Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa –para muchos, por desgracia, así sería–. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada (por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada Operación Overlord en el curso de una fiesta en el Claridge londinense).

Rommel con Hitler en 1942.

Entonces existía, según refiere Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por el general alemán Erwin Rommel, encargado de la defensa de Normandía, como «el Día más Largo», el temor de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál sería la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como Operación Bodyguard, que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Teherán: el pistoletazo de salida

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se juntarían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Churchill con Roosevelt en Yalta.

Parece ser que durante la conferencia, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de Bodyguard (Guardaespaldas), si es que no se trata de otro más de esos abundantes episodios apócrifos que salpican los libros de historia y se dan por verdaderos.

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D». La llamada «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el objetivo.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios, como señala el citado Macintyre, estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

Sir Alan Brooke.

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra». Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Materman en The Double Cross System in War, «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Calais… un trampantojo

Calais destruida por los Stukas en junio de 1940.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente, todos los indicios, la mayoría facilitados por agentes dobles, eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como Puertos Mulberry.

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión, y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos, en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Una mansión secreta en la campiña inglesa*

Alan Turing fue un personaje fundamental en la guerra de los códigos de la Segunda Guerra Mundial. Considerado el padre de la informática moderna, sería el responsable de descifrar los mensajes secretos de la máquina nazi Enigma junto a otros brillantes criptógrafos que libraron su propia guerra desde Bletchley Park.

En 1938, el servicio de Inteligencia británico se puso a buscar un lugar en el que instalar el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno y la Escuela de Cifrado (GC&CS, por sus siglas en inglés). Entonces se había sacado a subasta la mansión de Bletchley y sus terrenos, que hasta entonces había sido la vivienda de un rico corredor de bolsa y su mujer, un caserón victoriano que pronto se convertiría en el lugar más secreto de toda Inglaterra. El Gobierno compró parte del terreno y, en agosto de 1939, después de ejecutarse de forma silenciosa la transformación en una blindada instalación militar, el GC&CS trasladó allí su sede.

Turing

Bletchley tenía tres ventajas: a apenas 80 kilómetros de la capital, tenía comunicación directa a través de una vía férrea; se hallaba también relativamente cerca de las universidades de Oxford y Cambridge –donde el jefe del GC&CS reclutó a los mejores criptógrafos y matemáticos del país, entre ellos a Alan Turing–, y disponía de una línea de cableado telegráfico. Una gigantesca secuoya sirvió entonces para camuflar las enormes antenas destinadas a recibir los mensajes en clave del enemigo, interceptados a cientos de kilómetros de allí.

Churchill

Apenas unas semanas después comenzaba la Segunda Guerra Mundial y la carrera contrarreloj para descifrar, con los progresos polacos como base, los mensajes encriptados alemanes. A medida que fue creciendo el volumen de mensajes alemanes que había que «romper», aumentó la necesidad de un trabajo estructurado e industrializado. Los cuatro criptógrafos más destacados, Turing, Gordon Welchman, Stuart Milner-Barry y Hugh Alexander, escribieron una carta al primer ministro, Winston Churchill, muy interesado en lo que sucedía en Bletchley, pidiéndole más personal, algo que el premier ordenó inmediatamente. Así, lo que comenzó siendo una pequeña comunidad de criptoanalistas, pasó a convertirse en un inmenso centro de descodificación donde se reunieron las mentes más brillantes de toda Inglaterra, no solo criptoanalistas o matemáticos, sino también aquellos que eran buenos jugando al ajedrez o resolviendo crucigramas.

Hut 1

Los equipos de Bletchley Park trabajaban en cabañas o «casetas» prefabricadas (llamadas hut), en un total de quince barracones, cada una de las cuales tenía asignado un número en lugar de un nombre para mantener el secreto a toda costa. Por lo general, casi ningún especialista o radioperador que trabajaba en una cabaña conocía el trabajo que se estaba realizando en las otras. Por ejemplo, por citar solo alguna, la denominada «Cabaña 4» se utilizaba para descifrar los mensajes de Enigma enviados desde la «Cabaña 8», con datos de inteligencia diarios cruciales para las batallas en el Atlántico entre submarinos U-boat alemanes y los convoyes aliados. El engaño del Sistema de Doble Cruz que daría lugar a la «Operación Fortitude Sur», fue posible gracias a los mensajes procesados en la «Cabaña 4» los días previos al desembarco de Normandía.

Un grupo de «Rompedores de Códigos» en la Estación X, como se conocía entonces a Bletchley Park.
Enigma

Puestos que los nuevos rotores introducidos en Enigma producían millones de combinaciones posibles de texto cifrado, en Bletchley era necesario encontrar los cambios de los ajustes de la máquina, almacenar los mensajes alemanes –creándose un gigantesco fichero con miles de tarjetas con mensajes o datos recopilados de mensajes anteriores–, descifrarlos, traducirlos del alemán al inglés e interpretar su contenido, quizá el paso más complejo. La configuración del cifrado, una vez comenzó la guerra, cambiaba a diario, y cuantos más mensajes interceptados, se hacía necesario descifrar más rápido su contenido para que no perdieran valor.

Bombas Criptográficas

Bombe

Basándose en el dispositivo diseñado por Rejewski y su equipo, Alan Turing, con la ayuda de Gordon Welchman, construyó una serie de dispositivos electromecánicos a los que denominó Bombes («Bombas Criptográficas»), y cuyo nombre parecía hacer alusión al sonido similar al «tictac» de un reloj cuando generaban combinaciones, o al estruendo de varios de ellos funcionando a la vez. Otra versión apunta a que el nombre elegido aludía a un postre helado local. Estas gigantescas máquinas electrónicas –a las que el propio Turing bautizó con el poético nombre de «diosas de bronce»–, podían comprobar, a gran velocidad, cientos de combinaciones de letras posibles para reducir el número potencial de ajustes de la máquina Enigma de ese día. Con la «Bomba», aumentó la velocidad con la que los británicos podían descifrar el tráfico.

Typex Machine

Asimismo, en el complejo se utilizaban las Typex, una máquina de cifrado británica estándar modificada que lograban que funcionara como las Enigmas, con rotores, teclado y alimentación de papel con una impresora (la Enigma, a pesar de su gran parecido con la máquina de escribir compacta, no utilizaba papel). Las Typex se usaban para convertir el texto cifrado en alemán.

Hut 6

Aunque muchos de los miembros de la Inteligencia británica se mostraron recelosos con el ingenio de Turing, que este desarrolló gracias a los pasos dados por los matemáticos polacos y a haber desarrollado en Cambridge prácticamente la base teórica del ordenador moderno, la necesidad de doblegar a los nazis impuso su criterio y se construyeron las «Cabañas 11 y 11» –esta segunda construida dos años después– para alojar varias decenas de máquinas Bombe que trabajaban de forma ininterrumpida.

Aunque Turing y sus «Bombas» supusieron un gran avance para romper el código Enigma, en Bletchley Park se realizó un impresionante trabajo en equipo en el que todas las aportaciones fueron importantes. Cada una por separado no habrían permitido a los ingleses cosechar el éxito que lograron. Por ejemplo, en 1941, el equipo liderado por el ya citado Dillwyn Knox –un excéntrico personaje que a veces trabajaba en pijama y bata–, el formado por oficiales de la Women’s Royal Naval Service, usando la técnica del rodding, descifró el código naval italiano tras la batalla de Matapan. Tras recuperar blocs de notas y documentos de codificación de Enigma de los submarinos alemanes, junto con transmisiones meteorológicas, pudieron leer finalmente los mensajes de la Enigma que utilizaba la Marina alemana. La obtención de aquellos documentos de codificación alemanes fue posible gracias a que el 7 de mayo de 1941, la Armada Real Británica capturó deliberadamente un barco meteorológico alemán, junto con equipos y código cifrado, y dos días después se capturó el submarino U-110 de la Kriegsmarine, que iba equipado con una máquina Enigma, un libro de códigos, un manual de operaciones y otras informaciones vitales para romper el tráfico submarino de mensajes codificados.

Shaun Wylie

Sin embargo, en febrero de 1942 los alemanes introdujeron una máquina Enigma de cuatro rotores en sus submarinos, mucho más compleja y a la que denominaron con el nombre en clave de Shark. En octubre de ese año, los tripulantes del HMS Petard, arriesgando sus vidas, recuperaron del U-559 que había sido derribado, antes de que se fuera a pique, dos libros de códigos de señales cortas alemanas. Tras enviarlos a Bletchley, Shaun Wylie y los criptógrafos de la «Cabaña 8» consiguieron descifrar Shark. Aquello fue muy importante para tomar ventaja en la batalla del Atlántico que estaba causando millares de muertes y una pérdida incalculable de materiales y provisiones de los aliados. Y así más y más logros en equipo: en 1943, los alemanes, desconfiados de la seguridad de sus transmisiones, introducen un nuevo código meteorológico corto, pero una vez más los especialistas que trabajan en la «Cabaña 8» logran evitar otro «apagón» en la decodificación de mensajes gracias a la introducción de Bombes más rápidas. Shark se vuelve a redescifrar en apenas diez días.

Lorenz

Sin embargo, los alemanes también codificaban con otra máquina conocida como Lorenz, más grande, pesada y compleja que Enigma. Sin embargo, como sucediera aquel lejano día en que los polacos pudieron hacerse, gracias al despiste alemán, con una máquina Enigma en Varsovia, a los aliados volvió a sonreírles la suerte: un operador germano erró al usar Lorenz, enviando un mensaje con la misma configuración de encriptado dos veces –la segunda, usando abreviaturas–, lo que permitió a John Tiltman, jefe de criptografía en Bletchley Park, descifrar su hasta entonces «irrompible» código.

Colossus, el primer ordenador

Colossus

Mientras los alemanes complican el cifrado tanto de Lorenz como de Enigma, en Bletchley hacen llamar a Tommy Flowers, ingeniero del servicio postal. Este, junto a Max Newman, diseñará y construirá el primer ordenador semiprogramable del mundo, al que bautizaron como Colossus, permitiendo doblar el éxito del trabajo de los criptoanalistas de la campiña inglesa.

Eisenhower en vísperas del Día D.

Colossus descifró un mensaje crucial: nada menos que la confirmación de que el ejército alemán esperaba una invasión masiva en Calais, una información decisiva para que el general Dwight Eisenhower se decidiera por Normandía para que tuviera lugar el gigantesco desembarco del 6 de junio de 1944. Los historiadores están convencidos de que los avances realizados en aquel complejo ultrasecreto permitieron que la duración de la guerra más feroz que había conocido el hombre se acortara en dos años. Sin embargo, los logros conseguidos en aquella mansión victoriana lejos de miradas indiscretas continuarían siendo un secreto después de la guerra.

El trágico final de un héroe

Turing, que, a pesar de su carácter excéntrico y su comportamiento asocial, se había convertido en un auténtico héroe de Bletchley y había sido condecorado con la Orden del Imperio Británico –eso sí, no podía divulgar la razón de aquel honor patrio–, en 1952 se enfrentó, a pesar de su impagable contribución al esfuerzo de guerra, a una acusación criminal tras confesar, durante un interrogatorio tras interponer una denuncia por robo –irónicamente, había acudido a las autoridades para buscar justicia–, que había mantenido relaciones sexuales con otros hombres, algo que estaba prohibido en Inglaterra.

Se le imputaron los cargos de «indecencia grave y perversión sexual», los mismos que había enfrentado el escritor también inglés Oscar Wilde medio siglo antes. Dos años después del juicio, a los 42 años, Turing apareció muerto en su casa de Manchester, al parecer tras comer parte de una manzana impregnada con cianuro. Aunque oficialmente el caso fue cerrado como suicidio, aquella misteriosa muerte dio origen a distintas teorías, entre ellas la del asesinato, algo que no ha podido demostrarse.

Turing

En 2009, el entonces primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, emitía un comunicado en el que pedía disculpas en nombre del Gobierno de Su Majestad y la nación por la ignominiosa persecución a Turing, reconociendo la gratitud que debían a este, al igual que a sus compañeros en Bletchley, los aliados. El 14 de abril de 2015, saltaba la noticia de que un «manuscrito perdido» del matemático de Cambridge –un bloc de notas de 56 páginas escrito de su puño y letra, que data de antes de 1942 y que le dejó a su amigo Robin Gandy cuando estaba en pleno proceso de descodificación del código nazi en la mansión victoriana–, había sido subastado por más de un millón de dólares por la casa Bonhams. Su nombre tenía los reconocimientos que sus contemporáneos le negaron.

Décadas de secretos

John Cairncross

En relación con Bletchley Park, el autor británico Sinclair McKay señala que «Hacia el final de la guerra, el complejo era la mayor factoría de secretos jamás construida». Sin embargo, cuando se puso fin al conflicto, Churchill, ordenó destruir todas las instalaciones militares de Bletchley, incluidas las bombas, las Enigma y todos los artilugios empleados para romper el código alemán. Probablemente lo hizo para evitar que los soviéticos se hicieran con dichos secretos a las puertas de la Guerra Fría. Curiosamente, los rusos no solo sabían de la existencia de Enigma gracias a un espía infiltrado en el mismo Bletchley Park (John Cairncross, que trabajaba en la Cabaña –Hut– 3 y que sería uno de los «cinco de Cambridge»), sino que también disponían de sus propias unidades que usaron con fines militares y estratégicos. Se ordenó el secreto y en 1960 se destruyó además la última unidad de Colossus, estando, hasta 1975, vigente una ley británica que prohibía la mera divulgación de su existencia.

Winterbottam

No fue hasta 1967 que David Kahn publicó el libro John Cairncross(«Rompedores de Códigos»), que describía la captura de la Enigma naval del U-505, y aludía a la existencia de un complejo en el que numerosas máquinas «que llenaban varios edificios» permitían leer los mensajes. En 1974, el exoficial de inteligencia F. W. Wintherbottam publicaba su libro y abría la caja de Pandora para que los investigadores comenzaran a indagar qué sucedió en aquel recóndito y hermoso paraje de Bletchley Park durante la guerra.

En febrero de 2006, gracias a un programa de traducción llamado «Proyecto M4», los especialistas lograron descifrar uno de los últimos mensajes que quedaban por descifrar de Enigma tras la rendición alemana, enviado por un submarino desde el Atlántico señalando que se había visto obligado a sumergirse durante un ataque, facilitando las coordenadas de la última localización del enemigo.

Hoy, Bletchley Park, que estuvo a punto de ser demolido en los años 90 para construir un centro comercial, gracias a la campaña iniciada en 2011 con el nombre de Saving Bletchley Park, es un museo visitado cada fin de semana por miles de turistas que recuerda que allí, en tiempos del mal, un grupo de héroes luchó día y noche por la victoria. Su sacrificio permitió ganar una guerra.

*Este texto ha sido extraído del libro Espías de Hitler, Ediciones Luciérnaga, de Óscar Herradón.

PARA SABER MÁS:

De la mano de Pinolia podemos disfrutar del libro Alan Turing: el legado de un genio, coordinado por Daniel Torregrosa, que realiza un minucioso recorrido por la vida y obra del matemático británico desde los tiempos de la decodificación de Enigma hasta la revolución digital en la que estamos inmersos, sobrecogidos por la misma IA y sus múltiples posibilidades –y peligros– que no existiría sin los avances desarrollados por el propio matemático británico.

Visionario, genio matemático, héroe de guerra como hemos visto en el post y víctima de una injusticia histórica, Alan Turing emerge en estas páginas como una de las figuras más influyentes del siglo XX. Su mente prodigiosa estableció los cimientos de la informática moderna y la inteligencia artificial, mientras su vida ejemplifica la lucha contra los prejuicios de una época que no supo comprender su brillantez. Este volumen colectivo traza un recorrido cautivador por su extraordinaria trayectoria: desde una infancia caracterizada por una curiosidad insaciable hasta su decisiva labor en Bletchley Park, esa mansión secreta en la campiña inglesa a 80 kilómetros de la City, donde su ingenio resultó determinante para descifrar los códigos nazis y precipitar el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esta vibrante obra profundiza en sus contribuciones pioneras como la máquina de Turing, concepto revolucionario que sentó las bases teóricas de la computación moderna, junto con su célebre test de Turing, piedra angular en el desarrollo de la inteligencia artificial que continúa desafiando a científicos e ingenieros en la actualidad. A través de un análisis riguroso pero ameno y accesible a todos los públicos, este libro reivindica la figura esencial de Turing y propone una reflexión necesaria sobre cómo sus descubrimientos fundamentales en programación, algoritmos y computación teórica transforman constantemente nuestro presente tecnológico. Una poderosa historia de genialidad, resiliencia y visión científica que sigue inspirando a nuevas generaciones de innovadores y pensadores de todo el mundo.

He aquí el enlace para adquirir esta obra en la web de la editorial: