Historia de las Cruzadas (Alianza)

Alianza editorial publica en un solo volumen la monumental Historia de las Cruzadas del historiador y medievalista británico Steven Runciman (1903-2000), sin duda la cumbre historiográfica de unos acontecimientos que cambiaron el mundo y cuyos efectos siguen repercutiendo en el presente.

Óscar Herradón ©

Runciman en 1957.

Steven Runciman no escribió una historia de las cruzadas. Escribió, según reconoció él mismo ante Jonathan Riley-Smith durante una entrevista, «no como historiador, sino como escritor de literatura». Esa confesión, recogida por el propio Riley-Smith y difundida después por su discípulo Christopher Tyerman, resume mejor que cualquier reseña académica el problema y la fascinación que sigue suscitando Historia de las Cruzadas –cuyo título original es A History of the Crusades (1951-1954)–, la trilogía que convirtió a un aristócrata excéntrico, aficionado al tarot y a los fantasmas, en la autoridad de referencia sobre las expediciones a Tierra Santa para varias generaciones de lectores anglosajones y que ahora podemos disfrutar en su totalidad en un solo volumen

Un diplomático con vocación de cronista bizantino

Antes de sentarse a escribir el primer volumen –The First Crusade and the Foundation of the Kingdom of Jerusalem–, Runciman había llevado una vida que parecía sacada de una novela de espías de salón. Hijo de un vizconde liberal y de una madre que fue de las primeras mujeres en sentarse en el Parlamento británico al mismo tiempo que su marido, heredó en 1937 una fortuna que le permitió dejar su plaza en Trinity College, Cambridge, y convertirse en un erudito independiente, sin ataduras universitarias.

Guy Burguess.

La guerra lo devolvió a la vida pública: fue agregado de prensa en la legación británica de Sofía –recomendado, no por casualidad, por su antiguo alumno Guy Burgess, luego célebre como espía soviético–, sobrevivió por poco a una explosión alemana en el hotel Pera Palace de Estambul y acabó, entre 1942 y 1945, como catedrático de Arte e Historia Bizantina en la Universidad de Estambul, la única cátedra universitaria que ocupó jamás. Un informe de la embajada italiana de la época lo describía como molto intelligente, molto pericoloso («muy inteligente, muy peligroso»). Fue precisamente en Estambul donde maduró la investigación que desembocaría en la trilogía.

El resto de su biografía pertenece más al anecdotario de la alta sociedad británica que a la historiografía: tocó dúos de piano con el último emperador de China, leyó el tarot al rey Fuad de Egipto, fue nombrado dervише (derviche) honorario, acumuló el título de Gran Orador del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en 1969 y, ya nonagenario, sobrevoló en helicóptero el Monte Athos para asistir a la bendición de una torre que él mismo había financiado. El biógrafo Minoo Dinshaw, autor de Outlandish Knight: The Byzantine Life of Steven Runciman (2016), reconstruyó minuciosamente esa existencia de esteta trotamundos, obsesionado a la vez por la exactitud histórica y por la videncia, el ocultismo y las historias de fantasmas que gustaba de representar para sus invitados en su torre escocesa de Elshieshields. La crítica de Rosemary Hill en la London Review of Books lo retrató, ya en sus últimos años, como una reliquia de Bloomsbury convertida en personaje casi tan remoto como los príncipes de los que hablaba.

El veredicto que marcó a Bizancio

Asalto a Constantinopla, por Tintoretto (1580).

Si algo ha sobrevivido de la trilogía (ahora, insisto, reunida en un solo volumen por Alianza) en la memoria colectiva, más allá de los especialistas, es una sola frase: there was never a greater crime against humanity than the Fourth Crusade –«nunca hubo un crimen mayor contra la humanidad que la Cuarta Cruzada»–, el juicio que Runciman dedicó al saqueo de Constantinopla en 1204. Esa condena, coherente con su bizantinofilia declarada y con su desprecio por los cruzados latinos, no fue un simple exceso retórico: ha sido citada durante décadas en la historiografía sobre la cruzada, y se invoca habitualmente como telón de fondo de la disculpa histórica que el papa Juan Pablo II ofreció en junio de 2004, ochocientos años después de los hechos, al patriarca ortodoxo Bartolomé.

De la epopeya literaria a la revisión académica

Asedio de Antioquía durante la I Cruzada.

La trilogía de Runciman marcó un giro deliberado respecto a la visión romántica decimonónica de las cruzadas como guerra defensiva de la cristiandad. El británico las presentó, en cambio, como una intrusión bárbara en un mundo bizantino e islámico culturalmente superior. Ese enfoque, unido a una prosa narrativa de gran vuelo, explica por qué la obra se convirtió, en palabras de Tyerman, catedrático de Historia de las Cruzadas en Hertford College, Oxford, en «una referencia de base para las actitudes populares en todo el mundo anglófono, presente en la letra impresa, el cine, la televisión e internet». Pero el propio Tyerman, en su The Debate on the Crusades, diseccionó con dureza las carencias del relato de Runciman, exponiendo sus fallos de método incluso mientras explicaba su influencia duradera.

Toma de Jerusalén durante la I cruzada.

El prestigioso historiador británico Jonathan Riley-Smith (1938-2016), que dominó los estudios sobre cruzadas desde Cambridge y Londres en las últimas décadas del siglo XX, encabezó junto a su escuela una revisión de fondo que desplazó el foco desde la narrativa épica hacia las motivaciones reales de los cruzados y las estructuras institucionales de la cruzada como fenómeno jurídico y religioso; esa nueva generación historiográfica, resumida por el historiador y medievalista también inglés Giles Constable (1929-2021) en su ensayo sobre la historiografía de las cruzadas, relegó a Runciman a la categoría de clásico literario más que de autoridad de método. El estadounidense Thomas Madden, al incluir un texto de Runciman sobre Bizancio y las cruzadas en su antología The Crusades: The Essential Readings, advertía que su inclusión resultaba casi una rareza dentro del canon académico contemporáneo, justificada por su peso histórico más que por su vigencia interpretativa. Aún así, es una obra fundamental de la historiografía del siglo XX, capital, a pesar de sus carencias que pueda mostrar tantas décadas después, para entender el pasado. En palabras de Gore Vidal: «Leer a un historiador de la talla de Runciman nos recuerda que la historia es un arte literario equiparable a la novela».

Urraca. Una reina en el trono de un rey

Urraca I de León desafió a su tiempo, la España a caballo entre los siglos XI y XII,  siendo la primera reina por derecho propio de nuestra historia y de la Europa medieval. Ahora, Desperta Ferro publica la que probablemente sea su biografía definitiva.

Óscar Herradón ©

Alfonso VI.

El personaje que protagoniza este post, y del que el pasado 8 de marzo de 2026 se  cumplieron 900 años de su muerte, ahí es nada, fue la primera reina de pleno derecho en la historia de España (no consorte) y también de la vieja Europa. Urraca Alfónsez (1081-1126) era hija de Alfonso VI (llamado «el Bravo») y de la noble francesa Constanza de Borgoña. Puesto que no tenían hijos varones, fue educada desde su niñez para gobernar León (fundado en 910, cuando los príncipes cristianos del reino de Asturias trasladaron hasta esa ciudad la capitalidad, entonces en Oviedo), que, a diferencia de lo que ocurría por aquel entonces en la mayor parte de la Europa de la Plena Edad Media, no prohibía a las mujeres ejercer la potestad real.

Raimundo.

Cuando alcanzó la pubertad, con apenas 10 años, la infanta Urraca fue desposada con un hombre mucho mayor, el conde Raimundo de Borgoña, a la sazón su primo, pues era sobrino de Constanza, siendo nombrados condes de Galicia tras el enlace, un matrimonio que parece fue bien avenido y del que nacieron dos hijos legítimos: Sancha Raimúndez, en 1095, y Alfonso, en 1105. Sin embargo, Urraca se quedó viuda el 20 de septiembre de 1107.

Campo de Uclés.

Su padre, Alfonso, que no había tenido más que niñas en sus matrimonios y relaciones anteriores (Elvira y Teresa con Jimena Muñoz, a la que describe su coetáneo el obispo Pelayo de Oviedo como «concubina nobilíssima», y con su esposa Constanza a Urraca) sí había engendrado un hijo barón con su nueva amante, la concubina Zaida, una princesa mora, hija del emir de Denia (más tarde bautizada con el nombre de Isabel tras su conversión al cristianismo), que en 1091 había llegado a los Palacios de Galiana en Toledo; el nombre del varón era el infante Sancho Alfónsez, nacido hacia 1903, y estaba llamado a ostentar algún día el cetro castellanoleonés. Sin embargo, el joven moría a los 14 años de edad en la Batalla de Uclés, el 30 de mayo de 1108, en la que las fuerzas almorávides acabaron a golpe de cimitarra –la jineta andalusí aún no había sido forjada– con la flor y nata de la nobleza castellana.

La primera reina hispana

Alfonso el Batallador.

Tras ello, el rey Alfonso se sumió en una gran tristeza y no tardaría en morir, el 1 de julio de 1109. Antes de fenecer, y en vistas de que solo le quedaban hijas, Teresa y nuestra protagonista, llamó a Urraca y la conminó a ser su sucesora. Como condición, para poder proteger sus dominios y arraigarse en el cargo, insisto, la primera vez en nuestra historia que una mujer iba a reinar con todas las garantías y potestades, arregló todo para el casamiento de la viuda con Alfonso I de Aragón y Pamplona, que ostentaba el sobrenombre de «el Batallador» precisamente porque era un aguerrido guerrero y hábil estratega en tiempos de la Reconquista, quien al parecer aceptó el matrimonio con Urraca con el principal objetivo de arrebatarle el reino de León. Las conjuras y luchas por el poder, siempre activas en cualquier siglo, estaban más que presentes en los distintos reinos medievales y el agitado siglo XII, en lucha constante contra los reinos de Taifas (hasta 20 distintos, y en cierto momento de su historia, hasta 39 pequeñas «facciones»), no contribuía precisamente a apaciguar la escena.

Urraca I de León.

Fue un matrimonio difícil y conflictivo, en el que hubo grandes riñas entre ambos e incluso episodios claros de malos tratos (en una ocasión, Alfonso llegó a encerrar a su esposa en el castillo de El Castellar, en Aragón, debido a una conspiración en la que Urraca había ordenado a los tenentes de las fortalezas en los reinos de León y Castilla que no obedecieran las órdenes de su marido; e incluso hay constancia de que la golpeó físicamente); y, si hemos de hacer caso a las crónicas –y no tenemos por qué no hacerlo–, de episodios de fogosas reconciliaciones que no tardaban en volver a quebrarse, hasta el punto de que los ejércitos de ambos cónyuges llegaron a enfrentarse abiertamente en el campo de batalla.

Alfonso VII de León.

En las capitulaciones matrimoniales se estableció, siguiendo las aspiraciones del Batallador, que el aragonés actuaría como rey de castilla, de lo que derivaría uno de los grandes conflictos de la España cristiana medieval: mientras Alfonso deseaba ejercer, con toda su autoridad, el control del reino castellanoleonés, numerosos nobles gallegos se revelarían a favor de los derechos sucesorios del hijo varón de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII de León, lo que provocó una incursión de Alfonso, que vencerá a la nobleza gallega en el castillo de Monterroso.

Firma de Alfonso I de Aragón.

A ello se sumarán las continuas desavenencias políticas y personales entre ambos cónyuges, en parte por las fuertes personalidades de uno y otro; una suerte de guerra civil entre los partidarios de Urraca y los derechos sucesorios de su hijo (que, no obstante, no apoyaría en un principio la propia reina, pues pretendía gobernar mientras pudiera), y los de Alfonso el Batallador, salpicada de traiciones, conjuras, cambios de bando de importantes personajes de la corte y hechos dignos de una novela de caballería, pero escrupulosamente reales, con base historiográfica.

Urraca. Litografía del siglo XIX.

Finalmente, algunos miembros de la Iglesia partidarios de las aspiraciones de Alfonso Raimúndez presionarán al papa para que anulase el matrimonio so pretexto de consanguinidad, anulación que se hará efectiva en 1110 por parte del arzobispo de Toledo, Bernardo, en Sahagún de Campos (León), y debido a que en un primer momento los cónyuges, inmersos en esa suerte de relación de amor-odio, no cumplen con la separación, el propio pontífice llegaría a excomulgar a ambos monarcas, la leonesa y el aragonés, algo con importantes consecuencias en tiempos medievales, como hemos visto en relación a otros personajes históricos como Federico Barbarroja o su nieto Federico II de Hohenstaufen en otras entradas del Pandemónium.

Sancho III el Mayor.

Para más inri, Alfonso y Urraca estaban emparentados en línea directa (los dos eran biznietos de Sancho el Mayor), por lo que a punto estuvo de que el papa invalidase su enlace, cosa que finalmente no sucedió. Tras cinco tortuosos años de relación, en los que se hizo célebre la frase, atribuida a la reina (y quién sabe si apócrifa) de «el rey soy yo», usada cuando se cuestionaban sus exigencias frente a su cónyuge, finalmente, debido a las diferencias con su esposa, que esta no le había dado un heredero y la predilección castellanoleonesa por su hijastro Alfonso Raimúndez, sabedor de que la unificación por vía matrimonial de los reinos de Castilla y León y Aragón no se haría efectiva, Alfonso el Batallador repudió a la reina Urraca, centrándose en sus conquistas contra los almorávides, aunque no abandonaría por completo su pugna por obtener el cetro castellano.

Propaganda misógina contra una reina

Urraca I de León, por José María Rodríguez de Losada (1892-1894).

El reinado de Urraca I de León sería de gran importancia para la España medieval y símbolo del poder femenino frente a la opresión masculina en un tiempo profundamente patriarcal. Urraca fue ejemplo de mujer tenaz y fuerte, de gran coraje, que mostró una gran resiliencia cuando todo estaba en su contra. De hecho, fue objeto de forma implacable de la despiadada misoginia de los cronistas de su tiempo, muchos de ellos clérigos, que harían pasar a la soberana a la posteridad con el sobrenombre de «la Temeraria», ensombrecido su reinado por los de su padre, Alfonso VI, «el de la feliz memoria», y el de su hijo y sucesor, Alfonso VII de León, intitulado «Emperador» de España, un singular título que ya había ostentado su abuelo y con el que no todos los soberanos medievales de su tiempo estaban de acuerdo (retomando la vieja idea imperial de Alfonso III y de su abuelo, el 26 e mayo de 1135 fue coronado Imperator totius Hispaniae –emperador de Hispania– en la catedral de León); cuando en realidad, en los dieciséis años que reinó, Urraca lo hizo la mayoría de las veces con templanza y ánimo de reconciliación, perdonando en ocasiones a aquellos que se habían levantado contra ella, como sucedió durante una revuelta de la burguesía en Santiago de Compostela (que se oponía a las medidas tomadas por el obispo Diego Gelmírez, que gobernaba en alianza con el conde Pedro Fróilaz de Traba), donde la reina a punto estuvo de ser linchada por la turba, que la dejó medio desnuda tras rasgar sus vestiduras, la apaleó e incluso le arrancó varios dientes y muelas de una pedrada en pleno rostro, y la soberana acabó perdonando a los cabecillas, lo que dice mucho de su altura moral cuando cualquier otro los habría mandado colgar.

Urraca I de León (1892).

No obstante, a mil años vista, y con tanta publicidad en su contra (cronistas de su propio siglo y del siguiente, el XIII, la tildaron de mujer débil, caprichosa y voluble que gobernó «tiránica y mujerilmente»), está claro que muchos aspectos de su vida y reinado quedarán ensombrecidos por la duda y la falta de datos fidedignos, aunque gracias a la labor de los historiadores actuales quizá se pueda aportar algo de luz a su periplo vital. La vida y el reinado de Urraca I de León, al menos los que conocemos con certeza, son tan complejos como apasionante y por supuesto no pueden resumirse en la brevedad de un humilde post, por lo que lo mejor para adentrarse en su multifacética figura y su tiempo es sumergirse en las magnéticas y muy documentadas páginas del ensayo que le dedica la doctora en Historia por la Universidad de Salamanca y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universidad de Barcelona, Sonia Vidal Fernández, y que acaba de publicar, con excelente acogida, la editorial Desperta Ferro, cuya labor divulgativa de la historia la convierte en habitual en las entradas del Pandemónium: Urraca. Una reina en el trono de un rey.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Busto de la reina castellana en León.

El siglo XII era un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. Tras su matrimonio impuesto con Alfonso de Aragón, que la sometía nuevamente a una tutela masculina y limitaba su poder, la soberana, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar hábilmente. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior sobre su figura.

A pesar de la propaganda en su contra, Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o incluso tomar las armas cuando fue necesario. Una mujer de armas tomar y gran altura política que debe ser dignamente reconocida a 900 años de su muerte.

Diez «guarradas» históricas que probablemente no conocías…

El ser humano ha sido distinguido y elegante, ha gastado mucho dinero en lujos y joyas, en potingues varios para vencer el paso del tiempo o para combatir la calvicie… pero a lo largo de la historia también ha sido un auténtico guarro, con prácticas que al hombre actual (salvo excepciones) le revolverían el estómago. HarperCollins Ibérica publica Esta historia apesta. Anécdotas de mierda que han marcado a la humanidad, de la profesora y divulgadora Alejandra Hernández (@tecuentounahistoria), un recorrido preñado de curiosidades increíbles (y cochinas) por nuestro pasado. He aquí algunas pinceladas de lo que encontraremos en sus páginas…

Por Óscar Herradón ©

–El emperador Heliogábalo (203-222) murió asesinado con apenas 18 años en una de las letrinas de Roma de una forma nada agradable: asfixiado por una de las esponjas que se utilizaban para limpiar las partes pudendas de los que allí cagaban, la llamada tersorium o xylospongium (literalmente «esponja con palo»), que se iban pasando quienes sentaban sus posaderas y de vez en cuando remojaban en una fuente de agua central para limpiarla de restos de excrementos. No sabemos si la de Heliogábalo había sido previamente desinfectada…

–El caso de Juana de Castilla, mal llamada «la Loca», ha traído de cabeza a los historiadores, que no se ponen de acuerdo sobre hasta qué punto la hija de los Reyes Católicos fue encerrada por su enajenación –fruto de la prematura muerte de Felipe el Hermoso– o por los intereses políticos de su padre, Fernando de Aragón, o los de su hijo, Carlos I de España y V de Alemania. Sea cual fuera la verdadera razón de su cautiverio, lo cierto es que su estado llegó a ser lamentable para una reina, como lo cuentan distintos cronistas testigos de los hechos, como el obispo de Málaga o Francisco de Borja poco antes del fallecimiento de la soberana: no se aseaba ni peinaba (curiosamente, antes de enfermar sus allegados la tenían por inestable ante su afición a darse baños), comía y dormía tirada en el suelo y ocultaba los platos de barro en los que le servían el alimento bajo la cama, por lo que el olor de la estancia tuvo que ser espantoso. Como recoge Alejandra Hernández, «Hasta se atrevieron a afirmar que podía estar poseída por el diablo».

–«La alopecia preocupó, y mucho, a los hombres y mujeres de la Edad Media y aunque les hubiera ido genial tener cerca una clínica turca de injerto de pelo, parece que les bastó con aplicarse toda una serie de ungüentos con ingredientes tan variados como el ajonjolí, leche de perra, cenizas de ramas de olivo, zumo de murta, aceite de mata, polvo de moscas o emulsiones realizadas a base de heces humanas destiladas…», cuenta Alejandra Hernández en el libro. La última opción puede que diera buenos resultados, no lo discuto, pero había que estar muy desesperado…

–Durante el reinado de Carlos IV, la relación de este con su esposa María Luisa de Parma y a la vez con Godoy fue tal que llegaron a llamarlos de forma nada positiva «La Trinidad en la Tierra». Pues bien, parece que María Luisa, que dicen las malas lenguas pasó por la alcoba del ministro, no era lo que se dice una belleza palaciega. Alejandra Hernández cuenta: «Parece ser que los veinticuatro embarazos que tuvo y la vidorra que se pegó como consorte María Luisa de Parma, esposa del pachón Carlos IV, mermaron su salud hasta el punto de dejarla prácticamente sin dientes, por lo que recurrió a unos artesanos de Medina de Rioseco para que le fabricaran una preciosa dentadura postiza de porcelana. Y tan chula que fue la tía a partir de ese momento, sonriendo por la vida, hasta que llegaba la hora de comer, momento en el que se la quitaba sin ningún tipo de reparo delante de todos los comensales».

–El palacio de Versalles es símbolo de ostentación y de lujo. Basta darse un paseo en la actualidad por la Galería de los Espejos o visitar las impresionantes alcobas de Luis XIV y de su reina para imaginarnos el boato del Antiguo Régimen, pero la verdad es que en aquellos tiempos los nobles eran bastante guarros. El duque de Saint Simon, muy habitual en el palacio, contó en sus memorias que algunos miembros de la corte «orinaban sin decoro alguno entre cortinajes y pasillos» y que «las mujeres solían portar una pequeña palangana escondida en sus faldas que utilizaban para orinar cuando sobrevenía el apretón y cuyo contenido vertían automáticamente después en la sala en la que se encontrasen».

–Antes hablábamos de Juana de Castilla, pero el caso de otro rey español también afectado de eso que entonces llamaban «melancolía» (y que probablemente se trataba de una aguda depresión u otra enfermedad mental), Felipe V, el primer Borbón de nuestro país, fue aún más extremo: dormía de día y trabajaba de noche, casi no comía y estaba obsesionado con su propia muerte (…) Además, se dejó crecer las uñas de manos y pies sin control porque, si se las cortaban, le sobrevendrían –creía– todos los males de este mundo; tampoco es que se aseara mucho. Era tan escasa su afición a la limpieza que cuando murió, a los 60 años, al tratar de amortajarle quitándole la ropa que llevaba puesta –y que durante tanto tiempo se negó a quitarse– le arrancaban también jirones de piel.

–La cosa va ahora de esos entrañables bichitos llamados piojos. En la antigua Siberia había un curioso rito de cortejo: las zagalas del lugar lanzaban sus piojos a los mozos en los que habían puesto el ojo como muestra de su afecto e interés. Por su parte, los aztecas tenían por costumbre honrar al dios Moctezuma con una pequeña vasija de oro… repleta de estos pequeños insectos aficionados al pelo, al natural y al artificial, pues cuando los nobles se ataviaban con grandes pelucas no evitaban que están acabasen también infestadas de pediculus que conseguían traspasarlas y llegar hasta el cuero cabelludo.

–A todos nos han dicho desde pequeños lo importante que es la higiene bucal, pero no siempre hemos tenido flúor en forma de pasta dentífrica para cepillarlos (fuera Signal o Colgate, depende de gustos), y sobre prácticas del pasado en este sentido, la autora nos cuenta: «La higiene bucal también tuvo su importancia y para evitar la halitosis surgieron remedios tan interesantes como asquerosos. Uno muy común fue la combinación de ramas de romero quemadas y mezcladas con sus propias hojas, lo que daba lugar a una especie de pasta que se embadurnaba en un paño de lino y se restregaba por los dientes. La menos común y aparentemente saludable, pero no por ello poco conocida en la corte, fue la esencia de orina como sucedáneo del enjuague bucal».

–Y es que ya desde época prerromana la orina se convirtió en un must de la higiene bucal. No desperdiciaban ni una gota (pues era muy valiosa en el tratamiento del color de los tejidos), así que la que no iba a las lavanderías se utilizaba directamente como enjuague. Para hacerla más agradable al paladar, los romanos le añadían un poquito de piedra pómez. En la Antigüedad clásica, además, a la orina le atribuían grandes virtudes y casi facultades sobrenaturales: podría contribuir a curar enfermedades o dolencias tan variadas como la gota, la mordedura de un perro, e incluso, la obtenida de los eunucos servía –dicen– para realizar maleficios contra la fecundidad.

–Y terminamos con el rey inglés Enrique VIII, el que tuvo por afición mandar decapitar a sus esposas. Aunque pueda parecer lo contrario, no fueron aquellas infelices quienes le conocieron en su más grande intimidad, sino el conocido como Groom of the King’s Close Stool, el llamado «mozo del taburete», que era el nombre del mueble usado entonces como cagadero. Creado por Enrique VII en 1495, era la posición más alta en la Cámara Privada del rey, con funciones de atender las necesidades del soberano, pero bajo el octavo Enrique el cargo se amplió enormemente. Un puesto por el que, curiosamente, se daban de tortas los hijos de nobles e importantes señores de la corte. La razón no estaba relacionada con ningún tipo de coprofilia sino con el hecho de que, además de estar bien remunerado (faltaría más…) aquellos mozos acababan por lo general convirtiéndose en figuras poderosas, casi una suerte de secretarios reales que intervenían en importantes asuntos de Estado, incluidas las finanzas, y que cosechaban relevantes títulos nobiliarios y acumulaban propiedades.

El mozo del taburete se encargaba del suministro de agua, toallas y un lavabo para el rey al terminar de hacer sus necesidades (hay dudas sobre si realmente le limpiaba o no el culo…). El mozo de las heces era también el encargado de supervisar las excrecencias intestinales del monarca y de consultar con los galenos para asegurarse de que no estaba afectado de ninguna enfermedad.