Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (II)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón ©

Pexels (Free License)

El terreno de la guerra del futuro, evidentemente, no se circunscribe a Estados Unidos, aunque sean éstos quienes hacen un mayor desembolso en los avances más vanguardistas. En octubre de 2018 un informe del Ministerio de Defensa británico analizaba cómo los imparables avances tecnológicos podían afectar –tanto positiva como negativamente– a los soldados. En ese mismo expediente se aventuraba una escalofriante posibilidad: que la reproducción de tropas modificadas genéticamente podría ser una realidad en apenas una generación. Soldados biónicos que permitirían a los países aumentar su capacidad militar y mejorar el desempeño de las fuerzas de combate. Lo que en la película Soldado Universal (1992) parecía un argumento hecho para mayor gloria del entonces archifamoso Jean Claude Van Damme, hoy podría cobrar forma.

Dicho informe, titulado Global Strategic Trends (Sixth Edition): The Future Starts Today, publicado bajo el paraguas del grupo de expertos del Centro de Desarrollo, Conceptos y Doctrina, un think tank del Ministerio de Defensa británico, apunta que dentro de 30 años los soldados «mutantes» podrían levantar grandes pesos –algo que empieza a ser posible gracias a vanguardistas exoesqueletos– y correr a gran velocidad en distancias extremas, cual si fueran clones del Capitán América. Es muy probable que dispongan de visión nocturna por infrarrojos –algo que ya es una realidad en equipamientos avanzados–, e, incluso, y esto es lo más fascinante: ¡ser capaces de transmitir sus pensamientos a través de telepatía asistida electrónicamente!

El documento británico examina las amenazas globales e identifica los problemas que deben abordar los países debido a la revolución tecnológica, como la posibilidad de protestas violentas por parte de grupos de personas cuyos trabajos peligren por la implantación robótica, advirtiendo sobre «el riesgo de agitación social y posiblemente una protesta violenta de los desfavorecidos», e incide a su vez en una mejor regulación de las ya casi incontrolables RRSS.

En cuanto al asunto que nos atañe, la explotación por los estados de tecnología emergentes en la obtención de provecho en el campo de batalla, el informe señala que la edición de genes, las extremidades biónicas, las adaptaciones que mejoran el cerebro y las drogas estimulantes o nootrópicas «ofrecerán una profunda expansión de los límites del rendimiento humano». Advierte a su vez de que se deben introducir leyes que tengan en cuenta consideraciones morales y éticas antes de crear los hipotéticos ejércitos mutantes, afirmando, entre otras cosas, pueden «polarizar las poblaciones, erosionar la confianza en las instituciones, crear incertidumbre y alimentar las quejas». Un panorama nada alentador.

¿Telepatía asistida?

Precisamente este es uno de los planes más ambiciosos de DARPA: un ingenio que permitiría al soldado tener sorprendentes capacidades extrasensoriales… ¡mediante la lengua! Ya en una fecha tan lejana como 2008, sus investigadores trabajaban en un dispositivo denominada BrainPort, consistente en un casco equipado con una cámara, un sonar y diversos aparatos de navegación y localización. Luego se introduce en la boca del usuario una delgada lámina de plástico cargada de microelectrodos conectados con el casco que recogen la información sensorial, «aprovechando así la habilidad del cerebro de convertir pulsos eléctricos en información visual», ya provenga ésta de los ojos o de otros sentidos; esto permitiría, por ejemplo, «ver 360º» en la oscuridad, tecnología que ya ha sido probada con relativo éxito por buzos a grandes profundidades.

Con los años y la revolucionaria innovación tecnológica, DARPA ha ido más allá, y en 2017 anunciaba que había invertido 65 millones de dólares en la creación de un módem que conectaría nuestro cerebro a un ordenador, un ambicioso proyecto que buscaría grabar millones de charlas entre neuronas de forma simultánea en un cerebro humano vivo. Así, se busca superar uno de los grandes obstáculos de la neurociencia: registrar la actividad desde el interior del cerebro humano para entender y corregir padecimientos. Dicha startup responde al nombre de Paradromics, y se basa –aunque de momento sólo es experimental, o eso nos dicen– en conexiones en banda ancha que ayudarían en los tratamientos de ceguera, parálisis, trastornos del habla e incluso la restauración de sentidos perdidos. Por supuesto, las posibilidades en el campo de la Defensa son potencialmente alentadoras.

El responsable del llamado “Programa de Conversación Silenciosa”, que recuerda al casco del Profesor X, es Matt Angle, quien cuenta con el apoyo de varios investigadores de la Universidad de Stanford. Afirma que se trata de un “cerebro-módem” equipado con circuitos flexibles que han bautizado como neurograins, los cuales se colocarían sobre el cerebro “para crear un enlace de datos sin fisuras y retrasos entre el cerebro humano y una computadora. Los neurograins son pequeños cables con el grosor de un grano de arena equipados con microscopios holográficos capaces, supuestamente, de observar la actividad de millones de neuronas a la vez. Su principal ventaja, afirman, es que dicho implante “funcionaría de forma inalámbrica y permitiría la conexión y envío de datos en ambos sentidos, no sólo del cerebro al ordenador”. Esta interfaz cerebro-ordenador podría permitir en unos años que los soldados recibieran información desde un mando de control a su cerebro a tiempo real, una suerte de “telepatía informática”, y es bastante más ambicioso que otros proyectos similares.

El Brain Computer Interface (BCI) convierte el campo de lo que hasta ahora formaba parte de la parapsicología en una posibilidad muy real –aunque ligeramente distinta a lo que se consideran poderes telepáticos–.El ambicioso proyecto, según recogía un artículo del Daily Mail, permitiría a los soldados comunicarse telepáticamente: “Recientemente, el Programa de Conversación Silenciosa de DARPA ha estado explorando la tecnología de lectura de la mente con dispositivos que pueden detectar las señales eléctricas dentro del cerebro de soldados y enviarlos a través de Internet. Con chips implantados, ejércitos enteros podrán hablar sin radios. Las órdenes van directamente a las cabezas de los soldados y los deseos de los comandantes se convertirán en los deseos de sus hombres”. Hombres sin capacidad de decisión propia y, como ahora veremos, sin miedo o remordimientos.

Los nuevos Terminator

Si en algo eran eficientes los Terminator que nos presentó James Cameron por primera vez en 1985, es que, además de ser prácticamente indestructibles –y de estar al servicio de una inteligencia artificial que se vuelve contra su creador, Skynet, no pecaban de aquello que atormenta a los humanos: no tenían remordimientos, ni dudas, ni miedos. De hecho, se calcula que durante la Segunda Guerra Mundial, apenas el 20% de la infantería estadounidense disparó sus armas contra el enemigo, inacción que en la guerra de Vietnam ya alcanzó, en ocasiones, el 90%. El hombre es, en terribles términos pragmáticos, imperfecto.

Bien, pues también en este campo, según desveló en su informe el novelista Simon Conway en 2018, DARPA estaría trabajando para crear una suerte de biorobot –o humano-robot– que muestre menos temor, y que al recibir órdenes mediante distintas startups, «pueda estar interconectado con su comando y actuar como una entidad única».

En las universidades de Harvard y Columbia varios equipos llevan años trabajando en métodos de inhibición del miedo y modos de anestesiar la memoria, usando pastillas de propranodol. Pero DARPA va más allá. Hace unos años, científicos a su cargo lograron controlar por ordenador un ratón al que se le habían implantado electrodos en su pequeño cerebro y en la actualidad trabajan con un «tiburón» que puede ser dirigido a distancia. En la Universidad de Nueva York las investigaciones más sorprendentes –y éticamente controvertidas– son las llevadas a cabo por el prestigioso neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás, quien, entre otras hazañas, inserta cables capilares en el cerebro de roedores para estimularlo a distancia; de esta forma, logra generar sensaciones y estados de ánimo artificiales en las cobayas. El neurocientífico asegura que la comunicación directa entre mente y máquina puede ser factible. En una entrevista para la red de televisión pública USA, Public Broadcasting Service, Llinás planteó lo siguiente: «Convenientemente desarrollada, esta tecnología permitiría que cada miembro de un grupo de soldados fuese consciente de la existencia de todos y cada uno de ellos y de lo que están haciendo en cada momento. El grupo de personas individuales desaparece para convertirse en una única entidad. Así, si uno resulta herido, todos podrían saberlo inmediatamente. En el fondo, se trataría de una especie de conciencia colectiva». Los soldados funcionarían así como una suerte de enjambre de abejas. IMPRESIONANTE.

Este post tendrá una tercera y última parte en breve… permaneced atentos!!!!

Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (I)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón

Fuente: Pexels. Free License. Author: Cottonbro

«Estamos conduciendo nuestra biología hacia la inmortalidad. O al menos hacia la fuente de la juventud». (David M. Gardiner, Departamento de Desarrollo y Biología Celular. Universidad de California Irvine)

En 1962, en el periodo más virulento de la Guerra Fría, se estrenaba la película El mensajero del miedoThe Manchurian Candidate–, basada en una novela homónima de Richard Condon. Con los años se sabría que aquella historia que parecía salida de una revista pulp tenía ciertos conatos de realidad en los experimentos que la CIA, de manera soterrada y vil, había realizado con miles de ciudadanos estadounidenses en el marco del Programa MK-Ultra, durante mucho tiempo considerado meras habladurías de los conspiracionistas y que los documentos oficiales demostraron una realidad estremecedora sobre la manipulación y la usurpación de identidad. Los ciudadanos eran los conejillos de indias del poder y del Ejército, y en gran parte lo seguimos siendo.

Lejos quedaron aquellos pioneros experimentos para conseguir soldados más letales mediante drogas de diseño y sesiones de hipnosis. Ahora, en plena revolución tecnológica, verdaderamente inquietante, se abren un sinfín de posibilidades nuevas a través la experimentación científico–militar, sin el conocimiento del gran público en la mayor parte de los casos, por supuesto; en eso poco ha cambiado.

Y con avances como los que enseguida veremos, que dan escalofríos, muchos teóricos ya imaginan la «guerra del futuro» –o del presente– sin salir del país, de un edificio, o del salón de casa. Algo que empieza a tomar forma a través de drones no tripulados, un elemento cada vez más inserto en nuestras vidas, vehículos autónomos o robots capaces de utilizar la IA para tomar decisiones in situ, sin control humano. Tiempo al tiempo. Solo queda esperar que no se cumplan los «vaticinios» que planteó hace unas décadas Isaac Asimov en su Yo Robot, base de otros superordenadores que escapan a nuestro control y nos han brindado imágenes inolvidables en el cine. Por ahora, los robots se limitan a actividades menores, pero su campo de acción se amplia a velocidad de vértigo.

El objetivo de las países pioneros en I+D+I, como EEUU o Rusia, parece enfocado a llevar a cabo la batalla desde sus respectivos centros de Defensa, causando daño a miles de kilómetros sin que sus tropas se expongan o reciban daño alguno. Y aunque ahora todo parezca endiabladamente nuevo y extraño, la investigación tecnológica con este fin lleva más de tres décadas activa. Desde 1983. Los primeros diseños de lo que se conocía como «armas autónomas» fueron financiados por la agencia DARPA, como parte de su programa de armas inteligentes. Bautizaron el proyecto con una nominación nada eufemística: «Robots Asesinos», acompañado de un eslogan que está más cerca de cumplirse: «El campo de batalla no es lugar para el ser humano». Pero como la máquina, por muy «lista» que sea, y autónoma, no deja de ser una máquina, lo mejor era retomar el antiguo anhelo de la CIA: crear supersoldados, o soldados mejorados –que suena menos radical–, eso sí, aprovechando los avances tecnológicos, aunque sin renunciar a la experimentación con drogas sintéticas como ya hicieran aquellos en los años 50 y 60 del siglo pasado.

DARPA, una agencia opaca

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, DARPA por sus siglas en inglés –Defense Advanced Research Projects Agency–, es el brazo de investigación avanzada del Pentágono. Fue creada en 1958, en el marco de la carrera tecnológica de la Guerra Fría –en concreto en respuesta al lanzamiento soviético del satélite Sputnik–, y de la que surgirían también los fundamentos de ARPANET, red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DOD) para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Sí, el origen de nuestra Red de Redes, Internet, sin la que ya no sabemos movernos, y mucho menos tras el confinamiento.

En un principio, la agencia fue conocida como ARPA, adquiriendo su nueva nomenclatura en 1972, siendo la responsable de desarrollar tecnología de gran impacto en nuestras vidas (robots, satélites, redes…), muy relacionada, también, con el espionaje, causando controversia cuando en 2002 la propia DARPA fundó la Oficina de Información y Conocimientos –IAO, Information Awareness Office–, que permitía el acceso y la búsqueda de información personal de ciudadanos sin orden judicial previa, creando así enormes bases de datos de norteamericanos.

Además, como veremos en las próximas líneas, DARPA ha desarrollado y transferido programas de tecnología avanzada que abarcan una gran variedad de disciplinas científicas dirigidas a cubrir las necesidades de la Seguridad Nacional. El premio Pulitzer Robert Stone afirmó que en los años 70 el Pentágono financió un proyecto para relacionar ciertos gráficos de ondas cerebrales con ciertos pensamientos con el fin de que fuera posible a través de un equipo leer los pensamientos de una persona a distancia con fines de Defensa. No hay pruebas que lo corroboren –o al menos no han visto la luz– aunque recuerdan mucho a los ambiciosos proyectos actuales. Veamos…

Financiación gubernamental

La mayoría de los planes para crear un «supersoldado» provienen de EEUU, y una vez más de la Agencia para Investigaciones y Proyectos Avanzados de Defensa –DARPA–. En 2002, la corporación proclamó que «el ser humano se estaba convirtiendo en el eslabón más débil en la cadena de los sistemas de Defensa», en respuesta al nuevo escenario sobre el que teorizaban, a principios del siglo XXI, los estrategas militares USA, quienes creían que, con respecto a las amenazas transfronterizas, la mejor solución era desplegar pequeños grupos de soldados que se infiltraran entre el enemigo en lugar de una gran cantidad de equipo pesado y un ejército más fácil de ponerse a tiro. Las derrotas del poderosísimo ejército de las barras y estrellas en Afganistán y otros rincones, que hicieron perder miles de vidas y que recordaban en muchos sentidos a la sangría y fracaso de Vietnam –donde se realizaron los primeros proyectos para crear soldados mejorados, les vinieron a dar la razón.

En medio de este escenario, los dirigentes de DARPA solicitaron al Congreso una cantidad nada desdeñable para llegar a cabo sus pioneras investigaciones: nada menos que 160 millones de dólares anuales, con la intención de blindar los sistemas de Defensa: «Reforzarla no solo pasa por desarrollar materiales que mejoren su desempeño, sino posibilitar nuevas capacidades humanas». A pesar de las voces críticas, la mayor parte de la financiación fue aprobada. Críticas a las que la multinacional está acostumbrada, y que realmente le importan bien poco a la hora de continuar con sus planes. En plena era Trump, en 2019, el proyecto estrella de la corporación ha sido KAIROS, que busca una inteligencia artificial más avanzada, «que sepa comprender y razonar, a través de los datos, y predecir así eventos mundiales complejos». Parece que no fue capaz de anticipar la pandemia… o no supieron ver sus «advertencias».

Ya a principios de los 2000 los proyectos de DARPA fueron puestos en duda por un amplio sector de la opinión pública y movimientos antisistema. Ante el rumor de que en sus instalaciones parecía que se estaban creando nuevos Frankenstein, el director de la agencia entre 2002 y 2009, Anthony «Tony» J. Tether, salió al paso y afirmó a la revista WIRED que: «Es más habladuría que otra cosa; el ejército estadounidense tiene el mejor entrenamiento del mundo. Nuestra misión es idear la forma de mantener el nivel cuando los soldados están en situaciones difíciles».

Anthony J. Tether

Aquella «defensa» de sus proyectos no convenció a muchos, y no es para menos teniendo en cuenta lo que ha trascendido sobre experimentos para crear soldados mejorados. Veamos…

Supersoldados probeta

DARPA patrocina docenas de proyectos de mejora humana en laboratorios de todos los EEUU y de instituciones en el extranjero. Ahora que la tasa de reclutamiento del Ejército ha descendido notablemente, según varias fuentes de hace un par de años alrededor de un 12%, uno de los objetivos principales es crear un «supersoldado». ¿Cómo? Bueno, todos sabemos que una de las cosas que más vulnerable hace al ser humano es que necesita dormir. Durante la Guerra de Vietnam, campo abonado para la experimentación con drogas por parte de la CIA y otras agencias más opacas, se intentó mantener a los soldados despiertos, y se hizo a través de la ingesta masiva de anfetaminas, algo que también se probó décadas antes en la Alemania nazi. Pues bien, en la actualidad, y por lo que ha trascendido a los medios de comunicación, que como siempre no es mucho, parece que los científicos de DARPA están trabando en un programa conocido como «Prevención de Falta de Sueño» y que permitiría, grosso modo, que un piloto pueda volar ¡hasta 30 horas seguidas! o, incluso, que un boina verde sobrelleve 74 horas de actividad sostenida sin sufrir incapacidades psicomotoras. Ahí es nada… Ni Arnold Schwarzenegger en sus buenos tiempos años ha.

Son varios los experimentos estadounidenses en esta línea: investigadores de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte) están analizando los efectos de una serie de fármacos bajo la denominación de ampakinas que al parecer podrían evitar el déficit cognitivo relacionados con largos periodos de vigilia. En la Universidad de Columbia han ido más allá y un grupo de científicos está utilizando estimulación magnética transcraneal como forma de contrarrestar la fatiga, además de técnicas de representación por imágenes para analizar los efectos neuroprotectores y neuroregeneradores de un antioxidante presente en la planta del cacao.

Por su parte, en el año 2003, la División de Sistemas Humanos de la Fuerza Aérea norteamericana –USAF–, dio luz verde a la utilización de una droga llamada Modafinilo –comercializado bajo el nombre de Provigil contra la narcolepsia y otros trastornos del sueño–, una sustancia neuroestimulante cada vez más célebre entre los estudiantes que podría mantener a una persona en pie durante más de 80 horas. Una sustancia bastante peligrosa, pues según la Agencia Europea del Medicamento sus efectos secundarios van desde fiebres, mareos, erupciones y problemas para respirar hasta aumento de la agresividad e incluso desarrollo de ideas suicidas, lo que nos recuerda de nuevo a los pobres soldados de laboratorio de The Manchurian Candidate.

Luego está el problema de que un soldado, además de dormir, necesita víveres, de hecho, debido al esfuerzo requerido en un escenario de guerra, las calorías que requiere pueden llegar a las 8.000, frente a las 1.500-2.000 que debe ingerir un adulto medio. Ya que esto, una vez más, ralentiza la función del «supersoldado», lo que pretende DARPA es «lograr el total dominio metabólico». ¿Y cómo? Pues controlando la sensación de hambre usando nutracéuticos –complementos alimenticios naturales de origen marino y vegetal– y otros suplementos nutritivos. Este objetivo incluye también convertir en comestibles cosas que hasta ahora eran impensables, y que el militar pueda hallar fácilmente en su entorno. Un ejemplo: la celulosa de las plantas.

DARPA está desarrollando tan ambicioso plan en el Centro de Sistemas para Soldados en Natick, Massachusetts. Uno de sus laboratorios desarrolló hace tiempo el prototipo de un paquete alimenticio denominado First Strike Ration, que está formado por tres emparedados, un puré de manzana reforzado con carbohidratos y chicles de cafeína; según sus responsables, dichas raciones estarían pensadas «para consumirse en movimiento y el las primeras 72 horas de conflicto».

Pero dicho laboratorio fue más allá, entrando en terreno algo escatológico, e ideando un alimento deshidratado que las tropas podrían rehidratar sin peligro con su propia orina. Sin comentarios. Precisamente en relación con los líquidos, otro equipo a las órdenes de DARPA también ideó un programa de recolección de agua que permitía extraerla del propio aire, evitando así tener que cargar con ella.

Este post continuará, si los señores que controlan DARPA lo permiten…

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Ahora que la tecnología ha llegado a un límite en que el hombre puede fusionarse con ella, y que incluso se ha creado un movimiento filosófico-intelectual en torno a este delicado asunto –¿seremos cíborgs? ¿Qué código moral deberemos adoptar? ¿Alcanzaremos a ser inmortales a través de un microchip?–, no está de más sumergirse en las páginas del entretenidísimo libro Cómo ser una máquina. Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte, publicado por una de mis editoriales de referencia en relación a temas controvertidos y de rabiosa actualidad, Capitán Swing. Obra del visionario periodista Mark O’Connell, explora en estas páginas las asombrosas –y aterradoras– posibilidades que se presentan cuando se piensa que nuestro cuerpo es un dispositivo anticuado, como postulan los seguidores del transhumanismo –cuyo objetivo es utilizar la tecnología para cambiar la condición huamna, mejorando nuestros cuerpo y mentes–, y de la que son o han sido partidarios en un momento determinado personajes de lo más granado de Silicon Valley como Peter Thiel, Elon Musk o Ray Kurzweil.

En este revelador ensayo O’Connell visita la instalación de criopreservación más importantes del globo, descubre un colectivo de biohackers que refuerza sus sentidos mediante la implantación de dispositivos electrónicos bajo la piel –sí, no es una cinta de Spielberg– y se reúne con miembros de un equipo que investiga cómo proteger a la humanidad de la superinteligencia artificial al estilo Hal 9000 o Skynet. El resultado de tamaña investigación es una sorprendente meditación sobre lo que significa ser humano, y hacia dónde nos encaminamos como «nueva» especie. He aquí la forma de adquirirlo:

NEOEXISTENCIALISMO (EDICIONES PASADO & PRESENTE)

Y en medio de este avance vertiginoso, inexorable –e inquietante– de la tecnología, ahora más que nunca es obligada una lectura filosófica sobre quiénes somos y hacia dónde nos encaminamos. Para ello, nada mejor que sumergirse en las magnéticas páginas del ensayo Neoexistencialismo. Concebir la mente humana tras el fracaso del naturalismo, publicado recientemente por Ediciones Pasado & Presente.

El neologismo que da título a la obra es un marco de pensamiento bautizado así por su autor, Markus Gabriel, niño prodigio de la filosofía occidental, para identificar cómo debemos pensar sobre la condición humana y cómo las posturas ultracientifistas del naturalismo radical, según él, no pueden responder satisfactoriamente a la siguiente pregunta: ¿Qué es el ser humano? Una hipótesis sumamente atractiva que el autor expone de una manera cuanto menos original: tres autores le rebaten las teorías y él a su vez responde a dichos autores, por supuesto expertos en el campo filosófico. Este formato ayuda sin duda a matizar y comprobar lo robusto de los argumentos de Gabriel, haciendo a su vez más amenas la lectura del libro e involucrándonos directamente en el juego filosófico. He aquí la web de la editorial para adquirirlo:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2020-01-29-12-28-10

LAS CRÓNICAS DE ESTHER: LAS CÚPULAS DE CRISTAL (DOLMEN EDITORIAL)

Y como en ocasiones lo que más apetece es salir de la realidad… evadirse de lo que nos rodea en un ambiente de pura ficción (aunque en este caso completamente posible en un futuro no muy lejano), recomendamos en «Dentro del Pandemónium» un vertiginoso thriller que nos ofrece una visión inquietante (entre distópica y esperanzadora) de lo que podría esperarnos en un futuro no muy lejano gracias al avance de la tecnología (o más bien a pesar del mismo).

En la novela Las Crónicas de Esther: Las Cúpulas de Cristal, publicada por Dolmen Editorial, su autor, Vicente García, nos traslada a finales de nuestro siglo XXI. Entonces los seres humanos, diezmados e incapaces de dirigir su propio destino, han cedido su gobierno a la inteligencia artificial, una IA conocida como IRIS. Instalados bajo cómodas cúpulas de cristal, comenzó una era dorada sin precedentes (pero que en realidad no es sino un gigantesco espejismo) contra la que se alzará un particular grupo de jóvenes inconformistas, el germen de una revuelta de adolescentes contra el establishment creado por sus resignados padres en busca de un futuro en el que esté permitido soñar. La forma de adquirir la novela en el siguiente enlace:

La conspiración contra Einstein (I)

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.