Armas «milagrosas» del Tercer Reich (II)

22 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos «OVNI», una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «armas milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El arma solar nazi

Bien podría recordar al argumento de una cinta de ciencia ficción, pero parece que la idea y el planteamiento fueron reales, al menos si hemos de dar crédito al artículo que publicó el 23 de julio de 1945, muy reciente aún la claudicación del Tercer Reich, la respetada revista Time bajo el inquietante titular «El Arma Solar Nazi».

Este artefacto letal parece que fue ideado no en Peenemünde, sino en otro de los mayores centros de investigación armamentística del Reich, el pequeño pueblo alemán de Hillersleben, en una extensión en medio de un bosque en cuyas instalaciones trabajaban unos 150 ingenieros y físicos en el desarrollo y evaluación de armas experimentales.

Tras la rendición alemana, uno de los proyectos más siniestros que tuvieron que abandonar los nazis fue el Sonnengewehr –en inglés Sun Gun o «Arma Solar»–, consistente en un arma que sería situada en la órbita terrestre y que lanzaría un letal rayo solar, una versión a escala 100.000 veces más grande que el legendario Rayo de la Muerte de Arquímedes. Este ingeniero, matemático e inventor griego fue quien en el siglo III a.C. propuso la construcción de un conjunto de espejos de cobre posicionados de forma que pudieran concentrar y reflejar la luz del Sol sobre las embarcaciones de los enemigos y prenderles fuego.

H. Oberth

Los científicos nazis, no obstante, parece que no escogieron este mito –probablemente falso– para idear su Sonnengewehr, sino los trabajos del físico Hermann Oberth, uno de los padres de la cohetería y la astronáutica y quien trabajaría también en Peenemünde junto a Von Braun en el desarrollo del V-2 –pasando a prestar sus servicios, hacia el final de la guerra, en cohetes antiaéreos de combustible sólido en el complejo WASAG, cerca de Wittenberg–.

En 1929, en su libro Ways to Spaceflight –Modos de vuelo espacial–, presentó una hipótesis científica sobre la construcción de una estación espacial –a la que denominó Raumstation– orbitando a una distancia de un kilómetro de altitud, detallando un método teórico para su construcción basado en módulos prefabricados y describió el concepto para generar gravedad centrífuga en su interior gracias a un sistema de rotación cilíndrica, así como un sistema de aprovisionamiento consistente en misiones periódicas, adelantándose en varias décadas a las estaciones espaciales actuales.

No obstante, Oberth era un pacifista que se vio obligado a trabajar para los nazis bajo coacción. Abogó por que el desarrollo de sus Raumstations estuvieran al servicio de las observaciones astronómicas, realizando retransmisiones a la Tierra sobre meteorología, inteligencia militar e información valiosa para búsqueda y rescate mediante una especie de telégrafo inalámbrico. Hoy, todo normal. Hace más de 80 años, auténtica ciencia ficción.

A los nazis, sin embargo, lo que más le interesaba era otra de las aplicaciones sugeridas por Oberth en su monumental tesis de casi 500 páginas: un espejo cóncavo de unos 100 metros de diámetro con el que se podía reflejar la luz sobre un punto concreto de la Tierra. Por supuesto, las huestes de Hitler lo querían para aniquilar al enemigo, así que el diseño de Oberth se quedó corto y calcularon, de forma algo delirante, como lo era ya todo al final de la contienda –y por ello, mucho más peligroso–, que las dimensiones del espejo espacial debían ser de unos tres kilómetros para que realmente se convirtiera en un arma con un poder destructivo increíble.

Al parecer, la tripulación de la Raumstation recibiría instrucciones codificadas vía radio o telegráfica. Una vez decodificado el mensaje un complejo mecanismo permitiría orientar el espejo hacia el objetivo terrestre que permitiera que los rayos solares que convergieran en un punto focal en la superficie de la Tierra, generando un poderoso rayo que devastaría todo a su paso, una suerte de «Estrella de la Muerte nazi». Una vez que se hubiese alcanzado el umbral de destrucción deseado, el espejo tomaría de nuevo una posición segura, de espaldas a la Tierra.

Con la victoria aliada casi inminente, éste y otros proyectos fueron suspendidos en la primavera de 1945. El teniente coronel John A. Keck, que había sido ingeniero en Pittsburgh (Pensilvania), antes de la guerra, y era entonces jefe de una rama de inteligencia norteamericana instalada en un teatro europeo como centro de operaciones, fue el responsable de la mayoría de los interrogatorios a los científicos alemanes, consiguió que le entregaran los planos y cálculos del Proyecto Sonnengewehr, corroborando que aquel equipo de científicos se habían tomado muy en serio crear aquella arma letal en órbita. Leer para creer.

Los «OVNIs» del Tercer Reich

Desde que el fenómeno nazi moderno tomara forma curiosamente –o no tanto– poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se han hecho correr ríos de tinta en relación a los supuestos No Identificados del Tercer Reich, tema peliagudo y controvertido donde los haya. Y friki, muy friki –y por ello apasionante–.

Si nos dejamos guiar por algunos esoteristas nazis, nos sumergimos en una trama por momentos delirante que evidencia que estos autores tenían más talento para la ficción ­–una imaginación desbordante– que para la divulgación histórica contrastada, lo que impulsó la creencia en los OVNIs de Hitler, las bases secretas tecnológicamente superavanzadas –una en la Atlántida y otra, según éstos, incluso en la cara oculta de la Luna, nada menos–, y la transmisión de conocimientos por una civilización de origen extraterrestre. Permítanme que manifieste no sólo escepticismo, sino un rechazo abierto a dicha corriente.

Ello no implica que no existan misterios en torno al fenómeno de los No Identificados y diversos avistamientos relativamente bien documentados durante la Segunda Guerra Mundial de los que se hizo eco el mismísimo primer ministro británico, Winston Churchill, quien intentaría ocultar en los años 50 cualquier asunto relacionado con los «platillos volantes». El hecho de que, además, los científicos nazis desarrollaran prototipos de forma circular que pudieran ser confundidos con este tipo de fenómeno es una realidad que enseguida veremos.

El escritor chileno ya fallecido y filonazi Miguel Serrano, señaló en su obra El cordón dorado (1978) que Adolf Hitler era nada menos que un avatar del dios hindú Visnú, y que estaba en contacto con dioses hiperbóreos –los manidos «Superiores Desconocidos»– en una base subterránea en la Antártida a donde, según los teóricos de la conspiración, habría sido trasladado en submarino tras la derrota del Reich. Las tesis de Serrano fue más allá todavía, y afirmaba que Hitler conduciría una flota de OVNIs desde su base secreta hasta Alemania para instaurar un Cuarto Reich. Todavía sorprende que no se haya hecho una película con tan ingeniosos argumentos, más allá de la paródica Iron Sky (2012).

Sabemos que las sociedades secretas tuvieron una gran importancia en la consolidación del nazismo, entre ellas la sociedad ariosofista y antisemita Thule, a la que pertenecía Rudolf Hess, o la importancia del misticismo para figuras como Himmler y en menor medida Hitler, convencidos de que hacerse con artefactos «mágicos» como la Lanza del Destino o el Grial podría contribuir a otorgarles la victoria definitiva. Pero dichos escritores de pseudohistoria, entre ellos Louis Pawels y Jacques Bergier, en su libro El retorno de los brujos (1967) hacían mención a otra organización secreta aún más peligrosa –de la que, todo hay que decirlo, no existe documentación oficial fiable en archivo alguno– llamada la «Sociedad Vril» de Berlín, con vínculos con el ariosofista Guido Von List, la Ahnenerbe de Himmler o la misma Thule, que utilizaba una suerte de energía de una raza superior,  de nombre «Vril», que habría sido la que facilitaría a los nazis el poder desarrollar esos «platillos».

Esta información supuestamente la había revelado un ingeniero alemán, de nombre Willy Ley –que había emigrado a los EEUU en los años 30– en 1947, en un artículo en una revista de ciencia ficción titulado “Pseudociencia en Nazilandia”, donde hablaba de aquella organización clandestina que había sido fundada inspirándose en la novela Vril: el poder de la raza venidera (1871), del escritor británico Sir Edward Bulwer-Lytton, célebre por Los últimos días de Pompeya. En décadas posteriores, escritores como Jan Van Helsing o Norbert Jürgen-Ratthofer, o los citados Pauwels y Bergier, rizarían aún más el rizo de tan enrevesado asunto.

Al parecer, en 1996 el italiano Roberto Pinotti, director del llamado Centro Nacional de Ufología, afirmó que había recibido de manera anónima un legajo con 18 expedientes redactados bajo el régimen de Mussolini en los que se hacía referencia a varios avistamientos OVNIs acaecidos durante el Tercer Reich y que tuvieron a las retorcidas SS como protagonistas de oscuros proyectos a través de un gabinete ultrasecreto de nombre RS/33, señalando que incluso se habrían hecho con un platillo volante.

Más hipótesis alternativas imposibles de contrastar y aún más difíciles de creer, aunque hay ufólogos que incluso relacionan a los nazis con el archifamoso incidente de Roswell de 1947. Y el caso es que la fecha, tan cercana al fin de la Segunda Guerra Mundial, da que pensar. Una teoría alternativa afirma que lo que se estrelló en el desierto de Nuevo México no habría sido una nave extraterrestre –algo, por otra parte, poco probable– sino una aeronave de fabricación nazi que habría formado parte de uno de tantos proyectos secretos del Tercer Reich, conocida con el nombre de The Bell (La Campana) –en alemán Die Glocke–, una suerte de unidad futurista de propulsión, de tres metros de diámetro, que usaba partículas eléctricas y que habría sido la precursora de los aviones furtivos actuales –aquellos capaces de burlar los radares–, construida por varios expertos que habían estado relacionados también con el programa de los V-2, emigrados como Von Braun a los Estados Unidos a través de la denomida «Operación Paperclip», entre ellos, el enigmático oficial de alta graduación de las SS e ingeniero alemán Hans Kammler, cuya pista se perdió en 1945, por lo que todo se basa en conjeturas. Quién sabe.

Cierto es, no obstante, que los científicos alemanes desarrollaron prototipos muy vanguardistas, aviones en forma de disco y con alas circulares y semicirculares –la mayoría no pasaron del papel– que de haber volado de forma habitual habrían podido confundir a muchos, así como el diseño de aviones que décadas después se parecerían mucho a los prototipos norteamericanos. El ms sonasdflkasdfpu9l mn mucho a los prototipos  disco y con alas circularesrcular y semicircular –la mayoras SS como protagonistaás sonado sería el Horten Ho 229, el prototipo favorito de Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, más parecido a una nave espacial que a un avión, cuyos planos caerían en manos americanas en 1945 y fueron enviados a la Northrop Corporation para su evaluación. En 1964, cuando la Fuerza Aérea Norteamericana puso en el aire su avión de reconocimiento Lockheed SR-71, de sorprendente velocidad, su diseño recordaba mucho al anterior prototipo nacionalsocialista.

Este post continuará, con ingenios aún más sorprendentes a medio camino entre la historia y la leyenda de un tiempo de dioses y monstruos.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.





Armas «milagrosas» del Tercer Reich (I)

21 11 2020

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de “armas milagrosas” que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich, el mismo régimen que había puesto en jaque a las democracias occidentales y derramado ríos de sangre a su paso desde que los ejércitos de la Wehrmacht invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939 con su Guerra Relámpago, comenzaba a claudicar frente al avance aliado. Ya cerca del final de la contienda, llegaron al Alto Mando aliado informes muy inquietantes sobre el armamento enemigo, que era cada vez más extraño y sofisticado, por lo que comenzó a tomar forma el rumor de que existían toda una serie de Armas Maravillosas o Milagrosas (Wunderwaffe) que estaban causando grandes estragos.

Los reportes eran enviados por pilotos de bombarderos que sobrevolaban Europa y destruían las ciudades alemanas sin piedad, y también por simples soldados de infantería que contemplaban con sorpresa, en el frente, artilugios que parecían venidos del futuro. Aunque, en parte, aquello de «Armas Maravillosas» fue un mito creado y potenciado por el eficaz Ministerio de Propaganda nazi –el Promi–, comandado por el viperino Dr. Goebbels, quien ya había creado el término de «Armas de Represalia», lo cierto es que no estaba tan alejado de la realidad.

Los pilotos que hablaban de artilugios imposibles no mentían. Existieron algunos proyectos que hoy creeríamos fruto de la mente de algún conspiracionista alucinado, elementos de una novela sci-fi con toques pulp, si no fuera porque tantas décadas después por fin se han hecho públicos diversos archivos de aquel tiempo de sangre y fuego, cobijados con celo por distintos organismos aliados que se hicieron con los mejores científicos e inventos nazis en 1945.

El súper laboratorio del Báltico

En una pequeña y remota isla alemana, de nombre Usedom, en la desembocadura del río Peene, a orillas del mar Báltico, se levantaba un complejo secreto de laboratorios y campos de aviación donde los científicos nazis realizarían asombrosos avances técnicos, entre ellos, el primer misil de crucero de la historia. Se trataba de instalaciones militares fuertemente protegidas en el apacible pueblo costero de Peenemünde, donde comenzará, en medio de fuertes medidas de seguridad, la era de la aviación a reacción y los primeros pasos de la era espacial. Era una zona muy remota del país donde los alemanes podían hacer lanzamientos de misiles al mar Báltico asegurándose de que ningún espía pudiera informar a los aliados acerca de aquellas armas milagrosas. Su existencia era un secreto de Estado cuya revelación se pagaba con la muerte.

Base hoy no tan secreta de Peenemünde

Según el experto en armas Scott Marchand, los programas americanos de desarrollo de misiles durante la guerra eran muy primitivos en relación con los que los alemanes ya habían desarrollado antes de 1944. Realizaron un desarrollo aeroespacial tan avanzado que situaban a Alemania muy por delante de las demás naciones: miles de brillantes ingenieros, físicos, químicos y otros técnicos contaban con la tecnología más sorprendente en varias instalaciones del que sería conocido como el súper laboratorio del Báltico, el más moderno de Europa a pesar de la escasez a que obligaba la contienda, siendo generosamente financiado por el Tercer Reich. Su misión: desarrollar un armamento letal, armas de destrucción masiva que nadie había visto hasta ese momento, adelantándose en varias décadas a la tecnología que utilizarían más adelante, con éxito, otras potencias.

Von Braun y sus hombres del Reich

Al frente de aquel complejo se hallaba el coronel de la Wehrmacht y SS Wernher von Braun, director técnico del centro investigación, que más tarde, aunque parezca increíble, se convertiría en el padre de la aeronáutica y en un héroe en los EEUU tras su paso por la NASA. Von Braun y el mayor Dr. Walter Dornberger, experto en misiles, descubrieron la idoneidad del lugar –allí cazaba patos el abuelo de Von Braun– y se lo comunicaron a los Ministerios del Ejército y del Aire para habilitar una zona reservada para sus experimentos secretos. Bajo la pantalla de la organización propagandística nazi «Fuerza a través de la Alegría» –Kraft durch Freude–, fueron trasladados a dicha península centenares de obreros y técnicos con la misión de construir una «colonia de descanso veraniega» para los trabajadores alemanes, pero en realidad edificaron, a partir de 1937, talleres, barracones, alojamientos para los científicos y sus familias, laboratorios y zonas de prueba.

En 1939, tras haber gastado el Tercer Reich unos 300 millones de marcos, Peenemünde ya era una realizad y los científicos (ingenieros, físicos…) fueron llevados en secreto desde el polígono de pruebas Kummersdorf, en Berlín –cuyas instalaciones eran demasiado limitadas para realizar vuelos y ensayos con motores avanzados, una zona más expuesta a los espías enemigos–, en vagones de tren, hasta las nuevas instalaciones –construidas de forma muy similar al tipo de casas de otros pueblos de la zona para evitar rumores– donde comenzaría la carrera armamentística más feroz del Tercer Reich.

Cartel de «Fuerza a Través de la Alegría»

Era una metrópoli autónoma cuyo diseño había corrido a cargo de Albert Speer –con una capacidad para 30.000 científicos y  con la intención de que, una vez ganada la guerra, se convirtiese en centro espacial mundial– que contaba con instalaciones metalúrgicas, centrales eléctricas y zonas de pruebas de armamento, siendo el equivalente alemán a la base norteamericana de Los Álamos y a la soviética de Akademgorodok, el epicentro de la tecnología rusa en plena Siberia. Peenemünde sería una de las cinco instalaciones militares de pruebas que dependían de la Oficina de Armas del Ejército y sin duda en la que se desarrollaron los proyectos más innovadores.

El aspecto más siniestro del que sería conocido como Centro de Investigación Armamentística de Peenemünde fue la utilización de mano de obra esclava en la fabricación de prototipos y artefactos. Cuando los prisioneros estaban demasiado débiles para continuar, eran asesinados para que ninguno pudiese revelar los secretos de la base. Aunque los científicos no tenían la condición de prisioneros, lo cierto es que muchos fueron presionados también por los nazis con colaborar a cambio de su seguridad y la de sus familias. La Gestapo acechaba en cada esquina.

Mientras en las instalaciones que pertenecían a la Fuerza Aérea –Luftwaffe– se centraron en el desarrollo de aviones cohete y otros artefactos sorprendentes, el Ejército –la Werhmacht– puso su empeño en producir grandes cohetes de combustible líquido. Finalmente, consiguieron hacer realidad un extraño avión sin piloto propulsado por un pulsorreactor que llevaba una tonelada de explosivos y que fue bautizado como V-1, al que seguiría tiempo después el V-2 (bautizados como pomposidad por Goebbels simultáneamente como «Represalia 1» y «Represalia 2»).

Fritz Kolbe

Sin embargo, en 1943, gracias a un audaz plan orquestado por la inteligencia aliada en Londres, se consiguió identificar la zona de Peenemünde. Y se hizo, curiosamente, también utilizando una tecnología muy adelantada a su tiempo: un estereoscopio, según la BBC, a través de unas gafas especializadas –muy similares a las utilizadas en la actualidad en el 3D–, que permitieron visualizar con gran precisión desde el aire la remota ubicación de los misiles nazis; una información que los aliados conocían gracias a las escuchas a prisioneros de alto rango de la Wehrmacht retenidos en Inglaterra y a los informes enviados por uno de los mejores agentes dobles de la guerra, injustamente mancillado: el berlinés antinazi Fritz Kolbe, alias «George Wood», asistente especial del embajador Karl Ritter con acceso a información vital sobre operaciones militares.

Entre los miles de documentos que entregó, Allen Dulles, futuro primer director de la CIA –entonces operaba en una estación espía en Berna al servicio de la OSS–, señaló que había descrito los trenes blindados en los que se refugiaban algunos peces gordos del NSDAP, como Heinrich Himmler y que estaban dotados de defensa antiaérea, e informó sobre los tipos de aviones entonces desconocidos que estaban operando en el frente del Este, tanto alemanes como soviéticos.

Los pilotos aliados tomaron las fotografías en el marco de la Operación Crossbow –Ballesta–, que no fue ni mucho menos fácil: debían sobrevolar a bordo de un Spitfire –el caza monoplaza británico diseñado por R. J. Mitchell que dio una gran ventaja a la RAF– la zona alemana totalmente desarmados, pues no podían cargar con más peso que las cinco cámaras que llevaban y que lograron decenas de millones de fotos y 36 millones de impresiones.

Más tarde, con el material sobre la mesa, el mariscal sir Arthur T. Harris –también conocido como «Carnicero Harris»– planificó la «Operación Hidra» (Hydra), que durante la noche del 17 al 18 de agosto de 1943, lanzó un multitudinario bombardeo aéreo sobre Peenemünde: 598 bombarderos de la RAF dejaron caer en tres oleadas 2.000 toneladas de bombas sobre la zona, principalmente en los barracones de los científicos y los edificios de proyectos.

Wasserfall

A pesar del éxito de la operación, unos 300 pilotos ingleses fueron asesinados o detenidos al saltar de sus aparatos en llamas. Durante la operación Hidra se acabó con la vida de cientos de científicos de Hitler, entre ellos el director de la base, el general Wolfgang von Chamier-Gliczinski y el Dr. Thiel, decisivo en el desarrollo del motor A-4, y que a punto estuvo de hacer realidad un arma supersónica basada en la figura aerodinámica del misil balístico V-2, el Wasserfall –«Caída de Agua»–, contra la que probablemente los aliados no hubiesen tenido defensa alguna. Otro artilugio cuasi futurista.

El martillo eléctrico del Reichsführer

Obsesionado por el martillo de Thor –Mjolnir– del que hablaban los mitos nórdicos que le habían fascinado desde niño, distorsionando, junto a las teorías raciales, su visión de la realidad, se sabe que Heinrich Himmler ordenó a miembros de su Orden Negra –las SS– que lo buscaran, asunto corroborado en una carta que aún se conserva y que está rubricada por el propio Reichsführer-SS; debían hacerlo a través de la Deutsches Ahnenerbe o «Sociedad Herencia Ancestral Alemana», cuyo fin era rastrear cualquier vestigio del pasado ario en el mundo conocido. Junto al Mjolnir, distintas expediciones más sonadas de SS irían tras la pista del Santo Grial, la Mesa de Salomón, la escritura de los antiguos arios o la Lanza del Destino, llegando incluso hasta el lejano Tíbet o hasta tierras islandesas.

Pero cuando era evidente que el frente del Este acabaría finalmente con el poderío nazi en Europa, Himmler se autoconvenció –lo que puede darnos una idea de hasta qué punto llegó a desvirtuar el mundo que le rodeaba– de que el arma mágica del Dios del trueno nórdico, el martillo letal que fulminaba a sus enemigos del que hablaban los Eddas, era en realidad un complejo artilugio basado en la electricidad que habrían desarrollado los antiguos arios. Sin duda, se había dejado influir poderosamente por los escritos de Rudolf John Gorsleben y otros ariosofistas.

Ahora, destinaría todos sus esfuerzos a desarrollar una máquina que utilizara ingeniería eléctrica, una versión moderna del «Martillo de Thor» que sirviera para asestar un último golpe mortal, cual héroe nórdico en gesta final por su pueblo elegido, a la amenaza del «bolchevismo judío».

Eddas

Como una de sus últimas extravagancias, a las que tan acostumbrados tenía a sus subordinados, transmitió a la Oficina Técnica de las SS la descabellada propuesta para la construcción del arma eléctrica «milagrosa» que salvara a la gran Alemania de las garras de sus adversarios «subhumanos», utilizando si era necesario los últimos avances en fisión nuclear que en 1942 debatían los miembros del Consejo de Investigación del Reich como una posible vía para la construcción de la bomba atómica nazi, un proyecto que nunca fructificó debido a su alto coste y a la dificultad para llevarlo a la práctica, a pesar de la insistencia del entonces Ministro de Armamento del Reich, Albert Speer, por convencer a Hitler de destinar importantes fondos al asunto. Pero Hitler quería resultados casi instantáneos, y el avance aliado no permitía dedicar un tiempo que no tenían a la experimentación que, por otra parte, se estaba llevando a cabo también en la base blindada de Los Álamos, el denominado Proyecto Manhattan, precisamente comandado por un norteamericano de origen judío y ascendencia alemana, Robert Oppenheimer. Paradójicamente, cuando los nazis ya habían paralizado casi por completo las investigaciones en este sentido, los aliados pensaban que Hitler estaba a punto de tener lista una bomba atómica, lo que aceleró los trabajos de los yankees.

Volviendo al «conductor eléctrico del dios del trueno», Himmler recurriría a varias empresas para que realizaran un diseño del artefacto, y sería la oscura empresa Elemag, según la periodista Heather Pringle, quien le presentó un proyecto para su construcción en noviembre de 1944. Según sus expertos, se podía emplear tecnología actual para construir un arma capaz nada menos que de transformar «el material aislante de la atmósfera en un conductor eléctrico»; a través de un complejo proceso, los ingenieros de Elemag pretendían lograr esto con la intención de bloquear la señal de todos los aparatos eléctricos de los aliados, desde frecuencias de radio a controles remoto.

El Reichsführer se mostraba eufórico con el proyecto de su arma definitiva, su nuevo “Martillo de Thor que se abatiría implacable sobre las fuerzas enemigas; llegó a transmitirle a su masajista, Felix Kersten, su confidente entonces, que «Muy pronto empezaremos a usar nuestra última arma secreta. Y eso cambiará completamente la situación de la guerra». Kersten dejaría por escrito la estupefacción que le causaron las palabras de su superior años más tarde: «El país estaba en ruinas, el bombardeo era cada vez más intenso, Alemania estaba casi derrotada, ¡y Himmler hablaba de victoria! Apenas podía creer lo que oía».

Cuando los técnicos de las SS, tras analizar minuciosamente los bocetos del conductor eléctrico presentados por Elemag, comunicaron a Himmler que aquello era inviable, apenas una fantasía para la que Alemania no tenía medios, y mucho menos en el estado de avanzado desgaste y escasez en los que la guerra había sumido al país, éste no quiso aceptarlo, y recurrió también al jefe de la oficina de planificación del Consejo de Investigación del Reich, el mismo que había realizado las investigaciones con uranio enriquecido, en busca de una segunda opinión, quien le corroboró la imposibilidad de llevar a cabo tan gigantesco y fantástico proyecto.

Con Berlín bombardeado por las fuerzas aliadas y el ejército soviético apostado a apenas 100 kilómetros de la capital alemana, a Himmler ya sOlo le quedaba intentar sellar una alianza con el enemigo como única forma de mantener en pie «Reich de los Mil Años» que ya era incapaz de sostenerse. Ningún arma milagrosa, ni los dioses atávicos de la mitología nórdica, ni siquiera el ardor guerrero que creía le transmitía el emperador Enrique I, su avatar en la imaginería fantástica que se había forjado a lo largo de los años, podían ya salvarle a él ni a su Orden Negra, trasunto siniestro de la Alemania «purificada y superior», de la derrota a manos del adversario.

Si en torno a Himmler todo había sonado extravagante desde sus primeros tiempos en el poder, cerca del desastre final adquiría ya tintes estrafalarios que dejaban entrever la incompetencia en el campo militar del que había sido, por otra parte, un excelente burócrata y organizador del aparato de terror nacionalsocialista.

Este post continuará.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.





Símbolos del poder regio

19 11 2020

Ahora que la monarquía parlamentaria no goza en España precisamente de su mejor momento, por las veleidades financieras –por ser suave– del Rey Emérito y parte de su entorno más cercano –será la Justicia, ciega, o no tanto, quien finalmente decida la implicación de cada uno en el mayor escándalo que azota la Zarzuela en cuarenta años–, recordamos en este post algunos de los símbolos del poder real –Iura regalia– y su significado ritual a lo largo de los siglos.

Óscar Herradón ©

Coronación de Felipe II de Francia (1179)

Durante la ceremonia de consagración, cuyo fin último era legitimar el poder real sobre la voluntad divina, el rey era investido con una serie de símbolos con los que ha sido representado –principalmente en Occidente- en la mayoría de retratos y otras obras de arte de índole propagandística y que indicaban su carácter supraterreno y su condición de máximo mandatario de la comunidad. Las insignias reales eran consideradas por sus portadores como auténticas armas iniciáticas, y su sola posesión confería el llamado poder regio.

La Corona

Además de servir como adorno para la cabeza que realzaba la figura de su portador, tenía –y sigue teniendo hoy en día– forma de círculo, símbolo de la perfección. El uso de la misma como distinción e incluso como importante símbolo funerario data de épocas remotas.  En la antigüedad se adornó la corona, generalmente de oro y piedras preciosas, con diferentes hojas de plantas como el rosal, la hiedra, el mirto, el roble o el olivo, cada una de ellas con un significado simbólico concreto.

Desde tiempos pretéritos estuvo asociada también al culto solar, y no olvidemos que muchos de los reyes que gobernaban Occidente durante la Edad Media y Moderna hicieron del astro rey, el Sol, su símbolo personal. Eran los conocidos como monarcas de estirpe solar, caso por ejemplo de Luis XIV de Francia, cuyo sobrenombre, Rey Sol, no deja lugar a dudas, o de otros personajes como Rodolfo II o Federico II de Hohenstaufen, reyes muy vinculados al universo oculto y hermético.

En la Antigua Grecia, los vencedores de los juegos olímpicos eran obsequiados con una corona de laurel, que estaba también relacionado con el citado culto solar y que fue recuperado como símbolo de la victoria por los emperadores romanos –la conocida como «corona cívica», triunfal de oro y con hojas de laurel, era la máxima expresión, el símbolo más elevado del poder humano–.

Sin embargo, siguiendo el trabajo de Paola Rapelli Grandes dinastías y símbolos de poder (Electa, 2005), la corona como signo de la realeza no proviene de la cultura grecorromana, sino de Oriente. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, algunos faraones ostentaban el título de rey del Alto y del Bajo Egipto, y  tal dignidad era representada por la corona de ambos reinos: la Blanca o  Hedjet, símbolo del Alto Egipto, y la Roja o Desheret, símbolo del Bajo, fusionadas en una, conocida como Sejemty o Corona Doble. Asimismo, existían otro tipo de coronas utilizadas con diversa finalidad y en distintas ocasiones, como Atef o corona osiriaca, que estaba presente en algunos rituales de carácter funerario, y la Jemjem, compuesta por tres coronas Atef y otros complementos, y que parece que tenía una función solar, entre otras.

Osiris

Según Francisco Javier Arriés, la corona, a semejanza del gorro del mago o del hechicero, se apoyaba sobre el último chakra, simbolizando el poder conferido desde lo alto que irradiaba sobre su portador. La palabra chakra viene del sánscrito cakra y tiene el significado de «rueda» o «círculo». Según el hinduismo y algunas culturas asiáticas, los chakras son vórtices energéticos situados en los cuerpos sutiles del ser humano, llamados Kama rupa –«forma del deseo»– o linga sharira –«cuerpo simbólico»–. Su tarea es la recepción, acumulación, transformación y distribución de la energía llamada prana. Los chakras básicos son siete.

De entre todas las que hoy se conservan, destaca por su belleza y simbolismo la corona imperial de Carlomagno, personaje crucial en la forja de la dignidad real de corte divino. Esta consta de ocho placas articuladas y su forma no es casual, pues el octógono es una forma intermedia entre el círculo y el cuadrado, y simboliza la regeneración, algo que sabían muy bien algunos soberanos como Federico II de Hohenstaufen, que utilizó dicha geometría en Castel del Monte.

La corona imperial de Carlomagno, que fue fabricada en los talleres de la abadía de Reichenau, muestra además una serie de placas esmaltadas que representan a Cristo –Rey de Reyes– y a varios soberanos del Antiguo Testamento, lo que indicaba que el Imperio era una institución divina, eje de la convivencia humana que se erigía como protectora del catolicismo. La riqueza y ostentación de la corona imperial es otra de sus peculiaridades. No debemos olvidar que en la mayoría de los casos estos símbolos estaban ornamentados por gemas y piedras preciosas, cuyas virtudes y poderes talismánicos –tendremos ocasión de descubrir también la importancia que algunos reyes otorgaban a las propiedades curativas de ciertos elementos de la naturaleza– actuaban, según se creía, sobre el monarca.

Trono de Carlomagno en la iglesia de Aachen (Aquisgrán)

La Espada

El segundo símbolo que otorgaba el poder regio era la espada, la principal de las armas iniciáticas, que simbolizaba el poder y la justicia, pero también el conocimiento y la razón, virtudes que debía poseer siempre el soberano, aunque por desgracia dicha premisa no se cumplía en muchas ocasiones, «el eje que une los mundos, y una imagen del rayo solar que disipa las tinieblas».

Este importante simbolismo estaba muy vinculado a la caballería iniciática, mientras que la espada era también uno de los principales símbolos de identificación del caballero. Podemos hablar por tanto del caballero-rey o del rey-caballero, honor que algunos soberanos alcanzaron por méritos propios y que otros obtuvieron de forma despótica, obligando a los verdaderos iniciados a que les concediesen el privilegio de nombrarles como tal.

Otro de los símbolos representativos del poder real es el cetro, símbolo de fuerza y fecundidad e imagen de la columna que sostiene el Universo. En la Antigua Grecia, siguiendo el trabajo de Rapelli, el cetro era el bastón largo que usaban las personas mayores como apoyo para caminar y los pastores para guiar los rebaños, por lo que acabó convirtiéndose en el símbolo del Buen Pastor –Cristo– según lo define el Evangelio de Juan (10,1) y por tanto en un poderoso símbolo del rey divino, por lo que representa la función específica de protección de la grey de los fieles y, fuera del marco religioso, de todos sus súbditos.

Es habitual en la iconografía cristiana que muchos santos y personajes relacionados con la religiosidad porten también un cetro, elemento que en la mitología grecorromana, por su parte, representaba el símbolo fálico, como por ejemplo el tirso de Dioniso.

Fuera de Europa era la vara que indicaba el rango social y que se exhibía en las ceremonias rituales. Por su forma rígida y vertical se le relacionaba, como ya he señalado, con el eje del mundo, de gran similitud con la espada. Generalmente, al menos en Europa, el cetro solía rematarse en forma de pomo redondo, símbolo también del mundo y del control absoluto sobre él; también solía ser engalanado con otros ornamentos, como la flor de lis –símbolo de los reyes franceses–, que significa luz y purificación.

Otros elementos simbólicos

El globo también era un elemento crucial dentro del simbolismo regio, y los reyes y emperadores lo llevaban en la mano durante las diferentes ceremonias oficiales, y en la más importante probablemente de sus vidas: la de coronación, simbolizando, en palabras de la citada Rapelli «la metáfora del poder sobre un área terrenal, pero por extensión sobre el mundo entero», encarnando además el ordenamiento divino del cosmos y remarcando también el papel mesiánico del rey como salvador de su pueblo, si tenemos en cuenta que en la iconografía religiosa Cristo se presenta sosteniendo un globo en una de sus manos como salvador del mundo –Salvator Mundi–.

Junto a todos estos símbolos, el trono fue uno de los que mayor distinción otorgaba al soberano; éste era el «ombligo del mundo» y representaba el Universo sobre el que gobernaba el rey. Además, simbolizaba la unidad estable y la síntesis entre el Cielo y la Tierra y era un símbolo también de la majestad divina, pues la divinidad se representa sentada precisamente sobre un trono.

En el Antiguo Egipto, el faraón aparecía representado generalmente sobre un trono, y en los jeroglíficos de las pirámides éste tenía el significado de equilibrio y seguridad. Por su parte, en la Grecia antigua los doce dioses del Olimpo también se sentaban en tronos adornados con ricas joyas. El de Zeus se hallaba situado en la Gran Sala del Consejo, y era de mármol negro pulido con incrustaciones de oro puro, símbolo del astro rey. Para llegar al mismo había siete escalones, cada uno de ellos representando uno de los colores del Arco Iris. Sobre uno de los brazos del gran asiento se posaba un águila de oro que mostraba un rubí en cada ojo; con una de sus garras apresaba los rayos del Dios-Rey, regalo de sus aliados los cíclopes en la lucha contra Cronos y sus secuaces durante la guerra por el Olimpo.

La reina Hera, por su parte, se sentaba sobre un trono de marfil, símbolo de pureza. En Grecia también los reyes y los nobles se sentaban sobre tronos. Rapelli escribe que era un símbolo tan poderoso en aquella civilización que se esculpían tronos vacíos para los dioses, de manera que éstos pudieran estar presentes en todo momento.

En el arte cristiano la Virgen y Cristo están sentados también sobre ellos durante el acto de coronación. Asimismo, Jesús promete a los apóstoles que cuando juzguen a las doce tribus de Israel se sentarán sobre tronos. Estos suelen estar elevados sobre uno o varios escalones, a veces con un dosel o pabellón encima, como en la capilla del palacio real de Aquisgrán, en la que Carlomagno tenía reservado un lugar especial para el trono durante el transcurso de las celebraciones religiosas, elevado sobre una plataforma que hacía que el emperador se situara, física y simbólicamente, por encima de todos sus feligreses.

Para saber más:     

HANI, Jean: La realeza sagrada. Del faraón al cristianísimo rey. José J. de Olañeta Editores 1998.

HERRADÓN, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta, 2007.

RAPELLI, Paula: Grandes dinastías y símbolos del poder, Electa, Barcelona, 2005.