El «soldado de Dios» que fundó la Compañía de Jesús

El pasado año 2021 la Compañía de Jesús conmemoraba el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, su fundador, un personaje histórico fascinante cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma (muchos de sus miembros serían espías en cortes protestantes), pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Por Óscar Herradón ©

El 13 de marzo de 2013, hace ya casi una década, el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en el último pontífice de la Santa Sede con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejó entonces de azotar al Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, todos ellos vendavales de tiempos recientes, venían a sumarse las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como «el Papa Negro», organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y de su anuncio público con la ansiada fumata blanca y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo Papa con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó presto que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes, azuzado en parte por un sector tradicional de la Iglesia que no miraba al jesuitismo precisamente con buenos ojos, una enemistad que se remonta siglos atrás. Y el hecho de que el pontífice hiciese declaraciones como la que sigue no hizo sino echar más leña al fuego: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», recordaba a las palabras de Juan Pablo I y a muchos les venía a la mente su trágico final…

Origen, historia y leyenda de la Compañía

La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial al que acudiría el mismísimo Heinrich Himmler durante una visita a España en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida al Todopoderoso y a la predicación. Fue a partir de ese momento –dijo– cuando sufrió diversas visiones de tipo aparentemente celestial. Con dicho hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de una constante meditación y un estricto ayuno. Tras dicha experiencia eremítica (común a otros hombres de su siglo como Benito Arias Montano, místico y bibliotecario de Felipe II en el monasterio de El Escorial), nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica.

Loyola durante su convalecencia
Iglesia de Jesús (Roma)

Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprendería latín y se inscribió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de ilustres del Siglo de Oro como Cervantes. Posteriormente se trasladó a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjeará problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado por un periodo de varios días. Una vez libre, viajaría a París, en cuya universidad estudiará siete años, y donde se rodeó de seis seguidores. Entonces ya tenía claro cuál era su proyecto vital y se mudó a Flandes y más tarde a Inglaterra, la «Pérfida Albión», para recabar fondos para su no poca ambiciosa Obra.

El juramento de los soldados de Dios

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso y recogido, Loyola y sus seis acólitos juraron en Montmartre «Servir a nuestro señor, dejando todas las cosas del mundo»; fundaban así la Sociedad de Jesús, y decidían ponerse a las órdenes del Papa cual «soldados de Dios». El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de san Pedro en el trono pontificio, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia mística: una visión al parecer trinitaria en la que «el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’».

Paulo III

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis, que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, con la intención de que creasen escuelas y seminarios. En 1548 por fin se imprimieron sus Ejercicios Espirituales, lo que le valió al antiguo soldado ser llevado ante la Inquisición, aunque fue rápidamente liberado.

Altar con los restos de Loyola (Roma)

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa. A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando obligada a responde de sus actos únicamente ante el pontífice y el superior de la Orden, hoy conocido como el «Papa Negro». Nacía así una de las órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!

Los jesuitas. Una historia de los «soldados de Dios» (Debate)

En este ensayo que ha visto recientemente la luz de la mano de la Editorial Debate, el inglés Jonathan Wright, doctor en Historia por la Universidad de Oxford y especialista en historia de los movimientos religiosos, aborda el importante y controvertido papel de la Orden ignaciana en el mundo moderno y contemporáneo, desde su fundación por Ignacio de Loyola (fue reconocida como Orden en 1540 y desde entonces no paró de crecer), su tradición erudita –muchos de sus hombres fueron preceptores de reyes y príncipes– y su labor combativa: de la conquista y evangelización del Nuevo Mundo a la Teología de la Liberación que fue investigada por el papa Juan Pablo II. También se adentra en su infatigable determinación a la hora de abordar misiones en territorios poco conocidos, como su epopeya en Japón (donde serían torturados y ejecutados varios jesuitas) y otros países del continente asiático, a las peligrosas travesías por el Mississippi o el Amazonas que convirtió a los «soldados de Dios» en temerarios aventureros con el crucifijo en ristre.

Los miembros de la Compañía eran hombres de vasto saber, pedagogos y científicos (físicos, químicos y matemáticos), y contaron entre sus filas con eruditos de la talla de Athanasius Kircher. Estaban presentes en las universidades de todo el mundo, muchas de ellas edificadas gracias a su intermediación, y fueron escribanos en las lejanas cortes, incluso, de los emperadores chinos. Llegaron al siglo XXI como un referente universal gracias a su fortaleza ideológica, a su presencia en terribles conflictos y al conocimiento profundo de las interioridades del Vaticano, y eso que estuvieron a punto de desaparecer en el siglo XVIII precisamente por causa del propio vicario de Cristo.

Hoy, en el trono de San Pedro se sienta un jesuita. Un vibrante ensayo, de profusa documentación y hábil y fluida prosa que conduce al lector por la leyenda y la realidad, las tramas secretas (desde los espías enviados por el Vaticano a la Inglaterra de Isabel I para defender la causa de María Estuardo hasta las acusaciones que se vertieron contra ellos acusados de querer derrocar gobiernos como lo serían también los masones) y las gestas de estos «intrépidos aventureros de la historia cultural, política y espiritual del mundo moderno» en palabras del propio Wright.

Tempestad en el tiempo de las luces (Cátedra)

Y si en este post hablábamos del fundador de la Compañía y de cómo la misma alcanzó una expansión y un poder sin precedentes, a través de un completo ensayo de reciente aparición conoceremos el momento en el que la organización estuvo a punto de desaparecer y fue prohibida (y sus miembros perseguidos) en varios países, entre ellos España. Se trata de Tempestad en el tiempo de las Luces. La extinción de la Compañía de Jesús, publicado por Cátedra, del doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid Enrique Giménez López, desde 1988 Catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Alicante.

El libro, a través de numerosas fuentes, algunas inéditas hasta hoy, analiza el proceso que condujo a que el papa Clemente XIV se plegase a publicar el Breve Dominus ac Redemptor el 21 de julio de 1773, que extinguió canónicamente a la Compañía, y sus consecuencias posteriores, donde se vieron implicados los monarcas de España, Francia, Portugal, Nápoles y Prusia, y las emperatrices de Austria y Rusia. Un complejo escenario internacional en cuyo trasfondo se dirimían las relaciones entre la Iglesia de Roma y los Estados Europeos. Y es que ningún otro acontecimiento del siglo XVIII, salvo la Revolución Francesa –decisiva para el fin del Antiguo Régimen–, conmovió tanto a europeos y americanos como el fin de la Compañía fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola.

Acabar con el jesuitismo, y no solo con los jesuitas, fue una labor a la que se entregaron con ahínco no solo las potencias católicas, sino obispos y muchas órdenes religiosas (que sentían envidia de la influencia ejercida por la Compañía en la vida política, en la cultura, en la educación de las élites y en las misiones del Nuevo Mundo y Asia, y pretendían «sacar tajada» del nuevo escenario). Sin embargo, la organización fue capaz de mantenerse viva en Prusia y Rusia, cuyos monarcas, al no ser católicos, no aceptaron el Breve papal de extinción.

Pío VII

Esta supervivencia se haría más patente con el estallido de la Revolución Francesa que acabó dando verosimilitud a las hasta entonces teorías conspirativas que asociaban la desaparición de la Orden jesuítica con la crisis del Antiguo Régimen. Tras la derrota de Napoleón, la Compañía fue restaurada por Pío VII en 1814 como arma ideológica a disposición del trono y el altar, y su influencia sigue siendo en la actualidad tan grande que el mismo pontífice romano, el papa Francisco, pertenecía a la misma antes de ser elegido por el «Espíritu Santo» para comandar la Santa Sede.

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