presupuesto inicial de 300.000 dólares, recaudó 70 millones en taquilla, lo que la convirtió en la película independiente más rentable hasta ese momento, lo que permitiría a Carpenter plasmar algunos de sus sueños en la gran pantalla y convertirse en uno de los grandes realizadores del género (y otros afines, como el sci-fi o el fantástico) durante décadas.

Todas estas curiosidades y muchísimas más (tantas que conforman un volumen de seiscientas páginas) podéis encontrarlas en un libro sensacional: Noches de Halloween. La saga de Michael Myers, publicado recientemente por Applehead Team en la colección que homenajea el legendario espacio televisivo «Noche de Lobos». Una obra monumental –y profusamente ilustrada– de mano del experto Octavio López Anjuán y prologado por PJ Soles (la actriz que interpreta el papel de Lynda van der Klok, con múltiples entrevistas a personas implicadas en las diferentes entregas, entre ellas el propio Carpenter, Nick Castle o Tommy Lee Wallace. He aquí el enlace para adquirir esta terrorífica guía de las noches de Halloween:

https://appleheadteam.com/producto/noches-de-halloween-la-saga-de-michael-myers/

Rebeldes y peligrosas de cine, música y literatura

Son varias las novedades literarias que, en época de empoderamiento, rescatan la importancia de la mujer en la gran pantalla. Una mujer muy alejada de los estereotipos clásicos (incluso en cintas de época) y que no necesita a un «protector» masculino para nada.

Óscar Herradón ©

Por lo general el cine, como la propia sociedad, ha sido dominado por el patriarcado. Por ello, y por la testosterona «made in Hollywood», los vengadores y justicieros han sido, en su mayor parte, hombres. Y magníficos, todo hay que decirlo: de clásicos como Gary Cooper o el nonagenario Clint Eastwood y su Harry Callahan a los muy duros Charles Bronson o Burt Reynolds (sin menospreciar a los más limitados Chuck Norris o Steven Seagal), pasando por otros más modernos como Liam Neeson, rebautizado héroe maduro de acción, o el Denzel Washington de El fuego de la venganza o Equalizer; hasta llegar a los musculados Vengadores, en los que destaca alguna que otra fémina implacable, léase Viuda Negra o Capitana Marvel. La mujer en la pantalla, salvo excepciones (alguna notable) ha sido la principal víctima, arrinconada o vapuleada, mientras los varones se erigían en sus salvadores, o directamente eran los causantes de su pesar.

Ahora, como también la propia sociedad, eso ha cambiado –se llama progreso– y cada vez son más las mujeres de armas tomar que deciden vengar múltiples afrentas, maltrato y vejaciones incluidas, y también las protagonistas indiscutibles de sus propias historias sin que nosotros, los hombres, tengamos que salvarlas de nada ni de nadie. También hubo inolvidables papeles de mujeres que, ya desde los primeros pasos del celuloide, dejaron claro cuál era su lugar: de Cleopatra a Salomé, de Peggy Cummings a Joan Crawford. Pero fueron menos frente a sus compañeros de viaje masculinos, cosa que, reitero, ha experimentado una notable evolución, como queda claro en el trabajo que recomiendo en este post.

En el divertido y revelador ensayo Rebeldes y peligrosas de cine, editado por Lengua de Trapo, la autora María Castejón Leorza, con una prosa cuidada y un tono cargado como un arma de ironía y hasta sarcasmo, nos regala un libro adictivo y nada normativo (algo en este caso totalmente positivo) protagonizado por aquellas mujeres de cine que se alejan de las normas,  dinamitan los mandatos de género y encarnan unos referentes, dando una patada a los modelos de mujeres cansadas, imperfectas y con estrías.

En palabras de la autora, «¿De verdad que no es compatible estar jodida por limpiar la mierda ajena y disfrutar con un personaje como el de Wonder Woman? El cine va de denunciar realidades injustas, pero también de construir imaginarios, de satisfacer deseos, de disfrutar de la fantasía».

María Castejón recupera y visibiliza, en una nueva lectura, las principales protagonistas que pueblan la gran pantalla: mujeres fatales, rebeldes, pistoleras, piratas, aventureras, malas madres y esposas, lesbianas, locas, violentas… y todo sin seguir un cuadriculado guión. Lo mismo te saca a las heroínas del western y después, en un abracadabra, aparecen las víctimas vengadoras de finales de las décadas pasadas, de Lisbeth Salander en la oscura trilogía Millennium, del malogrado novelista sueco Stieg Larsson (eso es lo que se dice vengarse a lo grande) o las «Nawjas Nimris». Puede despiezar a las míticas Thelma y Louise (inolvidables Susan Sarandon y Geena Davis), cuando ya estás viajando con ellas en ese cochazo –un Ford Thunderbird descapotable– en busca de libertad y, de paso, cruzarte con un Brad Pitt con cuerpo de dios griego a punto de catapultarse al mayor de los éxitos gracias precisamente al papel de vaquero buscavidas que interpretó en aquella cinta de Ridley Scott en un ya lejano 1991.

Precisamente Scott firmó, más de una década antes, el bautismo de fuego de la teniente Ripley (incombustible Sigourney Weaver) en un papel que reivindicaba a la mujer como la protagonista absoluta, heroína de acción sin trabas que, mientras los hombres iban cayendo a su alrededor, por muy duros que fueran –y se creyesen–, era la única capaz de plantarle cara a la criatura más terrorífica del séptimo arte, cortesía del visionario H. R. Giger. De repente, y mientras sueñas con ese viaje por la América desértica a golpe de bujía o exploras los universos distópicos del espacio, la autora te da el cambiazo y te encuentras en la cocina de Carmina, la inclasificable madre de Paco y María León, otra mujer –diferente– de armas tomar. Y en otras situaciones tanto o más rocambolescas.

Una (re)lectura fresca, cargada de ingenio y algo de malicia –sobre todo hacia los machos ibéricos– de los papeles femeninos en la gran pantalla. En estas páginas encontrarás sucinta información, entre otros temas, sobre: Los Juegos del Hambre, Barbarella, Mae West y las femme fatales modernas, amas de casa hartas y mujeres sobrepasadas (más allá de la mística de la feminidad y la madre nutricia), nuevos referentes de la época del #MeToo, heroínas de la gran pantalla, yeyés, chicas sexis y venganza. ¿Quién da más?

He aquí el enlace para adquirir este manual inclasificable con prólogo de Jon Sistiaga:

La Madre terrible en el cine de terror

En Rebeldes y peligrosas de cine, la autora habla de figuras maternas para echar de comer aparte, y si lo que queremos es adentrarnos en este singular «character» de la pantalla grande, lo mejor es sumergirnos en las vibrantes páginas de La madre terrible en el cine de terror, firmado por Javier Parra y editado con mimo por Hermenaute, donde se analiza cómo el celuloide se ha aproximado a esta tradición que puede encontrarse en culturas europeas, asiáticas y mesoamericanas, ya sea como engendradora de monstruos o asociada a la brujería en sus múltiples variantes. La idea de la madre terrible se remonta a tiempos pretéritos en los que la mitología servía para explicar el mundo conocido y sus horrores a través de relatos y cuentos que, cargados de simbolismo y en no pocas ocasiones de mensajes crípticos, han perdurado hasta nosotros, y, tomando elementos de la modernidad, continúan aterrando al hombre, en este caso a través de las páginas de un libro o en una sala de cine.

Siguiendo al autor de este singular (por atípico) ensayo, el mito de la madre terrible adopta tres formas principales: el Tifón, la Lamia y la Esfinge. Sus vibrantes páginas, inspiradas en las teorías de Carl Gustav Jung, propone un trepidante recorrido por la figura de la madre destructora a través de diferentes películas como Psicosis, la legendaria cinta protagonizada por Norman Bates (Anthony Perkins) y su inerte pero poderosa progenitora, El caso de Lucy Harbin, Carrie, y cintas modernas (algunas de culto instantáneo) como Babadook, Hereditary, Mamá o La Llorona. He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://www.hermenaute.com/libro.php?id_libro=33

Los mandarines, de Simone de Beauvoir

Y es posible que la igualdad entre hombres y mujeres y la defensa del feminismo no hubiesen avanzado en Occidente como lo han hecho (a pesar del camino que queda por recorrer) si no fuera por la labor de pioneras y activistas como la filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Más de 70 años después de la aparición de su libro El segundo sexo, éste continúa siendo una obra brillantemente articulada a través de la que los hombres y mujeres de hoy continuamos interpretando el mundo y cuyo discurso mantiene plena vigencia. Pero más allá de sus obra de contenido filosófico-político, Beauvoir fue también una magnífica novelista.

Si queremos acercarnos a la obra narrativa de esta impulsora del feminismo y el empoderamiento de la mujer (a pesar de que su tortuosa y abierta relación con el también filósofo Jean-Paul Sartre dio mucho que hablar), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Los Mandarines, que Beauvoir escribió en 1954 y que fue merecedora del prestigioso premio Goncourt, una obra injustamente poco publicitada en nuestro país a pesar de que las crítica la considera la mejor novela de la francesa.

Los mandarines es un fresco perfecto de la Francia recién liberada de las garras del nazismo. Ambientada en París en 1944, aborda la delicada cuenta pendiente del colaboracionismo (el ajuste de cuentas pero también el perdón necesario para la reconciliación nacional), la compleja búsqueda de un nuevo mundo justo en medio de los intereses de soviéticos y norteamericanos en plena Guerra Fría y la aceptación (entre resignada y pragmática) de un escenario incierto y lleno de desencuentros no tan diferente del que vivimos hoy en día, azotado por la pandemia, las injusticias (que provocan, junto a las guerras, migraciones masivas) y el cambio climático, cada vez más evidente en las inundaciones, tornados e incendios que asolan el planeta.

El inicio nos sitúa tras la guerra y el naufragio general que ésta provocó, y se centra en la psicoanalista parisina Anne Dubreuilh, trasunto de la propia Simone, quien trata de recomponer su vida junto a su marido, un célebre escritor mucho mayor, y su amigo Henri Perron, todos ellos participantes en la Resistencia durante la ocupación nazi. Pero la verdadera trama comienza en diciembre del 44, cuando la contienda aún ruge a pesar del acelerado derrumbe del Tercer Reich. Ahora que en la ciudad de la luz, libre del yugo de la esvástica, la libertad es palpable, casi real, así como en gran parte de Occidente, y los sueños largamente aplazados parecen volver a resurgir, los protagonistas se darán cuenta de que aquello no es sino un espejismo, el umbral de un tiempo de nuevos desgarros y crisis, enmarcado en ese fuerte existencialismo de la autora. Como no podía ser de otra manera, la novela tiene un trasfondo filosófico, existencialista –remarco–, feminista y político imposible de desvincular de sus creaciones aunque sean ficción.

En el amplio catálogo de Edhasa, que lleva brindándonos literatura en su más pura esencia desde un lejano 1946, hay otros libros publicados de Beauvoir muy recomendables, como La invitada, Memorias de una joven formal, Una muerte muy dulce, La ceremonia del adiós o La mujer rota, entre otras. He aquí el enlace para adquirir Los Mandarines en su web:

https://www.edhasa.es/libros/1207/los-mandarines

LADY GAGA. BORN HER WAY (LUNWERG, 2021)

Si hay una artista que ha ido a contracorriente y se ha erigido en símbolo de auténtico empoderamiento es sin duda Lady Gaga. Su última gran gesta fue cantar en la ceremonia de investidura del último presidente de EEUU, Joe Biden, pero tiene una dilatada trayectoria desde que diera sus primeros pasos en la música allá por 2001, con el comienzo del milenio.

De nombre real Stefani Joanne Angelina, la artista neoyorquina revolucionó por completo la industria, y sigue haciéndolo disco tras disco, actuación tras actuación. Ahora, Lunwerg Editores (Planeta) nos trae la biografía ilustrada de la cantante de mano de la ilustradora Laura Floris, una edición bellísima para fans, pero apta también para neófitos.

Extravagante, humana y cercana a su público, así es esta artista neoyorquina que llegó a la fama gracias a Just Dance, Alejandro y Bad Romance. Revolucionó por completo el mundo de la música, dejando siempre a sus espectadores con la boca abierta por su particular estilo. Así es, sin duda, Lady Gaga: un talento único y una mujer excepcional, que no ha tenido miedo a desafiar las convenciones para vivir intensamente y realizar sus sueños. Una de las cantantes más galardonada e influyente de las últimas décadas y una figura inspiradora para legiones de fans. En el libro Lady Gaga. Born her way, descubrirás todo sobre esta figura capital de la cultura pop del siglo XXI. He aquí el enlace para adquirlo en papel o en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-lady-gaga/328046

Payasos «asesinos»: algo más que una moda pasajera (III)

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos

Óscar Herradón ©

El origen del payaso –con variaciones– se puede rastrear muy atrás en el tiempo, siendo el heredero de los bufones medievales y, principalmente, de los personajes de la Comedia del Arte de los siglos XVI y XVII y su posterior disolución, como el Pierrot –que acaba por convertirse en el «payaso triste»–, muriendo los mismos y renaciendo con la aparición del circo moderno bajo diferentes formas. Por ejemplo, en Inglaterra y Alemania la respuesta a Polichinela y Arlequín se hizo evidente en los clowns y los hanswurst respectivamente.

Pero, si hacemos caso a otras fuentes, su origen se remonta mucho más en el tiempo. El bufón es el arquetipo de lo que más tarde sería el payaso. Bufones o personajes de similar factura podemos rastrearlos en el Antiguo Egipto, en China, Babilonia, Grecia y Roma, y podríamos considerar a su quehacer uno de los oficios más antiguos del mundo.

Acaso la noticia más remota sobre el supuesto primer payaso con trabajo fijo de la historia se encuentre en el Tersites de Homero, personaje que divertía a los guerreros griegos en la retaguardia durante los períodos bélicos. En China fue célebre el bufón Yu-sze, quien acabó por detener la matanza de obreros en las obras de la Gran Muralla, convirtiéndose en una suerte de héroe del pueblo. Por otro lado, en Malasia nacieron los P’rang, un grupo de hombres que se tocaran con enormes turbantes, y lucían máscaras de carrillos abultados y colores extravagantes sobre las cejas. En la antigua Roma se celebraban las fiestas del Ager, relatadas por Virgilio, donde personajes enmascarados o maquillados improvisaban diálogos humorísticos representando –e ironizando– costumbres populares. En el Imperio romano fueron célebres numerosos bufones, entre ellos Cicirro o Filemón.

Payasos sagrados indígenas

En las culturas originarias de Norteamérica, como los Hopi o los Jicarilla Apache de Nuevo México, también existían sociedades de payasos sagrados, quienes realizaban rituales iniciáticos de carácter escatológicos durante los cuales se les permitía romper los tabúes y representar pantomimas obscenas. Siguiendo el arquetipo junguiano, representaban el principio del caos, del desorden y la fuerza destructora de los tabúes y el decoro, algo que heredarían en cierta manera los payasos modernos.

En la mayoría de las culturas nativas norteamericanas cada etnia tenía su propio tipo de «payasos»: por ejemplo, los sioux oglala y lakota lo denominaban heyoka –loco, inconformista, payaso–, una figura primordialmente religiosa: su risa pretendía sanar; el heyoka se erigía en una suerte de curandero y canalizador de las energías espirituales que entre el pueblo era conocido como «Soñador del Trueno».

Por su parte, según la autobiografía del nativo Don C. Talayesva, los indios Hopi protegían a sus payasos sagrados «incorporándolos en su Katchina –baile de espíritus–», ceremonias donde los payasos actuaban de modo tonto, infantil, avaro, egoísta y lascivo, burlándose de los turistas y los indios, y también de sí mismos, en medio de juegos de adivinanzas y actos de equilibrio que embargaban a la muchedumbre.

Con la caída del imperio romano se desmoronaron las costumbres circenses y desaparecieron un tipo de espectáculos que tardarían siglos en renacer –aunque sin hombres devorados por bestias ni gladiadores–, aunque a partir del siglo VI surgen unos nuevos bufones en las plazas públicas de Francia que declamaban, según el sugerente libro ya citado El maravillo mundo del circo, «romances equívocos en latín edulcorado».

Después el bufón se haría habitual en las cortes de los grandes príncipes de Occidente, y algunos llegarían a ostentar importantes cargos en palacio y un gran prestigio, siendo los únicos con potestad para hacer críticas al monarca. Célebre fue uno de los bufones al servicio del rey galo Francisco I, eterno antagonista de Carlos V, quien incluso era llevado a las campañas militares –aunque cuentan que le asustaban tanto los cañonazos que se ocultaba en la tienda debajo de la cama–. También fue famoso Jeffrey Hudson, conocido en la corte como «Lord Minimus», el último bufón de la corte de Inglaterra, al servicio de Carlos I y la reina Enriqueta María, quien no solo divertía con sus muecas e imitaciones sino que realizaba agudas observaciones y daba «sabios consejos».

Lord Minimus

Esto no es un tratado sobre la evolución del payaso en la historia, por muy interesante que sea el asunto, así que únicamente añadiré que el payaso de nariz roja, zapatones y peluca chillona –que se ha «reconvertido» en personaje de terror–, vamos, el payaso común que conocemos de toda la vida, tiene su origen, como digo, en una variante circense del Pagliacci y el Arlequín de La Comedia del Arte italiana: el Augusto, torpe e ingenuo, que siempre arruina los planes de su compañero y éste, su antagonista, el payaso (clown) con la cara pintada de blanco, «El Triste» que representa la seriedad y la elocuencia, entre otras variantes –como Tony…–.

Se dice que el payaso moderno tiene su origen en el acróbata norteamericano Tom Belling y sus viajes a Rusia, cuya peluca y pinta estrafalaria copiaría del «clown rojo» R’izhii, mientras que, siguiendo el mentado ensayo, «el maquillaje exagerado asociado con el clown Augusto de hoy fue introducido por los Hermanos Fratellini».

Luego llegarían los grandes nombres que recogería Tristan Remy en su compendio Los Clowns: Joseph Grimaldi, gran pionero de la especialidad circense, que fue mimo, saltador y cómico en el recinto ecuestre de Saddler’s Well y de quien escribió el mismo Charles Dickens, y cuyo fantasma, cuentan, se aparece ­cuando le viene en gana. Los legendarios John y William Price, que renovaron el género de la carcajada institucionalizado en el circo moderno, o el payaso Medrano que, en un irónico guiño del destino, moría en 1912 entre aplausos y piruetas recreadas por él mismo, en un circo parisiense que llevaba su nombre.

La lista es extensa: Antonet y Grock, los españoles Goro y Pujol o el emblemático Augusto Chicharito. Su recuerdo, sin duda, sirve para dignificar un oficio que tantas horas de entretenimiento ha dado al público, inclusive en tiempos de guerra –como puede verse en la película Pájaros de Papel, de Emilio Aragón, que lleva esta profesión en la sangre–, y que debe elevar al clown, al payaso, al estatus que se merece, por el que luchan tantas asociaciones que en la actualidad, sin ánimo de lucro, amenizan las largas veladas hospitalarias de niños y mayores enfermos, de gentes sin hogar… y que tan dañados han salido de esta moda del creepy clown que, para un rato, puede ser divertida, pero que, elevada a psicosis social, sólo puede generar problemas. 

Payasos… muy reales

Aunque la moda de los payasos «asesinos» haya causado un verdadero revuelo social y más de un incidente en los últimos tiempos, alguno revestido de cierta gravedad, lo cierto es que la historia siniestra de los clowns tiene al menos una referencia pasada realmente escalofriante, y tristemente verídica, y es el caso de un asesino en serie yankee que en este caso no solía cometer sus terribles crímenes vestido de payaso, pero ésta, la de amenizar cumpleaños en su barrio vestido de tal guisa, era una de sus aficiones. Hablo de John Wayne Gacy, conocido en Illinois, Chicago, como «Pogo, el payaso».

Nacido el 17 de marzo de 1942 en Chicago, John Wayne Gacy Jr., era una persona amable y extrovertida que se ganó la confianza de su vecindario. Sin embargo, escondía un instinto depredador y una doble vida que no descubrieron ninguna de sus dos esposas. Cuando finalizó sus estudios empresariales pasó a trabajar como dependiente de una zapatería, donde conoció a su primera esposa. Sus problemas comenzaron cuando fue detenido y condenado a diez años de cárcel por intentar violar a un hombre. Tras obtener la libertad condicional 16 meses después por buen comportamiento, se convirtió en contratista en un negocio de construcción y se casó por segunda vez en 1972.

Era un hombre aparentemente normal. Sus vecinos desconocían su pasado y al «bueno» de Gacy le gustaba aparecer en las barbacoas y fiestas locales ataviado como un payaso –las imágenes de su atuendo y rostro son bastantes más siniestras que las de los creepy clowns actuales–. Era la alegría del barrio y el entrañable payaso Pogo que amenizaba las veladas infantiles. Incluso, como modelo de buen americano, llegó a involucrarse en la campaña del partido demócrata local. Sin embargo, escondía un terrible secreto mucho peor que el de la acusación por forzar a la sodomía: el sótano de su casa estaba repleto de los cadáveres de jóvenes a los que atraía, engañaba, sodomizaba y después mataba.

En 1976, sin que conociera su faceta criminal, su segunda esposa pidió el divorcio debido a sus violentos arranques de ira y su «escasa actividad sexual». Mientras, aprovechaba el negocio de la construcción para contactar con chicos jóvenes. Ya separado, los invitaba a su casa sita en el número 8213 de West Summerdale Avenue. Según cuenta Colin y Damon Wilson en A sangre fría, a algunos de ellos, como el joven chapero Jaimie, los esposaba y sodomizaba brutalmente, dejándolos después marcharse, previo pago. Sin embargo, a los que se resistían, como John Butkovich –probablemente su primera víctima mortal– y un niño de nueve años hasta llegar a la cifra de ¡33 personas!… los estrangulaba.

Nadie sospechaba de Gacy hasta que el 11 de diciembre de 1978 comenzó a ser investigado tras la desaparición de Robert Priest, de 15 años, a quien se había visto por última vez en la farmacia Nisson de Des Plaines, Illinois junto a un hombre desconocido, quien al parecer le iba a ofrecer un trabajo de verano. Cuando alertados por la madre del joven los policías llegaron al lugar, descubrieron que el local había sido reformado recientemente y la investigación les llevó hasta el contratista y fueron a visitarlo para interrogarle. Quiso el destino que los agentes notaran un olor extraño y muy desagradable que impregnaba todo el domicilio y decidieron levantar la trampilla que daba al sótano… al sótano de los horrores, donde aparecieron unos quince cuerpos y restos de otras víctimas –algunas de ellas habían sido arrojados por Gacy al río Des Plaines–.

El siniestro autorretrato del «bueno» de Gacy

Al final se optó por la demolición y se localizaron los restos de veintiocho cuerpos, convirtiendo a John Wayne Gacy en uno de los peores asesinos en serie de la historia norteamericana. El inocente y orondo payaso Pogo pasó a ocupar los titulares de medio mundo. La prensa lo rebautizó como «el payaso asesino». Hasta hoy.

Un fenómeno viral

Como en casi todo lo que tiene que ver con el terror contemporáneo, llámese Creepypastas o derivados, también el fenómeno de los «payasos asesinos» y los creepyclowns, si no ha nacido, sí se ha catapultado a través de vídeos del canal Youtube que, como en otros asuntos, se han hecho virales. Aunque hay mucho espontáneo, la popularidad del género en el que se muestra una suerte de performance con unos graciosos disfrazados de payasos crueles gastando bromas se debe principalmente al canal DM Pranks, comandado por el italiano Matteo Moroni, quien se esconde tras las terroríficas máscaras junto a su compañero Diego Dolciami.

Desde 2014, cuando abrió su canal de Youtube hasta julio de 2015, según recogía El Periódico de Catalunya, la exorbitante cifra de 360 millones de visualizaciones. Ahí es nada. Y sus bromas, lejos de ser algunas un montaje –o eso parece–, con la complicidad de aquellos objeto de las mismas, son verdaderamente dignas de una casquería gore: y es que encontrarte de madrugada con un tipo vestido de payaso, hacha o bate de béisbol –e incluso un extintor– en mano, con la careta más aterradora que puedas imaginar, simulando que está descuartizando a una persona o echando a un «bebé» a un cubo de basura –un muñeco, claro–, debe dar mucho miedito. Al menos al que está paseando inmerso en sus pensamientos. Y eso, básicamente, es lo que hacen… Entretenimiento de masas 2.0 que se extendió en 2016 a otras redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook, y que continúa.

Payasos espectrales

Huele también a esos creepypasta tan de moda en las RRSS, pero lo cierto es que las historias –¿leyenda o realidad?– de avistamientos de supuestos payasos fantasma son bastante más viejas que las historias de Slenderman o los creepy clowns que hoy nos quitan el sueño. La mayoría de estos sucesos anómalos han tenido lugar en el interior o las inmediaciones de los teatros que un día vieron a estos personajes alzarse con la gloria en medio de aplausos.

A quien parece que le gusta aparecerse en el lugar donde obtuvo su mayor gloria es al padre del payaso moderno, Joseph Grimaldi (1778-1837), quien suele dejarse ver –o al menos eso afirman infinidad de testigos– entre bastidores merodeando por el Theatre Royal Drury Lane, el más antiguo de Londres. Muchos de los que allí trabajan afirman haberse topado con su espectro: limpiadores, actores, tramoyistas… afirman haber visto una cara sin cuerpo, flotando por el teatro o incluso apariciones de un fantasma sin cabeza que algunos atribuyen a la macabra petición del propio Grimaldi en su testamento: que su cabeza fuera separada de su cuerpo.

Theatre Royal Drury Lane

Al parecer no es el único que se mueve a sus anchas por tan emblemático edificio londinense, en un país muy dado a la tradición fantasmal. También lo hace Dan Leno, famoso bailarín y comediante que enloqueció y murió en 1904 a la temprana edad de 43 años. Hay quien no ha visto su fantasma, pero ha notado el intenso olor del perfume de lavanda que utilizaba, al parecer, debido a su incontinencia. Algún testigo, como el director del teatro Nick Bromley, durante una de las actuaciones de The Pirates of Penzance en 1981, aseguró que una extraña presencia lo empujó violentamente y, al volverse, no había nadie. Algo que también le sucedió a una joven actriz la noche siguiente en el mismo lugar. Aquella presencia iba acompañada de un sonido rítmico de unos zapatos que muchos relacionan con Leno. Quién sabe… Inquietante, desde luego.