Malleus Maleficarum: el libro más peligroso de la historia (I)

La obsesión de la iglesia por erradicar los cultos paganos de brujas y hechiceros, a los que consideraba enemigos mortales de Dios, necesitaba dotarse de un texto que convirtiese en oficial el procedimiento a seguir para la lucha contra el Maligno. En este contexto apareció un libro que ha sido descrito en numerosas ocasiones como «el más funesto de la historia literaria». Con motivo de la publicación de Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate), recordamos el origen de este pérfido volumen.

Óscar Herradón ©

Krämer

Conocido popularmente como «Martillo de Brujos» –Hexenhammer–, fue obra de los inquisidores dominicos Heinrich Krämer –pseudónimo de Enrique Institoris– y Jacob Sprenger. Su maléfica obra se comenzó a escribir a raíz de que el pontífice Inocencio VIII publicase en Estrasburgo su bula Summis desiderantes affectibus, conocida también como «Bula Bruja» y tradicionalmente «Canto de guerra del infierno», el 9 de diciembre de 1484, dirigida, según el vicario de Cristo, a subsanar los errores que el Tribunal del Santo Oficio había cometido en torno a los procesos de brujería.

Reproduciré a continuación algunos extractos de dicha bula que no tienen desperdicio donde se puede apreciar claramente la línea que, a partir de entonces, seguirán los manuales conocidos como «martillos de brujas» y que marcarían el inicio de una política de terror en toda Europa:

Bula de Inocencio VIII

«Nos anhelamos con la más profunda ansiedad, tal como lo requiere Nuestro apostolado, que la Fe Católica crezca y florezca por doquier, en especial en este Nuestro día, y que toda depravación herética sea alejada de los límites y las fronteras de los fieles, y con gran dicha proclamamos y aun restablecemos los medios y métodos particulares por cuyo intermedio Nuestro piadoso deseo pueda obtener su efecto esperado […]».

«Por cierto que en los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la más amarga pena, la noticia de que en algunas partes de Alemania septentrional […] muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonan a demonios, íncubus y súcubus, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado a niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aún, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños […] estos desdichados, además, acosan y atormentan a hombres y mujeres y animales con terribles dolores y penosas enfermedades…; impiden a los hombres realizar el acto sexual y a las mujeres concebir…; por añadidura, en forma blasfema, renuncian a la Fe que les pertenece por el sacramento del Bautismo, y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos […]».

«…y otorgamos permiso a los antedichos Inquisidores –Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger- […] para proceder, en consonancia con las reglas de la Inquisición, contra cualesquiera personas, sin distinción de rango ni estado patrimonial, y para corregir, multar, encarcelar y castigar según lo merezcan sus delitos, a quienes hubieran sido hallados culpables, adaptándose la pena al grado del delito. […] Por Nuestra suprema Autoridad, les garantizamos nuevamente facultades plenas y totales».

Inocencia VIII

El pontífice continúa, en los mismos términos de credulidad supersticiosa, con su sermón antiherético para concluir ofreciendo a los inquisidores todos los medios a su alcance en la lucha contra el mal. Esta iniciativa, por la que se equiparaba el maleficio al grado de herejía, recayendo en la esfera competencial de la Inquisición, servirá de incentivo a las calenturientas mentes eclesiásticas para llevar a cabo un genocidio sin precedentes, basado  únicamente en la creencia en antiguas leyendas y supersticiones grecorromanas adaptadas al Medievo –tales como la capacidad de volar de dichas brujas o su gusto por la carne de los infantes– y en un miedo irracional fruto más del desconocimiento y del temor supercheril que del análisis.

La Bula Summis Desiderantis fue el empujoncito que necesitaban los autores de los «martillos» para dar forma a unas obras enfermas, incoherentes, retóricas y pedantes (aunque fascinantes para el investigador) que, por desgracia, fueron tenidas muy en cuenta durante siglos como códigos a seguir para torturar y asesinar a personas, en su gran mayoría inocentes, al menos de delitos sobrenaturales.

Un exitoso engaño para burlar la censura

El citado Enrique Institor, un teólogo de avanzada edad que había ejercido como inquisidor para el sur de Alemania desde el año 1474, incluyó la polémica Bula contra brujas de Inocencio III al comienzo del «Martillo». De esta forma, el dominico se aseguró la eficacia de su distribución, simulando una autorización papal que no era tal y que brindaba a la obra una oficialidad que, de no existir, hubiese provocado su secuestro en las máquinas de la imprenta. El invento de Gutenberg constituyó una auténtica revolución en la edición de libros, que debían mucho, en el desorbitado aumento de su difusión, al todavía reciente y revolucionario descubrimiento. Dicho avance en el mundo editorial supo aprovecharlo ingeniosamente Institor, como buen propagandista, al igual que la reciente aparición de la prensa, en una época en la que todavía se dejaban ver los efectos que causara, a lo largo de muchos siglos, el oscurantismo medieval, en el que el saber estaba reservado a unos pocos, en su mayoría eclesiásticos.

El éxito del «Martillo» fue enorme. Publicado en 1486, dos años después de que viese la luz la bula Summis desiderantes affectibus, en menos de dos siglos el Malleus Maleficarum contó con 29 ediciones. En 1520 ya contaba con 13 ediciones, mientras que entre 1547 y 1669 llegó a 16, si bien no constan el lugar ni la fecha de publicación. La obra de Krämer se erigió como fuente de inspiración de todos los tratados posteriores sobre el tema, a pesar de que su propia composición debía casi todo a textos previos tales como el Formicarius (1435) y el Praeceptorium, del teólogo alemán y prior dominico Johannes Nider.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Llevo una buena cantidad de años sumergiéndome en todo tipo de literatura relacionada con la brujería, la Inquisición y el ocultismo, pasión que comenzó con la llegada a la redacción de mi añorada revista Enigmas hace la friolera de casi 20 años. Así que cuando se publica un nuevo título centrado en el tema suelo estar atento y no tardar en hincarle el diente, y aunque abundan los textos superficiales o «corta-pega» en este mundo de edición a veces sin control física y digital, lo cierto es que algunos trabajos sorprenden por su meticulosidad y buen hacer.

Es el caso del ensayo Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna, que acaba de lanzar la editorial Debate, uno de los paladines de la divulgación histórica en nuestro país, de la autora Adela Muñoz Páez que, curiosamente, no es ni antropóloga ni historiadora, ni siquiera periodista, sino catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla, eso sí, responsable de exitosos libros de divulgación como Historia del Veneno (2012), Sabias (2017) y Marie Curie (2020), todos ellos publicados en Debate.

Muñoz Páez explora el proceso por el que a comienzos de la Edad Moderna, en el Viejo Continente hoy asolado por nuevas e incomprensibles guerras, se persiguió a centenares de miles de personas, la mayoría mujeres, y se asesinó, que quede constancia documental, a unas 60.000, en el marco de una sociedad patriarcal y temerosa de Dios, profundamente machista, en la que la Iglesia católica (y también la protestante, en cuyo seno se produjo una persecución mucho más virulenta y sanguinaria, mal que le pese a la leyenda negra) decidiría el rumbo a seguir de toda la sociedad, de reyes a labradores.

Alonso de Salazar y Frías

Una institución gobernada por hombres profundamente misógina y que convirtió a la mujer en el chivo expiatorio de todos los males, los del «averno» incluidos. Un libro, además, que desmonta mitos, como que España fue una de las naciones más intolerantes en este punto (fruto nuevamente de la leyenda negra, lo que no exime a nuestro país de ser uno de los principales azotes de protestantes y judaizantes), que las penas más crueles las impuso la Iglesia (no fue así, sino los tribunales civiles) o que la Inquisición fue el principal brazo ejecutor de la caza, pues, curiosamente, se erigió en uno de sus principales opositores (no en vano, fue precisamente el inquisidor burgalés Alonso de Salazar y Frías, que se incorporó al tribunal que juzgó el caso de las brujas de Zugarramurdi cuando ya se habían impuesto la mayoría de penas, el responsable de echar el freno a la Caza de Brujas en nuestro país).

Un completo recorrido por la brujería en la historia moderna que a pesar de su título no se circunscribe únicamente al continente europeo y también se ocupa de casos trasatlánticos como el de Salem, que tiene algunos puntos en común con el de Zugarramurdi (ficciones, presiones eclesiásticas, envidias, teriantropía…) aunque tuvo lugar casi 100 años después y a miles de kilómetros de los frondosos bosques navarros.

He aquí la forma de adquirir el ensayo:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/276340-libro-brujas-9788418619571#

La Marca del Diablo (Nota Diaboli I)

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral; cómo cruzó las puertas de lugar sagrado es asunto aparte… Se habla de numerosos monjes que vendieron su alma al diablo. Quién sabe.

Por Óscar Herradón ©

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer o Jaldabaoth  tiene tantos nombres como adeptos, tradiciones, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», desde Sus Majestades Satánicas –los Rolling Stone– hasta el violinista Paganini o el padre del blues-rock, Robert Johnson.

En este post no voy a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el demonio, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya se ha gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su aliento fétido y su dañina mirada y la de sus prosélitos –ese «aojamiento» o mal de follo tan presente en todos los pueblos bajo diferentes formas– y a conocer sucintamente los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo…

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano lleva años viendo cómo aumenta el número de demandas de exorcismos entre la población, incluso a través de su propia línea telefónica habilitada por la Santa Sede en 2012.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición (hoy podríamos atribuirle el mérito al coronavirus y a una realidad de pandemia casi endémica), se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Göbekli Tepe

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, por citar un ejemplo, el descubrimiento en un ya lejano 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que los antropólogos consideran el primer santuario de la historia, Göbekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Las tentaciones de San Antonio
San Hilario

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre». Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la propia Iglesia católica–.

Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan, éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si queremos adentrarnos en el turbio mundo del «Innombrable» nada mejor que sumergirnos en las páginas de una de las últimas novedades de Blackie Books: el monumental El Gran Libro de Satán, un compendio escalofriante –y seleccionado con mimo– de los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal, en una cuidada edición a cargo de Jorge de Cascante e ilustrada con irónico ingenio por Alexandre Reverdin, los mismos que nos brindaron otros dos exitosos «tochos» lanzados por Blackie: El Gran Libro de los Perros y El Gran Libro de los Gatos. Ahora en una vertiente algo más oscura…

Como bien reza la sinopsis, estamos ante «la antología de literatura diabólica más completa que existe en el mundo». Y es que, ¿qué hacen juntos autores como el estadounidense Clive Barker –responsable de títulos emblemáticos como Libros de Sangre o la saga cinematográfica Hellraiser– y nuestra Ana María Matute? Pues eso… hablar sobre, en función o acerca del maligno y sus prosélitos. Nada menos que 56 piezas largas y más de cuatrocientos pasajes breves de índole nada complaciente –más bien perniciosa– con Satán, Lucifer, Behemoth, El Innombrable… como figura central o secundario imprescindible de la trama, la composición o el verso libre.

Así, el lector que se atreva a penetrar en el oscuro reino del «pandemónium» se topará con poemas, cuentos, ensayos e incluso extractos de novelas de autores tan variopintos como Nathaniel Hawthorne, Sharon Olds, Dante Alighieri, Charles Baudelaire o Ambrose Bierce; de Iris Murdoch a Sara Mesa, pasando por Michael Chabon, Belén Gopegui, Mark Twain, Shirley Jackson o Mijaíl Bulgákov. Y muchos más.

El resultado que brinda tal antología son horas y horas de inquietud y malos pensamientos… DANGER! Avisados quedáis. Si aún así decidís sumergiros en sus páginas, he aquí el enlace para adquirirlo:

CIENCIAS OCULTAS, HECHICERÍA Y MAGIA (BLUME):

La editorial Blume, que siempre nos brinda maravillosas ediciones profusamente ilustradas de las más variadas temáticas, también de los misterios históricos (como resalté en su momento numerosas veces en las páginas de las revistas Enigmas y Año/Cero), publicó hace unos meses un volumen excepcional para aquellos que quieren saber un poco más sobre satanismo, brujería y hechos insólitos: Ciencias ocultas, hechicería y magia: Una historia ilustrada, del escritor británico Christopher Dell, licenciado en Historia del Arte por el Courtauld Institute of Art de Londres, un autor del que en su momento Lunwerg Editores publicó Monstruos. Un bestiario del mundo extraño, otro portento visual que se encuentra entre los volúmenes más preciados de mi escogida (más por rara que otra cosa) biblioteca.

El presente libro de Blume es una cautivadora e inquietante antología del pensamiento esotérico que por supuesto no se olvida del maligno y su perniciosa presencia, como tampoco de la nigromancia, la demonología, los grimorios o la Caza de Brujas. Un compendio mágico que aúna astrología, adivinación, amuletos, tradición hermética, vudú, quiromancia, Tarot, espiritismo, Wicca, teosofía, Magia del Caos, fantasmagoría, lugares mágicos o procedimientos alquímicos.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://blume.net/historia/1857-ciencias-ocultas-heciceria-y-magia-9788417757304.html

Necronomicón. El libro de los nombres muertos

Es uno de los «libros malditos» que más ha dado que hablar en casi un siglo, foco de eterno debate entre estudiosos, historiadores de la literatura y amantes de la ciencia ficción y el terror. ¿Pura ficción? Quizá no tanto…

Óscar Herradón ©

Entre sus páginas se recogen, supuestamente, las fórmulas y rituales necesarios para despertar a terribles dioses antiguos que dominaron el Universo hace millones de años, y que permanecen dormidos en remotas regiones fuera de nuestro espacio-tiempo, esperando que algún alma atormentada o curioso insaciable abra el libro y los despierte. Son los Antiguos o Dioses Primigenios, que supuestamente llegaron a la Tierra antes de todo tiempo conocido, instaurando un reinado de terror, y que fueron expulsados por otras razas fuera de nuestra dimensión conocida. Sin embargo, permanecen en el Exterior, según Lovecraft, esperando la oportunidad de volver a la Tierra y sumir a ésta en un futuro terrible regido por la locura…

El escritor estadounidense, gran apasionado del ocultismo y la magia negra, incluyó entre sus relatos, además de la enigmática historia del Necronomicón, referencias a grimorios reales –y otros ficticios– que probablemente conservaba en su bibliotecas. En El Caso de Charles Dexter Ward, una de las mejores novelas del literato, podemos leer lo siguiente:

«La estrafalaria colección, junto a un conjunto de trabajos vulgares, que el señor Merrit no tuvo reparo en envidiar, reunía a casi todos los cabalistas, demonólogos y magos conocidos por el hombre; y era una isla del tesoro del saber en los dudosos territorios de la alquimia y la astrología. Los Turba Philosophorum de Hermes Trismegisto en la edición de Mesnard, el Liber Investigationis de Geber y la Llave de la Sabiduría de Artephius, estaban allí; junto con el cabalístico Zohar; la recopilación de Peter Jammy sobre Alberto Magno, el Ars Magna et Ultima de Raimundo Lulio en la edición de Zetsner, el Thesaurus Chemicus de Roger Bacon, la Clavis Alchimiae de Fludd y el De Lapide Philosophico coronándolo todo. Judíos y árabes medievales estaban representados con profusión, y el señor Merritt empalideció al coger un elegante volumen conspicuamente etiquetado y ver que se trataba en realidad del prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, del que había oído susurrar cosas monstruosas unos años atrás, tras descubrirse ciertos ritos indescriptibles en el extraño pueblecito de Kingsport, en la provincia de Massachussets-Bay».

Alhazred, el árabe loco

Lovecraft afirmaba que el verdadero nombre del grimorio era Al-Azif, un término utilizado por los árabes para designar el ruido nocturno producido por los insectos que antiguamente representaban el murmullo de los demonios. El autor mencionó su existencia en el año 1927 a su círculo privado de amigos, a los que envió una especie de borrador que incluía la historia del grimorio maldito. Aunque su intención no era publicar el texto, un año después de su muerte, en 1938, la Rebel Press editó ochenta ejemplares en forma de panfleto con la historia del Necronomicón, a modo de homenaje al autor. Desde entonces, el misterio en torno a su historia no hace sino incrementarse con el tiempo.

Su «autor» parece que fue Abdul Alhazred, conocido como «el árabe loco», un poeta que había huido de Sanaa al Yemen hacia el año 700 d.C. y que supuestamente pasó diez años en soledad en el desierto que se extiende al sur de Arabia, conocido como Roba-el-Khaliyeh o «Espacio Vital» de los antiguos. Cuentan las leyendas que este lugar estaba habitado por monstruos terribles y espíritus malignos. Según Ibn-Khallikan, biógrafo de Al-Razhed durante el siglo XIII, en algún punto del desierto el árabe loco había descubierto la famosa Ilrem, una ciudad inencontrable conocida como Ciudad de los Pilares bajo cuyas ruinas se encontraban los anales secretos de la raza de los Antiguos, deidades como Yog-Sothoth y Cthulhu, a la espera de ser despertadas.

Al parecer, cuando Alhazred vivía en Damasco escribió el famoso Necronomicón con sangre humana. Su muerte, en el año 738, está rodeada de un gran misterio: cuentan que fue asesinado y devorado, ya completamente loco, por un monstruo invisible en pleno día en presencia de múltiples testigos. Siguiendo los relatos de Lovecraft se puede reconstruir la trayectoria del misterioso grimorio –la forma en que el autor fue incluyendo referencias al mismo en sus escritos es un ejemplo de ingenio literario digno de alabanza–. En el año 950, un tal Theodorus Philetas de Constantinopla tradujo la obra al griego, bajo el título de Necronomicón o Libro de los Muertos.

A lo largo de un siglo se desataron terribles acontecimientos, al parecer debido a la existencia del libro, por lo que el patriarca Michael mandó destruir todas las copias en la hoguera –el destino de todo buen «libro maldito»–. En el año 1228 Olaus Wormius lo tradujo al latín y en 1232, el pontífice Gregorio IX prohibió tanto la versión griega como la latina. Durante el siglo XV parece ser que en la ciudad española de Toledo se realizó una de las versiones –griega o latina–, ejemplar que se conservaría en el British Museum. En el siglo XVII pudo realizarse también una reedición, que se encontraría en la Bibliothèque Nationale de París, y una versión traducida al inglés antiguo estaría también celosamente guardada en la Universidad de Miskatonic, en la ciudad de Arkham (Salem), entre otras versiones.

John Dee

La edición árabe original se perdió en los tiempos de Wormius, aunque hay vagas alusiones a la existencia de una copia secreta, según el autor de Providence, encontrada en San Francisco a principios de siglo, pero que desapareció en un gran incendio. Igualmente existía una traducción de John Dee, fascinante personaje que ya hemos mencionado en varias ocasiones en «Dentro del Pandemónium», copia que habría poseído el padre de Lovecraft, Winfield Lovecraft, y que podría ser la base de la conocida magia enoquiana de Dee.

Sprague de Camp

El caso es que, a pesar de los estudios realizados por investigadores como Robert Turner, fundador de la sociedad Orden de la Piedra Cúbica o el experto informático David Langford, junto a los «hallazgos» de personajes como L. Sprague de Camp, biógrafo de Lovecraft que afirmaba haber encontrado una copia del verdadero grimorio maldito –junto a los supuestos ejemplares guardados en los citados museos, que parecen ser sin duda falsos–, el texto continúa, si es que alguna vez existió, desaparecido.

Serviría de fuente de inspiración a numerosas novelas, series de televisión y películas, como la descacharrante y sangrienta saga Evil Dead (adaptación catódica incluida protagonizada por el mismo Bruce Campbell, ya más entradito en años y en carnes), pues precisamente un libro maldito llamado Necronomicón, con piel humana y forma de rostro horrible por portada, escrito con sangre, sirve para «desatar todos los infiernos». Que Dios nos coja confesados. Vade Retro!

PARA SABER MUCHÍSIMO MÁS:

Hace casi nueve décadas que murió y aún así el maestro Lovecraft sigue presente en las novedades editoriales año tras año: adaptaciones de sus obras, nuevas traducciones, novelas gráficas de su onírico y extravagante universo de terror cósmico, su propia biografía en viñetas e incluso su atormentada existencia narrada por un inclasificable autor como el francés Michel Houellebecq, tanto o más impenetrable que el propio visionario de Providence. A continuación, repasamos algunos de los últimos lanzamientos con el señor Howard Philips como protagonista absoluto. No merece menos.

Valdemar Gótica

Me atrevería a decir que la obra de Lovecraft en castellano estaría incompleta, o al menos sería menos precisa y sugerente, sin la labor de una de mis editoriales favoritas, Valdemar. Desde hace más de dos décadas, sus editores se han volcado en traernos los mejores autores de la literatura fantástica, sci-fi y de terror, y por supuesto nuestro protagonista es uno de los referentes tanto de su imprescindible colección Gótica, que no para de crecer, como de las páginas de El Club Diógenes y otras.

Lo último que han sacado en su referente en tapa dura negra como las profundidades de la mente de Lovecraft es la reedición de Más allá de los eones y otras historias en colaboración. Debido a la situación de penuria económica que solía arrastrar el autor, no le quedó más remedio que completar los ingresos obtenidos de sus relatos (publicados la mayoría en revistas populares) con otras tareas que no le gustaban tanto, como el asesoramiento y la revisión de textos enviados por otros autores.

Con algunos de los textos se limitaba a una breve revisión de estilo, pero en otros realizaba una reescritura casi completa, con cambios sutiles (o directamente radicales) en el argumento. Los textos que forman esta maravillosa compilación fueron en su mayoría íntegramente escritos por Lovecraft sobre un argumento, a menudo reconstruido, escrito por otros autores como Winnifred Virginia Jackson (que no aportó ni una sola palabra), Adolphe de Castro, Zelia Bishop o Hazel Head, entre otros. Podríamos decir, por tanto, que nos encontramos ante otra obra nueva del maestro del horror, con los ingredientes habituales de su prosa.

Pero si queremos disfrutar del «outsider de Providence» de forma absoluta, nada mejor que hacerse con su narrativa completa en dos volúmenes de la misma colección oscura. No hay nada similar a nuestro alcance. He aquí el enlace:

http://www.valdemar.com/product_info.php?products_id=764

Y también en viñetas…

Por su parte, en 2019 la editorial Oberón (Grupo Anaya) lanzó la biografía de nuestro autor en forma de novela gráfica, un volumen a la altura del maestro (tanto en guión como en trazo, con un dibujo inquietante) con el que disfruté de lo lindo. Su título era Howard P. Lovecraft. El escritor de las tinieblas, en el marco de la colección «Libros Singulares», y todavía puede encontrarse en algunos puntos de venta. Muy recomendable.

Y si lo que pretendemos es echarnos unas risas a costa de inspirarnos –ligeramente– en Lovecrat, además de revisitar las cintas de Raimi tenemos a nuestra disposición un cómic irreverente e inclasificable publicado hace unos meses por Fandogamia Editorial: Perrinowmicon, que ya va por su segunda edición.

En realidad, no se trata de un compendio de fuerzas malignas al estilo del Necronomicón original, aunque sí de toda una amalgama de textos e imágenes sin tabúes, de mal gusto, hirientes, transgresoras y descacharrantes fruto de la retorcida mente del guionista, dibujante, entintador e historietista –ahí es nada– Michael Perrinow, que publicó en Twitter de 2012 a 2016; en una edición coloreada por Sara Cepeda. He aquí el link para hacerse con esta rareza:

https://fandogamia.com/linea-adsl/50-perrinowmicon-2-edicion.html