Jack Parsons. Científico, ocultista, outsider (I)

21 10 2020

Pionero de la cohetería, multifacético, excéntrico, antisistema antes de que el mismo concepto existiera… y líder de una sociedad secreta que, en las noches de luna llena, realizaba rituales de corte satánico. Jack Parsons es uno de los personajes más singulares del pasado siglo XX, protagonista de una historia tan asombrosa como los relatos pulp que le apasionaban.

Óscar Herradón ©

El singular protagonista de este post vino al mundo un 2 de octubre de 1914 en Los Ángeles y fue bautizado con el nombre de Marvel Whiteside Parsons. Su padre era Marvel H. Parsons y su madre Ruth Whiteside, quienes no tardaron en divorciarse por a las infidelidades del primero. Debido a ello, Ruth dejó de llamar al niño «Marvel» y comenzó a referirse a él como «John», razón por la que existe cierta confusión sobre cuál fue su verdadero nombre. Con los años, la familia acabaría llamándolo «Jack» y es así como es más conocido en la actualidad.

Parece que su infancia fue inestable, siendo acosado por otros chicos. Según afirma él mismo en uno de sus textos, The Book of Antichrist, Parsons habría invocado a Satán cuando tenía 13 años, a finales de 1927 o en 1928, «asustándose cuando apareció». Aunque no refiere la causa de la invocación, pudo estar relacionada con lo que hoy conocemos como bullying. Curioso, no obstante, su temprana afición a ese otro mundo oculto y peligroso.

Por aquel entonces conoció a Edward «Ed» S. Forman, un compañero que se convirtió en su sombra y con el que compartía su interés por las historias de ciencia ficción como las recogidas en la revista Amazing Stories o la visionaria obra de Julio Verne De la Tierra a la Luna. Aficionados a los petardos y las explosiones, ya en 1928 comenzaron a experimentar con pequeños cohetes de combustible sólido en el jardín trasero de los Parsons. En 1932 ambos realizaron un experimento bastante exitoso que anunciaba que su pasión por los cohetes era algo más que un hobbie.

Ese mismo año, Jack comenzó a trabajar en la Hercules Powder Company of Pasadena y un año después se graduó en la University School, una pequeña academia privada. Luego, ambos ingresaron en la University of Southern California, aunque ninguno se graduó.

Willy Ley

Entonces comenzaron a cartearse con algunos especialistas en el campo de la cohetería, como el norteamericano Robert Goddard, que cosechó numerosas críticas de sus compatriotas y con algunos alemanes y rusos que trabajaban en ese campo, como Willy Ley, quien huiría más tarde de los nazis a EEUU y quien era miembro de la German Rocket Society en Berlín, al igual que otro de los grandes genios de este campo, de oscuro pasado, Wernher von Braun.

La curiosidad de los jóvenes pronto tornó en una ambición científica seria que tomaría forma definitiva con la suma al grupo del joven Frank Malina, un estudiante recién graduado en el Instituto Tecnológico de California. Los tres formaron el conocido como «Escuadrón Suicida» (Suicide Squad) –nada que ver con la serie de villanos de DC– en referencia a la peligrosa naturaleza de su trabajo. A finales de los años 30, la cohetería era considerada poco menos que ciencia ficción. Aunque nadie daba un duro por sus esfuerzos, realizaron sorprendentes avances en la creación de combustibles para cohetes, un delicado proceso que exigía la mezcla exacta de sustancias químicas fuertemente inflamables. Desarrollos de combustibles que con los años serían utilizados por la propia NASA.

Miembros de «Suicide Squad» en 1936.

Un laboratorio especial

A finales de 1940, Malina ingresó en la National Academy of Sciences para financiar el estudio de la propulsión a chorro. En 1943, los miembros del Suicide Squad fueron rebautizados con el nombre oficial de Aerojet Engineering Corporation, viendo su trabajo legitimado, tanto que desempeñaron un rol crucial en el seno del Jet Propulsion Laboratory de la NASA, el centro de investigación responsable de enviar artefactos a lugares alejados del espacio. Este laboratorio de la Agencia Espacial comenzó a funcionar en 1920 con el nombre de Guggenheim Aeronautical Institute of Tecnology (GALCIT) financiado por un miembro de la célebre familia Guggenheim. En 1926 se puso bajo la dirección del profesor húngaro Theodore von Kármán, que no tardaría en conocer a Parsons y compañía y en facilitarles para sus pruebas de cohetería unos terrenos de la ciudad de Pasadena, en el Arroyo Seco, justo encima de la conocida como Puerta del Diablo, un nombre que le veía a Jack que ni pintado… Hoy estos terrenos están ocupados por el Jet Propulsion Laboratory de la NASA, que mantiene en silencio cualquier cosa relacionada con el incómodo Parsons.

Jet Propulsion Laboratory

Personaje inquieto y abierto a la experimentación, al mismo tiempo que desarrollaba vanguardistas diseños de propulsión a chorro, con el sueño de que algún día el hombre alcanzara la Luna, Parsons llevaba una doble vida: estaba sumergido en todo un submundo de sociedades secretas, ocultismo y rituales a la luz de ese mismo satélite que anhelaba conquistar con la ingeniería aeroespacial. Unas actividades que, de conocerse en la puritana América de los años 40, le condenarían al ostracismo. O a algo peor.

Y eso no tardaría en pasar. Los medios de comunicación sensacionalistas comenzaron a publicar rumores –eso sí, bastante cercanos a la verdad–, etiquetando al científico prácticamente de «loco», como le sucediera tiempo atrás al pionero Robert Goddard. Pero, ¿qué escondía realmente Jack Parsons?

Visionario, outsider, satanista

A pesar de sus tempranos devaneos en invocaciones diabólicas, parece que lo que dio comienzo a la deriva ocultista de Parsons fue el hallazgo fortuito de un libro en la biblioteca de su colega Robert Rypinski: una copia del texto de Aleister Crowley Konx Om Pax (1907), que se puede conseguir en castellano gracias a una edición bastante reciente de mi querida editorial Valdemar. En palabras del propio Rypinski, aquello significó para Parsons «como agua de verdad para un hombre sediento». Le regaló la copia y éste no tardó en comenzar a cartearse con el que por aquellos años era un paria en su país natal, Inglaterra, y fue tildado por las autoridades británicas como «el hombre más peligroso del mundo».

Líder de la Ordo Templi Orientis –OTO–,  su representante en la zona era Wilfred Talbot Smith. Talbot se había trasladado a Los Ángeles en 1930 y a su llegada empezó a trabajar en la reapertura de la logia Ágape, la primera logia norteamericana de la OTO que fundara el “Frater Achad”, alias ocultista de Charles Stansfeld Jones.

Talbot Smith

La colega de Smith era Regina Kahl, quien actuaba como su Alta Sacerdotisa de la llamada Misa Gnóstica que ideó el propio Crowley y que se detalla en su libro Magick, Liber ABA, Libro IV. Jack Parsons entró en contacto con el hermético círculo de la OTO cuando un colega científico del que se desconoce el nombre le llevó a una reunión en la casa de Smith en Hollywood, tras lo que el científico y su primera mujer, Helen, comenzaron a acudir a los encuentros de la logia y a la Misa Gnóstica semanal. Así, Parsons era, durante el día, estudiante de ciencias físicas, y por las noches, aprendiz y luego adepto a las ciencias ocultas. En palabras de John Carter, uno de sus mejores biógrafos, “esta enigmática fusión de ‘sexo y cohetes’ iba a constituir un desarrollo fascinante en la historia de la industria aeroespacial de Estados Unidos”.

Mientras las mejores revistas científicas comenzaban a hacerse eco de los progresos del grupo de GALCIT (y mientras Malina se distanciaba cada vez más de Parsons y Forman), la National Academy of Sciences duplicó el presupuesto del grupo. Era 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, y mientras Europa se desangraba era cada vez más evidente que EEUU jugaría un papel decisivo en la contienda; también los avances de Parsons.

La iniciación en la logia

Mientras Parsons recibió elogios de gran parte de la industria aeroespacial, entablaba nuevas amistades en su círculo ocultista privado. Conoció a la actriz de cine mudo Jane Wolfe, quien había elegido el nombre mágico de Soror Estai y había llegado a compartir estancia con Crowley en su abadía de Thelema, en Cefalú, Sicilia, de donde tuvo que regresar cuando Mussolini ordenó cerrar el complejo. Wolfe dejó escrito el enorme potencial que tenía Parsons e incluso sobre los “viajes astrales” realizados por éste.

El 15 de febrero de 1941, John y Helen Parsons se unieron a la logia Ágape. Pocas semanas después, Smith escribía lo siguiente al propio Crowley: «Tiene una mente excelente y un intelecto mucho mejor que el mío… John Parsons va a ser valioso».

Continuará en un próximo post. Winter is coming

PARA SABER MÁS:

Hay varios libros en inglés sobre los delirios ocultistas de Parsons y su genialidad en el campo de la cohetería, pero en castellano el mejor trabajo publicado hasta el momento se lo devemos a El Desvelo Ediciones, que nos trajo un edición alucinante de esta historia underground bajo el título de Sexo y cohetes. El mundo oculto de Jack Parsons, de John Carter, que ya había obtenido un considerable éxito en el universo literario anglosajón.





Superstición y brujería en la España de Carlos III

19 10 2020

A mediados del siglo XVIII llegaron a España vientos nuevos, ilustrados. Lejos quedaban ya los tiempos de los cuatro Felipes y de Carlos II el Hechizado, cuando el pueblo de Madrid se reunía en la Plaza Mayor para celebrar un auto de fe en el que se quemaba a algún desdichado acusado de herejía o brujería.

Óscar Herradón ©

Pero las creencias supersticiosas, tan arraigadas en la Península Ibérica, seguían vigentes en el imaginario español, y aún bajo el reinado de Carlos III y su despotismo ilustrado, tiempo en que florecieron las ciencias y las artes, el populacho seguía sin resignarse a abandonarlas, circulando todo tipo de leyendas que muchos consideraban reales.

Un buen día, dos guardias de corps que paseaban por las inmediaciones de los que hoy es el Viaducto madrileño, creyeron ver una extraña sombra que salía de entre las nubes y que tenía forma de anciana vestida de luto y montaba sobre una escoba. Asustados, los guardias entraron en una taberna cercana y tras pedir una buena dosis de vino para reponerse, contaron a los allí presentes lo que habían visto. El mozo de la taberna, acostumbrado a cotilleos y supercherías varias, afirmó que se trataba del «espíritu de Andrea», que de un tiempo a aquella parte venía apareciéndose por las cercanías del Palacio Real. Al parecer, Andrea era una mujer de armas tomar en tiempos del rey Fernando VI, que había muerto de forma misteriosa cuando paseaba por aquella misma zona: un remolino de aire surgió de repente y se la llevó en volandas, sin que se volviera a saber nada más de ella. En los últimos meses varios vecinos decían haberla visto a lomos de una escoba, como los mismos guardias de corps.

Pronto circuló aquel suceso, aderezado por la imaginación popular, por todo Madrid y los alrededores del Palacio Real comenzaron a llenarse de curiosos ávidos por observar a la esquiva Andrea. Ésta, respondiendo a la habitual actitud caprichosa de los «fantasmas», no volvió a aparecer, pero entre la multitud no tardó en aparecer un espontáneo que gritó: «¡Allí, allí!», señalando a lo alto del palacio. Y algunos creyeron ver la figura del demonio allí arriba, totalmente rojo y llameante, con el tridente en las manos paseándose de una nube a otra. Al momento comenzó a llover de forma torrencial y los curiosos no tardaron en afirmar que «el Malo» –que así llamaban entonces al maligno– había provocado aquel diluvio para desbaratar la concentración, celoso de la popularidad de la bruja, toda una estrella del Madrid ilustrado. Los presentes se hicieron la señal de la cruz y no tardaron en encontrar a los culpables de aquello: los ministros extranjeros que había traído Carlos III desde Nápoles…

¡Quiénes podrían ser si no!





Nazis en el Tíbet: la expedición secreta de Himmler

16 10 2020

Uno de los episodios más desconocidos del Tercer Reich fue la expedición alemana que envió al Tíbet el líder de la Orden Negra en 1938 bajo la dirección de su retorcida Ahnenerbe. A través de aquella odisea los nazis intentaban descubrir, cómo no, una vez más, los orígenes de la raza aria; un origen de tintes míticos y connotaciones esotéricas que los dirigentes de las SS creían poco menos que sobrenatural. ¿Cuál fue la verdadera intención de aquella arriesgada epopeya?

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Parece ser que los expedicionarios pretendían, a instancias de Heinrich Himmler, hallar también referencias a Shambhala, un reino mítico que según diversas tradiciones se hallaría escondido en algún lugar más allá de los bastiones nevados del Himalaya, cobijo, quizá, del esquivo «Rey del Mundo», el cual un día, cerca de la perdición –no olvidemos que Europa estaba a punto de enfrentarse al mayor conflicto de la historia– saldrá de su ciudad secreta con un gran ejército para eliminar el odio y comenzar una nueva era dorada de paz y prosperidad –para los nacionalsocialistas, claro, regida por arios–.

Poco después de su vertiginoso ascenso al poder, el Reichsführer tuvo conocimiento de la existencia de un joven oficial alemán cuyos libros sobre sus arriesgados y poéticos viajes por Asia estaba causando furor en Berlín. Se llamaba Ernst Schäfer y ya había llevado a cabo dos peligrosas expediciones a las lejanas tierras del Tíbet, lugar donde Himmler, siguiendo los trabajos de Madame Blavatsky, entre otros, creía que podrían hallarse los orígenes míticos de su «raza divina» que, no obstante, se buscaron en lugares tan remotos como Escandinavia, la propia Alemania e incluso Oriente Medio a instancias de la Ahnenerbe, la Sociedad Herencia Ancestral Alemana, un instituto de investigación creado ex profeso para dar rienda suelta a las obsesiones paganas y ocultistas de Himmler.

En las entrañas del Reich milenario

Consumado cazador, Schäfer fue el primer occidental que abatió a un oso panda y en sus viajes se hizo con especímenes prácticamente desconocidos en Europa que engrosarían los museos de ciencias naturales que comenzaron a construirse en el siglo XIX. A su regreso publicó varios libros; lo que no sabía entonces es que realizaría una tercera expedición a aquella misteriosa tierra, esta vez completamente alemana, y Alemania, en los años 30, era el reinado del Tercer Reich.

Ernst Schäfer, al frente de la expedición.

Era ya oficial de las SS, cuando Heinrich Himmler, profundamente interesado en su trabajo, llamó a Schäfer para reunirse con él. Corría el año 1936 cuando Ernst, subteniente de la Orden Negra, entró en el despacho del Reichsführer en Prinz-Albrecht-Strasse, su cuartel general en Berlín, que pude visitar en 2017 y del que solo quedan los cimientos, sobre los que se ha edificado una suerte de museo de la memoria en el corazón de la capital alemana. Cuando Schäfer fue a reunirse con él acababa de fundar la Ahnenerbe y sentía verdadera fascinación por las religiones y la mitología oriental. Al parecer, según su masajista, Felix Kersten, llevaba siempre consigo, como El Corán, un cuaderno en el que había reunido textos del Bhadavad Gîta, la «Canción del Señor» hindú. La lectura de las novelas Demian y Siddhartha de Herman Hesse en su juventud, le llevaron hasta este texto sacro hindú, cuyo mensaje de reencarnación –él que se creía la de Enrique el Pajarero- y karma, abrazó gustoso. Estaba fascinado por el sistema de castas y por su élite, los brahmanes y los kshatriyas guerreros, que aplicaría también a su Orden Negra.

Prinz-Albrecht-Strasse

En 2017 la editorial Pasado & Presente publicó una magnífica edición en tapa dura de las memorias del masajista anotadas y ampliadas por su hijo –pues existe una versión previa de los años sesenta–, Arno Kersten, Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal, donde el lector podrá conocer a fondo la estrecha relación que el médico mantuvo con el Reichsführer y que supuestamente le serviría, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para convencer al líder de las SS de liberar a numerosos presos judíos de los campos de concentración, sobre lo cual hay cierta controversia histórica entre estudiosos.

Había, además, un importante matiz para que las SS pusieran sus ojos en el Tíbet; desde el siglo XIX, como ya vimos, los alemanes miraron hacia Asia Central como cuna de esa raza aria que obsesionaría a los nazis, la tierra de la Gran Hermandad Blanca de Blavatsky. Precisamente allí los investigadores de la calavera debían encontrar vestigios de esa raza “divina”, comprobar teorías como la Cosmogonía Glacial que tanto fascinaba a Himmler y al Führer o la más extravagante de la Tierra Hueca –hoy, tristemente, asistimos a un auge de terraplanistas y otros iluminados, generalmente acólitos de Trump y la ultraderecha–, e investigar sobre exóticas leyendas orientales como Shambhala y Agartha, que habían contribuido a extender en Occidente la citada ocultista rusa y exploradores como el polaco Ferdinand Ossendowski o el también ruso Nicholas Roerich.

En busca de la Arcadia perdida

Capitaneada por Ernst Schäfer la expedición contaba también entre sus filas con Bruno Beger, un joven y aplaudido antropólogo también buscaba los orígenes de esa obsesiva «raza superior», los arios, un pueblo al que él mismo llamaba los «európidos». Desde principios del siglo XIV se había difundido en Alemania la creencia de que las razas arias se habían expandido desde Asia Central, probablemente desde el Tíbet.

El profesor Günther.

El profesor que inculcó a Beger su fanatismo fue Hans F. K. Rassen Günther, para quien el noroeste de Europa era la cuna de los nórdicos. Como en el mito de la Atlántida que cautivó a Wirth, los nórdicos de los que hablaba este personaje se habían llevado con ellos la ciencia de la construcción y un sofisticado sistema social, dejando a su paso dólmenes y círculos de piedra en distintos lugares del mundo. Para Rassen Günther, en la India habían compuesto los Vedas hindúes. Nada menos.

En su camino los arios más débiles habían cedido a la tentación y se habían fusionado con las razas inferiores, derrumbándose el gran imperio nórdico. En los Vedas, afirmaban, resuena el lamento por esa inmoral mezcla de razas, al igual que en el sistema de castas. De aquella «contaminación» de la sangre el profesor culpaba al budismo, como lo haría también Schäfer.

Himmler, que había bebido de las publicaciones de la Sociedad Teosófica alemana y de las descabelladas teorías de la rusa Helena Petrovna Blavatsky, estaba convencido de que en algún lugar del Himalaya podían esconderse refugiados arios. Junto a Schäfer y Beger partirían hacia el Tíbet Karl Wienert, geofísico y Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y el experto en técnica y organización era Edmund Geer, mano derecha del propio Schäfer.

Sin embargo, los preparativos para el viaje no fueron fáciles. En el otoño de 1937, la mujer de Ernst, Hertha, murió de forma accidental durante una cacería, cuando se le disparó un rifle a su marido. Aquella pesada carga agriaría el carácter del alemán, quien tendría problemas con su equipo durante su epopeya. Luego, Ernst tuvo que viajar a Londres para convencer a las autoridades británicas de que les concedieran los permisos para cruzar los territorios pertenecientes a la Corona. Y las autoridades británicas no hacían lo que se dice buenas migas con los alemanes a las puertas de la mayor contienda de la historia contemporánea.

Mientras se hallaba en las oficinas de la Ahnenerbe, Karl María Wiligut, el Rasputín de Himmler, en otro de sus arranques de extravagancia, le pidió que descubriera cuanto pudiese sobre las costumbres matrimoniales en el Tíbet, que quería aplicar en el Reich. A oídos del místico había llegado una leyenda fascinante: las mujeres tibetanas alojaban piedras mágicas en la vagina, y Beger debía «investigar» si era cierto. De si lo hizo o no, y de cómo llevó a cabo tal extravagancia, no tenemos datos.

Una vez en Asia y tras no pocas dificultades, desde la Indian Office enviaron un telegrama en el que se prometía a Schäfer y compañía viajar al norte de Sikkim, pero no más allá. Sir Basil Gould, funcionario político destinado en Gangtok, debía vigilarlos, pero el éxito de los alemanes sería mayor del esperado por los miembros del Foreign Office. Sikkim era un reino montañoso muy pequeño y apartado, pero era una puerta de entrada al Tíbet. Una vez allí, el antropólogo Beger se dedicaría a realizar sus poco éticas mediciones, y es que entre las diferentes tribus del lugar se encontraban los buthia, la élite del Tíbet; la aristocracia tibetana era la que más atraía la atención de los alemanes, pues creían que en ella podría hallarse, quizá, el eslabón perdido de la raza aria ancestral.

El antropólogo racial Bruno Beger.

Beger haría minuciosos análisis de los rasgos físicos de los lugareños –color de ojos, cabello, piel…– y realizaría siniestras «mediciones craneales»: medía la longitud, anchura y circunferencia de sus cabezas, la altura y la anchura de su frente, boca, nariz, pómulos… según la ciencia racial imperante en el Reich, los nórdicos, la raza superior, se distinguían por un frente ancha y un rostro alargado, rasgos que Beger afirmaría encontrar en algunos miembros de la nobleza tibetana.

Utilizaba también máscaras faciales de yeso, material que esparcía sin miramientos sobre el rostro de los tibetanos, que les provocaba ahogamiento, escozor e incluso quemaba su piel. En una ocasión estuvo a punto de provocar la muerte de un joven, Passang, uno de los sherpas de la expedición, quien sufrió convulsiones cuando la pasta de yeso penetró por sus fosas nasales y su boca.

Rumbo a la ciudad sagrada

Gracias a la diplomacia y a sus dotes para la persuasión, Schäfer obtuvo el permiso del Consejo de Ministros tibetano para acceder a la ciudad sagrada de Lhasa. Ningún alemán había logrado tamaña proeza. Fue su primera gran victoria. La larga comitiva iba presidida por banderas con la esvástica  nazi, a pesar de la exigencia de Himmler de que fueran discretos por aquellas tierras.

Durante la mística travesía por Asia, Karl Wienert también trabajaba sin descanso intentando medir el misterioso poder «magnético» de la Tierra, y Sikkim y el Tíbet meridional eran un enigma para los geofísicos. Es posible que Wiener participara del entusiasmo de Himmler por la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger; según él, la raza ancestral aria había descendido a la Tierra envuelta en un manto de hielo, y pensaba que lo había hecho en el Tíbet, donde se hallaban ahora sus oficiales de las SS.

Entretanto, Ernst Schäfer se entregaba de forma enfermiza a la caza para conseguir exóticos especimenes para los museos del Reich. Bruno Beger confirmaría más tarde que Schäfer, realmente fuera de sí, en ocasiones llegaba a beber la sangre de algunas de sus presas tras haberlas degollado. Según éste, le conferían fuerza y potencia, rasgos distintivos de esa raza aria de tintes míticos.

Estaba decidido a llegar hasta el Tíbet, a pesar de los inconvenientes, y mientras se hallaban en Gangtok abasteciéndose de provisiones, les llegó una carta oficial de Himmler que, como recompensa por sus logros, les había ascendido en el seno de la Orden Negra. La expedición, pletórica, partió hacia Lhasa y la noche del 21 de diciembre de 1938 los miembros del equipo celebraron la llegado del solsticio de invierno realizando un ritual pagano: encendieron una hoguera con troncos y ramas secas y cantaron una vieja marcha militar alemana, Flamme Empor «Álzate llama», una especie de talismán del Tercer Reich.

Réting Rinpoché

La mañana del 19 de enero de 1939, la expedición contempló maravillada el palacio de Potala, la fabulosa morada del Dalai Lama en Lhasa. Ahora, sin embargo, la reencarnación del jefe espiritual y político del Tíbet era un pequeño que se encontraba retenido en un monasterio alejado, y en su lugar gobernaba el país un Consejo de Ministros y el poderoso regente Réting Rinpoche, que acabaría recibiendo a los alemanes.

La expedición permaneció en Lhasa mucho más tiempo del que en principio les habían concedido, y pudieron filmar, fotografíar y obtener miles de muestras que servirían para las investigaciones «científicas» de la Ahnenerbe y del retorcido Himmler. Entre otras festividades, pudieron grabar la espectacular ceremonia de celebración del Año Nuevo, con magníficos bailes y mascaradas que mostraban la lucha entre el bien y el mal. Además, Schäfer recolectó numerosas semillas con la intención de sembrar nuevas variedades más duras y resistentes de cereales en el Reich –como sabemos, otra de las obsesiones del Reichsführer desde sus tiempos como estudiante de agronomía–.

Lhasa, Hakenkreuz-Bildhauerei

Durante su estancia, Beger se hizo con una valiosa copia de una enciclopedia del lamaísmo en 108 volúmenes, textos prohibidos a los extranjeros, y hojas sueltas sobre tablillas que –pensaba– podrían arrojar luz sobre la presencia de los antiguos señores arios en el Tíbet. De allí partieron hacia el valle de Yarlung, donde los tibetanos creían que se hallaba el origen divino de sus primeros reyes, que gobernaban desde una gran fortaleza llamada Yumbulagang. Para Schäfer, era un lugar ideal donde buscar los indicios de los primeros señores nórdicos, indicios que los nazis parece que no hallaron.

Después se dirigieron rumbo a Xigaze, la segunda capital más importante del Tíbet; pero el viaje estaba llegando a su fin, pues con los ojos de Hitler puestos en Polonia, era muy posible –como finalmente sucedió– que estallara una guerra en Europa; entonces, los científicos alemanes pasarían de ser incómodos visitantes a enemigos de guerra de los británicos.

Así que, gracias a la ayuda de Heinrich Himmler, que envió fondos, pusieron rumbo a Alemania. Llevaban consigo cientos de pieles, especímenes disecados e incluso animales vivos, entre ellos razas de perros para el Führer, 1.600 variedades de cebada y 700 de trigo y avena… Beger había medido a 376 personas y sacado moldes de cabezas y rostros de otras 17, incluyendo la de dos de las personas más poderosas del Tíbet. Basándose en sus mediciones, el antropólogo, que tiempo después sería uno de los responsables de las atrocidades de la Ahnenerbe en los campos de concentración, como veremos, creía muy probable que la raza nórdica hubiera cambiado el curso de la historia asiática; la prueba residía en los supuestos rasgos nórdicos de los nobles tibetanos: «elevada estatura con largos cabellos», «pómulos retraídos», «nariz muy prominente, recta o ligeramente curvada», «cabello liso y la percepción de sí mismos como dominantes».

A su regreso, los expedicionarios se convirtieron en auténticos héroes. A Schäfer, Himmler le regaló un anillo con la calavera de las SS y la espada ceremonial de la organización, la Ehrendegen, que llevaba grabado un doble rayo rúnico. Ernst aún no tenía 30 años y ya se había convertido en uno de los hombres más célebres del Reich. Sin embargo, no había conseguido llevar a cabo sus planes de emplear Afganistán y el Tíbet como trampolines para el ataque al Imperio británico. Su faceta de explorador era sin duda mucho más eficiente que su faceta de espía del Reich –aspectos que en los miembros de la Ahnenerbe iban muchas veces unidos–.

A su regreso a Alemania, Schäfer montó el documental Geheimnis Tibet, a través de la compañía cinematográfica Tobis, un documento de gran valor hoy en día realizado con las espectaculares imágenes tomadas en los bastiones helados del Himalaya, donde se podía ver la ceremonia sagrada de Lhasa, a Bruno Beger realizando mediciones craneales y máscaras de yeso de los tibetanos o las banderas con la esvástica ondeando en un paisaje helado y prácticamente desconocido para los occidentales de los años treinta del siglo pasado.

Los héroes alemanes del Tíbet no imaginaban lo que les esperaba en tiempos de guerra; algo muy diferente a su epopeya asiática, algo que contaré en otro post.

PARA SABER MÁS:

–HALE, Christopher, La Cruzada de Himmler. La verdadera historia de la expedición nazi al Tíbet. Tempus 2007.

–ENGARHALDT, Isrun: Tibet in 1938-1939: photographs from the Ersnt Schäfer expedition to Tibet. Serindia Publications, 2006.

–HERRADÓN, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MARTÍNEZ PINNA, Javier: Los Exploradores de Hitler. SS-Ahnenerbe. Nowtilus, 2017.