La Marca del Maligno (I)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

V-Wars (Drakul)

Y si lo que queremos es acercarnos a unos de los grandes colaboradores del maligno desde tiempos pretéritos, los vampiros, nada mejor que sumergirnos en las páginas del cómic que ha inspirado una de las series de Netflix: V-Wars, editado por Drakul, cosecha de uno de los autores superventas del New York Times, Jonathan Maberry , junto con Alan Robinson y el artista visual Jay Fotos, un primer volumen que recopila los números 1 al 5 de la novela gráfica.

Con un dibujo descarnado y violento, y unos personajes muy bien perfilados, no es la típica historia post-apocalíptica, pues en ella se entreteje también una trama de intriga política y se aprecian claros elementos del género bélico. Como sucede con la exitosa e interminable The Walking Dead, según avanza el relato se evidencia cómo planea en el ambiente el miedo, los extremismos, la intolerancia e incluso el racismo; el hombre mucho más peligroso que la criatura. Sin embargo, personalmente me parece más adictiva que la saga creada por Kirkman y Moore.

La trama cobró todavía más interés con el trágico estallido de la pandemia de Covid que mostró lo vulnerables que somos los seres humanos a los virus (aunque éstos no nos conviertan, por suerte, en no muertos), al que se une el implacable azote del cambio climático. El deshielo del Ártico ha liberado un virus muy contagioso que desata una pandemia global que convierte lo que hasta entonces era un mito de algunos pueblos en una terrible realidad: el vampirismo. Para luchar contra la mayoría de personas cuyos genes han mutado en este sentido, convirtiéndose en criaturas depredadoras ansiosas de sangre fresca, el presidente de los sempiternos Estados Unidos contrata al profesor universitario Luther Swann, especialista en estas criaturas y toda la mitología –ahora realidad– que las envuelve. Sin embargo, el propio gobierno USA parece estar detrás de una compleja conspiración política en la que el investigador se verá envuelto.

Toda una guerra «sobrenatural» en la que se evidencia un discurso antibelicista (por parte no solo de humanos, sino también de algunos vampiros) y una advertencia sobre lo que puede avecinar un futuro no muy lejano. Una nueva lectura sobre la corrupción, la destrucción del planeta, las enfermedades y los miedos ancestrales compartidos por todos los pueblos.

He aquí el enlace para adquirir este sangriento volumen:

https://www.drakul.es/component/virtuemart/v-wars-1-la-reina-escarlata-detail

Este post continuará… al capricho del Innombrable.

Musashino, una pequeña joya literaria

Musashino, del escritor nipón Kunikida Doppo (1871-1908) máximo representante del naturalismo en su país, es un hermoso y pequeño gran libro que nos llevará, en una amalgama de géneros literarios, a lo más profundo de los paisajes del viejo Japón.

Óscar Herradón ©

Durante mucho tiempo, quizá demasiado, el grueso de la literatura japonesa, al margen de Murakami, Mishima y algunos nombres más, destacó por su ausencia en nuestro país. Se habían traducido, con mayor o menor acierto, autores importantes como Kobo Abe, o escritores occidentales influenciados sobremanera por su cultura, como Lafcadio Hearn, cuyos relatos basados en el folclore sobrenatural nipón son una delicia para cualquier lector apasionado del género oscuro.

Sin embargo, y aunque algunas pequeñas editoriales, como digo, se interesaran en la traducción de literatura e incluso poesía japonesa al castellano –léase también al gallego, al catalán o al euskera–, el volumen era más o menos escaso. En las últimas décadas, gracias en gran parte al enorme tirón del famoso cómic manga, al superventas y gran literato citado, Haruki Murakami, y al cine de terror de pelos negros y agua en abundancia patentado por The Ring hace dos décadas, miramos con mucha más atención al país del sol naciente, que en estos tiempos de globalización ya no nos parece tan lejano.

En la actualidad, en España hay varias editoriales independientes dedicadas prácticamente en exclusiva a la publicación de literatura oriental, principalmente nipona, aunque también china, coreana e incluso vietnamita. Destacan entre ellas, y tendrán sus correspondientes espacios dentro del «Pandemónium», Satori Ediciones, con un catálogo editorial de infarto, o Quaterni, con títulos que ya se han convertido en nuevos clásicos, muchos de ellos también relacionados con el universo de criaturas mágicas y demoníacas de la tradición nipona que siempre me han cautivado.

Chidori Books

Como digo, estas magníficas editoriales publican un material que nadie que se precie de ser buen lector debe obviar, pero en esta ocasión me encargaré de hablar de una modesta editorial que también publica obras singulares del país del sol naciente y a la que invito a acercaros desde estas modestas líneas: Chidori Books. Precisamente hace unos meses me llegó una de sus últimas novedades, un librito de perfecta factura y contenido impagable que escribiera en su día el autor Kunikida Doppo –léase así o al revés, Doppo Kunikida, por esa costumbre mal entendida en Occidente de marcar primero el apellido y después el nombre, lo que ha generado múltiples traducciones incorrectas–; el libro en cuestión: Musashino, que además del título del relato que da nombre al volumen también es una ciudad del viejo Tokio, y que trae una jugosa introducción firmada por Margarita Adobes que nos acerca a un autor poco conocido aquí por desgracia.

Logo de Chidori Books

Doppo, en realidad uno de sus trece pseudónimos literarios, de verdadero nombre Kumikida Tetsuo –apellido que los seguidores de Akira y del cine de terror de serie B no pasamos por alto–, nació probablemente, pues hay lagunas, el 15 de julio de 1871 en Choshi, en la prefectura de Chiba. De confesión cristiana –religión que abrazó en 1891, cuando fue bautizado por el prominente teólogo Uemura Masahisa– algo poco habitual en el Japón de entonces y confesión hartamente perseguida en otros tiempos y en aquellas latitudes, era hijo de un funcionario de la clase samurái, un tal Sempachi,  y de una camarera de una posada de nombre Man. Tras continuos cambios de residencia que le hicieron tomar contacto con numerosos lugares –aunque también le supusieron cierto desarraigo, pues realizó hasta catorce traslados en diez años–, ingresó, a pesar de haber tenido una educación irregular, en el College Tokyo Senmon Gakko, que actualmente es la Universidad de Waseda, para cursar estudios en lengua inglesa. Fue expulsado de ella y su anhelo por dedicarse a la política también se truncó. Entonces decidió dedicarse a la literatura, fundando en 1892 la revista literaria Seinen bungaku.

Una muerte prematura

De agitada y corta vida, fue profesor, corresponsal de guerra y editor, y a pesar de que moriría con tan solo 37 años, el 23 de junio de 1908 a causa de la tuberculosis, la enfermedad por antonomasia del Romanticismo, tuvo tiempo para dos matrimonios –ambos fallidos y parece que bastante traumáticos– y pudo escribir una fecunda obra literaria y creativa, hasta 70 composiciones, gracias en parte al mecenazgo del marqués Saionji Kinmochi, quien llegaría a ser príncipe y dos veces primer ministro de Japón.

En la misma, destacan su diario personal (Azamaukazaru no ki) que comenzó a escribir en 1892 y donde plasmaría sus vivencias y particularmente su primer matrimonio con  composiciones poéticas y relatos, de entre los que sobresale su obra cumbre, precisamente Musashino. Su obra posee, por supuesto, una marcada huella autóctona durante el periodo Meiji, es más, vital, pero en ella se hacen evidentes también influencias occidentales:  desde la más marcada, la del poeta romántico inglés William Wordsworth (1770-1850), a representantes del realismo como Turguénev, Tolstoi o Maupassant, a los que se acercaría tiempo después, aunque sin renegar de la deuda con Wordsworth.

Wordsworth

Se considera a Doppo pionero del naturalismo nipón, pero su evocadora obra supera con creces esta encorsetada clasificación –él mismo se sorprendió con tal encasillamiento–, por lo que sus apenas diez años de carrera literaria son difíciles de encuadrar dentro de una única escuela. Musashino fue su obra cumbre, su texto más emblemático, una suerte de diario de viaje formado por cinco relatos cortos unidos por la concepción de la naturaleza como extraordinaria manifestación divina, de un lirismo exquisito, y cierta extrañeza.

Consideradas por su propio autor como un poema, estas piezas que conducen al lector por sendas y caminos del viejo Japón, una naturaleza local tocada de un halo especial, casi mágico, sirven de escenario para llevar al lector, por el contrario, a una realidad desgarradora, de personajes que, en medio de su propia desesperación y desazón vital, heredera del Romanticismo, luchan contra las fuerzas de una omnipotente naturaleza que evidencia con su magnificencia la propia indefensión de los individuos, que intentan escapar, inútilmente, a su trágico destino. En toda su obra, Doppo se caracterizó por mostrar un cariño especial hacia los desamparados, hacia la humanidad que se desprende de la desgracia. A su vez, esa Naturaleza era su refugio, donde afirmaba «sentir a Dios».

Para este libro, compuesto además de por Musashino por los relatos cortos, también magistrales, El Viejo Gen –inspirado en un mendigo que conoció durante su estancia en Saeki–, Carne y patatas, Diario de un borracho y La puerta de bambú, no son una obra al uso. Lectura obligada  durante muchos años en las escuelas niponas, combina diferentes géneros narrativos con maestría, así como llamadas de atención al lector a través de estilos tipográficos y signos de puntuación, convirtiendo el texto en una obra que rebasa los géneros literarios.

Como anécdota, señalar que el nombre de Doppo Kunikida es ahora célebre porque así se llama un personaje del manga Bungo Stray Dogs, que trabaja para la ficticia Agencia Armada de Detectives. En definitiva, Musashino es un libro simplemente maravilloso que podéis adquirir en la página de Chidori Books:

http://chidoribooks.com/catalogo/clasica/musashino/

Hoteles en los que se hospeda el mal (II)

No es precisamente un buen año para el sector hotelero y turístico por culpa de la dichosa pandemia del Covid-19, el peor y más letal inquilino de los últimos 100 años; más bien está siendo nefasto, para olvidar, como en muchos otros sectores, pero seguro que cuando esto se recupere, y lo hará –no me atrevo a vaticinar cuándo, eso sí–, volvemos a viajar a los lugares más sorprendentes… e inquietantes. Si somos de experiencias fuertes, quizá nos atrevamos a alojarnos y pernoctar en alguno de estos establecimientos, aunque dudo que lo recomiende la mayoría de cardiólogos e incluso psiquiatras. NO APTO PARA APRENSIVOS.

Óscar Herradón ©

Fort Garry Hotel (Canadá)

Downtown, Winnigpeg (Manitoba, Canadá). El Fort Garry Hotel fue construido en 1813 por el Grand Trunk Pacific Railway con la finalidad de hospedar a los viajeros del tren, ya que estaba situado muy cerca de la unión de la vía férrea, en el cruce de los ríos Red y Assiniboine. Es uno de los hoteles más grandes del país, reconocido como patrimonio histórico canadiense desde 1981. Pero arrastra también ecos de tragedia: cuentan que en la década de  1940 una mujer fue brutalmente asesinada por un mafioso en la habitación 202. Desde entonces, la habitación estuvo cerrada al público hasta los años 50. Pero como si la estancia estuviera maldita, tuvo lugar un nuevo hecho luctuoso: una joven embarazada esperaba a su marido que había salido a comprar el periódico. Cuando se asomó a la ventana, vio horrorizada cómo un coche lo arrollaba, causándole la muerte. La muchacha, encogida por el dolor, se ahorcó en el armario.

Fort Garry Hotel

Desde entonces, han sido varios los huéspedes que han afirmado ver extrañas siluetas y escuchar lamentos horripilantes en el interior de la 202. Una extraña fenomenología que sería fruto de la tragedia vivida y que, según el testimonio de algunos que han dormido allí –o al menos lo intentaron– se manifiesta en forma de una vieja espeluznante que se lamenta en un rincón. Otros testigos afirman haber visto sangre goteando de las paredes y que alguien o algo invisible les toca los pies cuando están tumbados sobre las camas. Otras de las historias que circulan sobre el Fort Garry Hotel hablan de grotescas apariciones de una mujer gimiendo por los pasillos… ¿la suicida de la 202? Quién sabe…

El delicado asunto «sobrenatural» fue dotado de cierta oficialidad tras el testimonio de la diputada canadiense liberal Brenda Chamberlain –quien se definía escéptica–, que durmió en la 202 durante un caucus en el año 2000 y afirmó más tarde a la prensa que fue despertada a media noche porque sintió dos veces una «presencia» que intentaba meterse en su cama. La noticia copó los titulares nacionales y la duda sigue en el aire.

Fairmont Banff Springs. 405 Spray Ave, Banff, Alberta (Canadá)

También en Canadá se halla el emblemático hotel Fairmont Banff Springs, de una belleza arquitectónica que deja paralizado al visitante, enclavado a su vez en un paisaje circundante espectacular: el de las Montañas Rocosas. Es por eso que se le conoce como «el Castillo de las Rocosas», un lugar de gran confort al que acuden gentes con bastante dinero. Construido en 1888 en el estilo de la arquitectura baronial escocesa. Declarado Sitio Histórico Nacional por la UNESCO, si ocupa un lugar en este post es porque guarda un secreto… bastante oscuro.

Fairmont Banff Springs

Aunque toda parece formar parte de una leyenda muy popular por aquellos lares, lo cierto es que es casi un asunto de «interés nacional» por la repercusión que tiene entre los canadienses. Cuenta ésta que el día en que unos prometidos iban a casarse en el Fairmont, mientras acudían juntos al salón donde tendrían lugar las celebraciones nupciales, tuvo lugar la tragedia. Bajaban agarrados una sinuosa escalera de piedra caliza que aún puede verse en el hotel; los escalones estaban flanqueados por velas encendidas y, en un momento dado, no se sabe si porque la novia pisó con su talón el borde del largo vestido o porque la tela rozó alguna de las velas, se asustó, tropezó y cayó por las escaleras, perdiendo la vida al instante.

La escalerita se las trae…

Trágico, sin duda. Pero la historia de aquella desdichada novia no terminó con su muerte… durante años circularon historias sobre las apariciones en el hotel de una mujer ataviada con vestido nupcial, con su traje blanquísimo y su velo, a la que le gustaba subir y bajar la empinada escalera, incluso, hay quien afirma haberla visto bailando –quizá el baile que nunca pudo celebrar–, para después esfumarse ante los atónitos ojos de los testigos sin dejar rastro.

Lo dicho, suena a leyenda, otra más del tema «lugar encantado», pero lo cierto es que ha calado tanto entre los canadienses que incluso llegaron a acuñar una moneda en 2014 conmemorando tan fatales hechos: en su anverso puede verse la tradicional efigie de la reina Isabel II, realizada por la retratista canadiense Susanna Blunt, con su particular leyenda, pero en el reverso aparece el retrato de una novia con los ojos cerrados.

Gracias al uso creativo de la tecnología lenticular se produce un singular efecto cuando se inclina la moneda de 25 centavos: de repente, los ojos de la novia están abiertos mientras que la luz de las velas se alinea hasta el fondo negro de la escalera… A continuación, el cuello y el pecho de la efigie se transforman en la imagen del majestuoso Fairmont Banff Springs Hotel. Si se gira, vuelve a desaparecer como afirman que hace su fantasma… Aunque solo se trate de una conmemoración de ecos folclóricos, lo cierto es que da bastante yuyu.

La habitación 873   

Y como no podía ser de otra manera, este majestuoso hotel enclavado en las Rocosas canadienses tiene su propio habitación “maldita”, la 873. Eso sí, a diferencia de otros hoteles con reclamo “sobrenatural”, en el Fairmont nadie habla de esta estancia, el personal del hotel tiene prohibido hacerlo –a pesar del bombo que le dan a la «novia fantasma»; afirman que nunca ha existido, pero los «cazadores» de lo insólito han visitado el inmueble varias veces y han encontrado ciertas pistas que indican que la 873 es algo más que un cuento de viejas.

Según la historia recogida en varios libros, décadas atrás una familia fue asesinada en dicha habitación. Tras una larga investigación, los administradores del complejo decidieron renovarla, pero los nuevos viajeros que dormitaban allí –y que en principio desconocían las muertes– aseguraban que eran despertados por horribles gritos y que, cuando encendían las luces, se encontraban únicamente con unas huellas de manos ensangrentadas en los espejos de la estancia… Estremecedor. Eso sí, por muy rápido que avisaran a recepción, en cuanto el personal subía, las marcas habían desaparecido.

En un intento por encubrir aquella horrorosa tragedia y las consecuencias “invisibles” de la misma, se decidió sellar la habitación: retiraron la puerta y la entrada la cubrieron con paneles de yeso, todo ello a ras de suelo para que coincidiera con el resto del pasillo, como si jamás hubiera existido. Pero los amantes de lo oculto afirman que existen indicios de que los empleados siguen un guión cuando les preguntan. Que mienten, vamos. Hay habitaciones que terminan en 73 en todas las plantas, salvo en el octavo piso; también luces encima de cada puerta, y olvidaron quitar las que iluminaban la antigua entrada; si alguien golpea la pared justo ahí se escucha un sonido hueco. El misterio sigue tapiado en aquel pasillo.

Además, el Fairmont Banff cuenta también con otro curioso inquilino, un espíritu amistoso –friendly ghost– que sería el de un ex empleado del hotel de nombre Sam McCauley, un botones que se retiró a principios de 1970. Antes de partir le dijo a sus compañeros que volvería. Lo que no dijo era cómo: parece que eligió para su hacerlo la forma descarnada; cuando murió en 1975 comenzó a observarse su supuesto fantasma en el noveno piso del hotel.

Según varios testigos, es un espíritu que se muestra amable y servicial, pero que viste un traje anticuado. Abre las puertas de las habitaciones y, cuando los inquilinos le van a dar las gracias y una propina, simplemente se desvanece. Todo parece fruto de la leyenda o de la vívida imaginación de visitantes y lugareños, pero lo cierto es que no todo el mundo se atreve a recorrer la novena planta en la soledad de la noche. Existe una fotografía en la que se puede ver a los empleados del hotel en 1965, donde Sam, sentado en el centro –parece que ya le gustaba destacar–, aparece sonriente. Quizá ya intuía que aquel maravilloso paraje sería su hogar por toda la eternidad.