Nazis tras las huellas de la Atlántida (I)

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. Una suerte de patria ancestral de semidioses y superhombres de la que partían los ancestros nazis. Varios guardias negros fueron tras su pista y también dejaron numerosos secretos en otras islas malditas…

Óscar Herradón ©

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA), y a los paganistas del NSDAP. El Reichsführer de las SS pretendía crear un instituto de investigación que recuperase las huellas del pasado «glorioso» de Alemania.  Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho Instituto y a la siniestra reunión había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres del país. Tras varias horas de apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Sociedad para el Estudio de la Herencia Ancestral Alemana, más conocida como la Ahnenerbe. Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración.

Wirth, el hombre al que Himmler encargó la dirección del Instituto, era uno de los más controvertidos folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto y entregado, aunque devoto de la parapsicología –aseguraba que su esposa, Margarethe Schmitt, podía leer la mente mediante la telepatía y que poseía dotes de clarividencia– y la vida sana, en 1928 había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o «Sociedad Herman Wirth», antecedente directo de la futura Ahnenerbe. Una vez al mando, estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según recoge la periodista Heather Pringle en El Plan Maestro, un descubrimiento que sería trascendental para la historia. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado, recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad (1928), le habían granjeado no pocas críticas de sus colegas, aunque también los elogios de los grupos nacionalistas.

Experto en escritura y símbolos antiguos, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las máscaras funerarias de los yupik –esquimales de Alaska– y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda. A esas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdían en el Atlántico Norte miles de años atrás; la escritura más antigua del mundo que para aquellos no podía ser sino aria.

La Atlántida: continente perdido, tierra prometida

Herman Wirth… ¿visionario o simple friki?

Muy influido por el mito de la Atlántida, Wirth creía que la primordial escritura que perseguía había sido precisamente inventada por los atlantes, para él, los primeros nórdicos. Fuera así o no, estaba seguro de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios «de la ancestral religión aria». En La Aurora de la Humanidad catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Inspirándose en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la «deriva polar», según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte. Los polos a la deriva y los continentes errantes habrían acabado con esa «raza ártica» perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como el mismo continente perdido.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que el teórico y ocultista nazi Alfred Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, el profesor creía que en 1935 solo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas Islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, fascinados con los guanches, y las islas de Cabo Verde.

Alfred Rosenberg tras su ejecución en 1945. El imperio que pronosticó no duraría mil años.
Rudbeck

El erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, y precisamente este último aseguraba en sus textos racistas y ocultistas que la última Thule se correspondía a la Atlántida. En el siglo XVII, el historiador y naturalista sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica. Según éste, precisamente en este país habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablada por Adán en el Paraíso. Más tarde sería la ocultista rusa Madame Blavatsky quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado Fohat, «energía cósmica» o luz primordial, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria –la quinta en sus cálculos «revelados»–.

Por su parte, el citado Guido von List, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910), consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por Snorri Sturluson en el siglo XIII en su obra mitológica seminal Edda Mayor y Edda Menor.

En otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, List afirmaba que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una «isla» que habría formado parte en tiempos antiguos de la misma Atlántida. El propio Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Liebenfels, por su parte, consideraba que los «sobrehumanos» atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya el investigador de la Ahnenerbe.

Según Rosa Sala Rose, autora del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado, 2003), la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos «la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo», ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían– había venido precisamente por mezclarse con «razas inferiores» y esta creencia alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial. Nazismo en su pura esencia, vamos.

Este post tendrá al menos un par de continuaciones… en breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para descubrir qué hay detrás de la búsqueda de esos «continentes perdidos» y los muchos eruditos que postularon su existencia, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de mi preciada La Esfera de los Libros, un libro cargado de anécdotas y de lectura absorbente: Colega, ¿dónde está mi urbe? La Atlántida y otras ciudades perdidas en la historia y el tiempo, del joven divulgador Andoni Garrido, célebre por el canal de YouTube «Pero eso es otra historia», donde recoge casi 40 leyendas sobre este asunto: desde la citada Atlántida que obsesionó a los teósofos y a los ariosofistas y más tarde a algunos nazis a El Dorado, cuya búsqueda costaría la vida a más de uno y a más de dos, pasando por Lemuria, Hiperbórea, Shambhala, Yamatai, Cíbola o Aztlán, entre otras. La intención: descubrir qué hay de verdad y qué de mentiras tras todas estas historias y buscar un posible origen para estos mitos que se encuentran en numerosas culturas, algunas con milenios de antigüedad. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/colega-donde-esta-mi-urbe/

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (Parte III)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

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Sobre Skorzeny planea la sombra de haber trabajado en secreto para la CIA, algo que no era nuevo para la Agencia estadounidense (en breve hablaremos en el Pandemónium de la «Operación Paperclip»), en un tiempo en el que el enemigo en Europa ya no era la derrotada (aunque no borrada) esvástica sino la amenaza del avance del comunismo soviético. Así, el historiador suizo Daniele Ganser, en su libro Los ejércitos secretos de la OTAN. La Operación Gladio y el terrorismo en la Europa occidental, señala que el oficial alemán de la Wehrmacht Reinhard Gehlen también trabajó para la CIA a la vez que ocupaba el puesto de jefe de los servicios secretos de la República Federal alemana tras la guerra. Al parecer, y por encargo de la inteligencia estadounidense, éste contrató a Skorzeny en la década de los 50 para entrenar al ejército egipcio, en unos años en los que ya se había fundado en tierras palestinas el Ejército de Israel, cuyo servicio secreto, el implacable Mossad, también seguía los pasos del libertador de Mussolini.

Y es muy probable que Skorzeny formara parte también de Gladio, una red clandestina anticomunista que operó en Italia durante la Guerra Fría, ideada por la CIA y el MI6 británico con el objetivo de prepararse para una eventual invasión soviética de Europa occidental a través de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite diseminadas por distintos países, entre ellos España.

La Tercera Guerra Mundial

Uno de los proyectos más increíbles que estuvo cerca de hacerse realidad y tuvo a Otto Skorzeny como protagonista fue la intención de crear una fuerza militar en nuestro país en previsión del estallido de una Tercera Guerra Mundial. El proyecto personal de Skorzeny era crear, con antiguos militares nazis protegidos entre otras instancias por la Santa Sede, una especie de «ejército alemán en el exilio», según publicó en 2011 La Vanguardia. Un contingente de hasta 200.000 hombres que adoptaría el simbólico nombre de Legión Carlos V, de ecos marcadamente fascistas.

El objetivo de esta fuerza de choque de nostálgicos de la esvástica era contraatacar tras una eventual ofensiva militar comunista que hubiese culminado con éxito en Europa occidental, algo que no parecía imposible en los años duros de la Guerra Fría. Ni el proyecto fructificó ni, por suerte, se desencadenó un conflicto de tales dimensiones, aunque la tensión política –y los conflictos consecuentes en diversos países– se prolongaron durante décadas, lo que explica el mantenimiento del régimen franquista por las potencias occidentales tras la caída del Tercer Reich.

El plan implicaba a altos cargos del régimen franquista y a otros generales alemanes; al parecer, también contaba con el visto bueno de parte de la Curia romana e incluso de la mismísima embajada de Estados Unidos, donde el miedo al avance del comunismo se había convertido poco menos que un delirio en amplios sectores.

Hoy el archivo de Skorzeny es un verdadero sanctasanctórum para el historiador que indaga en el colaboracionismo de muchos de los hombres de Franco –y del propio dictador–, para ofrecer identidades falsas y un cómodo lugar de retiro a aquellos criminales. El mismo Skorzeny poseía una propiedad en Mallorca, en Alcudia, donde vivía en medio de todo tipo de lujos, como si jamás hubiese participado de la barbarie nazi.

Sus planes, para alegría del mundo libre, nunca se hicieron realidad. El libertador de Mussolini, «Caracortada», moría en Madrid, en una cama de la habitación 388 de la ciudad sanitaria Francisco Franco el 7 de julio de 1975 –paradojas del destino apenas cuatro meses después moría el dictador español–, abatido finalmente por un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco, que no dejó ni en los momentos de mayor agonía.

La expedición de la Ahnenerbe nazi a los confines del Islam

Dos de los personajes más fascinantes del entramado místico que conformaba la Ahnenerbe de Himmler fueron los investigadores –espías y amantes– Franz Altheim y Erika Trautmann. Éstos serían los responsables de acercarse al mundo islámico para reclutar en sus filas combatientes contra los enemigos del nazismo, en lugares donde el antisemitismo era muy fuerte y el Mein Kampf ya todo un bestseller.

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El Gran Muftí de Jerusalén pasando revista a tropas nazis

Precisamente el doctor Altheim y su compañera Trauttmann eran los personajes más cualificados para realizar labores de espionaje en una expedición del instituto que les llevaría a los confines del antiguo imperio romano en Oriente Próximo, llegando hasta Beirut, Bagdad y Damasco, lugares de gran importancia geoestratégica por sus reservas petrolíferas.

Wüst

Tras leer el artículo sobre las investigaciones realizadas por éstos en Val Camonica, en los Alpes, Hermann Göering decidió presentar a la pareja de aventureros a Himmler. Fascinado con su teoría sobre el origen ario de los pueblos de la antigua Roma, el Reichsführer decidió financiar otro viaje a la pareja a Italia y la costa adriática de Dalmacia, en la actual Croacia, que partiría en busca de nuevas evidencias de la presencia de antiguos nórdicos en esas tierras. Desde allí enviarían nuevas informaciones que agradaron considerablemente a Himmler y al entonces director del instituto de investigación de las SS, Walter Wüst, y a su regreso el líder de la Orden Negra dio instrucciones específicas al retorcido Wolfram von Sievers, uno de los dirigentes de la organización de estudios ancestrales, para que incorporase a la pareja a las filas de la Ahnenerbe, algo que aceptaron sin reservas.

Altheim había pasado de mirar con recelo al nuevo gobierno y de no interesarse por la política a ser un ardiente ultranacionalista fascinado por el eterno tema de la raza; si aquello servía además para dotarle de un mayor prestigio académico, mejor que mejor. Su ambición era viajar a las antiguas fronteras de la Roma imperial, en Europa Oriental y Oriente Próximo –a dónde por fin se encaminaba–, con la intención de mostrar las complejas relaciones de los pueblos sometidos a su dominio en Asia y África durante siglos.

Altheim y Trauttmann, arqueólogos, amantes y espías nazis
Val Camonica

Según el propio Altheim, en el siglo III una gran lucha había enfrentado a «los pueblos indogermánicos del norte» contra «los semitas de Oriente» por el control del imperio, y en su viaje él pretendía demostrar que, evidentemente, había triunfado la raza nórdica en la lucha por el poder sobre el antiguo imperio romano. Walter Wüst –informador a su vez del servicio de inteligencia de la SS comandado por Heydrich, el SD–, creyó ver en la pareja a los sujetos ideales para recabar valiosa información en Oriente Próximo: poseían fácil acceso a los círculos académicos, lo que les brindaba también acceso a los gobernantes y podían fácilmente localizar a simpatizantes de la causa nazi en lugares remotos que después podrían pasar a formar parte del servicio de inteligencia nacionalsocialista.

Los alemanes estaban especialmente interesados en las reservas petrolíferas del Golfo Pérsico, pues dependían en gran medida de los campos petrolíferos de Ploesti, en Rumanía, donde había un movimiento de oposición cada vez mayor al nazismo. El Golfo Pérsico concretamente era el principal lugar de abastecimiento de los británicos, que ya antes del estallido de la guerra aparecían como enemigo del Reich.

Los investigadores en Val Camonica

Por la mente de los alemanes planeaba la idea de un sabotaje o la toma de control de la zona; esa era la gran misión Altheim y Trautmann, ahora reconvertidos en espías del Tercer Reich. La pareja de exploradores alemanes podría contactar con líderes beduinos en los desiertos de Siria e Irak que apoyasen la causa nazi y cuya valiosa información podrían hacer llegar hasta Alemania.

Hacia los confines del Imperio romano

Desde Berlín, Altheim y Trautmann pusieron rumbo a Transilvania, donde estudiaron fascinados las ruinas de los antiguos reyes dacios, que Altheim consideraba, cómo no, un pueblo nórdico, tan belicoso como los propios nazis. En toda Rumanía experimentaron la tensión que se vivía debido a los disturbios causados por la llamada Guardia de Hierro –Garda de Fier en rumano–, una organización paramilitar y ultranacionalista que había sido fundada por el feroz antisemita rumano Corneliu Zelea Codreanu en 1927, en el seno de la organización ultraortodoxa «Legión del Arcángel Miguel», que mantenía una lucha sin cuartel contra el despótico rey Carol II, que había instaurado en el país una monarquía de corte fascista junto a su favorita, Madame Lupescu.

Codreanu en su boda (atención a la corona)

El movimiento de Codreanu aunaba misticismo y ultranacionalismo con un odio a los judíos tan visceral o más que el de los propios nazis. Corneliu era hijo del profesor nacionalista Ion Zelenski y de su esposa, de origen alemán, Elisabeth Brunner, En 1902 el progenitor cambió su apellido por el de Zelea, para que sonase más rumano, y añadiendo un segundo apellido, Codreanu, que remitía a sus orígenes forestales –precisamente codru significa «bosque» en rumano–. Obsesión ésta, la del regreso a la naturaleza y la exaltación del campesinado, que también caracterizaría a los ultranacionalistas alemanes.

A los 11 años Corneliu ingresó en el Liceo Militar Manastirea Dealului, donde estuvo hasta 1916, momento en el que Rumanía entró en la Primera Guerra Mundial. El joven nacionalista intentó alistarse pero como no tenía la edad reglamentaria, su solicitud fue desestimada, algo parecido a lo que le sucedería al propio Himmler. Aún así, Codreanu se uniría al 25 Regimiento de Infantería de Vaslui, donde su padre era capitán. Finalizada la contienda continuó su formación en el Liceo y en otoño de 1919 ingresó en la Universidad de Iasi para estudiar Derecho, momento en el que comenzó a formar parte de la Guardia de la Conciencia Nacional, una organización antirrevolucionaria que se enfrentaba a los grupos izquierdistas, reventaba huelgas y manifestaciones y repartía propaganda ultranacionalista, actividades que cada vez se volvían más agresivas y que recuerdan a los primeros tiempos del nazismo, movimiento prácticamente contemporáneo a éste. Codreanu, además, contaba con una ventaja: gozaba de la protección del rector de la Universidad, el antisemita Alexandru C. Cuza, su mentor.

Otro fascista con vocación mesiánica

Poco después pasó a estudiar a Jena, en Alemania, economía política y en 1922 estableció los primeros contactos con el NSDAP. De nuevo en Rumanía, Codreanu comenzó una política activista y planeaba cometer varios atentados contra personalidades de su país. Descubiertos él y sus camaradas por un chivatazo, fueron arrestados, aunque utilizaron su juicio en marzo de 1924 como un acto de propaganda, algo similar a lo que hizo Hitler tras el Putsch de Munich. Los virulentos jóvenes fueron finalmente absueltos.

A. C. Cuza

Mientras permanecían en prisión tuvo lugar el acontecimiento que llevaría al antisemita a crear su organización. Codreanu afirmaba que había tenido una visión en la capilla de la cárcel en la que nada menos que el arcángel Miguel le animaba a dedicar su vida a Dios. Pero no a través del amor ni la misericordia, no, sino a través de la lucha –el mesianismo rumano y el nacionalsocialista coincidían también en este aspecto–, creando la organización «Hermandad de la Cruz», cuyo objetivo era el renacimiento nacional. Poco tiempo después la policía detuvo a sus miembros y los torturó, lo que provocó que Codreanu asesinase al prefecto responsable de aquellas acciones.

El 24 de junio de 1927 fundó la «Legión de San Miguel Arcángel», en honor a su supuesta visión; cual iluminado, Corneliu se vistió de la cabeza a los pies con un traje blanco y montado sobre un caballo del mismo color recorría el país dando discursos a medio camino entre la predicación y la arenga política a los campesinos rumanos, a los que inculcaría ideas de corte místico, un fuerte nacionalismo y claro, antisemitismo.

Distinto sitio, mismo lugar

Como sucedía en Alemania, culpaba a los judíos de todos los males de su país y de la pérdida de valores cristianos. Instaba a las gentes a que recogieran puñados de tierra de los campos de batalla de Rumanía, en los que los héroes nacionales habían luchado y derramado su sangre, y a llevarlos colgados alrededor del cuello en unas bolsitas del tela. A tal punto llegaron su prédicas entre los humildes campesinos, tan convincente era en su oratoria y en su entrega a una causa fanática e irracional, que muchos creían ver en él efectivamente a un emisario del arcángel San Miguel.

Las palabras que dejó escritas en el Manual del Jefe, en el apartado «Deberes del Legionario», están impregnadas de un misticismo y fanatismo en cierta manera comparables a los que Hitler recogería en su Mein Kampf: «Un legionario mira directamente a los ojos. Los ojos no mienten. Su rostro está lleno de esperanza. Cuando habla y cuando escribe, debe ser breve, claro y preciso. (…). Hoy, nosotros estamos prestos a reunirnos alrededor de los altares como en los tiempos de los grandes peligros, para recibir de rodillas, la bendición de Dios. Las guerras las vencen aquellos que han sabido atraer de los cielos las fuerzas misteriosas del mundo invisible y asegurarse el concurso de ellas. Estas fuerzas misteriosas son los espíritus de nuestros antepasados, los que han estado también, en otro tiempo, y ligados a nuestra tierra y han muerto en su defensa, permaneciendo todavía hoy ligados a ella en el recuerdo de su vida terrena y por intercesión nuestra, sus hijos, nietos y biznietos (…). El que entra en esta lucha, debe saber desde el principio que habrá que sufrir. Después del sufrimiento, viene siempre la victoria (…)».

Codreanu y su Legión de San Miguel Arcángel

No obstante, el mismo año del viaje de Altheim y Trautmann a Rumanía sería el mismo del final de Codreanu. En abril, junto con sus comandantes legionarios, fue detenido y trasladado a prisión. Poco después, enfermo de tuberculosis, sus visiones místicas se acentuarían, llegando a afirmar que podía ver a Jesucristo y a sus compañeros legionarios caídos en combate en el interior de su celda. Codreanu se había convertido en un personaje muy incómodo para el rey Carol y el día 30 de ese mes el líder de la secta y otros 13 legionarios de su Guardia Negra eran estrangulados y tiroteados en medio de una fuga simulada organizada por sus captores.

Este post tendrá una inminente segunda parte, donde veremos la penetración de los espías de la Ahnenerbe en el mundo islámico.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Sobre la Ahnenerbe, existen varios libros interesante, el más reciente editado por Espasa y escrito por el periodista Eric Frattini: Los científicos de Hitler. Historia de la Ahnenerbe. Edificado por Himmler, fue un departamento de las SS creado por Himmler bajo este nombre que en alemán significa «Sociedad de estudios para la historia antigua del espíritu». Tenía tres objetivos: investigar el alcance territorial y el espíritu de la raza ario-germánica; rescatar y restituir las tradiciones alemanas –que para el Reichsführer habían sido aniquiladas por el cristianismo, y por soberanos como Carlomagno, a quien odiaba profundamente–, y difundir la cultura tradicional alemana (mucha creada ex profeso por los investigadores afectos al régimen) entre la población en general.

Los trabajos más importantes sobre la institución y el papel de Himmler en el entramado místico del Tercer Reich son El Plan Maestro: arqueología fantástica al servicio del régimen nazi, de Heather Pringle (publicado en castellano por Debate en 2007) y Das «Ahnenerbe» der SS (1935-1945), del historiador alemán Michael H. Kater, publicado hasta el momento únicamente en lengua germana.

En mi trabajo La Orden Negra. El Ejército Pagano del Tercer Reich (Edaf, 2011) también dediqué un amplio espacio a la Sociedad Herencia Ancestral y a los delirios místicos del líder de las SS. En relación con la magia y el ocultismo, y cómo el Reichsführer-SS reclutó al astrólogo Wilhelm Wulff para que trazase horóscopos de los enemigos del Reich cuando éste comenzaba a claudicar en en la contienda, podéis consultar mi libro Los Magos de la Guerra. Ocultismo y espionaje en el Tercer Reich, editado por Libros Cúpula (Grupo Planeta) en 2014.

Por su parte, para estudiar en profundidad la relación del nazismo con el islam y la participación del mundo musulmán en la contienda del lado del Eje, os recomiendo Los musulmanes en la guerra de la Alemania nazi, del profesor de Historia en la London School of Ecomomics and Political Science (LES por sus siglas en inglés), un minucioso y documentado ensayo que acaba de publicar Alianza Editorial.

El libro narra parte de lo que contamos en el post: cómo en la fase más decisiva de la contienda, tras sufrir los reveses militares en la URSS, la Alemania de Hitler optó por el pragmatismo y, dejando de lado sus prejuicios racistas –algo impensable años atrás– a favor del avance geoestratégico, intentó instrumentalizar el Islam en su beneficio. Para ello, se distribuyó propaganda nazi entre los musulmanes de territorios tan dispares como el norte de África, los Balcanes o el Cáucaso (lugares todos ellos visitados por Altheim y Trauttmann y otros miembros de la Ahnenerbe precisamente con esa finalidad). Himmler, como venimos señalando, era uno de los más entusiastas partidarios de este proyecto que impulsaba la creencia de que los musulmanes eran una poderosa fuerza que tenía los mismos enemigos que Alemania: el Imperio Británico, la Unión Soviética y los judíos. A pesar de considerarlos «inferiores» en su escala racial, no olvidemos que el Reichsführer fue un entusiasta lector del Corán, y envió diversas expediciones en busca de vínculos pasados entre los arios y dicho pueblo ­–una auténtica majadería–.

Éste es el primer estudio exhaustivo de los ambiciosos intentos de la Cancillería berlinesa de forjar una alianza con el mundo islámico con el objetivo de reclutar, por un lado, el máximo de hombres para el esfuerzo bélico –los alemanes tenían cada vez más bajas y pérdida de armamento en el frente del Este–, y por otro, minar los imperios británico y soviético a los que combatían en la mayor sangría de la historia contemporánea. Podéis adquirirlo en el siguiente enlace:

https://www.alianzaeditorial.es/libro/alianza-ensayo/los-musulmanes-en-la-guerra-de-la-alemania-nazi-david-motadel-9788413621913/