Bajo el Muro de Berlín

A 60 años de la construcción del que fue bautizado como «El Muro de la Vergüenza», muchos de los escenarios que configuran nuestra actualidad tienen su origen precisamente en aquel acontecimiento que supuso la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría. Tantas décadas después, en la capital alemana rinden homenaje a aquellos que perdieron su vida cruzándolo, con una serie de tours por los túneles subterráneos (reconstruidos) que unían las dos Alemanias, y varios trabajos editoriales arrojan luz sobre aquellos turbios momentos de la historia del convulso siglo XX.  

Óscar Herradón ©

Fue uno de los mayores símbolos de la ignominia del siglo XX. Si bien es cierto que si Hitler y su Tercer Reich no hubiesen desencadenado la Segunda Guerra Mundial, Alemania jamás habría sido partida en dos, lo que sucedió durante la ocupación soviética de Berlín constituyó una de las mayores aberraciones contra la dignidad humana en suelo europeo. Un reflejo de que esa «justicia» social por la que clamaban los primeros bolcheviques y el fin del autoritarismo del Ancien Régime tan solo había cambiado de forma y nombre, y el comunismo fue readaptado por los regímenes del siglo XX como otra forma de gobierno no tan diferente al fascismo que decían combatir.

Tenía apenas diez años cuando, en medio de esa Perestroika que surgió a la luz de la decadencia y el colapso de una URSS azotada por el desastre de Chernóbil, cayó el Muro de Berlín. Recuerdo las imágenes en el telediario, vívidas todavía, con las gentes derribando el hormigón y el ladrillo preñados de grafitis a martillazos; fue un acontecimiento que cambiaría nuestro mundo, el fin de una era y el inicio de algo muy diferente, quién sabe si mejor… Desde luego, sí para los que habían visto sus vidas quebradas por una separación aleatoria, «a escuadra y cartabón», como décadas antes se repartiera el continente africano por el todopoderoso Occidente. Muchas familias rotas, hermanos que tuvieron que esperar casi 30 años para reencontrarse, alambradas, lágrimas, el sinsentido del poder a toda costa, el disparo frío del francotirador… El «Muro de la Vergüenza» caía y atrás quedaba el recuerdo –a veces largamente ocultado– de millones de vidas atrapadas.

Momento de la Caída del Muro (Source: Wikipedia. Free License).

Recuerdo esas imágenes, aunque no tenía ni idea de qué significaban, ni de qué era eso de la política o qué demonios se nos había perdido en Berlín, una capital que solo me sonaba de las primeras clases de geografía. Tampoco me importaba demasiado. Si eso te importa con 10 años es que no tienes infancia. Pero sí que era algo bueno, o al menos eso me decían mis padres. Y lo que dice un padre, va a misa. Así que fue uno de esos momentos televisivos que no se olvidan, cuando la televisión de dos canales también experimentaba su propio cambio: acababa de empezar a emitir Telecinco –el mes de marzo de ese 1989– y Antena 3 lo haría en diciembre, vestigios de ese «nuevo mundo» mediatizado y vagamente globalizado que se avecinaba imparable.

No hay que olvidar, no obstante, la responsabilidad de los países occidentales en esa forma de actuar del régimen soviético en los años más duros de la Guerra Fría. El otro lado del cinturón de acero tampoco estaba regido por angelitos –es más, muchos antiguos nazis pasaron a trabajar, tras la derrota, al servicio de la CIA y de la inteligencia de la República Federal, siguiendo órdenes de Washington– en uno de los episodios más oscuros de la posguerra. Lo que no excusa un padecimiento tal de varias generaciones de alemanes, pisoteados primero por las botas de la Gestapo y más tarde de la Stasi. El país teutón sería el cruento escenario de una guerra no declarada entre dos potencias antagónicas, los Estados Unidos capitalistas y la Unión Soviética comunista que hoy se ha dejado cautivar por las mieles del capital, el consumo y el comercio internacional, pero sin dejar de mirar con cierta nostalgia al esplendor de sus tiempos soviéticos, reivindicando incluso, en algunos casos, la figura del «hombre de hierro» Iósif Stalin desde el mismo Kremlin comandado por Vladimir Putin, el nuevo zar ruso.

Túneles secretos bajo el muro

El 13 de agosto de 1961 comenzaba la construcción del Muro de Berlín y el 9 de noviembre de 1989 caía definitivamente. Y aún así, hubo que esperar 30 años para que salieran a la luz los túneles por los que miles de alemanes escaparon –o al menos lo intentaron– de las garras soviéticas. En 2019, la organización cultural Berliner Unterwelten («Mundo Subterráneo de Berlín») inauguró un nuevo tour por las entrañas de la capital alemana: invirtió más de 300.000 euros en reproducir ese túnel que evoca el que en su día construyeron los fugitivos. Y asegura haberlo hecho a mano, como el original.

La labor pedagógica e historiografía de esta organización es prodigiosa, y nos permite acercarnos de primera mano a escenarios durante mucho tiempo olvidados de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En mayo de 2017, durante un viaje a Berlín que realicé con mi infatigable compañera Tere Nieto, tuve la ocasión de realizar una de esas rutas subterráneas por un viejo refugio antiaéreo construido por los nazis y la experiencia, que reservaré para una futura entrada, fue realmente satisfactoria.

Marcas del Muro. Foto del autor.

La línea divisoria por la que pasaba el muro está señalizada a conciencia en las calles berlinesas, para el turista, pero también para luchar contra el olvido de la población. Me impactó cómo el museo erigido sobre los antiguos cuarteles de la Gestapo, en la Prinz-Albrecht-Strasse, se encuentra justo frente a una parte considerable del antiguo muro edificado por la RDA, no muy lejos del célebre Checkpoint Charlie. Un guiño del pasado en el que dos regímenes totalitarios e implacables se dan la mano, aunque el nacionalsocialista se llevase la palma en lo que respecta a la mecanización de la muerte.

Parte de los cimientos del cuartel de la Gestapo. Detrás puede verse el Muro (foto del autor)
Siekmann

Un túnel de 30 metros de longitud, 2,05 metros de altura y 7,5 de profundidad que homenajea a las miles de personas que lograron escapar con el único anhelo de vivir al lado de sus seres queridos; y también, por supuesto, a aquellos que no lo lograron: 140 personas que murieron intentando escapar (al menos oficialmente, pues las cifras pueden ser incluso mayores), entre ellas la enfermera de 58 años Ida Siekmann, la primera en perder la vida apenas una semana después de que se levantaran las alambradas.

En aquel primer momento varios edificios de apartamentos del lado este quedaron prácticamente sobre la línea divisoria en el Mitte (Centro) a lo largo de varios kilómetros de la Bernauer Strasse. Desesperados por la situación, muchos ciudadanos de la Alemania oriental comenzaron a saltar por las ventanas para no quedarse aislados en la zona comunista, y se produjo la tragedia: Siekmann tiró un colchón por la ventana de su piso, un tercero, y se arrojó, pero no consiguió caer sobre el jergón y murió por las heridas camino del hospital. No fue la única. Los bomberos de la zona oriental se organizaban para abrir redes y amortiguar la caída de las gentes en un escenario rocambolesco, pero no siempre lo conseguían.

Liftin

Dos días después de la muerte de Siekmann, Günter Litfin, un sastre de 25 años murió frente a la actual estación central de trenes de Berlín, en Humboldt Harbor del SpreeKanal, de un disparo efectuado por un guardia cuando había alcanzado la orilla del río. El motivo: trabajaba del lado occidental y le habían revocado el permiso para cruzar la frontera. Era una cuestión de supervivencia. Su verdugo recibió del gobierno una medalla y un reloj de oro por sus servicios al Estado.

Miles de berlineses marcharon en masa a protestar en el lugar de su muerte, pero el régimen de Berlín Este reaccionó deteniendo a su hermano Günther, requisando el apartamento de su madre y divulgando una información falsa (sí, las fake news no son algo nuevo, ni mucho menos): que se trataba de un homosexual al que llamaban «Muñeca» que había querido escapar para reencontrarse en el otro lado con su amante. Ni qué decir tiene que aquello era para el régimen una «desviación» y un delito estatal. Unos días después, otro joven berlinés moría también por disparos en el canal de Treptow. Otros tres la semana siguiente que habían saltado por la Bernauer Strasse… Una lista trágica y vergonzante.

Ciclista, vendedor de periódicos y héroe nocturno           

Uno de los primeros valientes al que se le ocurrió llevar a personas y familias enteras lejos de la mirada de las autoridades pro-soviéticas fue el ciclista profesional Harry Seidel. De reconocido prestigio internacional, lo que le facilitó cierta indulgencia de los policías del muro, por las noches simulaba que entrenaba con su bicicleta para ayudar a sus conciudadanos a cruzar desde la República Democrática Alemana a la República Federal. Primero se llevó a su mujer y a su hijo: tres meses después de la construcción del muro, tras muchas noches indagando a lo largo de toda la línea de separación (en los rincones que no había vigilancia, se entiende). Seidel salió a dar un paseo con su esposa y su pequeño por la orilla del río Spree. Para evitar problemas si eran detectados, no les había dicho nada de sus planes: los condujo a un pasadizo y unos minutos más tarde estaban ya en Berlín occidental. Sin embargo, a pesar del peligro que implicaba su nuevo «trabajo», renunció a una vida en libertad al lado de su mujer e hijo y, tras dejarlos a salvo, decidió regresar para liberar a todas las personas de que fuera capaz.

Seidel había sido ganador de dos medallas en el campeonato de Alemania del Oeste en 1959 y se hizo con otros numerosos galardones más en distintas competiciones estatales. Durante años fue uno de los niños mimados del régimen, hasta que pronto fue perdiendo el favor del gobierno, por negarse a tomar esteroides para mejorar su rendimiento, y lo peor, el gran pecado que te convertía en «enemigo del pueblo»: se negó a ingresar en el Partido Comunista, lo que le hubiera facilitado mucho la vida: quedó fuera del equipo olímpico en 1960 y le arrebataron suciamente el subsidio, por lo que pudo mantener a su familia –en condiciones muy precarias– repartiendo diarios en un barrio de la zona occidental. Hasta que se erigió el muro de la ignominia.

Seidel en su juicio

En 1962, las autoridades de la RDA atraparon finalmente al ciclista reconvertido en libertador. Fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua, pero la RFA llegó a un acuerdo para obtener su liberación en 1966. Aquellos cuatro años que pasó en prisión supo aprovecharlos, inquieto como era, e ideó una nueva estrategia que pronto puso en funcionamiento: en lugar de saltar el muro o cruzar el río, atravesarlo por debajo. Y lo excavarían precisamente en la citada Bernauer Strasse regada por la sangre de los inocentes a manos de los guardias de la frontera artificial; en 350 metros se llegaron a excavar hasta siete túneles subterráneos que comunicaban ambas Alemanias. Debían hacerse a mano, en la más completa oscuridad y haciendo el mínimo ruido, por lo que su construcción sería ardua y lenta.

El autor ante el Puente de Oberbaum, al lado de una de las zonas más emblemáticas del antiguo muro.
Palacio de la República

Se calcula que a lo largo de 28 años, tiempo que permaneció en pie la línea divisora, se excavaron hasta 75 túneles completos, sin tener en cuenta los que no llegaron a finalizarse. Pronto, desde la zona occidental varios ingenieros llevaron a cabo sus propias mediciones y comenzaron a excavar túneles desde el otro extremo del muro para facilitar el escape de sus compatriotas, hermanos y amigos. Así se terminaron los conocidos como «túnel 29» y «túnel 57», nombres que se les puso como homenaje al número de personas que lograron cruzar bajo tierra el «Muro de la Vergüenza» en un solo día. Por supuesto, no todo fueron victorias y dulces reencuentros; los túneles solían estar activos poco tiempo porque las autoridades de la RDA terminaban conociendo su existencia de boca de «chivatos» en nómina del Palacio de la República, que abundan en todo tiempo y lugar, e incluso encuentros casuales en plena huida.

Para el recuerdo queda también el mastodóntico concierto que Pink Floyd celebró ante más de 400.000 personas bajo el título de «The Wall Live in Berlin», la noche del 21 de julio de 1990, diez meses después de la caída del Muro, donde atronó su «profético» himno de 1979 «Another Brick in the Wall». El rock psicodélico de los británicos cautivó a los berlineses, en un espacio entre Potsdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, lugar que durante la división se conocía como «tierra de nadie».

En 2019 se cumplieron tres décadas del derribo del muro, y desde entonces se han publicado distintos trabajos sobre la intrahistoria de aquella Alemania dividida, algunos muy recientes, en este 2021. Recomiendo a continuación varios de ellos…

Después del Muro

Para una visión global, profusamente documentada y reveladora sobre lo que sucedió tras el derrumbe, Taurus ha publicado recientemente una voluminosa monografía firmada por la politóloga alemana Kristina Spohr: Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989, un recorrido fascinante por aquel complejo período elaborado a partir de fuentes oficiales y extraoficiales, muchas de ellas inéditas hasta el momento. El resultado es un relato detallado y de gran pulso periodístico, lo que convierte su lectura en toda una aventura… muy real.

La autora analiza, con precisión de cirujana y desde una perspectiva novedosa, el papel del presidente estadounidense George H. W. Bush (Bush Padre), así como el de Mijaíl Gorbachov, Margaret Tatcher, Hetmut Kohl y François Mitterrand, enmarcando a su vez la transformación europea dentro del contexto global, entrelazando con pericia detectivesca las líneas temporales occidental y asiática al comparar los sucesos de Berlín y Moscú con los de Pekín: mientras el Muro de Berlín se derrumbaba, se aplacaron a la fuerza las protestas en la plaza de Tiananmén, en Pekín. El mundo cambió drásticamente pero, al menos en China, el comunismo no sucumbió a las protestas del movimiento prodemocrático, que fue brutalmente reprimido por Deng Xiaoping dando impulso a otro tipo de comunismo (capitalista en lo económico) que ha llevado al gigante asiático a convertirse en la segunda potencia a nivel mundial.

Aquella salida global de la Guerra Fría fue el origen del mundo de Putin, Trump y Xi, con una Unión Europea frenética (de la que se desmarcó el Reino Unido con lamentables consecuencias, un euroescepticismo impulsado por la pandemia del coronavirus y una visión distinta de la democracia entre los países miembros, casos por ejemplo de Ucrania, Polonia o Bielorrusia), estados corruptos y una terrible crisis migratoria y económica.

En una entrevista al diario ABC en mayo de este 2021, con motivo del lanzamiento del libro en castellano, su autora sentenció: «Los auténticos ganadores de la Guerra Fría fueron los ciudadanos de Europa del Este que exigieron libertad».

He aquí el enlace para adquirirlo en papel (tapa dura con sobrecubierta) y en eBook:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38874-despues-del-muro-9788430622108

La caída del imperio soviético:

La editorial Actas publicó recientemente este monumental y minucioso volumen sobre el fin de la Guerra Fría y la caída de la URSS, escrito por un testigo de excepción: el español nacido y criado en Rusia Boris Gutiérrez Cimorra, quien durante años compaginó su trabajo como ingeniero aeronáutico–se graduó en el Instituto de Aviación de Moscú–, con colaboraciones periodísticas y programas de radio, hasta convertirse en 1972 en una de las voces más emblemáticas de Radio Moscú, la cadena que emitía programas para América Latina. Se instaló definitivamente en España con su familia en 1977, emprendiendo una nueva carrera profesional en el mundo de las finanzas y más tarde se volcó en su faceta como novelista y ensayista. 

El 25 de diciembre de 1991, el líder aperturista Mijaíl Gorbachov, que intentó modernizar el país sin éxito, dimitió de todos sus cargos entregando el poder y dando por concluida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS, un gigante implacable que poco antes parecía imbatible para los más avezados observadores internacionales, se derrumbaba estrepitosamente tras 70 años de un régimen totalitario que nació de la esperanza de acabar con el gobierno zarista y terminó en el mayor de los fracasos. Ni siquiera la esperanza en la Perestroika logró consolidar las nuevas expectativas: una gran crisis endémica, heredera de las profundas carencias de tiempos anteriores, la eclosión de los nacionalismos, y a juicio del autor, una estrategia política profundamente equivocada, dieron al traste con el proyecto de Reconstrucción pero dieron paso también a una época renovada de la mano de nuevos líderes como Borís Yeltsin al frente de la Federación Rusa, quien encabezó con acierto la oposición al golpe de Estado de agosto de 1991. El comienzo de una nueva era.

El enlace para adquirilo en papel (tapa dura con sobrecubierta y más de 32 fotografías):

En el Muro de Berlín: la ciudad secuestrada

El español Sergio Campos Cacho lleva veinte años viviendo en Alemania, donde trabaja como bibliotecario, y es el autor de un documentado trabajo recientemente publicado por Espasa: En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989). En sus páginas, el autor reconstruye la historia de la muralla de hormigón de 156 kilómetros que cercaba completamente la zona occidental para impedir que los habitantes de Alemania Oriental abandonaran el país. Conoceremos con detalle el plan que desarrollaron los dirigentes comunistas de la RDA para controlar la libertad y movimientos de sus ciudadanos, los puntos álgidos de desencuentro y conflicto de ambas y antagónicas sociedades, aunque pertenecientes a la misma nacionalidad. Y, sobre todo, rememora 60 años después de la construcción del Muro la trayectoria vital de esas 140 personas que perdieron su vida intentando cruzarlo.

Campos Cacho está preparando actualmente la biografía y la edición de las obras del renegado comunista español Enrique Castro Delgado (1907-1965). Metalúrgico y periodista de profesión, durante la Segunda República participó activamente en el Comité Central del Partido Comunista y fue uno de los líderes de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), así como redactor de noticias del área local del periódico Mundo Obrero. Cuando estalló la Guerra Civil, participó en la creación y organización del llamado Quinto Regimiento, del que sería su primer comandante en jefe. Ocupó distintos cargos de importancia en el seno de las organizaciones comunistas durante la contienda y finalmente tuvo que optar por la vía del exilio, primero a Francia y después a la Unión Soviética, siendo el representante del PCE en la Internacional Comunista –Komintern– hasta su caída en desgracia. Regresó a España en 1963 tras una estancia en México y pasó a colaborar para el llamado segundo franquismo, siendo muy crítico con el comunismo y con sus antiguos correligionarios, escribiendo dos obras: Hombres made in Moscú (1960) y Mi fe se perdió en Moscú (1964). Estaremos atentos a su lanzamiento. Mientras tanto, he aquí el enlace para adquirir En el muro de Berlín:

https://www.planetadelibros.com/libro-en-el-muro-de-berlin/331426

Ghost Money: 20 años del 11-S

Aquel día cambió la historia. Fue, para muchos, el detonante del siglo XXI, el inicio de la era contemporánea. Un inicio sangriento, trágico, brutal. Todos los que teníamos ya una edad lo llevamos grabado a fuego en nuestras mentes. Hoy, dos décadas después, continúan muchas preguntas en el aire sobre cuál fue el verdadero detonante para que se cometiera tal acto de salvajismo… y lo que vendría después, esa «Guerra contra el Terror» preñada de errores cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Siempre corrió el rumor de que los terroristas habían hecho una fortuna especulando en bolsa antes del impacto de los aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Con esta hipótesis especula una de las grandes novelas gráficas de los últimos tiempos: Ghost Money («Dinero Fantasma»).

Óscar Herradón ©

Hoy se cumplen 20 años de los atentados del 11-S. Recuerdo que aquel día ya lejano de septiembre estaba en la facultad de Ciencias de la Información, en aquellos pasillos en los que pasé las horas muertas en los asientos de hormigón fumando y soñando, para realizar un examen de recuperación de una de las piedras en el zapato del primer año de licenciatura, Economía. Alguien vino y dijo que acababa de estrellarse un avión contra las Torres Gemelas. Entonces casi nadie, o muy pocos, acudían a internet como fuente de información. No había redes sociales (sí, parece increíble, pero no las había), ni el móvil que llevábamos en el bolsillo (en mi caso desde hacía solo un par de años), salvo excepciones, se conectaba a la red. Tampoco había WhatsApp. Parecía la Edad Media –a efectos tecnológicos–, solo que fue hace veinte años. A veces se echa de menos la desconexión de aquellos tiempos.

(Source: Wikipedia)

Uno de esos días que jamás se olvidan, como tampoco lo que sucedería tres años después en nuestro propio país, en nuestros barrios, el 11 de marzo, imágenes terribles que cobran más viveza con el juicio por los atentados de París en 2015, que se celebra estos días en la ciudad de la luz que oscureció el fanatismo, y por ese veinte centenario del ataque sin piedad al corazón de Estados Unidos y, en parte, a la propia sociedad occidental y sus valores –sean éstos buenos o condenables–.

Pues bien, sobre aquel día, lo que sucedió antes y lo que vino después, se ha escrito de todo, se ha especulado mucho y se continuará hablando dentro de cien años, si el mundo azotado por el cambio climático, los extremismos y las guerras, resiste y nuestra civilización también. Al margen de los claroscuros de la Administración Bush, que fueron muchos, algunos jamás aclarados, y de las teorías de la conspiración de que se trató de un atentado «hecho en casa» (o de falsa bandera) para justificar una guerra contra los países ricos en petróleo, continúa siendo un misterio qué pasó con el dinero que Al-Qaeda amasó aquel día nefasto. Según varias teorías (también con cierto tufillo conspiranoico, pero quién sabe), miembros del grupo terrorista especularon a la baja en la bolsa justo antes de que se produjeran los atentados en el World Trade Center y en el Pentágono. Aquella era una gran cantidad de dinero… y se le perdió la pista.

De esta premisa fascinante parte una de las novelas gráficas más reveladoras de los últimos años: Ghost Money, del historietista belga Thierry Smolderen, publicada recientemente en España por Norma Editorial en una edición que corta el aliento, un volumen autoconclusivo en gran formato y a todo color. Partiendo de la hipótesis de la especulación en bolsa, lo que permitió a los terroristas hacerse con una cantidad dineraria increíble que supuestamente serviría para financiar el terrorismo internacional, se muestra un tapiz de la sociedad estadounidense de las últimas décadas y una crítica –no precisamente velada– de cómo la democracia está en peligro no solo por los radicales, sino tambén por el uso ilegal del espionaje por parte de los gobiernos, algo que confirmarían las revelaciones de Edward Snowden. A partir de ahí uno se pregunta: ¿qué sucedió realmente con el dinero del 11-S, si es que existió?

Geopolítica y espionaje cibernético

Smolderen parte de los trágicos atentados para imaginar una historia (por suerte ficticia, al menos en la mayor parte de su trama) en la que se dan la mano emires poetas, oscuros agentes de inteligencia, veteranos pederastas y corporaciones turbias de gran poder, una historia distópica ambientada en un futuro no muy lejano: Londres en 2028. En medio de una manifestación, se produce un atentado y mientras la gente sale despavorida (imágenes que vuelven a traer nefastos recuerdos), una desconocida salva in extremis a la joven Lindsey. Su nombre es Chamza, una multimillonaria excéntrica que viaja en un jet suborbital cuyo padre es nada menos que un dictador de un lejano país asiático.

Pero su fortuna tiene un origen turbio, extraño (y que no proviene del progenitor) que la propia Chamza desconoce. Además, está profundamente enamorada nada menos que del «Emir de las Luces», un rebelde con vocación de poeta y al que Occidente acusa de ser el líder del terrorismo internacional tras la muerte de su padre. ¿Y cuál es el país de nacimiento este personaje? Pues nada menos que Afganistán, el mismo enclave montañoso que tras veinte años de ocupación norteamericana ha sido objeto de una constante atención mediática por la salida del país de las tropas estadounidenses y de la OTAN y el regreso al poder de los talibanes que en su día estuvieron comandados por Bin Laden (entrenado por la CIA, por cierto); las imágenes del aeropuerto de Kabul nos sobrecogieron a todos durante días.

Una de las principales críticas a la gestión de Joe Biden… ¿qué sentido ha tenido estar 20 años en el país, con miles de muertos en tropas, asistentes y traductores, además de la población autóctona, para ahora volver a dejarlo en manos de estos individuos? Para muchos estadounidenses, ha sido la peor afrenta a la memoria de las víctimas del World Trade Center.

En el Postfacio, Smolderen cuenta que terminó la novela en 2008, justo antes de la crisis económica que desangró al país y a medio mundo y de la elección de Obama, tras la que para él fue la época liderada «por el peor presidente que los Estados Unidos habían conocido». No imaginaba entonces que acabaría ocupando el Ala Oeste de la Casa Blanca el magnate populista y provocador Donald Trump. Una América aún peor, y mucho más polarizada.

En definitiva, una novela gráfica vertiginosa (en ritmo), con un guion sólido, violento, y muy directa (por supuesto, no apta para un público menor de edad) que muestra muchas de las miserias de la modernidad: el avance tecnológico utilizado para la guerra a distancia, el Big Data para la financiación del terrorismo, una red de inteligencia artificial que controla la economía bautizada Black Cloud y que recuerda a algunas desarrolladas por la inteligencia estadounidense pero mucho más extrema (y que aventuraba los peligros del Big Data y el uso de algoritmos para el espionaje, transhumanismo y cíborgs, las contradicciones de la globalización o el individualismo feroz de los países ricos.

Una obra maestra que podéis adquirir en el siguiente enlace por 40 euros muy bien invertidos:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/ghostmoney

Capitán Harlock, un héroe renacido

Ahora que el manga y el anime viven la que probablemente sea la época más dorada –y rentable– de estos géneros seminales de Japón, revitalizar los títulos clásicos (algunos injustamente olvidados por las nuevas generaciones) es tarea obligada para editoriales y productoras. Es lo que ha hecho LetraBlanka Editorial con el capitán Harlock, un pirata del espacio muy particular.

Óscar Herradón ©

En 1970, de la prodigiosa mente de Leiji Matsumoto nacía el legendario manga Capitán Harlock, que fue serializado en la revista Play Comic y recopilado en cinco tomos. Su protagonista, un héroe rebelde de ecos románticos (que en parte bebe del Corto Maltés de Hugo Pratt) que surca el Cosmos como proscrito a bordo de su nave Arcadia, sería mundialmente célebre por su adaptación televisiva, emitida de 1978 a 1979, en una época en que brillaron con luz propia otras sagas maestras del género como Mazinger Z o Capitán Futuro.

Aunque el manga había terminado de forma abrupta, sin un final cerrado, como pasa (y odiamos) con algunas series catódicas que no consiguen el respaldo y la cuota de pantalla necesarias para seguir adelante, Matsumoto trabajó como consejero para el estudio que llevó a cabo la adaptación al anime, sugiriendo un final completo que la serie televisiva sí tendría frente a la historia en papel.

Et in Arcadia Ego

Al igual que la Odiseus de Ulises 31 o El Cometa del Capitán Futuro, la nave del capitán Harlock era uno de los elementos más característicos de la serie. El diseño de la Arcadia, a medio camino entre un buque acorazado y un barco pirata (en el frontal se apreciaba una inquietante calavera con sus tibias, el emblema clásico de los filibusteros), es uno de los elementos más logrados de la producción, pues contribuía a extender el aura misteriosa que per se ya tenía el protagonista. Un estilo (estilizado y elegante) que sería ampliamente imitado en el anime y manga contemporáneos.

En 1982, se estrenaba la película de animación El Capitán Harlock en la Arcadia, que sirvió como precuela y mostraba la razón por la que el protagonista lucía, como un bucanero del cosmos, un parche en el ojo. Al largo le seguiría una serie de 22 episodios: Endless Orbit SSX. En 2002 se lanzó una nueva serie anime de 13 capítulos y la película de animación 3D bajo el simple título de Capitán Harlock, que tuvo buena acogida general y llegaría a ser elogiada por el mismísimo James Cameron, cabeza pensante tras Terminator, Titanic o Avatar.

Sus admiradores estamos de suerte. Hace unos meses, LetraBlanka Editorial lanzaba dos alucinantes volúmenes (de tres) en tapa dura sobre el personaje: Capitán Harlock. «Memorias de la Arcadia», que ya recomendamos en la sección de novedades de la revista Año/Cero-Enigmas. La nueva adaptación al cómic es obra del francés Jérôme Alquién, eso sí, con la máxima fidelidad al original, pues lo ha hecho bajo la supervisión y aprobación de Leiji Matsumoto.

A bordo de la Arcadia, Harlock recorre el espacio y desde la nave protege a la Tierra de la amenaza de las Mazon, una raza alienígena que se vio obligada a abandonar su planeta natal y ahora pretende instalarse en el nuestro aniquilando a la raza humana.

Es una obra directa (va al grano) y colorida, en este sentido diferente al manga original, en blanco y negro y de 400 páginas, lo que permitía a Matsumoto detenerse mucho más en el complejo mundo interior de los personajes. Sin embargo, también en estos volúmenes, una adaptación al lenguaje occidental llena de acción sin pausa, hay espacio para la introspección, elemento muy importante en la obra seminal, con más de 50 años de existencia.

Un magnífico complemento del original que fusiona acertadamente el anime con la historieta franco-belga (Bande dessinée), y es que Alquié sabe lo que se hace, un fanartista (como se autodefine) mundialmente conocido por su corto de la Saga de Hades (Saint Seiya) y quien, según confesó a Anime News Network, dibujará un manga de la serie conocida en nuestro país como Los Caballeros del Zodíaco (referente de la infancia de quien esto suscribe con cierto aire nostálgico).

Un tomo dibujado por él mismo y guionizado por Arnaud Dollen que, al igual que sucede con la adaptación de Capitán Harlock, goza del permiso de los creadores originales: ha sido autorizado por Akita Shoten y supervisado por Masami Kurumada. El lanzamiento está previsto para 2022, y mientras, esperamos también con ansia la publicación del tercer volumen de Harlock de la mano de LetraBlanka. ¡No tardéis compañeros!

Queen Emeraldas (Satori Ediciones)

El mangaka Leiji Matsumoto fue también el artífice de otra space-opera considerada una obra maestra, Queen Emeraldas, la épica historia de una mujer que busca su destino con un férreo código moral a través de las estrellas, un cuento galáctico fascinante de ecos homéricos.

El personaje principal, Emeraldas, es una mujer fuerte y valiente que surca el espacio a bordo de su nave, la misma que da título a la obra, Queen Emeraldas, tras un objetivo que el autor no revela; una suerte de trasunto femenino del Capitán Harlock y su búsqueda de un dominio intergaláctico absoluto, pero que va más allá de un ejercicio de ampliación de un universo y un estilo, un personaje con personalidad propia tanto o más cautivador que el pirata espacial.

Como mujer independiente que persigue sus sueños y que se conoce a sí misma, Emeraldas arroja un mensaje de empoderamiento en una época (principios de los años 80) en el que algo así no era habitual, lo que, en este sentido, Matsumoto aparece como un pionero adelantado a su época, siempre por la libertad y la igualdad, los mensajes que priman por encima de todo en sus historias sci-fi. Él mismo definió así su complejo personaje: «El motivo por el que Emeraldas viaja sola en su nave, sin tripulación, es que ella es una fémina perfecta y no quiero que haya nadie a su alrededor que pueda empañar su perfección».

Un canto a la libertad, pues, y al empoderamiento, que sirve para reflexionar acerca de la condición humana, de la razón última de nuestras acciones y del filo hilo que separa el bien del mal, la justicia de la venganza. De hecho, y a pesar de su inquebrantable lealtad para consigo misma, Emeraldas no dudará en exterminar a sus enemigos sin titubear para lograr sus objetivos.

Gracias a la siempre loable labor editorial de Satori, muy presente en «Dentro del Pandemónium» y en las páginas de la revista Año/Cero-Enigmas, podemos disfrutar de los dos volúmenes con la obra íntegra de aquel épico manga que narra la epopeya de una mujer indómita y valiente que ha jurado vivir y morir en libertad, siempre la libertad. Bruja, pirata, caza-recompensas, libertadora… Unos la temen, otros la desafían… Nadie sabe qué busca, nadie sabe por qué lucha, nadie sabe qué secreto propósito guarda con tanto celo en su corazón. Solo hay una única certeza: Emeraldas seguirá vagando incansable entre las estrellas hasta que la llama de su vida se apague y su estandarte de la calavera blanca robre rojo sangre se desintegre en billones de átomos.

He aquí el enlace para hacerse con esta joya del manga:

https://satoriediciones.com/libros/queen-emeraldas-vol-1/