Urraca. Una reina en el trono de un rey

Urraca I de León desafió a su tiempo, la España a caballo entre los siglos XI y XII,  siendo la primera reina por derecho propio de nuestra historia y de la Europa medieval. Ahora, Desperta Ferro publica la que probablemente sea su biografía definitiva.

Óscar Herradón ©

Alfonso VI.

El personaje que protagoniza este post, y del que el pasado 8 de marzo de 2026 se  cumplieron 900 años de su muerte, ahí es nada, fue la primera reina de pleno derecho en la historia de España (no consorte) y también de la vieja Europa. Urraca Alfónsez (1081-1126) era hija de Alfonso VI (llamado «el Bravo») y de la noble francesa Constanza de Borgoña. Puesto que no tenían hijos varones, fue educada desde su niñez para gobernar León (fundado en 910, cuando los príncipes cristianos del reino de Asturias trasladaron hasta esa ciudad la capitalidad, entonces en Oviedo), que, a diferencia de lo que ocurría por aquel entonces en la mayor parte de la Europa de la Plena Edad Media, no prohibía a las mujeres ejercer la potestad real.

Raimundo.

Cuando alcanzó la pubertad, con apenas 10 años, la infanta Urraca fue desposada con un hombre mucho mayor, el conde Raimundo de Borgoña, a la sazón su primo, pues era sobrino de Constanza, siendo nombrados condes de Galicia tras el enlace, un matrimonio que parece fue bien avenido y del que nacieron dos hijos legítimos: Sancha Raimúndez, en 1095, y Alfonso, en 1105. Sin embargo, Urraca se quedó viuda el 20 de septiembre de 1107.

Campo de Uclés.

Su padre, Alfonso, que no había tenido más que niñas en sus matrimonios y relaciones anteriores (Elvira y Teresa con Jimena Muñoz, a la que describe su coetáneo el obispo Pelayo de Oviedo como «concubina nobilíssima», y con su esposa Constanza a Urraca) sí había engendrado un hijo barón con su nueva amante, la concubina Zaida, una princesa mora, hija del emir de Denia (más tarde bautizada con el nombre de Isabel tras su conversión al cristianismo), que en 1091 había llegado a los Palacios de Galiana en Toledo; el nombre del varón era el infante Sancho Alfónsez, nacido hacia 1903, y estaba llamado a ostentar algún día el cetro castellanoleonés. Sin embargo, el joven moría a los 14 años de edad en la Batalla de Uclés, el 30 de mayo de 1108, en la que las fuerzas almorávides acabaron a golpe de cimitarra –la jineta andalusí aún no había sido forjada– con la flor y nata de la nobleza castellana.

La primera reina hispana

Alfonso el Batallador.

Tras ello, el rey Alfonso se sumió en una gran tristeza y no tardaría en morir, el 1 de julio de 1109. Antes de fenecer, y en vistas de que solo le quedaban hijas, Teresa y nuestra protagonista, llamó a Urraca y la conminó a ser su sucesora. Como condición, para poder proteger sus dominios y arraigarse en el cargo, insisto, la primera vez en nuestra historia que una mujer iba a reinar con todas las garantías y potestades, arregló todo para el casamiento de la viuda con Alfonso I de Aragón y Pamplona, que ostentaba el sobrenombre de «el Batallador» precisamente porque era un aguerrido guerrero y hábil estratega en tiempos de la Reconquista, quien al parecer aceptó el matrimonio con Urraca con el principal objetivo de arrebatarle el reino de León. Las conjuras y luchas por el poder, siempre activas en cualquier siglo, estaban más que presentes en los distintos reinos medievales y el agitado siglo XII, en lucha constante contra los reinos de Taifas (hasta 20 distintos, y en cierto momento de su historia, hasta 39 pequeñas «facciones»), no contribuía precisamente a apaciguar la escena.

Urraca I de León.

Fue un matrimonio difícil y conflictivo, en el que hubo grandes riñas entre ambos e incluso episodios claros de malos tratos (en una ocasión, Alfonso llegó a encerrar a su esposa en el castillo de El Castellar, en Aragón, debido a una conspiración en la que Urraca había ordenado a los tenentes de las fortalezas en los reinos de León y Castilla que no obedecieran las órdenes de su marido; e incluso hay constancia de que la golpeó físicamente); y, si hemos de hacer caso a las crónicas –y no tenemos por qué no hacerlo–, de episodios de fogosas reconciliaciones que no tardaban en volver a quebrarse, hasta el punto de que los ejércitos de ambos cónyuges llegaron a enfrentarse abiertamente en el campo de batalla.

Alfonso VII de León.

En las capitulaciones matrimoniales se estableció, siguiendo las aspiraciones del Batallador, que el aragonés actuaría como rey de castilla, de lo que derivaría uno de los grandes conflictos de la España cristiana medieval: mientras Alfonso deseaba ejercer, con toda su autoridad, el control del reino castellanoleonés, numerosos nobles gallegos se revelarían a favor de los derechos sucesorios del hijo varón de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII de León, lo que provocó una incursión de Alfonso, que vencerá a la nobleza gallega en el castillo de Monterroso.

Firma de Alfonso I de Aragón.

A ello se sumarán las continuas desavenencias políticas y personales entre ambos cónyuges, en parte por las fuertes personalidades de uno y otro; una suerte de guerra civil entre los partidarios de Urraca y los derechos sucesorios de su hijo (que, no obstante, no apoyaría en un principio la propia reina, pues pretendía gobernar mientras pudiera), y los de Alfonso el Batallador, salpicada de traiciones, conjuras, cambios de bando de importantes personajes de la corte y hechos dignos de una novela de caballería, pero escrupulosamente reales, con base historiográfica.

Urraca. Litografía del siglo XIX.

Finalmente, algunos miembros de la Iglesia partidarios de las aspiraciones de Alfonso Raimúndez presionarán al papa para que anulase el matrimonio so pretexto de consanguinidad, anulación que se hará efectiva en 1110 por parte del arzobispo de Toledo, Bernardo, en Sahagún de Campos (León), y debido a que en un primer momento los cónyuges, inmersos en esa suerte de relación de amor-odio, no cumplen con la separación, el propio pontífice llegaría a excomulgar a ambos monarcas, la leonesa y el aragonés, algo con importantes consecuencias en tiempos medievales, como hemos visto en relación a otros personajes históricos como Federico Barbarroja o su nieto Federico II de Hohenstaufen en otras entradas del Pandemónium.

Sancho III el Mayor.

Para más inri, Alfonso y Urraca estaban emparentados en línea directa (los dos eran biznietos de Sancho el Mayor), por lo que a punto estuvo de que el papa invalidase su enlace, cosa que finalmente no sucedió. Tras cinco tortuosos años de relación, en los que se hizo célebre la frase, atribuida a la reina (y quién sabe si apócrifa) de «el rey soy yo», usada cuando se cuestionaban sus exigencias frente a su cónyuge, finalmente, debido a las diferencias con su esposa, que esta no le había dado un heredero y la predilección castellanoleonesa por su hijastro Alfonso Raimúndez, sabedor de que la unificación por vía matrimonial de los reinos de Castilla y León y Aragón no se haría efectiva, Alfonso el Batallador repudió a la reina Urraca, centrándose en sus conquistas contra los almorávides, aunque no abandonaría por completo su pugna por obtener el cetro castellano.

Propaganda misógina contra una reina

Urraca I de León, por José María Rodríguez de Losada (1892-1894).

El reinado de Urraca I de León sería de gran importancia para la España medieval y símbolo del poder femenino frente a la opresión masculina en un tiempo profundamente patriarcal. Urraca fue ejemplo de mujer tenaz y fuerte, de gran coraje, que mostró una gran resiliencia cuando todo estaba en su contra. De hecho, fue objeto de forma implacable de la despiadada misoginia de los cronistas de su tiempo, muchos de ellos clérigos, que harían pasar a la soberana a la posteridad con el sobrenombre de «la Temeraria», ensombrecido su reinado por los de su padre, Alfonso VI, «el de la feliz memoria», y el de su hijo y sucesor, Alfonso VII de León, intitulado «Emperador» de España, un singular título que ya había ostentado su abuelo y con el que no todos los soberanos medievales de su tiempo estaban de acuerdo (retomando la vieja idea imperial de Alfonso III y de su abuelo, el 26 e mayo de 1135 fue coronado Imperator totius Hispaniae –emperador de Hispania– en la catedral de León); cuando en realidad, en los dieciséis años que reinó, Urraca lo hizo la mayoría de las veces con templanza y ánimo de reconciliación, perdonando en ocasiones a aquellos que se habían levantado contra ella, como sucedió durante una revuelta de la burguesía en Santiago de Compostela (que se oponía a las medidas tomadas por el obispo Diego Gelmírez, que gobernaba en alianza con el conde Pedro Fróilaz de Traba), donde la reina a punto estuvo de ser linchada por la turba, que la dejó medio desnuda tras rasgar sus vestiduras, la apaleó e incluso le arrancó varios dientes y muelas de una pedrada en pleno rostro, y la soberana acabó perdonando a los cabecillas, lo que dice mucho de su altura moral cuando cualquier otro los habría mandado colgar.

Urraca I de León (1892).

No obstante, a mil años vista, y con tanta publicidad en su contra (cronistas de su propio siglo y del siguiente, el XIII, la tildaron de mujer débil, caprichosa y voluble que gobernó «tiránica y mujerilmente»), está claro que muchos aspectos de su vida y reinado quedarán ensombrecidos por la duda y la falta de datos fidedignos, aunque gracias a la labor de los historiadores actuales quizá se pueda aportar algo de luz a su periplo vital. La vida y el reinado de Urraca I de León, al menos los que conocemos con certeza, son tan complejos como apasionante y por supuesto no pueden resumirse en la brevedad de un humilde post, por lo que lo mejor para adentrarse en su multifacética figura y su tiempo es sumergirse en las magnéticas y muy documentadas páginas del ensayo que le dedica la doctora en Historia por la Universidad de Salamanca y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universidad de Barcelona, Sonia Vidal Fernández, y que acaba de publicar, con excelente acogida, la editorial Desperta Ferro, cuya labor divulgativa de la historia la convierte en habitual en las entradas del Pandemónium: Urraca. Una reina en el trono de un rey.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Busto de la reina castellana en León.

El siglo XII era un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. Tras su matrimonio impuesto con Alfonso de Aragón, que la sometía nuevamente a una tutela masculina y limitaba su poder, la soberana, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar hábilmente. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior sobre su figura.

A pesar de la propaganda en su contra, Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o incluso tomar las armas cuando fue necesario. Una mujer de armas tomar y gran altura política que debe ser dignamente reconocida a 900 años de su muerte.

La represión del Duque de Alba en Flandes

La revuelta en los Países Bajos por parte de los protestantes durante el reinado de Felipe II propició la represión hispánica comandada por el duque de Alba. Artífice del llamado «Tribunal de los Tumultos», sus acciones en Flandes serían el desencadenante de la llamada Leyenda Negra. Ahora, un nuevo título publicado por la editorial Desperta Ferro aclara los orígenes, el desarrollo y las consecuencias de la rebelión en esta parte de la vieja Europa controlada por los Habsburgo: Es necesario castigo.

Óscar Herradón ©

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III Duque de Alba, fue uno de los mejores generales que tuvo la monarquía hispánica a lo largo del siglo XVI, el de los Austrias Mayores Carlos V y Felipe II y las mayores glorias del imperio español (con algunas notables sombras y derrotas, desde varias bancarrotas al Saco de Roma o la derrota de la Grande e Felicísima Armada). Que Alba fue implacable en la persecución de los enemigos de la Corona en los Países Bajos (o allá donde de terciara) es algo de lo que no cabe duda. Eran siglos de mosquete, tercios, «voto a Dios», Inquisición y lealtad al rey (esa que hoy es casi inexistente) y ningún mandatario o general del mundo, ya fuese católico o protestante, musulmán o hindú, se andaba con chiquitas.

No se puede juzgar la España de hace cuatro o cinco siglos según los valores (por otro lado, loables y necesarios) de los derechos humanos, el pacifismo o la tolerancia del siglo XX o lo que llevamos del XXI. Esos derechos existen, aunque muchas veces no se cumplen: mientras esto escribo la situación en la franja de Gaza es catastrófica, Ucrania sigue en guerra con Rusia, otros conflictos se mantienen aunque estén olvidados –Siria, Yemen, Afganistán…– y no hay que olvidar que el Holocausto, el Holodomor o el Genocidio armenio, entre otras múltiples salvajadas contra el género humano, tuvieron lugar el siglo pasado. No, el hombre no ha cambiado, si acaso para peor. Pero aunque no se cumplan, esos derechos humanos existen; no existían en el XVI.

Al grano: Alba no era un santo –ni creo que lo pretendiera–, por muy devoto que fuera, que cualquier Grande de España en tiempos de Contrarreforma era y debía serlo. Pero de ahí a que fuera un monstruo que, cual hombre del saco renacentista, venía por las noches a comerse a los hijos de los protestantes, va un trecho. Cosas de esa Leyenda Negra que tanto daño hizo y que en gran parte nació –y se expandió– en tiempos del duque, a través de figuras como Guillermo de Orange o el exsecretario de Felipe II Antonio Pérez. Un humilde servidor tampoco es un gran defensor de las grandezas continuadas del imperio ni un fervor partidario de la antagónica Leyenda Rosa que también tiende a edulcorar ciertas acciones. Ni todos fueron malos ni todos buenos ni eran tiempos de parlamentos, pactos, congresos ni senados.

No es cuestión aquí ni de divagar ni de contar la historia del Rey Prudente, sus generales o los múltiples aspectos que abarca la figura de Alba. Haremos una breve incursión en sus andanzas en los Países Bajos y aprovechamos para recomendar un libro que pone los puntos sobre las íes y nos aclara cómo fue realmente la campaña del español en tierras neerlandesas como gobernador de los Países Bajos. 

Grande de España

Arquetipo de la nobleza castellana, desde muy joven estuvo al servicio de los reyes españoles, primero de Carlos V y más tarde de Felipe II, durante cuyo reinado obtendría sus mayores hazañas y se gestarían también sus múltiples sombras. Sería un brillante militar, cortesano, diplomático y consejero. Luchó en Túnez frente a los otomanos y en la Jornada de Argel contra las fuerzas de Barbarroja. Investido como Caballero de la Orden del Toisón de Oro por Carlos V en 1546, ya cuando el emperador, acechado por su mala salud, pensaba abdicar en su primogénito, nombró a Alba mayordomo mayor del príncipe Felipe, convirtiéndose en mayordomo mayor del rey de España a la muerte del emperador y tras la consagración de Felipe II, cargo que mantendría hasta su fallecimiento en 1582.

Tras acompañar al Rey Prudente a Inglaterra para su enlace con María I Tudor (hija de Enrique VIII y la española Catalina de Aragón), fue nombrado Gobernador del Ducado de Milán y virrey de Nápoles, hasta que llegó 1566 y se produjo en los Países Bajos la llamada «Tormenta de Imágenes», entre los meses de agosto y octubre, cuando los protestantes calvinistas profanaron lugares de culto católico y destruyeron estatuas de iglesias y monasterios. Ante la gravedad del asunto, Felipe II envió al III Duque de Alba al mando de un poderoso ejército formado por 10.000 hombres desde Milán hacia Flandes.

Margarita

Una vez allí Alba sustituyó al frente de la jurisdicción civil a la hasta entonces gobernadora de los Países Bajos, Margarita de Parma (hija ilegítima de Carlos V con Johanna Maria van der Gheynst), que había tenido que administrar dicha zona en un momento realmente delicado en el ámbito económico y religioso –con numerosos complots por parte de la nobleza flamenca– que conduciría finalmente a los grandes disturbios citados.

¿Tumultos o derramamiento injustificado de sangre?

Al analizar la situación y comprobar in situ la rebeldía de gran parte de la nobleza local contra la monarquía hispánica y su apego a la causa protestante, se instauró con la aprobación del segundo Felipe, el 5 de septiembre de 1567, el llamado Tribunal de los Tumultos. El tribunal condenó a 8.957 personas entre 1567 y 1576, de las que serían ejecutadas 1.083, siendo desterradas 20. También se ordenó la confiscación de los bienes de los condenados.

Egmont

Entre los condenados a la pena capital estaban los nobles flamencos Lamoral de Egmont y Felipe de Montmorency –conde de Horn–, considerados aún hoy mártires y héroes en tierras neerlandesas. Considerados instigadores de las revueltas, fueron decapitados en Bruselas y sus cabezas expuestas durante tres horas como escarnio público. En España también sería detenido Floris de Montmorency, hermano menor del conde de Horn, que se hallaba en Madrid en calidad de diplomático negociando ante la corte una tregua. Condenado por el Tribunal de los Tumultos, el Duque de Alba envió su sentencia a la corte y Montmorency fue condenado a muerte en 1570. En lugar de ser enviado a Flandes para su ejecución, fue estrangulado en secreto (posiblemente por orden de Felipe II), aunque se dijo que había fallecido por enfermedad.

Montmorency

Aquella represión sembró un gran resentimiento en los Países Bajos gobernados por los Habsburgo, y los súbditos de la Corona española, desde los aristócratas al pueblo llano, bautizaron a Alba como «el Duque de Hierro», y a su tribunal lo rebautizaron como «el Tribunal de la Sangre», desencadenando gran parte de la Leyenda Negra sobre el reinado de Felipe II, la Contrarreforma, la Casa de Alba y todo lo que tuviera aroma hispánico y católico.

El duque de Alba devorando a un niño. Pura Leyenda Negra.
Tumba del III Duque de Alba

Aunque está muy extendida la idea de que el duque es una suerte de «coco» para los niños holandeses, lo cierto es que tal dato es pura leyenda que se basa en un grabado anónimo contemporáneo a los hechos en el que Álvarez de Toledo aparece devorando a un niño, con una bestia apocalíptica de tres cabezas de fondo. No creo que hoy los pequeños en los países bajos sepan quién fue el Duque de Alba, o este amenice sus festividades de Halloween, aunque sí es cierto que lo consideraron en su tiempo, debido a los estragos que causó entre la comunidad protestante, un «demonio con gorguera», una suerte de versión flamenca del hombre del saco que se aparecía a los niños que no dormían o se portaban mal.

Pío V

Cuentan polvorientas crónicas que los enemigos de España y del papa de Roma (entonces Pío V, artífice de la Santa Alianza, quien había concedido a Álvarez de Toledo la Rosa de Oro, el estoque y el capelo bendito a través del breve Solent Romani Pontifices el 26 de diciembre de 1566) huían despavoridos al grito de «¡Que viene el Duque de Alba!».

Guillermo de Orange

Como señala Àlex Claramunt en Es necesario castigo, recientemente editado por Desperta Ferro, Alba, que ya pasaba de los 60 años, «tuvo que bregar con burgomaestres y abades díscolos, con una población que observaba con temor a los soldados españoles veteranos llegados con el duque, y con las incursiones de los mendigos del mar, piratas empleados por Guillermo de Orange, el principal líder de los rebeldes huidos al extranjero. El descontento de la población ante las políticas defensivas y fiscales del duque de Alba se agravó por una serie de catástrofes naturales en forma de inundaciones y malas cosechas, y desembocó en 1572 en la revuelta masiva de Flandes desencadenada por la conquista de la ciudad holandesa de Briel el 1 de abril de aquel año por los mendigos del mar. La rebelión se extendió con rapidez de norte a sur de los Países Bajos y enfrentó a Alba al mayor desafío con el que se había topado hasta ese momento».

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

El citado ensayo de Desperta Ferro firmado por el periodista Àlex Claramunt Soto, director de la revista Desperta Ferro Historia Moderna (y autor de Los Tercios, libro con impresionantes fotografías de Jordi Bru), Es necesario castigo. El duque de Alba y la revuelta de Flandes.

En este documentado y vibrante libro Claramunt nos traslada al verdadero inicio de la Guerra de Flandes, una época en la que, aunque el duque logró derrotar a Guillermo de Orange en las provincias del sur, y aunque en una ardua campaña recuperó mucho del terreno perdido merced a la veteranía de los Tercios españoles, incluida la estratégica ciudad de Haarlem tras un épico asedio de ocho meses, el ejército real no logró imponerse a los rebeldes, que lograron asentar en las provincias de Holanda y Zelanda una administración política y militar que propició el surgimiento, unos años después, de las Provincias Unidas de los Países Bajos.

Emblemas místicos de las SS

Tras su llegada al poder en Alemania en 1933, tanto el Partido Nazi como las SS se apropiaron de viejos símbolos imperiales y militares alemanes y prusianos a los que dieron un nuevo significado para configurar su mensaje propagandístico y patriótico, causando finalmente una terrible catástrofe moral a la institución militar germana entre 1939 y 1945. Ahora, para comprender mejor su historia, Desperta Ferro nos trae un ensayo gigantesco y cautivador: Hierro y Sangre. Una historia militar de Alemania desde 1500.

Óscar Herradón ©

Heinrich Himmler tenía la férrea convicción de que la Orden Negra constituía una verdadera hermandad que, en palabras de Robin Lumsden, autor de Historia secreta de las SS, «descendía espiritualmente de los héroes de la Alemania pagana y medieval». A partir de 1934 las SS fueron promovidas de forma consciente por el Reichsführer no solo como una élite racial, sino también como una Orden secreta y oscura, creándose a tal efecto insignias simbólicas, emblemas y uniformes que con su elegancia sirvieron como un señuelo para atraer a sus filas a ciudadanos comunes de media Europa.

Durante toda la historia de la terrible organización el emblema que quedaría irremisiblemente asociado a esta sería la «cabeza de la muerte» o Totenkopf, una calavera con tibias cruzadas diseñada por Karl Maria Weisthor. Este símbolo no solo fue adoptado por las SS para atemorizar sino como un vínculo «directo y emocional» con el pasado de la elite militar de la Alemania imperial. En 1740, en los ornamentos funerarios de Federico el Grande de Prusia, podía verse una gran cabeza de muerte, sin mandíbulas, bordada en plata. Apenas un año después, en recuerdo del mandatario fallecido, dos unidades de élite de la Escolta Real prusiana, entre ellos los miembros de 5º regimiento de Húsares –conocidos como «Húsares negros o de la Muerte»–, adoptaron el color negro para su uniforme y estamparon una enorme Totenkopf en sus gorros.

También en la Gran Guerra, varias unidades del ejército alemán utilizaron como insignia de su formación la cabeza de la muerte. En 1918 volvió a verse pintada en los cascos y los vehículos de algunos de los mejores Freikorps, convirtiéndose en un símbolo de osadía y sacrificio en tiempos de guerra, además del tradicionalismo y el antibolchevismo en el que se movió el incipiente nazismo. En 1923 los miembros del Stosstrupp (tropas de choque) de Hitler adoptaron la Totenkopf como emblema distintivo, que seguirían llevando sus sucesores en las SS, aunque con un diseño exclusivo a partir de 1934, con una «cabeza de la muerte» sonriente, con mandíbula inferior, sirviendo de modelo del prestigioso anillo de las SSTotenkopfring– diseñado por Weisthor, con una calavera y una runa que significaba heil (salve) en su parte externa y la rúbrica de Himmler en la interior.

Además de la Tontenkopf, las runas SSSS Runen–, símbolo de la Orden Negra, representaban el elitismo y la camaradería de la organización, siendo pronto elevadas a una condición cuasi sagrada. La palabra runa proviene del nórdico antiguo run, cuyo significado era «escritura secreta»; eran caracteres que constituían los alfabetos de las tribus germánicas de la Europa precristiana y que se utilizaban tanto para la escritura corriente como para la que contenía un poder mágico. En el año 98 de nuestra era, el historiador romano Cornelio Tácito había descrito en su obra Germania cómo los germanos realizaban ritos de adivinación mediante runas. Estas llamaron la atención tanto de los movimientos völkisch como de los miembros de Thule, que inspirarían en Himmler la fascinación por los códigos crípticos y los mensajes ocultos.

El mismo Guido von List escribió en 1908 Das Geheimnis der Runen (El Secreto de las Runas), un concienzudo estudio de la adivinación a través de las denominadas runas Armanenfuthark armanen-, un conjunto de 18 runas ideadas como oráculos por el propio ocultista. A todos los Antwärter de la Allgemeine-SS que entraron en la organización antes de 1939 se les impartían clases de simbolismo rúnico como parte de su formación, y en 1945 la Orden Negra utilizaba hasta 14 variedades principales de runas, que incluso se añadieron con teclas especiales a las máquinas de escribir que se utilizaban en sus oficinas centrales. Estas runas místicas eran los símbolos empleados por los pueblos guerreros del norte de Europa en tiempos paganos.

A continuación mostraré una breve clasificación de algunas de las principales runas que utilizaban las SS:

La Hakenkreuz –esvástica o cruz gamada–, emblema por antonomasia del partido nazi.

El Wolfsangel o gancho del lobo, fue en un primer momento un emblema pagano al que se atribuía el poder de alejar a los lobos. Más tarde se convirtió en un símbolo heráldico que representaba una trampa para lobos y fue adoptado en el siglo XV por los campesinos que se alzaron contra los mercenarios de los príncipes alemanes; así, se convirtió en símbolo de libertad e independencia. Fue uno de los primeros emblemas del NSDAP más tarde adoptado por la División Das Reich de las Waffen-SS.

La runa Opfer simbolizaba la abnegación y fue utilizada a partir de 1918 por la asociación de veteranos de guerra Stahlhelm y más tarde la insignia que sirvió para conmemorar a los mártires nazis del Putsch muniqués.

La runa Leben simbolizaba la vida y fue adoptada por la asociación Lebensborn y por la Ahnenerbe.

La runa Toten –la runa de la muerte–, representaba la muerte y era utilizada en los documentos de las SS y en las lápidas de las sepulturas para marcar la fecha de la muerte.

La runa Tyr o Kampf –la runa de la batalla–, era el símbolo germánico pagano de Tyr, el dios de la guerra y representaba el liderazgo en la batalla. Además, era a menudo utilizada en las sepulturas de los miembros de las SS como sustitución de la cruz cristiana.

La runa Hagall representaba la fe imperturbable que debían tener todos y cada uno de los miembros de la Orden Negra. Aparecía en las vestimentas ceremoniales que se usaban en las bodas de las SS y también en el anillo de la cabeza de la muerte. También sería utilizada como símbolo de la SSPolizei-Division.

Además de estas, existían otras como la runa Eif, la runa Ger… y diferentes combinaciones que adquirían su propio significado: la runa Sigel dentro de un triángulo; el triángulo representaba que la vida es eterna (sus tres lados representaban el nacimiento, el desarrollo y la muerte). Cada muerte era el camino hacia una nueva vida y el triángulo simbolizaba el ciclo eterno de la creación. La runa Sigel representaba además el Sol y la salud y era el símbolo pagano de la victoria, y así un largo etcétera.

Como señala el citado Lumsden, a fin de inculcar una sensación de caballerosidad en todos sus oficiales y soldados jóvenes, el Reichsführer los recompensaba con los tres símbolos menos grandiosos pero muy significativos dentro de la organización: la daga, la espada ceremonial –Ehrendegen– y el anillo, «una combinación mística que, evocadora de una aristocracia guerrera y de la leyenda de los Nibelungos, simbolizaría la Ritterschaft –Caballería- de la nueva Orden de las SS», que estaba arraigada, según creía fervientemente Heinrich Himmler, en el pasado germánico más remoto. La daga llevaba la inscripción «Mi honor es mi lealtad», un lema sugerido por Hitler que evocaba los juramentos de los caballeros teutónicos. Tanto esta como la espada estaban decoradas con runas.

PARA SABER MÁS:

*Este texto ha sido extraído de mi trabajo La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich, publicado por Edaf en 2011.

Hierro y Sangre

Si lo que queremos es realizar un exhaustivo y global acercamiento al ejército alemán mucho antes de que los nazis hicieran uso de muchos de sus símbolos para encuadrarlos en su parafernalia propagandística, cuando los territorios que conformaban esa parte de Occidente eran muy diferentes a los que entraron en liza en la Segunda Guerra Mundial y Prusia un gigante implacable en la vieja Europa, nada mejor que hacerlo de la mano de Desperta Ferro y un libro monumental del británico Peter H. Wilson: Hierro y Sangre. Una historia militar de Alemania desde 1500.

El prestigioso historiador, autor de los monumentales La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea y El Sacro Imperio Romano Germánico, ambos publicados también con gran éxito de crítica y público por Desperta Ferro, se embarca ahora en una obra no menos titánica, un relato sobre Alemania a través de cinco siglos de historia militar. Durante la mayor parte de su existencia, la Europa germanófona ha estado dividida en innumerables Estados, algunos muy relevantes, como Austria y Prusia, y otros formados por un puñado de valles alpinos. Su experiencia militar también ha sido extraordinariamente variada: a veces amenaza, a veces amenazada; en ocasiones una mera zona tapón, y en otras, un peligro global.

El libro Hierro y sangre es asombrosamente ambicioso y absorbente, abarcando cinco siglos de cambios políticos, militares, tecnológicos y económicos para narrar la historia de las tierras de habla alemana, desde el Rin hasta la frontera balcánica, desde Suiza hasta el mar Báltico. Una visión de conjunto en la que Wilson contempla múltiples aspectos y muy variadas dimensiones, desde el desarrollo de las armas hasta el reclutamiento, la estrategia en el campo de batalla o cuestiones ideológicas como el impacto de la Reforma protestante o el surgimiento del nacionalismo.

Si hay una constante, esta ha sido la sensación de verse acosados por enemigos aparentemente más poderosos –Francia, Rusia o los otomanos– y la necesidad de asestar un golpe de gracia rápido para asegurarse un resultado favorable en una guerra. En cambio, y casi inevitablemente, esto ha significado en la práctica conflictos prolongados, implacables y a menudo imposibles de ganar y, en 1939-1945, una terrible catástrofe moral. El impacto militar de Alemania en el resto de Europa ha sido inmenso, y Hierro y sangre ilumina el pasado, y con ello el presente y el futuro, de una parte central en el devenir del viejo continente, y del mundo.