Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, el coronavirus sigue azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, aunque ninguno fue capaz de conocer la gran pandemia que se avecinaba –si acaso Bill Gates y sus juegos de predicción y algún que otro escritor cuasi visionario–, y eso que no faltaban AVISOS de las autoridades sanitarias y los virólogos hoy reconvertidos en «superstars» de los Media, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.

En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, como veremos, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.

Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta que abordaremos a continuación en un viaje por una época que duerme el sueño del olvido, sepultada bajo las toneladas de escombro que ha ido dejando sobre ella el paso inexorable del tiempo, pero que, una vez desenterrada, revela el esplendor de unos siglos en los que el hombre creyó a pies juntillas que era capaz de aventurar el porvenir y, por tanto, hace más llevadero –al menos si los augurios eran favorables- el siempre incierto momento presente.

Éfira, el oráculo de los muertos

Iniciamos nuestro periplo por uno de los más célebres –y tétricos- oráculos de la antigüedad: el de Éfira, conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958, el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotirios Dakaris, situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.

Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin ninguna duda- al oráculo de Éfira.

Nekromanteion

Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió de conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.

Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y donde también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.

Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo- conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.

Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con esto un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.

Volviendo al oráculo, los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Éfira, el oráculo de los muertos (Imagen crédito: Wikipedia)

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera, dándole una piedra y ordenándole que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se hallaba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba un laberinto que Dakaris encontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada en medio de un ambiente asfixiante que bien podría recordar a los relatos sobre el hades. Los sacerdotes le habían avisado de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquel que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotirios Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podía oír un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia. En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme calderón de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del caldero. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del consultante- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Ornitomancia, adivinación mediante la interpretación del canto y el vuelo de las aves

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que sutilmente obtenían de él la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada.

Si no se inquietan los moradores del inframundo clásico, este post tendrá continuación…

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS…

El pasado 2020 Guillermo Escolar Editor publicaba un volumen fascinante sobre las creencias de los antiguos helenos: Religión griega. Una visión integradora, de Alberto Bernabé, catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, y que sabe muy bien de lo que habla, pues sus más de cuatrocientas publicaciones le acreditan como uno de los más importantes helenistas de nuestro tiempo.

En este volumen, que sin duda no tardará en convertirse en obra de referencia sobre dicha materia, se realiza una visión global, de conjunto, minuciosa y amena, a los cultos griegos, centrándose en aspectos muy diversos relacionados con el hecho religioso –la literatura, las raíces, el mito y el ritual, la filosofía o el sincretismo religioso– , pero con un eje común, integrador, como bien reza su acertado título. Un trabajo magnífico para que el profano se inicie en el conocimiento, no poco complejo, de la religión de la antigua Grecia, donde los oráculos de los que hablamos en este post gozaban de un lugar preeminente. He aquí la web de la editorial y cómo adquirirlo:

https://www.guillermoescolareditor.com/libro/religion-griega_105036/

La Herencia del Antiguo Egipto (Edhasa, 2020)

Por otro lado, si más allá de oráculos y creencias supraterrenas lo que queremos es acercarnos también a la civilización del Antiguo Egipto desde una visión global y didáctica, nada mejor que hacerlo a través de una de las últimas novedades de la editorial Edhasa, que ha lanzado en una edición que corta el aliento el clásico La herencia del Antiguo Egipto, de la prestigiosa egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt (1913-2011), que además de ser autora de ésta y otras joyas bibliográficas sobre el arte y la historia del país de los faraones, realizó una elogiable labor de protección de la cultura, al contribuir a la salvación de los templos nubios causada por la construcción de la presa de Asuán en 1960, edificaciones declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979, el año en cuyos estertores vino al mundo quien suscribe estas humildes líneas.

El libro lanzado por Edhasa es sin duda la obra maestra de la investigadora gala (Edhasa publicó en su día también Hatshepsut. La reina misteriosa), un compendio de conocimientos sobre el Antiguo Egipto que además de mostrar un perfecto equilibrio entre la solidez de la documentación y el valor didáctico de lo contado, sugiere una interesante tesis sobre el origen egipcio-cristiano de nuestra cultura. Y es que la nación regada por el Nilo ha influido más de lo que podamos intuir en nuestra civilización y en la misma Europa moderna. Así, Desroches plantea aspectos estrechamente vinculados a nuestra vida cotidiana, como el juego de la oca o el calendario; que forman parte de nuestras tradiciones y folclore, como la leyenda de San Jorge o los animales de las fábulas más conocidas en Occidente, y que la autora rastrea con especial lucidez y sabiduría en la cultura egipcia del pasado. Un libro deslumbrante que todo apasionado de la historia, la antropología y la arqueología debería tener en su biblioteca. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.edhasa.es/libros/256/la-herencia-del-antiguo-egipto

Mitología Egipcia (Ediciones Nowtilus)

Y si lo que queremos es penetrar en la rica y apasionante cosmogonía del país de los faraones (aunque de forma distendida y alejada de la complejidad académica), lo mejor es acercarnos a las páginas de una de las novedades de Nowtilus: Breve Historia de la Mitología Egipcia, de Azael Varas Mazagatos, un autor que sabe de lo que habla, no en vano es historiador y Máster en en Arqueología del Mediterráneo en el mundo clásico.

En este título de una de las colecciones más renombradas de la editorial, Mazagatos nos descubre el universo mitológico egipcio y todos sus fantásticos cuentos y leyendas sobre el origen del Universo y el ser humano: el mito fundacional de Seth contra Osiris y Horus, el Viaje del Sol y el Viaje del Alma; por supuesto El Libro de los Muertos, utilizado en todo lo relacionado con el proceso de momificación y el viaje al «más allá» del difunto, pieza clave de la cosmogonía egipcia, y mucho más: lo que esconde el mágico papiro Westcar, una de las compilaciones de cuentos mágicos más fascinantes del mundo antiguo, la historia de Sinhué, de Tutmosis IV o de la Gran Esfinge y las muchas y en ocasiones contradictorias teorías sobre su origen (incluido uno supuestamente extraterreno). Además, incluye un detallado diccionario de las divinidades egipcias, con sus atributos y símbolos iconográficos principales.

He aquí el enlace para adquirirlo:

Y de la mano de editorial Taurus nos llega una delicia urdida por un genio en la materia: Fidelidad a Grecia: Lo bello es difícil, y otras cosas que nos enseñaron los griegos. Su autor, Ignacio Lledó (Sevilla, 1929) es un hombre de esos que podemos tildar sin posibilidad de equivocarnos de renacentista: Premio Nacional de Literatura –en la categoría de Ensayo–, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades y miembro de la Real Academia Española, por citar solo los logros más épicos entre un sinfín de reconocimientos y miles de trabajos. En estas páginas nos ofrece 27 artículos por los que guía al lector, en medio de este ruido de la globalización y la confusión mediática de las nuevas tecnologías, por numerosas ideas erróneas y conceptos mal entendidos por la saturación informativa de medios escritos y audiovisuales, a los que hay que sumar ahora el enrevesado e infinito universo de RRSS y medios digitales y su adecuada –o deleznable– funcionalidad.

Y aunque el campo filosófico es cuanto menos complejo, sin necesidad de sumergirnos en Kierkegaard o Heidegger, la cierto es que el autor nos explica estos conceptos con una sencillez y una capacidad divulgativa dignas de elogio. No es un libro dedicado a la adivinación y a los oráculos, como podéis imaginar, pero sí una forma original y cargada de sentimiento de acercarnos al helenismo –también su pensamiento mítico y mágico– y cómo éste definió en gran parte tanto las instituciones políticas y culturales de Occidente como nuestra misma forma de pensar hace más de 2.000 años, aunque parezca increíble.

Con elocuencia y elegante combatividad, Lledó nos habla del poder liberador del mito en los antiguos griegos –frente a ese otro tipo de mitos «impuesto por los profesionales de la mentira» de nuestro tiempo–, de la fuerza de Eros (Amor), de la invención de la armonía musical –sepultada hoy por el exceso de Ruido–, o la figura de Epicuro, uno de los personajes más atractivos y misteriosos de la historia del pensamiento, así como de numerosas enseñanzas clásicas de las que cada uno de nosotros somos deudores, por muy lejanos que nos parezcan las gestas del mundo clásico. En definitiva, de la «libertad intelectual», hoy tan infravalorada.

El resultado es un ensayo esclarecedor que arroja luz sobre los nubarrones cognoscitivos de nuestro tiempo frenético. Todos aquellos conceptos con falta de lucidez, esa amalgama de mentiras, desmemoria, sandeces y medias verdades –también fake news–, de las que, como apunta el autor, jamás saldrá un conocimiento equilibrado y racional del ser humano. Y quizá ahora lo necesitemos más que nunca, aunque sea gracias a volver la mirada a la sensatez de nuestros antepasados helenos.

Pasajes históricos en Juego de Tronos

Si hay algo de lo que se habló en los últimos años fue de la serie de HBO Juego de Tronos, hasta que puso el broche final con su último episodio, el 19 de mayo de 2019. Ahora, la serie completa continúa arrasando en formato digital, en DVD, Blu Ray y 4K, y en la propio plataforma que apostó –con algo más que mucho éxito– por adaptar las novelas hasta entonces de discreta popularidad «Canción de Hielo y Fuego» de George R. R. Martin. Todavía hoy es infinito el merchandising alrededor de la misma e incluso muchos neonatos son «bautizados» –por padres muy frikis, eso sí– como Daenerys –y Khaleesi–, Arya  o Lyanna. El motivo de escribir este post, cuando parece que el invierno cayó hace mucho tiempo sobre los siete reinos, es el lanzamiento del libro «De Roma a Poniente: la huella clásica en Juego de Tronos», editado por Tecnos, un sugerente viaje a este universo fantástico –y cruel, como la vida misma– preñado de curiosidades y aclaraciones históricas.

Óscar Herradón ©

Veamos cómo las civilizaciones clásicas han influido en la concepción del universo de Martin, pero hay numerosos episodios históricos y culturas que han ayudado a configurarlo. Por ejemplo, los miembros de la Casa Stark, de Invernalia, poseen lobos gigantes con los que mantienen un vínculo especial, principalmente el pequeño Bran Stark –que con el paso de los tiempos crecerá, sufrirá, desarrollará poderes increíbles y acabará ciñendo coroñas–, que además de ser un «cambiaformas» y tener el don de la profecía, es capaz de controlar mentalmente –en una suerte de simbiosis– a su fiel compañero de cuatro patas.

Éstos enormes cánidos de color blanco grisáceo que en la serie catódica tiene un rol menos relevante que en las novelas, son denominados huargos, nombre que hace una alusión evidente a una criatura con forma de enorme lobo de la mitología nórdica, los wargos, seres que también aparecen en la saga El Señor de los Anillos de Tolkien, evidente inspiración para George R. R. Martin, al igual que los Eddas y las sagas nórdicas que también despertaron la imaginación del primero mientras estudiaba en Oxford.

En la Tierra Media los huargos eran criaturas malvadas con forma de lobo –que vivían en las Tierras Ásperas–, pero de un tamaño mucho mayor, como en Juego de Tronos, aunque en este caso las mascotas de los Stark muestran una lealtad a sus amos muy alejada de la visión maligna de dichas criaturas. Según los mitos nórdicos –o norteños si aludimos a la saga–, el wargo era una criatura fantástica, como ya he señalado, semejante a un lobo, pero de mayor tamaño, fiereza e inteligencia. Etimológicamente, en antiguo nórdico varg era un eufemismo para denominar al lobo –ulfr–, y es la palabra moderna en sueco para definir a dichos animales. También en el inglés antiguo warg –del que derivaría wargo– tiene el significado de “lobo de gran tamaño” y, en una zona tan alejada como Irán del Norte, en la lengua de aquellos que viven en la zona de Guilán, warg también significa lobo. No puede ser una casualidad, por muy distantes que sean ambas culturas.

Según los especialistas, en la primera temporada de Juego de Tronos se utilizaron para representar a los huargos a perros de la raza Inuit del norte, de una apariencia similar al lobo, aunque a partir de la segunda, donde tienen una mayor  presencia, se utilizaron lobos reales retocados digitalmente, ya que los huargos debían tener un tamaño mucho mayor. Y vaya si lo tienen… Mejor no cruzarse con ellos.

Existen claras similitudes entre la figura de los «cambiadores» y la cosmovisión de los indios norteamericanos, quienes no solo consideraban tótems a los animales «sagrados» que les rodeaban, sino que pensaban que su espíritu podía transformarse en éstos. También la licantropía es una evidente inspiración para George R. R. Martin a la hora de definir a los cambiaformas de su relato.

Oráculos de la antigüedad

La profecía está presente en toda la saga, desde la canción que abre los títulos de crédito en homenaje al verdadero título de la saga literaria, Canción de Hielo y Fuego, hasta muchas de las subtramas que se desarrollan, tantas, que en ocasiones llegan a confundir al lector/espectador (una de las pocas pegas que se le pueden poner a la misma); de ellas es obligado hablar también, pero es un recinto concreto que aparece en la tercera temporada el que nos retrotrae a los grandes oráculos del mundo antiguo. Aquí vamos directamente a la influencia de la huella clásica en la serie.

La Casa de los Eternos, a la que es invitada a entrar Daenerys Targaryen, es la morada de los brujos de Qartz, y recuerda sobremanera a los oráculos de la antigüedad que estaban presentes en la vida cotidiana y cuyos «vaticinios» eran seguidos por grandes líderes como Alejandro Magno o el emperador romano Adriano. Uno de los episodios más célebres y a su vez enigmáticos de la corta pero intensa vida de Alejandro de Macedonia fue su visita al Oráculo de Amón, en el desierto libio, alrededor del año 331 a.C., según recogen las polvorientas crónicas de sus gestas. Al parecer, además de consultar imperiosamente al oráculo sobre quiénes habían sido los asesinos de su padre Filipo de Macedonia, quiso saber si el dios oracular le concedería el honor de convertirse en «rey de todos los pueblos». Al parecer, la respuesta fue afirmativa, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta lo que podía acarrearle una respuesta negativa a los sacerdotes encargados del templo.

El Oráculo de Amón

Del mismo modo, Daenerys, que se mueve en unas tierras que recuerdan esa misma antigüedad exótica de Oriente, Babilonia, Sumeria y, por qué no, la misma Macedonia alejandrina, entra en la Casa de los Eternos con la intención de descubrir qué le deparará el futuro. Pronto volveremos en «Dentro del Pandemónium» sobre el fascinante tema de los oráculos del mundo antiguo.

¿Fuego valirio o fuego griego?

Ninguno está en la cabeza de George R. R. Martin para saber en qué se inspiró para todas y cada una de las ficciones de su saga –a no ser, claro, que lo haya confirmado el propio autor durante las entrevistas, como ha hecho en ciertos casos–, pero algunos símiles, aunque quizá sean casuales, parecen evidentes entre Juego de Tronos y la historia universal. Uno de esos «parecidos razonables» es el de un elemento fundamental en la segunda temporada, el llamado fuego valirio, un arma capaz de destruir al más preparado de los ejércitos, en este caso una flota naval enemiga, comandada Stanis Baratheon, aspirante a sentarse, cómo no, en el trono de hierro, en la llamada batalla de Aguasnegras.

George R. R. Martin (Fuente: Wikipedia).

Pues bien, aunque el verdoso fuego ideado por Martin no existe, claro, es muy probable que se inspirase en el llamado «fuego griego» del que sí queda registro en los anales de la diosa Clío y que, curiosamente, continúa siendo uno de los mayores misterios bélicos sin dilucidar. Su composición no ha llegado hasta nuestros días, aunque las crónicas hablan de un invento bizantino que provocaba unas llamas capaces de devorar los navíos enemigos, flotas enteras, con rapidez, pues apagarlo era una hazaña casi imposible, ya que ardía en contacto con el líquido elemento, una fórmula perdida que químicos e historiadores están intentando reescribir, al parecer, todavía sin éxito.

Ésta fue un arma incendiaria utilizada por el Imperio bizantino en numerosas batallas navales entre los siglos VII y XIII –una sorpresa táctica decisiva, según el experto en historia medieval José Soto, en los dos grandes asedios árabes de Constantinopla de 674-687 y 717-718– capaz de arder sobre el agua o en contacto con ella y que recibió diversos nombres: fuego marino, fuego romano –según lo designaron los árabes– o fuego griego, como comúnmente se conoce y como lo bautizaron los cruzados. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto de su composición. A pesar de ello, se sabe que la enigmática mezcla, que era líquida, incluía nafta –una fracción del petróleo conocida como benciza–, azufre y es probable que también amoníaco, aunque han sido propuestas otras sustancias como la cal viva o el nitrato.

La invención del «fuego griego» se atribuye a un ingeniero militar de nombre Callínico, original de Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe. A pesar del nombre con el que ha pasado a la historia, según declaraciones de Soto al diario La Razón, «en la antigüedad, griegos y romanos usaron líquidos inflamables parecidos, pero sin el poder del arma de Callínico», para añadir a continuación que «Más tarde árabes y cruzados intentaron copiarlo y sólo consiguieron compuestos de peor calidad, y sin los devastadores efectos del fuego griego». Desde luego, la batalla marítima en desembarco del rey bien podría retrotraerse a una pugna naval en el Bizancio de la Edad Medio; es más, Bizancio y Desembarco son ciudades con muchos elementos en común, arquitectónicos, decorativos, etc…. pero esa es otra historia.

De la mitología nórdica a la Italia del Renacimiento

Lo cierto es que para dar forma a los Lannister existen muchas probables inspiraciones históricas ­–ver recuadro–. Teniendo en cuenta la importancia del personaje en cuestión, y el hecho los muchos matices de su personalidad, me centraré en este caso más ampliamente en el personaje de Jamie Lannister. Es posible que George R. R. Martin se inspirase en un personaje histórico pero también en uno mitológico. En la segunda temporada a Jamie le cercenan la mano derecha, la cual es reemplazada más tarde por una de oro, paso previo para volver a poder luchar con la espada –usando la izquierda, claro–. Su evolución es también notable: pasa de ser un individuo pérfido y vil, que ha cometido incesto con su hermana Cersei Lannister –por ello muchos relacionan a dicha familia con los conspirativos Borgia de la Italia del Renacimiento–, y al que conocen como «el Matarreyes» –símbolo de la peor traición que se pueda cometer, el regicidio–, que evoluciona hasta erigirse en salvador de su propio hermano, y también de la vida de Brienne de Tarth. Pero dejemos los spóilers por si, increíblemente, alguien no ha visidonado la serie.

El caso es que en el terreno de la mitología nórdica, Tyr es el dios de la guerra –equivalente al Marte romano–, descrito en las sagas épicas como «el Hombre de una Sola Mano», aunque existen contradicciones en los Eddas sobre su verdadero origen que, en este caso, no es relevante. Según las sagas nórdicas compiladas por el islandés Snorri Sturluson en el siglo XIII, en cierto momento los dioses decidieron encadenar al lobo Fenrisulf ­o Fenrir –nueva alusión a este animal rico en simbolismos–,  una peligrosa bestia que gracias a su fuerza rompía su cadena una y otra vez. Al final, tan sólo a través de la magia pudieron encadenarlo, pero, para ir al grano, en cierto momento cercenó la mano de Tyr con su poderosa mandíbula. Así, el dios de la guerra –Jamie era quien mejor manejaba la espada en todo poniente– era zurdo, algo extrañamente atípico si tenemos en cuenta que en aquellos tiempos ello estaba asociado con la mala fortuna. El poema rúnico feroés canta al Dios de la guerra con estas palabras: «Tyr es un dios manco,/ y la despedida del lobo,/ y el príncipe de los templos». ¿Un nuevo acertijo poético que podría tener su reflejo en la saga, en el destino del Lannister manco?

Y el personaje histórico que bien podría haber servido de inspiración para crear a Jamie, pues su historia es muy similar, es la del militar Götz von Berlichingen, apodado «mano de hierro», un caballero imperial franco de finales del siglo XV que inspiraría una obra de Goethe. Son muchos más los personajes inspirados en personas reales, históricas, sobre los que volveremos en un próximo post. Para abrir boca, nada mejor que sumergirse en las páginas de De Roma a Poniente, de Aurora López Güeto, que acaba de publicar Tecnos. He aquí el enlace:

Lecturas para una crisis sanitaria global (II)

Todo 2020 y lo que llevamos de 2021, con el coronavirus trastocando nuestras vidas y acabando con la de millones de personas indefensas, son numerosos los libros publicados sobre enfermedades y pandemias que han puesto en jaque a las civilizaciones desde tiempos inmemoriales, y la forma en que podemos hacerles frente, o al menos mantenerles el pulso. He aquí algunas de las más interesantes publicadas en castellano…

Óscar Herradón

Llevamos ya un larguísimo año sumidos en una pandemia mortífera, una pesada carga sobre nuestra espaldas, las de toda una humanidad que se ha visto vulnerada y vulnerable –al margen de posiciones, clases y privilegios– en lo que podríamos denominar «la democracia de la enfermedad». Y aunque algunos retorcidos hablen de una especie de «justicia divina», ser «iguales» en algo tan trágico no es ni mucho menos para celebrar: cuando escribo estas líneas se contabilizan en nuestro mundo más de dos millones de muertes de seres humanos, según cifras oficiales. Las «no oficiales», las no contadas, si es que algún día las conocemos, cosa difícil, serán mucho más estremecedoras. Personas con sus historias, sus amores, sus desventuras y sus familias.

Casi inmunizados ante las estadísticas –tras las que, reitero, hay personas de carne y hueso, cosa que tantas veces olvidamos– y habiéndonos familiarizado con términos como confinamiento, PCRs, test de antígenos, cuarentena o curva de contagios, en un eterno «año de la Marmota», un Déjà-vu desconcertante y convulso para todos –hasta para los inhumanos que no cumplen las reglas de la crisis sanitaria–, los días se van haciendo cada vez más cuesta arriba. Incluso teniendo ya ¿tres? vacunas aprobadas por Europa, y otras tantas a nivel mundial (la rusa, la china…), en un panorama empresarial digno de un espectáculo circense de intereses creados, medias verdades y cláusulas confidenciales que revuelve las entrañas. El negocio de la salud. Y de la muerte.

Pues bien, en medio de estos tiempos turbulentos y estrechos en muchos sentidos, donde tanta gente buena se marcha sin despedirse, se han publicado numerosos libros sobre la pandemia, algunos buenos y otros no tanto, unos reveladores y otros inocuos, también sobre otras enfermedades que atenazaron al hombre anteriormente (la peste, el cólera, el SIDA…) y acerca de las múltiples conspiraciones que rodean al dichoso «bichito» al que desde estas humildes líneas deseo la peor y más pronta de las muertes.

Libros que puede dar pereza comenzar a leer precisamente por ese hartazgo con el (o la) Covid-19, la enfermedad y la desolación, la crisis y los ERTEs, pero que animo humildemente a hacer –los buenos, claro– precisamente porque arrojan luz sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, nos ilustran sobre qué hay de verdad detrás de esta crisis sanitaria mundial –desmontando así numerosas hipótesis negacionistas por un lado, conformistas por otro– y alumbrándonos no solo sobre lo débiles que podemos ser, también sobre nuestra fuerza y cómo superar escenarios a los que generaciones anteriores ya se enfrentaron, dejando también grandes pérdidas por el camino, pero sobreponiéndose.

Ni son todos los que están ni están todos los que son, pero en las próximas líneas recomiendo algunos de los títulos más notables publicados en castellano en los últimos –y, reitero, turbulentos– tiempos que nos ha tocado vivir, un segundo post que irá acompañado de otras entregas con sugerentes novedades, pues han sido muchas, algo que sucede cuando la actualidad –en este caso trágica– se impone sobre todas las cosas.

Para una visión global de las pandemias, en mayo de 2020, en plena resaca de la primera ola y el confinamiento, la Editorial Debate publicó Contagio: la evolución de las pandemias, del autor estadounidense David Quammen, quien recoge en sus páginas las advertencias que la naturaleza llevaba años mostrando en distintos animales, principalmente murciélagos. En esta completa obra, de fácil lectura, el autor se sumerge en las recientes enfermedades zoonóticas –virus latentes en animales que dieron el salto a los humanos, como el VIH que provocó el SIDA, el H1N1 que causó la gripe de 1918, mal llamada española, el ébola, el SARS, el virus de Marburgo o el causante de la gripe aviar–, persigue su rastro junto a los científicos de mayor autoridad en numerosos rincones del planeta.

Y para una revisión histórica y divulgativa de las epidemias que han asolado nuestro mundo, tenemos el clásico del doctor José Luis Betrán Noya Historia de las Epidemias en España y sus colonias (1348-1919), que editara en su día La Esfera de los Libros. A raíz de la actual pandemia, y de la demanda que este tipo de trabajos tiene entre los lectores, la editorial lanzó en formato digital el libro, junto a otros trabajos en la misma línea como los libros del divulgador científico Pedro Gargantilla Historia curiosa de la medicina o Enfermedades que cambiaron la historia.

Todo un abanico de curiosidades sobre los virus cuya información podéis ampliar en el siguiente enlace:

http://www.esferalibros.com/noticias/historia-de-las-epidemias-la-esfera-lanza-ahora-en-formato-digital-el-clasico-del-profesor-jose-luis-betran-moya/

Y para una versión alternativa sobre el desastre y sobre cómo toda una serie de factores medioambientales y tecnológicos, entre otros, parecen apuntar hacia una suerte de fin de era o incluso de pronta «extinción» de nuestra especie, Redbook Ediciones publica el inquietante pero sugestivo libro Más allá del coronavirus, del divulgador e investigador de «parahistoria» Klaus Ducker. En sus páginas, siguiendo una línea muy distinta a los trabajos anteriormente citados, el autor nos sumerge en los numerosos desastres que han atenazado a nuestro mundo en los últimos años, incluida la pandemia, y como todos ellos podrían ser «señales» del fin de los tiempos.

Podríamos catalogar al autor de relativamente «negacionista», en el sentido de que apunta que el virus que nos tiene atenazados debió surgir casi con seguridad de algún laboratorio de alta seguridad, por una suerte de error o «escape», algo que los informes enviados desde el corazón de Wuhan por el equipo de expertos internacionales que ha viajado hasta allí para realizar investigaciones in situ –al menos las que les permiten las vigilantes autoridades chinas– parece negar con rotundidad. Una idea, no obstante, muy extendida y que el mismo ex presidente Donald Trump apoyó sin fisuras en sus acostumbradas salidas de tono. Quizá nunca se sepa toda la verdad, no obstante, sobre esta pandemia llena de claroscuros.

Este trabajo intenta, según la visión de Ducker, dar respuesta a todo lo que nos ha sobrevenido en este tiempo y lo que modo de vaticinio –lo más inquietante– «está por llegar», reflejando en paralelo las catástrofes, conspiraciones y profecías que pueden hacernos entender mejor los cambios que experimentamos. Quién sabe. Para el autor es algo que viene largamente anunciado, pues «el concepto de fin de los tiempos alude en las principales religiones a un nuevo paradigma». En el atrevido ensayo se van sucediendo capítulos en los que convergen los llamados «amos del mundo» –si es que alguien sabe realmente quiénes son–, la inteligencia artificial y sus inquietantes  posibilidades, el impacto de la Covid-19 en el un medio ambiente ya largamente castigado por la contaminación, la desaparición de especies, el uso abusivo de los recursos y el efecto invernadero, así como la interesada implantación del 5G o las «amenazas» que vienen. Y da una fecha para ese «fin de los tiempos», al menos como lo conocemos hasta ahora: el año 2050.

Esperemos que el autor no sea realmente un visionario, nada de lo que aventura se acabe produciendo, y yerre como tanto otros con fechas de supuestos Armagedón como sucedió en el 2000 o el más reciente 2012, ese mal llamado de la profecía maya. Necesitamos un mundo mejor, y esperanza ante todo, pero no está de más conocer las hipótesis alternativas. Una versión, por tanto, diferente, que el periódico bávaro Münchner Merkur ha definido así: «Un libro que nos invita a pensar y que nos da las claves para mantener activa y despierta la conciencia». He aquí cómo adquirirlo:

https://www.redbookedicioneslibros.com/nuevos-productos/270xjek3wta9p067cql3jb2zs9yf05-6f4s4-z47w3-jxx6d-lnyk5-y6zjg-6stst-79d4p-4dkmd-8868j-abwrs-gdjln-spetl-5ksg3