¿Qué es la Gnosis? Nag-Hammadi. Los Evangelios Apócrifos (parte III)

Para poder entender los escritos de Nag-Hammadi, y por extensión todos los textos apócrifos del cristianismo antiguo, entre ellos los Evangelios de Tomás y Felipe, sin duda los más relevantes, es necesario que nos detengamos brevemente en la noción de gnosis y qué se entiende comúnmente por gnosticismo.

Óscar Herradón ©

La palabra gnosis, que proviene de la palabra griega gnôsis (conocimiento) se erigió en concepto fundamental de la doctrina conocida como gnosticismo o movimiento gnóstico. Sus orígenes son bastante oscuros: surgido en el siglo II de nuestra era –aunque algunos autores lo creen bastante anterior– fue el principal competidor del cristianismo ortodoxo, que acabaría venciendo la batalla de la oficialidad.

En sus años de mayor auge (siglos II al III) el gnosticismo no constituyó un movimiento unificado; estaba formado por una serie de escuelas y maestros dispersos que, sin embargo, compartían algunos rasgos comunes, entre ellos el de alcanzar un estado de iluminación interior. El gnosticismo fue una corriente de enorme importancia en Egipto y Palestina durante los siglos I al IV, condenado más tarde a desaparecer, si bien, y aunque perseguido, se mantuvo vigente en algunas escuelas de pensamiento muchos siglos después y fue la vía principal de conocimiento de diversas corrientes, generalmente esotéricas, como la alquimia o el hermetismo, que tuvieron su momento de esplendor durante la apertura cultural del Renacimiento y que, más adelante, volverían a ser perseguidas, algo tristemente habitual en relación a la heterodoxia. En el siglo XX el gnosticismo influyó sobremanera en el psicólogo Carl Gustav Jung, creador de la psicología analítica, quien fuera gran amigo, maestro y más tarde antagonista de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Una doctrina elitista

Aunque difícil de definir con exactitud, pues su esencia se perdió durante muchos siglos, limitada al estrecho círculo de unos cuantos elegidos, para Pierre Crepon, presidente de la Unión Budista de Francia y experto en ciencias herméticas, el gnosticismo es un tipo especial de religiosidad, de actitud existencial. Según esta doctrina, los hombres que penetran el conocimiento a través de la sabiduría y alcanzan la gnosis, pueden acceder a la salvación divina. La gnosis sería, por tanto, una experiencia interior del hombre mediante la cual alcanzaría la iluminación divina; sería muy similar a la vía hacia el Uno cabalística, no en vano, se encuentran tendencias gnósticas en el judaísmo, el islam, el hinduismo y la filosofía griega.

La historiadora Elaine Paigels, una de las máximas autoridades mundiales sobre los Evangelios Gnósticos y el cristianismo de los primeros años, lo define como «el conocimiento de sí mismo como conocimiento de Dios». El enfoque literalista, agnóstico, promovido por Pablo de Tarso y erigido como oficial del cristianismo, es que Dios está fuera del hombre, fuera del Universo, por lo que es necesario la intercesión de mediadores, empezando por el Papa, que nos pongan en comunicación con éste. Para los gnósticos, sin embargo, profundamente influidos por las religiones mistéricas del paganismo, todo es Uno, de esta forma, según Timothy Freke: «Cristo está en ti o tú estás en Cristo»; correspondería a la salvación por la contemplación, una comunicación con Dios buscando en uno mismo, sin la ayuda del Vicario de Cristo, ni de sacerdotes u obispos.

Siguiendo a investigadores como Keith Hopkins o Robert Eisenman, el gnosticismo promueve una religión para el individuo, para el hombre, no para una Iglesia. Consiste en hallar la divinidad por uno mismo: hay en el hombre una chispa divina de la que es inconsciente y que hay que despertar a través de la iniciación que nos lleva a la transformación. La esencia del hombre no es el cuerpo –de ahí que se niegue muchas veces la apariencia física de Jesús en estos escritos-, necesitamos morir el cuerpo y resucitar a nuestra auténtica identidad, que es Cristo, por ello, y para el gnosticismo, todos seríamos, tras la iluminación, un Cristo, pues todos somos hijos de Dios. En el Evangelio de Tomás podemos leer: «Dijo Jesús: ‘Cuando saquéis lo que hay dentro de  vosotros, esto que tenéis os salvará. Si no tenéis eso dentro de vosotros, lo que no tenéis dentro de vosotros os matará’» (Proverbio 70). En otra sentencia se puede leer: «Dijo Jesús: ‘¡Ay de la carne que depende del alma!¡Ay del alma que depende de la carne!’».

Para el autor británico experto en misticismo Peter Gandy, si quieres construir una Iglesia debes afirmar que la salvación solo es posible a través de ella. Si la divinidad puede alcanzarla cada hombre, sin intermediarios, ésta ya no tiene sentido alguno. Por ello el gnosticismo fue perseguido hasta su erradicación.

Mitra

Esta idea de la Transformación, concepto básico del misterio de dioses como Isis, Mitra o Adonis, ponía en serio peligro la edificación de una «casa de Dios» profundamente poderosa y jerarquizada. Era una corriente «demoníaca» y sus textos, escritos malditos que había que destruir a toda costa. La casta sacerdotal se encontraba en peligro y aquello no podía permitirse. Como cualquier otro escrito hereje, o quizá con más razón por su peculiar contenido, los textos gnósticos de Nag-Hammadi merecen el calificativo de «malditos» como pocos en la historia, al menos desde el punto de vista del cristianismo oficial. Los gnósticos fueron los primeros en ser clasificados de herejes por el cristianismo ortodoxo, siendo perseguidos sin misericordia. Sus escritos estaban condenados a desaparecer, pero, en una de esas muchas ironías del destino, llegaron hasta el hombre moderno. ¿Cuántos otros se perderían en ese largo e incierto camino del paso del tiempo?

Heterodoxia cristiana

No obstante, y a pesar del progreso y la supuesta apertura mental del hombre contemporáneo, en pleno siglo XXI la ortodoxia representada por la Santa Sede sigue considerando los Evangelios Gnósticos falsos testimonios, pero lo cierto es que pueden ser tan falsos o verdaderos como los evangelios que en el siglo IV fueron seleccionados como canónicos, según las crónicas, porque una paloma blanca se fue posando en cada uno de ellos (aunque ya sabemos qué bien se le daba al emperador Constantino y a sus acólitos la propaganda). Si estaban inspirados por el Espíritu Santo, cuestionar su verdad sigue considerándose una grave herejía, y es que los siglos XX y lo que llevamos del XXI, aunque de forma más moderada, no han dejado de saborear también las mieles de la intolerancia. Y no solo de parte del cristianismo, más abierto en los últimos años desde algunos sectores a las opiniones disidentes, sino de muchas religiones (por no decir todas) y algunos sistemas políticos encubiertos que, bajo la bandera de la libertad democrática, continúan prohibiendo, censurando y condenando muchos textos, ideas y formas de entender la vida.

A pesar de ello, gracias al gran descubrimiento acaecido en Nag-Hammadi, el gnosticismo ha podido ser estudiado en profundidad por los expertos y su esencia enriquecer nuestra mente y espíritu en una época marcada por un excesivo materialismo. Hablar aquí de cada uno de los textos que se encontraron en Egipto escapa a la intencionalidad de este post; sería arduo y pesado y además, para ello ya tenemos los magníficos textos de expertos en la materia que saben infinitamente más del asunto. Así, me centraré únicamente en el manuscrito considerado más importante de todos los encontrados en Egipto –sin menoscabar la relevancia del de Felipe–: el Evangelio según Tomás. Eso será en una inminente entrada en Dentro del Pandemónium, una cuarta y última entrega sobre tan fascinante asunto.

Nag-Hammadi: los evangelios apócrifos (la Palabra de Dios se tambalea, parte 2)

En diciembre de 1945, cuando el mundo comenzaba a despertar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pastor Mohammed Ali Samman realizó un descubrimiento sin precedentes en la ciudad egipcia de Nag-Hammadi (nombre que en árabe significa «Pueblo de Alabanza»), solo al que dos años después tendría lugar en Qumrán, a orillas del Mar Muerto.

El conjunto de libros de Nag-Hammadi estaba formado por textos religiosos y herméticos, de claro corte gnóstico, algunas obras de sentencias morales, reescrituras de textos clásico –curiosamente La República de Platón- y lo más importante: parte de los llamados Evangelios Apócrifos. Su descubrimiento significó una revolución en la historia de las religiones y, según muchos historiadores, obligaba a una reescritura del cristianismo. La Iglesia católica, sin embargo, se mantuvo firme y condenó estos textos como falsos, apócrifos y no inspirados por el Espíritu Santo.

A pesar de transcurrir 1600 años desde que los cristianos perseguidos los escondieran, y de hallarse en pleno siglo XX, Era supuestamente de la razón y el pensamiento científico, los textos siguieron tildándose desde las altas esferas de la ortodoxia como malditos. No importaba que ofreciesen información vital sobre las enseñanzas de los cristianos primitivos; que, probablemente, fueran escritos algunos de ellos incluso antes que los Evangelios Canónicos -lo que les dotaría de una verosimilitud mayor que la de estos últimos- o que revelasen la verdadera existencia de Jesús en la Palestina de su época. Cuestionaban diecisiete siglos de normas, leyes y «mandatos divinos». Para la Santa Sede eran, y siguen siendo, textos heréticos escritos por personajes ajenos a la divinidad.

Algunos recogían parte del conocimiento hermético proveniente de Egipto y que pasaría a llamarse, los siglos posteriores, Corpus Hermeticum –en el Asclepius se recogen parte de estos dictados-. De claro corte gnóstico, con enseñanzas esotéricas reservadas a unos pocos elegidos, al igual que la mayoría de los Evangelios encontrados, y con un lenguaje difícil, poseían una fuerte inspiración egipcia. El Códice IV de Nag-Hammadi está compuesto por la Ogdoada y la Enneada, y un tercer tratado de título desconocido. Los tres textos exponían el corpus de la doctrina hermética y hablaban sobre el camino iniciático cuya finalidad era la «iluminación divina».

Sin embargo, a pesar del interés que puedan suscitar dichos textos esotéricos y herméticos, los más relevantes de todos los manuscritos encontrados en Nag-Hammadi fueron los Evangelios Gnósticos de Tomás y Felipe, cuyo contenido, desconocido u olvidado por la ortodoxia, ofrece una visión muy distinta de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos.

Antes de adentrarnos en sus desconcertantes páginas, veamos una lista completa de los escritos «malditos» hallados en el Alto Egipto:

Códice I (también conocido como Códice Jung):

  1. Oración del apóstol Pablo
  2. El Libro secreto de Santiago
  3. El Evangelio de la verdad
  4. El Tratado de la resurrección
  5. El Tratado tripartita

Códice II:

  • El Libro Secreto de Juan
  • El Evangelio según Tomás
  • El Evangelio según Felipe
  • El Hipostas de los arcontes
  • Sinfonía de la herejía 40 del Panarion de los arcontes
  • La Exégesis del alma
  • El Libro de Tomás el Atleta

Códice III:

  1. El Libro secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios
  3. Eugnosto el Dichoso
  4. La Sofía e Jesús Cristo
  5. El Diálogo del Salvador

Códice IV:

  1. El Libro Secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios

Códice V:

  • Eugnosto el Dichoso
  • Apocalipsis de Pablo
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Adán

32. Fragmento de Asclepio

Códice VI:

  • Los Actos de Pedro y de los doce apóstoles
  • El Trueno, intelecto perfecto
  • Authentikos Logos
  • Aisthesis dianoia noèma
  • Paso paráfrasis de la República de Platón
  • Discurso sobre la ogdoada y la enneada
  • La Oración de acciones de gracias
  • Apocalipsis de Pedro
  • Enseñanzas de Siluanos
  • Las Tres Estelas de Set

Códice VII:

     33. La Paráfrasis de Sem

     34. El Segundo Tratado del gran Set

Códice VIII:

     38. Zostrianos

     39. La Epístola de Pedro a Felipe

Códice IX:

     40. Melquisedeq

     41. El Pensamiento de Norea

     42. El Testimonio de la Verdad

Códice X:

     43. Marsanès

Códice XI:

     44. La interpretación del conocimiento

     45. Exposiciones valentinianas

     46. Revelaciones recibidas por Allogene

     47. Hipsifrones

Códice XII:

     48. Las Sentencias del Sexto

     49. Fragmento central del Evangelio de la Verdad

     50. Fragmentos no identificados

Códice XIII:

     51. La Protennoia trimorfa

     52. Fragmento del 5º tratado del códice II

Lo más destacable de todos estos manuscritos -algunos repetidos en distintos códices-, además de su importante contenido histórico, es la forma en que fueron redactados, siguiendo los dictados de la doctrina gnóstica, que impregna la totalidad de los textos. En el próximo post reflexionaremos sobre lo que en el seno de las religiones mistéricas de la antigüedad se entendía por gnosticismo.

TO BE CONTINUED…

Nag-Hammadi: los evangelios apócrifos (la Palabra de Dios se tambalea)

En diciembre de 1945, cuando el mundo comenzaba a despertar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pastor Mohammed Ali Samman realizó un descubrimiento sin precedentes en la ciudad egipcia de Nag-Hammadi (nombre que en árabe significa «Pueblo de Alabanza»), solo al que dos años después tendría lugar en Qumrán, a orillas del Mar Muerto.

Óscar Herradón ©

Eran los últimos días de un año en que había sido derrotado el nazismo y Estados Unidos arrojó la bomba atómica, cuando Samman y un compañero cavaban la pedregosa tierra del desierto en busca de sabakh, un fertilizante natural necesario para su trabajo. En cierto momento, la pala del pastor topó con algo duro: al desenterrarlo descubrieron una vasija de terracota de un metro de alto que parecía esconder algo en su interior. En principio dubitativo de si debía o no romperla, pues en la zona estaba arraigada la creencia de que podía habitar en su interior un genio o un demonio –Djinn–, la codicia de encontrar oro en su interior empujó a Samman definitivamente a romperla. Pero allí no encontró oro ni ningún otro tipo de piedra preciosa, tan solo una docena de libros encuadernados en cuero marrón que poco le servían en su quehacer diario. Los llevó a su casa de al-Qasar y durante cierto tiempo algunos pliegos sirvieron de leña para el horno del hogar –estremece el cuerpo pensar que todas aquellas líneas de la antigüedad podrían haber corrido la misma suerte-. Mohammed no era consciente del incalculable tesoro que tenía entre sus manos, mucho más valioso que todo el metal precioso del mundo.

Mohammed Ali Samman con su familia

Los dos pastores habían encontrado nada menos que cerca de mil páginas en papiro –quizá alguna más, pues parece ser que algunas se perdieron para siempre en las llamas de un horno casero-, 53 textos repartidos en 13 códices, cuya antigüedad, aunque profundamente discutida, parece datar del siglo IV d.C. -y algunos de ellos incluso mucho antes-. Los manuscritos estaban escritos en copto sinahídico y fechados en el siglo IV, al parecer, traducciones de textos griegos bastante más antiguos. La zona en que fueron hallados, actualmente conocida como Nag Hammadi, fue en otro tiempo llamada Xhnobockeion, lugar en el que San Pacomio, en el año 320 d.C. fundó el primer monasterio cristiano de Egipto. 67 años después, el obispo Atanasios de Alejandría, siguiendo la ortodoxia impuesta por Roma, emitió un decreto en el que prohibía las escrituras no reconocidas por la Iglesia central. El Concilio de Nicea, donde fueron purgados los Evangelios a instancias del emperador Constantino, convertido al cristianismo, estaba surtiendo su efecto y los evangelios apócrifos corrían el peligro de ser totalmente destruidos. Esto provocó que algunos monjes locales copiaran unas 45 de estas escrituras en los citados 13 volúmenes, las sellaran en una urna y las escondieran en el desierto, donde permanecerían olvidadas durante la friolera de casi 1.600 años.

Una vez que Samman dio con ellos por casualidad, la suerte que corrieron los textos no fue demasiado buena. Además de perderse parte de ellos en el fuego, cuando el autor del hallazgo, asustado por posibles represalias, entregó los códices a las autoridades locales, los manuscritos fueron rápidamente vendidos en el mercado negro, y su historia, a partir de ese momento, recuerda a la de cualquier escrito maldito codiciado por todos. Los códices fueron dispersados divididos en tres partes. La primera fue confiada al religioso Basyl Abd el Masih, y tras varios sobresaltos –terminaron siendo confiscados– depositada más tarde en el Museo Copto del Cairo, actual propietario de los textos, donde fueron estudiados por el egiptólogo francés Jean Doresse, quien resaltó la necesidad de encontrar el resto de los manuscritos perdidos para realizar un análisis en profundidad de los mismos.

Jean Doresse

Una segunda parte de los escritos de Nag-Hammadi cayó en manos del forajido Bahij Ali, quien vendió los mismos por una buena cantidad de dinero al anticuario Phocion Tano. Más tarde fueron comprados por una coleccionista italiana de nombre Dattani. Finalmente, los manuscritos perdidos fueron encontrados, pero aún faltaba una tercera parte. Esta última, también vendida en el mercado negro, fue comprada por el anticuario Albert Eid, quien no la entregó a las autoridades egipcias. Tras años ocultos en una caja fuerte de Bélgica, fueron adquiridos por la Fundación Jung de Zurich, gracias a la intervención del profesor Gilles Quispel. Tras largos años en manos de traficantes y anticuarios, por fin los códices de Nag Hammadi podían ser traducidos y ofrecidos a la opinión pública. La irrefutable verdad de la ortodoxia cristiana iba a tambalearse…

Este post continuará…