Orígenes, esplendor y declive del Imperio británico

En un relato fluido y ameno, a pesar de la ingente cantidad de fuentes e información manejadas, uno de los más brillantes historiadores británicos de nuestro tiempo, Niall Ferguson, narra la historia de cómo se creó el imperio más grande de todos los tiempos en El Imperio Británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial, que ha publicado recientemente la Editorial Debate. Tomando como referencia el post sobre la Compañía de las Indias Orientales que publicamos hace un tiempo, recomendamos este prolijo ensayo.

Por Óscar Herradón ©

La muerte de Isabel II y los fastuosos funerales que la siguieron, así como el nombramiento de su primogénito como nuevo rey bajo el nombre de Carlos III de Inglaterra, ha evidenciado el enorme poder que todavía tienen la corona británica y la Commonwealth, a pesar de que ya no es aquel gigante (con pies de barro) de siglos pretéritos. No obstante, ostenta una influencia mundial incontestable que ha hecho que el mundo entero estuviese pendiente de Londres, su Parlamento, Windsor o Westminster, auténticos centros de la actualidad informativa durante semanas.

Los comienzos de ese gran imperio fueron difíciles y modestos, puesto que una vez que los Reinos católicos de la Península Ibérica cruzaron por primera vez el Atlántico y entraron en el Índico, la economía mundial rompió todos los moldes y el imperio hispánico era imparable. Las nuevas técnicas de extracción que los españoles aplicaron a las minas del Nuevo Mundo hicieron que Europa recibiese anualmente, entre 1540 y 1700, unas 50.000 toneladas de plata americana.

John Cabot

A Inglaterra, desde la época del fundador de la dinastía Tudor, Enrique VII, solo le quedaba para hacerse grande a nivel internacional la vía de la expoliación mediante la piratería que saqueaba los barcos y plazas españolas. De hecho, el monarca inglés llegó a conceder cartas de patente de navegación al marino veneciano Juan Caboto (John Cabot), en 1496, para que imitase la epopeya de Cristóbal Colón, aunque con poco éxito.

Piratas y corsarios que cambiaron la Historia

La envidia británica por los imperios ibéricos sería la llama que produciría su expansión, pues tras la Reforma dicho sentimiento aumentó y el reino comenzó a pensar que tenía el deber religioso de crear un Imperio protestante para anteponerlo al de las católicas España y Portugal; así, el imperio británico se creó como una reacción nacional contra el poder imperial español, católico y regido por una monarquía absoluta –frente a la monarquía parlamentaria inglesa que en tiempos de la Revolución acabaría por decapitar al mismo rey, Carlos I–.

Morgan

En palabras de Ferguson, lo que hizo grande a Reino Unido fue que piratas como Henry Morgan (que contaba con patente de corso otorgada por la Reina Virgen, Isabel I, lo que brindaba carácter oficial al expolio) invirtieron el oro y la plata saqueados a España en propiedades para el cultivo de azúcar en Jamaica, lo que haría despegar dicho imperio. Así, Reino Unido desarrolló una nueva economía triangular: los productos manufacturados eran llevados a África por esclavos y se intercambiaban por el azúcar del Caribe que luego vendían en Europa. La todopoderosa Compañía de las Indias Orientales crearía sus propios ejércitos con tropas nativas y oficiales británicos, y poco a poco convirtió sus asentamientos comerciales en pequeños reinos.

Inmigraciones masivas, comercio y unidad parlamentaria

El libro narra cómo Gran Bretaña se hizo con el dominio mundial porque desde comienzos del siglo XVII hasta la década de 1950, de las islas emigraron más de 20 millones de personas de las que muy pocas regresaron y eso que los lugares en los que recalaron fueron en muchos casos inhóspitos, marginales y plagados de enfermedades. Se trató de la inmigración más masiva de la historia y llenó de blancos anglosajones rincones enormes del planeta (e incluso continentes enteros).

1740 fue el año en que se cantó por primera vez el Rule, Britannia!, «los británicos nunca, nunca serán esclavos»; sin embargo, los colonos ingleses en el Nuevo Mundo se enriquecerían precisamente por el comercio de esclavos y, paradójicamente, serían los impulsores de la Revolución americana contra el Imperio, principio de un cambio de paradigma en relación con las colonias. Por otro lado, el florecimiento de la sociedad comercial en el siglo XVII trajo consigo una prosperidad nunca antes vista, y aunque los británicos fueran vistos (y responsables) de un despiadado colonialismo y expolio de países como la India (la Joya del Imperio) y muchos otros territorios, de su Parlamento emanarían también algunos de los derechos que contribuirían a la modernización de la civilización sin el recurso a la violencia extrema de la Revolución Francesa.

Un complejo puzle cuyas piezas une Ferguson para brindarnos un relato vibrante que nos acerca una realidad apenas impensable: cómo una pequeña y lluviosa isla del norte del Atlántico pudo construir el imperio más grande de la historia. El imperio británico logró, desde las primeras rutas marítimas y comerciales del siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial y la independencia de la India, uno de los dominios más impresionantes que ha conocido la historia de la humanidad; gracias a una magnífica flota mercantil y militar y a una innegable voluntad política, lo que llevó a los británicos a extender su poder desde sus escarpadas costas (que no pudieron conquistar los españoles a bordo de la Grande y Felicísima Armada enviada por Felipe II en el siglo XVI, lo que habría cambiado sustancialmente las cosas) hasta los remotos confines de Asia, África y la India, logrando una unidad geopolítica y administrativa pocas veces vista.

Un trabajo polémico y apasionado de síntesis histórica que aborda el auge del consumismo provocado por la demanda de café, te, tabaco y azúcar, la citada mayor inmigración en masa de la historia, el impacto de los misioneros, el triunfo del capitalismo o la extensión de la lengua inglesa, la que hace que se entiendan prácticamente todos los ciudadanos a nivel mundial, mal que le pese al español (uno de los más extendidos, cierto) y al esperanto.

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El «soldado de Dios» que fundó la Compañía de Jesús

El pasado año 2021 la Compañía de Jesús conmemoraba el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, su fundador, un personaje histórico fascinante cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma (muchos de sus miembros serían espías en cortes protestantes), pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Por Óscar Herradón ©

El 13 de marzo de 2013, hace ya casi una década, el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en el último pontífice de la Santa Sede con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejó entonces de azotar al Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, todos ellos vendavales de tiempos recientes, venían a sumarse las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como «el Papa Negro», organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y de su anuncio público con la ansiada fumata blanca y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo Papa con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó presto que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes, azuzado en parte por un sector tradicional de la Iglesia que no miraba al jesuitismo precisamente con buenos ojos, una enemistad que se remonta siglos atrás. Y el hecho de que el pontífice hiciese declaraciones como la que sigue no hizo sino echar más leña al fuego: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», recordaba a las palabras de Juan Pablo I y a muchos les venía a la mente su trágico final…

Origen, historia y leyenda de la Compañía

La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial al que acudiría el mismísimo Heinrich Himmler durante una visita a España en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida al Todopoderoso y a la predicación. Fue a partir de ese momento –dijo– cuando sufrió diversas visiones de tipo aparentemente celestial. Con dicho hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de una constante meditación y un estricto ayuno. Tras dicha experiencia eremítica (común a otros hombres de su siglo como Benito Arias Montano, místico y bibliotecario de Felipe II en el monasterio de El Escorial), nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica.

Loyola durante su convalecencia
Iglesia de Jesús (Roma)

Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprendería latín y se inscribió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de ilustres del Siglo de Oro como Cervantes. Posteriormente se trasladó a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjeará problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado por un periodo de varios días. Una vez libre, viajaría a París, en cuya universidad estudiará siete años, y donde se rodeó de seis seguidores. Entonces ya tenía claro cuál era su proyecto vital y se mudó a Flandes y más tarde a Inglaterra, la «Pérfida Albión», para recabar fondos para su no poca ambiciosa Obra.

El juramento de los soldados de Dios

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso y recogido, Loyola y sus seis acólitos juraron en Montmartre «Servir a nuestro señor, dejando todas las cosas del mundo»; fundaban así la Sociedad de Jesús, y decidían ponerse a las órdenes del Papa cual «soldados de Dios». El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de san Pedro en el trono pontificio, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia mística: una visión al parecer trinitaria en la que «el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’».

Paulo III

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis, que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, con la intención de que creasen escuelas y seminarios. En 1548 por fin se imprimieron sus Ejercicios Espirituales, lo que le valió al antiguo soldado ser llevado ante la Inquisición, aunque fue rápidamente liberado.

Altar con los restos de Loyola (Roma)

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa. A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando obligada a responde de sus actos únicamente ante el pontífice y el superior de la Orden, hoy conocido como el «Papa Negro». Nacía así una de las órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!

Los jesuitas. Una historia de los «soldados de Dios» (Debate)

En este ensayo que ha visto recientemente la luz de la mano de la Editorial Debate, el inglés Jonathan Wright, doctor en Historia por la Universidad de Oxford y especialista en historia de los movimientos religiosos, aborda el importante y controvertido papel de la Orden ignaciana en el mundo moderno y contemporáneo, desde su fundación por Ignacio de Loyola (fue reconocida como Orden en 1540 y desde entonces no paró de crecer), su tradición erudita –muchos de sus hombres fueron preceptores de reyes y príncipes– y su labor combativa: de la conquista y evangelización del Nuevo Mundo a la Teología de la Liberación que fue investigada por el papa Juan Pablo II. También se adentra en su infatigable determinación a la hora de abordar misiones en territorios poco conocidos, como su epopeya en Japón (donde serían torturados y ejecutados varios jesuitas) y otros países del continente asiático, a las peligrosas travesías por el Mississippi o el Amazonas que convirtió a los «soldados de Dios» en temerarios aventureros con el crucifijo en ristre.

Los miembros de la Compañía eran hombres de vasto saber, pedagogos y científicos (físicos, químicos y matemáticos), y contaron entre sus filas con eruditos de la talla de Athanasius Kircher. Estaban presentes en las universidades de todo el mundo, muchas de ellas edificadas gracias a su intermediación, y fueron escribanos en las lejanas cortes, incluso, de los emperadores chinos. Llegaron al siglo XXI como un referente universal gracias a su fortaleza ideológica, a su presencia en terribles conflictos y al conocimiento profundo de las interioridades del Vaticano, y eso que estuvieron a punto de desaparecer en el siglo XVIII precisamente por causa del propio vicario de Cristo.

Hoy, en el trono de San Pedro se sienta un jesuita. Un vibrante ensayo, de profusa documentación y hábil y fluida prosa que conduce al lector por la leyenda y la realidad, las tramas secretas (desde los espías enviados por el Vaticano a la Inglaterra de Isabel I para defender la causa de María Estuardo hasta las acusaciones que se vertieron contra ellos acusados de querer derrocar gobiernos como lo serían también los masones) y las gestas de estos «intrépidos aventureros de la historia cultural, política y espiritual del mundo moderno» en palabras del propio Wright.

Tempestad en el tiempo de las luces (Cátedra)

Y si en este post hablábamos del fundador de la Compañía y de cómo la misma alcanzó una expansión y un poder sin precedentes, a través de un completo ensayo de reciente aparición conoceremos el momento en el que la organización estuvo a punto de desaparecer y fue prohibida (y sus miembros perseguidos) en varios países, entre ellos España. Se trata de Tempestad en el tiempo de las Luces. La extinción de la Compañía de Jesús, publicado por Cátedra, del doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid Enrique Giménez López, desde 1988 Catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Alicante.

El libro, a través de numerosas fuentes, algunas inéditas hasta hoy, analiza el proceso que condujo a que el papa Clemente XIV se plegase a publicar el Breve Dominus ac Redemptor el 21 de julio de 1773, que extinguió canónicamente a la Compañía, y sus consecuencias posteriores, donde se vieron implicados los monarcas de España, Francia, Portugal, Nápoles y Prusia, y las emperatrices de Austria y Rusia. Un complejo escenario internacional en cuyo trasfondo se dirimían las relaciones entre la Iglesia de Roma y los Estados Europeos. Y es que ningún otro acontecimiento del siglo XVIII, salvo la Revolución Francesa –decisiva para el fin del Antiguo Régimen–, conmovió tanto a europeos y americanos como el fin de la Compañía fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola.

Acabar con el jesuitismo, y no solo con los jesuitas, fue una labor a la que se entregaron con ahínco no solo las potencias católicas, sino obispos y muchas órdenes religiosas (que sentían envidia de la influencia ejercida por la Compañía en la vida política, en la cultura, en la educación de las élites y en las misiones del Nuevo Mundo y Asia, y pretendían «sacar tajada» del nuevo escenario). Sin embargo, la organización fue capaz de mantenerse viva en Prusia y Rusia, cuyos monarcas, al no ser católicos, no aceptaron el Breve papal de extinción.

Pío VII

Esta supervivencia se haría más patente con el estallido de la Revolución Francesa que acabó dando verosimilitud a las hasta entonces teorías conspirativas que asociaban la desaparición de la Orden jesuítica con la crisis del Antiguo Régimen. Tras la derrota de Napoleón, la Compañía fue restaurada por Pío VII en 1814 como arma ideológica a disposición del trono y el altar, y su influencia sigue siendo en la actualidad tan grande que el mismo pontífice romano, el papa Francisco, pertenecía a la misma antes de ser elegido por el «Espíritu Santo» para comandar la Santa Sede.

Malleus Maleficarum: el libro más peligroso de la historia (II)

La obsesión de la iglesia por erradicar los cultos paganos de brujas y hechiceros, a los que consideraba enemigos mortales de Dios, necesitaba dotarse de un texto que convirtiese en oficial el procedimiento a seguir para la lucha contra el Maligno. En este contexto apareció un libro que ha sido descrito en numerosas ocasiones como «el más funesto de la historia literaria». Con motivo de la publicación de Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate), recordamos el origen de este pérfido volumen.

Por Óscar Herradón ©

Aunque se considera a Jacob Sprenger coautor del «Martillo», lo cierto es que este dominico, profesor de Teología en la Universidad de Colonia e inquisidor de Renania desde 1470, se había distanciado bastante de la postura de Institor cuando éste se decidió a escribirlo y colaboró en su redacción de forma más bien secundaria. El fraile gozaba de una renombrada reputación e incluir su nombre en el frontispicio del libro era la mejor opción para asegurar su éxito. El maquiavélico Krämer no solo se valió de esta artimaña; a la hora de enviar el texto a la imprenta se encontró con otro problema: debía obtener la licencia de la Universidad de Colonia para poder imprimir y distribuir su obra, algo nada sencillo en un tiempo de pasión censoria y pánico herético. Solamente si dicha institución emitía un dictamen favorable, Institor se saldría con la suya.

La universidad no le negó la autorización al dominico, pero sus anotaciones sobre la obra fueron despectivas: sus métodos y su lenguaje apocalíptico no obtuvieron el visto bueno de muchos de sus teólogos. Sin su aprobación, la obra estaba condenada al fracaso, ya que ponía sobre aviso a los lectores de su pernicioso contenido. Sin embargo, no iba a claudicar. Para no sepultar sus expectativas de fama y gloria, Krämer falsificó el acta de los teólogos de Colonia a través de la ayuda prestada por el notario Arnold Kolich van Euskirchen. El escribano extendió un documento notarial fechado en el mes de mayo de 1487, firmado por nada menos que siete profesores de Teología de dicha universidad que aprobaban con entusiasmo el contenido del «Martillo»,  alabando a su vez la labor del inquisidor dominico. Puestos a falsificar, mejor hacerlo a lo grande.

Dicho documento fue incluido a modo de apéndice en el Malleus, aunque Institor se mostró prudente a la hora de publicarlo en Colonia, única ciudad donde no se incluyó el acta notarial para no levantar sospechas. Su éxito, insisto, fue enorme, mucho mayor del que el propio autor esperaba. Es extraño comprender cómo un libro, descrito como uno de los documentos más aterradores de la historia humana, pudo gozar de tal prestigio y admiración en países tan importantes como Alemania o Francia, cuando en España, supuestamente menos avanzada en diversos campos del saber de la época y donde siempre se nos ha acusado de fanáticos religiosos, fue considerado, y con razón, la obra de un loco. Lo más notable es que no solo la Iglesia católica, a instancias de Roma, siguió a rajatabla los designios marcados por el manual maldito; también –y principalmente– los protestantes, enfrentados constantemente a los católicos por las cuestiones más diversas, convirtieron el Malleus en libro de cabecera de jueces tanto religiosos como civiles.

A martillazos contra los embates del mal

Y es que la obsesión por el demonio, las brujas, los nigromantes y, en suma, por cualquier practicante de las ciencias ocultas fue moneda de cambio habitual desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII. Apenas un siglo después de la primera aparición del Martillo de Brujos, los protestantes alemanes alabaron las nuevas ediciones de la obra publicadas en Frankfurt por el escritor y jurista Fischart. El miedo al maligno era patente en cualquier rincón del «mundo civilizado». El propio Lutero, impulsor de la Reforma y máximo azote de la Santa Sede, decía ser visitado en numerosas ocasiones por el Príncipe de las Tinieblas, quien pretendía tentarle, como a Cristo, con los más insospechados ardides. Un hombre de su talla y  cultura, capaz de desafiar al mismísimo vicario de Cristo, justificaba la persecución de brujas y hechiceros sin reservas.

Muchos eruditos contemporáneos a Lutero o posteriores a él apoyaron, en detrimento de su ingente sabiduría, la salvaje cruzada contra las «hordas del mal». Aunque no fueron todos. Algunos hombres de letras vislumbraron las atrocidades que generaría la adopción de una política de persecución y caza de brujas. Las voces en contra fueron, no obstante, pocas, pues todo aquél que se atrevía a cuestionar la eficacia de la pena de muerte solía correr la misma suerte que el reo, o algo peor.

La intención del Malleus fue, para Institor y Sprenger, poner en práctica la orden que emanaba directamente de las Sagradas Escrituras de perseguir la magia, en concreto del Éxodo (22, 17), que sentenciaba: «A la hechicera no dejarás con vida». Pocas «hechiceras» lograron sobrevivir a esta brujomanía, en general tampoco mujer alguna sospechosa de cualquier ínfimo delito, cualquier joven bonita que desafiara con sus encantos la pulcra moral de los varones, pues aunque fueron ejecutados hombres, serían los menos: los jueces de la ley eran varones (que además, en el ámbito católico, habían hecho voto de castidad) y las principales víctimas mujeres, en las que volcaron toda su frustración y superchería.

Aunque la originalidad del «Martillo» era más bien poca, copia y síntesis de manuscritos anteriores, lo cierto es que destacó por su novedad en un curioso aspecto: atacaba a la mujer de forma directa y brutal. A pesar de la llamada de atención de la Bula Bruja refiriéndose a la brujería en ambos sexos, los hermanos dominicos alemanes centraron sus iras en el femenino, quizá desconocedores o temerosos de unos seres de los que les alejaba el celibato. En uno de los capítulos del texto, bajo el título de «¿Qué tipo de mujeres son supersticiosas y brujas antes que ninguna otra?», los dominicos dan muestras de una misoginia sin precedentes; la mujer es, para ellos, la concubina del diablo, un ser maligno y despreciable por naturaleza, por lo que fue la carne de mujeres inocentes la que alimentó en mayor medida las hogueras. No es de extrañar que hoy algunos sectores feministas se refieran a la caza de brujas como «el primer gran feminicidio de la historia».

Recientemente el Parlament de Cataluña, en una decisión algo controvertida –principalmente por la lejanía de los hechos, y según la oposición, por no centrarse en los problemas reales que acechan hoy a la ciudadanía–, aprobaba la propuesta de resolución de ERC, JXC, la CUP y En Comú Podem para reparar y restituir la memoria de las mujeres acusadas de brujería, más de 800 mujeres que entre el siglo XV y XVII fueron acusadas, torturadas y condenadas a morir víctimas de una «persecución misógina», y añadían que es necesaria una reparación ante el que fue uno de los feminicidios menos estudiados y que «sigue conectado con la sociedad actual», que según estos grupos «persigue y señala a las mujeres que se salen de la norma». Por suerte en estos tiempos, y a pesar de los escalofriantes datos de la violencia de género, la mujer en países como España no se encuentra en el punto de mira de las instituciones (civiles o eclesiásticas) en este sentido. Otra cosa es hablar de países como Afganistán, Dubai o la cercana Marruecos, por poner solo tres ejemplos. Queda mucho que avanzar.

Una misoginia feroz

La descripción que realizan los autores del Martillo de la mujer bajo el epígrafe citado anteriormente habla por sí sola:

«…Tres vicios generales parecen tener un especial dominio sobre las mujeres malas, a saber, la infidelidad, la ambición y la lujuria. Por lo tanto, se inclinan más que otras a la brujería las que, más que otras, se entregan a estos vicios. Por los demás, ya que de los tres vicios el último es el que más predomina, siendo las mujeres insaciables, etc., se sigue que entre las mujeres ambiciosas resultan más profundamente infectadas quienes tienen un temperamento más ardoroso para satisfacer sus repugnantes apetitos; y esas son las adúlteras, las fornicadoras y las concubinas del Grande».

Y continúan ofreciendo, sin tapujos, información sobre la forma en que estas «depravadas mujeres» se entregaban al cultivo del mal:

«Ahora bien, como se dice en la Bula Papal –Summis desiderantes affectibus–, existen siete métodos por medio de los cuales infectan de brujería el acto venéreo y la concepción del útero. Primero, llevando las mentes de los hombres a una pasión desenfrenada; segundo, obstruyendo su fuerza de gestación; tercero, eliminando los miembros destinados a ese acto; cuarto, convirtiendo a los hombres en animales por medio de sus artes mágicas; quinto, destruyendo la fuerza de gestación de las mujeres; sexto, provocando el aborto; séptimo, ofreciendo a los niños a los demonios, aparte de otros animales y frutos de la tierra con los cuales operan muchos daños».

El «Martillo» constaba de tres partes claramente diferenciadas. En la primera, formada por diecisiete capítulos, los hermanos dotaban de cuerpo teórico, bajo el velo de la teología, la existencia de las brujas como una representación del diablo en la Tierra, realizando a su vez una llamada de atención a los gobernantes. Pretendían que éstos comprendiesen la brutalidad y monstruosidad que generaba la brujería, brutalidad que únicamente podría adscribirse a la actuación posterior de estos depravados «cazadores», puesto que nada de lo que se decía en los manuales sería nunca demostrado sino a través de falsos testimonios obtenidos bajo tortura. Dicha monstruosidad brujeril generalmente estaba unida, según los inquisidores, a la renuncia a la fe católica, la burla de Dios, la adoración del Diablo y el sacrificio de infantes no bautizados cuyo sebo serviría, supuestamente, a las despreciables brujas para realizar ungüentos con los que poder volar y reunirse en aquelarres y orgías sexuales sin parangón.

Canon Episcopi

Aquella depravación del hombre, más concretamente de la mujer –engañada por el demonio debido a su alma débil y su tendencia a la lascivia, afirmaban–, no podía seguir consintiéndose, y el ingenioso y pragmático Institor ofrecía las claves para acabar con dicha plaga. La creencia en la brujería era una obligación, al contrario que en tiempos pasados –en el Canon Episcopi se afirmaba rotundamente la falsedad de tales supercherías– y mostrarse escéptico era instantáneamente considerado como herejía: la Biblia daba por real la existencia de las brujas y los dominicos, en consecuencia, afirmaban en el «Martillo» que «cualquier hombre que cometa un grave yerro en la exposición de las Sagradas Escrituras será justamente considerado hereje». No había lugar para voces disidentes.

Este post tendrá una nueva y última entrega.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Llevo una buena cantidad de años sumergiéndome en todo tipo de literatura relacionada con la brujería, la Inquisición y el ocultismo, pasión que comenzó con la llegada a la redacción de mi añorada revista Enigmas hace la friolera de casi 20 años. Así que cuando se publica un nuevo título centrado en el tema suelo estar atento y no tardar en hincarle el diente, y aunque abundan los textos superficiales o «corta-pega» en este mundo de edición a veces sin control física y digital, lo cierto es que algunos trabajos sorprenden por su meticulosidad y buen hacer.

Es el caso del ensayo Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna, que acaba de lanzar la editorial Debate, uno de los paladines de la divulgación histórica en nuestro país, de la autora Adela Muñoz Páez que, curiosamente, no es ni antropóloga ni historiadora, ni siquiera periodista, sino catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla, eso sí, responsable de exitosos libros de divulgación como Historia del Veneno (2012), Sabias (2017) y Marie Curie (2020), todos ellos publicados en Debate.

Muñoz Páez explora el proceso por el que a comienzos de la Edad Moderna, en el Viejo Continente hoy asolado por nuevas e incomprensibles guerras, se persiguió a centenares de miles de personas, la mayoría mujeres, y se asesinó, que quede constancia documental, a unas 60.000, en el marco de una sociedad patriarcal y temerosa de Dios, profundamente machista, en la que la Iglesia católica (y también la protestante, en cuyo seno se produjo una persecución mucho más virulenta y sanguinaria, mal que le pese a la leyenda negra) decidiría el rumbo a seguir de toda la sociedad, de reyes a labradores.

Salazar y Frías

Una institución gobernada por hombres profundamente misógina y que convirtió a la mujer en el chivo expiatorio de todos los males, los del «averno» incluidos. Un libro, además, que desmonta mitos, como que España fue una de las naciones más intolerantes en este punto (fruto nuevamente de la leyenda negra, lo que no exime a nuestro país de ser uno de los principales azotes de protestantes y judaizantes), que las penas más crueles las impuso la Iglesia (no fue así, sino los tribunales civiles) o que la Inquisición fue el principal brazo ejecutor de la caza, pues, curiosamente, se erigió en uno de sus principales opositores (no en vano, fue precisamente el inquisidor burgalés Alonso de Salazar y Frías, que se incorporó al tribunal que juzgó el caso de las brujas de Zugarramurdi cuando ya se habían impuesto la mayoría de penas, el responsable de echar el freno a la Caza de Brujas en nuestro país).

Un completo recorrido por la brujería en la historia moderna que a pesar de su título no se circunscribe únicamente al continente europeo y también se ocupa de casos trasatlánticos como el de Salem, que tiene algunos puntos en común con el de Zugarramurdi (ficciones, presiones eclesiásticas, envidias, teriantropía…) aunque tuvo lugar casi 100 años después y a miles de kilómetros de los frondosos bosques navarros.

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VIENEN DE NOCHE

La filóloga (estudió Filología Germánica en Barcelona) y etnobotánica Julia Carreras Tort acaba de publicar un libro con uno de los títulos más originales del año: Vienen de noche. Estudio sobre las brujas y la otredad. Lo hace en Ediciones Luciérnaga, sello de Planeta al que tengo mucho cariño y con el que publiqué dos libros (Espías de Hitler y Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial), con un catálogo de vértigo sobre el misterio y lo insólito. En un elogiable trabajo de campo, la autora sigue el rastro de aquellas mujeres perseguidas con inquina durante siglos en un delirio misógino y supercheril que convirtió la brujomanía en la gran histeria de tiempos pasados: todo era culpa del diablo y de las mujeres, sus concubinas.

Además de trabajar en el Ecomuseu de les Valls d’Àneu, en Lleida, una casa típica palleresa que mantiene su estructura original y muestra al visitante la vida familiar y el espacio doméstico en los valles pirenaicos durante la primera mitad del siglo XX, Tort tiene una web (occvlta.org), donde muestra sus investigaciones (algunas de las cuales engrosan las páginas de este libro), vende recetas e imparte curso online sobre tradición. En el citado museo, realiza talleres y diferentes recorridos por el campo sobre brujas y plantas protectoras del Pirineo, remedios populares y mágicos que ha rescatado del olvido tras una ingente investigación y exploración de los espacios naturales, así como entrevistas a los lugareños de mayor edad que aún pueblan las montañas.

Nada mejor que las palabras de la propia autora para describir el contenido de este sugerente ensayo:

«La bruja habita dentro y fuera de nosotros, vagando en senderos olvidados, aguardando en territorios familiares y en la oscuridad de la habitación que es nuestra mente. Las brujas han habitado en las sombras de la noche mucho antes de que decidiéramos cazarlas, se han presentado ante la humanidad bajo múltiples máscaras, deformadas e instrumentalizadas por el poder. Pero entre todas ellas, hay una máscara que jamás desaparece, aquella que personifica nuestros miedos más primitivos, y que, al mismo tiempo, nos atrae.  Al reencontrar su origen primordial y remoto, la bruja se erige como una entidad nocturna que alberga en la Otredad, la oposición más absoluta y necesaria a todo lo que tenemos por cierto o lógico. Al retirar sus máscaras, al buscar entre las sombras de la historia y en los confines olvidados de nuestro territorio, quizás podamos redescubrir partes ocultas e ignoradas de nosotros mismos».

Por lo tanto, además de un recorrido antropológico por la historia brujeril, por el pasado y los mitos, el libro es una suerte de viaje iniciático en el que nosotros mismos quizá redescubramos facetas desconocidas de nuestros ancestros, un vínculo cuasi olvidado con la naturaleza y las fuerzas elementales que el vertiginoso mundo moderno nos ha obligado a sepultar. ¿Seremos acaso todos nosotros/as brujos/as?

He aquí el enlace para adquirir este título:

https://www.planetadelibros.com/libro-vienen-de-noche/348480