Este mes en la revista ENIGMAS nos acercamos a Chauchilla, en Perú, al conocido como “Valle de la Muerte”, donde se encuentran algunas de las momias más antiguas del mundo. Estatuas sedentes invulnerables al paso del tiempo…
Además, recorremos los castillos en torno a los cuales circulan leyendas sobre aparecidos y fantasmas. Edificios “encantados” que salpican todo el planeta, desde Venecia a los más conocidos de Escocia, pasando por España o los Estados Unidos y otros prácticamente secretos.
Nos adentramos en el significado de los sueños premonitorios y las investigaciones científicas más recientes que parecen confirmar su realidad.
En las antípodas de nuestra civilización, en el archipiélago de las Nuevas Hébridas, se siguen realizando extraños y extravagantes cultos poco conocidos por el hombre occidental. Son los llamados “Cultos Cargo”, y este mes desvelamos su misterio…
Viajamos también hasta Externsteine, unas ruinas alemanas que las SS de Heinrich Himmler convirtieron en santuario del paganismo, creyendo encontrar entre sus vestigios parte del pasado “glorioso” de los antiguos germánicos.
Y más… Leo Taxil y la masonería satánica, el palacio encantado de Pontejos, El camino de los inmortales; filmoteca, libros, rutas con misterio…
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A finales del siglo XIV tuvo lugar en toda Europa una brutal epidemia de peste que acabó, en muchas zonas, con más del 50% de la población. Las gentes de aquella época creyeron que había llegado el Apocalipsis y que la Providencia castigaba así a los hombres por todos sus pecados. El infierno se hacía realidad sobre la Tierra sembrando de cadáveres y apestados las sucias y abarrotadas calles de las grandes ciudades y de los pequeños pueblos de un extremo al otro del continente…
El hombre medieval estaba sin duda acostumbrado a los contratiempos del destino. Los periodos de hambrunas, carestías de todo tipo y guerras eran algo habitual. Sin embargo, nadie podía imaginarse que la muerte, aquella figura tenebrosa que comenzó a partir de entonces a representarse embozada, siempre acechante entre las sombras, se llevaría por delante a millones de almas como consecuencia del mayor desastre epidémico de la historia: la peste negra.
Todo comenzó en el año 1348, cuando la misteriosa enfermedad, como si de una plaga apocalíptica se tratara, se cebó con la indefensa población de casi todo el continente europeo, asolando ciudades y pueblos enteros y sembrando de cadáveres los campos y las calles de las grandes urbes. La muerte negra, como empezó a conocerse, acabó con casi la tercera parte de la población europea. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se abatían contra los hombres como nunca antes lo habían hecho. Para las supersticiosas mentalidades de la época era el comienzo del fin del mundo, y la sensación de pánico generalizado sólo era comparable, salvando las distancias, a la que se vivió en el umbral del año 1000.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, grabado de Alberto Durero (1498)
Orígenes inciertos
Occidente no se enfrentaba a una epidemia completamente nueva, pues ya en el siglo VI un brote de la enfermedad, conocido como “Peste de Justiniano” asoló gran parte del Imperio Bizantino. Y aunque causó numerosos estragos, no fue comparable, en cuanto a virulencia y catastrofismo, con la pandemia vivida entre 1348 y 1351.
Existen discrepancias entre los historiadores sobre cuál fue realmente el punto de origen de la peste medieval, aunque la mayoría coincide en aceptar que pudo partir de la región de Yunnan, en el sudeste de China, transmitida a través de las caravanas asiáticas que recorrían el Imperio mongol en parte de la Ruta de la Seda. En 1387, millones de personas estaban muriendo en China, la India y en gran parte de las tierras del Islam. A Europa llegaban rumores sobre una terrible enfermedad acompañados de descripcionesapocalípticas sobre el origen de la epidemia, como lluvias de ranas y serpientes, tormentas con fuertes granizadas y rayos y finalmente un humo hediondo y truenos espantosos.
Ese mismo año, el mal debió de entrar en contacto con los europeos en el puerto de Caffa –hoy Teodosia–, entonces colonia de Génova en el Mar Negro, hacia donde acudían las numerosas caravanas citadas. Poco después, la ciudad fue asediada por el khan tártaro Djani Beck, quien se vio obligado a levantar el sitio cuando una misteriosa plaga –la temible peste negra– comenzó a matar sin miramientos a sus tropas. Al general se le ocurrió entonces la brillante y terrible idea de lanzar al interior de la ciudad mediante catapultas los cadáveres pestilentes de centenares de sus soldados, treta mediante la cual pretendía “envenenar a los cristianos” y, como si de una pionera guerra bacteriológica se tratara, logró que la muerte negra penetrara en Caffa. Después, doce galeras ocupadas por genoveses que habían contraído la enfermedad arribaron al puerto de Mesina (Italia) en octubre de 1387 y propagaron la peste de forma increíblemente rápida, mientras otros barcos, también infectados, llegaban desde Oriente a Génova y Venecia. Cuando las autoridades genovesas reaccionaron ya era demasiado tarde. Nada ni nadie podía detener ya a la peste.
Fortaleza en la antigua Caffa, lugar de origen de la peste
Comienza la plaga
Los primeros síntomas de la enfermedad consistían en fiebre elevada y escalofríos, que en ocasiones se confundían con los de otras enfermedades. Poco después hacían acto de presencia angustia y ansiedad, unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos. El paciente, que vivía en una estado de postración constante, perdía en ocasiones el conocimiento, todo ello en medio de fuertes sudores que desprendían un profundo y particular olor, según los cronistas “similar al de la paja podrida”. A ello se unían terribles dolores de cabeza, desnutrición, sensación de asfixia, grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina.
Pero, aunque desagradable, aquello no era lo peor: pronto aparecían hinchazones en las ingles, bajo las axilas o detrás de las orejas –allí donde se encontraban los ganglios linfáticos–, signos inequívocos de que la letal enfermedad estaba actuando. En ocasiones alcanzaban el tamaño de una manzana o un huevo, por lo que el vulgo comenzó a llamarlos “bubones”, palabra derivada del griego boubon –bulto, tumor–, que dio origen a la denominación de “peste bubónica”, también conocida como “peste negra”, pues los bultos, manchas y úlceras adquirían un color negruzco. No era extraño que los bubones supurasen, generando un horrible hedor y, si llegaban a romperse, producían en el paciente un dolor prácticamente indescriptible. Cuando la infección derivaba en infección pulmonar –la conocida como variante neumónica–, el paciente tenía pocas posibilidades de salir con vida, además de convertirse en peligroso foco de contagio, al poder transmitir la enfermedad por el aire, a través de la tos, de forma similar a la gripe. Cuando esto sucedía el enfermo presentaba bronquitis aguda, dolor en el tórax e incluso broncopulmonía de tipo hemorrágico que provocaba que expulsara esputos sanguinolentos.
Grabado medieval en el que se pueden apreciar los bubones en los afectados por la terrible epidemia.
Otra de las consecuencias de la peste bubónica era el delirio –delirium–, un estado alucinógeno generado por la fiebre que provocaba en muchos casos que algunos enfermos sufrieran accidentes e incluso se suicidaran. La arcaica medicina de los galenos de la época atribuía el contagio al aire viciado y a la falta de salubridad en las ciudades –lo cual no era del todo desacertado–, pero no sería hasta 1894 cuando se descubriera finalmente el mecanismo de contagio de la peste: la pulga de la rata negra –rata de cloaca– o xenopsylla cheopis. La enfermedad pasó a denominarse entonces Yersinia Pestis, en honor a su descubridor, el suizo Alexandre Yersis, discípulo de Pasteur, quien realizó sus investigaciones durante un brote epidémico que azotó Hong-Kong a finales del siglo XIX.
Sin embargo, en la Baja Edad Media se creía que el mal se debía, cuando no a la ira de Dios, a una descompensación de los humores del cuerpo, cuando no a un castigo divino. En una crónica de la ciudad de Mallorca se puede leer que “Las enfermedades que ahora hay vienen y proceden de la superabundancia de sangre, como los dichos médicos dicen y de eso tienen experiencia”. La extracción de esta sangre corrupta era uno de los remedios más utilizados por los galenos y las sangrías se convirtieron en algo común para aliviar los síntomas de los apestados, bien rajando con bisturí o aplicando sanguijuelas sobre la zona afectada, remedio bastante desagradable, pues éstas pueden aumentar hasta ocho veces su propio peso durante la succión. A la larga las sangrías eran una pésima solución, pues dejaban al enfermo más debilitado y por tanto con más riesgo de morir.
Un infierno se abate sobre la Tierra
Los roedores campaban a sus anchas por unas ciudades llenas de suciedad, donde la higiene personal dejaba mucho que desear y en una época en la que se llegó a aconsejar, por ejemplo, lo que recogía la siguiente receta: “Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire corrompido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores”.
En un escenario de tales características la enfermedad tuvo el campo libre para actuar impunemente, sembrando el caos, el terror y la muerte allí por donde pasaba. Nadie creía que las ratas eran en parte las culpables de su transmisión y el hombre estaba acostumbrado a convivir con estos roedores, que se hallaban por todas partes. En los barrios pobres y degradados se hacinaban las gentes humildes siendo un potencial foco de infección. Por si esto fuera poco, Europa estaba sumida en uno de los peores conflictos de la historia: la Guerra de los Cien Años (1339-1453) entre Francia e Inglaterra. Las bajas eran a veces muy numerosas y los campos quedaban regados de cadáveres mutilados y mal enterrados que, una vez corruptos, contribuían a expandir la pandemia.
La muerte negra sumió a reinos y ciudades enteras en la más absoluta ruina y decadencia, y sus efectos fueron atroces, como narró la pluma del genial escritor italiano Giovanni Boccaccio. Los cementerios eran insuficientes para enterrar a los miles de cadáveres que se hacinaban y la burocracia se paralizó casi por completo en las grandes urbes. Para muchos historiadores, la epidemia fue el comienzo del fin del feudalismo. La propagación de la peste provocó también el estallido de focos revolucionarios y grandes desórdenes en importantes núcleos urbanos –como en Flandes y en algunas ciudades italianas–. Las revueltas fueron constantes y en algunos casos llegaron a alcanzar cotas de gran dramatismo, como en la Ciudad Eterna.
"La danza de la muerte" fue reproducida en pinturas y grabados
Las cifras de defunciones hablan por sí solas. Los venecianos morían en la increíble proporción de 600 personas al día. Se estima que Inglaterra perdió el 25 por ciento de su población –en verano de 1348 eran enterrados casi 300 cadáveres al día– y Escocia prácticamente un 30 por ciento. El espectro de la peste fue aún más voraz en Francia y Alemania, donde acabó con la vida de nada menos que el 50 por ciento de su población. Muchas ciudades vieron impotentes cómo sus habitantes disminuían drásticamente. Florencia, con 100.000 habitantes, perdió a la mitad de su población. En Venecia falleció el 60 por ciento de la población –moría la increíble proporción de 600 personas al día– y en Avignon la mitad de sus habitantes. En la sede pontificia, en sólo 6 semanas, 11.000 personas fueron enterradas en un mismo cementerio. Se decidió entonces que el Papa, Clemente VI, bendijera el Ródano e incontables cadáveres se arrojaron al río, que sirvió como sepultura. Sin embargo, aquella precipitada y desesperada acción contribuyó a expandir también la epidemia.
La península Ibérica tampoco se libró del impacto epidémico y en algunas ciudades desapareció más de la mitad de la población, como en Barcelona, donde murieron 38.000 de sus 50.000 ciudadanos. En el Reino de Mallorca, fallecieron alrededor de 9.000 personas. Y la lista es interminable y realmente estremecedora.
Aunque muchos historiadores afirman que desapareció a causa de la plaga el 30% de la población europea, algunos creen que esta tasa llegó a alcanzar el 50%, algo que nunca sabremos con certeza pero que pone igualmente los pelos de punta. Nada a lo largo de la Historia, ni guerras, ni catástrofes naturales, ni siquiera armas de destrucción masiva, han provocado una mortandad tan alta como la peste negra del medievo.
Combatir la enfermedad
La mayor parte de los “médicos” que ayudaron a los apestados eran voluntarios, pues los doctores cualificados por lo general huían, sabedores del peligro que corrían. Para poder ayudar a los apestados y evitar contagiarse, los médicos con el tiempo se protegerían con una vestimenta realmente esperpéntica, que les daba un aspecto algo grotesco. Convencidos de que la enfermedad se transmitía a través del olfato, idearon una máscara que acababa en forma de largo pico de ave –quizá porque al comienzo de la enfermedad se creía que ésta era diseminada por los pájaros y dicha máscara ayudarían a espantarlos–, en cuyo interior introducían distintas hierbas aromáticas que servirían –o eso creían– para neutralizar el aire corrupto y que éste no se introdujera por sus fosas nasales.
El fuerte influjo de las creencias supersticiosas de la época provocó que los doctores llevasen también unos anteojos negros sobre la máscara que creían eran un eficiente amuleto contra el “mal de ojo”, pues no obstante la muerte negra era considerada una plaga maldita. Además, una larga túnica también de color negro cubría su cuerpo, un enorme sombrero protegía su cabeza y portaban una larga vara o bastón de madera y guantes para no entrar en contacto directo con los apestados. Su aspecto grotesco advertía a los transeúntes, de forma indirecta, del peligro de contraer la enfermedad.
Un médico de la peste con su extravagante vestimenta
Con la intención de evitar la dispersión de la pandemia, los cadáveres eran sacados con carretillas fuera de las ciudades, donde se introducían en grandes fosas para ser quemados después. No obstante, durante el tiempo que permanecían a la espera de ser calcinados –varios días debido a la falta de enterradores–, la putrefacción contribuía a propagar aún más el mal.
Procesiones, mártires y flagelos
Bastaron apenas dos o tres años para diezmar Europa, lo que generó dos tendencias realmente opuestas de asimilar lo ocurrido entre las gentes: muchos se dieron al libertinaje, a la bebida y al sexo desenfrenado –incluidos un gran número de clérigos–, que adoptaban esta actitud ante la brevedad de la vida y el acecho inevitable de la muerte; otros, por el contrario, se dedicaron a la existencia beatífica, a la contemplación espiritual, el pietismo y la penitencia.
Flagelantes en plena acción fustigadora
Creían que la peste bubónica no era sino una especie de plaga bíblica que se abatía sobre los hombres para castigarlos por sus pecados. Este clima de histeria y fanatismo religioso provocó que muchas personas comenzaran a automutilarse como forma de redención y penitencia. Se hicieron muy populares las llamadas procesiones de flagelantes, que recorrían ciudades y pueblos azotándose con varas y látigos cual si del mismísimo Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando el perdón entre charcos de sangre.
Los penitentes se fustigaban con látigos de cuero anudados con pinchos de hierro. Algunos sufrían graves heridas entre los omoplatos, y algunas mujeres, extasiadas, recogían la sangre con sus propios vestidos y se la pasaban por los ojos, al creer que era milagrosa. Creían que con esa durísima penitencia se conseguiría mitigar la ira de Dios y aplacar de esta forma la peste. En procesiones que reunían hasta 1.000 fieles, los flagelantes se imponían caminar durante 33 años y medio como los años que vivió Jesucristo. Sin bañarse, abandonando sus bienes y sin practicar sexo, marchaban de ciudad en ciudad realizando actos que hoy catalogaríamos de masoquistas, ante la muchedumbre enfervorecida.
Procesión de flagelantes, por Goya
Las gentes imploraban al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban múltiples misas… Sin embargo, estos multitudinarios actos facilitaron en muchas ocasiones la expansión de la enfermedad.
Por su parte, los astrólogos y algunos médicos creían que la causa de la peste, de los “efluvios malignos del aire”, se encontraba en la influencia de los astros ¡siempre los astros! concretamente en la nefasta conjunción de los planetas Júpiter, Marte y Saturno y también al efecto negativo de eclipses y cometas –al menos esa fue la respuesta que dieron los físicos de la Sorbona al rey francés Felipe VI cuando planteó qué había provocado la corrupción del aire–. En medio de este catastrofismo cogieron fuerza las interpretaciones más descabelladas, como que el mal se producía “por malvados hijos del diablo que con ponzoñas y venenos diversos corrompen los alimentos”, según reza un escrito contemporáneo.
En 1348 la peste negra recorrió a toda velocidad –algo que no se explican algunos investigadores y estudiosos de la Medicina–, sembrando la muerte y la destrucción, un largo camino que iba de Sicilia a Inglaterra, hasta alcanzar su clímax. Fue entonces cuando en Italia las autoridades de la ciudad de Pistoia, convencidas de que Dios estaba castigando al mundo, creían que la ciudad debía purgar sus pecados. Se publicaron ordenanzas que prohibían el juego, la blasfemia y la prostitución. Normas que se empezaron a aplicar en diferentes ciudades y países.
En Alemania las brutales torturas de los flagelantes impactaron sobremanera a las gentes. Era creencia común que la sangre de los mártires era sagrada, por lo que poco a poco este movimiento heterodoxo fue sustituyendo en amplios lugares a la religión oficial, cuyas plegarias no evitaban la muerte de nadie. Miles de fieles seguían en masa a estos personajes, muchos de los cuales se creían dotados de gracia divina a través del sacrificio de su sangre y afirmaban ser capaces de realizar milagros en nombre de Cristo. Aseguraban que los niños fallecidos podían revivir en su seno y el pueblo creía que algunos animales hablaban gracias a su intercesión. Estas asombrosas “facultades”, fruto sin duda del fanatismo y la superstición, no evitaron sin embargo que los cadáveres siguieran amontonándose en las calles.
Los cristianos comunes creían que las procesiones de los flagelantes eran una especie de purificación espiritual que también los elevaba a ellos. El pueblo asociaba su llegada a la desaparición de la terrible enfermedad, por lo que el papa Clemente VI comenzaba a inquietarse. El fanatismo era cada vez más extremo y, para que el Todopoderoso perdonara al hombre, al pecador, en varios lugares se expulsó de las ciudades a las prostitutas y a los judíos –el colectivo más perseguido–, que en ocasiones eran quemados vivos, como si fueran brujas.
Pogromos y persecución religiosa
Para los cristianos medievales los hebreos eran quienes más ofendían a Dios, pues los consideraban los responsables de la crucifixión de Jesús –lo que había despertado la ira divina provocando la epidemia–, así que el odio popular, alimentada por los sermones de curas exaltados y de los flagelantes, se volcó contra ellos. Marcados desde sus orígenes con el estigma de pueblo maldito, el hecho de mantener sus costumbres, su lengua y religión, apartados del resto, les convertía en foco habitual de la ira de los cristianos. Además, practicaban el préstamo de dinero y recaudaban impuestos para la nobleza, lo que para una población que no admitía por principio religioso la usura, constituía toda una verdadera afrenta. Con la llegada de la muerte negra, el odio que se sentía hacia este colectivo desde hacía siglos se volcó contra ellos.
Miles de miembros de este colectivo fueron apaleados y masacrados, en brutales pogromos –persecuciones– por todo el continente. Se les acusaba de algo realmente pintoresco: los hebreos, en medio de un complot pergeñado al parecer por los judíos de Toledo, habían envenenado el agua de los pozos y fuentes de toda la Cristiandad y corrompido el aire, lo que había provocado la peste. Se les sometió a terribles torturas para que confesaran que todos los hebreos eran culpables de conspiración.
Esto provocó grandes matanzas en Carcasona y en Narbona, entre otros lugares. En los guetos millares de personas fueron descuartizadas, degolladas y quemadas vivas por los cristianos. En enero de 1348, 600 judíos fueron quemados vivos en Basilea, matanzas que se repitieron en Zurich y Chillon y que se avivaron en la Corona de Aragón, donde muchos miles fueron pasados a cuchillo. En mayo la aljama judía de Barcelona fue devastada por completo, extendiéndose el odio antisemita a ciudades como Cervera, Tárrega o Lérida.
A pesar de que el papa Clemente VI, desde Aviñón –entonces sede pontificia–, hizo un llamamiento a la población y mediante una bula prohibió las matanzas, los saqueos y la conversión forzosa de los judíos sin juicio previo, afirmando que éstos enfermaban igual que el resto de la población, lo que hacía improbable que fueran los responsables, las persecuciones continuaron, si cabe con más inquina.
El día de San Valentín de 1349, los ciudadanos de Estrasburgo reunieron a 2.000 judíos que acabaron ardiendo en la hoguera. El caos se apoderó detoda Europa, los saqueos fueron cada vez más frecuentes y la violencia se convirtió en una amenaza aún más terrible que la peste.
El principio del fin
Los flagelantes comenzaron a alejarse de su original pietismo y a abandonarse a las orgías, copulando con las mujeres en público completamente ebrios. Muchos maleantes y delincuentes se unieron al movimiento, y saqueaban las Iglesias por las que pasaban. Finalmente, Clemente VI publicaría otra bula en 1349 –Inter sollicitudines-, donde condenaba al movimiento como herético, y acusaba a sus miembros de cometer crímenes que “hacían enojar a Dios”. Algunos de los cabecillas fueron apresados y decapitados en presencia de sus seguidores, y aunque la secta no desapareció por completo, poco a poco fue perdiendo fuerza, al tiempo que desaparecían los terribles efectos de la enfermedad.
Flagelantes
Aquellos judíos que no habían sido asesinados o muertos por la peste, tuvieron que abandonar su hogar y exiliarse. A finales del siglo XIV, en amplios territorios de Francia, Inglaterra y Alemania ya no había ninguno. Sin embargo, éstos fueron acogidos en Cracovia (Polonia), por el rey Casimiro el Grande. Nadie creía entonces que en pleno siglo XX la comunidad hebrea volvería a ser masacrada, esta vez por la ira de los nazis.
La terrible plaga había dejado su huella de muerte y destrucción a lo largo de miles de kilómetros, atormentando el alma de millones de personas y diezmando casi a la mitad la población europea. Con el tiempo los hombres volverían a tomar el control de la situación, pero ya nunca volverían a ser los mismos. Ahora conocían las llamas del infierno.
El poeta italiano Petrarca cantó como nadie el sufrimiento y la pena, la pérdida de los seres queridos que causó la peste bubónica: “Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos… /¡Dónde estáis amigos queridos!/ ¡dónde los rostros amados!/ Éramos una multitud, ahora estamos casi solos…”.
Óscar Herradón. Artículo publicado en la revista ENIGMAS
A finales de los años 40 tuvo lugar en Hollywood (EEUU) una persecución implacable contra todo aquel personaje del mundo del celuloide sospechoso de estar vinculado con el comunismo. Aquel triste episodio de la crónica estadounidense pasó a llamarse la caza de brujas, y supuso el fin de muchas y prometedoras carreras cinematográficas, además de un ataque directo contra los derechos civiles y la libertad de expresión…
En los años 30 del pasado siglo Hollywood resplandecía como pocos lugares del planeta y toda la vorágine humana que lo habitaba –guionistas, actores, directores, buscadores de gloria, cazatalentos, magnates, vividores…– campaba a sus anchas por una ciudad, la“otra Babilonia”, en la que aparentemente todo estaba permitido. Nadie pensaba que en pleno período de Entreguerras, con el gobierno liberal relativamente “de izquierdas” de Roosevelt y su New Deal,un ataque de tal magnitud a la libertad de expresión y de asociación iba a sucederse en esa ciudad que reflejaba como ninguna el ansiado sueño americano.
La gran caza de brujas hollywoodiense tuvo lugar entre los años 1947 y 1956, pero empezó a atisbarse mucho antes y se dejó sentir, aunque de forma más sutil, mucho tiempo después. El auge de los movimientos fascistas en Europa, unido al crack del 29 que arruinó a la mayoría de los americanos, fueron el caldo de cultivo idóneo para un acercamiento de amplios sectores de la sociedad estadounidense a las ideologías de izquierda y el comunismo.
El Comité de la Primera Enmienda en plena protesta
En 1932 un presidente demócrata, Franklin Delano Roosevelt, alcanzaba el sillón presidencial de los EEUU, el mismo año en el que Hollywood sufría un importante varapalo económico que provocó que la patronal de los grandes estudios redujera los salarios de los guionistas nada menos que un 50%.
Debido a estas medidas, fue fundado el sindicato Screenwriters Guild –SGW–, controlado por cineastas de tendencias ideológicas de izquierda, entre otras organizaciones progresistas. En los años siguientes, varias iniciativas de la Administración Roosevelt, como la creación de puestos eventuales de escritores y artistas en paro o la fundación del Federal Theatre, que dio trabajo a unas 17.000 personas –centro de reunión de guionistas, actores y realizadores–, unido al desorbitado auge del sindicalismo,comenzaron a ser vistas como una amenaza entre la derecha. No obstante, el compromiso político de amplios sectores llevó a que se crearan organizaciones que luchaban contra la amenaza fascista europea, como el American Committee for Spanish Freedom, que se creó para ayudar ala República Española, inmersa en la Guerra Civil o la Hollywood Anti-Nazi League, que agrupaba a miembros de distintas ideologías, desde izquierdistas a reaccionarios de derechas –como Clark Gable o John Ford–. Estas y otras tantas instituciones serían años más tarde denunciadas por ser “controladas por los rojos” y servir de tapadera para las actividades llevadas a cabo por el Partido Comunista americano. Una tercera victoria consecutiva de Roosevelt en 1940 tendría como consecuencia un giro radical a la derecha no sólo de los enemigos declarados del New Deal,sino también de miembros del Partido Demócrata, el mismo año que se creaba en Hollywood la Motion Picture Alliance forthe Preservation of American Idealls, una organización de corte ultraderechista que aglutinaba en sus filas a personajes como Gary Cooper, John Ford o Robert Taylor.
Gary Cooper ante la HUAC
Comienza la caza
La verdadera amenaza para los derechos civiles se produjo en 1938, con la creación formal de la Comisión de Actividades Antiamericanas –House Un-American Activities Committee, más conocida por sus siglas HUAC–, por la Cámara de Representantes estadounidense y que entonces era conocida como Comisión Dies, pues su presidente era el congresista texano Martin Dies. Ya entonces la Comisión comenzó a presionar al Consejo de Estado para que investigara si algunas organizaciones violaban las leyes federales, como el Partido Comunista de EEUU o el Bund Germanoamericano. Dichas organizaciones fueron investigadas por el FBI que dirigía entonces J. Edgar Hoover, declarado enemigo del comunismo desde 1919, año en el que sentenció que “el fascismo ha crecido siempre en las ciénagas del comunismo”.
Sería la industria cinematográfica la que sufriría un mayor acoso por parte de la Comisión Dies, hasta el punto de que el antisemita y fascista Edward F. Sullivan llegaría a denunciar a mediados de los años 30 que “todas las fases de actividades radicales y comunistas florecen en los estudios de Hollywood”. En 1940, mientras era aprobada la ley Smitch Act, que prohibía la enseñanza de las doctrinas de Marx y Lenin en toda la nación, la Comisión enviaba 22 convocatorias a varios personajes del celuloide, obligados a comparecer, entre los que se encontraban Humphrey Bogart y el mejor gángster que ha dado la pantalla grande: James Cagney.
Joseph McCarthy, el gran inquisidor
Sin embargo, el acoso al comunismo sufrió un paréntesis con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y muchos de los grandes realizadores americanos, como John Ford, Frank Capra o William Wyler trabajaron para el Ejército en la lucha contra el nazismo, mientras actores, guionistas y otros profesionales de la industria repartían panfletos,organizaban mítines y convocaban manifestaciones en repulsa de la amenaza totalitaria proveniente de Europa. Sin embargo, a partir de 1945 y una vez acabado el conflicto, los viejos fantasmas de la derecha más reaccionaria, nunca dormidos, se despertaron y la Comisión volvió a organizarse mientras la persecución a los “amigos” del comunismo comenzaba a convertirse en una asunto de auténtica histeria en todo el territorio norteamericano. Aunque hacía tiempo que estaban siendo violados los derechos civiles de los americanos. En 1940, el Congreso de EEUU había aprobado la llamada Ley Voorhis, que obligaba a las organizaciones con fiscalización extranjera a inscribirse en un registro federal, mientras que la Ley Hatch prohibía a los funcionarios federales ser miembros de alguna organización o partido que “persiguiera la destrucción de la forma constitucional de gobierno”, mientras el FBI continuaba confeccionando listas negras de sospechosos. El fanatismo comenzaba a apoderarse de amplios sectores sociales, fanatismo que alcanzaría su cénit con el estallido de la Guerra Fría entre la Unión Soviética.
J. Edgar Hoover en "acción". Sobran las palabras...
A pesar de que el sillón presidencial era por aquel entonces ocupado por un presidente demócrata, Harry S. Truman, en 1946 las legislativas dieron la mayoría republicana a la Cámara de Representantes y al Senado, lo que forzó a que el presidente, en 1948, proclamara la llamada “doctrina Truman”, una auténtica declaración de guerra al movimiento comunista internacional consistente en aportar ayudas económicas a los países europeos “amenazados” por esta ideología. Truman mostraría sus verdaderas intenciones al promover el Programa de Lealtad de Empleados Federales, que investigaría la lealtad de miles de funcionarios a las instituciones nacionales, lo que convirtió en sospechosas a nada menos que 2.500.000 personas. Fue entonces cuando la organización sindical United Public Workers of America denunció este programa como una auténtica “caza de brujas”, caza que se extendió a los empleados de los contratistas que trabajaban para Defensa y que llevaría al fiscal general de EEUU, del partido republicano, H. Brownell Jr. a acusar al mismísimo presidente de “deslealtad”, aunque finalmente éste no compareció ante el Congreso.
La obsesión por el espionaje “comunista” llevó a que se abrieran diversos procesos contra sospechosos de simpatizar o ayudar a la potencia roja, como el que se llevó a cabo contra el respetable diplomático Alger Hiss; aunque el episodio más triste tuvo lugar en 1953, con la condena a muerte del matrimonio formado por Julius y Ethel Rosenberg, que fueron electrocutados en la silla eléctrica acusados de entregar secretos atómicos al vicecónsul soviético en Nueva York.
El matrimonio Rosenberg, chivos expiatorios.
Dicha cruzada anticomunista era llevada a cabo de forma visceral y cuasi-paranoica por el senador –originario de Wisconsin– Joseph McCarthy, que se convertiría más tarde en presidente y organizador del temible Comité de Actividades Antiamericanas del Senado. Las leyes antidemocráticas comenzaron a ser algo habitual, y en 1947 fue aprobada la llamada Ley Taft-Hartley contra el derecho a huelga y la McCarran Internal Security Act, que obligaba al registro de todas aquellas personas consideradas subversivas, leyes a las que se opuso el mismo presidente Truman. No tardarían en trasladarse las sospechas de filocomunismo hacia el mundo del celuloide…
Hollywood en el punto de mira
Para investigar las supuestas actividades comunistas y subversivas en la Meca del cine, la HUAC contó en un principio, antes de la guerra, con los servicios del periodista católico Joseph B. Matthews, quet rabajaba para algunos periódicos de la cadena del magnate W. R. Hearst. Matthews, quien dejaría una huella imborrable en Joseph McCarthy –quien llegaría a considerarle su maestro– era un hombre violento, obsesionado con lo que para él no era sino una cruzada comunista contra América.
En 1945 la Comisión Dies, a punto de expirar su mandato, fue resucitada por John E. Rankin, que consiguió convertirla en permanente dentro de la Cámara de Representantes, pasando a presidirla él mismo y J. Parnell Thomas, un siniestro personaje obsesionado con su unilateral idea de patriotismo y “americanismo”. En marzo de 1947 la Comisión se dedicaría a investigar específicamente a los profesionales del cine. Entre sus miembros más representativos se encontraban, además del citado Parnell Thomas, el futuro y polémico presidente Richard Nixon y el diputado anticomunista, racista y antisemita John Rankin.
J. Parnell Thomas con el actor Robert Taylor
Dos meses después, en mayo, varios miembros de la Comisión se trasladarían a Hollywood y celebrarían una serie de reuniones, entonces secretas, en el Hotel Biltmore, con algunos de los grandes representantes de la industria, como Jack L. Warner, uno de los fundadores de los gigantescos estudios Warner Bros. Aunque nunca salieron a la luz aquellas conversaciones, lo cierto es que a partir de ese momento los miembros de la Comisión ya poseían listas de sospechosos y se abrieron los primeros expedientes.
El 23 de septiembre de 1947 fueron entregadas 41 citaciones a miembros de la industria cinematográfica. De entre todos, 19 tomaron la firme determinación de negarse a declarar ante una Comisión que consideraban antidemocrática y que vulneraba los derechos recogidos en la Constitución, formando a su vez un frente común para luchar contra su actuación, determinación a la que al parecer llegaron en una reunión celebrada en la casa del actor Edward G. Robinson. Fueron conocidos como los “19 testigos inamistosos” y entre ellos se encontraban Edward Dmytryck, Bertold Brecht, Lewis Milestone y Dalton Trumbo.
A su vez, los profesionales progresistas de Hollywood elevaron la voz contra el ataque ideológico y moral que suponían las investigaciones de la HUAC. Algunos realizadores, como John Huston, William Wyler o Philip Dunne ,se reunieron en septiembre de ese mismo año en el restaurante Lucey´s de Hollywood para promover la creación del llamado Comité de la Primera Enmienda, que utilizaba la prensa y la radio para condenar la política de caza de brujas e incluía a cuatro senadores y a casi quinientos intelectuales y profesionales del cine, entre los que destacaban Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Gregory Peck, Katherine Hepburn, Kirk Douglas, Henry Fonda, Vincent Price, Gene Kelly y David O´Selznik.
Los 19 testigos “inamistosos” viajaron a Washington acompañados de los miembros del Comité de la Primera Enmienda para declarar ante la Comisión inquisitorial. Los profesionales del cine parecían una auténtica piña, unida frente a tamaño ultraje contra la libertad de expresión, sin embargo, pasada la fiebre inicial, algunos de los miembros“demócratas” del grupo comenzaron a echarse atrás. Fue el caso del productor David O. Selznik, quien, quizá presionado por los altos cargos de la industria, comunicó al abogado Bartley Crum su renuncia a permanecer dentro del Comité de la Primera Enmienda. Poco después sería Humphrey Bogart quien diría que formar parte del Comité fue algo “realmente estúpido”… Tristes precedentes de lo que acabaría pasando poco después, con las delaciones de muchos de los imputados a sus compañeros.
Manifestación del Comité de la Primera Enmienda en Washington
Un circo mediático
El 20 de octubre de 1947 la Comisión de Actividades Antiamericanas inició sus sesiones en una sala en la que se hallaban presentes más de cien periodistas, cámaras y profesionales del cine. El espectáculo estaba servido… El primero en declarar fue el productor Jack L.Warner, quien acabó denunciando a una serie de guionistas a los que consideraba sospechosos de tratar de introducir en Hollywood la ideología comunista, borrando así las sospechas que se cernían sobre él e insistiendo varias veces en su probada con el sistema americano. Sus palabras sin embargo, no están exentas de cierto patetismo: “Algunos de estos guiones contienen réplicas, insinuaciones o dobles sentidos y cosas por el estilo, que habría que seguir ocho o diez cursos de jurisprudencia en Harvard para comprender qué cosa significan”. La acusación que vertió contra los hermanos Epstein, célebres por ganar un Oscar por el guión de Casablanca, en referencia a su guión de la película Animal Kingdom no tiene desperdicio: “está dirigido contra el sistema capitalista. Bueno, no exactamente, aunque el rico hace siempre el papel de malo”. Fue el primero de los “testigos amistosos” que declararon ante el Comité. Finalmente, dio los nombres de varios profesionales de los que sospechaba sus vinculaciones comunistas, entre ellos Albert Maltz, Dalton Trumbo y Guy Endore.
A Warner le siguió en el espectáculo circense otro magnate del cine: Louis B. Mayer, de la Metro-Goldwyn-Mayer, quien declaró su repulsa al comunismo y citó también algunos nombres, como los de Lester Cole o Donald O. Stewart, y de nuevo el de Dalton Trumbo. Otro “testigo amistoso” fue el actor Adolphe Menjou (Adiós a las armas), quien pronunció un alegato militarista y anunció su deseo de que los comunistas americanos fuesen “deportados a los desiertos de Texas para que los matasen los tejanos”.
El actor Adolphe Menjou apoyó la "Caza"
Ronald Reagan, futuro presidente de la nación y entonces actor, denunció a su vez las “manipulaciones progresistas” que había sufrido el sindicato que presidía, el Screen Actors Guild, y felicitó a la HUAC, a sus ojos necesaria “para convertir América en algo tan puro como fuese posible”. Gary Cooper, por su parte, insistió en su patriotismo y en que había descubierto claras señales de “comunismo” en varios guiones, aunque no pudo aportar ningún ejemplo al no recordarlos, porque “leo la mayor parte de los guiones por la noche y si no me gustan no los acabo”.
Mientras las declaraciones de los “testigos amistosos” se realizaron en un clima de evidente distensión, rozando en ocasiones una patética comicidad, los testimonios de los “inamistosos” fueron acompañados de una dramatismo que sentaría las bases de una persecución implacable que duraría décadas. Entre el 27 y el 30 de octubre tenían que declarar los 19 testigos antes citados, aunque finalmente sólo lo harían diez, debido a la decisión de Parnell Thomas de aplazar indefinidamente la vista a causa probablemente de las múltiples presiones que recibió de los sectores progresistas y de los magnates del cine. Estos cabezas de turco acabarían pasando a la historia como “los diez de Hollywood” (The Hollywood Ten).
Los tristemente célebres "Diez de Hollywood"
Entre ellos se encontraban el realizador Herbert J. Biberman, el guionista John Howard Lawson, el novelista Albert Matz, el guionista Ring Lardner Jr. y el ya citado Daltron Trumbo. La Comisión no permitió en la mayor parte de los casos que los sospechosos leyeran sus comunicados, y muchas carreras se vieron truncadas por aquel proceso que se erigió en un auténtico diálogo de sordos entre acusadores y acusados: Biberman tuvo que trabajar durante siete años para una empresa inmobiliaria con sede en California, y no volvió a dirigir una película hasta 1969. Lawson jamás volvió a escribir guiones y hubo de dedicarse a la enseñanza de teoría cinematográfica. Albert Matz, quien realizó una valiente declaración que arrancó numerosos aplausos en la sala: “me niego a ser investigado o intimidado por hombres para quienes el Ku Klux Klan es una institución americana aceptable”, tuvo que trabajar muchos años bajo pseudónimo, al igual que le sucedería a Trumbo, uno de los mejores guionistas que tenía Hollywood.
Muchos otros profesionales, en su mayoría inmigrantes, optarían por el camino del exilio, en unos casos voluntario y en otros obligado, como Bertold Brecht, Fritz Lang, Charles Chaplin o John Huston, quien renegaría incluso de su nacionalidad americana, adoptando la irlandesa.
Chaplin en 1940 en Nueva York
Debido a que “los diez de Hollywood” optaron por acogerse a la Primera Enmienda, que protegía el secreto de la confesión religiosa y política, la libertad de palabra y de asociación, lo que finalmente provocó que en 1948 los testigos fueran acusados de desacato al «rehusar a declarar ante una Comisión debidamente constituida por el Congreso”, obligados a pagar una multa de 1.000 dólares –entonces mucho dinero- y a ingresar un año en la cárcel. Curiosamente, cuando Lester Cole y Ring Lardner Jr. ingresaron en la prisión de Danbury, en Connecticut, se encontraron entre los reclusos con el mismísimo J. Parnell Thomas, presidente de la HUAC, detenido por malversación de fondos tras ser acusado por el columnista Drew Pearson. Una curiosa ironía del destino que debió provocar que una inevitable sonrisa se dibujara en los rostros de los “blacklisted” –aquellos incluidos en las temibles listas negras de los grandes estudios-.
La “caza” se revitaliza
Sería durante los años más duros de la Guerra Fría cuando la gran caza de brujas se convirtiera en un episodio realmente dramático. A pesar del proceso llevado a cabo contra “los diez de Hollywood”, los capítulos más tristes estaban aún por escribirse, y la década de los 50 supondría un auténtica persecución contra la libertad y la integridad de los profesionales del cine, una progresiva radicalización anticomunista de la sociedad americana a la que contribuiría poderosamente la guerra de Corea (1950-1953), que provocó más de 33.000 bajas entre los soldados yankees.
Uno de los personajes que más avivó ese clima de exaltación, sospecha y delación fue el senador oriundo de Wisconsin Joseph McCarthy –no en vano la caza de brujas pasaría a la posteridad bajo la designación de “macarthismo”-que acabaría convirtiéndose en presidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, aunque contrariamente a lo que se cree nunca presidió el temible Comité de Actividades Antiamericanas –lo que no quiere decir que no promoviera sus investigaciones-.
McCarthy luchó con saña contra todo lo que oliera a “rojo” no sólo en el mundo del cine, sino en casi todos los ámbitos de la vida estatal e institucional y contra los medios de comunicación dejando la tarea de “limpiar” Hollywood a otras comisiones, como la comisión Wood, que fue la encargada de realizar la segunda oleada persecutoria contra la industria cinematográfica, instigada por grupos como la reaccionaria asociación “Defensa de los Ideales Americanos” –MPAPAI-, presidida por el director Sam Wood, entre otros, y la American Legión, una poderosa organización de veteranos de las Fuerzas Armadas fundada en 1919, convertida en importante grupo de presión y erigida en órgano parapolicial que confeccionaba listas de sospechosos de filocomunismo que entregaba al FBI y a la HUAC.
McCarthy durante una de las sesiones de la "Caza"
La nueva Comisión, presidida por John S. Wood, desarrolló sus actividades entre el 8 de marzo de 1951 y el 13 de noviembre de 1952, aunque continuó en activo hasta 1955. En un primer momento citó a declarar a más de un centenar de personas relacionadas con el Partido Comunista americano y el mundo del cine, entre ellos varios citados ya en el 47. Sin embargo, esta vez muchos de los que se enfrentaron con entereza al Comité la primera vez se derrumbaron en esta ocasión, quizá debido a la presión o porque, como se excusaría más tarde Dmytryck, “tenían una familia que alimentar”.
Lo cierto es que ante la Comisión Wood las delaciones se convirtieron en moneda común y los magnates de la industria mantuvieron esta vez una posición claramente favorable a las actividades inquisitoriales de la misma, por lo que todos aquellos testigos que se acogían a la Quinta Enmienda –según la cual ningún ciudadano puede ser obligado a declarar contra sí mismo-, pasaban automáticamente a engrosar las listas negras –que nunca existieron oficialmente- de los productores y no volvían a encontrar trabajo. Según el productor y guionista Adrian Scott, esas listas llegaron a comprender los nombres de 214 artistas y técnicos de la Meca del cine, aunque no existe ni siquiera hoy un consenso entre los estudiosos.
Para burlar a las mismas, muchos guionistas utilizaron no sólo pseudónimos, sino las llamadas “tapaderas” –como narra la película The Front-, que no eran sino personas que ofrecían su físico para suplantar el de los verdaderos guionistas señalados, cuyos trabajos eran vendidos a los estudios por la mitad del dinero que les habría correspondido en situaciones normales.
Cartel de la película "The Front"
De los nuevos testigos que fueron llamados por la Comisión Wood a testificar, la mayoría se negó a colaborar, lo que provocó que muchas brillantes carreras cinematográficas se vieran truncadas. Un mes después de que el guionista Sidney Buchman –responsable de títulos como Caballero sin espada (1939)-, compareciera ante la Comisión, fue despedido por Howard Hughes de la RKO y ni siquiera pudo recoger sus objetos personales. Lillian Hellman, que nunca había estado afiliada al Partido Comunista, pagó caro el compartir su vida sentimental con Dashiell Hammet –que ingresó en prisión por desacato al Congreso-, y habría de renunciar a su carrera como guionista hasta 1966, cuando firmó el guión de La jauría humana, un magnífico filme que se erigió como alegato contra la violencia incontrolable y en ocasiones absurda de la colectividad.
Muchos otros profesionales, actricescomo Dorothy Comingore, Karen Morley o Anne Revere, desaparecieron prácticamente de las pantallas, al menos hasta el final de la década de los sesenta, cuando la fiebre anticomunista comenzó a perder parte de su fuerza en EEUU –aunque seguía estando muy presente-.
Otros profesionales del celuloide sufrirían en carne propia la caza de brujas macarthista de forma mucho más dramática, como el actor John Garfield, que se convirtió en la víctima más paradigmática de la persecución inquisitorial. Debido a su carácter inconformista y contestatario, este gran intérprete fue llamado por la Comisión en un par de ocasiones. La mañana que debía tomar un tren hacia Washington para comparecer por segunda vez ante Wood y compañía sufrió un infarto de miocardio que acabó con su vida, cuando contaba tan sólo 39 años y para muchos, entre ellos John Berry, su muerte no fue casual, sino consecuencia del acoso al que estaba siendo sometido en aquellos días.
El gran actor John Garfield, víctima del voraz acoso
Otros profesionales murieron en plena investigación, probablemente debido a las fuertes presiones que sufrieron, como Philip Loeb, que acabó suicidándose -al igual que Madelyn Dmytryck, esposa del citado director- o Edward Bromberg. Sobre Loeb, la periodista de The New York Times Margaret Webster escribió que “había muerto por una enfermedad comúnmente llamada la lista negra”.
De soplones y chivos expiatorios
La presión de los grandes estudios y la amenaza de prisión hizo mella en muchos de los testigos, y el realizador Edward Dmytryk, que permanecía por aquel entonces en la prisión de Virginia Occidental por haberse negado a declarar en el 47, tras haber cumplido la mitad de su condena, llamó a su abogado, Bertley Crum y, alegando motivos patrióticosy familiares, se retractó de su anterior actuación. Reconoció haber formado parte del Partido Comunista y ofreció una lista de 26 militantes, única forma de escapar de las temibles listas negras. Aquella decisión lamentable aunque comprensible por la que optarían no pocos testigos dio pronto sus frutos, y unos meses después Dmytryk dirigía para la compañía King Brothers la película El motín del Caine, con el antaño miembro del Comité de la Primera Enmienda Humphrey Bogart como protagonista.
El guionista Martín Berkeley batió el récord en lo que a delaciones se refiere, y facilitó a la Comisión Wood el nombre de nada menos que 162 “comunistas”. Por aquel entonces otro guionista, Richard Collins, se superó a sí mismo, y siguiendo los pasos de Dmytryck y otros,dio varios nombres, entre ellos el de su propia esposa. La lista de delatores es bastante amplia, y las situaciones en ocasiones rozan el esperpento, esperpento que no obstante no puede dilapidar el drama que supuso para tantos hombres y mujeres la fiebre anticomunista.
Uno de los casos más tristes, además del de Elia Kazan, el célebre dramaturgo y exquisito cineasta al que Hollywood nunca perdonó su traición, fue el de Robert Rossen, que tras haber soportado con estoicismo otras citaciones, se derrumbó ante una nueva Comisión, conocida como Velde –una subcomisión del Congreso que actuaría en Nueva York con carácter público entre mayo y junio de 1952-, donde reconoció haber aportado 40.000 dólares al Partido Comunista y delató a 57 antiguos compañeros.
El realizador Elia Kazan, que acabó denunciando a varios compañeros
No faltaron sin embargo, como en la primera ocasión, los testigos hostiles, y el actor Lionel Stander llegó a reconocerse ante los miembros de la Comisión Velde “más izquierdista que la izquierda”. Tras ella seguirían otras Comisiones bajo distinto nombre y en 1956 la célebre HUAC actuaría bajo la designación de Comisión Investigadora sobre el uso no autorizado de pasaportes, aunque la histeria anticomunista comenzaba a declinar, lo que no evitó que otras carreras cinematográficas fueran truncadas, como la de la actriz mexicana Rosario Revueltas, que protagonizó en 1953 la película del blacklisted Herbert J. Biberman La sal de la tierra, lo que provocó que no pudiera volver a trabajar en EEUU.
Lionel Stander demostró un gran valor ante la Comisión
El relativo apaciguamiento de la Guerra Fría, la pérdida de poder de los republicanos frente a los demócratas o el surgimiento de grupos de minorías que reivindicaban sus derechos, unido a la necesidad de los grandes estudios por contratar de nuevo a todo un grupo de profesionales “señalado” en una época de crisis provocada por la aparición de la televisión, hizo que progresivamente a partir de los años 60 fueran desapareciendo las temidas listas negras, a pesar de que grupos derechistas como la MPAPAI o la American Legion siguieran ejerciendo una fuerte presión sobre Hollywood.
Ni siquiera el todopoderoso McCarthy pudo escapar a los caprichos del destino, y su insistencia en investigar las actividades“sospechosas” de los miembros de la Armada estadounidense le llevaron a ser censurado por el Senado en 1954, acusado de “conducta impropia de un miembro de la Cámara Alta”, por la forma en que había dirigido la Comisión. Acabó sus díase n un hospital, donde había ingresado por graves problemas de alcoholismo, aquejado de cirrosis y hepatitis, a los 48 años, abandonado por aquellos que un día siguieron sus fanáticas directrices.
La fábrica de sueños, que durante más de una década se convirtió en “fábrica de pesadillas” para un amplio sector de profesionales, volvía a recuperar su glamouroso esplendor, pero ya nada volvería a ser lo mismo. La gran hecatombe que sacudió los cimientos de la Meca del cine se haría sentir muchos años, y los rencores y las pasiones encontradas no se borrarían jamás de toda una generación de hombres y mujeres marcados por la intolerancia. Las palabras de Gregory Peck en 1947 acerca de las actividades de la HUAC son muy clarificadoras a este respecto, y sirven de forma ejemplar como colofón a una historia que nunca tendría que haber sucedido: “Hay muchas maneras de perder la propia libertad. Puede sernos arrancada por un acto tiránico, pero también puede escapársenos día tras día, insensiblemente, mientras estamos demasiado ocupados para poner atención, o demasiado perplejos, o demasiado asustados”.
Óscar Herradón
Texto publicado originalmente en la revista ENIGMAS.