La Conspiración contra Einstein (II)

14 01 2021

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

Einstein y Chaplin (1931)

Dentro del pensamiento conspirativo del todopoderoso J. Edgar Hoover, primera espada del FBI, cuyo feroz anticomunismo no le iba a la zaga a los mayores fanáticos del país de las barras y estrellas –y que se ocupaba mucho más de perseguir a éstos y a espías británicos que a los propios nazis–, todos eran sospechosos, y mucho más aquellos próximos al campo de la ciencia y de la cultura. Albert Einstein, un físico que había trabajado en Alemania y era judío y, por tanto, estigmatizado por los nazis –el propio Hoover era un declarado antisemita–, tenía todas las papeletas de ganarse la desconfianza del jefe absoluto de los federales, incómodo por las declaraciones y excentricidades del físico. Y así fue, según se desprende del expediente que se mantuvo secreto durante décadas.

El polémico libro de Jerome

Aunque culpar a Einstein de lo que sucedió con la bomba atómica sería como echar la culpa a Mahoma por la creación del ISIS, lo cierto es que la ecuación que formuló en 1905 serviría 40 años más tarde, en cierta manera, para fabricar la bomba. Pero además, lo que movió a los mandamases de Washington a decidirse por la carrera nuclear pudo iniciarse por una carta firmada de puño y letra por el a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, mientras en España se desangraban republicanos y franquistas. Leó Szilárd era un físico judío húngaro que, como Albert, se había exiliado a EE UU huyendo del Tercer Reich. Se conocían desde los años 20 cuando ambos habían diseñado y patentado un modelo de refrigeración que trataron de comercializar sin éxito. En diciembre de 1938 los alemanes habían logrado la fisión del uranio y Szilárd, que investigaba la reacción nuclear en cadena, supo que era el primer paso para construir bombas atómicas. Le habían llegado informes de que los nazis, tras la anexión de los Sudetes, estaban intentando apropiarse de las minas de uranio de Checoslovaquia. Sabía que debía alertar a los aliados y que Einstein, que era toda una personalidad, sería un buen reclamo para ello.

Aunque Albert parece que, sorprendido, espetó: «¡Nunca se me había ocurrido!», fue consciente del peligro y aceptó enviar una misiva conjunta al mismo presidente, Franklin Delano Roosevelt. Einstein dictó una primera versión en alemán y Szilard redactó el texto definitivo y corregido en inglés.

Objetivo del FBI

Aunque pueda parecer lo contrario, para dos científicos de prestigio y para el premio Nobel más célebre del siglo XX no fue ni mucho menos fácil encontrar a alguien que entregara la carta en la Casa Blanca sin que se perdiera entre otros montones de documentos. En un principio pensaron en el famoso aviador Charles Lindberg, pero éste era partidario de una paz duradera con el Tercer Reich y había llegado a ser condecorado por Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe alemana. Era un reaccionario poco amigo de «izquierdistas».

Szilárd y Einstein

Finalmente, eligieron como mensajero a Alex Sachs, economista de Lehman Brothers –sí, la misma empresa financiera que sería gatillo de la crisis financiera de 2008– que tenía buena amistad con Roosevelt. En la misiva, fechada el 2 de agosto de 1939 en Peconic, Long Island, Einstein explicaba al presidente la posibilidad «en el futuro inmediato» de que se use uranio para hacer «bombas extremadamente poderosas». Le advertía poco menos que de un Armagedón: «Una sola de estas bombas, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría destruir el puerto por completo, así como el territorio circundante». Teniendo en cuenta que los nazis ya trabajaban en el proyecto atómico –a través del denominado Club del Uranio, Uranverein–, Einstein advertía a Roosevelt de que EE UU debía asegurarse el suministro de uranio y «acelerar» la investigación nuclear.

La carta que «desencadenó» la carrera atómica americana

Aunque hubo más factores que influyeron en tomar aquella decisión, la misiva del físico alemán sin duda surtió su efecto: diez días después de que la recibieran en el Despacho Oval, tomaba forma el llamado Comité Briggs, considerado por muchos el germen del Proyecto Manhattan que comandaría el físico teórico Robert Oppenheimer y desarrollaría finalmente la bomba. Aunque no todos los estudios están de acuerdo en este punto, Cindy Kelly, presidenta de la Fundación por el Patrimonio Atómico, que vela por la memoria del proyecto Manhattan, señala que «La carta no es una anécdota. Convenció a Roosevelt de que había que actuar».

El programa ultrasecreto, que escapa a la intencionalidad de este post, fue muy complejo y supuso toda una amalgama de intereses creados, conspiraciones y espionaje a todos los niveles. De hecho, Einstein fue dejado aparte por un tema exclusivamente político. Probablemente por la inquina de Hoover hacia su persona y los informes que los federales remitieron al Departamento de Defensa sobre su opacidad ideológica. Sin embargo, Fred Jerome señala que otros compañeros suyos que sí formaron parte del Proyecto Manhattan, como Szilard o el propio Oppenheimer, eran igualmente «sospechosos» para los garantes del patriotismo. Muchos de ellos científicos que trabajaron en la planta ultrasecreta K-25 en Oak Ridge.

Base ultrasecreta K-25 en Oak Ridge (Tennessee, EEUU)

Aunque continúa siendo un enigma, sin duda influyó el veto del FBI. A pesar de sus proclamas antibélicas, Einstein tuvo su oportunidad en mayo de 1943, cuando fue contratado por la Armada estadounidense como consejero sobre la guerra submarina y los explosivos de alta potencia. A través de la Oficina de Inteligencia Naval el físico estaba autorizado a investigar cuestiones relacionadas con la guerra, lo mismo que le había prohibido el G-2. El 10 de junio, la ONI (siglas de Office of Naval Intelligence) indicaba: «El jefe de operaciones navales no pone objeciones a la contratación de Einstein».

Del pacifismo al belicismo antinazi

El Premio Nobel, a quien pagaban 25 dólares al día, se entregó en cuerpo y alma a su nuevo trabajo y contribución al esfuerzo de guerra. Su amigo el radiólogo germano-estadounidense Gustav Bucky afirma que le dijo: «Mientras dure la guerra, no quiero trabajar en ninguna otra cosa». Lejos quedaban los tiempos del desarme. La situación que atravesaba el mundo lo necesitaba.

Desde el 18 de junio de 1943 al 15 de octubre de 1944, Einstein envió al teniente de navío y físico Stephen Brunauer informes regulares y detallados sobre problemas relacionados con explosivos de alta potencia. Brunauer informaría tras la guerra que las soluciones del físico alemán habían sido confirmadas en pruebas balísticas como «completamente exactas». Tras aparecer en la prensa fotografías suyas que lo designaban como «hombre de la Armada», Vannevar Bush le pidió que trabajara como consejero para la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico.

Jerome afirma que si las cartas a Roosevelt no fueran prueba suficiente, el trabajo de Einstein para la Armada no deja duda de que respaldó el esfuerzo bélico y según escribió la historiadora de la Física Françoise Balibar, «apoyó el esfuerzo nacional por desarrollar la energía y las bombas nucleares». Sin embargo, cuando su colega Bush, con un importante papel político en el desarrollo atómico, le pidió que ejerciera como consejero, Einstein rechazó la oferta, probablemente molesto por haber sido apartado del Proyecto Manhattan–.

Oppenheimer

De hecho, Roosevelt no compartía la desconfianza de Hoover y el general Strong hacia Einstein de que pudiera ser un peligro para EE UU si se le confiaban secretos militares debido a sus «opiniones izquierdistas». En abril, justo tres meses antes de que el G-2 le negara la credencial de seguridad, el presidente lo invitó a una reunión ampliada del Comité Asesor sobre el Uranio, proponiéndole que sugiriera, incluso, otros posibles participantes.

Diseñando armamento

A pesar de sus proclamas antibélicas, Einstein tuvo su oportunidad de cumplir su deseo de luchar contra los fascismos en mayo de 1943, cuando fue contratado por la Armada como consejero sobre la guerra submarina y los explosivos de alta potencia. A través de la Oficina de Inteligencia Naval, el alemán estaba autorizado a investigar cuestiones relacionadas con la guerra, lo mismo que le había prohibido el G-2. El físico, a quien pagaban 25 dólares al día, se entregó en cuerpo y alma a su nuevo trabajo y contribución al esfuerzo de guerra. Lejos quedaban los tiempos del desarme. La situación que atravesaba el mundo –diría– lo necesitaba.

Desde el 18 de junio de 1943 al 15 de octubre de 1944, Einstein envió al teniente de navío y químico estadounidense Stephen Brunauer –y quien durante la era McCarthy habría de dejar su puesto en la Mariana al serle imposible refutar los cargos anónimos de que era desleal a EE UU– informes regulares y detallados sobre problemas relacionados con explosivos de alta potencia. Brunauer informaría tras la guerra que las soluciones del físico alemán habían sido confirmadas en pruebas balísticas como «completamente exactas». Tras aparecer en la prensa como «hombre de la Armada», Vannevar Bush, con un importante papel político en el desarrollo de la bomba atómica, pidió a Einstein que trabajara como consejero para la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico.

Una de las misivas de Einstein al teniente de navío Brunauer

Jerome afirma que si las cartas a Roosevelt no fueran prueba suficiente, el trabajo de Einstein para la Armada no deja duda de que respaldó el esfuerzo bélico y, según escribió la historiadora de la Física Françoise Balibar, «apoyó el esfuerzo nacional por desarrollar la energía y las bombas nucleares». Sin embargo, cuando su colega Bush le pidió que ejerciera como consejero, Einstein rechazó la oferta, probablemente molesto por haber sido apartado del Proyecto Manhattan.

El final de un genio

Muchos acusan a Einstein de haber comenzado el desastre nuclear. Paradójicamente, aquel que condenó el militarismo, era un pacifista convencido y activo y además sospechoso de desviación ideológica ante el FBI, llegó a ser bautizado por la revista Time en 1945, el mismo año de las detonaciones en Hiroshima y Nagasaki, como «el padre de la bomba atómica»: acompañaba la portada con un hongo nuclear y su celebérrima fórmula «e=mc2». Uno de sus últimos biógrafos, Jürgen Neffe, dijo que «Fue la gran tragedia de su vida».

El físico era alguien tan relevante para la comunidad sionista que en 1952 el primer ministro de Israel, David Ben-Gurión, le ofreció ser presidente, cargo que rechazó con las palabras «No tengo aptitud natural». Einstein moría el 18 de abril de 1955, a los 76 años. El mundo había derrotado al nazismo, pero la Guerra Fría estaba en pleno auge y en EE UU el macarthysmo estaba sembrando el país de delación y sospecha: cualquiera podía ser comunista, era sospechoso de serlo, y la vigilancia recordaba –con la salvedad de las condenas– los tiempos en que miembros de la Gestapo confiscaron su casa de Wansee.

Einstein con Ben-Gurión

Menos de un año antes, el 19 de junio de 1953, el matrimonio formado por los estadounidenses Ethel y Julius Rosenberg fue ejecutado en la silla eléctrica acusado de espionaje: por pasar secretos atómicos a la URSS, lo mismo de lo que el Expediente Einstein acusaba al físico alemán. Fue la primera ejecución de civiles por espionaje en la historia de EE UU, que había llevado también a la silla eléctrica a varios saboteadores nazis en los años 40 «por obra y gracia» de Hoover, el mismo que hasta 1941 mantenía estrechos lazos con el Tercer Reich. Los tiempos no habían cambiado, tan solo el color de las banderas.

PARA SABER MÁS:

Por supuesto, el libro de Fred Jerome, cuya edición en castellano fue publicada por Planeta en 2002 y hoy es un incunable: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX.

Y este pasado 2020 Einstein, como no podía ser de otra manera, no dejó de estar de actualidad, a pesar del Covid y de otros avatares, así que varias editoriales españolas publicaron interesante ensayos sobre el físico que desarrolló la Teoría de la Relatividad, planteados desde muy diversas perspectivas. Veamos tres de los más relevantes:

Ediciones Pasado & Presente lanzaba La revolución inacabada de Einstein. Más allá de la física cuántica, del prestigioso físico teórico Lee Smolin, que trabaja en la Universidad de Pensilvania (EEUU). En las páginas de este ensayo de perfecta factura, como acostumbra a hacer la editorial, el científico embarca al lector en un viaje vertiginoso por las distintas teorías que pretenden superar las limitaciones de lo cuántico. El autor demostrará el acierto de unas pero también cómo muchas otras yerran intentando dar respuesta a esta inquietante cuestión: si el mundo que experimentamos cada uno de nosotros es tan distinto de lo que parece mantener la física cuántica, ¿qué explica que sea como es?

Repasando todas las teorías que parecen viables como alternativa, Smolin ofrece una visión de conjunto mucho más compacta, pues considera a la física cuántica clásica, siguiendo las intuiciones del genial Einstein, incompleta, «solo la parte superficial de algo mucho más profundo».  En cierta ocasión, Smolin declaró que «Puede que haya otros universos mejores que el nuestro», lo que abrió una nueva esperanza para soñadores y creo a su vez un gran revuelo entre los académicos.

Por su parte, Tusquets Editores nos acercaba El desconocido Albert Einstein, de Luis Navarro Veguillas, un recorrido accesible y muy entretenido por las contribuciones científicas de un Einstein no relativista –aquel, por tanto, más desconocido, como reza el acertado título– en campos como la termodinámica, las fuerzas moleculares, el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la estructura dual de la radiación o su posición ante la mecánica cuántica, entre muchos otros estudios tratados con una prosa sencilla y comprensible para los no iniciados en la materia. En tiempos de obligado empoderamiento femenino, el ensayo termina indagando con lucidez la polémica sobre la auténtica responsabilidad que pudo tener Mileva Mari, la primera esposa del físico alemán, en algunas de sus principales aportaciones científicas.

Y para finalizar, recomendamos El Físico y el filósofo, de Arpa Editores, firmado por la doctora en Historia de la Ciencia por la Universidad de Harvard Jimena Canales, una mirada fascinante al debate que a comienzos de los años 20 del siglo pasado cambió nuestra percepción de una de las principales características del Universo: el tiempo. Era un 6 de abrill de 1922, en París, cuando Albert Einstein y Henri Bergson debatieron publicamente sobre este esquivo y decisivo concepto físico. El físico alemán consideraba que la teoría del tiempo que postulaba su contrincante era «una noción psicológica y superficial, irreconciliable con las realidades cuantitativas de la física». El filósofo galo, por su parte, quien consideraba que un concepto de tal importancia no debía entenderse exclusivamente a través de la reducida lente de la ciencia, criticó la teoría del científico alemán por ser «una metafísica injertada en la ciencia, una que ignoraba los aspectos intuitivos del tiempo».

Aquel debate abriría una brecha irreconciliable entre ciencia y humanidades que dura hasta hoy. Un texto que no se posiciona a favor o en contra de una de las visiones, sino que abre nuevas formas de pensar sobre la relación entre ambas vertientes. Una relato magistral y revelador sobre cómo se puso a prueba la verdad científica de un siglo dividido en todos los campos, no solo en el académico, también en el político, en plena época de Entreguerras, un tiempo que acabaría llevándonos a la Segunda Guerra Mundial y al lanzamiento de la bomba atómica, episodios en los que la figura de Einstein y sus conceptos del tiempo y del espacio tuvieron un impacto incuantificable.





30 paisajes de la Guerra Civil

11 01 2021

La Editorial LAROUSSE publica este portentoso ensayo, firmado por los investigadores Alberto de Frutos y Eladio Romero García, sobre la contienda que enfrentó a los españoles hace más de 80 años y que arroja luz sobre los espacios que aún quedan de aquel tiempo de sangre y fuego, historiográficamente no tan lejano.

Óscar Herradón ©

Conocí al escritor y periodista Alberto de Frutos en 2007. Llegó, junto a otros compañeros, entre ellos Javier Martín García, a la editorial América Ibérica procedente de uno de esos grupos que ya empezaban a acusar la llamada «crisis del papel» que tiempo después nos azotaría también a nosotros. La crisis de 2008, apenas unos meses más tarde, terminaría de hundir a la prensa escrita, ni qué decir tiene la actual. El tiro de gracia a las rotativas. Ambos, Alberto y Javier, Javier y Alberto –Tanto monta, monta tanto– llegaron como redactor jefe y redactor, respectivamente, de una revista entonces de bastante impacto en las publicaciones históricas españolas, Historia de Iberia Vieja, que con el tiempo terminaría por llamarse Historia de España y el Mundo y que hoy, por desgracia, ha desaparecido.

Formaron equipo, cambiando notablemente su línea editorial, con el periodista Bruno Cardeñosa, su director desde entonces hasta el cierre, y el diseñador gráfico Eugenio Sánchez Silvela. Hasta que llegó el ignominioso 2020, año en que por las veleidades del destino tanto Alberto como un servidor –también Javier meses antes–, entre otros compañeros, nos vimos fuera de una redacción que había sido no nuestra segunda casa, sino muchas veces la primera; quién sabe si a causa de esa dichosa crisis del papel agudizada por lo digital y la falta de kioscos, o vaya usted a saber por qué realmente.

Contradicciones del mercado aparte, lo cierto es que forjé una gran amistad con Alberto de Frutos y Javier Martín, amistad que puedo decir orgulloso que continúa viva aunque ya no compartamos cada día «pupitre» –léase mesa de redacción–, café de máquina y olor a tortilla de patata del bar de la esquina impregnado en nuestras ropas de adolescentes eternos. Pues bien, don Alberto, que tiene un currículum para echarse a temblar y ha ganado más de 100 premios literarios –ahora está centrado en los ensayos, pero sin duda es más un escritor de ficciones y un poeta–, es de esas personas que le sorprenden a uno cada día, por su entusiasmo y buen hacer, por su fidelidad, y sobre todo por su conocimiento, no enciclopédico, que se queda corto, sino «computacional». Como Sheldon Cooper, pero menos friki y real, en este caso en el campo de las humanidades, y no en el de la física.

No soy historiador, aunque son unos cuantos los años dedicados a la divulgación, al periodismo y a la investigación histórica. Se puede decir que sin ser un experto no soy lego en la materia, pero nadie con nombre y apellidos –al menos que conozca– llega a los niveles de condensación de la información –sumados a una elocuencia de infarto– de este pequeño gran hombre, al menos en el campo historiográfico, claro. Supongo –lo sé– que de muchas cosas Alberto no tiene ni idea, como cualquiera que no posea el don de la omnisciencia divina. Como todo hijo de vecino, vamos. Pero de esto sí, de esto sí sabe, y mucho. Por eso, cuando me llegó la noticia (me lo dijo tiempo antes, he de reconocerlo) de que LAROUSSE publicaba un nuevo ensayo firmado por él –a cuatro manos con el doctor en Historia Eladio Romero García– no podía sino esperar un trabajo encomiable. Impresión que se tornó certeza cuando recibí el voluminoso libro, profusamente ilustrado a todo color, y entre sus líneas de no tan lejanas batallas y sí viejos rencores se adivinaba la pluma siempre afilada y sabia de mi buen amigo.

Por supuesto, quienes lean esto dirán que no soy objetivo. No lo soy, claro, ninguno lo es, pero tampoco es necesario, el buen hacer sabe apreciarlo cualquiera sin que le digan ni mu. No hacen falta ornamentos. Ni para lo contrario tampoco. Sé de buena tinta que los autores se han recorrido una gran parte de nuestra piel de toro para escarbar entre los pequeños guijarros de memoria que a otros, a pesar de la ingente cantidad de bibliografía de aquella época, para echarse a temblar, se les han escapado. Y el resultado de ese trabajo de investigación y dedicación, de entusiasmo por nuestro pasado/presente y de buen hacer, es este 30 paisajes de la Guerra Civil que hace poco que ha visto la luz en las librerías, esas que siguen temblando ante la incertidumbre pero que se mantienen a flote gracias al tesón y el amor a la cultura, que somos todos –o al menos deberíamos serlo–.

De las grandes batallas a los episodios silenciados

Una obra de impecable factura en una edición fabulosa que ilustra, y qué bien lo hace, nada menos que, como reza su título, 30 escenarios donde se dirimió el futuro de la contienda y con él el destino de los españoles, de los mal llamados «ganadores» y «perdedores», porque aunque unos lo tuvieron más fácil que otros y desde luego en aquella guerra fratricida hubo unos más culpables que otros, y más malvados, todos perdieron, todos los españoles. Muchos también de los que hoy se están yendo sin despedirse azotados por otra guerra silenciosa pero implacable. Como siempre se pierde cuando hay muertos y se tiran bombas, o cuando hay pandemias.

Más que de un paisaje –o de 30–, podríamos hablar, como bien dice Frutos, de una «huella moral», casi un símbolo de permanencia que nos transmite cada imagen, acompañada de numerosos datos y mapas actuales (una rica cartografía elaborada ex profeso para este libro).  Un recorrido gráfico por la Guerra Civil, por lo que queda de aquel enfrentamiento que supuso el prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial y que hoy sigue influyendo, nos guste o no, en nuestras vidas y en el discurso político. Si no que se lo digan a los señores que se sientan en el Congreso.

En sus monumentales páginas –el «tocho» pesa alrededor de 2 kilos– podemos ver qué ha quedado de batallas como Jarama, Brunete, Belchite… pero también se abordan episodios mucho menos conocidos y no por ello poco relevantes, como el asedio de Huesca, la batalla de Lopera o de Cabo Machichaco, la fuga del penal de San Cristóbal y un largo etcétera. Evidentemente, como afirman los autores, hubo que hacer una difícil selección previa o el libro estaría formado por varios volúmenes de gran tamaño.

En definitiva, un LIBRO de LIBROS que el amante de la Historia de España, las dos con mayúscula, incluso de la que fue triste, debe tener en su biblioteca, sin duda en lugar destacado. No se arrepentirá. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.larousse.es/libro/libros-ilustrados-practicos/30-paisajes-de-la-guerra-civil-eladio-romero-garcia-9788418100789/





Demonios de Babilonia (III)

10 01 2021

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».