Stalker: la distopía soviética de los hermanos Strugatski

La publicación en nuestro país de varios libros recientes, novelas distópicas que en Occidente permanecieron en el olvido durante décadas, sitúa por fin a la ciencia ficción soviética en el lugar que merece entre el público no especializado. Durante la Guerra Fría, en EEUU y otros países de la órbita de la OTAN, leer a todo escritor que proviniese del otro lado del telón de acero era hacer concesiones al enemigo ideológico (con todo lo que ello implicaba), también en el selecto círculo de los expertos del género. Ahora, podemos disfrutar en castellano, en nuevas traducciones escrupulosas con los textos originales y libres de censura, de unos títulos que transcienden las barreras doctrinales.

Óscar Herradón ©

Fotograma de Stalker (1979) de Andrei Tarkovski.

Me sumergí por primera vez en la magnética prosa de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski tarde, he de reconocerlo, cuando llegó a mis manos una joya editada por Sexto Piso, Mil Millones de Años hasta el Fin del Mundo (libro que en su momento reseñamos como merecía en las páginas de la revista Enigmas). Fue en 2017 (aunque los hermanos la publicaron originalmente en 1974) y su lectura me dejó una profunda huella. Me pareció una obra minimalista, de ambiente ciertamente onírico, lejano a la frialdad habitual del género, aunque en ella subyacía un profundo pesimismo, como si en cada una de sus líneas latiera una crítica al mundo, al de entonces –el régimen comunista que, aunque era, al menos de cara a la galería, abrazado por sus autores, expurgaría gran parte del texto original– pero también a la propia existencia humana, y sobre todo, y eso era para mi fundamental, diferente a todo lo que había leído. Aquella distopía doméstica me cautivó, vamos, y por ello, cuando supe que otra de las pequeñas grandes editoriales de nuestro país relanzaba una de las novelas cumbre de los rusos, me lancé a devorarla sin contemplaciones.

La editorial en cuestión es Gigamesh y la obra Stalker. Pícnic extraterrestre, subtítulo más ajustado –y sugerente– al título original. Publicaron la obra por primera vez en 2015 (ahí se me escapó, he de reconocerlo), y ahora la relanzan en una preciosa edición, minimalista, con un interior de cubierta que ya quisieran muchas de las grandes, en su colección «Breve». Y su lectura volvió a remover algo en mi interior. Conocía la obra por la adaptación –muy libre y personal– que el cineasta también ruso Andrei Tarkovsky hizo del texto, con la complicidad de sus autores (co-firmantes del guión). La película es sin duda una obra maestra (vilipendiada y adorada a partes iguales por cinéfagos de todo pelaje), pero el texto es aún más redondo, y por supuesto clarificador (suele suceder con este tipo de obras y su adaptación al cine por genios irreverentes, como pasó con Kubrick y su visión de 2001. Una odisea del espacio, inspirada en el cuento El Centinela de Arthur C. Clarke, no obstante, coguionista del filme).

Stalker se sitúa en la Tierra en un futuro distópico se entiende que no muy lejano –ni preciso–, tiempo después de que unos extraterrestres, en un primer contacto sui géneris, hicieran una parada en el planeta (no tan) azul y, como buenos excursionistas (léase seres humanos), durante su breve incursion dejasen restos de basura tras ellos. Los lugares sembrados por dichos despojos tecnológicos son conocidos como «Zonas», seis concretamente. El protagonista es una suerte de antihéroe desencantado, un hombre corriente y hasta vulgar, con malas pulgas,  de nombre Redrick Schuhart, un ayudante de laboratorio en el instituto internacional que estudia el fenómeno pero que tiene, cual agente secreto de esos que tanto abundaban en la Guerra Fría, una doble vida. Por la noche se convierte en un «stalker»: entra a la Zona para obtener de contrabando tecnología extraterrestre (corriendo el peligro de morir, o de sufrir –él y su progenie– graves malformaciones), y con el anhelo de conseguir la denominada «Piedra o Bola Dorada», una suerte de Grial sideral que concede todos los deseos.

Un discurso que cobra renovada importancia en el mundo pandémico de 2021, asolado por la enfermedad y el cambio climático, es esa «desconexión» entre el hombre, el individuo, y su entorno, un planeta que maltrata y que se revuelve contra su rapiña. ¿Lecturas? Múltiples, tantas como nos permita nuestra imaginación, que jamás será tan portentosa como la de sus autores.

En el prólogo, la renombrada Ursula K. Le Guin, una voz más que autorizada en el género, en relación al sci-fi como vehículo de crítica (velada) político-social, escribe: «La ciencia ficción se presta a subvertir cualquier status quo mediante la imaginación. Burócratas y políticos, que no pueden permitirse cultivar la imaginación, tienden a asumir que todo son pistolas de rayos y tonterías graciosas para los críos».

Los visionarios hermanos Strugatski

Los censores del Kremlin, experimentados y responsables de que obras de gran calidad nunca llegaran a nuestras manos (y que algunos autores acabaran de forma precipitada y trágica su existencia), no supieron –o no quisieron ver– que la fantasía, esos evocadores mundos del sci-fi plagados de alienígenas, naves espaciales, universos de cartón piedra y luces de neón psicodélicas no eran tan inocuos: ofrecían un vehículo inmejorable para criticar al propio sistema y reflejar (con matices) la oscura realidad distópica (pero real) del día a día tras el telón de acero. Otros grandes como el «traidor» George Orwell o Aldous Huxley, muy comprometidos ideológicamente –y luego desencantados– lo supieron ver mucho antes, e inspirarían con fuerza la trayectoria de los rusos menos conformistas. Y eso que los Strugatski, a diferencia de otros compatriotas como Yevgueni Zamiatin (cuya pionera novela distópica Nosotros, principal inspiración de la orwelliana 1984, le costaría una férrea persecución del Estado soviético en los años 20), no cuestionaron nunca al régimen comunista, y fueron habituales de las revistas y publicaciones soviéticas. No obstante (premeditado o no, y cuesta creer que temas tan capitales surgieran per se) por toda su narrativa planea la importancia de la duda y la toma de decisiones individuales (frente a la colectividad) y las numerosas incongruencias del poder absoluto. ¿Les suena?

Ritos y simbología del crimen organizado (IV): Vor v Zakone

Estos días se juzga a los cabecillas de los clanes de la ‘Ndrangheta en Calabria. La Camorra vuelve a estar de actualidad cuando un documental revela cómo los nuevos «capos» de la mafia napolitana son apenas «millennials» que siguen haciendo negocio en plena pandemia y hace unos días que el sicario de la Cosa Nostra Ferdinando «Freddy» Gallina era extraditado desde EEUU a su Italia natal para ser juzgado por tres homicidios «agravados con finalidad mafiosa». El crimen organizado «made in Italy» sigue viva cuando apenas queda un año para que se cumpla medio siglo del estreno en cines de El Padrino, obra maestra por antonomasia del nuevo cine de los setenta. Excusas suficientes para repasar los ritos secretos y los símbolos esotéricos de la Mafia.

Óscar Herradón ©

En la magnífica película Promesas del Este, dirigida por David Cronenberg en 2007, podemos ver un ritual de iniciación en la mafia conocida como Vor v Zakone, un entramado criminal que, además de los rígidos códigos de honor, otorgan gran importancia a los tatuajes –algo que sucede también con la Yakuza japonesa–, a través de los cuales el iniciado puede leer la trayectoria delictiva del «soldado». Son los códigos del Hampa impresos en la piel de unos hombres a los que no les tiembla el pulso a la hora de matar.

Y es que los vor v zakone, cuyo significado en ruso sería algo así como «ladrón en la ley», están relacionados desde su nacimiento con el mundo criminal. La inmensa extensión de Rusia provocó que nacieran grupos de bandoleros y ladrones que actuaban, principalmente, en los numerosos puntos fronterizos del país. Con el estallido de la Revolución Rusa estos grupos de delincuentes no desaparecieron, sino que se hicieron más fuertes, convirtiéndose en un entramado por derecho propio. Este submundo era conocido entonces como vorovskói mir, cuyo significado es «el mundo de los ladrones». Pero tras la formación de la Unión Soviética, y el régimen de acero de Stalin, muchos de estos vory, considerados una amenaza para el establishment, fueron trasladados a los Gulags, los campos de concentración de Siberia donde la gente vivía en condiciones infrahumanas y donde surgiría el concepto de vor v zakone, haciéndose más fuertes –y vengativos– precisamente por el trato recibido. Entonces, intentando burlar a los informantes del KGB, se conformaron como una suerte de sociedad secreta, jurando seguir un código legal dentro de sus acciones delictivas.

Gulag

Tras la caída gradual de la Unión Soviética, los vory alcanzaron un poder cada vez mayor. Muchos empresarios utilizaron a estos sicarios para acaparara los bienes de numerosos sectores económico de la nueva Rusia. Hoy son uno de los grupos organizados más temibles y fuertes del planeta. Los principales delitos en los que están involucrados son la prostitución y la trata de blancas, la extorsión, el tráfico de drogas e incluso órganos, blanqueo de capitales y el asesinato por encargo.

Los Vor v Zakone, los «jefes mafiosos», no suelen aparecer en documentos oficiales ni estampan su firma en ningún sitio, para no dejar huella alguna de su existencia, contando con un numeroso abanico de testaferros y abogados. La jerarquía continúa en sentido descendente con los pakhan, los jefes de las células, cuatro o cinco personas que son responsables de los conocidos como brigadier. Cada célula cuenta con espías a las órdenes de los pakhan que deben controlar las actividades de los subordinados e informar a  la cúpula. El objetivo: evitar que realicen cualquier tipo de actividad a espaldas de los jefes. En el rango más bajo están los soldados, los sicarios y «matones», con una exhaustiva preparación militar.

Los Vor v Zakone solo tienen un código de honor, el Vorovskoy Zakon o «código Vor», que les une de por vida y cuya vulneración se paga con la muerte. Sus leyes propias incluyen 18 puntos, de los que citaré solo algunos: el primero de todos señala que para entrar en la mafia «abandonarás a tus familiares: madre, padre, hermanos y hermanas». No se puede tener una familia propia, ni pareja ni amantes; siempre ayudar a otros miembros –ya sea material o moralmente–; mantener en secreto el paradero de tus cómplices; conocer las tradiciones rusas; no tener nada que ver con las autoridades, no participar en actividades públicas ni unirse a ninguna de las organizaciones de la comunidad, así, el VOR tiene prohibido también usar armas para su uso personal, prestar servicio militar y participar en campos de trabajo.

El crimen impreso en la piel

En su hermética sociedad, el tatuaje tiene una gran importancia, la mayoría de ellos reflejo de su pasado criminal –obtenidos tras su paso por prisión–. Así expresan su pertenencia a este submundo, como sucede con otras mafias con los Yakuza japoneses y algunos narcos mexicanos, organizaciones criminales que, junto a la mafia irlandesa, se extienden por todo el planeta, también con sus propios ritos iniciáticos y leyendas, de las que algún día nos encargaremos en Dentro del Pandemónium.

Ceremonia de iniciación en Promesas del Este (2007)

Los tatuajes carcelarios rusos trascienden la función estética para transformarse en una suerte de código que cuenta la carrera criminal de su portador, determina su vida y esconde un significado que sólo conocen los miembros del clan. Entre los tatuajes abundan referencias al comunismo y representaciones de Stalin o Lenin, que son realmente un rechazo de aquel sistema que los estigmatizó y a las autoridades en general. De hecho, muchos dibujos de esta «piel condenada» son nazis. Además, cuando lucen runas –por ejemplo las SS–, indican que el preso es respetado porque jamás ha confesado ni, por tanto, delatado a nadie.

Aparentemente, la explicación a los tatuajes de los «ladrones en la ley» se halla en la Biblia –los primeros presos de la revolución rusa que fueron enviados a los Gulags eran en su mayoría cristianos–. Según el Génesis, Dios puso una marca permanente en Caín, antes de enviarlo al exilio. De esta forma siempre luciría una señal que lo identificaría como criminal y marginal –los Zakone se enorgullecen de esto–. Los tatuajes servían, por tanto, como sistema de clasificación entre bandas y cada símbolo tenía –tiene aún hoy– un significado concreto. Cada uno de los anillos que lucen en sus dedos hacen referencia a su vida criminal. Los dedos de la mano muestran una calavera por cada asesinato cometido, mientras que las catedrales, iglesias o monasterios representan la cantidad de años que el sujeto ha estado encarcelado –cuantas más columnas y torres tenga el edificio, tantos más años habrá dormido en prisión–.

Los más célebres son las estrellas: cada punta indica un año en prisión. Si los tatuajes de las estrellas se encuentran en las rodillas o en la parte superior del pecho, sobre el corazón, indican que el preso es un Vor v Zakone: las del pecho señalan su compromiso con el modo de vida delictivo mientras que las tatuadas sobre las rodillas significan que el «Ladrón en la ley» no se arrodillará jamás, ante nada y ante nadie.

Puede que en la pantalla de un cine, o en las magnéticas páginas de una novela negra, las desventuras de estos personajes nos puedan hacer sentir cierta complicidad, pero la Mafia, cualquiera que sea su tipo, no es romántica, ni noble, ni atractiva, sino atroz. Su principal lema es la muerte –usada para alcanzar el poder, perpetuarse en él y amasar dinero–, y a ella honran de las formas más brutales que podamos imaginar. Lo mejor, sin duda, es no cruzarse jamás con aquellos que integran estas temibles sociedades.

PARA SABER MUCHO MÁS:

GALEOTTI, Mark: La Ley del Crimen. Los Vorí v Zakone: la mafia rusa más temible. RBA 2019.