Oráculos: vaticinando el futuro desde la antigüedad (I)

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Excavaciones posteriores permitieron redescubrirlos. Viajamos hasta estos enclaves sagrados de tiempos pretéritos para saber qué secretos se esconden entres sus ruinas.

Óscar Herradón ©

Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, el coronavirus sigue azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, aunque ninguno fue capaz de conocer la gran pandemia que se avecinaba –si acaso Bill Gates y sus juegos de predicción y algún que otro escritor cuasi visionario–, y eso que no faltaban AVISOS de las autoridades sanitarias y los virólogos hoy reconvertidos en «superstars» de los Media, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.

En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, como veremos, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.

Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta que abordaremos a continuación en un viaje por una época que duerme el sueño del olvido, sepultada bajo las toneladas de escombro que ha ido dejando sobre ella el paso inexorable del tiempo, pero que, una vez desenterrada, revela el esplendor de unos siglos en los que el hombre creyó a pies juntillas que era capaz de aventurar el porvenir y, por tanto, hace más llevadero –al menos si los augurios eran favorables- el siempre incierto momento presente.

Éfira, el oráculo de los muertos

Iniciamos nuestro periplo por uno de los más célebres –y tétricos- oráculos de la antigüedad: el de Éfira, conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958, el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotirios Dakaris, situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.

Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin ninguna duda- al oráculo de Éfira.

Nekromanteion

Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió de conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.

Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y donde también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.

Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo- conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.

Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con esto un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.

Volviendo al oráculo, los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Éfira, el oráculo de los muertos (Imagen crédito: Wikipedia)

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera, dándole una piedra y ordenándole que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se hallaba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba un laberinto que Dakaris encontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada en medio de un ambiente asfixiante que bien podría recordar a los relatos sobre el hades. Los sacerdotes le habían avisado de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquel que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotirios Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podía oír un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia. En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme calderón de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del caldero. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del consultante- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Ornitomancia, adivinación mediante la interpretación del canto y el vuelo de las aves

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que sutilmente obtenían de él la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada.

Si no se inquietan los moradores del inframundo clásico, este post tendrá continuación…

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS…

El pasado 2020 Guillermo Escolar Editor publicaba un volumen fascinante sobre las creencias de los antiguos helenos: Religión griega. Una visión integradora, de Alberto Bernabé, catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, y que sabe muy bien de lo que habla, pues sus más de cuatrocientas publicaciones le acreditan como uno de los más importantes helenistas de nuestro tiempo.

En este volumen, que sin duda no tardará en convertirse en obra de referencia sobre dicha materia, se realiza una visión global, de conjunto, minuciosa y amena, a los cultos griegos, centrándose en aspectos muy diversos relacionados con el hecho religioso –la literatura, las raíces, el mito y el ritual, la filosofía o el sincretismo religioso– , pero con un eje común, integrador, como bien reza su acertado título. Un trabajo magnífico para que el profano se inicie en el conocimiento, no poco complejo, de la religión de la antigua Grecia, donde los oráculos de los que hablamos en este post gozaban de un lugar preeminente. He aquí la web de la editorial y cómo adquirirlo:

https://www.guillermoescolareditor.com/libro/religion-griega_105036/

La Herencia del Antiguo Egipto (Edhasa, 2020)

Por otro lado, si más allá de oráculos y creencias supraterrenas lo que queremos es acercarnos también a la civilización del Antiguo Egipto desde una visión global y didáctica, nada mejor que hacerlo a través de una de las últimas novedades de la editorial Edhasa, que ha lanzado en una edición que corta el aliento el clásico La herencia del Antiguo Egipto, de la prestigiosa egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt (1913-2011), que además de ser autora de ésta y otras joyas bibliográficas sobre el arte y la historia del país de los faraones, realizó una elogiable labor de protección de la cultura, al contribuir a la salvación de los templos nubios causada por la construcción de la presa de Asuán en 1960, edificaciones declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979, el año en cuyos estertores vino al mundo quien suscribe estas humildes líneas.

El libro lanzado por Edhasa es sin duda la obra maestra de la investigadora gala (Edhasa publicó en su día también Hatshepsut. La reina misteriosa), un compendio de conocimientos sobre el Antiguo Egipto que además de mostrar un perfecto equilibrio entre la solidez de la documentación y el valor didáctico de lo contado, sugiere una interesante tesis sobre el origen egipcio-cristiano de nuestra cultura. Y es que la nación regada por el Nilo ha influido más de lo que podamos intuir en nuestra civilización y en la misma Europa moderna. Así, Desroches plantea aspectos estrechamente vinculados a nuestra vida cotidiana, como el juego de la oca o el calendario; que forman parte de nuestras tradiciones y folclore, como la leyenda de San Jorge o los animales de las fábulas más conocidas en Occidente, y que la autora rastrea con especial lucidez y sabiduría en la cultura egipcia del pasado. Un libro deslumbrante que todo apasionado de la historia, la antropología y la arqueología debería tener en su biblioteca. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.edhasa.es/libros/256/la-herencia-del-antiguo-egipto

Mitología Egipcia (Ediciones Nowtilus)

Y si lo que queremos es penetrar en la rica y apasionante cosmogonía del país de los faraones (aunque de forma distendida y alejada de la complejidad académica), lo mejor es acercarnos a las páginas de una de las novedades de Nowtilus: Breve Historia de la Mitología Egipcia, de Azael Varas Mazagatos, un autor que sabe de lo que habla, no en vano es historiador y Máster en en Arqueología del Mediterráneo en el mundo clásico.

En este título de una de las colecciones más renombradas de la editorial, Mazagatos nos descubre el universo mitológico egipcio y todos sus fantásticos cuentos y leyendas sobre el origen del Universo y el ser humano: el mito fundacional de Seth contra Osiris y Horus, el Viaje del Sol y el Viaje del Alma; por supuesto El Libro de los Muertos, utilizado en todo lo relacionado con el proceso de momificación y el viaje al «más allá» del difunto, pieza clave de la cosmogonía egipcia, y mucho más: lo que esconde el mágico papiro Westcar, una de las compilaciones de cuentos mágicos más fascinantes del mundo antiguo, la historia de Sinhué, de Tutmosis IV o de la Gran Esfinge y las muchas y en ocasiones contradictorias teorías sobre su origen (incluido uno supuestamente extraterreno). Además, incluye un detallado diccionario de las divinidades egipcias, con sus atributos y símbolos iconográficos principales.

He aquí el enlace para adquirirlo:

Y de la mano de editorial Taurus nos llega una delicia urdida por un genio en la materia: Fidelidad a Grecia: Lo bello es difícil, y otras cosas que nos enseñaron los griegos. Su autor, Ignacio Lledó (Sevilla, 1929) es un hombre de esos que podemos tildar sin posibilidad de equivocarnos de renacentista: Premio Nacional de Literatura –en la categoría de Ensayo–, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades y miembro de la Real Academia Española, por citar solo los logros más épicos entre un sinfín de reconocimientos y miles de trabajos. En estas páginas nos ofrece 27 artículos por los que guía al lector, en medio de este ruido de la globalización y la confusión mediática de las nuevas tecnologías, por numerosas ideas erróneas y conceptos mal entendidos por la saturación informativa de medios escritos y audiovisuales, a los que hay que sumar ahora el enrevesado e infinito universo de RRSS y medios digitales y su adecuada –o deleznable– funcionalidad.

Y aunque el campo filosófico es cuanto menos complejo, sin necesidad de sumergirnos en Kierkegaard o Heidegger, la cierto es que el autor nos explica estos conceptos con una sencillez y una capacidad divulgativa dignas de elogio. No es un libro dedicado a la adivinación y a los oráculos, como podéis imaginar, pero sí una forma original y cargada de sentimiento de acercarnos al helenismo –también su pensamiento mítico y mágico– y cómo éste definió en gran parte tanto las instituciones políticas y culturales de Occidente como nuestra misma forma de pensar hace más de 2.000 años, aunque parezca increíble.

Con elocuencia y elegante combatividad, Lledó nos habla del poder liberador del mito en los antiguos griegos –frente a ese otro tipo de mitos «impuesto por los profesionales de la mentira» de nuestro tiempo–, de la fuerza de Eros (Amor), de la invención de la armonía musical –sepultada hoy por el exceso de Ruido–, o la figura de Epicuro, uno de los personajes más atractivos y misteriosos de la historia del pensamiento, así como de numerosas enseñanzas clásicas de las que cada uno de nosotros somos deudores, por muy lejanos que nos parezcan las gestas del mundo clásico. En definitiva, de la «libertad intelectual», hoy tan infravalorada.

El resultado es un ensayo esclarecedor que arroja luz sobre los nubarrones cognoscitivos de nuestro tiempo frenético. Todos aquellos conceptos con falta de lucidez, esa amalgama de mentiras, desmemoria, sandeces y medias verdades –también fake news–, de las que, como apunta el autor, jamás saldrá un conocimiento equilibrado y racional del ser humano. Y quizá ahora lo necesitemos más que nunca, aunque sea gracias a volver la mirada a la sensatez de nuestros antepasados helenos.

Demonios de Babilonia (III)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».