La odisea británica de Rudolf Hess

El 10 de mayo de 1941 uno de los hombres más poderosos del régimen nazi, Rudolf Hess, emprendió un misterioso vuelo de Alemania a Gran Bretaña. Durante más de sesenta años la verdad oficial sobre lo sucedido apunta a que el vice-führer simplemente estaba loco, pero detrás de aquel extraño periplo existía todo un entramado de conversaciones secretas, operaciones de espionaje y reuniones al más alto nivel con un objetivo bien definido y muy distinto al creído hasta ahora.

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El protagonista de nuestra historia acaba ría convirtiéndose, por capricho del destino, en la mano derecha de uno de los hombres más terribles y poderosos del período de Entreguerras y por ende del siglo XX, Adolf Hitler. Rudolf Hess conoció al Führer en los tiempos en los que éste comenzó a dar sus primeros y exaltados discursos antisemitas para el DAP –el partido nazi– en la cervecería Hofbräukeller, allá por el año 1922. Compartía con éste el odio al comunismo, a los judíos y a los demócratas de Weimar, a los que consideraba responsables de la rendición de Alemania, la otrora gran Alemania, en la Gran Guerra. En aquel terrible conflicto fue herido de gravedad, obteniendo, al igual que su futuro camarada, la Cruz de Hierro por su valentía en combate, convirtiéndose en un excelente piloto. Pero, ¿quién era aquel hombre de pobladas cejas, ancha frente, mirada ausente y discreta inteligencia que acabaría contaminando su mente con una ideología destructiva y cargada de odio, base de uno de los mayores genocidios que ha conocido la humanidad?

Apuntes biográficos

Hess había nacido en Alejandría, Egipto, el 26 de abril de 1894, hijo del estricto Fritz Hess, típico alemán disciplinado a la vieja usanza. Para facilitar a Rudolf una sólida educación en 1908 la familia Hess salió de la colonia británica rumbo a Alemania, donde el primogénito ingresó en el Internado Juvenil –Jugendinternat– de Bad Godesberg. Más tarde rechazó el plan que tenía su progenitor para él de que se convirtiera en comerciante y en 1914, cuando estalló la Gran Guerra, se escapó para alistars como voluntario al ejército alemán, sirviendo en el XVI Regimiento de Infantería, que sufrió terribles pérdidas y en el que coincidió con Adolf Hitler, aunque entonces no se conocieron. Hess fue ascendido a subteniente y, tras ser herido dos veces, se convirtió en piloto de las fuerzas aéreas alemanas en 1918, lo que le permitiría mucho después realizar sus planes. Rudolf era un joven fanático en busca de un ideal, una causa por la que luchar. Tras la decepcionante derrota de su país en la guerra, se matriculó como estudiante de economía en la Universidad de Munich, donde asistió a clases y conferencias del antropólogo Karl Haushofer.

Rudolf Hess en 1930
Rudolf Hess en 1930

Los primeros años y la familia Haushofer

Karl Haushofer, un imperialista de la vieja guardia, se había convertido en un experto en el Asia meridional y oriental y estaba convencido de que la lucha de una nación para sobrevivir consistía en una competencia por la posesión de mayor espacio vital –Lebensraum-. Doctorado en filosofía, se había graduado con honores en geografía, geología e historia, y creó en 1919 la nueva ciencia de la “geopolítica”, el estudio de la geografía política vista por el Estado alemán, convirtiéndose en 1921 en profesor de esta disciplina. Sus teorías raciales causarían una gran impresión en Hess y después en Hitler, quien las aplicaría en parte a su política.

Un joven Hess con su mentor, Karl Haushofer
Un joven Hess con su mentor, Karl Haushofer

En 1920 Rudolf Hess oyó hablar por primera vez de Adolf Hitler y lo consideró como el posible “salvador” de la desolada Alemania, ahogada por las reparaciones de guerra del Tratado de Versalles, y se afilió al partido nazi. El 8 de noviembre de 1923, estuvo implicado en el fracasado golpe de Estado conocido como “putsch de la cervecería”. Rudolf se encontraba en Baviera con varios rehenes –miembros del gabinete bávaro- cuando le llegó la noticia del fracaso del putsch y se refugió en la residencia que el doctor Karl poseía en Munich durante varias semanas y éste le ayudó después a huir a Austria, algo que el joven nazi jamás olvidaría, protegiendo a la familia Haushofer en los años duros de la política racial nazi, ya que la esposa de Karl, Martha Mayer-Doss, era medio judía.

Tras el fracasado golpe Hitler fue sentenciado a cinco años de cárcel en la prisión de Landsberg, de los que sólo cumpliría nueve meses. Hess regresó de Austria y también fue arrestado y condenado a una sentencia leve en la misma prisión en la que el futuro dictador había comenzado a dictar a Evil Maurice Mein Kampf; Rudolf suplantaría a Maurice como secretario personal de Hitler y mecanografió su obra. Karl Haushofer, que consideraba a Hess “mi alumno favorito”, realizó varias visitas a Landsberg, donde pudo conversar con el mismo Adolf, transmitiéndole parte de sus ideas sobre el “espacio vital”: Alemania debía extenderse por el Este a través de las estepas y llanuras rusas; teorías que el futuro dictador no tardaría en apropiarse y añadir en Mein Kampf.

Un ascenso vertiginoso

Rudolf Hess pronto se convirtió en la mano derecha del líder nazi y durante la década de los 20 y principios de los 30 recaudó fondos para el Partido y el 15 de diciembre de 1932 Hitler le ordenó hacerse cargo de la comisión nacional del Partido y cuatro meses más tarde le nombró “mi delegado, con poderes para tomar decisiones en mi nombre en todas las cuestiones relacionadas con la dirección del Partido”.

Hitler en la prisión de Landsberg
Hitler en la prisión de Landsberg

En 1934 Hess estableció la Volksdeutsche Rat, un Consejo para alemanes que residían fuera del Reich, colaborando estrechamente con su antiguo profesor, Karl, que fue nombrado presidente. No obstante, a pesar de su enorme influencia y de su colaboración en episodios cruciales del nazismo, Hess fue el más retraído de los dirigentes nazis –algunos afirman que ello se debía a su afición al misticismo y al ocultismo-, por ello, la imagen que presentaba a la opinión pública era menos sanguinaria que la de otras figuras como Himmler, Göering o Goebbels. Durante mucho tiempo permaneció en estrecho contacto con Karl Haushofer, y así es como conoció a Albrecht, su hijo mayor, un estudioso del campo de la política exterior.

Albrecht, una de las personalidades más fascinantes y misteriosas del Reich, en palabras de J. Douglas-Hamilton, ejerció una enorme influencia sobre el lugarteniente de Hitler y en los futuros y extraños planes que acabaría trazando en el futuro. Albrecht, desencantado también con el Tratado de Versalles y la penosa situación de Alemania, consideraba a Francia la enemiga declarada de su país y sentía una gran atracción hacia Inglaterra, con la que deseaba una estrecha cooperación, el país al que acabaría mirando Hess para su gesta, sin duda por influencia directa del Haushofer.

Según Albrecht, la cooperación con Reino Unido era esencial y cualquier tipo de guerra en Europa inadmisible, pues en una contienda a gran escala no podía haber, a su juicio, ningún vencedor. Alemania, por tanto, debía lograr sus objetivos por medios pacíficos. Aquella idea calaría hondo en la mente del segundo en importancia de la élite nazi.

Agente doble

Albrecht Haushofer deseaba convertirse en una especie de conspirador en la sombra, que mostrase una forma de pensar abiertamente acorde con Hess y los nazis para obtener de ellos información que podría ser muy valiosa en el futuro. Aunque Albrecht no era bien visto por personajes como Goebbels o Heydrich, sin duda por su ascendencia judía, contaba con la ayuda incondicional de Hess, y bajo su influencia pudo realizar importantes viajes al extranjero que le servirían como toma de contacto para sus “planes” de paz que finalmente adoptaría el viceführer: viajaría a Japón, los Estados Unidos y varias veces a su amada Inglaterra. En 1933 recibió la oferta de un puesto oficial en Alemania como conferenciante de geopolítica en la Escuela Superior de Política de Berlín a través de su amigo nazi y su influencia era cada vez mayor en el estrecho círculo de la élite del Partido. Acabó convirtiéndose en el consejero personal de Rudolf Hess y en 1934 fue introducido por éste en el Dienststelle Ribbentrop, una oficina de asuntos exteriores nazi, trabajando a las órdenes de Von Ribbentrop y de Hess, aceptando misiones diplomáticas secretas, por lo que muchos le consideraban la “eminencia gris” de Hess y Hitler; sin embargo, comenzó un peligroso doble juego al entablar contacto con la resistencia alemana que pretendía derrocar al Führer, entre otras con la organización en la sombra conocida como “Sociedad de los Miércoles”.

Albrecht Haushofer
Albrecht Haushofer

Su misión más importante estaría relacionada con Inglaterra y las negociaciones de paz. A finales de los años 30 tuvieron lugar varios intentos entre Alemania e Inglaterra, conversaciones que durante décadas han permanecido archivadas como “Alto Secreto” y que no dieron resultado debido a varios altercados, como el llamado “incidente de Venlo” –ver recuadro–. Ahora era Albrecht quien más involucrado estaría en esas negociaciones al más alto nivel, debido a las amistades que poseía entre los círculos más selectos de Londres.

Los primeros contactos tendrían lugar en agosto de 1936 cuando un grupo de miembros del Parlamento británico viajó a Berlín con motivo de las Olimpiadas celebradas por el Tercer Reich, entre ellos un tal lord Clydesdale, más tarde duque de Hamilton, curiosamente el personaje con el que pretendía entrevistarse Hess tras volar a Inglaterra en 1941, como veremos. Durante los Juegos, el viceführer se entrevistó con uno de los parlamentarios ingleses, Kenneth Lindsay, que quería saber lo que el nazi había querido decir al alfirmar que “el rey Eduardo VIII era el único capaz de mantener la paz en Europa”. Sin duda esta importante figura inglesa –ver recuadro– estaría involucrada en las negociaciones secretas de paz, pero su influencia no sería ni mucho menos la que le atribuían Hess y Haushofer.

Los duques de Windsor con Adolf Hitler
Los duques de Windsor con Adolf Hitler

El 23 de enero de 1937, Clydesdale se encontró con Albrecht en Munich y éste le condujo a casa de su padre, Karl, que impresionó al lord inglés. Poco tiempo después de su regreso a Londres, Clydesdale escribió a Albrecht Haushofer señalando que había dado su nombre al Real Instituto de Asuntos Internacionales para que le invitaran a discutir sobre la posición económica de Alemania. Su acercamiento a las instituciones y dirigentes británicos era cada vez más efectiva. El destino, no obstante, no le depararía nada bueno.

Espionaje británico

Mucho se ha especulado sobre las verdaderas intenciones de Rudolf Hess a la hora de realizar una hazaña que permanece entre los grandes “sinsentidos” de la Segunda Guerra Mundial. Todavía hoy existen posturas enfrentadas entre los historiadores sobre su papel en las negociaciones de paz y el papel de Hitler en todo este entramado. Aunque el Führer se apresuraría a afirmar oficialmente que su lugarteniente estaba loco, lo cierto es que investigaciones recientes apuntan a que el viceführer sabía lo que hacía y que si se metió en la boca del lobo fue por el engaño de los Servicios de Espionaje ingleses, que le hicieron creer que el Foreign Office pretendía la paz cuando sus intenciones parece ser que eran precisamente todo lo contrario.

Hess era un excelente piloto
Hess era un excelente piloto

Sea como fuere, Hess estaba convencido de que su jefe jamás abriría una guerra en dos frentes –Rusia e Inglaterra– y en este sentido se equivocó de lleno, lo que le llevó a su propia ruina y descrédito y muy probablemente al comienzo del fin del nazismo. La noche del sábado 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess, a bordo de un avión modelo Me-110 –ver recuadro– pertrechado con depósitos de combustible adicionales, puso rumbo a las islas británicas.

En su día, Albrecht había propuesto como intermediarios entre ambos gobiernos al “”más íntimo de mis amigos ingleses: el duque de Hamilton, que tiene acceso en todo momento a todas las personas importantes de Londres, incluso a Churchill y el rey”. Esa era la persona con la que pretendía reunirse Hess en Reino Unido, quien no conocía al viceführer, contrariamente a lo que durante décadas se ha mantenido como verdad oficial.

La operación fue llevada a cabo por el SO1 británico –Special Operations 1–, un departamento del Servicio de Inteligencia cuya existencia era tan secreta que muy poca gente llegó a conocer su existencia y que se dedicaba al arte de la guerra psicológica. Ésta fue conocida como la “Operación Señores HHHH” –Hitler, Hess, Karl y Albrecht Haushofer– fue planeada y realizada por un grupo de hombres muy selectos y conocida por muy pocos, incluso en el Foreign Office y tenía como objetivo parece ser que forzar a Hitler a atacar Rusia, haciéndole creer que en Inglaterra y los Estados Unidos existían importantes sectores que preferían una paz con Alemania, una alianza para destruir al enemigo común: el comunismo. La idea del Gobierno británico y por tanto la de Churchill era, por el contrario, buscar aliados, cuanto más poderosos mejor, para derrotar al nazismo. La opción de la paz había sido descartada y eso era algo que ni Albrecht ni Hess sabían cuando éste emprendió su vuelo. Era una forma de ganar tiempo y el SO1 utilizó a los Haushofer para llegar hasta la cúpula del nazismo. Tenían acceso al viceführer, y a través de él a Hitler.

Sir Winston Churchill en Downing Street
Sir Winston Churchill en Downing Street

En octubre de 1940 Rudolf Hess le explicó a Ernst Bohle, director de la Auslandorganisation, que quería discutir una “misión de alto secreto” de la que nadie, ni siquiera su familia, podía saber nada. Entre 1940 y la primavera de 1941 realizó varios vuelos que a día de hoy nadie sabe a ciencia cierta a dónde le llevaron –investigadores como Martin Allen creen que voló a Suiza para reunirse de forma secreta con Samuel Hoare, embajador británico en España y uno de los hombres fuertes de la conspiración de los servicios secretos–.. Por otra parte, la influencia de Hess sobre Hitler había sufrido un importante declive en los últimos años y quizá aquel vuelo fue también un último intento del viceführer de mostrar su lealtad incondicional y su espíritu de sacrificio al dictador alemán.

El sábado 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess se puso el uniforme de oberleutnant de la Luftwaffe –la fuerza aérea alemana–, se dirigió a Augsburgo, donde se hizo con el Me-110–, dejó una carta para Hitler a su ayudante y emprendió su hazaña.

Voló sobre el norte de Alemania, en línea recta hacia el Mar del Norte y las islas Farne, en dirección a Dungavel House, la residencia del duque de Hamilton en Lanarkshire. Mientras volaba hacia el Oeste fue interceptado por dos Hurricanes, pero consiguió esquivarlos. Después identificó lo que creyó que era la mansión citada, y aunque un Defiant de la R.A.F. fue enviado en su busca desde Prestwick, Hess pilotaba uno de los aviones más rápidos del mundo. Se preparó para lanzarse en paracaídas aunque no le fue fácil salir del Me-110; sólo pudo hacerlo situando el aparato boca abajo. Cayó en una granja en Engleshan, Escocia, torciéndose un tobillo. Fue encontrado por el granjero David McLean, quien le llevó a su casa. Pronto llegaron las autoridades y, considerándolo prisionero de guerra y conducido a los cuarteles de Maryhill, en Glasgow.

Restos del Messerschmidtt BF-110E pilotado por Hess
Restos del Messerschmidtt BF-110E pilotado por Hess

Se había identificado como “oberleutnant Alfred Horn” y pidió ver al duque de Hamilton. El 11 de mayo de 1941, Clydesdale, ahora lord administrador, llegó junto con un oficial interrogador de la R.A.F. a los cuarteles de Maryhill. Primero examinaron los efectos personales del prisionero: una cámara Leica, un mapa, medicamentos, fotos de familia y las tarjetas de visita de Karl y Albrecht Haushofer. Ante Hamilton Hess desveló su verdadera identidad, afirmando que había aterrizado en “misión de humanidad y que el Führer no deseaba derrotar a Inglaterra, sino suspender el combate”. Al contrario de lo que Hess creyó, ni Hamilton le esperaba en Inglaterra ni Churchill estaba dispuesto a sellar la paz. Sin embargo, tenían en su poder al viceführer nazi, algo verdaderamente positivo para los Servicios de Inteligencia y Propaganda. Pero se optó por guardar absoluto silencio.

Cuando Hitler abrió la carta de Hess contándole sus planes montó en cólera. Rudolf había escrito: “Mi Führer, cuando reciba usted esta carta, yo ya estaré en Inglaterra. Ya puede usted imaginarse que la decisión de dar este paso no ha sido fácil para mí […]”. Continuaba afirmando que estaba convencido de que Hitler deseaba todavía un arreglo anglo-germano. Y continuaba diciendo al Führer que si algo salía mal “diga usted que estoy loco”. Fue precisamente lo que hizo el líder ante el pueblo alemán para justificar aquel plan del que quizá él tenía pleno conocimiento…

No obstante, aquel arriesgado vuelo no podía ser beneficioso ni para Alemania ni para Reino Unido: Hitler temía que la moral de sus tropas se viniera abajo si mientras arengaba a las mismas a continuar la lucha creían que negociaba con los ingleses; por su parte, Churchill creía que los norteamericanos podrían considerar que negociaban a sus espaldas con los nazis y les ocultaban información, perdiendo un aliado vital para ganar el conflicto.

Sea cual fuera la verdad de un episodio tan increíble como cierto llevado a cabo inexplicablemente por un hombre con un inconmesurable poder cuando Alemania obtenía victorias en todos los frentes, el Gobierno inglés decidió guardar silencio. Hitler por su parte temía que Hess revelara al enemigo los planes nazis de un ataque a Rusia, pero aún así el Führer decidió llevar a cabo su gran ofensiva hacia el Este. La “Operación Barbarroja” abría un segundo frente alemán, algo que Hess jamás creyó que sucedería. Las operaciones de espionaje ingleses habían sido todo un éxito: al hacer creer a los nazis que Reino Unido quería la paz, éstos decidieron emprender la lucha hacia el Este, un lugar de continuar la conquista hacia Oriente, hacia Turquía, pudiéndose hacer con los yacimientos de petróleo de los que dependía Inglaterra, desabasteciendo al ejército de Churchill.

Orquestando la "Operación Barbarroja"
Orquestando la "Operación Barbarroja"

Ahora Inglaterra podía continuar la ofensiva contra Alemania. La “operación Señores HHHH”, que ha permanecido como Alto Secreto durante décadas, tuvo un papel muy importante en la victoria final aliada.

El «enajenado» Hess y el desdichado Hauschofer

Cuando Adolf Hitler supo a través de las emisoras británicas que su lugarteniente estaba en manos aliadas por su decisión propia, las SS y la Gestapo emprendieron la detención de todos aquellos que habían mantenido una estrecha relación con Hess. Reinhard Heydrich encargó unos informes que revelaron que el viceführer había estado consultando a astrólogos, médicos naturistas y antroposofistas y un gran número de ellos fue encarcelado, mientras Karl Haushofer era colocado bajo custodia y Albrecht llamado por el Führer para que le diera una explicación.

Reinhard Heydrich
Reinhard Heydrich

Oficialmente, el Partido nazi declaró que una carta que Rudolf dejó tras de sí indicaba una afección mental que justificaba el temor de que había sido víctima de alucinaciones y que emprendió el vuelo sin el conocimiento de nadie. Hess, eterno idealista y enfermo, había sufrido una “visión” mesiánica y tratado de salvar al Imperio Británico de la inevitable destrucción que le aguardaba. Sin embargo, en sus interrogatorios al oficial nazi, el duque de Hamilton no observó signo alguno de locura, a pesar de que por sus argumentaciones le parecía un hombre “fanático y estúpido”.

Los nazis continuaban afirmando que Hess estaba enajenado e insistían en sus relaciones con organizaciones de tipo espiritual y sus vínculos con el ocultismo. Goebbels, ministro de propaganda alemán, declaró que el viceführer había visitado astrólogos y místicos y que había ingerido extrañas pociones antes del nacimiento de su hijo. Después de su nacimiento, danzó de forma similar a como se hacía en las celebraciones de natalicios de los indios norteamericanos, y todo gauleiter –líder de Zona– tuvo que enviar un receptáculo que contuviese tierra alemana a Hess, tierra que fue colocada debajo de la cuna, de modo que su hijo empezara su vida, en sentido simbólico, sobre tierra germana.

Es cierto que Rudolf Hess había pertenecido a la organización secreta conocida como Orden de Thule y que era un apasionado de las teorías teosóficas de Madame Blavatsky, pero otros nazis como Himmler e incluso Hitler tenían también fuertes vínculos con el ocultismo, lo que echa por tierra las explicaciones de la élite nazi. Hess viajó a Inglaterra por una causa mucho más mundana pero no por ello menos noble que había sido orquestado por los Servicios Secretos ingleses a través de Albrecht Haushofer, que sería finalmente el cabeza de turco de esta compleja trama.

Emblema de la Sociedad Secreta Thule
Emblema de la Sociedad Secreta Thule

El experto en asuntos exteriores no tardaría en caer en desgracia, considerado el artífice del vuelo de Hess, semijudío y traidor tras conocerse sus vínculos con grupos de la resistencia. Fue encerrado en la prisión de la Gestapo de Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín, para ser interrogado por el gruppenführer de las SS Müller, mano derecha de Himmler. Heydrich también estaba convencido de que Albrecht era un traidor potencial y Ribbentrop le odiaba todavía más. Es extraño que no fuera ejecutado al instante, pero lo cierto es que la madeja de la conspiración estaba todavía más enredada de lo que parecía…

Himmler, el intento de paz y la caída

Si algo evitó que Albrecht Haushofer fuera ejecutado de inmediato por las SS fue el interés que Heinrich Himmler, según recoge J. Douglas-Hamilton en la obra Rudolf Hess. Misión sin retorno, en mantenerlo vivo para lograr sus pretensiones de sellar la paz con Inglaterra a espaldas del Führer e incluso, al parecer, desbancar a éste del poder. Fuera cual fuese la verdad, que quizá nunca sabremos, lo cierto es que tras varias operaciones encubiertas este “plan” secreto tampoco pudo llevarse a cabo. Cuando Albrecht dejó de serle útil al reichsführer, en septiembre de 1944, intentó escapar, refugiándose en los Alpes bávaros, en casa de una tal señora Zahler. El 7 de diciembre, tres agentes de la Gestapo le localizaron y fue conducido a la prisión de Moabit, en Berlín y más tarde trasladado a la prisión de la Gestapo, en Prinz-Albrecht-Strasse. A mediados de abril de 1945, cuando los rusos habían cercado Berlín y estaba clara la derrota alemana, agentes de la Gestapo y la R.S.H.A. –Oficina Central de Seguridad del Reich– destruyeron todos los archivos que comprometían a Müller, entre ellos las notas tomadas durante los interrogatorios a Albrecht Haushofer.

Prinz-Albrecht-Strasse
Prinz-Albrecht-Strasse

La noche del 21 de abril, Albrecht, junto a otros quince prisioneros, fue sacado de la prisión y fusilado. Meses después, el 11 de marzo de 1946, con una Alemania en ruinas mucho más decadente que aquella que debía aceptar las presiones del Tratado de Versalles, el profesor Karl Haushofer y su mujer Martha se internaron en el bosque, a un kilómetro de su cabaña, tomaron veneno y la mujer se ahorcó. El profesor, incapaz de seguirla, soportó los dolores del veneno hasta la muerte. Sus cuerpos fueron hallados al día siguiente por Heinz, el hijo menor. La tragedia se había consumado.

Nuremberg, la prisión y la muerte

Tras la guerra, Rudolf Hess fue conducido a Nuremberg para ser juzgado como criminal de guerra nazi. Durante un tiempo fingió no recordar nada e incluso no conocer a sus antiguos camaradas –entre ellos Göering y Ribbentrop–. Engañó a los psiquiatras, que adujeron un trastorno mental, pero finalmente admitió estar completamente cuerdo e insistió en su voluntad de proseguir el proceso. No se arrepentía de ninguna de las atrocidades que los nazis habían cometido, por lo que considerarle un “héroe” por su hazaña, como reivindican algunos sectores ultraderechistas, es sin duda una falacia, como se desprende de sus propias palabras en el juicio: “Durante muchos años de mi vida, me fue dado trabajar a las órdenes del hombre más grande que mi país ha producido en su milenaria historia. […] No me arrepiento de nada”.

Hess bromea con Göring en Nuremberg
Hess bromea con Göring en Nuremberg

El tribunal de Nuremberg declaró al antiguo lugarteniente de Hitler culpable de haber hecho preparativos para la guerra y de haber conspirado contra la paz. Fue conducido al presidio de Spandau, en Berlín y condenado a cadena perpetua. Desde 1966 hasta su muerte fue el único prisionero de Spandau, vigilado por hasta 200 hombres, y murió el 17 de agosto de 1987, a los 93 años de edad, en extrañas circunstancias. El informe oficial de la autopsia indica que se suicidó mediante estrangulamiento, aunque se acusó a los servicios secretos británicos de haberle asesinado para evitar su puesta en libertad. Quizá de esta forma se llevaba un secreto incómodo con él a la tumba.

Lejos quedaban los intentos de Albrecht Haushofer de negociar la paz, aunque todavía hoy existen documentos clasificados como secretos en relación al extraño viaje de Hess y a las operaciones de Inteligencia vinculadas al mismo.

Albrecht, que fue una de las víctimas de la locura de aquella guerra que trató de evitar por todos los medios y que fue asesinado sin ningún tipo de escrúpulo por sus verdugos, nos dejó un desgarrador testimonio de la barbarie del nazismo y la guerra, los Sonetos de Moabit, el mejor y más conmovedor punto y final a este gran secreto de la Segunda Guerra Mundial que tanto tiempo permaneció silenciado: “Hay épocas en las que la locura domina la tierra, y es entonces, cuando los mejores son ahorcados”.

Óscar Herradón

Texto publicado originalmente en la revista ENIGMAS

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ENIGMAS 161 ¡YA A LA VENTA!

 

ENIGMAS Nº 161
ENIGMAS Nº 161

Este mes en la revista ENIGMAS desvelamos el «secreto egipcio de los Templarios». La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo fue garante de numerosos secretos en Tierra Santa pero fuertes indicios apuntan a que también encaminaron sus pasos hacia el país de los faraones, donde pudieron entrar en contacto con conocimientos herméticos milenarios. 

Además, entramos en contacto con ex miembros de la secta de «La 12 Tribus» en el País Vasco y entrevistamos a Enrique López Guerrero, el cura que investigó el fenómeno OVNI y uno de los mayores expertos en la trama de UMMO. 

Nos vamos también al Siglo de Oro, a los años del reinado de Felipe IV en los que tuvieron lugar, según recogen las crónicas, numerosos casos inexplicables y sucesos aparentemente sobrenaturales. El «demonio» campaba a sus anchas por la mentalidad de las gentes del barroco y hacía de las suyas incluso en el interior de los conventos.

Nuestro director, Lorenzo Fernández Bueno, viaja hasta Chavín de Huantar con el reportero y colaborador de ENIGMAS Juan José Revenga para acercarnos los sangrientos rituales que se celebraban en el llamado «templo de la montaña». 

Traemos las últimas novedades de los Estados Unidos acerca de la esquiva «Bestia de Bray Road», que está causando estragos en una población del estado de Wisconsin. 

La escritora Montserrat Rico Góngora, autora del best seller La abadía profanada (Planeta), publica con Ediciones B Pasajeros de la Niebla, cuya trama se centra en el encuentro en 1930 del ocultista Aleister Crowley y del poeta portugués Fernando Pessoa en Lisboa. La autora, colaboradora habitual de ENIGMAS, publica un artículo sobre el trasfondo real de aquella misteriosa reunión.

Y además: «La odisea del Endurance», Peñíscola, el refugio del Papa maldito, las tradiciones hindúes de Isla Mauricio, «Miradas que matan», sorteos, libros, filmoteca (este mes nos acercamos a uno de los mejores thrillers de los 90: El Silencio de los Corderos), entrevista con Alberto Granados, «La Brújula» y mucho más…

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La Dalia Negra, un crimen atroz en L.A.

Tras la Segunda Guerra Mundial, durante los años dorados de Hollywood, la ciudad californiana sufrió una de sus mayores tragedias: el misterioso y brutal asesinato de Elizabeth Short. Más de sesenta años después, su asesinato sigue impune…

Elizabeth Short
Elizabeth Short

Los Angeles, California. 15 de enero de 1947. El cielo de Los Angeles (EEUU) estaba encapotado. Era una mañana triste, gélida y lluviosa. Un ama de casa llamada Betty Bersinger salió de su casa situada en Norton Avenue con su hija de tres años hacia una tienda de reparación de calzado. Mientras transitaban por un solar abandonado cubierto de hierbajos y barro, en el distrito de Crenshaw, un objeto blanquecino llamó la atención de la pequeña: “¡Mira mami! La niña señalaba lo que parecía ser un maniquí de gran tamaño partido en dos. A Betty no le extrañó demasiado, pues muchas tiendas de ropa de la zona habían sido cerradas o abandonadas al no regresar sus dueños de la guerra, y era habitual encontrar maniquíes polvorientos, telas rotas u otros desechos en los alrededores. Sin embargo, una vez que madre e hija se acercaron más al extravagante “maniquí” partido en dos, el rostro de Betty se tornó blanco y el corazón le dio el mayor vuelco de su vida. Dio un alarido que pudo escucharse varias calles a la redonda. La visión era atroz. Tapó los ojos de su pequeña y huyó del lugar de pesadilla…

escena del crimen
escena del crimen

El pálido maniquí no era tal; se trataba del cuerpo seccionado por la mitad de una joven, las piernas por un lado, extendidas en una grotesca posición obscena y el tronco, junto a la cabeza y los brazos arqueados rodeando los hombros, muy cerca. Su rostro estaba machacado, casi irreconocible; al parecer lo habían golpeado con un bate de béisbol.  Habían cortado las comisuras de sus labios con un cuchillo, lo que le daba un grotesco aspecto de payaso loco. Sus pechos habían sido lacerados y mostraban múltiples quemaduras de cigarrillos. Había mutilaciones por todo el cuerpo, escarificaciones, hematomas… Pero eso no era lo peor. Según pudieron comprobar los primeros agentes que llegaron al lugar del crimen, Frank Perkins y Will Fitzgerald, el cuerpo había sido desangrado hasta la última gota y eviscerado, después de ser seccionado por la mitad con una precisión quirúrgica a la altura de la cintura. Mostraba señales dejadas de forma inequívoca por cuerdas, lo que llevó a los detectives a deducir que la víctima había sido atada y torturada durante un espacio de varios días. Más tarde la autopsia reveló que la desconocida joven había sido brutalmente torturada durante unas 72 horas estando consciente. El cadáver de la joven había sido bañado y su cabello teñido después de muerta, de color rojizo, probablemente con brea. El asesino le había hecho además la manicura, como si pretendiera que su víctima permaneciese bella en el más allá. En el muslo izquierdo hallaron una pequeña mutilación en forma triangular que resultó ser el lugar donde Short tenía tatuada una pequeña flor. Durante la autopsia se descubrió que el pequeño trozo de carne había sido introducido en su vagina. Demasiado enfermizo y retorcido, pero tristemente real.

La autopsia determinó que “había muerto debido a una hemorragia producida por un fuerte golpe que le causó un severo traumatismo cerebral y por las laceraciones del rostro”. Había sido además sodomizada y sometida a todo tipo de abusos sexuales, aunque sin penetración y en su estómago se encontraron excrementos humanos. A pesar de los muchos años que llevaban ocupándose de diferentes asesinatos ni el forense ni los oficiales se habías enfrentado jamás a un caso de una brutalidad semejante. En busca de una identidad El lugar del macabro crimen pronto se llenó de periodistas y agentes de la ley.

La publicación de las fotos, a pesar de que fueron tomadas muchísimas imágenes por los reporteros, fue prohibida, debido a su brutalidad. La prioridad de los detectives asignados al caso, Harry Hansen y Finis Brown, fue desvelar la identidad de la víctima. En primer lugar, el FBI probó con las citadas huellas dactilares enviadas desde California, cruzando los dedos para que la víctima estuviera fichada. Los técnicos de dactiloscopia contrastaron las mismas con un archivo formado por 104 millones de huellas. Y… bingo.

La víctima respondía al nombre de Elizabeth Short, de 22 años de edad, cabello oscuro, ojos azules y considerable estatura. Sus huellas habían sido tomadas en dos ocasiones: cuando trabajaba en la cantina del cuartel de Camp Cook, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y tras ser fichada por la policía por encontrarse ebria siendo menor de edad.

Debido a la estrecha relación de los agentes de la ley con la prensa en la América de los años 40, muy pocas horas después hubo una filtración, lo que provocó que algunos reporteros de Los Angeles Examiner usaran una treta poco ética, más bien bochornosa, para conseguir información sobre la misteriosa Short: telefonearon al domicilio de su madre, Phoebe Short, residente en Cambridge, Massachusetts, y le dijeron que su hija –entonces el FBI todavía no le había informado sobre el crimen– había ganado un concurso de belleza. Así obtuvieron numerosos datos sobre su vida, antes de comunicarle, en la misma conversación, que Elizabeth había sido brutalmente asesinada. Ética periodística…

"Los Angeles Examiner" recogió el crimen en primera página
"Los Angeles Examiner" recogió el crimen en primera página

Un oscuro pasado

Pronto los periódicos comenzaron a publicar informaciones sensacionalistas sobre el pasado de la víctima, mancillando su nombre y publicando los titulares más bochornosos sobre una joven que había dejado este mundo de forma tan escabrosa. Los periodistas pronto la tildaron de “borracha”, “prostituta”, “lesbiana”… La verdad es que la existencia de la joven Short, Betty para los amigos, no había sido precisamente un camino de rosas. Nacida en el seno de una familia acomodada, en Hyde Park –Massachusetts– el 29 de julio de 1924, su padre, Cleo Short, intentó suicidarse cuando su negocio se fue a la quiebra tras el Crack del 29, que dinamitó la economía de los estadounidenses. Tras el frustrado intento de quitarse de en medio, el cabeza de familia abandonó el hogar y Phoebe Short se quedó al cuidado de Elizabeth y sus otras cuatro hijas. Durante su juventud Bettie asistía asiduamente con su hermana más pequeña, a ver los grandes estrenos del Hollywood de los años 30. Admiraba los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Fred Astaire
Fred Astaire

Fue entonces cuando comenzó a soñar en convertirse en una estrella de Hollywood. Tras unos años en los que convivió con su padre, con el que entabló de nuevo una difícil relación –ambos parecían extraños en la misma casa–, Elizabeth aceptó el trabajo en Camp Cooke. Fue entonces cuando comenzó su interminable historia de galanteos y eróticas relaciones con diferentes hombres. Muchos de los soldados tuvieron affairs con ella y la convencieron de que tenía la belleza y el porte necesarios para convertirse en una estrella de Hollywood. Y eso intentó al menos. Viajó a Los Angeles en busca del sueño de tantos y tantos jóvenes por escapar de la marginalidad y hallar un hueco en la multimillonaria industria del cine.

Pero Short no tuvo suerte. Comenzó a relacionarse con gente peligrosa, con aquél submundo de Tinseltown –como se conoce popularmente a Hollywood– rodeado de alcohol, drogas, prostitución y mafias al que tan dado eran los actores hollywoodienses y que inspiró mil y una historia de cine negro surgidas de la imaginación de personajes como Raymond Chandler. Pero la ficción no estaba tan alejada de la realidad y los crímenes, el sexo y el chantaje campaban a sus anchas a espaldas del glamour y la ostentación de la que hacían gala las fiestas de los grandes magnates.

Elizabeth entró en un círculo vicioso que acabó arrastrándola el cine erótico de serie B y rodeándola de malas compañías. Comenzó a hacer de acompañante de personajes relevantes, lo que pronto hizo que surgiera el rumor, probablemente real, de que ejercía la prostitución. Debido a que prácticamente siempre vestía de negro, a su oscuro cabello y a sus ojos color azabache, fue bautizada por la prensa, tras su asesinato, como la Dalia Negra, quizá emulando el título de una película perteneciente al género Noir y estrenada por aquél entonces: La Dalia Azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake y con guión del anteriormente citado Raymond Chandler.

Cartel de la película "La Dalia Azul"
Cartel de la película "La Dalia Azul"

Los periodistas ya tenían lo más importante, un nombre con gancho para el caso más polémico de la historia de Tinseltown, y entonces comenzó el bombardeo de noticias sobre sus devaneos amorosos, sus vicios y su inestabilidad emocional. Nadie la dejaba descansar tranquila.

Pero al margen de su azarosa existencia, Elizabeth se movía en un entorno al que muchas jóvenes acudían decepcionadas ante su falta de expectativas. Sin embargo, ninguna de ellas aparecía muerta… ¿Quién había asesinado entonces a Short? ¿Cuál era el móvil del crimen…?

En busca de un culpable

Mientras The Washington Post publicaba titulares tan sensacionalistas como el siguiente: “La policía busca a un loco pervertido por la muerte de una chica”, el departamento policial de Los Angeles –LAPD– desplegaba el mayor dispositivo de búsqueda de la historia de la ciudad californiana.

Doscientos cincuenta oficiales realizaron entrevistas puerta a puerta en los alrededores del solar donde fue hallado el cadáver, pero se encontraron con un callejón sin salida. Múltiples pistas falsas, confesiones confusas y llamadas de desconocidos convirtieron el ritmo de trabajo de la comisaría de Los Angeles en frenético, pero sin llegar a ningún resultado efectivo.

En más de una ocasión los detectives creían estar tras la pista correcta, muy cerca del asesino, pero el tiempo pasaba y el horrendo crimen seguía impune. Betty Bersinger, la mujer que encontró el cadáver, dijo haber visto pasar poco después el faro de un coche que había acelerado al oír su grito, aunque no recordaba ningún detalle del automóvil, por lo que su declaración sirvió de muy poco a los detectives. La última persona en ver a Short con vida, aparte de su asesino, había sido el portero del hotel Biltmore, la noche del 10 de enero de 1947, a las diez en punto, cuando la vio alejarse por Oliver Street, vestida como lo hacía habitualmente, con un sweater y pantalones negros.

Estado en que se encontraba el cuerpo cuando fue hallado en el solar
Estado en que se encontraba el cuerpo cuando fue hallado en el solar

Al parecer el último que pasó un tiempo con ella fue un comerciante de 25 años llamado Robert “Red” Manley, que la recogió en San Diego y finalmente la dejó en el lobby del citado hotel Biltmore. Tras las correspondientes pesquisas, Manley fue interrogado durante horas por los detectives y sometido al polígrafo, prueba que pasó con éxito. Años después, en 1954, los agentes le inyectaron pentotal sódico, conocido popularmente como “droga de la verdad”, pero de nuevo fue absuelto de todo tipo de cargos, muriendo en 1986 rodeado todavía de la desconfianza de muchos. Manley fue durante un tiempo el principal sospechoso, pero no el único, y muchas personas afirmaron haber sido las autoras del mismo o que conocían personalmente al asesino.

Todas las pistas resultaron ser falsas. Pocos días después de hallado el cadáver, dos oficiales de policía que discutieron sobre el caso en un restaurante fueron señalados como sospechosos por uno de los camareros del lugar; un astrólogo preguntó la hora y fecha exactas del nacimiento de Elizabeth en comisaría y prometió proporcionar el nombre del asesino en pocos días… cosa que nunca hizo. Asimismo, otra persona pidió que tomasen imágenes del globo ocular derecho de la víctima, pues éste podría haber “fotografiado” al asesino, según una creencia muy extendida entonces entre los círculos supercheriles según la cual el ojo registraba la última imagen con la que había entrado en contacto, a modo de una cámara fotográfica.

Anécdotas aparte, la policía angelina realizó uno de sus mayores despliegues hasta la fecha para detener al asesino. Cientos de personas fueron consideradas sospechosas y cientos interrogadas por los agentes. Alrededor de 60 hombres y otras tantas mujeres confesaron ser los autores del crimen, quizá ávidos por obtener fama y gloria, aunque todos ellos se contradecían a la hora de declarar, demostrando que los datos que aportaban los habían leído en los periódicos. Junto a “Red” Manley, otro de los sospechosos con más posibilidades a ojos de los detectives de ser el asesino respondía al nombre de Jack Anderson Wilson, alias Arnold Wilson, un ex convicto y alcohólico que al parecer mantuvo una relación sentimental con la víctima.

Red Manley, uno de los sospechosos del crimen
Red Manley, uno de los sospechosos del crimen

Wilson fue entrevistado por el autor John Gilmore mientras éste recopilaba información para un libro sobre el caso titulado Severed: The truth story of the Black Dahlia Murder. El ex convicto al parecer estaba relacionado con otros asesinatos, como el de Georgette Bauerdorf, una acaudalado vividor que al parecer conoció a la Dalia Negra en la famosa Hollywood Canteen, sin embargo, nunca se pudo demostrar su implicación en ambos crímenes, ya que Anderson Wilson murió en circunstancias extrañas antes de ser formalmente acusado de algún cargo. Al igual que en el clásico caso de Jack el Destripador, la precisión quirúrgica con la que el asesino había seccionado el cuerpo de Beth hizo pensar a las autoridades que se trataba de un médico con años de experiencia. Según declaró el detective Harry Hansen, uno de los investigadores asignados originalmente al caso, ante el Gran Jurado del distrito de Los Angeles, estaba convencido de que el depravado asesino se trataba de un “excelente cirujano”.

La célebre Hollywood Canteen
La célebre Hollywood Canteen

La falta de pruebas, sin embargo, hizo imposible acusar del crimen a ninguno de los sospechosos. En 1996, Larry Harnisch, un editor y escritor de Los Angeles Times planteó la posibilidad de que el asesino de Short fuera el cirujano Walter Alonzo Bayley, que vivía cuando sucedieron los hechos cerca del lugar donde fue hallado el cadáver y que murió en enero de 1948 de una enfermedad mental degenerativa. Al parecer su hija había sido amiga de una de las hermanas de Elizabeth, Virginia Short, sin embargo, nunca se le pudo acusar formalmente; sin duda su imposibilidad de declarar fue una de las razones por las que fue descartado como culpable.

El detective Harry Hansen, encargado del caso
El detective Harry Hansen, encargado del caso

El caso, por tanto, sigue sin resolverse, ya hace décadas que se convirtió en la cuenta pendiente de varias generaciones de policías que, ante la aparición de nuevas pruebas, siempre pretenden reabrir el mismo. La lista de sospechosos fue tan larga como infructuosa, y en ella se incluyeron también los nombres de personajes de mayor relevancia que los citados, como el célebre Orson Welles o el gángster Bugsy Siegel, creador de Las Vegas e implicado en múltiples asesinatos a lo largo de su vida. Sin embargo, muchos de estos supuestos “sospechosos” no eran sino los protagonistas de delirantes hipótesis de periodistas y escritores varios.

Se llegó incluso a afirmar que su asesinato podría haber sido consecuencia del rodaje de una “Snuff movie”, aunque hoy día esta hipótesis es considerada poco probable. El mayor misterio en torno al asesinato de la Dalia Negra tuvo lugar cuando nueve días después del atroz suceso, alguien –probablemente el asesino–, envió a la redacción de Los Angeles Examiner un paquete impregnado con gasolina probablemente para evitar que hallaran sus huellas en el envoltorio. En su interior se encontraban algunos objetos personales de la víctima: fotografías, su certificado de nacimiento, su tarjeta de la seguridad social y su obituario. Además, alguien que decía ser el asesino utilizó letras recortadas de los periódicos que hablaban del caso para enviarle mensajes a la policía en los que afirmaba que volvería a matar.

Pero ni siquiera este desafío del asesino sirvió a uno de los departamentos de policía por aquel entonces más adelantados y modernizados del mundo para dar con el culpable. Hoy su caso permanece en la memoria colectiva de los estadounidenses, junto a otros tan célebres como el de la Familia Manson o el del Carnicero de Milkwaukee, aunque sin resolverse…

Nadie ha podido hacer justicia y devolver la integridad a una persona, la joven Elizabeth Short, que lejos de hallar en el país de las oportunidades una vía para alcanzar su sueño, encontró la muerte, tan terrible, en las calles de una ciudad de celuloide castigada por el crimen, el alcohol y la falta de expectativas de sus habitantes. No se encendieron los focos ni se levantó el telón para dar la bienvenida a Elizabeth. Su última y horripilante visión fue probablemente el resplandor de un cuchillo afilado…

Óscar Herradón. Texto publicado en la revista ENIGMAS.

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