Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Según los astrólogos del momento, Rodolfo vino al mundo bajo una nefasta conjunción de los astros, los mismos que tanto le fascinarían siendo adulto. Sus primeros meses de vida no fueron lo placenteros que cabría esperar. Su hermano Fernando, heredero del Imperio, falleció tres semanas antes de nacer él. Abatida por la pérdida, su madre, María de Austria y Portugal, jamás se mostró cariñosa con él, algo que influiría en su carácter introvertido.

Para alejarle de las influencias luteranas, su tío Felipe II reclamó que fuera llevado a España para continuar con su educación. Y así, con doce años, Rodolfo fue enviado junto a su hermano Ernesto a la austera corte madrileña. Preocupado por su educación, el Rey Prudente los recibía en su despacho a diario y comprobaba sus progresos. No quería que se sintieran atraídos por el protestantismo como su padre. Felipe II obligó al chico a presenciar un auto de fe en Toledo. El terrible ajusticiamiento, al que asistía el pueblo como si se tratara de una obra teatral, atemorizó al joven. Ante las súplicas de los reos, el olor a carne quemada, la imponente presencia de los inquisidores y los vítores de la gente, Rodolfo sintió asco y terror. Pero bajo la tutela de su regio familiar, el futuro emperador no solo conoció desgracias. Gracias a los gustos secretos del monarca español, el joven se adentró en la alquimia y las ciencias ocultas, pasión que le atraparía de por vida.

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

A su regreso a Viena, el futuro emperador ya no se identificaba con la corte que le vio nacer. Tras siete años en España, no volvió a sentirse cómodo en su país natal. Su padre, Maximiliano II de Habsburgo, preocupado porque la corona imperial siguiese en manos de la familia, presionó a la Liga para que su hijo fuera nombrado rey de Hungría y de Bohemia.

Tras la muerte de su progenitor en 1576, Rodolfo fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Apremiado por los problemas que acechaban al territorio y desconfiado de una posible traición, se hizo consagrar precipitadamente el día 1 de noviembre, mes de los muertos, sin tener en cuenta el mal augurio que muchos achacaban a la inapropiada fecha. Rodolfo ya era emperador, sueño de muchos monarcas y, sin embargo, según sus cronistas no estaba contento. Gobernar le espantaba. Prefería reunir reliquias y objetos misteriosos, cosa que hizo en su célebre Gabinete de las Maravillas.

Wunderkammer: Cuartos de las Maravillas

Ainkhurn

Aunque heredó todos los territorios de su padre, Rodolfo lamentaría toda la vida no conseguir el famoso ainkhurn y la copa de ágata de la familia, que pasaron a su tío Fernando, y a los que atribuía un poder sobrenatural. El ainkhurn era un supuesto cuerno de unicornio, criatura que fue considerada real por muchos soberanos. Pero la copa de ágata era para él aún más valiosa. Fernando del Tirol, gran coleccionista antes que Rodolfo, privaba a éste del privilegio de poseer un objeto que la tradición consideraba como el Santo Grial. Años después, tras morir su tío, lograría añadir el cuerno y el «santo vaso» a su colección, desbordada de objetos raros y desconocidos. Este afán coleccionista del monarca se materializó en el conocido como Wunderkammer, «Gabinete de las Artes y de las Maravillas».

Voynich

En unas salas creadas específicamente para tal efecto, Rodolfo reunió cientos de armarios a rebosar. Nunca sabremos la cantidad de objetos raros que el emperador llegó a reunir. Tras su muerte muchos fueron desperdigados o subastados a un precio ridículo. La lista era interminable: medallas, amuletos, cruces de todo tipo, péndulos, armas, piedras preciosas, amatistas y otras piezas a las que Rodolfo atribuía un poder sobrenatural; manuscritos extraños como el Voynich, la Biblia del Diablo, la vara de Moisés; un poco de lodo del valle de Hebrón, donde dice la Biblia que Dios modeló a Adán, cálices fabricados con cuernos de rinoceronte para contener veneno, figuras egipcias… amén de su pasión por las reliquias, que compartía con su tío Felipe II. El gusto por lo horrendo y lo extravagante era otra de sus pasiones: poseía monstruos bicéfalos y raíces de mandrágora.

El periodista argentino Marcelo Dos Santos señala en su libro El Manuscrito Voynich: el libro más enigmático de todos los tiempos, que también se dedicó a «coleccionar» enanos, y ordenó a sus oficiales que reuniesen gigantes suficientes para formar un regimiento. Todo es posible. Reacio a contraer matrimonio a raíz de un anuncio profético, según el cual uno de sus legítimos descendientes lo asesinaría, Rodolfo tomó como concubina a la hermosa Catarina da Strada, hija de su proveedor de antigüedades. Con ella tuvo cinco hijos, al parecer deformes y de comportamientos desviados, el mayor de los cuales, don Giulio, causó numerosos problemas al soberano.

Praga, capital de un imperio mágico

El castillo de Praga, donde residió Rodolfo II

Antes de emprender su labor como mecenas de artistas y magos, Rodolfo trasladó la capital del Imperio a Praga, donde se sentía más cómodo. Allí encontró la tranquilidad que necesitaba para entregarse a sus quehaceres mágicos y a sus experimentos alquímicos… Es muy probable que esta pasión le viniera de sus años en España, pues su tío mostró un enorme interés por la Gran Obra, como atestiguan los numerosos manuales dedicados al asunto que alberga la imponente biblioteca escurialense.

Rodolfo buscó en esta disciplina una fuente de riquezas y, al mismo tiempo, un elixir para calmar sus achaques. Quiso aprender por sí mismo el arte de transmutar los metales y por ello se rodeó de auténticos alquimistas, pero también de caraduras y charlatanes que querían enriquecerse a su costa. El doctor Tadeás Hájek, matemático, astrónomo y esoterista, gozaba de la confianza del monarca y fue el encargado de recibir a quienes decían ser alquimistas y desenmascarar a los impostores. En muchas ocasiones descubrió a los estafadores, pero otras veces lograban ocupar un puesto en las destilerías reales.

Este post tendra una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma que dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó el mundo.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial en el relato a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Asesinato del duque Francisco Fernando en Sarajevo

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto, pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes (muchas de ellas inéditas) ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma), garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron) y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

Para adquirir este completo ensayo, puedes visitar la página de Taurus (Penguin Random House):

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334











Aerosmith: el Ave Fénix del Hard Rock (II)

Fueron –son– unas de las grandes bandas de AOR (Adult Oriented Rock), o simplemente de Hard Rock, de los 70, y aunque más de una, dos y tres veces parecía que, a causa de sus excesos y egos, desaparecerían, volvieron a remontar el vuelo, reconvirtiéndose en los 90 en megaestrellas cuyas canciones (léase «Crying», «Crazy», «Eat the rich» o « I don’t want to miss a thing») tarareó toda una generación (la mía) y la siguiente.

Óscar Herradón ©

Sex, Drugs and Rock and Roll

Otra de sus extravagancias fue grabar el nuevo disco, Draw the Line (1977) en un lugar a la altura de sus pretensiones, y alquilaron un convento abandonado con 300 habitaciones a las afueras de Nueva York, algo que les concedió la CBS porque eran una de las bandas estrellas de la compañía discográfica. Antes de iniciar la grabación, los cinco miembros prometieron no tomar drogas, pero Steven no tardó en incumplir el pacto y llenar de drogas parte de la zona inferior del fregadero.

Muchas veces ni siquiera acudía a los ensayos o, cuando se sentía presionado, directamente se encerraba en la torre del monasterio o se iba de caza. Cuentan que estando bajo los efectos de los estupefacientes, que era casi siempre, estuvo a punto de descerrajarse un tiro con un rifle. Su adicción le pasaba factura. Por otro lado, el estado del guitarrista, Joe Perry, era tanto o más lamentable que el del cantante, llegando incluso a grabar cinco temas en una cinta que después perdió. Para más inri, había olvidado todos los temas. Nunca los conoceremos.

CBS decidió enviarlos lejos, de nuevo a Europa, y su visita fue tanto o más accidentada que la primera. En Alemania la policía requisó a Steven Tyler una importante cantidad de cannabis que llevaba escondido. Por suerte no le detuvieron y pudieron viajar a Inglaterra y tocar en el Reading Festival en una actuación que, a pesar de los pesares, fue apoteósica.

Tyler en el Reading, en el 77

Sus relaciones con la prensa británica volvieron a ser tirantes, por ser suaves, negándose a conceder entrevistas y fastidiando a los representantes del gremio siempre que podían. Regresaron a su tierra natal y se embarcaron en una apoteósica gira por los States cuando lo que necesitaban los «gemelos tóxicos» era tranquilidad y una buena rehabilitación. El estrés que suponían los grandes tours les hundió aún más en el profundo agujero de las drogas.

Para más inri, Tyler y Perry ni siquiera se dirigían la palabra en una guerra de egos largamente vista en el RN’R. No compartían camerino, ni limusinas… lo que dificultaba comenzar a tiempo grabaciones y conciertos. Steven se ponía ciego de cocaína, aunque también la alternaba con LSD y barbitúricos, o lo que se terciase. Tras los conciertos, solía pasarse días con sus noches drogándose y tirado en mansiones de mandamases del gremio musical. De aquel lamentable estado del frontman hay incluso pruebas gráficas, como algunas grabaciones del Live Texxas Jam’78 donde apenas se tenía en pie.

Abierto enfrentamiento entre los «Toxic Brothers»

El esperpento llegó al punto de que sobre el escenario Joe y Perry se pinchaban por las drogas que supuestamente el guitarrista llevaba escondidas (con las que incitaba al cantante y que por supuesto no quería compartir). Dos yonquis (con talento, eso sí) en lucha patética por una dosis. El paroxismo lo alcanzaron cuando Joe golpeó a Steven en el rostro con su guitarra, cortándole los gruesos labios con las cuerdas; la respuesta del espigado cantante fue escupirle la sangre a su «gemelo».

Guerra de egos

A finales de los 70 la banda estaba en su peor momento: se olvidaban de algunos acordes, repetían temas en un mismo concierto que no recordaban haber tocado… Un verdadero desastre, y un insulto para su legión de entregados fans. Tras un alto en el camino para intervenir en la fallida película Sgt. Pepper’s and the Lonely Hearts Club Band de Michael Schultz versionando el «Come Together» de sus admirados Beatles, el tour continuó y también sus excesos y excentricidades: saltando en escena Tyler se rompió el tobillo, pero iba tan «ciego» que ni se enteró, Entonces era adicto al opio y solía perder con frecuencia la voz, por lo que debían suspender numerosos conciertos.

Versionando «Come Together» en una cinta para olvidar (1978)

Entonces Joe contrajo una deuda de 100.000 dólares (80.000 de los cuales eran de pedir distintas cosas al servicio de habitaciones de un hotel) y la compañía le propuso grabar un disco en solitario para hacer frente a los gastos. No le quedó más remedio que aceptar. Se tituló The Joe Perry Project y fue un increíble (e inesperado) éxito, llegando a vender 250.000 copias, así que el bueno de Perry decidió no seguir con Aerosmith. Aquello fue un mazazo para la banda, y dejó conmocionado a un de por sí inestable Steven Tyler: ya habían comenzado la gira de Night in the Ruts y sustituyeron in extremis a Perry por Jimmy Crespo, un guitarrista que encajaba a la perfección en lo musical, pero que era un tío sano, que ni bebía ni se drogaba, y los demás miembros unos auténticos colgados: Steven era mayor adicto que nunca, Tom Hamilton era un gran adicto a la cocaína y Brad Whitford y Joey Kramer, el recientemente despedido, eran dos verdaderas esponjas de bebidas de alta graduación.

La banda de Hard Rock no tenía remedio, y durante un concierto Steven sufrió un ataque que le obligó a cancelar el tour. Durante un tiempo se recluyó en un hotelucho de mala muerte en Manhattan y las malas lenguas cuentas que obligó a prostituirse a su mujer para comprar «caballo» y coca, aunque es algo tan brutal que huele a historia apócrifa. Quién sabe. La gente hace verdaderas locuras cuando sufre síndrome de abstinencia…

Poco después, el líder de los AERO sufrió un grave accidente de moto cuando iba drogado y tuvo que ser hospitalizado durante seis meses. Ya nadie daba un duro por ellos. Ni discográficas, ni promotores, ni seguidores. Y Perry no andaba mucho mejor. Las cosas se pusieron muy negras cuando el otro guitarrista, Brad Whitford, también salió del grupo y Tyler contrató al guitarra rítmica Rick Dufay para que acompañase en el escenario al descolocado Crespo (que en un baile de incertidumbre, había salido de la banda y ya había regresado).

Tyler y Dufay, tiempos de juerga sin control

Dufay era un «junkie» (forma coloquial para drogadicto, Yonki, en inglés americano) alocado y se convirtió en el compañero de juergas interminables de un castigo Steven Tyler. Pero incluso en esa situación tan dramática, grabaron un buen disco, Rock in a Hard Place, que tuvo poco éxito comercial, con una nueva y accidentada gira en la que el cantante no podía con su alma y estuvo a punto de sufrir varias sobredosis. Por su parte, Dufay llegó a intentar tirarse de un avión comercial mientras iba ciego de LSD.

Este post tendrá una tercera y última entrada electrizante. En breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

AEROSMITH (REDBOOK EDICIONES)

Red Book Ediciones, a través de Ma Non Troppo, uno de los sellos editoriales más volcados en la edición de libros de música (principalmente de mi amado rock) publicó recientemente uno de los libros más completo hasta la fecha en castellano (y actualizado) sobre la banda comandada por Steven Tyler y Joe Perry hace la friolera de medio siglo. En Aerosmith, con una potente imagen de portada que precisamente retrata a los «Toxic Brothers» en pleno y potente directo, el periodista musical Eduardo Izquierdo, autor de importantes volúmenes sobre rock como Jim Morrison y The Doors (también editada por Ma Non Troppo), excelente crónica de los californianos, es su autor. Y sabe bien de lo que habla, no en vano lleva una larga trayectoria como colaborador de revistas como Ruta 66, Mondosonoro, Efe Eme o Rock On: realiza un exhaustivo y muy ameno recorrido por la turbulenta historia de los chicos malos de Boston. Sin obviar sus excesos y escándalos, el libro hace un minucioso recorrido por lo más importante, su música, sus inicios, influencias, sus letras y discos más memorables (sin olvidar los fallidos), y es que, como dice el autor, los fantasmas de Aerosmith no dejan de perseguirles, pero sus canciones están más vivas que nunca. Toda su historia en el siguiente enlace:

AEROSMITH: VIVIENDO AL LÍMITE (EDITORIAL MILENIO)

En 2017, la Editorial Milenio publicó un libro con el amplio recorrido musical –y personal, escándalos y drogas incluidos– titulado Aerosmith: Viviendo al Límite, con una chulísima portada «pop» de estilo retro. Sus autores son Sergio Guillén Barrantes (que en la misma editorial ha publicado un libro dedicado al género al que pertenecen los de Boston: AOR World) y Andrés Puente Gómez (coautor de la monografía Glam Rock firmada a cuatro manos con Guillén y editada también con mimo por Milenio).

En febrero de 1993, y en lo que a la postre sería el ecuador de su carrera, la banda publica el primer sencillo de su álbum superventas Get A Grip. «Livin’ On The Edge», expresión inglesa de «Viviendo al Límite», se convierte de forma instantánea en la declaración de principios definitiva de un grupo que llevaba sobre los escenarios aproximadamente un cuarto de siglo (y como hemos visto en el post, viviendo muy al límite), inoculando el maravilloso veneno del rock en varias generaciones de oyentes, algo que, otros 25 años después, siguen haciendo. Pura leyenda. Podéis adquirir el libro aquí:

https://www.edmilenio.com/esp/aerosmith-viviendo-al-limite.html

Aerosmith: el Ave Fénix del Hard Rock

Fueron –son– unas de las grandes bandas de AOR (Adult Oriented Rock), o simplemente de Hard Rock, de los 70, y aunque más de una, dos y tres veces parecía que, a causa de sus excesos y egos, desaparecerían, volvieron a remontar el vuelo, reconvirtiéndose en los 90 en megaestrellas cuyas canciones (léase «Crying», «Crazy», «Eat the rich» o « I don’t want to miss a thing») tarareó toda una generación (la mía) y la siguiente.

Óscar Herradón ©

Y aún hoy, ya septuagenarios, continúan, como sus admirados maestros los Stones, sobre los escenarios, haciendo lo mejor que saben hacer, aunque sin ser ya esos «malos» del rock que en la línea de bandas como The Black Crowes o Mötley Crüe casi acaba con ellos, lo que les ha permitido seguir en activo y con billetes en el bolsillo.

La última controversia la vivieron justo antes de la pandemia, a comienzos de 2020, cuando comunicaron que echaban de la banda a su batería, Joey Kramer, al parecer, por no entregarse a su trabajo como debía, hecho por el que éste los demandó. Demasiados años en la carretera, juntos y revueltos. Kramer fue miembro fundador de Aerosmith y, de hecho, en sus memorias, se atribuye la idea del nombre, que se le ocurrió dos años antes de la formación de la banda,  en 1968, mientras escuchaba el álbum de Harry Nilsson Aerial Ballet. Eligieron el que los llevaría a lo más alto del Billboard descartando otros como The Bananas, Stit Jane y Spike Jones.

Y es que cuando se refiere a rock stars, contratos millonarios y mucho glamour, los problemas entre los integrantes suelen aflorar más pronto que tarde (ahí tenemos el ejemplo de Black Sabbath, Pink Floyd, Guns N’ Roses y un largo etcétera). Hubo un tiempo en que el cantante, Steven Tyler, y el guitarrista, Joey Perry, engrosaron las listas de los personajes más problemáticos de la escena. No en vano, no tardaron en ser conocidos como «los gemelos tóxicos» (The Toxic Twins), en alusión tanto a la sensación que generaba estar a su lado como por la dependencia que desarrollaron a múltiples sustancias prohibidas.

Con más éxito que ninguna otra banda americana de su tiempo, los egos y los excesos los tenían sumidos en las tinieblas. Sus muchos hábitos empezaron a ser un problema a raíz del éxito de uno de sus mejores álbumes, Toys in the Attic, publicado en 1975. En la gira del álbum Tyler comenzó a mezclar un peligroso cóctel de sustancias ilegales (cocaína, ácido, marihuana…) y también drogas legales (barbitúricos y alcohol. Mala mezcla, si no que se lo digan a Judy Garland…).

Según quienes le frecuentaban entonces, se volvió un tipo violento e intratable. Una superestrella endiosada a la par que colgada. Por su parte, Joe Perry tardó algo más que su colega en seguir sus pasos, aunque no demasiado y durante la grabación del siguiente disco de estudio, Rocks (su álbum más aclamado), se hizo adicto a la heroína, como otros grandes rockeros (Joplin, Hendrix o Keith Richards, y, ya en la década de los 90, Kurt Cobain o Laney Staley, entre otros muchos).

Los años no pasan en balde, ni siquiera para las rock-stars

Entonces tenían una legión de groupies siguiéndolos a cada paso y camellos por todas partes, todo ello en una proporción igual o mayor a los ensayos y a los conciertos. Eran los 70, y la policía no se andaba con chiquitas; al parecer, los miembros de la banda (que se ganaron el apelativo de «los chicos malos de Boston»), paranoicos por sus dependencias y asustados de ser descubiertos por las autoridades, camuflaban los estupefacientes en cualquier sitio: en los dobladillos de las camisetas, los pases de backstage e, incluso, en el agujero del culo… Sin comentarios. Así lo contaba con su habitual ironía el decano periodista musical César Martín, al frente de la legendaria revista Popular 1 desde hace décadas en su mítica sección «No me judas, satanás», que ahora recupera en forma de libro.

Según confesaría años más tarde un rehabilitado y expresivo Steven Tyler, era quien más dependencia sentía por las sustancias prohibidas y salía al escenario con su voz rasgada, cubierto de fulares y pañuelos llenos de pastillas escondidas porque necesitaba «sentirlas y tocarlas». Y aún así seguían haciendo gloriosos directos y deleitando a su legión de fans (generalmente femeninas) a pesar de que las prensa especializada se empeñase en afirmar que eran una copia «burda y barata» de los Rolling Stones.

Aquello era algo en lo que muchos periodistas no estaban de acuerdo, pero mandaba quien mandaba, y aquellas palabras las dijo nada menos que la decana revista Rolling Stone, que a principios de los 70 no titubeó al calificarlos de «basura», una animadversión que se incrementaría con los años, incluso con las décadas, hasta firmar la pipa de la paz. Fueron sus periodistas los primeros en tildarlos de mala imitación de los Rolling, lastre que los AERO arrastrarían durante toda su carrera.

Steven Tyler y Axl Rose, complicidad rockera

Sin embargo, según apunta el divulgador musical Eduardo Izquierdo, en Boston los medios sí fueron unánimes con el grupo, en parte porque la ciudad estaba necesitada de un referente musical. Un grupo fresco, dominado por un excéntrico cantante que rebosaba personalidad y que parecía tener dentro el baile de San Vito. Que aullaba, gritaba, saltaba y sobre todo cantaba como pocos (será una de las grandes influencias del inquieto frontman de Guns N’ Roses, Axl Rose, de tiempos mejores, se entiende, cuando recorría de punta a punta el escenario como si tuviera alas…).

Made in Europe

Para ser recordado, Tyler necesitaba un elemento distintivo, algo que le diferenciase de los demás cantantes de rock, y eligió colgar un pañuelo vaporoso del pie de micrófono, imagen que sería indisoluble ya de la suya propia, con el cuello plagado de pañuelos estrambóticos. A pesar de las críticas sobre su música de gran parte de la industria, siguieron a todo tren, y tras años girando con éxito por los Estados Unidos, su salto a Europa fue un verdadero fracaso. A ello se sumaban sus excesos y su gusto por destrozar los hoteles por los que pasaban, algo que acostumbrarían a hacer años más tarde los también colgados Mötley Crüe. Tras un concierto en el Hammersmith Odeon que pasó casi desapercibido, pues a los ingleses, cuna de sus héroes los Stones, Cream o los Yardbirds, no les gustaba nada su estilo, Tyler y su por entonces compañera, la supergroupie Bebe Buell (madre de su hija Liv Tyler y quien compartió cama también con otras estrellas como el icono punk Stiv Bators), destrozaron uno de los camerinos del Hammersmith, ganándose unos cuantos enemigos e incrementando su fama de tipos malos.

En Japón la cosa fue algo mejor, al menos en lo que a público se refiere, pero Steven y Joe, Joe y Steven, los «gemelos tóxicos», tras enojarse con su productor en Asia por no cocinarles –dicen– un pato asado a su gusto, destrozaron el camerino, lo que les impidió volver al país del Sol Naciente durante unos cuantos años. Además, exigían todo tipo de sustancias prohibidas, comidas selectas, vinos de precios desorbitados, alfombras aterciopeladas en los camerinos… que después destrozaban y costaban una fortuna a la discográfica. Vamos, el grupo acabaría siendo la principal inspiración del documental de ficción paródico This is The Spinal Tap, dirigido en 1984 por Rob Reiner. Un golpe al estómago de Steven Tyler.

Este post tendrá una inminente y eléctrica continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Red Book Ediciones, a través de Ma Non Troppo, uno de los sellos editoriales más volcados en la edición de libros de música (principalmente de mi amado rock) publicó recientemente el libro más completo hasta la fecha en castellano (y actualizado) sobre la banda comandada por Steven Tyler y Joe Perry hace la friolera de medio siglo. En Aerosmith, con una potente imagen de portada que precisamente retrata a los «Toxic Brothers» en pleno y potente directo, el periodista musical Eduardo Izquierdo, autor de importantes volúmenes sobre rock como Jim Morrison y The Doors (también editada por Ma Non Troppo), excelente crónica de los californianos, es su autor. Y sabe bien de lo que habla, no en vano lleva una larga trayectoria como colaborador de revistas como Ruta 66, Mondosonoro, Efe Eme o Rock On: realiza un exhaustivo y muy ameno recorrido por la turbulenta historia de los chicos malos de Boston. Sin obviar sus excesos y escándalos, el libro hace un minucioso recorrido por lo más importante, su música, sus inicios, influencias, sus letras y discos más memorables (sin olvidar los fallidos), y es que, como dice el autor, los fantasmas de Aerosmith no dejan de perseguirles, pero sus canciones están más vivas que nunca. Toda su historia en el siguiente enlace: