Barrio Western: la última joya del cómic franco-belga

La editorial Nuevo Nueve publica, en un precioso volumen en tapa dura, una de las obras más emblemáticas del cómic franco-belga contemporáneo: Barrio Western, de Téhem, un road-movie de gran oscuridad y afilada ironía inspirado en hechos reales que te absorberá hasta la última página.

Por Óscar Herradón ©

Quizá brindando a la historia carácter de fábula, y dotando a los personajes animales –inspirados en hombres reales de la infancia del autor– de aspectos antropomorfos, se suaviza la dureza de lo contado. Y es que, aunque la novela gráfica rebose ironía y humor, también evidencia una dura realidad social: la del traficante de drogas que vende al mejor postor, la del religioso corrupto y moralista, la del niño cuya apariencia inocente esconde la innata avaricia del adulto, la de la joven que, a falta de expectativas y recursos, decide coquetear con la prostitución. Y, por encima de todo, la de una nostalgia por el pasado nada complaciente. No, el tiempo pasado no siempre fue mejor. Pero es el que te forma como individuo.

Barrio Western es, como bien reza el título, toda una aventura en un lugar sin ley, como el lejano Oeste, salpicado de personajes a cuál más estrambótico, hilarante –y peligroso, al menos algunos–. Ambientada en la isla de Reunión (en el océano Índico occidental, bajo jurisdicción francesa) en un lejano 1976, muestra sin concesiones una sociedad criolla compleja y variopinta marcada por el racismo (a través de los distintos animales se muestran las diferentes razas, sus particularidades y su animadversión hacia las demás), la desigualdad, la pobreza y la falta de expectativas. El lugar donde pasó su infancia su autor, Tehem, pseudónimo del artista francés Thierry Maunier, célebre por su serie Malika Sekouss, que, en gags a toda página, retrataba la vida de tres jóvenes suburbiales, Malika, Jeff y Dooley, en la ciudad gala Pâquerettes, donde se desenvuelven en medio de un ambiente racista y sexista que salpica a todos, desde los skinheads a los raperos e incluso a los funcionarios y servidores públicos.

Con un guión solvente, un dibujo en blanco y negro algo esquemático y de tonos fríos (a pesar del clima ecuatorial de la región) pero de gran realismo y precisión y el ritmo del mejor noir, la trama de Barrio Western, cercana al thriller pero por la que planea un constante desencanto de corte social, no te dejará despegarte de las páginas de este road-movie hasta terminarlo.

Todo comienza en la tiendecita de ultramarinos que también hace de bar de Serge, cuya principal afición es la fotografía  y cuyo establecimiento servirá de punto de fuga de toda la acción. A través de diferentes flashback y flashforward, magníficamente urdidos de un modo cuasi cinematográfico, asistimos a las mismas escenas desde diferentes puntos de vista que dan forma a una tragicomedia (o comedia dramática, si hablamos en los mismos términos de celuloide), que es un fiel reflejo de una sociedad marcada por lel contraste, la mentada desigualdad y el anhelo de una vida mejor, como nos traslada en varias ocasiones el personaje del buscavidas y sinvergüenza (aunque relativamente entrañable) de Ángelo, que desea volar a París y dejar la isla de Reunión y su mísera existencia atrás.

Tan solo tras la exposición de todos los puntos de vista conoceremos la verdad de lo sucedido en una misma jornada que, de forma impecable, demuestra la genialidad de Téhem y corrobora el hecho de que su Barrio Western sea una de los referencias ineludibles del cómic franco-belga contemporáneo que ahora podemos disfrutar en castellano gracias a Nuevo Nueve Editores, cuyo título Morgana recomendamos en las páginas de la revista Año/Cero-Enigmas hace un par de meses.

He aquí el enlace para adquirir Barrio Western (paso previo a devorarlo):

https://nuevonueve.com/producto/barrio-western/

«La Bomba»: el desarrollo atómico en la Segunda Guerra Mundial

La carrera a contrarreloj por obtener la bomba atómica llevó a aliados y países del Eje a una lucha sin cuartel en la que desplegaron sus últimos adelantos científico-técnicos, contaron con los hombres más brillantes de la comunidad académica e impulsaron el progreso de una forma nunca antes vista, aunque fuera a costa de muchas vidas humanas. Una batalla marcada por los informes secretos, el espionaje y la traición de muchos hombres a su código moral. Cuando la historia aún se pregunta hasta qué punto la Alemania nazi desarrolló su proyecto atómico, una monumental novela gráfica recupera los entresijos de aquella lucha entre bambalinas por obtener el arma definitiva.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich continúa siendo fuente inagotable de informaciones que, prácticamente cada mes, salen a la luz, y algunas de ellas obligan a reescribir una historia nunca cerrada del siglo XX. El 29 de diciembre de 2014 saltaba a la prensa internacional la noticia de que en Austria se había descubierto un gigantesco complejo subterráneo, de una extensión de 75 hectáreas, formado por varios túneles. Concretamente el hallazgo se realizó en la ciudad austriaca de Sankt Georgen an der Gusen, una semana antes de que los medios se hiciesen eco del mismo.

Entre otros rotativos, The Sunday Times señalaba que un grupo de expertos afirmaron que la construcción –edificada en lo que entonces era territorio del Reich en plena Segunda Guerra Mundial–, habría sido utilizada por científicos del régimen para desarrollar armas atómicas durante la contienda. El complejo subterráneo fue descubierto gracias a unas excavaciones que comenzaron después de que un grupo multidisciplinar de expertos hallara considerables niveles de radiación en la zona, lo que les hizo pensar que podría tratarse de una rudimentaria central nuclear nazi. Según afirmó a los medios Andreas Sulzer, director de la investigación, el lugar es «muy probablemente la planta de producción de armas más grande del Tercer Reich».

El complejo descubierto en Sankt Georgen an der Gusen
B8 Bergkristall

En la planta se encontraron restos de las tropas nazis, como cascos de las SS, y diferentes objetos de la época, un trabajo difícil teniendo en cuenta las sucesivas capas de tierra que ocultaban el complejo así como las placas de granito que, ya con la guerra en su contra, los alemanes utilizaron para cubrir la entrada y evitar que los aliados descubrieran el emplazamiento. Tan bien lo hicieron que transcurrieron setenta años hasta su localización. Los expertos barajaron entonces que dicha zona podría estar conectada con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen –cuyos prisioneros, en su mayoría químicos y físicos, habrían puesto sus habilidades especiales al servicio del complejo atómico–, uno de los más temibles de la Solución Final, y la fábrica subterránea B8 Bergkristall, donde se fabricaron las unidades del célebre Messerschmitt Me-262, el primer caza a reacción operativo del mundo, éste sí, lugar descubiertos por los soviéticos tras la caída de Hitler.

Aquel importante descubrimiento volvía a poner sobre el tapete la estrecha relación del gobierno de Hitler con la carrera nuclear y desataba una vez más el debate sobre hasta qué punto de su desarrollo llegaron los científicos alemanes. Hasta ahora, la mayoría de expertos sostenían que el esfuerzo alemán durante la contienda se había centrado únicamente en el desarrollo de un reactor nuclear, con la posibilidad de que, si en todo caso hubiesen llegado a un punto avanzado, haber podido obtener lo que se conoce como bombas sucias –cluster bombs–, término que en la actualidad se usa para definir a los artefactos explosivos que diseminan elementos radiactivos en la atmósfera, y que causarían efectos nada comparables a los de una bomba atómica como la que desarrollarían los norteamericanos en el Proyecto Manhattan, nombre en clave del programa nuclear ultrasecreto estadounidense.

Alemania, pionera de la fisión nuclear

Heisenberg

En los años 20 y primeros de los 30 la ciencia alemana dominaba los campos de la física y la radioquímica mundiales. El proyecto de energía nuclear alemán acabaría conociéndose de forma informal como el Uranverein («Proyecto Uranio»), comandado por el célebre físico galardonado con el Nobel en 1932 Werner Heisenberg. En diciembre de 1938 los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann hicieron público que habían detectado el elemento bario tras bombardear con neutrones el uranio. Junto a Lise Meitner, habían descubierto la fisión nuclear en la misma Alemania nazi.

Groth

El 24 de abril de 1939, Paul Harteck, director del departamento de física y química en la Universidad de Hamburgo y asesor de la HeereswaffenamtHWA, Oficina de Armamento del Ejército–, junto a su ayudante Wilhelm Groth, se puso en contacto con la ReichskriegsministeriumRKM, Ministerio de la Guerra del Reich–, para alertarlos sobre el potencial de las aplicaciones militares de las reacciones nucleares en cadena y en la primavera de 1940, un reactor nuclear casi crítico fue construido por el propio Harteck en una planta especial de la citada universidad.

Instalaciones de la Heereswaffenamt
Proyecto Manhattan

En pocos meses, los físicos de todo el mundo informaban a sus respectivos gobiernos acerca de que el descubrimiento de Hahn podría llevar «a una producción sin precedentes de energía y a los superexplosivos». Sin embargo, la política de Hitler que en un primer momento pareció resolver los acuciantes problemas económicos de la República de Weimar, al estar basada en promover el empleo por medio de la industria armamentística, centrada en una inminente guerra, llevaba, como sostiene F. J. Ynduráin Muñoz, del Departamento de Física Teórica de la UAM, a medio plazo a la ruina, por lo que la financiación de cualquier actividad que no fuese directamente rentable para el esfuerzo bélico «era, simplemente, imposible para Alemania».

El Uranverein en la encrucijada

Fat-Man

Según el citado estudioso, los proyectos alemanes nunca tuvieron una financiación suficiente, ni de lejos. Únicamente Estados Unidos, con un producto interior bruto que casi duplicaba el alemán y era diez veces superior al japonés, permitió al país de las barras y estrellas mantener una guerra con ambos países del Eje y, además, en plena contienda, en 1944, gastar los 1.000.000.000 de dólares que requería el Proyecto Manhattan en un año.

Fermi

A este problema se sumó el hecho de que algunos de los más brillantes científicos de la Alemania nazi se vieran obligados a exiliarse por su ascendencia judía, como Meiner y Fritsch, que realizarían sus descubrimientos en Suecia, al igual que le sucediera al italiano Enrico Fermi, que también tuvo que exiliarse en 1938 debido a que su esposa era judía y a que la alianza entre Hitler y Mussolini les ponía en serio e inminente peligro. Éste último lograría en diciembre de 1942, en los sótanos de la Universidad de Chicago, una reacción nuclear sostenida que suponía un gran paso para los norteamericanos en su carrera por obtener la ansiada bomba atómica. Era, pues, casi imposible que los germanos consiguieran la misma antes. Sin embargo, los norteamericanos, que estaban desarrollando la bomba atómica en el desierto de Nevada, en una de los proyectos ultrasecretos mejor guardados de la guerra, no sabían hasta qué punto los alemanes estaban obteniendo logros en este sentido. Era vital que lograran obtener «el arma definitiva» antes que ellos.

Norsk-Hydro

Puesto que los espías aliados no habían conseguido encontrar laboratorios secretos en los que supuestamente se desarrollaba el proyecto atómico –algo que el hallazgo citado, en 2014, ha venido a corroborar–, los ojos de la Inteligencia británica, con Churchill a la cabeza, se pusieron en Noruega, en la planta Norsk-Hydro para la fabricación de agua pesada. En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. La planta fue un lugar capital en la carrera nuclear nazi y capitaliza gran parte de un revelador ensayo publicado recientemente y del que me ocuparé en un inminente post.

Ahora, recomiendo la novela gráfica que se centra en aquella vertiginosa lucha por obtener armas atómicas que se desarrolló entre bambalinas en la mismísima Segunda Guerra Mundial –un avance científico-técnico sin precedentes al que obligaba la presión y los progresos del enemigo y que recuerda en la actualidad al vertiginoso desarrollo de vacunas para combatir el coronavirus en tiempo récord–.

La Bomba (Norma Editorial)

La novela gráfica en cuestión es un monumental volumen de 472 páginas que bajo el título de La Bomba ha publicado recientemente la siempre exigente Norma Editorial. Fruto del trabajo conjunto y la creatividad del historietista belga Didier Alcante, el guionista francés Laurent-Frederic Bollée y el ilustrador canadiense Denis Rodier, todos ellos grandes exponentes contemporáneos de la Bandé-dessinée, es un detallado y revelador fresco de cada uno de los participantes en esa carrera atómica contrarreloj en los años más devastadores de la contienda.

Con un trabajo de documentación previo colosal (no en vano, sus artífices tardaron cinco años en completarlo), en sus páginas vemos las dudas existenciales de los físicos y químicos que sentarían las bases de la fisión nuclear, las luchas intestinas de los militares con los políticos para llevar a cabo proyectos que debían permanecer en el más absoluto de los secretos en la era dorada del espionaje internacional, y cómo la tragedia se va palpando, como una muerte anunciada a voces –y también en silencio–, vaticinando el desastre que se avecina sobre la humanidad. Tecnología y ciencia, PROGRESO frente a DESTRUCCIÓN, una dicotomía largamente asentada en la historia contemporánea.

En los trazos en blanco y negro (que lo dotan de mayor sobriedad, y cierta coherencia acorde con aquellos tiempos en que los informativos que abrían las largas sesiones de cine también eran en escala de grises, como nuestro patrio NO-DO, que emitió desde 1942, en plena guerra mundial, hasta 1981) se materializan las inquietudes de físicos y premios Nobel como el italiano Enrico Fermi (que, seguido de cerca por las autoridades fascistas como señalé en el post, decidirá exiliarse en Estados Unidos, contribuyendo al avance atómico norteamericano) o el húngaro Leó Szilárd y su amigo alemán, el Premio Nobel Albert Einstein, quienes hubieron de escoger el camino del exilio cuando los nazis llegaron al poder, aventurando la tragedia que se cerniría sobre el pueblo judío pocos años después. Ellos sí lo consiguieron, muchos otros no.

También desfilan por estas sensacionales páginas los científicos alemanes que permanecieron en el Reich (bien por decisión propia, como Heisenberg, bien porque las autoridades hitlerianas les obligaron) y hubieron de trabajar en el desarrollo atómico nazi aún a sabiendas de que su comandante en jefe poseía un hálito destructor imparable. El narrador –el plutonio– hace suya la frase: «Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos», una sentencia que se atribuye a Robert Oppenheimer, terriblemente arrepentido de trabajar en la creación de «La Bomba» cuando fue detonada la primera en la prueba Trinity, en el desierto de Nuevo México, momento en que le vinieron a la mente esas palabras del texto cosmogónico hindú Bhagavad-Gita (que, por cierto, obsesionaba a Heinrich Himmler, que consideraba los bastiones helados del Himalaya la cuna de la raza aria).

Precisamente Szilárd y Einstein serían los impulsores de la obtención estadounidense de la bomba atómica al escribir varias cartas al entonces presidente Franklin Delano Roosevelt sobre el peligro que suponía el avance de las investigaciones atómicas alemanas, detonante del ultra-secreto Proyecto Manhattan. Con el tiempo, al igual que su colega Oppenheimer, se darían cuenta del terrible error de construir un arma tan devastadora, pero en aquellos momentos de guerra contra Hitler consideraron que era la única forma de frenar sus aspiraciones megalómanas (sí, la bomba se creó para ser lanzada contra el Reich, pero la claudicación del mismo «obligó» a lanzarla contra los japoneses).

Los autores, en su minucioso trabajo de reconstrucción histórica, tampoco dejan fuera episodios del proceso nuclear bélico mucho menos publicitados y casi desconocidos por el gran público, como el papel desarrollado por los japoneses en dichas investigaciones o cómo los militares que estaban a cargo de la construcción del Pentágono (un proyecto igualmente «top secret» que impulsó la contienda) serían puestos también al frente de la comisión atómica estadounidense.

Con un ritmo endiablado, como el que hubieron de mantener los verdaderos protagonistas en aquellos tiempos de sangre y fuego en el interior de sus laboratorios ultrasecretos para conseguir objetivos palpables, presionados por gobiernos y militares, en la trama, a modo de flashes, también se recuerdan episodios clave de la Segunda Guerra Mundial como el ataque japonés a Pearl Harbor, la derrota del Tercer Reich, y por supuesto el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, el trágico epílogo largamente anunciado de aquella costosa investigación secreta.

Una verdadera joya gráfica que ha sido definida por la empresa de radio difusión pública de Bélgica RTBF como «El cómic definitivo». No sé si me atrevería a decir tanto, pero desde luego estamos ante una de las mejores obras sobre el tema publicadas en los últimos años, y la más completa de BD centrada en la bomba atómica en el marco de la guerra jamás editada. Una auténtica delicia para apasionados del cómic y de la historia que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/la-bomba

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

La Segunda Guerra Mundial. Una historia gráfica (Pasado & Presente)

Y si lo que queremos es una visión global, amena a la par que rigurosa del conflicto en el que se enmarcaron estas operaciones, la Segunda Guerra Mundial, la mayor sangría de la historia de la humanidad, nada mejor que sumergirnos en la adaptación gráfica de la obra de uno de los mejores historiadores de aquel periodo, el británico Antony Beevor, en una majestuosa edición por obra y gracia de la editorial Pasado & Presente.

Una poderosa narrativa visual del más sanguinario conflicto armado de todos los tiempos, al menos hasta ahora (y esperamos que así siga siendo). Con un elegante trazo en el que priman los grises (que resaltan el dramatismo de lo narrado), Anglès recoge acontecimientos del Frente Oriental, la Blitzkrieg (Guerra Relámpago) alemana y de la posterior Europa conquistada por los ejércitos de Hitler, grandes batallas y ataques como Pearl Harbor, Stalingrado, Iwo Jima, Okinawa, el bombardeo de Dresde (que quedó reducido a cenizas por los ataques aliados que supusieron una de las mayores vulneraciones a la población civil alemana) o la conquista de Berlín por tropas soviéticas y estadounidenses, así como las condiciones más horribles de aquella grandilocuente tragedia: las inhumanas condiciones del gueto de Varsovia, los hornos crematorios del Holocausto o el lanzamiento de la bomba atómica sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki que pondrían fin de forma dantesca a la larga conflagración.

Dibujos a página completa complementados por pequeñas (y algunas no tanto) píldoras de texto extraídas (más bien adaptadas) de la obra de Beevor que aportan una escueta pero concisa explicación de la Segunda Guerra Mundial para profanos en la materia, pero que deleitará por igual a los conocedores de la historiografía de aquel decisivo periodo del siglo pasado. Más de 2.000 ilustraciones en 550 páginas que consiguen captar con fidelidad el pulso narrativo del historiador británico, algo complicado si tenemos en cuenta la cantidad de información de sus obras de referencia (y su extensión), una potente historia visual que está llamada a ser obra de referencia a partir de ahora y que debería ser lectura obligatoria en las escuelas.

He aquí el enlace para adquirir esta joya bibliográfica:

http://pasadopresente.com/colecciones/historia/bookdetails/2020-10-26-17-24-20

Magasin Général. Un canto a la colectividad

Norma Editorial publica el segundo y tercer volúmenes en formato integral de este referente del cómic franco-belga –bande dessinée–, obra compuesta a cuatro manos (tanto el guión como el dibujo) por el pintor y dibujante galo Jean-Louis Tripp y el también veterano historietista Régil Loisel, célebre por ilustrar la serie La búsqueda del pájaro del tiempo, escrita por Serge Le Tendre. Una obra costumbrista de perfecta factura que saca lo mejor de quien se adentra en sus entrañables páginas.

Por Óscar Herradón ©

No era la típica historia que me llamara la atención en un primer momento, pero cuando me la recomendó la jefa de prensa de Norma Editorial estaba claro que me toparía con una buena novela gráfica. Y he de decir que no me decepcionó. Al contrario, caí rendido a su dibujo y su historia. Una narración que tiene lugar a principios del siglo pasado en un pueblecito rural y semi aislado de Canadá, Notre-Dame des Lacs (existe realmente una muy similar, Notre-Dame du Lac, en el municipio regional del condado de Témiscouata, en la provincia de Quebec), pero cuya esencia podría extrapolarse a cualquier rincón del mundo en cualquier tiempo.

Las miserias y grandezas de una comunidad capaz de mostrar su mejor rostro para con el prójimo y el extraño, ayudarle en los momentos más delicados, pero cuando las cosas se tuercen, capaz también de mostrar su lado más sombrío, vengativo e infame. Pero lo más importante: siempre gana –y con fuerza– el perdón. Un mensaje, pues, optimista a partir de las debilidades y carencias humanas.

Descubrí el pasado año el primer volumen de Magasin Général y recientemente se lanzó en castellano el segundo (tras varios retrasos por culpa de la dichosa pandemia), que esperaba con ansia y que no solo mantiene viva la esencia del primero, sino que arroja mayor complejidad a su trama, aviva el ritmo y mantiene la cadencia del paso del tiempo; quizá un poco menos el efecto sorpresa, por razones obvias (ya conocemos el secreto de su protagonista, Serge, que por supuesto no voy a desvelar aquí), y también el tercero y último que sale a la venta este 26 de noviembre y pone punto y final a la serie y del que hablaré en un próximo post. Todo ello aderezado por un dibujo costumbrista, de colores cálidos y trazos realistas que otorgan a los personajes una calidad y cercanía que rápidamente los convierte en alguien más de la familia.

Pequeños-grandes personajes

…que podríamos ser cualquiera de nosotros. La historia comienza con la tragedia de la joven Marie, que se queda viuda sin hijos –un golpe duro en cualquier tiempo y lugar, más en una comunidad rural cien años ha–, y que más allá de su dolor, que se guarda para sus adentros, se siente completamente constreñida y aprisionada por sus responsabilidades para con la comunidad: es la persona que regenta el almacén que aprovisiona a todo el pueblo, desde los alimentos básicos hasta las herramientas y maquinaria agrícolas a los materiales necesarios para reformas y construcción.  

Eso absorbe todo su tiempo, desde primera hora del día hasta la noche. Un universo reiterativo y claustrofóbico, que neutraliza la ensoñación, hasta que llega al pueblo el cautivador y enigmático veterano de guerra Serge, que guarda un gran secreto –ese al que he aludido más arriba–, y que provocará un auténtico vendaval (en su mayor parte positivo, aunque no siempre) en el seno de la pequeña comunidad rural.

Si en el primer volumen asistimos a la desolación de Marie por su tragedia personal, incrementada por su rutinaria y pequeña vida, hasta el soplo de aire fresco que supone el advenimiento del forastero  –eso sí, en un tono algo plano, con los personajes sin desarrollar aun sus facetas más atractivas, oscuridades incluidas–, en el segundo todo adquiere mayor –y justificada– fastuosidad. Ahora las cosas serán todavía más complicadas para la viuda entregada: un desliz provocará que el pueblo se vuelva en su contra (sacando lo peor de muchos de sus lugareños), y decidirá marcharse a la ajetreada Montreal, dejando atrás los fantasmas del pasado, su insípida existencia, en busca de una nueva vida.

La novela gráfica evidencia, sobre todo en este segundo tomo integral, el marcado contraste entre el mundo rural, ligado a sus costumbres atávicas, más intolerante y cerrado, enjaulado por los límites de su propia pequeñez, frente al mundo urbano, representado por personajes con muchos menos prejuicios (ese mismo universo del que provenía Serge). Sin embargo, no todo es idílico, ni mucho menos, en ese plano cosmopolita: entre la muchedumbre y la vertiginosa vida diaria se pierde la cercanía con el prójimo, la fraternidad, se incrementa el individualismo, se olvidan los orígenes… ¿No es una lectura plenamente actual?

Quizá lo que nos quieren transmitir sus autores es cómo, a pesar de los inevitables conflictos que genera la convivencia (cada uno es hijo de su padre y de su madre, como reza el dicho), a pesar de que cada uno de nosotros tiene sus prejuicios, sus oscuridades y sus pecados (mayores o menores), cómo sería la sociedad actual si nos preocupásemos más del vecino, como hacían nuestros abuelos aún a pesar de aquella terrible guerra fratricida que asoló nuestra piel de toro.

Definitivamente, Magasin Générale es una obra maestra, una novela gráfica imprescindible de nuestro tiempo, un maravilloso relato costumbrista que no tardará en convertirse, sin duda alguna, en un referente para varias generaciones. Al menos, eso espero. He aquí el link para hacerse con esta segunda parte y con la tercera y última de la serie, a la venta en unos días en castellano de mano también de Norma Editorial:

https://www.normaeditorial.com/catalogo/comic-europeo/serie/magasin-general-ed-integral