Un díptico imprescindible sobre el siglo europeo

La Editorial Crítica publica en rústica las dos entregas con las que el prestigioso historiador británico Ian Kershaw, autor de la biografía de referencia sobre Hitler, ha construido su colosal historia general de Europa en el siglo XX: Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 y Ascenso y crisis. Europa 1950-2017: un camino incierto.

Óscar Herradón ©

Leídos juntos, ambos volúmenes –más de 1.500 páginas en total– dibujan un arco que va del hundimiento continental de las dos guerras mundiales a la reconstrucción, la Guerra Fría y las crisis entrelazadas posteriormente. El primer tomo, «Descenso a los infiernos» («To Hell and Back»), cubre lo que algunos historiadores han llamado la guerra de los treinta años: desde el estallido de 1914, aquella Gran Guerra reconvertida más tarde, con el estallido de la siguiente, en 1939, aún más sanguinaria, en la Primera Guerra Mundial, hasta la reconstrucción de 1949.

En el mismo, Kershaw no se limita a los aspectos político-militares, que trata de forma somera, sino que profundiza en las consecuencias sociales del conflicto y, sobre todo, en sus víctimas: los caídos en combate y en los bombardeos, los grupos étnicos perseguidos —el judío como principal, aunque no único— y los millones de desplazados. Aceprensa subraya en la misma línea que el libro retrata sin medias tintas el hundimiento de los valores sobre los que se había asentado la historia europea, aunque cierra con un tono esperanzador al llegar a la reconstrucción de posguerra.

No todas las lecturas académicas han sido igual de favorables. Isaac Martín Nieto, en su reseña para la Revista Universitaria de Historia Militar, reconoce el valor del libro como brújula para navegar las diversas historiografías nacionales europeas, pero señala un defecto de fondo: buena parte de la bibliografía selecta en que se apoya Kershaw está, a su parecer, anticuada, con la mitad de las referencias procedentes de los años sesenta, setenta y ochenta. Martín Nieto pone como ejemplo el tratamiento de España, que considera sesgado por la ausencia de trabajos recientes de hispanistas como Michael Richards, Mary Vincent o Helen Graham, y por una explicación de la derrota republicana en la guerra civil que atribuye en exclusiva al desequilibrio de la ayuda internacional, dejando fuera, por ejemplo, el papel de los pequeños y medianos campesinos en la movilización católica de los años treinta. No obstante, la labor de documentación tras este ensayo es monumental, y muy rigurosa.

Ascenso y crisis

La segunda entrega, «Ascenso y crisis», retoma el relato en 1950 y lo lleva hasta 2017, atravesando la Guerra Fría, la descolonización, la caída del bloque soviético, la reunificación alemana y el impacto de las crisis financieras posteriores a 2008. La propia Editorial Crítica recoge el elogio del prestigioso periodista e historiador británico-estadounidense Harold Evans, muerto en 2020, de su edición original, quien describió el conjunto de los dos volúmenes como una obra de dimensiones épicas que conecta al lector con los grandes problemas de nuestro tiempo.

Leídos como díptico, Kershaw combina el dominio del detalle nacional con una ambición de síntesis que pocos historiadores generalistas logran sostener a lo largo de un siglo entero, y ambos volúmenes evitan el relato exclusivamente político-militar para dar peso a la experiencia social y cultural de los europeos comunes. Pero, como advierten tanto Martín Nieto para el primer tomo como los lectores más críticos del segundo, esa ambición de abarcarlo todo tiene un coste: una base bibliográfica que en ciertas zonas —España es el caso más señalado— no está del todo actualizada, y un tratamiento que se vuelve más desigual cuanto más se acerca a nuestro presente (pensemos que el relato finaliza en 2017, hace casi una década, y todo ha cambiado mucho a nuestro alrededor en estos años). No obstante, su lectura es imprescindible para todo aquel que quiera conocer el mundo tal y como lo vivimos hoy y nos hará repensar Europa y lo que significa ser europeo.

El Renacimiento Oscuro (Crítica)

El profesor de Harvard Stephen Greenblatt publica esta biografía en clave de época sobre Christopher Marlowe, el rival de William Shakespeare que murió acuchillado a los veintinueve años, un libro que ha sido merecedor del libro del año por el New York Times Book Review, Kirkus Review y The Economist.

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Greenblatt, quien ha sido ganador del prestigioso Premio Pulitzer por El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, que ha publicado en español también Crítica, abre el libro, titulado El Renacimiento Oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare, con una anécdota que resume bien el problema de fondo: en 1952, durante unas obras en el Corpus Christi College de Cambridge, aparecieron unos tableros en principio destinados a la basura que resultaron ser un cuadro. Restaurado, mostraba a un joven pálido de pelo cobrizo con la inscripción «aetatis suae 21 1585» y el lema latino quod me nutrit me destruit –«lo que me nutre me destruye»–. Muchos han querido ver ahí el único retrato conocido de Marlowe, aunque el propio Greenblatt admite que había otros alumnos de esa edad en el mismo colegio ese año.

El crítico John Mullan, que reseñó la edición original publicada el pasado año 2025 en The New Statesman, usó precisamente esa imagen para explicar el reto del libro entero: sabemos qué obras escribió Marlowe, dónde estudió y poco más, así que Greenblatt no firma tanto una biografía como un retrato de la época «peligrosa» que le tocó vivir.

Espía, traductor y sospechoso de ateísmo

Marlowe en 1585.

Entre los datos curiosos que rescata el autor destaca el episodio de Cambridge: Marlowe estuvo a punto de no recibir su título por ausencias injustificadas, hasta que llegó una carta del Consejo Privado de la reina (estamos en plena Inglaterra isabelina, por lo que se trataba de la mismísima Reina Virgen) certificando que había prestado «buen servicio a Su Majestad» en Reims, sede del colegio de católicos ingleses exiliados, lo que los historiadores interpretan como una misión de espionaje para el aparato de Francis Walsingham, secretario principal de la soberana desde 1573 y conocido como «maestro de espías», pues filtró agentes por toda Europa, incluido el corazón del Imperio español, principal antagonista de Isabel I.

Antes de eso, Marlowe ya había traducido los Amores de Ovidio, unos poemas de una franqueza sexual que los excluía de cualquier aula. Y las frases blasfemas que se le atribuyen –que Moisés era «un embaucador» o que san Juan Evangelista compartía lecho con Cristo– proceden de delatores de dudosa fiabilidad.

Tamburlaine, el Fausto y una rivalidad discutida

Isabel I.

La crítica, tanto española como extranjera, ha sido bastante unánime a la hora de alabar el libro. Anthony Lane, en The New Yorker, elogia el pulso casi de novela de espías con que Greenblatt narra esta historia, y el Washington Post destaca la capacidad del autor para levantar, sobre pruebas documentales escasísimas, un relato que se sostiene en su profundo conocimiento del siglo XVI, la misma técnica que ya empleó con Shakespeare en El espejo de un hombre, recientemente publicado en una estupenda edición también por Crítica. Ahí entra lo más discutible del libro: Greenblatt da por buena la hipótesis, no exenta de polémica académica, de que Marlowe coescribió las partes segunda y tercera del Enrique VI de Shakespeare, y relega el debate de fuentes a las notas finales en lugar de exponerlo en el cuerpo del texto. El crítico de Goodreads Brendan lo resume con cierta ironía: el propio subtítulo evita nombrar a Marlowe porque, comercialmente, es Shakespeare quien vende libros.

Thomas Harriot

No es fácil rescatar al personaje, ni siquiera a través de la minuciosa labor documental desplegada por Greenblatt, y es que una y otra vez, en palabras del citado Mullan, a Marlowe solo se le vislumbra a través de la vida de otros –el mago y astrónomo Thomas Harriot, el círculo de Walter Raleigh, el empresario teatral Philip Henslowe–, de modo que el propio protagonista queda como una sombra. Es una limitación que el propio autor reconoce de partida, dada la naturaleza «fragmentaria y esquiva» de las huellas que dejó Marlowe antes de morir apuñalado en una taberna de Deptford, en circunstancias que siguen sin aclararse del todo. Al margen de ello, es un relato vibrante, cautivador y un retrato del siglo XVI, el Renacimiento inglés, obligado para todo amante de la historia moderna.