El diario de la señora Litgi

Norma Editorial publica esta profunda novela gráfica entre la memoria íntima y la reconstrucción histórica.

Óscar Herradón ©

La historia de esta intimista y descorazonadora historia comienza en 2007, cuando su autor, Kim Aubert, al curiosear entre pilas de libros del Mercat dels Encants («Mercado de los Encantos») de Barcelona, se fijó en un viejo diario con tapas de cuero marrón y cierre dorado que compró por tan solo cuatro euros. El diario original, escrito a pluma en catalán con tintas azul y verde, recogía los pensamientos, vivencias y emociones de una joven llamada Mercè Lidgi desde 1938, en plena Guerra Civil Española, cuando apenas contaba con 17 años.

Este será el punto de partida y lo que planea a lo largo de toda la obra: ¿quién tiene derecho a narrar una vida? El diario de la señorita Litgi no es la autobiografía de Mercè, ni tampoco la biografía que ella hubiera autorizado, sino la apropiación compasiva de una subjetividad silenciada. Para evitar posibles problemas legales con los parientes de Mercè, Kim decidió cambiar una letra del apellido original, que pasó de Lidgi a la versión Litgi.

¿Vulneración de la intimidad o rescate del olvido?

La novela gráfica construye una estructura narrativa que navega con agilidad entre el relato íntimo, la reconstrucción histórica y la autoficción. La señorita Litgi (Lidgi) mantuvo sus pensamientos en secreto durante 20 largos años en los que fue escribiendo en su diario: una joven que estudia Medicina y se desliga de su familia para emprender su propio camino, una vida consagrada a esperar algún momento con su amor prohibido. A su vez, con esta intimidad vulnerada (con respeto y mucho cariño, eso sí), se despliega también un sorprendente fresco de la vida cotidiana en los últimos años de la Guerra Civil y la posguerra desde el punto de vista de una clase social que siguió conservando sus privilegios, a pesar de la persecución de la burguesía durante la contienda por parte de las fuerzas de izquierda o el hecho de seguir hablando catalán en la intimidad durante la dictadura franquista.

El resultado es una obra de gran factura técnica (el trazo de Kim es heredero de la línea clara europea pero empapada del expresionismo contenido que ya mostró en otra obra de gran calidad, El arte de volar, que mereció el Premio nacional del cómic y que también publicó Norma Editorial), que plantea más preguntas que respuestas, quizá su mayor virtud: ¿Puede la vida privada ser materia pública sin el consentimiento de su protagonista o lo que se pretende es rescatarlo del olvido? ¿Dónde termina la empatía del autor y dónde comienza la proyección? Kim no elude estas tensiones sino que las convierte en el motor emocional de su relato, y el resultado es una de las novelas gráficas más singulares y éticamente complejas del cómic europeo y español reciente.

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