El Renacimiento Oscuro (Crítica)

El profesor de Harvard Stephen Greenblatt publica esta biografía en clave de época sobre Christopher Marlowe, el rival de William Shakespeare que murió acuchillado a los veintinueve años, un libro que ha sido merecedor del libro del año por el New York Times Book Review, Kirkus Review y The Economist.

Óscar Herradón ©

Greenblatt, quien ha sido ganador del prestigioso Premio Pulitzer por El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, que ha publicado en español también Crítica, abre el libro, titulado El Renacimiento Oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare, con una anécdota que resume bien el problema de fondo: en 1952, durante unas obras en el Corpus Christi College de Cambridge, aparecieron unos tableros en principio destinados a la basura que resultaron ser un cuadro. Restaurado, mostraba a un joven pálido de pelo cobrizo con la inscripción «aetatis suae 21 1585» y el lema latino quod me nutrit me destruit –«lo que me nutre me destruye»–. Muchos han querido ver ahí el único retrato conocido de Marlowe, aunque el propio Greenblatt admite que había otros alumnos de esa edad en el mismo colegio ese año.

El crítico John Mullan, que reseñó la edición original publicada el pasado año 2025 en The New Statesman, usó precisamente esa imagen para explicar el reto del libro entero: sabemos qué obras escribió Marlowe, dónde estudió y poco más, así que Greenblatt no firma tanto una biografía como un retrato de la época «peligrosa» que le tocó vivir.

Espía, traductor y sospechoso de ateísmo

Marlowe en 1585.

Entre los datos curiosos que rescata el autor destaca el episodio de Cambridge: Marlowe estuvo a punto de no recibir su título por ausencias injustificadas, hasta que llegó una carta del Consejo Privado de la reina (estamos en plena Inglaterra isabelina, por lo que se trataba de la mismísima Reina Virgen) certificando que había prestado «buen servicio a Su Majestad» en Reims, sede del colegio de católicos ingleses exiliados, lo que los historiadores interpretan como una misión de espionaje para el aparato de Francis Walsingham, secretario principal de la soberana desde 1573 y conocido como «maestro de espías», pues filtró agentes por toda Europa, incluido el corazón del Imperio español, principal antagonista de Isabel I.

Antes de eso, Marlowe ya había traducido los Amores de Ovidio, unos poemas de una franqueza sexual que los excluía de cualquier aula. Y las frases blasfemas que se le atribuyen –que Moisés era «un embaucador» o que san Juan Evangelista compartía lecho con Cristo– proceden de delatores de dudosa fiabilidad.

Tamburlaine, el Fausto y una rivalidad discutida

Isabel I.

La crítica, tanto española como extranjera, ha sido bastante unánime a la hora de alabar el libro. Anthony Lane, en The New Yorker, elogia el pulso casi de novela de espías con que Greenblatt narra esta historia, y el Washington Post destaca la capacidad del autor para levantar, sobre pruebas documentales escasísimas, un relato que se sostiene en su profundo conocimiento del siglo XVI, la misma técnica que ya empleó con Shakespeare en El espejo de un hombre, recientemente publicado en una estupenda edición también por Crítica. Ahí entra lo más discutible del libro: Greenblatt da por buena la hipótesis, no exenta de polémica académica, de que Marlowe coescribió las partes segunda y tercera del Enrique VI de Shakespeare, y relega el debate de fuentes a las notas finales en lugar de exponerlo en el cuerpo del texto. El crítico de Goodreads Brendan lo resume con cierta ironía: el propio subtítulo evita nombrar a Marlowe porque, comercialmente, es Shakespeare quien vende libros.

Thomas Harriot

No es fácil rescatar al personaje, ni siquiera a través de la minuciosa labor documental desplegada por Greenblatt, y es que una y otra vez, en palabras del citado Mullan, a Marlowe solo se le vislumbra a través de la vida de otros –el mago y astrónomo Thomas Harriot, el círculo de Walter Raleigh, el empresario teatral Philip Henslowe–, de modo que el propio protagonista queda como una sombra. Es una limitación que el propio autor reconoce de partida, dada la naturaleza «fragmentaria y esquiva» de las huellas que dejó Marlowe antes de morir apuñalado en una taberna de Deptford, en circunstancias que siguen sin aclararse del todo. Al margen de ello, es un relato vibrante, cautivador y un retrato del siglo XVI, el Renacimiento inglés, obligado para todo amante de la historia moderna.