Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (III)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y venganzas.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels Free License, Erik Mclean)

En las sagas escandinavas se habla de distintos tipos de seres espirituales o «fantasmas». Los más célebres son los llamados Draugr, también llamados aptrgangr –cuyo significado literal es «el que camina después de la muerte»–, aunque el significado original de la palabra en nórdico equivale a fantasma: una criatura que podríamos considerar el equivalente al vampiro –strigoi– en otras culturas como la eslava, aunque con notables diferencias.

Los escandinavos de la Era Vikinga pensaban que vivían en las tumbas de los guerreros, utilizando los cuerpos de los difuntos, que eran enterrados en sepulcros de grandes riquezas, guardando celosamente sus tesoros. Según las sagas, poseían una fuerza sobrehumana, podían crecer de tamaño según su voluntad y les acompañaba la característica pestilencia de la putrefacción. También podían adquirir la apariencia de humo para salir de las tumbas con la intención de matar a sus víctimas de distintas formas: aplastándolas o devorándolas; también podían beber su sangre o volverlas locas. Solían desollar el ganado e incluso matar a los pastores. Como es habitual en esta cultura, a los Draugr también se les atribuían facultades mágicas –un arte conocido como trollskap– similar a la de los hechiceros y las brujas, que les permitían cambiar de forma –normalmente asumiendo la de distintos animales, como las focas–, controlar el clima y predecir el futuro, según la anticuaria y académica inglesa experta en paganismo H. R. Ellis Davidson. Solo un héroe podía acabar con su vida según los mitos, y el método preferido era decapitar a la criatura, quemar el cuerpo y lanzar las cenizas al mar.

Para prevenir que un fallecido se convirtiera en Draugr, se solían colocar un par de tijeras de hierro abiertas sobre su pecho, ataban los dedos gordos de los pies o clavaban agujas en su calzado para que no pudiera caminar o se enterraba el cadáver bocabajo. Además, el sarcófago debía ser izado y bajado tres veces en tres direcciones diferentes para confundir el sentido de orientación del Draugr.

Y es que se debía garantizar que el finado lo estaba en todos los sentidos, ya sea física, jurídica y legalmente, sin dejar ningún cabo suelto que pudiera forzar su regreso a esta vida: un muerto no estaba realmente muerto hasta que sus descendientes o herederos no ponían fin al funeral sino «bebiendo su herencia», el conocido como drekka erfi, como señala el que fuera profesor de literatura escandinava de la Universidad de la Sorbona, en París, Régis Boyer. Otra costumbre era la de escribir palíndromos en las tumbas para que el “retornado” perdiese el tiempo en descifrar una palabra sin comienzo ni final o enterrarlo con recipientes llenos de guijarros para que pasase la noche contándolos.

Cuando alguien fallecía, practicaban un agujero en la pared de la casa del difunto, a través de la cual se extraía su cadáver. Tras ello, se tapiaba el orificio según la creencia de que su «fantasma» –o Draugr– solo podría regresar a su hogar por el mismo lugar a través del cual había salido, la conocida como «puerta maldita». Si aún así no se podía evitar que penetrase en la vivienda, desenterraban su cuerpo y le cortaban la cabeza con una de sus armas, o bien le clavaban una estaca de madera en el corazón. Tras ello, lo quemaban y arrojaban las cenizas al agua.

Otra variedad de «fantasma» era el haugbui noruego –del nórdico antiguo haugr, que significa «túmulo»–, y cuyo nombre alude a que por lo general solo habitaba dentro de su recinto mortuorio, atacando solamente a aquellos que, según el autor Bob Curran, «ofenden su intimidad», pudiendo ser igualmente violentos, pudiendo también convertirse en piedras o algas.

Bestiario fantasmagórico

El listado de criaturas espectrales es enorme: los Genganger, espectros mensajeros que regresan para exigir que se repare una falta, convirtiéndose en criaturas terribles que drenan noche a noche la sangre de sus víctimas y finalmente descuartizarlas como bestias. Los Skotta, fantasmas femeninos que pueden ser bienintencionados o implacables y crueles, arrancando la cabeza de sus enemigos y bebiendo su sangre. Los Rati, por su parte, son los espectros de los que han fallecido tras presenciar la llamada Caza Salvaje de Odín, convirtiéndose en una suerte de No Muertos o «zombies» que se unen a su jauría, mientras que los Nithgengar daneses son a veces espectros que se aparecen a quienes los han asesinado y otras se convierten en zombies que no descansan hasta darles muerte.

La rica cosmogonía escandinava también cuenta con numerosos seres fantásticos, desde los gigantes –Jotun– que desafiaron a los dioses –AEsir y Vanir– al comienzo de los tiempos, hasta elfos –los álfar de la luz y los álfar oscuros–, enanos, valquirias, Nornas –que fijan el destino con sus decisiones– y toda una serie de bestias, como el lobo gigante Fenrir, la serpiente marina que rodea el mundo, Jörmungandr –ambos hijos de Loki con la gigante Angrboda– o Ratatösk, la ardilla que escala las raíces del árbol Yggdrasil y que sirve como eje del Universo.

Jörmungandr

Águila de Sangre

Era un brutal método sacrificial humano mencionado en algunas sagas y por tanto probablemente legendario. Consistía en la matanza de un guerrero derrotado arrancando los pulmones y las costillas por su espalda, de forma que éstas parecían alas manchadas de sangre. La herida abierta era posteriormente cubierta con sal.

Algunos personajes que se presupone ejecutados de esta terrible manera fueron el rey AElla de Northumbria y Edmundo Mártir, rey de Anglia Oriental. No obstante, a día de hoy no existe evidencia arqueológica alguna que corrobore la realidad de tan terrible práctica. Se puso de nuevo de moda gracias a la exitosa serie catódica Vikingos.

Ritos de paso y magia en el hogar

Las mujeres nórdicas tenían rituales y conjuros para casi todas las actividades de la vida cotidiana. Durante el séptimo mes de embarazo, se pinchaban un dedo con una aguja y dibujaban con la sangre ciertos símbolos protectores sobre un trozo de lino, que guardaban hasta el nacimiento de su vástago. Asimismo, para favorecer el alumbramiento, parece que evocaban runas en forma de cantos mágicos llamados galdr. Y una vez venía al mundo, parece que el recién nacido era asperjado con agua con una rama, una práctica o rito de paso conocida como ausa barn vatni que pudo ser deudora del rito del bautismo cristiano; aunque también pudo tratarse de un antiguo rito de lustración (lustratio). Luego, el padre lo elevaba hacia el cielo como una suerte de ofrenda. Era habitual que el progenitor le hiciera el signo de Thor –una «T» invertida– con el puño, invocando la protección del dios del trueno, entrando así «su espíritu» en el pequeño cuerpo.

Parece que hubo una época, no especificada, en que existió la práctica del utburd o infanticidio: el padre tenía derecho a rechazar a su vástago al nacer y dejarlo abandonado para que lo devorasen los animales salvajes. Luego, podía convertirse en otra suerte de «fantasma».

La Cacería Salvaje

Odín era representado también cabalgando por el aire sobre su corcel de ocho patas a gran velocidad en medio de la tormenta, acompañado de un séquito de espíritus incorpóreos sobre corceles jadeantes con perros ladrando, y era conocido como el Cazador Salvaje. Cuando las gentes oían el estruendo del viento, temerosos, rugían ruidosamente, para evitar ser arrastrados por este suerte de «Santa Compaña» vikinga. Quienes se burlaban de la comitiva, eran arrastrados por la turba espectral.

Incluso tras la implantación del cristianismo, las gentes del norte seguían temiendo las tormentas. ¿Y qué cazaban? Dependiendo de la saga, el trofeo podía ser un caballo salvaje, un jabalí visionario o las Doncellas del Musgo –ninfas de la madera–, simbolizadas por las hojas caídas en otoño.

El post tendrá una parte final protagonizada por los Berserker. En breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS, CONSULTAD:

BOYER, RÉGIS: La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. De Olañeta Editor, 2000.

CURRAN, BOB: Vampires: a field guide to the creaturas that stalk the night. Career Press, 2005.

ELLIS DAVIDSON H.R.: The Lost Beliefs of Northern Europe. Routledge, 1993.

BREAKING NEWS!

Una de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII.

Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblo (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (I)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License. Meik Schmidt)

Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos considerados los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a su figura continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus sorprendentes expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales. 

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma «fara í víking» en el sentido de «ir de expedición», aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimos de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga –aproximadamente entre los años 789 y 1100–; aunque las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa «bahía pequeña, cala o entrada», que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken –un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia–. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.

Ataque vikingo de Guérande, en Francia

Fuentes documentales 

Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni tenían un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas posteriormente que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings que ofrecen valiosa información religiosa y mitológica.

Casa de Snorri Sturluson en Reykholt (Islandia)

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grammaticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.

Ritos y culto ancestrales

En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era «sidr», que tenía el significado literal de «práctica» o «costumbre». Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar –cuyo significado era «Aquellos que hablan la lengua de los dioses»–, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad «sacerdotal» de Ásatrú, y podían ser un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa). Parece un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo.

Pexels Free License (Erik Mclean)

Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones –los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo– y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta «religión» era el llamado sacrificio –el Blót–, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses –brindándoles un tributo de sangre– a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad.

El primer paso del Blót era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados –que podían ser unos pocos o cientos– consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones –normalmente de hidromiel o cerveza– destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas presentes más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos –para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado, en honor al anillo Draupnir– y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.

Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamientos con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres –la völva o seidkona, “mujer que ve”–, pero también lo podían llevar a cabo hombres –aunque no era muy bien visto–, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.

Este «maleficio» se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba, según recogen algunas sagas, una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.

Parece que también las hechiceras utilizaban un bastón o cayado llamado seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.

Cánticos para invocar el otro mundo

A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva –o sus ayudantes– interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr –ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún percance–, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel –el inframundo nórdico– para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente pues que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos.

Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando por ejemplo grandes tormentas –en una suerte de «hacedoras de lluvias» que existen en otras culturas–, un rito para el que la oferente incluso se preparaba ingiriendo una serie de alimentos especiales.

Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas «Hijas del Cuervo» y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.

Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo… ¿cometieron sacrificios humanos? Lo veremos en el siguiente post, que está a punto de caramelo, o tan dulce como el Hidromiel…

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva sobre este pueblo guerrero.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII. Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial:

Demonios de Babilonia (I)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La diosa Ishtar, «la reina de la noche»

Parece una broma macabra del destino que las grandes extensiones de Oriente Próximo y Medio que hoy en día son verdaderos polvorines y campos de la muerte, con Siria como eje central de una guerra que ha durado más de ocho años y que aún da sus últimos coletazos, terminando con siglos y siglos de historia bajo los escombros, y demasiados muertos, la mayoría inocentes, fueran en su día la cuna de las grandes civilizaciones. Damasco, Alepo, Palmyra… han sido recientemente escenarios de luchas fratricidas y territorio de islamitas radicales, sin embargo, durante miles de años gozaron de un esplendor que actualmente costaría imaginar a cualquiera.

Lo mismo sucedió con la hoy caótica y violenta Irak, antaño Babilonia, la más gloriosa capital del mundo antiguo, en la Baja Mesopotamia, una urbe portentosa regada por los ríos Tigris y Éufrates. Más tarde llegaría el Imperio persa… La historia con letras de oro se escribió en estos lugares hoy trágicamente devastados. No vamos a hablar aquí de cuáles fueron los imperios que surgieron aquí, ni cuáles sus conquistas o enfrentamientos, ni sus tragedias, hoy tantas y tan ignominiosas, ni quiénes –grandes potencias occidentales incluidas– son en parte responsables de las mismas. Sí nos centraremos, en cambio, en algunos de sus dioses más temibles, en sus ritos de paso e iniciáticos, en la lucha entre el bien y el mal en unas sociedades antiguas que tenían castas sacerdotales, realizaban exorcismos muy elaborados, ceremonias mágico-religiosas en fechas señaladas y también realizaron sacrificios de sangre.

Viajamos nada menos que hasta el siglo XVIII antes de Cristo, siglos antes del gran esplendor de los faraones egipcios, cuando Hammurabi reinaba en esa misma Babilonia, el gran centro político, religioso y cultural del mundo antiguo, para enfrentarnos a los demonios de horribles formas de Mesopotamia en el tiempo en que los hombres acudían atónitos a la lucha titánica entre Marduk y Tiamat, dioses que presidían los mitos de la creación en Mesopotamia, relatos recogidos –con numerosas variaciones que no vienen al caso– en el Enuma Elish o Poema babilónico de la Creación, y en la Plegaria para la fundación de un templo, entre otros textos cosmogónicos.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Durante un viaje a Berlín en 2017 tuve la ocasión de apreciar en el Museo de Pérgamo la reconstrucción de la llamada puerta de Ishtar, y aunque algo fuera de contexto si tenemos en cuenta la capital alemana en pleno siglo XXI y la antigua Babilonia, por mucho que la sala esté acondicionada para aparentar la lejanía de los siglos, lo cierto es que uno puede acercarse –aunque mínimamente– a lo que debió ser el esplendor de una civilización apoteósica. Por soñar que no quede.

Exorcismos y conjuros

En el extenso periodo comprendido entre el 3.000 y el 2.000 a.C. los hombres pensaban que las enfermedades –a las que llamaban shêrtu– no podían ser causadas directamente por los dioses, sino que los culpables de las mismas eran nada menos que un ejército de 6.000 demonios –ni en acadio ni en sumerio existía un término para evocar a los «demonios» o los «diablos», sino designaciones particulares de seres misteriosos y nocivos, tomados de instituciones represivas o de seres zoomorfos o antropomorfos más o menos monstruosos y malvados y que a día de hoy no conocemos bien– dispuestos en todo momento a causar el mal ajeno provocando pestes, fiebres, abortos y todo tipo de epidemias destinadas a castigar a los hombres por sus pecados. En la cosmovisión de los mesopotámicos, la religión nunca podía ir desligada de la vida cotidiana y relacionaban el dolor físico con el más allá al creer que una enfermedad, que conocían como «la mano del espíritu de la muerte», de ahí la importancia de las figuras de las que ahora vamos a hablar.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Existían dos especialistas a la hora de paliar la enfermedad, cuyas acciones se complementaban para curar: el asû, el médico propiamente dicho, que prescribía qué tratamientos debía seguir el enfermo para curar sus males físicos o anímicos, y el âshipum o ásipu –sacerdote mesopotámico–, una suerte de mago-exorcista que se encargaba de los enfermedades que consideraban de índole sobrenatural y cuya finalidad era expulsar a los «agentes malignos» del cuerpo. El exorcista –en sumerio, lú-mas-mas– ejercía, en palabras del dominico e historiador francés Jean Bottéro, especializado en el Antiguo Oriente Próximo, «una verdadera profesión sacerdotal, delicada y compleja; ducho en el diagnóstico de los pacientes que iban a consultarle y al corriente de las condiciones adivinatorias en las que cada uno se encontraba, capaz también de elegir para él la fórmula que le convenía exactamente y de organizar y dirigir su ejecución, en el ‘momento propicio’, debía ser a la vez adivino, psicólogo, médico, confidente perspicaz y liturgista».

Debía ser obligatoriamente culto y le correspondía preparar y presidir todo su ritual, disponiendo el material de los ritos manuales y utilizándolos como era debido, recitando él mismo ciertos ritos orales, comisionado –según creía– por los dioses y dotado por ellos de los poderes especiales necesarios. Además, tras la ceremonia, pertrechaba al «poseído» o enfermo de amuletos y consejos protectores, siendo así el miembro más importante del clero en materia de culto sacramental. Siguiendo a Bottéro, «el exorcismo ocupó ciertamente un lugar sin igual en la vida ‘interior’ de los antiguos mesopotámicos».

El primer paso era que el propio enfermo ordenase a los demonios salir de su interior: «¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!», y después se pedía a los dioses que intercedieran para llevar la expulsión a buen término.

El dios protector del âshipum era Enki/Ea, divinidad mesopotámica de la sabiduría y del Apsú, la inmensa laguna subterránea de agua dulce y pura en la interpretación cosmogónica de las mitologías sumeria y acadia, del que obtendrían sus aguas todos los manantiales, ríos, lagos y otras fuentes de agua dulce.

Fórmulas mágicas y rituales ancestrales

Esta defensa contra el mal de carácter «mágico» se organizó en fórmulas, procedimientos y rituales, muy elaborados, adaptados cada uno de ellos a los efectos que se querían obtener, o a los inconvenientes que se querían evitar, «mediante el uso calculado de ritos orales y manuales, incluso, preferentemente, de una mezcla de los dos».

Los ritos exorcísticos consistían, generalmente, en actos y palabras en forma de oraciones. Siguiendo el Diccionario Akal de las religiones, estaban divididos en cuatro partes: 1. Descripción del demonio agresor, de la enfermedad o del encantamiento –magia negra– que atormentaba a la persona exorcizada; 2. Declaración de que el dios Marduk, que ha de pedir ayuda a su padre Enki/Ea para que el exorcismo –consistente en la eliminación del demonio atacante o del hechizo injustamente hecho– surta efecto; 3. Conversación entre Marduk y Enki. 4. Por último, la decisión de Enki/Ea de encargar a su hijo la ejecución del ritual, que debía efectuarse siguiendo sus indicaciones exactas. Los conjuros podían ser «lanzado» sobre el agua, el aceite o las plantas.

Como muestra, encontramos un ejemplo de «encantamiento» contra los efectos de una picadura de escorpión, en sumerio, fechado hacia mediados del tercer milenio: arrancaban su cola, rito manual elemental para neutralizar al animal y a la vez el mal presente, y todas las picaduras posteriores de todos los escorpiones posibles. Después venía el rito oral: a través de las palabras halagaban al animal, para «engatusarle»: por medio de esto, creían que quedaban suprimidos el mal de la picadura y sus consecuencias. Mientras, otro rito oral se dirigía a un «demonio» maléfico, al que ni siquiera nombraban, para neutralizar su influencia sobre aquel que había sido picado. Así, existía toda una medicina exorcista, diferente de la fundada en el empirismo, más racional, en la lucha contra la enfermedad.  Constituían un importante recurso religioso y además ofrecía todos los elementos de un amplio ceremonial multiforme, con numerosas ramificaciones.

Uno de los demonios a los que más solían combatir era Lamashtu, del que se creía que atacaba principalmente a niños y a mujeres embarazadas. Las «recetas» para los ritos exorcísticos de los niños solían ser complejas: había que mezclar piel de caballo, grasa de pescado y de un cerdo de color blanco, ceniza, manteca, tierra recogida junto a las puertas de los templos, diferentes tipos de hierbas, etcétera. A su vez, se rodeaba el lecho donde yacía el pequeño enfermo con pasta de harina.

En cuanto a la mujer encinta, se la protegía colgando cerca de ella lo que se conocía como «piedras del parto». Pero también existían conjuros especiales para el dolor de muelas, contra la parálisis, contra enfermedades de diverso género, para expulsar a los demonios que se hubieran instalado en una casa e incluso ¡contra el perro que hubiese orinado sobre una persona!

Trasnporte de los leones alados de Nínive a Londres

Los textos que contienen exorcismos están la mayoría recogidos en las 30.000 tablillas de la biblioteca de Asurbanipal –descubiertas en Nínive en 1841 por el viajero británico y arqueólogo Austen Henry Layard–, de las que unas 800 están dedicadas a la medicina, la sobrenatural incluida. Él fue también el responsable del traslado de los leones alados de Nínive hasta el British Museum, impresionantes monumentos que tuvo ocasión de apreciar en 2014 en la capital inglesa y que te dejan sin aliento… imagináos en su contexto, en época de pleno esplendor de la ciudad asiria.

Divinidad sanadora

A pesar de que conocemos la existencia de la figura del âshipum, se desconoce cómo se transmitían estos conocimientos, aunque algunos investigadores apuntan que podría existir un centro principal en la ciudad de Isin, lugar de la diosa Gula, considerada la divinidad sanadora. Y es que la escritura cuneiforme alberga numerosos secretos en este sentido. En 2007, gracias a textos cuneiformes, la filóloga Barbara Böck, científica titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, logró reconstruir muchos de los métodos de cura que usaban los habitantes de Mesopotamia hace 4.000 años, centrándose también en la parte sobrenatural y mágica, siempre muy presente en estas culturas.

Por ejemplo, gracias a las traducciones de Böck y su equipo, conocemos el libro Mushu’u –«Masajes»–, escrito en las lenguas sumeria y acadia que contiene más de cincuenta conjuros que eran recitados por los exorcistas mientras se aplicaban los tratamientos para eliminar las migrañas o las parálisis. Existe también un libro donde hay recetas y textos médicos que explican el aceite que se usaba para dicho masaje y el mal que conseguía evitar. Lo untaban de un modo centrífugo, desde el torso a las extremidades del enfermo. Finalmente, colocaban amuletos en las muñecas y los tobillos para evitar que el demonio –o los demonios– volvieran a entrar en el cuerpo. Los mesopotámicos celebraban estos ritos por los general durante dos días concretos del mes de agosto de nuestro calendario, porque pensaban que eran los más idóneos para comunicarse con el más allá y poder expulsar de sus cuerpos a esa entidad maligna que formaba parte de toda una legión de seres del inframundo.

Al margen de la enfermedad, los demonios que podían afectar a otras esferas eran combatidos también por medio de la magia. Existían encantamientos específicos como la quema de esfinges para luchas contra seres malignos. Otras veces, se ofrecía a los demonios causantes de cualquier tipo de mal una víctima sustitutoria, normalmente un chivo, acompañado de oraciones y súplicas para que la entidad desistiera de su propósito. También se recitaban encantamientos en los ritos específicos contra los espíritus de los muertos. Toda la sociedad estaba impregnada por esta relación invisible.

Este post continuará escarbando entre la cenizas de la vieja Babilonia…

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

La editorial Trotta acaba de publicar una monumental y absorbente monografía sobre la vieja Mesopotamia y los reinos que configuraron aquella importante región, cuna de la civilización a caballo entre Oriente y Occidente. En Historia del Próximo Oriente Antiguo (ca. 3000-323 a.n.e.), el profesor de Historia en la Universidad de Columbia (EEUU) y fundador de la revista Journal of Ancient Near Eastern History, Marc van de Mieroop, realiza un minucioso y revelador recorrido por el nacimiento, el esplendor y el fin de los pueblos que se establecieron a orillas del Tigris y el Éufrates sentando las bases de una lejana modernidad.

Comienza con una mirada a los pueblos nómadas y sedentarios que acabaron estableciéndose en dicha región para después centrarse en los primeros grandes mandatarios, como Shamshi-Adad I, quien fuera rey de Asiria entre el 1813 y el 1781 a.C. y cuya biografía podemos reconstruir en parte a través de diversas fuentes, como los escritos hallados en las ruinas de Maria, en la actual Siria, la lista real asiria y la llamada Crónica de los Epónimos; luego continúa abordando profundamente la figura de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, y cómo sus leyes y su «código» del «ojo por ojo» revolucionaría la legislación babilónica para continuar con el reino hitita y la llamada «Edad Oscura», una época de crisis en la era antigua y punto de inflexión de un nuevo resurgir que acabaría floreciendo en distintos reinos como el Reino Nuevo Hitita o el Reino Medio elamita y, finalmente, en la eclosión de Persia y la creación de un imperio mundial bajo el cetro de grandes reyes como Darío I, Darío III o Jerjes.

Asimismo, en estas alumbradoras páginas De Mieroop nos ilustra sobre los sistemas políticos de los distintos pueblos asentados en esta zona del Próximo Oriente, la diplomacia, la guerra, las organizaciones sociales y, ya en el marco del imperio persa, su ascenso y expansión, los avances políticos, la administración y finalmente la inevitable caída tras siglos de esplendor. En definitiva, una completa obra sobre una de las grandes cunas de la civilización y, a pesar de su destacado papel en el avance humano y la historiografía, una gran desconocida por el gran público occidental frente a civilizaciones como la Grecia clásico o el Antiguo Egipto.