Berserker: los guerreros de Odín

Con este nombre tan extraño se conocía a la élite de las huestes vikingas. Estos guerreros actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus congéneres. ¿La razón? Su cruenta forma de matar en el campo de batalla…

Óscar Herradón ©

Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados ni unas hermanitas de la caridad. Un grupo de élite, no muy numeroso –en ocasiones las crónicas hablan de sólo una pareja, probablemente hermanos, aunque a veces de una docena– pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose –a lo que no han ayudado los fuertes componentes fantásticos de las sagas–, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII (el más antiguo conocido) y que muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos, prestos a no dejar a ningún enemigo con la cabeza sobre los hombros.

Siguiendo el trabajo del investigador Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr, cuyo significado es «desnudo», y serkr, «camisola o prenda de pecho», aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado sería «oso», lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura, las cotas de malla o los yelmos para su protección –que consideraban una afrenta a su valentía– y vestían semidesnudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar –cuya traducción literal es «piel de lobo»–. De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos durante el Medievo aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobo, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Este punto, unido a que eran considerados prácticamente unos locos por los demás vikingos, una suerte de parias ­–está registrado que en el año 1015 el conde (jarl) Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley y más tarde la ley escrita de Islandia, el gagrás, hizo lo propio–, no tardaron en ser acorralados para desaparecer por completo en el siglo XII.  

Rumbo al Valhalla

Al igual que piensan los yihadistas actuales, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla –y si entregaban su vida en el fragor de la misma, por eso era tan importante obtener la victoria– tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá. Un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes celebrarían un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final a la que estaban predestinados.

Valhalla, de Max Brückner (1896)

En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. No es de extrañar que sus enemigos pensaban que luchaban contra seres del otro mundo, pero, ¿qué les otorgaba esa fuerza y ferocidad descomunales?

Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momentos previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos –y no eran precisamente armas delicadas–, autolesionarse en los brazos y en el pecho con afilados cuchillos y aullar como lobos, lo que sin duda extendió la creencia de la licantropía entre las supersticiosas gentes del Medievo. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.

Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos –en una línea muy similar a la forma totémica de ver el mundo de los indígenas norteamericanos–, podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos «cambiapieles» –hoy tan célebres gracias a la catódica serie Juego de Tronos, muy inspiradas dichos mitos–, son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson, la de Hrólfr Kraki –donde el temible guerrero Bödvar Bjarki tiene la capacidad de transformarse en un gigantesco oso negro en plena batalla–, la Völsunga o el poema épico Hrafnsmál. También se recoge en la cultura anglosajona del siglo XI, concretamente en las narraciones de la Batalla de Stamford Bridge, donde se habla de un imponente Berserker de más de dos metros que servía al rey vikingo Harald III Hardrada, apodado nada menos que «el Despiadado».

Hipótesis diversas

Hoy son las teorías científicas las que explican esta fuerza «sobrehumana» y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal y adoptando sus atributos para así llegar a la batalla con la fuerza y la ferocidad de dichos animales a los que rendían culto: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria –también conocido como «matamoscas» o «falsa oronja»–, muy comunes en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoactiva que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros, práctica que también se haría en las guerras modernas, algo de lo que no tardaremos en ocuparnos en este blog. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre «aguamiel» o hidromiel.

Amanita muscaria

En los años 50 un estudio determinó que sería muy difícil que tras ingerir dichos hongos pudieran mantenerse en pie para luchar, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios –como náuseas, vómitos e incluso desmayos– pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso la potencia del químico.

Se baraja también la teoría de que podían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado también a sugerir el uso de Belladona, la misma planta que parece utilizaban las «brujas» en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de que podían volar; de hecho, se utilizaba ya en el Antiguo Egipto como narcótico y en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco.

El Síndrome Homicida

Una hipótesis que se añade a la lista, quizá la más sugurente, apunta que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como «Síndrome de Amok», descubierto por el psiquiatra estadounidense Joseph Westermeyer en 1972, también llamado «síndrome homicida», consistente en una súbita explosión de rabia salvaje que hace que la persona afectada corra alocadamente y ataque indiscriminadamente con armas a los seres vivos que se encuentra a su paso, acabando brutalmente con sus vidas. El término Amok sería popularizado por los relatos coloniales del escritor inglés Rudyard Kipling.

Sea cual fuese la verdad, que continúa rodeada de sombras, como en tantas otras cosas que atañen al pasado, el caso es que en medio de dicho éxtasis guerrero, cuyo mejor símil actual podía ser la danza guerrera maorí haka, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo, los Berserker rara vez eran capaces de distinguir al enemigo de los otros guerreros de su propio clan y no era extraño que causasen bajas en sus propias filas. Tal era el estado de irrealidad y furia que les cegaba. A sus enemigos, por lo general campesinos o pescadores de las costas que asolaban, aquellos hombres les parecían bestias sobrehumanas y las leyendas sobre lo que eran capaces de hacer –con poderes sobrenaturales que no eran tal– no tardaron en circular y en convertirse en historias que las gentes no ponían en duda. Así se forjan las leyendas. Aunque algo de miedito sí debían causar…

BREAKING NEWS!

La Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

El desconocido siglo XII: un «Renacimiento» en plena Edad Media

Charles Homer Haskins (1870-1937), fue un historiador fuera de lo común. Nacido a finales del siglo XIX en Meadville, Pensilvania, Estados Unidos, llegó a ser asesor de Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de EEUU y principal responsable de la entrada de su país en la Gran Guerra…

Óscar Herradón ©

Novedad de Ático de los Libros.

De forma indirecta, la entrada de Wilson en la «Triple Entente» contribuiría a extender una de las peores pandemias de la humanidad: la mal llamada gripe española, hoy tan de moda por culpa del azote del Covid-19, pero esa es otra historia. Haskins fue una suerte de niño prodigio que ya a corta edad habla con fluidez latín y griego, algo bastante sorprendente al otro lado del Atlántico hace más de un siglo. A los 20 años consiguió un doctorado en Historia en la Universidad Johns Hopkins; luego fue nombrado instructor en la Universidad de Wisconsin y dos años más tarde obtuvo la cátedra de aquella, donde permaneció como catedrático de Historia de Europa doce años hasta que se marchó a la Universidad de Harvard, donde se convertiría en un profesor legendario durante tres largas décadas.

Llegó a ser considerado el primer medievalista norteamericano, y no se conformó con la tarea del estudio y la divulgación –ardua en relación con los mal llamados «siglos oscuros»–, y con la enseñanza de la forma más ingeniosa, sino que planteó en sus exhaustivos trabajos un planteamiento cuanto menos renovador, por no decir revolucionario: que el Renacimiento no se inició en el siglo XV en Italia, sino en la Alta Edad Media, alrededor del año 1070. Y aunque se topó, como era de esperar, con la oposición de muchos académicos, una postura «oficialista» que perdura hasta el día de hoy, donde los postulados de Haskins siguen tomándose con cautela, su obra desarrolla esta hipótesis de una forma no solo convincente sino verosímil, más allá de que finalmente tenga la razón absoluta en sus planteamientos, cosa siempre abierta, como debe ser, a debate académico.

Erudición y facilidad en la lectura (no son incompatibles)

Hace unos años una de las editoriales abanderadas de la historiografía en nuestro país, Ático de los Libros, publicaba la edición en tapa dura de aquella brillante obra, que fue descrita por The Sunday Times así: «El exquisito y elegante libro del profesor Haskins es sólido y profundo». Una edición que obtuvo un gran éxito entre el público por su profundidad y a la vez facilidad de lectura –no olvidemos la labor pedagógica, largamente loada, del autor– y que se reeditó numerosas veces.

Ahora, en pleno otoño, lanza como novedad la edición en rústica del mismo libro, más asequible económicamente: El renacimiento del siglo XII.

Así, en este magnético trabajo de casi 400 páginas, Haskins se adentra con determinación en el siglo XII, que define como «en muchos sentidos una época de innovaciones y vigor» y concretamente en la alta cultura de entonces, para demostrar que fue un claro periodo de dinamismo y crecimiento, nada que ver con lo comúnmente creído de una época oscura y donde el saber sufrió prácticamente una parálisis, sino un florecimiento determinante para fructíferos periodos históricos posteriores que sí han merecido dichos epítetos.

El autor estadounidense estudió la evolución del arte y de la ciencia de estos años, sus universidades –de gran importancia en Occidente para la divulgación del saber– la filosofía, que tuvo un periodo dorado al igual que el derecho de la antigua Roma o la literatura: hubo, por ejemplo, una recuperación de las técnicas carolingias de iluminación de los manuscritos, que había desaparecido con el siglo anterior, o el importante resurgimiento de los clásicos latinos, tan cruciales en la evolución del pensamiento posterior. Fueron los años también de otras figuras que, contrariamente a la imagen tosca de oscuros monarcas medievales que solo financiaban la guerra o se solazaban con la caza y los festejos, fomentaron el saber, como el rey Enrique II de Inglaterra, o mecenas de las letras como su mujer, la legendaria Leonor de Aquitania, y su hija, María de Champaña, en tiempos del amor cortés y también, es cierto, de derramamientos de sangre que no han faltado en época alguna, de guerras de por la fe y de las Cruzadas, a las que Ático de los Libros ha dedicado monumentales monografías, como Las Cruzadas, de Thomas Asbridge, o una de sus últimas novedades, la edición tempus de La Alexíada. Una historia del imperio bizantino durante la primera cruzada, de Ana Comnena, que pueden encontrarse en su rico fondo editorial.

Enrique II de Inglaterra.

Fue también la época del redescubrimiento de la ciencia tras siglos de invasiones y destrucción de todo lo anterior, gracias, por ejemplo, a la labor llevada a cabo en la Península Ibérica por los traductores de la escuela de Toledo –no olvidemos que apenas unas décadas después sería el tiempo de reyes hispánicos tan cultivados como Alfonso X el Sabio (1221-1284), quien potenció la labor de dicha escuela donde se dieron la mano las «Tres Culturas» en tiempos de la Reconquista, lo cual era algo más que atrevimiento–. También tuvo gran importancia la labor llevada a cabo en la corte de Sicilia, que en unos años se hallaría bajo el cetro de uno de los soberanos más sorprendentes del Medievo: el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), que fue conocido como «el Asombro del Mundo» (Stupor Mundi).

Un tiempo plagado de contrastes, donde a la vez que veía su culminación el arte románico surgió el estilo gótico, se levantaron hacia el inabarcable azul del cielo algunas de las catedrales más impresionantes construidas por el hombre, se hizo fuerte la enigmática y heterodoxa Orden del Temple o aparecieron las primeras universidades en el viejo continente, las cuatro que marcarían el desarrollo de todas las demás: la de Bolonia (1088), la de Oxford (1096), la de París (1150) y la de Montpellier (1220).

Una época, en definitiva, de puro «Renacimiento» en numerosos campos que Haskins se ocupó de elevar al lugar que merecía entre los historiadores, impulsando la labor investigadora posterior: «El siglo XII dejó su impronta en la educación superior, en la filosofía escolástica, en los sistemas europeos de derecho, en la arquitectura y escultura, en el drama litúrgico, en la poesías en lengua latina o vernácula…».

Para conocer a fondo dicho esplendor, nada mejor que sumergirnos en las páginas del libro citado. Historia, con mayúscula, reveladora.