Capitán Swing publica este ensayo de la periodista Rachel Maddow que recuerda un episodio histórico olvidado del país de las barras y estrellas que muestra el auge de los extremismos del pasado en una nación cada vez más polarizada bajo el segundo mandato de Donald Trump.
Precuela es un ensayo histórico y político verdaderamente revelador en el que Rachel Maddow explora de forma incisiva un episodio poco conocido de la historia estadounidense: la presencia y expansión de movimientos fascistas y pro-nazis en los Estados Unidos durante las décadas de 1930 y 1940, en el periodo de Entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial, en la que el país entró oficialmente tras el ataque japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El libro nace de la investigación realizada para el pódcast de la autora, Ultra, y funciona como una advertencia sobre la fragilidad democrática y la facilidad con la que el extremismo puede infiltrarse en instituciones aparentemente sólidas.
Juicio a los saboteadores nazis (1942).
Uno de los mayores aciertos del ensayo es su capacidad narrativa. Y es que Maddow tiene amplia experiencia televisiva y eso se nota en el ritmo: convierte una investigación histórica compleja en un relato casi de thriller político. Figuras como el sacerdote católico estadounidense nacido en Canadá Charles Coughlin (que hizo un soberbio uso de la radio para llegar a la audiencia de forma masiva), el propagandista y poeta germanoamericano George Viereck -que llegaría a actuar brevemente como agente nazi en la guerra- o el movimiento America First aparecen no como anécdotas a pie de página, sino como parte de una red ideológica que simpatizaba con Hitler y buscaba debilitar la democracia estadounidense desde dentro.
Operación Pastorius
Viereck.
Precisamente en 1942 tendría lugar uno de los episodios más insólitos de la Segunda Guerra Mundial, y sería la infiltración para atentar en territorio estadounidense de varios agentes nazis que finalmente serían desenmascarados, detenidos por el FBI y ejecutados. Fue denominada Operación Pastorius por el Abwehr –el servicio de inteligencia militar alemán comandado por al almirante Wilhelm Canaris–, en honor al nombre del fundador del primer asentamiento alemán en América, Franz Daniel Pastorius (Germantown, Pensilvania, 1683).
Bandera del German American Bund.
El objetivo de los ocho hombres enviados en dos grupos por el Tercer Reich –liderados, uno por George John Dasch y el otro por Edward Kerling– era sembrar el caos económico y el miedo civil: destruir fábricas de aluminio, infraestructura ferroviaria, la industria química y las instalaciones hidroeléctricas del río Ohio. Aprovecharían el enorme éxito –y la protección– que podían brindarles antiguos miembros del Bund Germano-Americano (German American Bund), un movimiento de inspiración nazi fundado en los EE. UU. en 1936, financiado por el gobierno de la Alemania nacionalsocialista y que en 1939 contaba con 20.000 miembros que llegaron a dar un multitudinario mitin en el Madison Square Garden de Nueva York el mes de febrero, movimiento que sería disuelto por las autoridades tras la entrada del país en la contienda. Sin embargo, una pifia de los espías alemanes, entrenados de forma apresurada antes de ser soltados cerca de la costa estadounidense en submarino, hizo que fueran rápidamente desenmascarados por agentes de J. Edgar Hoover y juzgados por un tribunal militar.
Rachel Maddow (Wikipedia).
En Precuela, Maddow también destaca el papel de periodistas, fiscales e investigadores que combatieron esa infiltración fascista en un tiempo en el que gozaba de gran aceptación entre algunos sectores, creciente, el movimiento nazi y fascista europeo. Así, la autora, en lugar de centrarse en los demagogos del pensamiento ultraconservador y filofascista, presta mucha atención a quienes intentaron frenarlo, en lo que se convierte en una combinación entre investigación histórica y advertencia contemporánea, pues establece paralelismos evidentes con la política estadounidense actual, lo que ha llevado a ciertos críticos a afirmar que la obra funciona más como una advertencia ideológica que como un análisis desapasionado.
Aunque fuera así –y a veces lo es–, la situación actual, de profunda polarización de la población y de decisiones absolutamente delirantes y en ocasiones incluso cercanas a la ilegalidad de la segunda Administración Trump, aceptan el símil (con sus grandes distancias, claro, pues por suerte no estamos en los tiempos del Tercer Reich, el fin del colonialismo o la Unión Soviética de Stalin), pero, en todo caso, la democracia –aunque no sea plena, según algunos sectores políticos– debe cuidarse. Y al margen de tratarse o no de una «advertencia», recordar este oscuro episodio del pasado estadounidense, un país que no mucho tiempo después se volvería paranoico con la llamada «infiltración comunista» es razón de peso para elogiar un libro de estas características.
Un ensayo convertido en best seller de The New York Times, con un enorme valor documental y la importancia de rescatar un capítulo históricamente olvidado, una obra que obliga al lector a reconsiderar la idea de que el fascismo fue un fenómeno exclusivamente europeo y que recuerda que las democracias liberales nunca están completamente inmunizadas frente a movimientos extremistas, y no solo de derechas.
Se cumple un año desde que todos nos quedamos paralizados ante las imágenes de los telediarios, con las sirenas de la plaza de Kiev atronando porque se acercaban los primeros bombardeos rusos. El mundo temblaba como no lo hacía desde los años más duros de la Guerra Fría, quizá, desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Temíamos que aquella amenaza reconvertida en violencia extendiera sus tentáculos a un conflicto mundial…
…finalmente, y a pesar de la ayuda militar a Ucrania, las amenazas nucleares del Kremlin, las duras sanciones, la lucha energética o incluso las matanzas indiscriminadas contra población civil que no se veían por estas latitudes desde el execrable genocidio de los Balcanes (cuando sí que dejamos abandonados a su suerte a esos otros cuasi europeos), la GUERRA, esa palabra tan terrible, se ha circunscrito por ahora a las fronteras de ese país que, en plena Europa (aunque no forme aún parte oficial de la UE), la mayoría conocíamos solo por mundiales de fútbol o escapadas turísticas casi exóticas al Este del viejo continente. Que la guerra se circunscriba a sus fronteras no quiere decir que no hayan cambiado los equilibrios geopolíticos, que ese «Occidente en paz» no esté pendiendo de un hilo o, incluso, quién sabe, como aseguran algunos analistas políticos y militares, estemos ya de lleno sumidos en la Tercera Guerra Mundial, una guerra muy distinta de la vivida hace 80 años.
Hoy sabemos situar a Ucrania en el mapa, aquí y en la Cochinchina, pero la tragedia que viven sus gentes continúa, ahora más como una reverberación que como un temor en el corazón del resto del mundo. Un escenario bélico terrible que todos sentíamos más nuestro porque estaba más cerca de nuestras fronteras, como sentimos más cerca la amenaza del Ébola cuando cruzó el Mediterráneo en septiembre de 2014 y ya no era cosa solo del continente negro, olvidado y olvidable.
Se ha hablado tanto de la guerra de Ucrania que no tiene mucho sentido arrojar más exceso informativo en un día tan señalado. Así que me limito a recuperar el post que el Pandemónium publicó a los 100 días del inicio de la invasión rusa y a recomendar varias novedades editoriales que nos recuerdan que en los conflictos internacionales, la geopolítica y la misma humanidad, no todo es blanco ni negro, sino gris oscuro (o claro, según se tercie), y que si bien Putin es un tirano imperialista que se pasa los derechos humanos y los tratados internacionales por sus partes pudendas, lo cierto es que ni los países que conforman la alianza occidental son unos «santitos», ni todo lo que nos cuentan desde la oficialidad es siempre tal cual; y por supuesto, el envío de armamento y la coraza frente a ese invasor que ya puso en jaque al mundo en varias ocasiones (principalmente bajo la batuta de Stalin, el «hombre de hierro» de la URSS que ahora homenajean en la Nueva Rusia obviando sus muchos crímenes) no es ni filantrópica ni gratuita.
Que se lo digan a la industria armamentística que, según revelaba la prensa el pasado 26 de enero de 2023, solo en Estados Unidos obtendrá 400.000 millones de dólares. No olvidemos que Ucrania centra la atención (todas esas personas que miran el móvil en los andenes del metro, que van a la última moda huyendo por una pasarela humanitaria, que lloran ante las cámaras porque su casa con todas las comodidades acaba de ser barrida por un misil o un dron de origen ¿iraní?… todas son tan parecidas a nosotros y a nuestra vida), pero que la guerra continúa en Siria, donde lleva la friolera de 12 largos y sangrientos años –y donde acaban de sufrir, junto con Turquía, una de las mayores tragedias naturales de las últimas décadas–, en Yemen … Puta guerra, y cuán poco hacemos por que termine…
Libros recomendados
Así, en fecha tan señalada, con tantas preguntas en el aire, en medio de tanto dolor, no está de más recomendar las obras del historiador británico Mark Galleotti, profesor universitario especializado en crimen organizado transnacional y en asuntos de seguridad y política rusos. Hace unos meses, Capitán Swing, ya iniciada la invasión ucraniana, publicaba dos de sus obras más emblemáticas (de las que un humilde servidor se hizo eco en su momento en las páginas de la revista Año/Cero-Enigmas).
En Una breve historia de Rusia, Galeotti utiliza el fascinante desarrollo de dicha nación para iluminar su futuro. El autor trasciende los mitos para llegar hasta el mismo corazón de la historia rusa, atravesando sus etapas fundamentales hasta la llegada de ese frío político (hoy reconvertido por la prensa internacional en el nuevo Hitler) que ahora preside el país, Vladímir Putin, y que lleva gobernándolo la friolera de casi 23 años, desde que se convirtió en presidente interino de la Federación Rusa tras la renuncia de Yeltsin y luego ganó las elecciones presidenciales el 7 de mayo de 2000, iniciando el nuevo siglo con un talante mucho más discreto, moderado y al menos en apariencia casi internacionalista –sin duda, una careta–.
Y precisamente en el volumen Tenemos que hablar de Putin –con el no poco controvertido subtítulo de Por qué Occidente se equivoca con el presidente ruso– Galeotti, una de las personas que más saben de la Rusia actual y del personaje en cuestión, analiza si es verdad todo lo que cuenta Occidente sobre el líder del Kremlin: revela al hombre detrás del mito y aborda las principales percepciones erróneas sobre Putin, que no son pocas en tiempos de infoxicación, fake news (muchas de ellas gestadas desde las mismas altas esferas moscovitas), múltiples actores en el pantanoso terreno de la geopolítica (algunos que décadas antes ni siquiera podían soñar con su posición actual) e intereses creados por opacos grupos que operan bajo diversos think tank…
A partir de ello, el historiador británico explica cómo podemos descifrar las motivaciones de Putin y sus próximos movimientos. Desde sus inicios en el KGB (en un lejano 1985 fue asignado como agente de enlace de nivel medio con la agencia de inteligencia de Alemania Oriental, trabajando de incógnito bajo el paraguas de traductor en Dresde) y su verdadera relación con Estados Unidos hasta su visión del futuro de Rusia –y del resto del planeta–, Galeotti se basa en nuevas fuentes rusas y en explosivos relatos inéditos para ofrecernos una visión sin precedentes del hombre que está en el centro de la política mundial y que desde hace ahora un año se ha convertido en el enemigo público número 1 de las «democracias».
Ya lo dijo el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ahora planteando si da luz verde (previa autorización de la OTAN) al envío de cazas –algo que molesta especialmente a los «morados» del gobierno de coalición en la enésima controversia de la legislatura– a su homónimo ucraniano Volodimir Zelenski (ayer mismo estaba en Ucrania con él en otra de esas visitas sorpresa, más por seguridad que por protocolo, a las que tanto se están aficionando los mandatarios occidentales como forma de apoyo –¿o propaganda?– al país de la bandera azul y amarilla): no estamos inmersos en la guerra de Ucrania, sino en «la guerra de Putin».
Las Guerras de Putin (Desperta Ferro)
Y en vísperas de la conmemoración de ese fatídico «año» (365 días de trincheras, retiradas, avances, comparecencias, sanciones, llanto, dolor y muerte, mucha muerte), una editorial también muy querida del Pandemónium y que cuida con mimo la divulgación histórica, Desperta Ferro Ediciones, publicaba Las Guerras de Putin. De Chechenia a Ucrania, del mismo autor, Mark Galeotti. Una visión general de los conflictos en los que esa nueva Jezabel del Este que es Rusia se ha visto envuelta desde que aquel hermético hijo de Leningrado que llegó a decir que el colapso de la URSS fue «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», se convirtiese en primer ministro y más tarde en presidente. Desde las dos guerras de Chechenia (estaban muy lejos y no nos asustamos tanto) hasta la incursión militar en Georgia, su polémica intervención en la Guerra Civil siria, la anexión de Crimea (¿no habría que haberle parado ahí los pies, como a Hitler en Checoslovaquia? Quizá nos hubiésemos ahorrado sangre y lágrimas…) y la en un principio eventual (y ya larga y devastadora) invasión de la propia Ucrania.
Galeotti analiza cómo el señor Putin ha remodelado su país mediante dicha serie de intervenciones militares, examinando de forma más amplia –y realmente elocuente– la renovación del poder militar ruso y su evolución para incluir nuevas capacidades que van desde el empleo de mercenarios hasta su implacable guerra de información contra Occidente.
La aguda visión estratégica de Galeotti revela las fortalezas y debilidades de unas fuerzas armadas rusas rejuvenecidas por sus éxitos y fracasos en el campo de batlla, y los salpica de anécdotas, instantáneas personales de los conflictos y una extraordinaria colección de testimonios de primera mano de oficiales rusos, tanto en activo como retirados. No había un momento mejor para entender cómo y por qué Putin ha hecho todo esto ni un autor más adecuado que este para desmitificar las capacidades militares rusas y tratar de entrever qué nos puede deparar el futuro, un futuro incierto sin duda (no lo olvidemos, el futuro no existe, y cualquier conjetura sobre el mismo no deja de ser un ejercicio profético, por lo tanto, no científico), y realmente inquietante.
He aquí el enlace para adquirir este libro tan recomendable a un año de que sonaran las primeras sirenas, y el mundo (in)civilizado se paralizara de punta a punta:
Y para entender el pasado como espía de Putin y cómo los servicios secretos de la antigua URSS influyeron en la configuración de la actual Federación Rusa, lo mejor es sumergirnos en las absorbentes páginas de Los Hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente, que Península publicó hace apenas unos meses. Es obra de la periodista (y corresponsal de investigación para Reuters en Moscú) Catherine Bolton, quien también fuera corresponsal en la capital rusa para el Financial Times de 2007 a 2013.
Tras este monumental ensayo de casi 1.000 páginas (que se leen como se devoran las de una buena y fluida novela) existe una loable labor de investigación a través de entrevistas exclusivas con personas implicadas en los hechos que revelan la historia inédita de cómo Vladímir Putin y su círculo más estrecho, formado en su mayor parte por miembros del KGB, como reza el subtítulo, se aprovecharon de Rusia e instauraron una nueva liga de oligarcas cuya influencia se extendió por Occidente y que han sido los principales objetivos de las sanciones impuestas por la Unión Europea y la OTAN tras la cruenta invasión y posterior guerra de Ucrania.
Con la maestría de una periodista curtida en los escenarios de los hechos durante décadas, Belton da cuenta al lector de cómo Putin llevó a cabo su implacable conquista de las empresas privadas para posteriormente repartirlas entre sus aliados, quienes poco a poco fueron extendiendo sus posesiones por Europa y EE.UU.
Un portentoso ejemplo de periodismo de investigación sobre cómo el temido KGB aprovechó el caos originado tras la caída de la Unión Soviética para hacerse con el control del gigantesco país, borrando los límites entre el crimen organizado y el poder político y silenciando a la oposición, de Anna Politkóvskaya, asesinada a sangre fría en su domicilio en 2006, a Alekséi Navalny, en prisión en Rusia y cuya historia de resiliencia y tesón ha merecido el Oscar al Mejor Documental hace unos días.
* Todas las imágenes de este post, salvo las portadas de los libros reseñados, son de Wikimedia Commons (Free License)
Tito (Cult Books)
Y si los seguidores del Pandemónium quieren penetrar también en la biografía de una de las personalidades más controvertidas y carismáticas de aquellos tiempos de la extinta URSS que tanto añora Putin, nada mejor que sumergirse en las páginas de Tito, de Jasper Ridley, biografía publicada recientemente por Cult Books, editorial habitual en nuestro blog.
Desde la destrucción de Yugoslavia, la figura de Josip Broz Tito, que gobernó el país bajo un régimen dictatorial durante treinta y cinco años (desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta 1980), ha suscitado sentimientos encontrados, despertando tanto admiración entre sus muchos seguidores como odio entre sus detractores y aquellos que padecieron la represión del régimen comunista que implementó en aquel territorio desmembrado en los años 90 y donde todavía hoy se palpan el resentimiento y la venganza.
Destruido el Tercer Reich, cada vez parecía más probable que Yugoslavia quedase absorbida por la Unión Soviética con sus otros países satélites, en una extensión del viejo continente que todavía hoy corta el aliento (y, claro, añoran muchos rusos nostálgicos como el propio rey del Kremlin). Pero el genio militar y diplomático de Tito logró evitar esta circunstancia, cubriendo con un manto de protector la heterogénea colección de grupos étnicos y religiosos –la mayoría hostiles– que formaba el territorio yugoslavo.
Mientras vivió, Tito logró mantener al heterogéneo país unido y conservar su independencia y neutralidad en la lucha entre superpoderes rivales. El distinguido historiador y biógrafo inglés Jasper Ridley (1920-2004) se encargó de realizar una de las más documentadas biografías del mandatario. El autor viajó a Croacia y a Serbia, donde, gracias a sus amistades personales, pudo conversar en el presidente Franjo Tudjman, con Zarko y Misa Broz –nada menos que los hijos de Tito– y otros miembros de la familia, así como con sus generales, ministros, embajadores y secretarios para traernos de primera mano la epopeya de aquel veterano de la Segunda Guerra Mundial que luchó con los partisanos frente a las fuerzas de ocupación del Eje y que, héroe de guerra para muchos, es también considerado responsable de muchas decenas de miles de muertes de anticomunistas, en su mayoría croatas de la Ustacha (organización terrorista nacionalista croata basada en el racismo religiosos, cuyos miembros fueron aliados del Tercer Reich y que fue formada en 1929 por el ultracatólico Ante Pavelic) en la masacre de Bleiburg, y serbios chetniks.
Ridley también se entrevistó con Milovan Djilas –el camarada de Tito que acabaría por convertirse en su adversario– y con varios de sus rivales políticos. El resultado es una obra ampliamente documentada, con información jamás publicada hasta el momento del lanzamiento del libro, de ritmo endiablado para un ensayo historiográfico, que no solo revela los logros políticos del dictador sino que también pone de relieve la carismática personalidad de este conflictivo hombre que fascinó a todos los que le conocieron. Además, el autor ofrecía un panorama clarificador sobre los orígenes y la historia de este territorio del Este de Europa desgarrado durante siglos por las diferencias étnicas, políticas, culturales y religiosas cuyo drama cobra renovada vitalidad en medio de la devastadora guerra de Ucrania.
Se hizo llamar «El Rey Lagarto» y revolucionó la escena musical americana de los años 60. Frontman icónico del grupo multiventas de blues-rock The Doors, personaje multifacético, contradictorio, temerario y autodestructivo, como reza el ideal del buen rockero, vio su final a temprana edad tras una vida rápida de excesos y altibajos, dejando un bonito cadáver –aunque algo pasado de kilos– y engrosando la gloriosa lista del «maldito» Club de los 27. Hoy, 3 de julio de 2021, se cumplen 50 años de su muerte, un final plagado de sombras.
De él, como de otras glorias del sonido electrizante, se ha dicho de todo –a veces con mayor o menor acierto–, y su muerte, en la bañera de un piso parisiense al parecer de un paro cardíaco, ha hecho correr ríos de tinta durante estos cincuenta años, que se cumplen hoy. Su mito está más vivo que nunca, tornándose en ocasiones en brumosa «leyenda urbana», también en fake-news e incluso en chiste irrisorio. Cosas del mundo globalizado y de las RRSS sin control. Hay quien afirma que, como Elvis, Morrison sigue vivo, y que fingió su propia muerte para escapar del peso de una fama que no deseaba. Igual que Jesús Gil… pero con más glamour y menos chanchullos.
Eso sí, sus himnos creados a partir de la genialidad mezclada con los efluvios del alcohol, los alucinógenos y el sol abrasador del desierto californiano, siguen sonando con la misma potencia con la que fueron creados y con la que hipnotizaron a su cohorte de seguidores y groupies generación tras generación. Break on through (to the other side), Riders on the Storm, Roadhouse Blues, L.A. Woman, Light My Fire, Tell all the people y un largo etcétera hasta la épica The End.
No voy a contar una vez más la historia de The Doors; el que quiera profundizar en sus álbumes, sus directos, sus giras y mil y un detalles de sus años en lo más alto puede consultar varios libros de reciente aparición muy recomendables que recojo al final del artículo (pido perdón por la extensión, malas costumbres de la prensa escrita y el ensayo histórico que prometo ir puliendo en nuevas entradas).
Jones
En las próximas líneas me centraré en esa «conspiranoia» que rodea a la muerte del carismático vocalista y que, a pesar de que algunas rozan el delirio, una ristra de fanáticos se creen a pies juntillas en tiempos de fake-news y leyendas urbanas, pero otros también mucho antes de la revolución tecnológica. Y es posible que tengan algo de razón… como sucede con las muertes de otros grandes del rock y el pop que se suicidaron… o los suicidaron: Kurt Cobain, Brian Jones, Michael Jackson, Prince, Jimi Hendrix y un largo etcétera.
Bailar pegado con la muerte
Como señala Roberto Caselli en el libro de reciente aparición Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera, editado por Ma Non Troppo (Redbook Ediciones –más información al final del artículo–), en un capítulo de título «París, el último sobresalto», todavía permanecen muchas preguntas en el aire acerca de los últimos días y horas del Rey Lagarto: «Si el precio a pagar a la fama era tan duro, ¿por qué Jim telefoneó a su manager –desde París– para decirle que tenía grandes ideas para un nuevo disco? ¿Por qué han ido emergiendo verdades tan diferentes sobre su muerte? ¿Se trata de mera especulación para obtener un poco de publicidad, o realmente se quiso esconder algo incómodo? ¿Cuánto hay de verdad acerca de la partida de heroína White China que habría acabado con Jim?».
Sin duda, demasiadas preguntas sin respuesta que quizá se deban solo al ansia por entender cómo un genio musical en la flor de la vida, con apenas 27 años, cifra maldita per se en el circo del rock n’roll, pudo morir de forma tan mundana como en una bañera de un ataque al corazón. Parecía algo banal para una deidad del underground.
Durante casi toda su vida Morrison evocó el sentido trágico de la vida y sus excesos parecían un llamamiento a terminar la suya bruscamente. Sin embargo, a diferencia de otros atormentados músicos, como Kurt Cobain, no mostraba una personalidad suicida –al menos, no habitualmente–, y aunque regaló frases memorables como «Creo que la muerte es amiga del hombre, porque pone fin a ese gran dolor que es la vida», en otras declaraciones evidenciaba un interés más bien metafísico por el momento de la expiración: «No quiero morir durmiendo, o bien de viejo o de sobredosis. Quiero saber qué se siente. Quiero probar la muerte, escucharla, olerla».
Por supuesto, los medios más sensacionalistas –y por ende simplistas– vieron en aquello y en sus reiterados exhibicionismos, en parte fruto de los efluvios del alcohol, del que abusaba de manera temeraria, un llamamiento al suicidio y al final predestinado de otro héroe trágico del rock. Aunque hay muchas diferencias con otros personajes que optaron por el suicidio y cuyas muertes siguen rodeadas también de claroscuros. El propio Cobain, que moriría décadas más tarde para engrosar como Jim el llamado «Club Maldito de los 27», ya narraba en sus diarios, hechos públicos más de una década después de su muerte, que cuando era adolescente se ató en una vía férrea de Aberdeen para ser arrollado por un tren… pero el convoy pasó por la vía paralela.
Graffiti en Tel-Aviv que representa al Club de los 27
No obstante, a Morrison sí le atormentaba el lado inexplicable de la existencia y no estaba feliz con la fama –algo que sí le encandiló en los primeros años–, lo mismo que le sucedía al líder de Nirvana. Caselli señala en el libro editado por Redbook que «Jim estaba cansado de su condición de estrella de rock, el éxito que le había dado dinero, mujeres y visibilidad, pero la carcoma del inexplicable misterio de la existencia seguía royéndole el cerebro e impidiéndole cualquier acercamiento a la serenidad».
Medianoche en París, la ciudad de los excesos
Baudelaire
Fuera cual fuese la razón, su anhelo de seguir los pasos de sus idolatrados poetas simbolistas como Rimbaud o Baudelaire, el hecho de escapar de la popularidad o incluso evitar como temía ser trasladado a prisión –tenía varias causas abiertas y el 1 de marzo de 1969 fue llevado a juicio tras una actuación en la que simuló una masturbación en el Dinner Key Auditorium de Miami–, el caso es que Morrison decidió alejarse de la agitación y la celebridad en París. Y lo hizo cuando aún se estaban realizando los arreglos en posproducción del que sería fatídicamente el último disco de estudio de The Doors, L. A. Woman, algo de lo que se encargaban los otros tres miembros del grupo, principalmente el brillante y multifacético Ray Manzarek.
Otra de las razones de elegir la ciudad de la luz era que su novia, Pamela Courson, que residía allí, le pedía insistentemente que se reuniera con ella. En París, ésta mantenía una estrecha relación –probablemente sentimental y sexual– con un hermético personaje: el conde Jean de Breteuil, que estaría en todos los escenarios de los últimos días de Morrison en este «jodido mundo» al que cantaba con potente voz de barítono el atormentado poeta del caos.
Breteuil era célebre por pasar heroína a todas las bandas inglesas y estadounidenses que hacían escala en París durante sus giras y por aquel entonces era novio nada menos que de la actriz y cantante Marianne Faithfull, quien fuera pareja de Mick Jagger –a quien también proveía de estupefacientes el conde– y cuyos excesos con las drogas son legendarios. Precisamente el pasado año los medios informaban de que Faithfull había cogido el Covid-19, pero en abril de 2020 comunicaron también de que a sus 73 años y con varias patologías previas lo había superado. Una mujer de armas tomar.
The Doors en 1969
Aunque salía con Faithfull, como muchos de sus colegas el conde promulgaba el amor libre y solía verse con otras mujeres sin problema. Pamela sentía al parecer fascinación por el aristócrata, al que se refería como «un francés auténtico», pero lo más probable es que frecuentara su compañía por su adición a la heroína. Su presencia le garantizaba una dosis cuando la necesitaba, que era casi a diario.
En París, Morrison se reunió con Pamela en una suite del exclusivo Hotel George V y también se vio con un viejo amigo y compañero de universidad, Alain Ronay, de origen francés y nacionalizado estadounidense. Jim ya había descubierto un año antes la paz de pasear por la ciudad de la luz, una urbe en la que estaban ausentes los numerosos prejuicios estadounidenses y en la que podía pasar completamente desapercibido, algo imposible en el país de las barras y estrellas dada su enorme fama. Paseaba oculto a los curiosos tras una vetusta barba y una descuidada melena, así como bastantes kilos de más. Parecía más un aficionado a las Chopper que la deseada estrella del rock de los tiempos de la célebre «sesión del león» –The Young lion– , las fotos convertidas en icono del siglo XX tomadas por el fotógrafo Joel Brodsky en Nueva York en 1967. En realidad, apenas cuatro años antes.
En aquel primer viaje, Jim visitó la ciudad junto a su amiga la directora Agnès Varda, fallecida el pasado año y que regaló a los cinéfilos títulos emblemáticos de la Nouvelle vague como Las Criaturas (rodada en 1968), así como documentales sobre movimientos sociales como Black Panthers –también de 1968– o Loin du Vietnam (1967), en plena sangría de la guerra de EE UU contra los vietcongs, situación denunciada también por The Doors en el videoclip de la canción The Unknown Soldier (El Soldado Desconocido), también del 68, el año que abatieron a Martin Luther King y a Robert Kennedy –otro oscuros episodios históricos de los que me ocuparé en próximas entradas– y en el que los jóvenes soldados estadounidenses caían como moscas en un país situado a miles de kilómetros del suyo.
En la siguiente visita, la que nos ocupa, Jim llegó a París el 11 de marzo de 1971, y tras la breve estancia en el exclusivo hotel George V, se trasladó con Pam a un apartamento más íntimo, el 17 de la Rue Beautreillis, propiedad de su amiga la modelo Elizabeth Larivière. Mientras tanto, al otro lado del charco, Ray Manzarek, Bobby Krieger y John Densmore se encargaban de las mezclas de L. A. Woman. Ray estaba preocupado por su amigo, que les había dado unos cuantos años de sobresaltos, el mismo con el que puso nombre a una de las bandas más emblemáticas de los sesenta en la playa hippie de Venice, en Los Ángeles, en 1965, tomándolo prestado de un ensayo de corte metafísico del visionario escritor británico Aldous Huxley: Las puertas de la percepción.
Por aquel entonces, los medios hablaban continuamente del abandono del grupo por parte del frontman –que él mismo se encargó de anunciar en un momento de auténtica desconfianza, algo que han hecho tantas bandas a lo largo de su etapa de gloria–. Aunque la mayoría estaba convencido de que Jim regresaría, pues los Doors eran lo más grande de su vida, el cineasta y escenógrafo Frank Lisciandro –que en 1969 firmó junto al cantante la rareza fílmica Hwy: An American Pastoral–, sostenía que Jim estaba realmente convencido de dejar la banda y de abandonar Norteamérica para siempre. Acertó. Según él, no había nada que lo retuviera en LA, pues habían cerrado su casa de producción cinematográfica.
Morrison en Hwy: An American Pastoral
Jim llegó a París en condiciones muy precarias, débil e hinchado debido al exceso de alcohol. Además, fumaba compulsivamente, aunque allí parece que se calmó un poco. Pam y él realizaron un viaje que les llevó por la España del tardofranquismo hasta Casablanca y Marrakech. Según sus biógrafos, cuando regresaron a la capital francesa Morrison llegó con mejor aspecto, más casual y menos desaliñado, con mejor salud.
En la ciudad de la luz visitó lo que quedaba del Hashischins Club, el lugar de reunión favorito de Baudelaire y sus colegas, un grupo de artistas dedicado a la exploración de experiencias inducidas con hachís y otras drogas –Morrison era un experto en el tema, y llegó a consumir peyote en el desierto–, al que pertenecieron, entre otros, Victor Hugo, Alejandro Dumas y Honoré de Balzac. Recogía apuntes en su cuaderno, hacía largas visitas al Louvre y por supuesto al cementerio de Perè Lachaise que sería, sin saberlo, su lugar de descanso eterno.
Días extraños
Sin embargo, Jim no dejó de beber ni de fumar desmesuradamente, hasta el punto de empezar a escupir sangre. Extravagancia tras extravagancia –llegó a caerse de la ventana sobre el capó de un coche mientras realizaba «equilibrios»– y alguna que otra escapada, como diez días a Córcega llenos de contrariedades debido a su estado de constante ebriedad, se acercaba a un final anunciado. En junio su salud se resintió gravemente: volvía a presentar sangre en el exudado y visitó de nuevo a un médico que le prohibió terminantemente el alcohol y el tabaco, algo que por supuesto no cumplió.
Morrison y Bill Siddons
Durante un tiempo parecía haberse tranquilizado, salvo por un par de borracheras épicas en las noches parisinas, y entonces tuvo lugar uno de los episodios más controvertidos en relación a su extraño final: un repentino interés por The Doors. Mientras tanto, se había lanzado L. A. Woman, que recibió buenas críticas y en una llamada transcontinental a John Densmore, el cantante se mostró entusiasmado y presto a ponerse a trabajar en nuevo material. No parece que fuera un simple capricho, porque Caselli apunta que después llamó también a su mánager, Bill Siddons, y dijo que tenía en mente un nuevo álbum y que se pondría a escribir canciones lo más pronto posible.
Mientras, Pamela no dejaba de chutarse heroína y Jim se dejó ver en París con su amiga Rory, hija del actor Errol Flynn. Aunque el cantante parecía más centrado y entusiasmado por el éxito inesperado de L. A. Woman, en julio de aquel 1971 hizo en París un calor sofocante en un tiempo en el que no había apenas aires acondicionados. Pasear por las calles era imposible y el encierro en casa o en algún bar no ayudó a su Jim en su mejora y en su huida de las bebidas espirituosas. Las veces que se los vio en público Morrison y Courson solían tener fuertes discusiones.
A. Varda
Veinte años después de la muerte del «Rey Lagarto», Alain rompió su silencio en relación a la tarde del 2 de julio, un día antes de su fatídica muerte: «Jim tosía continuamente, no tenía ganas de hablar y llevaba la faz de la muerte retratada en el rostro». Alain se quedó con Jim hasta las 18.30 horas de la tarde y luego lo convenció para que lo acompañara a un encuentro con Agnès Varda. Jim –cuenta– se sentó en un bar cercano a la boca de metro y lo despidió con la mano. Fue la última vez que lo vio.
Tres versiones y media de un final trágico
A partir del momento en que Alain bajó las escaleras del metro, las versiones sobre las horas finales de Jim Morrison se contradicen. Siguiendo el trabajo de Caselli, hay hasta tres diferente sobre sus últimos movimientos, al menos que tengan coherencia, pues los rumores llegaron al punto de hablar de muertes fingidas, hechos sobrenaturales e incluso que el cantante era ¡agente de la CIA! Delirios para todos los gustos y colores.
Primera versión: Pamela sostuvo que había cenado con Jim y luego pasaron el resto de la velada en el cine, viendo un documental titulado Death Valley. Por su parte, Alain dio por hecho que Jim fue solo al cine a ver una película de Robert Mitchum. Y por otro lado, la versión más reciente y que cobró fuerza ya iniciado el nuevo milenio fue la de Sam Bernett, propietario de la sala Rock’n’Roll Circus, donde Morrison había protagonizado algunas borracheras notables. Bernett sostuvo que el cantante de The Doors pasó por el local a última hora, quizá a su salida del cine, esperó a unos camellos y luego se inyectó una dosis letal de heroína casi pura.
Al parecer, por aquel entonces circulaba por las calles París, reconvertida en ciudad de sombras, una partida de heroína de gran pureza bautizada por los yonquis como «White China»: para hacernos una idea, era pura al menos al 30% cuando lo que se solía vender estaba entre el 5 y el 10% de pureza. Una auténtica bomba de relojería para cualquiera, máxime para un organismo debilitado y enfermo como el de Jim. Sin embargo, a día de hoy no hay certeza alguna de que aquello sucediera así; el hecho de que no se le hiciera autopsia al cuerpo hace, no obstante, que dicha hipótesis, aunque remota, siga en el aire.
Volvamos al testimonio de Bernett: afirmó que había visto personalmente a Jim en el suelo del baño del Circus, inerte, con espumarajos en la boca y cómo los mismos camellos que le habían facilitado la droga lo recogieron. Si hemos de dar crédito a estar versión, aquellos tipos lo trasladaron al piso de la Rue Beautreillis, seguramente con la aquiescencia de Pam, cuya adicción a la heroína era un secreto a voces en París. Cuesta creer, no obstante, que convencieran a una persona tan inestable, que además adoraba a Jim a pesar de su tortuosa y tóxica relación, para que diera dicha versión a las autoridades y la mantuviera en el tiempo, y además que no apareciera ningún testigo de ese traslado del cuerpo en una ciudad que nunca duerme… y eso a pesar de que las versiones dadas por Pam se contradicen en algunos puntos.
La versión que sería aceptada como oficial por las autoridades francesas fue, claro está, la de Pamela, que en un primer momento explicó a la policía que cuando ella y Jim volvieron de visionar Death Valley, antes de irse a dormir, pasaron un rato viendo películas de sus vacaciones y hacia las dos de la madrugada se durmieron, «escuchando los discos de The Doors», puntualizó, un detalle curioso para alguien que supuestamente no quería volver a liderar aquel grupo. Bennett escribió dos libros sobre el asunto: en 2007 publicó The End: Jim Morrison, donde contaba su «verdad» sobre la muerte del artista, y en 2011 publicó una biografía ampliada del mismo. A pesar de la rotundidad en sus afirmaciones y el hecho de que su relato se hace más fuerte ante la débil versión oficial dada por una adicta Courson, cuesta entender la razón por la que el antiguo dueño del Circus esperó casi 40 años para publicar esta versión alternativa de los hechos.
En su libro Bernett lo cuenta con un tono épico, muy habitual en relación a las rock-star, que planea sobre todo el relato: «En la noche del 2 al 3 de julio de 1971, los baños del Rock’n’Roll Circus estaban cerrados por dentro, el disc jockey programaba una canción de Janis Joplin –otra estrella amiga de Jim, de los psicotrópicos y también miembro del Club de los 27 ¿Casualidad?– y Jim Morrison se había ido de la barra del bar… murió en París, pero os puedo asegurar que no se fue a la bañera de su casa».
Pero su verdad, tan llamativa, es solo una más de las muchas que circulan sobre el último día de vida del «Rey Lagarto». Como apunta Caselli, ni mucho menos tan dado al chismorreo como Bernett, «lo que sucedió oficialmente aquella noche sigue siendo un misterio que Jim se llevó consigo a la tumba».
Morrison fichado en el 63. Un joven rebelde
Siguiendo el relato dado por Pam a la policía, aproximadamente una hora más tarde de dormirse, se despertó sobresaltada por la respiración jadeante de Jim, casi un estertor. Entonces sintió que se levantaba para ir al baño y escuchó violentas sacudidas de ataques de vómito, al parecer mezclado con sangre; aunque Courson quería llamar a un médico, Jim se lo impidió –afirmó–, señalando que ya se encontraba mejor. La animó a volver a la cama y le dijo que iba a relajarse tomando un baño caliente. Pam volvió a quedarse dormida y cuando se despertó y vio que el músico no estaba en la cama fue al baño y se lo encontró muerto.
Hasta aquí, aunque grotesco, todo normal. Pero contribuyó a echar más leña al fuego Danny Sugerman, un miembro del círculo de The Doors desde el comienzo y quien mantuvo una relación sentimental con Courson tras la muerte de Jim, así como Diane Gardiner, quien compartió casa con ella después de que esta volviera a Estados Unidos. En declaraciones posteriores, afirmaron que Pam había contado una versión más detallada y sin medias tintas de lo que sucedió aquel fatídico 3 de julio de 1971.
Al parecer, aquella noche Jim estaba muy nervioso, con fuertes dolores en el pecho y en el estómago que le asustaban y que no lograba aliviar ni siquiera con el alcohol. Pam, mientras tanto, se hacía rayas de heroína y Jim, que nunca soportó su adicción a la «piedra marrón», se enfadó visiblemente y le dijo que lo tirara todo. Ésta, para calmarle, le dijo que en realidad se trataba de cocaína y así, se pusieron los dos a esnifarla. Aquella fue su sentencia de muerte: completamente colocada, Pam se durmió hacia las tres mientras Jim, a su lado, se hallaba jadeante, le costaba respirar entre lo que parecían estertores mortales –en eso, la versión no varía–. Ante aquel «ruido espantoso» la joven se despertó e intentó que Morrison, que parecía haber perdido la consciencia, se despabilara. Le dio varios meneos y bofetones y en un momento en que recuperó la lucidez se fue al baño. Pam, aturdida aún por los efectos de la droga, volvió a caer en un sueño agitado. Despertó de nuevo y a escuchó ruido de violentos vómitos; como pudo acudió al baño y encontró a su novio tendido en la bañera, entre agua y grumos de sangre. Pero Jim empezó a respirar, recuperó de nuevo el color de la cara y conminó a Pam a regresar a la cama. Una vez más ésta obedeció, se durmió y al despertarse regresó al baño y se encontró con la puerta cerrada por dentro. Jim no respondía.
Aterrorizada, Pam telefoneó al inquietante Jean de Breteuil que llegó un poco después al apartamento. El conde derribó la cerradura y se encontraron el cuerpo de Morrison sin vida en la bañera, «con dos grandes equimosis en el tórax y un río de sangre que manaba de su nariz». Pam declararía más tarde que «Tenía una expresión serena. Si no hubiera habido tanta sangre…».
Courson, aterrorizada, no llamó inmediatamente a las autoridades sino al fiel Alain Ronay, le contó entre sollozos que Jim estaba muerto en la bañera y que llamase a una ambulancia. Ronay llamó a urgencias y se presentó poco después en el apartamento junto a Agnes Vardà. Cuando llegaron estaba la policía y un médico, pero no tuvo valor de entrar en el baño a ver el cadáver de su viejo colega. Sin embargo, sabedor de la repercusión que tendría una noticia de esas características, debido al calado del personaje, se llevó aparte a Pam y le sugirió que no revelara a la policía la verdadera identidad de Jim. Así, dijeron que se trataba de Douglas James Morrison, un poeta estadounidense.
Uno de los episodios más extraños de aquellas horas fue la presencia de otro médico forense que llegó antes –quizá llamado por el conde o un amigo de Courson, no se sabe– que realizó un análisis del cuerpo y elaboró de forma poco minuciosa un parte médico basándose en las informaciones dadas por Pamela: los dolores pectorales, la tos, los vómitos sanguinolentos y su extremada dependencia del alcohol y el tabaco. La causa de la muerte: parada cardíaca.
Otro misterio es que no se realizó autopsia al cuerpo, aunque las autoridades dispusieron que el cadáver de Jim debía permanecer en el apartamento mientras se procedía a realizar diversos procedimientos legales. Pam lo veló durante tres días, pero el intenso calor de aquel mes de julio había acelerado el proceso de descomposición a pesar de que puntualmente acudía un empleado de una funeraria para evitar su degradación. Al fin, se trasladó el cadáver y se autorizó el funeral y el entierro.
La mañana del 5 de julio Pam telefoneó al mánager de Jim, Bill Siddons, en un principio para pedirle dinero, pero después se echó a llorar y finalmente le comunicó la trágica noticia. Éste inmediatamente se lo comunicó a Manzarek, que no daba crédito de lo sucedido, y Siddons cogió un vuelo hacia París. Ninguno de los otros tres miembros de The Doors decidió viajar al viejo continente para velar a su líder. Habían sido muchos años de problemas. Durante días el rumor permaneció en el aire, pero no se hizo oficial la noticia. La compañía discográfica Elektra Records bombardeó a llamadas a Siddons porque había escuchado que Morrison estaba muerto: al parecer, la misma noche de la desgracia un disc jockey de la sala Rock’n’Roll Circus había anunciado la muerte y la noticia comenzaba a filtrarse en los medios de comunicación. Hoy, con las RRSS y los smartphones, la noticia habría corrido como la espuma en apenas unos minutos. También al otro lado del charco.
The Doors en el 71, ya sin Jim
Cuando Siddons llegó al apartamento de la Rue Beautreillis, el ataúd ya estaba cerrado, así que no pudo ver el cuerpo, lo que alimentó la teoría de la conspiración. Tan solo el día 9 de julio, el del funeral, el mánager publicó un comunicado de prensa en el que confirmaba oficialmente la muerte de Jim Morrison, el líder de la banda The Doors. Por su parte, el enigmático conde de Breteueil había tenido la acertada idea de marcharse con Marianne Faithfull a Marruecos, para evitar cualquier tipo de conexión personal con el suceso. Moría en Tánger, en la mansión de su familia, apenas un año después, en junio de 1972, y también de sobredosis. En 2014, Faithfull confesó a la revista Mojo que el conde había facilitado la heroína mortal al cantante, con estas contundentes palabras: «mi ex mató a Jim Morrison», puntualizando, eso sí, que «fue un accidente» y abriendo una vez más la caja de los truenos.
Entonces, como ha sucedido con todas las grandes estrellas muertas prematuramente, se desató una sórdida batalla legal por los derechos del Rey Lagarto, entre Pam, los restantes miembros de los Doors y el abogado Max Fink. Finalmente Courson accedió a las peticiones de los demás tras declararse heredera natural del patrimonio de Jim. Pudo liquidar todas las demandas y siguió teniendo dinero suficiente para vivir una existencia cómoda. Pero no pudo disfrutarlo: murió por sobredosis de heroína el 25 de abril de 1974. Otra muerte anunciada.
¡Morrison sigue vivo!
Fue un rumor que cobró bastante fuerza entre conspiracionistas y mitómanos. El mismo Jim había alimentado aquella hipótesis –como hiceron los Beatles con el rumor de «Paul is Dead»–, diciendo a sus amigos, cuando aún estaba con vida, que le gustaría retirarse a algún rincón de África fingiendo una muerte falsa. Luego, se integraría en una comunidad indígena y mantendría contacto con el «mundo civilizado», con su antigua vida, únicamente a través de mensajes firmados con el pseudónimo de Mr. Mojo Risin’ que se citaba en el tema L.A. Woman. Una leyenda, la de «Sigue vivo», que siempre ha rodeado a grandes estrellas del rock.
Jim Morrison Memorial, en Berlín
En 1980 el clásico de Hopkins y Sugerman, viejos amigos de Jim, De aquí nadie sale vivo, contribuyó a extender el mito, pero sería en 1986 el escritor francés Jacques Rochard quien llevaría el tema al paroxismo en su libro de elocuente título: ¡Vivo! Rochard afirmaba que había llegado a coincidir con el líder de los Doors, quien le explicó las razones de la performance de su «muerte». Y la cosa no terminó ahí: según el escritor, unos años después el músico le hizo llegar un pliego de poesías apócrifas compuestas tras su falsa desaparición. No se entiende por qué fue él el privilegiado. El fenómeno The Doors no dejaba de engordar, para satisfacción de la discográfica Elektra Records, que había lanzado sus discos de estudio y tenía parte de los derechos.
Fuera cual fuera la forma en que lo hizo, de lo que quedan pocas dudas es de que Jim Morrison murió la noche de 3 de julio de 1971. Sus restos –al menos eso creemos– se encuentran en el melancólico cementerio parisino de Père Lachaise, en la Rue du Repos 16, en la sexta zona, parcela número 2, tumba número 5, según rezan los folletos turísticos, donde poco antes Alain Ronay compró una pequeña parcela de terreno para su amigo.
PARA NO PERDERSE DEL TODO Y SABER UN POQUITO MÁS:
–Jim Morrison. La historia del gran mito del rock a través de los momentos esenciales de su vida y de su carrera. Es la edición castellana más reciente, y una de las mejores, obra del periodista y crítico musical italiano Roberto Caselli, por obra y gracia de Ma Non Troppo (Redbook Ediciones). Una chulísima edición profusamente ilustrada con fotografías en color y blanco y negro y repleta de información, anécdotas y hechos casi desconocidos sobre el frontman de los Doors y su trágico final.
Y también de Ma Non Troppo tenemos Jim Morrison & The Doors: vida, canciones, conciertos clave y discografía, del periodista musical Eduardo Izquierdo, una excelente crónica de los californianos. Y el autor sabe bien de lo que habla, no en vano lleva una larga trayectoria como colaborador de revistas como Ruta 66, Mondosonoro, Efe Eme o Rock On. Recientemente ha publicado la monografía Aerosmith, publicada también por Redbook Ediciones en su sello Ma Non Troppo.
–De aquí nadie sale vivo. La vida de Jim Morrison. De mano de una de las mejores editoriales independientes de la actualidad, Capitán Swing, podemos disfrutar de esta joya publicada originalmente en inglés en 1980, por parte de dos viejos colegas de Jim: Jerry Hopkins y Danny Sugerman, y que causó un gran revuelo, con un tono épico que contribuyó a extender la aureola mítica del personaje, dando cierta pompa al sensacionalismo de la «rock-star» e incrementando la leyenda frente a la siempre más anodina realidad. No obstante, fue una obra fundacional con respecto a la banda y la edición publicada en castellano es una joya bibliográfica que ningún mitómano puede dejar de tener en su biblioteca musical.
–En 2020 la editorial Kraken publicaba un magnífico cómic también sobre el Rey Lagarto. Con un trazo sobrio, en blanco y negro, que encaja a la perfección con la sensación sórdida y siempre al límite de Morrison, nos traslada hasta sus últimos días en París, sus visitas a los bares interpretando –de manera anónima– algunas canciones de The Doors junto a otras bandas y, en forma de flashbacks, nos cuenta con unos dibujos casi hipnóticos y de gran realismo los hechos fundamentales de su biografía y carrera: el accidente en carretera donde vio a varios indios muertos cuyos espíritus se introdujeron en su cuerpo –episodio sobrenatural que sostendría toda su vida–, su soledad aun en medio del barullo, sus primeros encuentros con Manzarek; después el éxito, los excesos, el amor-odio con Pam, las groupies… y la decadencia que no estuvo prohibida en su mente.
Y ahora también Ma Non Troppo publica una nueva novela gráfica centrada en el frontman de los Doors: Jim Morrison. El Rey Lagarto, firmada por Luciano Saracino y Quique Alcatena. En breve, ahondaremos en sus páginas en «Dentro del Pandemónium».